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Líbano: ¿para cuándo la ayuda a la reconstrucción?

Permalink 14.09.06 @ 14:04:58. Archivado en Cooperación Internacional

Desde el primero de agosto de este año Mensajeros de la Paz ha realizado tres envíos de ayuda humanitaria a los damnificados por la guerra: medicamentos, material sanitario, ropa y calzado con destino a hospitales, orfanatos, y a los centros sociales de comunidades religiosas cristianas y musulmanas que atienden a los que lo no tienen nada, para los que han perdido lo suyo y a los suyos.
En esos tres viajes he sido testigo en primera línea de los bombardeos primero, y luego de la destrucción y del dolor inmediatamente siguiente. Los bombardeos duraban una noche o apenas unas horas pero sus efectos les acompañarán años, quizá toda una generación. Acabo de aterrizar en Madrid enlazando aviones y trayectos por carretera, y todavía no se me va de la nariz, ni de la mente, el olor a muerte que impregna barrios enteros del sur de Beirut.

Hace unas horas, mientras repartíamos mantas y proveíamos de medicinas los almacenes vacíos de los dispensarios, veíamos con algunas grúas, como pequeñas barcas de pescadores en un mar de ruinas, levantaban restos humanos entre los escombros. Los muertos del Líbano ya no son noticia aunque todavía siguen apareciendo hombres , mujeres y niños bajo los ladrillos y trozos de cemento de lo que un día fueron casas, negocios, hospitales o escuelas. Y ese olor a muerte está en todos sitios: en el aire, en el polvo, en nuestra propia ropa, hasta en los rostros de los vivos.

El olor a muerte del que hablo no es el olor de cadáver. Me resulta difícil describirlo, pero es algo más, algo agobiante, ácidamente dulzón, y absolutamente característico. Los reporteros de guerra, o los cooperantes sanitarios si leyeran estas líneas sabrían a qué me refiero, y tal vez lo pudieran definir mejor. Es el olor tras la tragedia humana: un olor que se repite idéntico en cualquier parte del mundo tras una catástrofe, y que he sentido igual en El Salvador, tras los terremotos de 2001, o en Sri Lanka, pocos días después del Tsunami. De la misma forma, en todos los lugares del planeta asolados por la desgracia, ese olor a muerte se acompaña del silencio. Se trata de un silencio riguroso, profundo; el silencio del alma cuando las lágrimas se agotan y el miedo al futuro atenaza a todos.

En los primeros días clamábamos por la paz. Ahora pedimos ayuda para volver a levantar lo que tanto costó poner en pie hace tan poco tiempo.

¿Quién debe ayudar al Líbano?. ¿Hasta qué punto?. ¿Cómo se puede reparar tanta muerte , tanta ruina personal, tanto descalabro económico?. Son preguntas que lanzo al aire, no por pura retórica o por especulación filosófica, sino con la urgencia de la necesidad más perentoria. Son preguntas que sin verbalizarse he visto estos días repetidas en miles de miradas libanesas. Tal vez no conozca la contestación más acertada para ellas, pero me resisto a que a que se queden sin respuesta, y mucho menos sin solución.

Para volver a estar en Paz con Dios y con los hombres, en el Sacramento de la Confesión existe además del propósito de enmienda, la reparación, absolutamente necesaria en muchos casos para obtener el perdón. Tal vez sea un poco simple la comparación que se me viene a la cabeza, o alguien me diga que no son situaciones comparables, pero me estoy acordando que hace unos días, en un hogar de Mensajeros de la Paz en España reprendía a un niño que en una pelea infantil había roto la mochila de un compañero. Como en todas las casas, el niño fue obligado a darle su mochila al otro que por su culpa había perdido la suya.

Me pregunto, ¿Porqué lo que es bueno para la educación de un niño, ni se plantea cuando un país ataca a otro?. Por lógica, por solidaridad, por justicia, ¿no debían exigirse a quien bombardeó el Líbano, y a quien de una u otra forma lo auspició, que fueran los primeros en reconstruir las casas, limpiar las playas de vertidos o volver a poner techo y pizarras a las escuelas?. Que alguien me explique, por favor, si es infantil o inadecuado mi planteamiento.

El Líbano aunque hoy esté roto, es un país rico, y su principal riqueza es su pueblo, trabajador e inteligente como pocos, con una habilidad ancestral para los negocios y con una probada capacidad para resurgir de sus cenizas. Pero los libaneses ahora necesitan la solidaridad de los demás. Y se la debemos dar. Hace un de semanas la conferencia de donantes prometía acordaba ayudas millonarias. ¡Ojala que lleguen!. No quiero recordar otras conferencias de donantes, algunas tan cercanas, cuyos compromisos no sé dónde acabaron, o si llegaron siquiera a salir de los estados y las organizaciones compromisarias.

La Unión Europea, Rumania, Italia, España, han prometido en Estocolmo contribuir económicamente a las necesidades más urgentes del Líbano que Naciones Unidas cifra en unos 161 millones de euros.

La Agencia Española de Cooperación ha prometido una contribución “importante y sustantiva” todavía sin cuantificar. No sé bien si ha salido ya alguna partida, pero sí sé que nuestros soldados están a punto de llegar. Estoy orgulloso de ello y convencido de que serán necesarios para velar por la paz bajo el mandato de la ONU. En Kosovo, Afganistán, en Haití y también en Iraq-he de decirlo porque de ello fui testigo, aunque las circunstancias no fueran las más ajustadas a derecho, es verdad-, los soldados españoles no fueron allí a pegar tiros sino a velar por la paz, y ayudar la gente en lo que podían. Pero el sentido común me lleva a preguntarme algo que no entiendo:¿Porqué no está preparado ya un contingente de médicos, de arquitectos, de psicólogos para salir hacia allí?. Porqué no están a punto de ser enviadas excavadoras, semillas, pupitres o ladrillos, junto a las tanquetas o los aviones que sdesde hace días tienen la etiqueta “Destino: Líbano”, pegada en la carrocería.

¿Es también infantil mi pregunta, o es que una vez más los intereses de Estado priman sobre el interés de la gente?.


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Comentarios:
Admirado, querido, respetado Hermano en la Fe Angel: sus preguntas son las necesarias, pero nuestros oídos están sordos al dolor tan terrible que sufren hoy tantos pueblos. ¿por que estas guerras tremendas? ¿poder? ¿posesión de las riquezas de cada país? ¿religión? ¿por que los hombres somos capaces de hacerle tanto mal al propio hombre? No hay confesión que borre estos pecados, solo hay un camino, el que Vd. nos dice en sus comentarios; "Empezar a arreglar lo que se ha destruido en nombre de lo que sea, que fuese su inicio"
Nadie debería estar por encima de nadie, porque todos somos iguales, ¡¡Todos!! Un abrazo entrañable y siga denunciando estas atrocidades y animandonos a colaborar en ellos.
mª pilar
Enlace permanente Comentario por Mª Pilar de Zaragoza 17.06.07 @ 21:29

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