El pasado miércoles tuve el placer de ir a la Basílica de San Pablo Extramuros el día de la fiesta de la dedicación de esa misma basílica.
Os puedo asegurar que la belleza del ábside, un ábside que perteneció a la primitiva basílica, ejercía sobre mí una fascinación hipnótica. Era algo tan impresionantemente bello que como un imán atraía mi mirada durante toda la celebración eucarística.
Ya el presbiterio, con los benedictinos con sus hábitos negros a un lado, y con los celebrantes con sus casullas blancas al otro, formaban un conjunto tan armonioso, que me parecía estar dentro de una escena pictórica.
Y después, claro, saber que allí, justo debajo del altar, estaba ni más ni menos que el cuerpo que contuvo el alma de San Pablo. Casi nada. Ah, Roma, Roma, nuestro Lasa (Tibet), nuestra Meca, nuestra Jerusalén de la Nueva Alianza. Qué magníficos templos ornan tu belleza. Cada semana celebro en una iglesia distinta. Puedo seguir cambiando de iglesias, sin repetirme durante media vida. Todos los ritos están aquí, todas las espiritualidades, todas las razas y lenguas.
Bueno, mañana hablaré de Rafa Nadal y sus declaraciones sobre la Iglesia.
En centro esencial de mi habitación es mi mesa de trabajo, mi pequeño scriptorium. Con una gran pantalla de ordenador en el centro, un crucifijo de estilo neogótico a mi izquierda, y el ordenador (cuadrado de un palmo por un palmo) encima del extremo derecho. Delante de la pantalla del ordenador, un montoncito ordenado de papeles.
Me gusta tener la mesa donde trabajo lo más vacía que puedo. Los archivos de papeles están en los armarios, pero sobre la mesa sólo esencial. Cuatro bolígrafos de cuatro colores (cada color tiene un significado jerárquico en mis escritos, jerárquico en cuanto a la importancia de las ideas), dos estampas de Juan Pablo II, una lista con los tiempos verbales italianos. Para disponer de amplitud, incluso la lámpara y el reloj han sido puestos a mano, pero sobre un armario vertical.
El resto de la pared está ocupado por dos armarios verticales para mi escasa ropa, toda clerical. Aquí en Roma siempre visto sotana con alzacuellos romano.
El lecho a mis espaldas es estrecho. Me compré un edredón. Dado que una manta es algo que se usa todos los días, opté por comprar la mía, que al final fue un edredón, pensando que aquí haría frío, o al menos algo de frío. Pero a mediados de noviembre, todavía salgo a pasear tras la cena (con un cura venezolano que es una eminencia de la filosofía) con sotana sin jersey debajo. No hace falta ponerse nada encima, el clima es como el del Edén.
Me compré una buena silla, porque en la mesa de estudio se pasan muchas horas. La Biblia está siempre abierta a la entrada de mi habitación. Y varios versículos que he escrito, cuelgan de distintos lugares de mis armarios para verlos a menudo.
Había ido a concelebrar a esa basílica, porque hoy era la fiesta de la dedicación de ese templo. Tras la celebración me quedé un rato hablando con varios monjes. Me despedí y salí de la sacristía. Pensaba quedarme un rato visitando la iglesia, pero al ir por el transepto vi que debían estar ya desalojándola, porque ya estaba vacío. Bajé a la nave central y me dije: vaya, que vacío está esto.
Caminando hacia la salida, me di cuenta de que no es que estuvieran desalojándola, sino que ya estaba vacía. Seguí andando hacia la salida, la nave central era larguísima. De pronto me entra un pensamiento: no se ve nadie, absolutamente nadie. ¿Y si cuando llego a la salida está cerrada? ¿Y si cuando vuelvo a la sacristía, también está cerrada?
Llegué a la salida, y efectivamente estaba cerrada. De inmediato comencé a caminar hacia la sacristía. Pero tardaría bastante en llegar. La basílica era tan grande que aun gritando no me hubieran escuchado. Y pensé: ¿y si ahora se empiezan a apagar las luces? No tengo teléfono móvil. Nadie me escucharía desde fuera. Sin luces, ni siquiera podría llegar a la sacristía.
Fue entonces cuando pensé que la cosa no era ninguna tontería y que estaba en serio peligro de quedarme encerrado, a oscuras y sin poder escribir el post de la noche. Entonces corrí con mi sotana por la nave central. Aun así, me tomó mi tiempo llegar hasta el extremo del transepto derecho. Ya sólo quedaba una persona en la sacristía. Buf.
