Sabeís que hice el propósito de asistir en Roma a misa en todos los distintos ritos que existen en la Iglesia Católica. Ya he asistido a varios, y hoy me he dicho: ¿Por qué no voy a una misa tridentina?
Así que he asistido a una misa de la Sociedad Sacerdotal de San Pedro, que están en comunión con Roma.
Me han dado un bonito roquete para ponerme sobre la sotana y una birreta para la cabeza, puesto que en el coro estábamos tres sacerdotes. La iglesia era preciosa, antigua. La misa tenía toda la solemnidad de un gran pontifical. Celebrante con dos diáconos y un sinfín de acólitos. Coro, incienso, de todo.
Pero a pesar de lo bien que han dicho la misa, a pesar de lo amables que han sido conmigo, a pesar de que estéticamente todo estaba muy bien, todo el rato no podía evitar el pensar una y otra vez que mi corazón pertenece a la misa del Vaticano II.
Si me preguntáis qué defecto he visto a la misa a la que he asistido, mi respuesta es: ninguno.
Si me preguntáis qué virtudes y aspectos positivos he visto: os diré que muchos. Sin embargo, ésta es la primera misa a la que asisto en este rito y, pienso, que será la última. Los ritos tienen un aspecto sentimental, que hacen que uno esté unido a ellos. Y para alguien que como yo ha crecido en el rito y el espíritu del Vaticano II, resulta imposible volver atrás.
Viernes, 1 de junio
Padre Fortea
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
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