Nada hay que más me ayude a la vida que un buen horario. Un horario donde todo esté fijado. Un discurrir de las horas, al ritmo de la liturgia de las horas, que supone para mí como el fluir de la paz del tiempo.
Un horario donde cada cosa, cada tarea, cada placer y cada trabajo, tiene su sitio, su momento, su lugar ordenado.
Es una disposición claustral del tiempo. Trato de mantener esa disposición aunque esté viajando en un avión. Y así, en los largos viajes trasantlánticos, revestido con mi traje talar, distribuyo las diez, ocho o catorce horas de viaje según un ora et labora. Tiempo para leer, tiempo para descansar, tiempo para rezar. El breviario sigue su curso e impone su ritmo, su santificación a las horas.
Viernes, 1 de junio
Padre Fortea
Manuel Mandianes
Pedro Tarquis
Religión Digital
Juan Fernandez Krohn
José de Segovia Barrón
Alejandro Córdoba
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo