Ayer me explayé bastante en elogios hacia ese gran santo que fue Helder Camara. El único pero que podría ponerle, era que durante su episcopado no puso todos los medios para desarraigar la heterodoxia. Tampoco puedo ser excesivamente duro en mi juicio, porque otros magníficos obispos europeos tampoco tuvieron muchos éxitos en esta faceta. Ni todos los obispos son padres de los pobres como Helder, ni todos los obispos son guardianes de la fe al modo que lo fue don Marcelo, arzobispo de Toledo. Ningún obispo tiene en grado máximo todas las facetas de la perfección.
Hoy hablando con un sacerdote brasileño con el que vivo y que admira profundamente a Helder (y al que lo conoció en vida), me comentaba que su veneración no le impide reconocer que él no era un gran administrador. De hecho, no administraba nada. Todo estaba enteramente en manos de otros.
Hay obispos en los que resplandece más el amor, en otros la fortaleza. Unos son grandes organizadores, otros grandes teólogos, otros dirigen con báculo de hierro en mitad de las tormentas y los lobos los temen.
Helder fue lo que Dios quiso que fuera. Ese arzobispo fue una obra de Dios. Pero la Iglesia entre los sucesores de los Apóstoles tiene necesidad de Helders (el amor), de Ratzingers (teólogos), de Wojtilas (guías), de Pacellis (diplomáticos), de Roncallis (renovadores), de Roucos, de Sistachs y de todo un poco. De todo, no sólo de una cosa. De lo que no hay necesidad es de debilidad, de poco interés por el Evangelio, de vistas humanas.
Otro aspecto que me parece interesante, es la bellísima imagen que Helder dio del cristianismo. Su rostro amable predicaba, pero cuando abría la boca dejába atónitos. Qué diferencia con la fealdad del tradicionalismo. Con la imagen tan dura, inflexible, orgullosa, que ofrece del mensaje de Jesús el tradicionalismo. Recuerdo una foto en la que aparecía Fellay (el superior de los lefevrianos) en Perú, en mitad de los Andes. Y alargaba su mano para que un niño indio le besase su impresionante anillo y le hicieran la foto. La imagen de Fellay que con la mirada parecía repetir: bésalo, bésalo, bésalo, a a un niño que no tenía ni idea de lo que quería ese obispo, era patética. Lo que Fellay quiso con esa foto era mostrar: ved, hasta los indios y los pobres me respetan y admiran. Pero el amor y el cariño es algo que no se logra con una foto.
Deseo con todo mi corazón que los miembros de la Fraternidad de San Pío X retorne a la comunión de la Iglesia. Los recibiremos con los brazos abiertos, como al Hijo Pródigo. Pero no os dejéis contagiar del tradicionalismo, porque es lo más parecido al fariseismo.
Aun siendo fieles a Roma, siempre tenemos el peligro de dejarnos impregnar un poco de esas ideas que no son espíritu, sino letra, de una tradición que no es divina, sino humana. Hay una gran diferencia entre el concepto de lo humano en Helder y lo humano (creyendo que es divino) en Lefevre. Sí, hay un elemento humano en la Iglesia que siempre corremos el riesgo de absolutizarlo. Una tradición (con minúscula) de la que ya no creemos que podemos separarnos. Por eso es de suponer que Lefevre murió con angustiosas dudas en su corazón, mientras que Helder murió en la más beatífica de las paces. Lefevre miró cara a cara la faz del infierno antes de sumergirse en el misterio. De Helder todos pensaron, si no se salva él, ¿quién se salvará?
Mañana seguiré hablando de Helder.
Jueves, 23 de febrero
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