Bien, hoy ya he puesto orden en mi habitación. Poniendo orden en las secciones de mi tesis, iba posponiendo poner orden mis estanterías y cajones.
Un sábado es un momento perfecto para ello. Por lo menos eso he pensado tras la comida.
También me he dedicado a aprender italiano. Cosa necesaria, porque en la mesa siempre escucho un italiano que es como el latín que se hablaba en las galeras que llegaron a Hispania hace dos mil años. Es decir, se trata de un italiano en versión ruandesa, mezclado con las expresiones del italiano-coreano sentado al lado, unido todo ello a la inventiva hispana de un cura mexicano que usa las palabras españolas acabándolo todo en ?one e ?ini. En medio siempre suele estar algún cura italiano con la clara política del laissez faire. Al principio corrigen, pero al final se cansan. Es comprensible.
Pero de vez en cuando hay sacar el trapo y limpiar un poco el italiano. De lo contrario se le pegan cosas.
Durante un año he estado diciendo guasto creyendo que significaba gasto. Y la semana pasada descubrí que guasto significa estropeado. A saber qué extrañas interpretaciones habrán dado lugar mis palabras en tantas conversaciones. Y todo por culpa de un cura mexicano que asintió con la cabeza en una cena cuando le pregunté por esa palabra.
Peor fue otra vez que use de mi inventiva, y justo di en una palabra que era la peor palabra que podía haber buscado en el diccionario. Y sólo pretendía yo decir destrozado.
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¿Algún presente sabe por qué el Padre Fortea ya no deja abierta la opción de comentar?
Fortea:
Más cornás da el hambre, respondía el torero Espartero a quienes le preguntaban si no sentía pavor por aproximarse tanto al astado.
Fortea: Los inmigrantes polacos, rumanos, eslovacos.........que vienen a España a trabajar, aprenden castellano en muy breve tiempo y ello es debido a que el hambre es buena escuela para aprender idiomas. No digo más pero tampoco menos.
Ayer leía que un sacerdote asturiano de nombre Rubén, manifestaba que atendía 52 templos, entre iglesias y capillas, y 21 cementerios, y cuando no se rompe uno, se descascarilla otro... es el cuento del nunca acabar. Sin embargo, todo eso no debe quitar tiempo a lo mas importante: la labor maravillosa que es la de tratar de acompañar a la gente mayor que vive sola o enferma por los pueblos, decía.
Pensé: Unos tanto y otros tan calvos. Relájese, Fortea, que pensé en Marcinkus, el banquero de Dios, apasionado del golf, del tenis y de los puros habanos. ¡Más madera!.
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Jueves, 31 de mayo
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