Ya estoy en Roma de nuevo. Regresé el día 27. Me recibió una ciudad fría, con una oscuridad invernal, lluviosa. El collegio no se hallaba menos frío y solitario, con sus pasillos silenciosos y vacíos. El primer día sólo cuatro residentes nos reunimos para cenar alrededor de la mesa.
Pero yo quería estar aquí. Roma no era una cuestión de comodidad, ni un asunto de gustos. La ciudad se había convertido en una fuente de santificación, en mi bullicioso monasterio donde reinaba rezar y trabajar.
En mi habitación me aguardaba un bellísimo regalo de una familia mexicana: un gran cuadro de la Virgen de Guadalupe, de gran tamaño, con un precioso marco dorado que rodea un marco interior de rosas plateadas. La Virgen mira serena hacia su derecha.
Viernes, 1 de junio
Padre Fortea
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal