Acaba otro año. Como ya he dicho en otras ocasiones, mi vida gira mucho alrededor del tiempo. Es decir, el tiempo es uno de mis más frecuentes motivos de reflexión. Trato de vivir el tiempo, de sentirlo correr alrededor de mí, a través de mí, en mí.
Los días son iguales, indistinguibles unos de otros, idénticos y uniformes. Desde el principio los seres humanos han colocado mojones que distinguieran unos tiempos de otros tiempos. Ha sido obra de los humanos colocar esos hitos, esas construcciones inmateriales sobre los días que marcaban: hasta aquí llega un tiempo, a partir de aquí comienza otro tiempo.
La naturaleza nos ha indicado el camino, señalando por ella misma ciclos en el tiempo. La diversidad de tiempos hace más variada la vida.
Dios mismo después ha iniciado nuevos tiempos, nuevas eras. Todo el Tiempo se haya entre dos grandes tiempos: el Tiempo de la Nada y el futuro Tiempo del Todo. Entre la Nada y el Todo se nos concede a cada uno una limitada sucesión de días, meses y años.
Me admiro cuando veía la primera misteriosa difusa fotografía de la Historia. Tan pocas generaciones me separaban de 1826. Tres hombres longevos podrían ser la cadena que me uniera a la mano que me entregase aquella plancha de peltre cubierta con betún de Judea. No es tanto lo que me separa de Luís XVI muriendo en la Plaza de la Revolución, tres hombres de ochenta años también podrían ser ese nexo entre ese hecho y mi vida.
No sólo mi vida, sino hasta la Historia entera vista así parece breve, como si su velocidad me sorprendiera. Sin embargo, el tiempo no pasa ni breve ni lento. El Río del Tiempo fluye con el más majestuoso de los ritmos. Hoy saludo al Dios del Tiempo alabándole por la creación de ese Río. Desde el Nacimiento de Cristo el Tiempo quedó definitivamente dividido en dos partes. Como Moisés partió el mar, el Tiempo quedó partido. Ya nada volvería a ser igual, nunca podría volver a ser igual.
Bueno, ya me he hecho el análisis de sangre que me hago cada medio año para ver cómo va mi colesterol. Ya puestos a sacar sangre de mi cuerpo, me hice el análisis de varias cosas más.
Colesterol 233mg
Glucosa 84,6mg
Transaminasas 151mg
Ácido úrico 6,08mg
Todo está bien. Las transaminasas un poco altas, pero es lógico. Dado que es Navidad lo que me extrañó es que estuvieran en un nivel tan aceptable.
Como siempre es el colesterol el que tengo que cuidar. Pero dado lo que he comido en estas fiestas, el resultado me llenó de optimismo.
Afortunadamente el azúcar bien, perfecto. Lo mismo el ácido úrico. Y eso que los días pasados tomé no poco marisco, marisco barato, pero marisco.
Me alegro de que saliera bien todo, porque en la propaganda que me dieron aparecen unos dibujos de las arterias en los que el colesterol está representado como buzos que van nadando en la corriente sanguínea. Y al final esos buzos se transforman en unos monstruitos que sonríen de forma maligna mientras no dejan pasar a los pobres glóbulos rojos, representados como buena gente oprimida.
Después de ver el dibujo, tomaré menos queso francés, ése de la corteza blanca. Me acordaré del dibujo y los buzos y los monstruos de la sangre cada vez que saquen la bandeja de quesos. Estos franceses, siempre queriendo meter colesterol en nuestra sangre.
En diciembre Hugo Chavez, el Congreso de ese país, o la unidad indivisa que forman esas realidades han aprobado una nueva ley sobre la libertad en Internet. Una ley que fuera de toda duda fomentará la libertad en la Red.
La nueva ley penará a los que hagan apología del delito. Cosa muy lógica y laudable, claro que lo que hoy es delito mañana puede ser virtud. Lo que hoy está penado, mañana será ensalzado por las autoridades públicas.
Asimismo se castigará a los que fomenten zozobra en la ciudadanía. Aplaudo de nuevo al socialismo, fomentar la zozobra es una cosa muy mala.
Por último también se castiga a los autores de contenidos destinados a desconocer a las autoridades legítimamente constituidas. Reitero otra vez mi aplauso por tal medida, no podía ser de otra manera. Qué cosa tan fea eso de desconocer a las autoridades. No entiendo como no han castigado antes todas estas zozobras y desconocimientos. Yo mismo, al ver que esos crímenes estaban impunes, me lleno de una desconocida zozobra.
Me alegro mucho de que alguien por fin vaya poniendo orden en Internet. Ya notaba yo que últimamente estaban confundiendo a menudo la libertad con el libertinaje.
Yo también incluiría en el Código Penal la risa inconstitucional. Jorge de Burgos antes de morir en el fuego de la biblioteca nos demostró cuán peligrosa puede llegar a ser la risa.
La única cosa que la nueva ley no me deja muy clara es si puedo seguir criticando a la Iglesia Católica Reformada Chavista o si ésta se considera una institución estatal. No me gustaría desconocer nada por ignorancia.
Si este post lo está leyendo alguna madre, le aconsejo que encauce a su hijo hacia la política. Es la mejor industria del país, no importa en que país esté leyendo este blog. Y encima es perfectamente legal. Y no sólo es legal, sino que además tiene los tipos impositivos fiscales más bajos del país. No sólo es legal, sino que además tienen dietas.
Pero no es oro todo lo que reluce, ser político es duro. Tienes que ir a cóctels continuamente, a cenas, a homenajes, a veces incluso tienes que ir a inaugurar algo, pero después hay otro cóctel.
No voy a decir eso de que en la política hay mucha corrupción. Eso es falso. La política es ya de por sí una forma de corrupción. La política es la cuba de fermentación de la honradez de los buenos chicos que son arrojados a ella. Digo que son arrojados porque evidentemente ellos no quieren arrojarse voluntariamente a ese colchón de billetes, poder, prestigio y fama que llena esa cuba. Ellos siempre lo hacen por los demás. Yo no quiero, pero me empujaron.
La única razón por la que aguantamos a los políticos es porque entre ellos y el anarquismo, todos preferimos al típico político barrigón con un puro en la mano. El anarquismo no tiene dietas, no cobra pluses, no paga mensualidades en el club más caro de Madrid, pero muestra una clara tendencia al uso de la dinamita. Y claro arreglar todo a base dinamita no suele dar buenos resultados. La dinamita es rápida y barata, pero es lo que tiene, que lo llena todo de polvo.
Al llegar a España una de las cosas que he visto en la televisión es la cara cada vez más mofletuda del juez Garzón concediendo una entrevista. La típica entrevista de Gabilondo, complaciente con los suyos, entrevista de amigo, haciéndole las preguntas que le haría no un buen entrevistador sino su mismísima madre. El juez, como es lógico, no respondía ninguna pregunta, se limitaba a repetir un discurso bien aprendido cuyo tema principal se puede resumir en soy inocente, qué malo es que te cojan manía. De vez en cuando añadía que lo que se estaba juzgando no era su culpabilidad sino la independencia del poder judicial y mandangas por el estilo.
El caso del juez Garzón da para muchos post, me los ahorro. Garzón ha atacado a la Iglesia Católica de forma despiadada con la palabra, a través de los cursos de verano (muy bien) pagados por nuestros archiamigos del gobierno. Las cosas que dijo de la Iglesia son tan viles que no me voy a molestar en repetirlas. Ahora este otorgador de condenas y absoluciones que nos atacó se sienta en el banquillo de los acusados.
Menuda cara decir que lo que se juzga es la independencia del poder judicial, cuando lo único que está en cuestión es que le han pillado con las manos en la masa.
El juez tenía tan clara su inocencia que no dudaba que los jueces que le estaban juzgando iban a condenarle poco menos que por unanimidad. Pero él estaba bien tranquilo. Hoy mismo he oído en las noticias de la televisión que en España si la policía te pilla habiendo robado tres carteras, por fin podrás pasar un fin de semana en prisión.
Alguien se preguntará, ¿pero es que antes no era así? Mejor corramos un tupido velo, pero la respuesta es no. Lo del fin de semana no es un recurso literario. Si te pillan con tres carteras robadas, pasarás dos días en prisión tras la detención. Dos días, no tres.
Pero la culpa de todo esto la tienen los políticos. Si este post lo está leyendo alguna madre, le aconsejo que encauce a su hijo hacia la política. Es la mejor industria del país, no importa en que país esté leyendo este blog. Y encima es perfectamente legal.
Aquí estoy en el salón de casa escribiendo otro post mientras el marido de mi madre ve Shakespeare in love confortablemente sentado en su sillón. Dentro de media hora me espera una visita familiar. Una de esas visitas familiares que tanto se prodigan en Navidad.
No soy amigo de felicitaciones navideñas, pero hoy haré una excepción y escribiré unas líneas con ese propósito.
Y es que en estas fechas me acuerdo de la dulce Sandra, de la amable Marisol, de la eficiente Evelyn, de mi profesor de música don Julio Broto (sacerdote de Barbastro, trabajador, sensato, siempre al pie del cañón), puestos a acordarme de sacerdotes de Barbastro no puedo dejar de mencionar a mi querido don Ramón, sacerdote de San Francisco que ya murió, ha sido el sacerdote que más he querido y admirado.
Me acuerdo en estas fechas también de Francisco el franciscano, alegre presencia ya habitual en mi vida romana, de Nelson amigo bueno que siempre está ahí, de Giocondo y su sonrisa misteriosa.
Ya he vuelto de la visita familiar. Menuda visita. Por segundo año llego a su casa ¿y que hago? Dormirme. No sé que impresión se habrán llevado. Pero ya es la segunda Navidad que al llegar a casa les saludo y tal, me siento en el sofá y me quedo traspuesto. Yo creo que es el run run de la voz del marido de mi madre.
El dulce día de Navidad ha pasado. Estamos en el salón de casa. Mis padres viendo un reportaje del Canal Viajar. Yo escribiendo el post. Fuera hace un frío invernal muy propio de este tiempo. Hace tanto frío y un viento tan gélido que incluso al mediodía resultaba muy incómodo pasear. He concelebrado por la mañana en la misa de la catedral de Zaragoza. Tras la misa un agradable encuentro con los canónigos en la sala capitular.
Mi madre ayer se empeñó en comprarme dos pares de zapatos. El primer par era comprensible, los que llevaba habían recorrido ya demasiado mundo. Las telas interiores estaban ya desgastadas por todas partes. Me ha costado despegarme de ellos, eran tan cómodos. Seguían siendo cómodos, pero les quedaba poco tiempo de servicio. Si los hubiera mantenido, lo que hubiera ahorrado en zapatos lo hubiera gastado en calcetines. Así que había llegado la hora del adiós.
Pero el segundo par fue una idea que se le metió a mi madre en la cabeza. Decía que a ella le habían dado muy buen resultado unos zapatos especiales llamados MBT, que dice que van muy bien para las articulaciones, los músculos y la columna, porque tienen una suela arqueada en la que los pies se balancean. Mi progenitora se ha empeñado en que toda la familia lleve estos zapatos. Yo he sido simplemente la siguiente víctima. Ya veremos que resultado me dan, pero no me muestro muy optimista, son muy extraños. Ay, con lo cómodos que eran los viejos.
Lo que sí que reconozco es que mi madre ha mejorado sustancialmente sus capacidades culinarias. Tanto Canal Cocina y tantos programas de Arguiñano comienzan a producir sus frutos.
Bueno, ya estoy en Zaragoza. Ha sido llegar al Aeropuerto de Barajas, subirme en el coche que me esperaba y directo al AVE de la Estación de Atocha.