O mejor dicho: buff!
Lo creáis o no, hoy he visto a Berlusconi. Pasaba por un lugar del centro, y al ver en un cruce de calles que los guardias no eran los normales, sino que eran de los del tipo por-aquí-pasa-alguien-importante, he aguzado mis cinco sentidos, incluido el del gusto, y al final en un coche de vidrios tintados, lo he visto.
Lo he visto, porque el coche iba en un ángulo justo que me permitía con la luz ver el asiento de atrás. Si llega a cambiar un poco el ángulo, sólo hubiera visto un vidrio oscuro.
Berlusconi iba hablando por el móvil, muy inclinado hacia atrás en su amplio asiento de su impresionante coche.
Roma estos días está revolucionada. No sé qué reunión hay aquí de la FAO y los coches oficiales van y vienen, con gran despliegue de sirenas.
Es lógico, lo que antes eran lictores, carros, laureles y pompas, ahora la moda lo ha transformado en hileras de coches negros con vidrios tintados y giratorios puestos sobre el capó con un cable en espiral que se mete dentro.
Yo prefería los lictores y los cuatro caballos de la cuadriga, caballos blancos. Pero la hilera de coches impresiona, sí, ciertamente. Todo ser humano merecería alguna vez en su vida ser protagonista de toda esa parafernalia de escoltas y urgencias y prisas y no tener que respetar los semáforos en los cruces. Ni siquiera un día, bastaría con una hora. Sólo por probar.
Me preguntaba hoy en un ratito de la mañana, qué es lo que escribiría hoy por la tarde. No se me ocurre nada, he pensado. Pero hete aquí, que la realidad ha venido en mi ayuda. Por la tarde, cuando volvía de decir misa, he visto un montón de policía. Mucha policía, pero mucha. Toda la calle que tenía enfrente, recta, estaba llena de coches con las luces giratorias.
Lo primero que he pensado, era que había habido un golpe de estado. No me extrañaba, tal como iban las cosas. Especialmente la circulación rodada, cada vez más caótica.
Literariamente hablando un golpe de estado en Italia no tiene tanto interés, como un golpe de estado en el Vaticano.
Pero cuando estaba pensando esto, han pasado los coches de policía, y más coches, y más coches. Algunos con las puertas medio abiertas incluso. También agentes sin uniforme que de pronto se bajaban de una moto y paraban el tráfico con una señal. De pronto, el frenesí protector se ha hecho más intenso: guardaespaldas a pie corriendo, motos con policías de paisano, coches de altísima gama. Que hubiera venido Rockefeller a la ciudad era una posibilidad.
Pero miro a un coche, a uno de tantos, y en el asiento de delante, veo al protagonista de toda esa ceremonia del poder: Gadafi.
Lo he visto y me ha visto (yo estaba en la acera).
Y al verlo he pensado: hoy ya tengo post.
(Continúa el post de ayer)
El templo, ante mis ojos, lucía con una hermosura sin igual. Las gigantescas estatuas de los doce Apóstoles recorrían la nave, 130 metros hasta el ábside. Un ábside con un mosaico como los que decoraban las iglesias cristianas del lejano siglo III o IV, más o menos. Todo era impresionante. El mosaico representaba la Cruz de la que salían cuatro corrientes de agua de las que bebían dos ciervos y varios corderos.
El baldaquino como una gran torre gótica. El altar de una belleza que no me cansaba de admirarla. La Sede de Pedro, sin palabras. El sagrario de la catedral, con su forma de templo, un tabernáculo espléndido, formidable, una obra de arte que debe pesar unos trescientos kilos. El artesonado de la basílica, el suelo de la basílica. Y todo esto con un coro fantástico, con un órgano que me dejaba sin habla, en medio de una liturgia llena de fasto.
Frente al lugar donde yo estaba sentado durante la ceremonia, estaba la puerta de entrada del crucero. Y veía como los turistas que entraban despistados, sin saber muy bien qué había dentro, entraban por la puerta y quedaban deslumbrados, atónitos, preguntándose si era posible lo que estaban viendo. Y no penséis que exagero, porque aquella liturgia romana estaba envuelta del resplandor de la Divinidad.
Y la Iglesia de pronto se encontraba con aquel regalo. El Papa traslado su curia, una curia pequeña, de quizá unas cuarenta personas a ese palacio. Y transformó, limpió y adecentó la basílica para hacer de ella el primer gran templo cristiano. El primer gran templo nos lo regalaron. Fue un presente de Dios a su rebaño.
Al entrar yo en la basílica, no podía dejar de imaginar cómo debía ser aquella basílica del tiempo de Constantino. ¿Qué tipos de cambios harían? ¡Un inmenso templo para el culto a Dios!, así lo debieron ver. La alegría de aquella comunidad debió ser inmensa. No me era difícil imaginar con qué ilusión hubieron de trabajar todos, recién salidos de las persecuciones. Aquello les debió parecer un sueño.
Las puertas de la basílica con el pasar de los siglos, se cambiarían. ¿Y cuáles se trajeron? Las puertas de bronce del edificio del Senado Romano. A veces, la realidad nos obliga a reconocer que el triunfo del cristianismo sobre la dura, férrea y opresora Roma fue absoluto, total, incuestionable. Por si esto fuera poco, los suelos de la basílica, se rehicieron en la Edad Media de estilo cosmatesco, con trozos de las ruinas de Roma. Los suelos que pisarían los renacidos por el bautismo serían los mármoles recogidos de las ruinas de la antigua dominadora.
Aunque tuve que interrumpir por problemas de conexión el tema que había comenzado, continúo hoy. Os contaba mi peregrinación a la Basílica de San Juan de Letrán. Y al entrar en ella, me imaginé cómo de alegres debieron estar los cristianos, cuando el emperador Constantino regaló la basílica a la Iglesia.
Acababan las persecuciones y de pronto la Iglesia se encontraba con aquel regalo. El Papa trasladó su curia, una curia pequeña, de quizá unas cuarenta personas a ese palacio. Y transformó, limpió y adecentó la basílica para hacer de ella el primer gran templo cristiano. El primer gran templo nos lo regalaron. Fue un presente de Dios a su rebaño.
Al entrar yo en la basílica, no podía dejar de imaginar cómo debía ser aquella basílica del tiempo de Constantino. ¿Qué tipos de cambios harían? ¡Un inmenso templo para el culto a Dios!, así lo debieron ver. La alegría de aquella comunidad debió ser inmensa. No me era difícil imaginar con qué ilusión hubieron de trabajar todos, recién salidos de las persecuciones. Aquello les debió parecer un sueño.
En mi pequeña peregrinación, reviví todo eso, con sencillez, de un modo casi infantil. Por eso disfruté tanto al entrar por esas puertas.
(Nota: es posible que alguna vez la foto del post no concuerde del todo con el tema del mismo post.)
Perdonad que ayer no hubiera post, pero es que ayer no tuve Internet. El Internet que sufro desde que llegué a esta ciudad, es una continua fuente de santificación que fortalece mi virtud de la paciencia. A veces, para que se cargue la página de elmundo.es tengo que tardar varios minutos. A veces, el correo hasta tres y cuatro intentos para cargarse. Hasta la página de google requiere su tiempo.
Pero todo lo llevo de un modo admirablemente resignado. Después de la caída del Imperio Romano, que haya problemas con la conexión de Internet parece una cuestión menor.
Como curiosidad os diré que todos los martes en la cena nos ponen pizza. Yo no me había dado cuenta, pero aquí hay varios italianos que han estudiado el menú buscando las repeticiones estadísticas. Y ésta era clara: todos los martes. El caso es que me voy dando cuenta de que los miércoles se repite la berenjena (los italianos son muy dados a la berenjena con queso por encima), y los jueves la pechuga de pollo. Todos los días de primero, eso sí, hay pasta.
Aquí se come en mesas de cuatro, lo que favorece la conversación. Si bien, en el comedor hay dos mesas de seis. Al cura coreano, le hemos bautizado hoy con otro nombre: Chong-chong. El que tenía nos parece poco coreano. A Francis, de Nigeria, ya le hemos dicho que Francis suena poco nigeriano, y que desde ahora sería Ngun-tú. Hay un cura de Galilea, ya os dije. Varios del Este de Europa. Y uno que es el más gracioso del mundo, de Sicilia.
Aquella mañana, durante el desayuno, estaba feliz: por primera vez en mi vida iba a celebrar la fiesta de la Dedicación de la basílica de San Juan de Letrán en la misma Basílica de San Juan de Letrán.
Planteé mi ida al templo como una peregrinación. Durante los cincuenta minutos que me costó subir hasta aquella altura de Roma, fui orando. Era un día gris que amenazaba lluvia. Durante el camino recé el breviario por las anchas aceras y fui con un gran contento espiritual sabiendo que me dirigía hacia la catedral del Papa, hacia el único templo del mundo donde tiene su sede el Sucesor de Pedro.
