Todos los seguidores de este blog sabéis cuánto amo a los Estados Unidos de América. He elogiado tanto a ese país, que no necesito decir nada más para convenceros de ello. Estados Unidos es algo épico y grandioso. Algo que amo.
Sin embargo, uno de los defectos más bochornosos, más vergonzantes, que tiene ese país es su sistema sanitario.
No sólo resulta increíble que un país tan adelantado tenga a buena parte de su población careciendo de asistencia médica. Sino que además las compañías farmacéuticas han logrado que los estadounidenses paguen las medicinas más caras del mundo.
Y la presión de las compañías sobre la política es tal, que tienen muy difícil cambiar la situación. Las compañías ya tienen mucho cuidado de que hacer lo posible para que no prospere el político que quiera cambiar la situación.
Encima, las personas que tienen un seguro, cuando tienen que ir al médico se encuentran con la típica frase del médico: esto no lo cubre el seguro.
Al final, los seguros cubren lo mínimo, absolutamente lo mínimo.
Puede parecer que no debería meterme en un tema que no es religioso, y dejar el asunto a los votantes. Pero el que millones de personas, creo recordar que eran 30 millones, carezcan de atención hospitalaria es un asunto que no le da lo mismo a Dios.
La Iglesia Católica debería movilizarse para entender que este asunto ha ido demasiado lejos, que las fuerzas del mercado a lo que han llevado es a la ley de la selva. Que los estadounidenses cada vez están pagando más por menos. Alguien debe decirles la verdad, y si esto tiene que hacerlo la Iglesia, pues que sea así. Es cierto que la actual ley de Obama no puede ser aprobada mientras sea una ley proabortista. Pero una vez que fuesen eliminados los obstáculos referentes a esa materia, la reforma sanitaria debe seguir adelante, ya que éste no es un asunto meramente político, sino también moral.
¿A un padre le daría lo mismo que su hijo tuviera cuidados médicos a que no los tuviera? Pues bien, si a Dios le importa un solo hijo, mucho más millones de ellos.
Pero si el asunto es malo para los que no tienen nada, resulta muy injusto para los que tienen un seguro. Porque, al final, después de haber estado pagando toda la vida el seguro, en la ancianidad por su salud tendrán que pagar mucho más.
Alguien tiene que hacer algo, el asunto es muy serio. Pero los lobbies médicos allí controlan los medios de comunicación, la política, todo. Es una de las fuerzas más poderosas del país. Por eso, allí un médico normal cobra una fortuna al mes. En el resto de los países, los médicos cobran una cosa razonable. Allí no. La excusa que dan es que tienen que pagar mucho para formarse. El sistema sanitario allí está viciado por todas partes.
Ojalá que la Iglesia se haga consciente de este problema y haga algo. Mientras tanto serán los ciudadanos los que seguirán pagando el pato. Y en este caso, pagar el pato muchas veces significa morir. Porque allí si no puedes pagar una determinada terapia, sencillamente te mueres.
Tantos libros por leer, tantos documentos de siglos pasados por escudriñar, tantas grandezas teológicas actuales y radiantes por meditar. Una vida es corta, lo había oído de joven. Ciertas cosas a ciertas edades parecen un exceso.
Sin embargo, aunque reconozco la brevedad de la vida frente a la inmensidad del mundo del conocimiento, al mismo tiempo, practico el desasimiento del que ya sabe desde el principio que setenta años frente a la eternidad no son nada. No eran nada desde el primer día. Un asomarse, una hojeada, una excursión. No, no es la cantidad lo que debemos buscar.
Hago una tesis, sí. Pero en realidad lo hago es ir hacia mi destino. Mi destino no es algo que me caerá de improviso como un objeto sobre la cabeza, sino un horizonte al que me dirijo desde hace tiempo con plena conciencia, saboreando cada paso. La vida siempre me ha parecido como una película. Por eso me ha gustado mucho el cine, porque es como ver películas dentro de la película.
Sobre Alicia en el País de las Maravillas que vi ayer, no puedo decir mucho. Visualmente es portentosa, pero se trata sólo de una colección de escenas. La película carece totalmente de historia, sólo son cuadros.
Lo lamento, porque Tim Burton en Sleepy Hollow sí que hizo una relectura de la historia Washington Irving. Y Alicia se prestaba mucho más a una compleja reelaboración que no la historia del jinete sin cabeza.
Si estuviera de humor, tal vez me animara a hacer una lectura eclesiástica del cuento de Alicia. Pero acabo de llegar de una cena con unos amigos y me voy a la cama ya. Eso sí, en la cena me he reído y he comido bombones. El gato de los dueños se ha divertido comprobando sus garras en la parte trasera de mi sotana. En cuanto he oído la tela rasgada, he saltado como un perro contra el gato. Para un día que me pongo la sotana buena, sale este gato. En fin, me encantan los gatos.
En la foto tengo buen aspecto, pero hoy el final de mi día no ha sido todo lo bueno que quisiera. No sé por qué, pero me ha entrado un dolor de cabeza a eso de las 3.30 de la tarde. No me dolía toda la cabeza sino una parte, la mitad derecha, algo menos para ser exacto.
El dolor no era fuerte, no eran pinchazos (esos pinchazos de los que la gente se queja), ni tampoco la sensación de que me estallara. Era más bien como un dolor general sordo. Pero ese dolor me ha revuelto el estómago a las 6.00 de la tarde.
Este tipo de mal de cabeza, me da una vez cada dos o tres meses. Y cuando me da, se me revuelve el estómago.
Menos mal que a la hora de la cena, las 8.00, gozaba de buen apetito. Y dos horas después el dolor había desaparecido. Por un momento he pensado que podría tratarse de alguna venganza por lo de Adán y Eva. Pero no. Ahora me siento bien. Ah, también he visto a la Alicia Burtoniana con un cura rumano. No es una relectura del clásico, tan sólo una reelaboración visual del cuento de Disney. Eso sí, una gran fiesta para los ojos. Menos mal que me he sentado un poco lejos de la pantalla. Con los efectos 3D si estoy cerca me mareo. A lo mejor este post a algunos les parecerá de poco calado teológico. Pero no se dejen engañar, seguro que hay biblistas que encontrán que todo lo que he dicho en el post es símbolo y parábola de realidades muy profundas. Eso sí, algunos han puesto en duda mi existencia. Pero no, creo que las dudas acerca de mi inexistencia han sido francamente exageradas.
Hace unos pocos días hemos conocido la noticia de un obispo, monseñor Francisco Polti, que le decía a uno de sus sacerdotes, el padre Ariel Alvarez, que si quería seguir enseñando en la diócesis debía reconocer la historicidad de Adán y Eva.
Mi opinión sobre el tema es clara: la fe de la Iglesia.
La cuestión no es tanto, Adán y Eva, que también, sino ¿creemos lo que cree la Iglesia? Negar la historicidad de esas dos personas, supone negar y poner en entredicho muchas otras. Es imposible negar eso sin que se produzca una reacción de causas y efectos que lleven a negar otras muchas más.
Yo creo firmísimamente que Adán y Eva existieron, forma parte de mi fe, forma parte de las enseñanzas de que hemos RECIBIDO.
El padre Ariel puede decir: pues me marcho y enseño a los protestantes. Pero si lo hace, se encontrará con que la inmensa mayoría le dirán: no, padre, nosotros creemos que Adán y Eva existieron, forma parte de nuestra fe.
Al final, lo que subyace en este problema con el padre Ariel es si a los cristianos nos basta con los buenos sentimientos, el amor y cantar unas canciones todos juntos, o si hay un mensaje de lo alto acogido por nosotros.
Después está el otro aspecto: la autoridad episcopal. Mira, padre Ariel, ya sabes que buena parte de mi trabajo ha estado relacionado con el demonio desde hace bastantes años. Pero si por un imposible la Iglesia me dijera que el demonio no existe: yo creería en la Iglesia. Si por un imposible sucediera eso, no tengo la menor duda de lo que yo haría: someterme. Haría un comunicado público en el que diría: hermanos, hasta ahora con toda rectitud he creído esto, pero ahora me retracto y le pido a Dios que me ayude a entender, pero ya desde ahora someto mi voluntad.
Yo me puedo equivocar, la Iglesia no.
No tengo dudas acerca de mi salvación, no tengo miedo al infierno. Porque siempre, como un niño pequeño, me he agarrado a las faldas, a la larga túnica de mi madre la Iglesia.
Durante dos días vi, a trozos, Ángeles y Demonios. Cuando ayer apagué el DVD y salí de mi habitación, bajé una escalera de un pasillo superior. Y al entrar en el pasillo del piso del comedor, me encontré con una escena que parecía sacada de la película: docenas de presbíteros revestidos con sus albas, avanzando silenciosos por los corredores de un edificio de hace siglos, camino de una capilla del siglo XVII, una capilla situada en el interior de un palazzo del centro de Roma. Se acercaba la hora de una de nuestras liturgias comunitarias.
Yo, que había apagado la película hacía menos de veinte segundos, no dejaba de pensar que de la película había pasado a un entorno que parecía exactamente sacado de la película. Yo mismo había salido de mi habitación revestido de mi alba-casulla y avanzaba en silencio, precedido y seguido por presbíteros cameruneses, rumenos, ucranianos, croatas, argentinos e italianos.
De la ficción he pasado a la realidad, sólo que la realidad era como la de la ficción.
Por cierto, hoy he ido a una iglesia nueva a concelebrar, me gusta variar. Había sólo un carmelita para esa misa. ¿Y quién ha llegado de pronto? El cardenal-prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Masiá, ¿a qué no sabes de quién hemos hablado? No, es broma. Ya sabes que no es mi estilo. Me gusta chinchar. Pero lo mío es jugar. Hay tan pocos entretenimientos en esta vida.
Una maravillosa lectora del blog me ha enviado desde México la película Ángeles y demonios. Ya había visto yo esta película de pésimo guión, gracias a la amabilidad de la productora, que me regaló dos entradas.
Sobre el insufrible guión no voy a decir nada. Pero hay que reconocer que la reconstrucción del cónclave es soberbia, magnífica y se nota que cuando hay dinero, hay dinero.
Ya sólo el comienzo de la película con la imagen del Anillo del Pescador llenando toda la pantalla, muestra el formidable hacer del director. Ya sólo la primera escena demuestra que detrás de la cámara hay un sujeto que sabe hacer las cosas.
He visto dos trozos de la película, uno después de la comida, siempre descanso una hora tras la comida, y otro trozo después de la cena. No he acabado de ver la película, voy por la mitad. Pero me ha bastado lo que he visto, para observar que sale mi collegio, donde vivo, en una de las escenas.
Es curioso ver la película en una ciudad cuyas calles ahora reconozco todas. Al acabar el trozo de después de la cena, he dudado si irme paseando hasta el Vaticano. Sí, soy un afortunado de poder cerrar el video y poder decir: no sé si irme paseando hasta la Plaza de San Pedro. Le doy gracias a Dios cada día por estar aquí.
La otra cosa curiosa, cuando he acabado de visionar el trozo anterior, el de después de la comida, es que al desconectar el vídeo y salir al pasillo me he encontrado con una escena que parecía sacada también de la película: docenas de presbíteros vestidos con sus albas que avanzaban silenciosos por los pasillos de un edificio de hace siglos, camino de una capilla interior del siglo XVII para una de las liturgias propias del collegio.
He tardado menos de cinco minutos en apagar el DVD y en encontrarme en uno de esos pasillos yo mismo vestido con mi alba-casulla. Ha sido como desconectar la película y encontrarme en el ambiente que acababa de ver en la pantalla. De la ficción he pasado a la realidad, sólo que la realidad era como la de la ficción.
Os aseguro que disfruto tanto haciendo mi tesis, que me cuesta dejar mi mesa de trabajo para bajar al comedor al almuerzo. Siempre que miro al reloj, exclamo: ¡No es posible! ¿Ya se ha pasado otra mañana?
Las horas vuelan con una rapidez inusitada. Y eso que cada cuarto de hora hago una pequeña parada de unos segundos para elevar mi alma hacia a Dios. A veces, me concentro mucho y sólo me hago consciente del tiempo una hora después.
En mi mesa de trabajo, tengo un papel. Y cada cuarto de hora dibujo una muesca en una línea. Al cabo de la mañana, veo la línea y me hago la ilusión de pensar que he mezclado la sal de la oración con el trabajo.
Como son tantos días y, en realidad, años haciendo esto de la línea y las muescas, debo reconocer que la línea y las muescas se fueron, digamos, complicando. Con el tiempo, la línea fue formando cuadrados, las muescas se fueron haciendo más artísticas. Al final de un día, esta santificación del tiempo formaba bellos cuadrados con horas escritas alrededor. Con el tiempo, los cuadrados se iban insertando unos en otros. Las horas tenían mezcladas jaculatorias, versículos de la Biblia y un sinfín de detalles personales que me servían en orden a santificar el tiempo.
Al final de una semana, veía cómo me había acordado de Dios cada cuarto de hora al menos una vez. Normalmente tampoco más, porque cuando uno se concentra la habitación desaparece y la mente se centra en el objeto de su estudio.
Los que estudiamos en esta bella ciudad, debemos recordar varias cosas:
-dar gracias a Dios cada día por habernos traído aquí
-tener la mesa bien recogida, cuanto más limpia de papeles, objetos y libros, mejor
-tener la habitación en orden, una habitación en orden es reflejo de un alma en orden
-recordar la vanidad de nuestros estudios, todo pasa, lo único que importa es nuestra alma
-paladear el paso del día al ritmo de las horas canónicas
-santificar el día del Señor
-tener un gran escepticismo acerca de la capacidad del ser humano para conocer el Misterio de Dios
-recordar, por más que nos apasione nuestra tesis, que dentro de cuarenta años estará olvidada en el armario del sótano de una universidad
-trabajamos para el olvido, la destrucción y la nada, lo único que importa es el amor, el trabajo una excusa para mostrar nuestro amor a Dios
-no guardar chocolate y galletas en ningún cajón de la habitación, confieso mi pecado
Soy consciente de que hacemos una tesis para saber. Pero existe una tendencia a meramente recopilar datos, a reunir citas. Si hay algo que se suele olvidar es esto, que estamos en Roma para aumentar nuestra sabiduría, nuestra ciencia, la calidad de nuestros pensamientos. Nos centramos tanto en nuestra labor concreta, que olvidamos hacer del estudio de la teología una vida.
En la foto se ve al padre Fortea leyendo con preocupación la última obra de Masiá.
Perdona Masiá que no me haya ocupado de ti, pero es que estaba de viaje. Sabes que te tengo un gran afecto. ¿Qué sería de mí sin las fichas negras en el tablero? (Dado que llevo sotana, tampoco des por supuesto que te puedas apropiar de ese color por las buenas.)
Como tú bien sabes, el tema que discurre por debajo de tus posts, el verdadero gran asunto, la madre del cordero, no está en tal o cual afirmación tuya, en tal o cual apreciación teológica tuya, sino que el verdadero meollo es ¿son los obispos los garantes del verdadero sentido de las palabras de Jesús?
Ése es el núcleo de todo y lo demás son ramas, tú lo sabes bien. Si nuestro Maestro no hubiera dicho quien a vosotros escucha a mí me escucha, también yo sería un Masía más, un Boff más. Aunque si te soy sincero, si no fuera porque creo que los obispos son los custodios de la fe, yo sin duda sería más radical que tú, mucho más radical.
Por eso, dados los presupuestos de los que partes, te admiro. Yo en tu caso hubiera ido mucho más lejos. Ancha es Castilla, hubiera sido el único punto de mi moral. Por eso estoy seguro de que crees, de que eres una persona de fe. Ser jesuita, vivir bajo obediencia, vivir en castidad, vivir en el silencio que te han impuesto, bajo tus planteamientos libertarios, me resultaría sencillamente imposible. Por eso no albergo ningún juicio personal negativo hacia ti, tan sólo de admiración, porque yo bajo tus presupuestos no lo podría resistir.
Pero todas tus buenas acciones, toda tu tolerancia, toda tu bondad, no pueden evitar el que nos preguntemos la gran cuestión: ¿el cristianismo es lo que cada uno cree que es, o es una fe que transmitimos inamovible generación tras generación? ¿Es algo difuso como una poesía, como el azul de una mañana en el campo? ¿O es una enseñanza que debemos conservar, custodiar y transmitir milimétricamente?
Tú sabes que San Ignacio de Loyola me daría la razón, que los jesuitas misioneros del Canadá me darían la razón, que los jesuitas misioneros de Corea me darían la razón. También me daría la razón el apóstol Bernabé o Santiago. ¿A quién crees que daría la razón la Virgen María que se apareció en Lourdes o en Fátima? ¿Y el padre Pío?
Ya sé que tus amigos del centro de la selva amazónica, no. Pero frente a tus amigos, está toda la Iglesia Universal de veinte siglos. Lutero antes de dar su paso, como cuenta en uno de sus escritos, se preguntó: ¿no me estaré equivocando yo frente a los Santos Padres y todos los santos y todos los obispos? Recapacita, no es Camino, ni Rouco el que está contra ti. Nadie está contra ti. Es la fe de veinte siglos ininterrumpidos que te repite y repite a todo el mundo: quien a vosotros escucha a mí me escucha.
He conocido misas en las que todo era rito y misas en las que nada parecía rito. Digo que he conocido misas en las que nada parecía rito, porque he estado en misas en las que todo aun siendo rito y haciéndose según el rito, aun así, tenía tanta vida que parecía improvisado. Hasta el padrenuestro parecía improvisado. Hasta la fórmula de la consagración parecía que se le ocurriera en ese momento al celebrante.
Misas en las que todo es rito, misas en las que nada parece rito. Misas en las que el oficiante parece el Sumo Sacerdote del Templo, misas en las que el oficiante parece un padre judío que nos ha invitado al sabath alrededor de una mesa.
Sí, amo a la Iglesia en toda su variedad. No lo digo por quedar bien ante nadie. Lo digo porque lo siento.
Los asuntos de actualidad interrumpieron las notas que había tomado con ocasión de una misa a la que asistí. Así que para retomar el hilo, escribo de nuevo el post I ,y pongo seguida la parte de hoy a partir de donde digo Por eso entiendo que los griegos.
Sabeís que hice el propósito de asistir en Roma a misa en todos los distintos ritos que existen en la Iglesia Católica. Ya he asistido a varios, y hoy me he dicho: ¿Por qué no voy a una misa tridentina?Así que he asistido a una misa de la Sociedad Sacerdotal de San Pedro, que están en comunión con Roma.Me han dado un bonito roquete para ponerme sobre la sotana y una birreta para la cabeza, puesto que en el coro estábamos tres sacerdotes.
La iglesia era preciosa, antigua. La misa tenía toda la solemnidad de un gran pontifical. Celebrante con dos diáconos y un sinfín de acólitos. Coro, incienso, de todo.Pero a pesar de lo bien que han dicho la misa, a pesar de lo amables que han sido conmigo, a pesar de que estéticamente todo estaba muy bien, todo el rato no podía evitar el pensar una y otra vez que mi corazón pertenece a la misa del Vaticano II.
Si me preguntáis qué defecto he visto a la misa a la que he asistido, mi respuesta es: ninguno.Si me preguntáis qué virtudes y aspectos positivos he visto: os diré que muchos. Sin embargo, ésta es la primera misa a la que asisto en este rito y, pienso, que será la última. Los ritos tienen un aspecto sentimental, que hacen que uno esté unido a ellos. Y para alguien que como yo ha crecido en el rito y el espíritu del Vaticano II, resulta imposible volver atrás.