Hoy he tenido una magnífica cena de Nochebuena con mis padres. El momento cumbre ha sido cuando he sacado mi regalo. Decidirme por un regalo ha sido cosa muy difícil. A mi madre no le sirve cualquier cosa. Baratijas no, por supuesto. Sería capaz de arrojarlas contra mi cara en el mismo momento de abrir el regalo. Libros ya le he regalado demasiados. El recurso del perfume ya lo he usado tantos años. Vestidos y joyas tiene que elegirlos ella misma. Cosas de comer no le hacen ilusión.
Al final, le he regalado un icono. El icono es muy bueno, ya le he dicho que era el regalo de dos años concentrados en una sola navidad. Después he visto el comienzo de la misa del Papa en la televisión, hemos llamado a toda la familia y he escrito este post.
Sobre la Navidad sólo puedo decir que nunca reflexionaremos lo suficiente sobre lo que significa que un Dios Infinito haya decidido hacerse presente en el mundo de un modo corporal.
El mundo hoy celebra ese misterio. El mundo entero recuerda el momento en que Él apareció visiblemente en su creación. El día de Navidad es mi favorito de todo el año.
(Si algún zaragozano lector del blog quiere que quedemos para dar un paseo, puede llamarme al 630 52 31 51, hasta el día 27 de diciembre en que vuelvo a Madrid.)
Venga a dar vueltas por Jerusalén, vueltas y más vueltas: quería comprar un icono. Eso era todo lo que quería comprar como regalo de Navidad para mis padres. Pero me fui sin hacerlo. Los comerciantes abusaban de la supuesta ignorancia del turista. Los precios triplicaban en todos los productos cualquier precio de otra ciudad. Todas las piezas eran únicas y antiquísimas, aunque las hubiera visto yo tres meses antes en la tienda de las Paulinas de Madrid. No pocos vendedores pecaban de agobiantes, el duro acento árabe ayuda a dar esa impresión de una lengua de aristas, el tono exigente de las modulaciones de su lengua daba una impresión de ánimo airado. Resultaban tiránicos a la hora de no dejarte salir de su tienda. Para la mayoría de los turistas sin duda no resultaba agradable no ya el interesarse por algo, sino el mero hecho de mirar hacia un objeto en concreto desde la calle. El comerciante te gritaba que entraras, insistía.
A mí esa vehemencia oriental me hacía mucha gracia y la disfrutaba. Y así, yo, revestido de una gran flema británica, movía ligeramente la mano diciendo adiós sin ni siquiera mirar hacia atrás. Todas esas negociaciones, regateos y artimañas me recordaban un estadio social todavía preindustrial. Para mí constituían como un juego. Conseguí reducciones de precio asombrosas. No en vano mi abuelo era tratante de mulas. Pero no compré nada. Nada realmente me interesó. Las poquísimas obras de arte que me gustaban, sabía que tenían un precio astronómico y que realmente lo valían.
El propósito de comprar un icono de Tierra Santa se quedó sin realizar, y en el avión de vuelta a Roma seguía planeando sobre mi cabeza el eterno problema: qué comprar a mis padres como regalo de Navidad.
Fin de mis relatos de Jerusalén.
Una de las cosas que desde hace años siento en mi corazón es un gran amor por el pueblo judío. Así que me encantaba ver a todos los hasidim vestidos de negro por la calle, con sus filacterias, sus sombreros, algunos incluso con sus medias negras y unos vestidos que me recuerdan siempre a una bata de baño en color negro.
Fui al Muro de las Lamentaciones por la belleza de ver rezar al pueblo de Israel, aunque ese muro a mí no me dice nada, ya que para empezar no es del Templo. Pero aunque fuera del Templo, el Templo quedó vacío hace casi dos mil años cuando empezó la Nueva Alianza. Si el Templo hubiera quedado en pie, para mí sólo tendría un valor histórico. Jesús es el Nuevo Templo.
No tengo la menor duda de que no es por casualidad que haya una mezquita en el centro de la explanada del Templo. Para mí es como si Dios hubiera querido pasar página. Por eso y no por otra razón el Templo fue destruido: comenzaba una nueva era. De forma que incluso el odre viejo desapareció. La voluntad de Dios provoca hechos históricos. Y para que quedara más clara su voluntad, la de Dios, una mezquita colocada justamente allí hace completamente imposible reedificarlo. Dios habla con los hechos.
Pero Dios en su bondad no ha abandonado al Pueblo de Abraham, y les ha permitido congregarse frente a lo único que queda, el zócalo que sostenía la explanada. Y sus oraciones, su misma presencia allí, la presencia del pueblo hebreo, es para mí una página viva de la Historia. Ellos son la presencia viviente de una parte de nuestro pasado.
(Seguirá mañana)
Durante este viaje a Israel, técnicamente he estado en Turquía. Digo técnicamente porque mi viaje de ida hizo escala en Estambul. Pero todo lo que conozco de esa ciudad es la terminal 3.
También pude estar mucho rato sentado rezando en la gruta subterránea de Belén, en el lugar de la basílica donde la tradición afirma que nació Jesús.
Sea dicho de paso, algo que hay que dar por descontado es la suciedad a la que nos tienen acostumbrados los templos ortodoxos de Tierra Santa. Sabéis como odio las velas eléctricas, invento demoníaco por excelencia, probablemente invento de algún masón. Pero las dichosas lámparas ortodoxas de la llamita con el aceite, por un momento me hicieron anhelar que los clérigos de Jerusalén hubieran conocido las velas dotadas de enchufe.
Los sitios católicos, debo reconocer, se mostraban todos ellos perfectamente pulcros y ordenados. Sí, aquello lucía con una limpieza anglicana. La única cosa de lamentar es la espantosa decoración de la capilla de los franciscanos en la Basílica de la Resurrección: típica remodelación realizada en lo peor de la tormenta estética posconciliar. La decoración ultramoderna de a esa capilla, es algo así como un santo representado con dos pistolas en las manos y una ametralladora colgada del hombro.
Confío que algún hijo de San Francisco lea este post y decida hacer con esa decoración propia de una nave espacial lo que hizo Sansón con el templo de los filisteos.
(Seguirá mañana)
La foto es de la entrada al Monasterio del Monte de las Tentaciones, cerca de Jericó. Pero nada en Israel me impactó tanto como Jerusalén. Estoy deseando volver. Uno de los pocos lugares a los que deseo regresar para rezar.
El casco histórico de Jerusalén, estrecho laberinto infinito de callejuelas, paredes piedra, suelos de gruesas losas pulidas por millares de pasos que diariamente vuelven a acariciar, golpear y rozar sus duras superficies. Mujeres con sus velos en las cabezas, comerciantes que te invitan a pasar desde el umbral de sus negocios, olores a especias, palabras en árabe entre dos ancianos que parece que se gritan, parejas de policías hebreos armados hasta los dientes, hebreos de vestidos de negro que a paso ligero atraviesan una calle musulmana, una losa con inscripciones que indica una estación de la Vía Dolorosa, algunos sacerdotes rusos que se cruzan en mi camino, un armenio católico que me ofrece el mejor precio por una cruz, un ortodoxo griego que me ofrece la última pieza de un icono realmente espléndido, otro que se enfada al comienzo de mi regateo por una pequeña cruz, unos turistas alemanes jovencitos y enamorados que miran un puesto de baratijas. Ciertamente es una ciudad con carácter, única, con un encanto inimitable. Una ciudad muy oriental algo abrumadora para el que atraviesa sus calles repletas de puestos.
(Seguirá mañana)
En la Basílica de la Resurrección (no me gusta llamarla Iglesia del Santo Sepulcro) es donde he pasado bastantes horas. Rezando el breviario, recitando el rosario, haciendo meditación silenciosa, todo ello sentado frente al edículo que contiene el lugar señalado como lugar de la Resurrección.
El último día no sólo me quedé hasta que cerraron la basílica, sino que además como esa noche era una de las noches en las que abrían la basílica a partir de las 23:30, pude ir allí tras la cena y quedarme hasta la una de la mañana. Aquello fue un verdadero regalo de Dios. La basílica, oscura, casi sin gente, recorrida sólo por monjas ortodoxas silenciosas con hábitos negros, era un remanso de paz. Sólo se escuchaban los cantos de los popes orientales, cantos graves, lentos, que resonaban por todas las cúpulas y recovecos de ese laberinto que es la basílica. Cantos interminables en medio del tintinear de los cascabeles de los incensarios, con grupos de ortodoxos santiguándose una y otra vez.
Hacía frío, sobre mi sotana llevaba mi pequeña capa con capucha. Hacía mi oración sentado frente al lugar de la Resurrección. De vez en cuando entraba en el interior de la Capilla de la Resurrección y arrodillado, con la cabeza apoyada en la losa, hacía un rato de oración allí, sin prisas.
Tanto mayor privilegio, cuando la mayor parte de la gente que viene durante el día sólo le es permitido estar unos breves segundos. Pero la noche mostraba un templo completamente distinto. Un templo invadido por la oración, por el ritmo sosegado de la poca gente que estaba allí sólo para adorar a Dios. Nada que ver con el río de turistas que había desfilado por allí todo el día.
(Seguirá mañana.)
En esta foto estoy en la Basílica de la Natividad, en Belén. Aunque es en la Basílica de la Resurrección (no me gusta llamarla Iglesia del Santo Sepulcro) es donde he pasado bastantes horas. Rezando el breviario, recitando el rosario, haciendo meditación silenciosa, todo ello sentado frente al edículo que contiene el lugar señalado como lugar de la Resurrección.
El último día no sólo me quedé hasta que cerraron la basílica, sino que además como esa noche era una de las noches en las que abrían la basílica a partir de las 23:30, pude ir allí tras la cena y quedarme hasta la una de la mañana. Aquello fue un verdadero regalo de Dios. La basílica, oscura, casi sin gente, recorrida sólo por monjas ortodoxas silenciosas con hábitos negros, era un remanso de paz. Sólo se escuchaban los cantos de los popes orientales, cantos graves, lentos, que resonaban por todas las cúpulas y recovecos de ese laberinto que es la basílica. Cantos interminables en medio del tintinear de los cascabeles de los incensarios, con grupos de ortodoxos santiguándose una y otra vez.
Hacía frío, sobre mi sotana llevaba mi pequeña capa con capucha. Hacía mi oración sentado frente al lugar de la Resurrección. De vez en cuando entraba en el interior de la Capilla de la Resurrección y arrodillado, con la cabeza apoyada en la losa, hacía un rato de oración allí, sin prisas.
Tanto mayor privilegio, cuando la mayor parte de la gente que viene durante el día sólo le es permitido estar unos breves segundos. Pero la noche mostraba un templo completamente distinto. Un templo invadido por la oración, por el ritmo sosegado de la poca gente que estaba allí sólo para adorar a Dios. Nada que ver con el río de turistas que había desfilado por allí todo el día.
(Seguirá mañana)
La foto es de una comida en el Notre Dame Center Institute de Jerusalén tras el simposio. Mi conferencia fue toda ella acerca de la interpretación a dos versículos sobre María Magdalena. No deja de ser curioso que dos versículos de la Biblia me hayan hecho viajar 2.300 kilómetros. Cuando leí por primera vez esas líneas nunca pensé en la serie de causas y efectos que iban a provocar en mi vida.
Había hecho ya un viaje a Israel en 1999, antes de la segunda intifada, como capellán de un grupo de norteamericanos. En ese viaje recorrimos todo el país. Pero esta vez me quería centrar en la ciudad santa, Jerusalén y sólo Jerusalén.
Quería que este segundo viaje a Tierra Santa consistiera en rezar en la Basílica de la Resurrección y en pasear por el casco histórico. Un día para el simposio, dos días de oración y recorridos por Jerusalén, comiendo algún falafel en cualquier lado.
No albergaba ninguna pretensión de ir a todas las iglesias, ni nada por el estilo. Sólo quería rezar horas y horas en la basílica donde resucitó Nuestro Señor.
Aunque el hombre propone y Dios dispone. Pues por razones ajenas al simposio, que no voy a exponer aquí, sí que tuve que hacer varias cosas en los días previstos sólo para la oración. Asuntos que me llevaron a aceptar una prórroga de dos días más en mi estancia (tuvieron que pagar entero otro billete de avión), pero que me dejaron sólo parte del último día para mi propósito original.
Debo decir que esos asuntos fueron asuntos gozosos, gracias a los cuales pude conocer aspectos jerosolimitanos que de otra forma no hubiera podido hacerlo.
(Seguirá mañana)
Escribo este post desde Jerusalén. Invitado a dar una conferencia por el Notre Dame Center Institute. El encuentro de especialistas era sobre el tema de María Magdalena. A mí me pidieron que hablara acerca de dos versículos del Evangelio en los que se dice que María Magdalena fue liberada de siete demonios.
Al encuentro asistieron una pléyade de religiosos, monjas y curas, además del Patriarca Latino de Jerusalén y el nuncio, así como dos rectores de universidades romanas.
Podría entrar en detalles técnicos acerca de mi conferencia, pero será suficiente zanjar el tema diciendo que el buffet de la comida y la cena era excelente, variado y con la presencia de unas aceitunas aliñadas de un modo muy peculiar que hicieron mis delicias.
La ventaja del lugar donde me hospedaba, una casa que dependía directamente de la Santa Sede, era que estaba justo al lado de las murallas del centro de la ciudad. Para entrar en el casco histórico sólo tenía que cruzar una calle. Y eso constituía una ventaja impagable, porque una vez acabada la jornada del simposio, me dediqué sólo y exclusivamente a Jerusalén. Por lo menos ésa era la idea, porque la foto me muestra en Belén, delante de la Basílica de la Natividad. Hacía bastante viento, más del que se aprecia en la foto. De hecho, hubo dos días de tormenta de arena que han sido los más fuertes allí en varios años.
(Seguirá mañana)
Menos mal que en los años en los que todos los exceso del arte moderno triunfaban, no se hicieron grandes obras en el Estado Vaticano. Hubiera sido muy de lamentar que nos hubieran metido algún horror en medio de tanta belleza.
Después esas cosas son muy difíciles de sacar. Son como las flores de plástico que uno se encuentra al llegar de párroco a una iglesia. Siempre hay una quincuagenaria que está dispuesta a morir matando para que esas flores sigan en su sitio lustro tras lustro, proclamando el gusto estético de la donante. A menudo ni la decoloración de sus pétalos, tallos y hojas es razón suficiente para ir pensando en una jubilación de tan piadosos ornatos.
Cuando uno ejerce de párroco siempre te piden ir poniendo en las paredes del templo del siglo XVI todo tipo de Niños Jesús de Praga y similares. Allí donde hay una pared desnuda, siempre hay alguien que quiere llenarla, cubrirla y revestirla de algo. No me extraña. Sus casas están repletas de miles de objetos del tipo Recuerdo de Segovia, torrecita de plástico souvenir de Matalascañas, abanico desplegado de cuando fuimos a Sevilla, al lado de un pequeño toro negro de terciopelo con las banderillas puestas.
En eso yo siempre he sido un dictador y les he dicho: ya lo siento, pero aunque quisiera no puedo, la estética de esta iglesia no me lo permite. De verdad que lo siento, insisto.
Lo que dije ayer de ese pintor, puede parecer que es algo muy subjetivo, pero cuarenta años de vida me han enseñado (en contra de lo que me enseñaron tantos libros, en realidad todos) que el valor de cada obra de arte es algo muy objetivo. Ahora, a estas alturas de mi existencia, puede decir con la cabeza muy alta que Matisse o Gauguin como artistas no valen nada, así de claro. En realidad, en lo que fueron unos artistas fue en el campo de hacer dinero y de vivir del cuento.
¿Pero por qué hubo tanta gente empeñada en nuestra infancia en convencernos que lo feo era bonito, que lo que pasaba era que no lo entendíamos? Pues bien, ahora lo entiendo y ahora lo puedo decir con toda claridad: fue un fraude. Siempre fue un fraude, pero nadie se atrevió a decir que el rey andaba desnudo.
Recuerdo que este verano fui al Museo Reina Sofía de arte moderno. Salí de allí casi corriendo, como alma que lleva el diablo. Y mirad que entré con las más sublimes intenciones de encontrar sentido a todo aquello. Al final ya no sabia qué hacer para encontrar la salida. Encima aquel complicado museo parecía haberme enmarañado el recorrido para salir, como si se quisiera vengar y me quisiera retener en sus entrañas.
Si el Vaticano estuviera lleno de arte moderno, yo sería el primero en pedir que se vendieran todas en favor de los pobres, para luchar contra el calentamiento global, o para subvencionar a la Asociación Internacional a favor de las Cacatúas Ecuatorianas.
Es muy curiosa la analogía que podemos encontrar entre la teología y la pintura. Uno de mis pintores favoritos es Alma Tadema. Vivió en el siglo XIX, muriendo en 1912. Es un pintor que siempre me ha fascinado. Desde la primera vez que vi un cuadro suyo quedé prendado de su arte. En él no hay nada de abstracto, sino el reflejo perfeccionista de la realidad con sus colores y texturas, con una increíble maestría en el dibujo de la figura humana.
Pues bien, este autor al final de su carrera vio como sus cuadros valían cada vez menos. Su reputación fue decreciendo conforme pasaban los años. Seguía siendo un pintor con un nivel de detallismo increible, con un manejo de los colores insuperable, pero íbamos camino del arte moderno.
La gente quedó encandilada en los años siguientes con las mamarrachadas que todos conocemos. Alma Tadema quedó relegado y ridiculizado por los críticos. Le esperaban varias generaciones de completo olvido.
Pero ayer conocí que en el pasado noviembre un solo cuadro suyo, ni mucho menos el mejor, fue vendido por 36,700,000 dólares. Sí, la cifra no es un error. Es ésa.
¿Qué enseñanza deben sacar de esto los teólogos? Pues que hay que hacer las cosas bien, con un espíritu perfeccionista, sin preocuparse si esa teología está de moda o no, si tiene el favor de la gente o lo contrario. Cuando las cosas se hacen magistralmente bien, atraviesan el tiempo, triunfan sobre el tiempo, triunfan sobre todas las opiniones.
Existe una teología que puede tener el aplauso de muchos, que puede vender en las librerías, que parece lo más moderno (siempre la manía de querer parecer moderno), todo eso hay que superarlo, hay que ir a la esencia, a lo eterno. La pintura nos enseña a hacer teología. ¡36,700,000 dólares.
¿Sabeís por cuanto se llegó a vender alguna obra de este pintor al final de su vida? Por 20 libras. Nunca os dejeis encandilar por la impresión de modernidad. Cuando veais un cuadro o una escultura horrible y os pregunten: ¿qué le parece? Responded con flema británica, impasibles: pues me parece un perfecto mamarracho, no vale nada, el acto más caritativo que se puede hacer con esa obra es tirarla a la basura.
Vi que un millonario hacía un anuncio mostrando las secuelas que le habían quedado en la cara, al haber sido asaltado para robarle su reloj. Mira lo que están dispuestos a hacer por un Hublot.
El reloj costaba mucho, pero mucho mucho. Me entró la curiosidad y miré a ver como eran esos relojes Hublot. Por más que los miraba y miraba, por más que seguían viendo distintos modelos, al final seguía pensando: caramba, no veo diferencia con los relojes de los chinos, los de 7 euros unidad.
Os lo aseguro, no exagero, no veía ningúna diferencia entre los relojes de 7 euros y los que cuestan una fortuna.
Reconozco que la industria china ha hundido muchas empresas españolas, pero ha sido mi salvación. En cualquier tienda china me proveo de todo, absolutamente de todo. Lo único que, de momento, no puedo comprar ahí son las sotanas. El día que les dé por hacer sotanas, me podré comprar a 30 euros la docena.
Pero mientras tanto tendré que seguir pagando a precio de oro todo aquello adonde no ha llegado la mágica mano del Imperio Celeste. Algún día les dará por hacer granjas de langostas, como ahora las hay de pollos. Ese día entraremos a un Burger King y diremos: póngame la hamburgesa de langosta con caviar. Sin kepchup, por favor.
Otra cosa que me ha parecido muy mal de la actualidad de los últimos días, es todo ese rollo de Wikileaks. Me parece inmoral que alguien pueda volcar en la Red unos documentos que no son suyos, y que el propietario se tenga que quedar sin poder hacer nada.
La Ley Internacional tiene que amparar al legítimo dueño. Eso no es libertad de expresión, es un robo puro y duro.
Aprovecho para afirmar una vez más, que no es cierto lo que ha dicho Wikileaks de que yo estoy tomando Proriclueterdrextaniclina para ver si me vuelve a salir pelo en la calva. Eso es completamente falso. Es un desierto y allí no volverá a crecer nada.
Pero el telegrama del embajador de Estados Unidos ante la Santa Sede comunicando que nos había visto a Faus, Masiá, Boff, a F.J.G. de la Cicogna y a mí, tomándonos una pizza aquí en Roma, ése dichoso telegrama sí que es cierto. Lo que nunca me imaginé era que a los postres Masiá iba a ponerse a bailar sobre la mesa y eso iba a ser fotografiado, mientras yo le animaba dando palmadas.
No he dicho nada de algunos temas de actualidad, porque estaba enzarzado en el tema de Faus. Pero ahora quiero decir que espero que a los controladores aéreos que dejaron sus puestos sin atender las exigencias de la Ley, les caiga todo el peso de la Justicia.
Vamos, que no espero gran cosa. Porque no les juzgará la Justicia, sino la justicia española con minúsculas. Aun así, si hubiera justicia, ellos tendrían que ser responsables del daño provocado y fácilmente cuantificable en términos monetarios. Daño a ser repartido entre tantos cuantos lo han provocado.
Evidentemente, esto no sucederá. Ya se encargara la pequeña y débil justicia (enferma de política) de no hacer Justicia. Pero si por mí fuera los colgaría a todos de los pulgares del palo mayor.
No hace falta decir que apoyo las medidas que tomó mi gobierno. Por una vez, mis representantes estuvieron a la altura de las circunstancias.
Claro que esto ya se sabía que iba a pasar antes o después desde hacía varias legislaturas. Y los gobiernos de todos los signos prefirieron mirar a otro lado. Podrían haberlo previsto antes de que pasara. Pero nadie quiso afrontar el problema.
Al menos ahora Zapatero ha dado un puñetazo en la mesa y ha hecho lo correcto. Tuvo y tiene mi apoyo al cien por cien. Venga, Zapatero, duro con ellos, te apoyamos, lo digo en serio, no es una aseveración irónica. Es que como sois. Que no, que lo digo en serio. Zapatero, estamos contigo.
Con toda caridad, pero con toda firmeza.
Con todo el amor del mundo, pero con claridad.
Sin querer herir, pero sin miedo.
Sin sentirnos superiores, pero diciendo en voz alta la verdad.
Sin excluir, pero sin ser tontos.
Amando la verdad, denunciando el error.
Amando el templo de Dios, señalando las piedras erosionadas.
Amando a la Iglesia, detestando a los sembradores de la división.
Me gustaría añadir algunas cosas más a lo que dije ayer. Quizá lo hago en un afán de remachar más un tornillo, quizá por el afán de dar unos golpes más en el clavo, quizá porque me apetece.
Respecto a la fe, vamos a ver, si uno cree, cree. Es decir, si uno tiene fe, uno no va con rebajas. O se cree en el Evangelio, o si no no tiene sentido ir escogiendo en el menú. Y el Evangelio indica claramente quiénes son los garantes de la ortodoxia.
Respecto a la liturgia, veo que hay algunos muy aficionados a la clase turista. (Esta frase es un poco incomprensible si no se ha leído el post de ayer.) Mira, si somos católicos, seámoslo con un poco de clase. Lo de la misa en el garaje está muy bien, pero no me recuerda a las catacumbas para nada. Absolutamente en nada. Porque ellos, con lo poco que tenían, intentaron hacer las cosas lo mejor posible.
En la película Indiana Jones y el Santo Grial, cuando tiene que escojer la copa de la Última Cena, se decide por un vaso de arcilla bastante mísero. ¿Razón? Éste sería el vaso de un carpintero dice Indiana. Evidentemente, Indiana Jones no tenía ni idea de que hasta las casas más humildes tenían una copa especial para la celebración del Sabbath. Indiana Jones era profesor en Oxford, pero los guionistas de la película no.
El Dios Creador del Universo, el Artífice de tanta belleza, el Gran Arquitecto del Orbe (no, no soy masón), ese Artesano Infinito de los pequeños detalles, no puede ser indiferente a la belleza de la liturgia, a los grandes pontificales, a las catedrales, a Roma, al Vaticano. Decir que esas cosas son contrarias al deseo de Dios y que le hemos traicionado, es no haberse enterado de nada.
Si el Dios de los Ejércitos es magnificente con la liturgia, ¿vamos a pensar que Dios hubiera querido una Santa Iglesia Católica al estilo de una especie de asociación de vecinos? ¡No! Puesto a crear la Iglesia, lo lógico es hacer algo tan bello, tan grande, con una estructura tan impresionante, como la del mismo universo.
He dicho grande, sí, porque cuando Dios le encarga a Salomón levantarle un templo, le dice expresamente que sea grande. Más la casa que voy a edificar será grande, porque nuestro Dios es mayor que todos los dioses, dijo Salomón, el rey-constructor. Y la estructura de la Iglesia es sólida e impresionante más que todos los pilares y contrafuertes de cualquier catedral, porque esa estructura en piedra son los dogmas.
Algunos frente a esta asombrosa obra del Altísimo, que es la Santa Iglesia Católica, siguen prefiriendo el magma indefinido de una comunidad mezcla de Los Beatles, profesor progresista de seminario de los inefables años 70, todo ello arropado con la música del acordeón.
Panorama apasionante. Espero que hayan dejado algún sitio libre para sentarse, porque seguro que dentro está lleno. Lo gracioso es que encima nos envían cartas de vez en cuando para darnos lecciones. A lo mejor es todo una broma. Yo creo que es eso: las cartas de Faus son sólo un signo supremo de su gran sentido del humor.
Aunque iba yo a escribir hoy sobre los buenos y malos blogs católicos, he decidido interrumpir el tema. ¿La razón? Un artículo del religioso González Faus sobre el Papa. Un artículo en el que le anima a viajar en clase turista. Y sí, que venga a España, pero sólo a escuchar lo que le tienen que decir las curas, monjas y laicos que quieran ir a verle, de nuevo insiste en que viaje en un coche normal, y si tiene tiempo libre que visite la cárcel.
¿Pensaréis que le voy a atizar con un bate de beisbol como hizo Al Capone en Los Intocables? No, por favor, nada más lejos de mi pensamiento. Y menos después de la serie: blogs buenos/blogs malos.
Todo lo contrario. Al revés, lo que he leído me parecen acciones muy elogiosas para un Papa. Si González Faus resulta elegido en un cónclave, seré el primero en sentirme edificado por tales acciones. Pero mientras tanto, me gustaría recordarle una simple cosa: todos no podemos ser Papas.
Pero otra cosa que, a mi humilde entender, olvida este gran predicador de la clase turista, es que su bello paraiso eclesial ya existe en forma de muchos grupos protestantes y católico-liberales. Pero no parece que haya cola para entrar en ellos. Por el contrario, hasta los anglicanos están empezando a copiar más y más cosas de los viajes papales cuando viaja el Arzobispo de Canterbury. Y cada vez son más, incluso entre los protestantes, que respetan la figura del Papa como la figura central del cristianismo.
Me ha llamado la atención como los anglicanos en sus trajes clericales (no en las vestiduras litúrgicas, ni en sus trajes corales) cada vez son más y más parecidas a las de los católicos, cosa que me alegra, porque doy por segura la unión en un futuro. Las sotanas actuales de los obispos anglicanos son completamente romanas. No digo parecidas, sino idénticas en hechura. El color es la única cosa que se mantiene diversa. Pero cuál ha sido mi sorpresa, al ver que han adoptado hasta el fajín. Sí, Faus, el fajín. Y esto no son cuestiones de telas. Detrás hay toda una compresión eclesial. Una comprensión eclesial que va justamente en la dirección contraria a la de Faus.
Pero sí, me imagino que debe ser preferible volver a la guitarra y la pandereta, y dejar el coro a seis voces de Tomás Luís de Vitoria. Esas voces angélico-renacentistas no se pueden comparar a la pandereta y el acordeón. Me imagino que es mejor vender los candelabros de bronce del siglo XVIII, incomparablemente peores que los cilindros de plástico con keroseno dentro. Sí, todos estos cambios van en la línea de la clase turista.
