Es curioso, hace ya muchos años me percaté de que tenía una visión muy cinematográfica de mi vida. Qué facilidad tengo para remitir tal o cual situación, a tal o cual escena de una película que vi hace treinta años. Tengo muy mala memoria, pero para el cine mi memoria me sorprende: cómo puede ser tan prodigiosa, tan fotográfica, tan viva.
Todo esto no debería extrañarme, pues debo confesar (quizá con cierta pena) que buena parte de los mejores momentos de mi vida los he pasado viendo una película: en el cine, en la tele, en el vídeo, en el seminario, en casa de un amigo, donde sea, pero delante de una pantalla. Y que conste que no lo digo con orgullo. Tampoco he dicho que delante de la pantalla han sido todos mis buenos momentos. No. Sólo he dicho que buena parte de esos momentos que recuerdo como los más bellos de mi vida, han tenido lugar viendo cine.
Me gustaría decir que mis mejores momentos de mi vida los pasé en una aventura en el Amazonas, o en un momento místico, o en una excursión a una montaña nevada. Pero no. Todo palidece frente al Séptimo Arte.
No digo que no haya habido momentos sublimes, momentos grandiosos en mi vida, momentos heroicos. Los ha habido. Pero cuando pienso en los instantes que más me han impresionado, el cine brilla con una fuerza increíble.
Espero no haber perdido muchos puntos ante vosotros por lo que acabo de decir, pero es así. No he elegido que sea así, es así y ya está.
Viernes, 1 de junio
Padre Fortea
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Religión Digital
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Asoc. Humanismo sin Credos
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