Por eso entiendo que los griegos estén unidos a sus ritos, los maronitas a los suyos, y los amantes de la tradición tridentina a los suyos. Porque cuanto más conozco todos los ritos que enriquecen a la Iglesia (ritos de oriente y occidente), más siento el Vaticano II, teológica y litúrgicamente, como mi casa.
Creo que el Vaticano II fue una teología, una reforma litúrgica y muchas cosas más, pero ante todo fue un espíritu. Un espíritu de calidez, de rostro humano, de cordialidad, que por supuesto ha existido siempre y en todas las iglesias, pero que brilló de un modo especial en ese momento justo de la Iglesia, el del Concilio. La teología del Concilio se expresa (como en su culmen) en el redescubrimiento de la misa como banquete.
Iba paseando con un doctorando andaluz cerca del Coliseo. Cuando, en medio de la conversación, me ha dicho:-A mí la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía me la dejó clara para toda la vida mi párroco con la Teología del Posikecabe.Puse cara de no entender.
Él con toda tranquilidad continuó diciéndome:Yo era un chiquillo de catequesis de primera comunión. Y tras la explicación del sacerdote, le pregunté al párroco en mi infantil ingenuidad: Oiga, ¿y el que ha creado el sol, el universo, los planetas, Jerez (el niño era de esa ciudad), ¿cómo va a caber allí? (Se refería al sagrario.)El cura le dio un pescozón y le dijo con acento andaluz: Pos sí que cabe.El doctorando actual, un hombre hecho y derecho, me dijo que desde entonces ya no tuvo ninguna duda teológica acerca del tema.
Vía del Corso, la calle comercial por excelencia de Roma, siempre llena de gente que llena las aceras. Muchas veces al meterme en esa calle, he pensado que representa el rio de la vida. Las personas lo llenan como las aguas. Como las aguas, corren, lo llenan todo, discurren y dan vueltas, hacen remolinos, siguen adelante.
La vida llena esa calle cada una de las horas del día: jóvenes, ancianos, gente con prisa, gente de compras, gente de todas las lenguas, sonrientes unos, otros tensos, otros disgustados, otros riendo.
Un indio vende castañas, otro siempre con su pistola de hace pompas de jabón. Las personas somos cómo esas pompas: surgimos, nos elevamos, es fugaz nuestro paso. Todo ese río de vida que es Vía del Corso es un río de pompas, un río que pasa.
De esto ha habido en todas las épocas, tradiciones y regiones del mundo. Seguro que en la época de San Pablo ya había algunos sujetos con ganas de fastidiar al prójimo. De esos siempre ha habido. ¿Conoce usted a algún sujeto que le amarga la vida? ¿Tiene contacto con alguien que parece que se complace fastidiarle a usted precisamente? Bien, no se preocupe: probablemente él seguirá allí mañana, en su sitio. Y lamento decirle que puede ser él mucho más resistente de lo que le parece a usted. Al menos, no lo riegue.
Hay gente con una cierta vocación a fastidiar. El tiempo además hace de ellos unos profesionales. Se saben todos los trucos. Ande con cuidado, no haga ruido. Pase desapercibido.
Si se acerca a usted, diga que tiene prisa.
Abundando más en el post de ayer, me gustaría añadir que los complots mundiales de malos malísimos encapuchados que conjuran y logran el poder supremo, no suelen existir fuera de las páginas de la ficción.
Se podrían señalar algunas excepciones de conjuras que sí tuvieron éxito, pero lo lograron de forma regional, no mundial.
Una de estas excepciones, sin duda la mayor, y a nivel de todo el continente europeo, fue la conjura de los masones contra la Iglesia Católica durante el siglo XIX. Las consecuencias de esta conjura sí que tuvo consecuencias tremendas para la Santa Iglesia Católica.
Pero lo cierto es que la realidad se mueve por otros caminos que los de las conjuras. Las conjuras de los necios sí que son más frecuentes.
El azar sí que suele tener más peso en el desvio de la Historia que las conjuras de grupos minoritarios. Aunque ya se sabe que el azar es un poco difícil de encauzar. La realidad le debe mucho al azar, no tanto a las teorías. Pero las teorías quedan muy bien en los libros. Una buena teoría viste mucho. El papel es muy agradecido, todo lo aguanta con sumisión.
La realidad se parece más que nada a las novelas francesas del siglo XIX, no a los best seller editoriales del siglo XXI.
Vamos que con todo esto lo que quiero decir es que el Colegio Cardenalicio me parece bueno.
En mi viaje por Bogotá con gran sorpresa he leído en un periódico italiano las declaraciones del padre Amorth respecto a algunos cardenales. Creo que es un deber de justicia decir algunas cosas en defensa del Colegio Cardenalicio y del Vaticano en general.
Ojala que todos los cardenales y todos los obispos del mundo fueran verdaderamente santos, hombres henchidos del Espíritu Santo que pasaran cada día horas ante el Santísimo Sacramento, vivieran de la Sagrada Escritura y cuyas virtudes fueran una luz que iluminara a todos los fieles. Evidentemente, ahora como en todos los tiempos, hay prelados más espirituales y otros más terrenales, unos más virtuosos y otros más humanos. Pero de ahí a afirmar que algunos cardenales son miembros de sectas satánicas hay un trecho inaceptable.
A los que hemos orado por posesos durante años de forma cotidiana, se nos acercan innumerables personas que afirman tener visiones, revelaciones y mensajes de Nuestro Señor. Un cierto número de ellos nos ofrecen mensajes apocalípticos y revelaciones acerca de la infiltración del satanismo y la masonería entre la cúpula de la Iglesia.
No hace falta decir que la única postura aceptable para nosotros es suspender juicio ante dones cuyo discernimiento requiere de mucho tiempo, a veces meses para cada uno de los casos.
La segunda fuente por la que se puede llegar a creer que en la cúpula de la Iglesia pulula el Mal en sus peores formas, son las cosas que nos dicen los demonios en los exorcismos. No hace falta decir que saber cuándo un demonio dice o no la verdad es en muchos casos imposible. Podemos saber con mucha seguridad cuándo un demonio dice la verdad en la materia directamente relacionada con el exorcismo. Es decir, número de demonios, nombre de ellos y cosas similares. Pero no podemos tener seguridad en lo relativo a noticias concretas relativas a personas.
El padre Amorth no tiene otras fuentes de conocimiento que las dos que acabo de citar, a sus mismas palabras me remito para esta afirmación. Mensajes similares a través de esas fuentes es algo sabido por mí así como por otros muchos colegas desde hace muchos años. Entre los exorcistas, algunos han llegado a conclusiones similares a las del padre Amorth. Otros, no.
Nuestro Colegio Cardenalicio si lo comparamos con siglos pasados es el más edificante y virtuoso que ha conocido la Historia. Habría que retrotraerse a la época del Imperio Romano para encontrar un cuerpo de electores tan alejados de toda pretensión terrenal como el actual. Los cardenales serán mejores o peores, pero todos tienen recta intención y buscan la gloria de Dios.
Las afirmaciones hay que probarlas, sobre todo cuando se trata de acusaciones tan graves que afectan a la honorabilidad de aquellos que forman parte de la Cabeza de la Iglesia en cuanto que ayudan al Supremo Pastor.
Aunque ahora que lo pienso sí que hay un purpurado que me miró de un modo un poco torvo un día que pasaba por la Piazza Navona, y su nariz era aguileña como la de algunas ilustraciones decimonónicas.
Viernes, 19 de marzo
Padre Fortea
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Francisco Margallo
Koldo Aldai
Rodrigo del Pozo Fernández
Francisco Baena Calvo
Sor Gemma Morató
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn