Hoy he ido a visitar por segunda vez el Museo de la Civilización Romana. Me he zambullido de nuevo en ese mar de estatuaria romana. Rostros y rostros congelados en piedra, aunque desaparecieron hace tanto. Una a una me he visto las escenas de la Columna Trajana con sus explicaciones. Sólo la dichosa Guerra de Dacia, en piedra, me ha llevado unos cuarenta minutos.
Este museo lo hizo Mussolini. Él, como todos los fascistas, idolatraba (en sentido literal) el Imperio Romano. Fruto de esa adoración nació la gran maqueta de Roma que hay en una de las alas. Maqueta descomunal, gigantesca como gigantesca fue esa idolatría.
Ahora yo puedo beneficiarme de los frutos de esa pasión de ellos, sin necesidad de idolatrar. Hubiera sido curioso vivir en una época que veneró otra época. Mussolini era único, en su género no tenía rival. Es decir, como parodia viviente de sí mismo nadie le llegaba ni al talón.
Cuánto hubiera dado por verle en un programa diario de televisión. Se podría haber llamado: Ave, señor presidente. Y si encima hubiera cantado, entonces ya hubiera sido in-su-pe-ra-ble. Mussolini cantando, genial.
Viernes, 1 de junio
Padre Fortea
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal