Escucho ahora mismo la banda sonora de Un violinista en el tejado. Vi esa película en el atestado salón de estar del seminario. Las sillas eran de una incomodidad increíble, la pantalla era pequeñísima para más de medio centenar de cabezas. Pero es difícil poder expresar lo bien que nos lo pasábamos. Sólo se veía la televisión una vez a la semana y nos metíamos en la película totalmente. La veíamos con una ingenuidad total. Sufríamos, nos alegrábamos, reíamos y llorábamos. Es muy difícil que esas sensaciones se puedan volver a repetir con tanta intensidad.
La película se comentaría durante toda la semana. La película era vivida. No había en nuestros ojos ningún tipo de crítica, disfrutábamos y ya está. No tiene nada que ver ese modo de ver el cine, con el de un niño normal de nuestro tiempo que suele visionar la televisión tres horas al día como media.
Ni yo mismo puedo volver a ver las películas como entonces. Las grandes películas las suelo haber visto varias veces cada una. Cuando tenía dieciocho años, era la primera vez que veía Casablanca, o Metrópolis, o Ben Hur, o Un hombre para la eternidad. Recuerdo mis primeras lágrimas al ver esa última película.
Viernes, 1 de junio
Padre Fortea
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal