La maravilla de escribir. Siempre he dicho que escribir y ser leído por miles de personas es una de las experiencias más gratificantes que puede haber en la existencia. Nunca se puede saber dónde acabarán tus escritos o tus archivos en audio. Una de esas preciosas sorpresas me la llevé ayer, cuando me escribió una persona que trabaja en las montañas (no daré más detalles) y me dijo que escuchaba mis sermones mientras por su trabajo caminaba en mitad de los bosques. Jamás me pude imaginar cuando escudriñaba un versículo en la oscuridad de una iglesia del siglo XVII, que los resultados de mis búsquedas acabarían resonando en lo profundo de un bosque nevado muchos años después. O que serían escuchadas por un venezolano cada día en su coche al ir al trabajo.
Con los libros me ha pasado lo mismo. Los e-mails han resultado tan gratificadores. Construir castillos de palabras en el aire no es fácil si te dedicas a esa tarea durante años, durante miles de horas. Pero después encuentras ese alma con la que existe una conexión. Y sabes que ha valido la pena.
Sí, encuentras ese rostro concreto que te sonríe y con el que pasearías durante horas charlando de su lectura: el libro que regresa a ti vivido, recorrido, amado, soñado, transformado por otro yo.
Sea dicho de paso, qué envidia saber el trabajo de esta persona de los bosques. Trabajar todo el día al aire libre, haciendo ejercicio, en la oficina de la naturaleza, conociendo cada rincón de la montaña como el salón de tu casa, pasando frío, pasando calor, bebiendo de los arroyos, comiendo fresas silvestres y frambuesas, viendo ocasos, viendo nevar. Otros millonarios lograrán eso al final de sus vidas y por poco tiempo. Y esta persona lo tiene todos los días, y encima es su trabajo. Un saludo, afortunado ser humano desde la ciudad de las cúpulas, los obeliscos y las columnas, donde grandiosas ceremonias tienen lugar cada día.
Jueves, 31 de mayo
Padre Fortea
Religión Digital
Juan Fernandez Krohn
José de Segovia Barrón
Alejandro Córdoba
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Pedro Tarquis
Juan Jáuregui Castelo