Blog del Padre Fortea

Autoridad y perfección: reflexiones

05.02.12 | 20:25. Archivado en Con clave

La conversación de esta tarde con una persona sobre un asunto turbio conectado con ciertos visionarios, me ha hecho después reflexionar sobre el tema de la autoridad en la Iglesia. Es decir, a la gente le cuesta aceptar el hecho de que en la comunidad de creyentes que formamos, haya algunos que tengan el encargo de investigar las cosas en profundidad para ofrecernos (como un servicio) un dictamen final. A veces, ese dictamen, por tratarse de cosas gravísimas, incluye la obligación de tener que someternos a ese juicio final. Me refiero a la fe, me refiero a supuestos hechos extraordinarios, me refiero a la actuación de un pastor que fuerce a emitir un juicio a aquellos que están sobre los pastores.

Esta expresión puede sonar un poco extraña, pero en la Iglesia hay pastores que están sobre los pastores. Hay llaves que cierran puertas. Hay cuerdas que atan cosas, que no hay fuerza humana que pueda desatarlas. Se requeriría de un poder más allá de lo humano para desatar algunas cosas: por ejemplo el juicio de excomunión sobre un bautizado. Nada en este mundo puede desatar eso, salvo el mismo poder que lo ató. Hago notar que un excomulgado en peligro de muerte, puede recibir la absolución si se arrepiente expresamente de lo que motivó la excomunión. Pero sigue pesando sobre él la excomunión.

El caso es que esta tarde reflexionaba y reflexionaba sobre esa autoridad, pero no sobre esa autoridad respecto a los otros, sino respecto a mí mismo. Debo decir de antemano que no pesa sobre mí ninguna investigación sobre cuestiones de fe, ni sobre mis escritos, ni sobre nada. Es más, he dudado si compartir estas consideraciones personales, porque he pensado que podía dar la falsa impresión de que había alguna investigación sobre mí. Pero, al final, he decidido participaros de estas reflexiones personales, reflexiones de mi oración.

San Pablo en el ardor de su amor escribió: Yo mismo desearía ser anatema por mis hermanos. Y es que yo pensaba que si algún día incluso sin razón, me llegara una condena, la acataría de corazón. Fuera cual fuera la condena. Sería muy bonito someter la propia voluntad al castigo aun siendo fulminado ese castigo por razones falsas, erróneas o simplemente humanas.

Sería precioso anihilarse hasta el extremo. Hacerse obediente hasta el heroismo. Acatar con respeto una condena no sólo externamente, sino también internamente. Doblegar el propio yo para ver en el juicio de la Iglesia el designio de la voluntad de Dios.

Sé que lo que digo si a mí me tocará, no sería tan fácil hacerlo como decirlo. Nadie puede estar seguro de sí mismo. Nadie puede contar con que la soberbia no le venza a uno. Nadie puede estar seguro de su perseverancia. Pero el deseo lo tengo. El acto de sometimiento sí que lo puedo hacer. Como el que dijo: si me condeno, aun en el infierno te seguiré amando, Dios mío.

Lo difícil no es obedecer a la Iglesia cuando ésta te nombra cardenal. Lo difícil no es ser fiel a la Iglesia cuando ésta te colma de honores. Lo difícil es desear ser despreciado. Lo difícil no es desear no ser nada, sino desear ser menos que nada.

Llegada la prueba sólo el Altísimo sabe cómo reaccionaría mi pobre ser. Pero desde mi pobre ser, deseo que en tal situación pudiera hacer el acto supremo. El acto de fe que ve a Dios en su Iglesia, incluso en sus actos no infalibles. Como decía un religioso, si la obediencia al superior me lleva a un lugar de condiciones insalubres y allí muero, en ello veré el designio de Dios. Pero aun eso sería parecería digno de loa, aun en eso cabría una secreta complacencia. Mayor inmolación supone morir no con el cuerpo, sino morir plenamente al propio yo, a la propia dignidad, a la consideracion que uno tiene de sí mismo.

Todos pensamos que tenemos razón. Todos pensamos que la autoridad que condena es para los otros. Todos pensamos que nuestro juicio no ha sido justo. Lo bello es que un sacerdote juzgado pueda decirle a su obispo antes de la sentencia, antes de que comience el juicio: La única cosa que usted no podrá mandarme es algo que yo no vaya obedecer. Porque sea lo que sea, ya le digo de antemano que la acepto con todo el amor del mundo.


Jueves, 31 de mayo

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