Cuando entré por los arcos de su fachada y atravesé su monumental atrio, me encontré ante el impacto de sus cinco naves. Y digo que fue un impacto porque en los días anteriores había leído mucho acerca de la historia de ese templo.
Había leído tanto acerca de cómo el palacio de la familia Lateranense había sido confiscado por Nerón, y como en tiempos de Constantino había sido regalado al obispo de Roma, junto a la basílica, que se empleaba entonces como mercado, lugar de comercio y para asuntos civiles que iban desde juicios hasta discusiones políticas. La basílica era como un gran espacio cubierto. Óptimo para días de lluvia y frío, necesario también para resguardarse del sol en los tórridos días de verano.
Pero seguiré mañana. Ahora debo continuar con otras ocupaciones, siempre trabajo un poco después de la cena. Y antes de irme a la cama leo la Biblia un rato, voy a la capilla y rezo completas.
Hoy he tenido uno de los más grandes placeres de mi vida. Un día que recordaré.
Durante años, he rezado en el breviario la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán. Durante tres lustros, he puesto las cintas del misal en el común de dedicación de templos. Pero nunca he sabido a ciencia cierta el por qué tenía tanta importancia la dedicación de un templo, siendo que en la Iglesia los hay a miles.
Éste era de Roma, bien. Pero también los hay en la tierra donde nació Jesús. En la misma Roma, está el Vaticano y no celebramos su dedicación.
Traté de leer algo acerca del por qué de esta fiesta. Pero nada. Bien es cierto que en aquel entonces no tenía Internet, aunque ya existía. Después existió, pero lo que se me había pasado (sin darme cuenta) era la curiosidad.
Cada año al llegar el 9 de noviembre, rezaba unas oraciones especiales y cerraba el breviario sin preguntarme más cosas.
Pero hoy, precisamente hoy, cuando me he dirigido al altar de la basílica de San Juan de Letrán, revestido con una casulla preciosa, en medio de los canónigos de la basílica, en medio del coro que a varias voces cantaba una música celestial, ya lo sabía todo y ha sido emocionante. Claro que voy a sacar a relucir mi lado más sádico y os diré que mañana continuaré. Je, je, je.
Escuchad, no es por fastidiaros. Pero es que a cierta hora de la noche (este es un blog nocturno), voy a la capilla a rezar. Y tengo que elegir entre continuar el post, o mis deberes.
Bueno, ya se han acabado los post sobre los góticos. Así que os puedo contar alguna cosa sobre mi vida cotidiana. Aquí no deja de llover. Llueve todo el día, un día gris, oscuro. Lleva lloviendo desde hace tres días.
Por la noche, ha caído cerca del collegio un rayo. El estruendo ha sido tan fuerte, que ha despertado a todos los residentes. Yo, en concreto, he soñado que había caído una bomba atómica. No lo digo en broma, el último pensamiento que he tenido antes de abrir los ojos ha sido ese. Se ha mezclado el sueño con la realidad. Es algo que a veces pasa: que la realidad (un ruido, el despertador, ganas de ir al aseo) se introducen en el sueño, y el sueño busca una justificación para esa irrupción del mundo real.
En mi caso, con el trueno, no he llegado a despertarme completamente. De forma, que de inmediato el sueño ha seguido con ese argumento. Y pensaba (en el sueño) que era una pena que hubiera caído en Roma: tantas capillas, tantas pinturas en los techos, tantos altares. Es curioso, he pensado en esas tres cosas. Podía haber pensado en otras. Pero he pensado en las capillas, en las pinturas (de los techos) y en los altares. Cosas de los sueños, porque a los humanos que vivían entre esas obras de arte, que les den por saco. No sólo eso, sino que encima he pensado: ojalá que hubiera caído en otra ciudad, una ciudad de esas modernas, feas, con edificios horribles. Pero no soy culpable, ni si quiera un poco, no tenía ni advertencia, ni consentimiento, estaba dormido.
Acto seguido he soñado que iba a una tienda a comprar una bata, unas zapatillas y una manta. Lo cual no tiene mucha relación con lo de la bomba atómica. Pero nadie ha dicho que los sueños tengan un índice que proceda de un modo lógico. Aunque deben tener su lógica, sólo que no la conocemos.
Domingo, 22 de noviembre
Padre Fortea
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Sor Lucía Caram O.P
Juan Fernandez Krohn
Julián Moreno Mestre
Siro López
Jaime Vázquez Allegue