Hoy he pasado las de Caín: limpieza bucal. Resulta que a la mayoría de las personas esta limpieza anual no les hace ningún daño. Pero a algunas sí que les produce dolor. Y a otras con los dientes sensibles les hace mucho daño. Como ya podéis imaginar yo estoy en la tercera categoría.
Os aseguro que ha sido una media hora eterna. El dolor ha sido apocalíptico. El dolor ha sido tal, que la dentista ha optado a la mitad por ponerme anestesia en todos los dientes de la mitad de la boca.
Eso sí, la dentista lo ha hecho con el mayor cariño del mundo. A ella era imposible pedirle que lo hiciera mejor.
Aun así, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. O por lo menos no se lo deseo más de dos o tres veces al año.
Siempre me ha costado entender por qué el Creador no dispuso que tuviéramos los dientes como algunas especies de lagartos, que les van saliendo por hileras. Se caen y ya está.
Lo digo en broma. La dentadura humana es muchísimo más perfecta. Pero yo sufro. Eso sí, como siempre sufro en silencio. Lo más gracioso es que ha habido un momento en el que en ese potro de tortura he estado a punto de exclamar: ¡está bien, está bien, confesaré, lo confesaré todo!
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padre, buena tarde lo recordamos con mucho cariño aca en bucaramanga colombia
Fortea me da tanta pena que a las 12,30 de la noche no hayas tenido ni un solo comentario, que te lo hago yo. Sufres en sielncio,- dices que es lo tuyo. Tan en silencio lo haces que lo escribes entu blogo para que todos nos enteremos....
Viernes, 1 de junio
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