-Sí, señor director?contestó el subordinado con humildad, acompañando sus palabras con una ligerísima inclinación de cabeza.
El director se levantó con aspereza y le indicó la puerta de salida. Le dió mecánicamente la mano para decir adiós a ese joven empleado, sin añadir más palabras, ni siquiera para despedirse, a la amarga conversación que habían tenido. No quería suavizar ni en lo más mínimo la sensación de tristeza con la que se marchaba el joven. A sus espaldas, el director cerró la puerta. Un sonido claro y distinto que retumbó en la gran antesala que precedía al despacho.
El director, con la mano todavía en el picaporte, no podía saber que un siglo después si alguien se acordaría de él, sería únicamente por haber sido su director durante unos cuantos años. Todo lo que haría ese director, en toda su vida, sería enteramente olvidado. La única razón por la que alguien repetiría mentalmente su nombre, sería al leer una breve línea en la biografía del empleado que acababa de salir. Pero eso, no lo sabía el director.
Jueves, 31 de mayo
Padre Fortea
Religión Digital
Juan Fernandez Krohn
José de Segovia Barrón
Alejandro Córdoba
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Pedro Tarquis
Juan Jáuregui Castelo