Blog del Padre Fortea

Estuarda, Estuarda...

19.02.17 | 23:18. Archivado en Con clave


Querida Estuarda: Tienes razón. Como bien has dicho, soy demasiado duro conmigo mismo. ¿Pero cómo no serlo? Si sólo tenemos un poco de tiempo para acumular mérito, digámoslo así, de un modo rudo y simplista. ¿Cómo no ser duro? Si el nivel de felicidad depende de tan poco tiempo, y el tiempo perdido queda perdido para siempre. ¿Cómo no ser conscientes de esa pérdida irreparable? Sé que lo planteo de un modo demasiado egoísta. Pero toda la poesía del mundo no puede evitar, al final, la conciencia de esta realidad.
Es cierto que soy muy duro conmigo mismo. Pero también es cierto que esa dureza no me lleva demasiado a grandes propósitos de enmienda. Creo que esta tragedia es común a casi todos los cristianos. En mí este hecho simplemente es bastante más consciente, está más presente en mi vida. No puedo hacer una apología de mí mismo.

Estuarda, Estuarda? el último consejo que me das lo seguiría muy a gusto. Pero sabes que no debo. Hasta tú misma te das cuenta del dulce veneno de tus palabras. Hasta Borges te reprocharía que si sigues a Borges, sigas a Borges; y si sigues a san Juan de la Cruz, sigas a san Juan de la Cruz. Pero mezclar a Freud con santa Teresa de Jesús nunca ha dado buenos resultados.


Borges, si estás en los cielos (no lo dudo), ruega por nosotros

19.02.17 | 00:51. Archivado en Con clave


Hoy, a causa de un libro que estoy acabando de escribir, otra revisión de un antiguo libro, he estado leyendo y releyendo La lotería de Babilonia de Borges. Perdonadme que siempre insista en mis pasiones y os aburra con ellas. Pero la admiración por ese hombre humilde es uno de mis vicios más pertinaces y repetitivos.
Leer los diez o veinte mejores relatos de Borges siempre es gratificante. Oh, grandiosa densidad. Qué sobriedad en su escritura.
Me acuerdo la primera vez que leí La lotería: no entendí nada. No entendí adonde quería ir. ¿Qué sentido tenía aquel texto? Necesité madurar, años, para leer no sólo las palabras sino las palabras detrás de las palabras.
El comienzo del relato era contundente, invitador a la lectura:
«Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles.»
Lo que seguía a esta línea era una de las obras más grandiosas que ha visto el siglo XX. Al principio no me gustó, porque lo comparaba con La Biblioteca de Babel, otra obra suya que me parecía épica. Fue el tiempo el que me hizo entender y quedé deslumbrado. ¿Cómo era posible tanta grandiosidad en un texto de tan pocas páginas?
Va a parecer irreal lo que voy a decir, pero estoy seguro de lo que voy a escribir: el actual Papa (cuando era un joven jesuita) lo invitó a su colegio, fue a buscar a Borges y éste le preguntó si podía afeitarle. ¡El actual Papa afeitó a Borges! 

Post Data: Yo jamás dejaría que un colega clérigo me afeitara con una navaja afilada. No por humildad u otra virtuosa razón, sino por desconfianza.


Viernes, 14 de diciembre

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