Y que conste que yo no me meto con las reuniones litúrgicas de Faus al estilo Mao Tse Tung. Pero parece que a él lo de la diversidad no le parece congruente con el espíritu del Evangelio. No me extraña. La feligresía no está por la labor. En el 2010, querido Faus, el joven o es antisistema o es un católico a machamartillo. El joven puede ser anarquista, pero si va a misa prefiere el gregoriano. Hasta los anarquistas cuando van a misa dicen: a mí pongamelo con todos los complementos. Es lógico, si vas a un Mc Donalds no vas a comerte unas pocas patatas fritas. Si entras, te pides el menú entero, con todo, hasta con el regalo de plástico para el sobrino. Y quizá hasta te pidas el Mc Menú de Luxe. Es lógico. El joven que hoy día es católico de verdad y vive en gracia de Dios, lo es con todas las de la ley, y se confiesa, y reza el rosario, y ama al sucesor de Pedro. Lo otro es como el espíritu de Navidad de los Hermanos Grinn.
Por eso, esta salida de González Faus nos parece muy adecuada, sobre todo para los años 70. Pero en el 2010 suena un poco a Austin Powers. Esas cosas se decían cuando 007 se estrenaba en los cines como una novedad, Travolta pesaba curanta kilos menos, la aventura del Poseidón nos estremecía, y Michael Jacson aun no era blanco. Pero ahora suenan completamente a la época de Sábado Cine y la Abeja Maya, la cual vivía en un país multicolor.
Una de las cosas que no he querido hacer en los pasados días al hablar de los blogs y los comentaristas, es dar criterios. No se puede enseñar el sentido común.
Los que hemos sido párrocos sabemos cuando un comentario muy duro puede ser dicho con caridad y uno estarle muy agradecido al que nos lo ha dicho, y como por el contrari una ligera bromita puede ser dicha con mucha maldad, incluso con odio. Todos los párrocos sabemos quién es un feligrés murmurador y con bilis negra, y quién aun siendo una persona contraria a nuestras ideas es noble.
Son tantas las circunstancias, los modos, los elementos que hay que tener en cuenta que renuncio a intentar explicarlo. La gente con buen corazón sabe cuando alguien tiene lengua de víbora. Cuando alguien edifica y cuando alguien se limita a hacer daño. Yo no me erijo en juez, me limito a constatar que ambas cosas se dan. Y que un comentario produce agradecimiento, y otro comentario produce resentimiento. Que hay posts que nacen del amor y el cariño, y otros posts que nacen del odio y el orgullo.
A nadie se le ha pedido que exista siempre unanimidad. Pero a todo el mundo la Justicia de Dios le exije la caridad, el respeto, y el no juzgar.
No he escrito estos post para atacar a nadie. Cada uno que se aplique lo dicho según su entender y sus buenos sentimientos. La persona con malos sentimientos no suele sentir remordimiento. Ellos están por encima de criterios, consejos y cosas como las aquí dichas.
Pero a los demás, yo les pido que se examinen y que si ven que hay algo que rectificar, que rectifiquen. En algunos no bastaría rectificar, habría que pedir perdón a Jesús, confesarse y hacer penitencia, tratando de enmendar el mal hecho, cosa bastante difícil.
No penséis que exagero. Algún día se descubrirán las cosas y se verá cuánto daño han hecho algunos. Verdaderos zorros en la viña del Señor. Cuanto daño puede hacer la palabra, cuánto daño. Sobre todo cuando esas personas a las que atacaban algunos, tenían sus corazones, sus sentimientos. Cuando la labor de los sacerdotes y obispos, en buena parte, descansa en la buena fama. Cuando ellos se han entregado a servir al prójimo, y han visto como algunos fieles les agredían sin piedad.
Bien. Vosotros habéis juzgado a los ministros de Dios. Pero Dios os juzgará a vosotros.
(Seguirá mañana)
Por supuesto que si un pastor afirma públicamente algo evidentemente contrario a la fe, o a la moral, o está en abierta y clara desobediencia, mi sentido común me indica que puedo hacer comentarios al respecto. Pero siempre sabiendo que nuestras palabras deben ser cautelosas y caritativas. Cautela y caridad que no está reñida ni con el humor ni con la contundencia, cuando los hechos merezcan tal contundencia.
Resulta triste ver como ha habido blogs que han sido un puro y simple cúmulo de elogios a los de mi bando, y ataques a los que no son de mi bando. Qué triste. ¿Qué pensáis que diría de esto Jesús? Comentaristas que van cada domingo a misa y se confiesan, y después insultan a un sacerdote. No me importa si este sacerdote es conservador o progresista, eso es lo de menos, eso es indiferente a Nuestro Redentor.
Una cosa es el sano conversar, el recto comentar, la justa manifestación de la propia opinión. Y otra muy distinta herir, hacer tristes comentarios respecto a la persona. Sea quien sea esta persona, y más grave todavía si ésta es una persona sagrada. Porque lo digo vale para todos la familia humana.
El sentido común me indica que puedo hacer una crítica negativa del trabajo de un director de cine, un comentario nada positivo acerca de un artículo de un periodista, o emitir un juicio general pésimo acerca de las cualidades de un político, por sólo citar unos pocos ejemplos. Pero, por ejemplo, un sacerdote, un monasterio, un obispo, el colegio cardenalicio, no son del mundo, pertenecen al Reino de Dios.
Es comprensible que un periodista dé una mala noticia sobre un sacerdote o un obispo. No sólo es comprensible, sino que es s trabajo. Si el clérigo lo ha hecho y ha salido a la luz, será trabajo del periodista dar la noticia. Pero lo hará muy a su pesar, sin faltar al amor al prójimo. Dará la noticia con profesionalidad, pero lo hará como quisiera que dieran esa misma noticia de él mismo si fuera el caso. La verdad, la caridad y el respeto no son contradictorios. Ornan al hombre justo. Así obra un periodista hijo de la Iglesia.
Pero esto nada tiene que ver con tantos con tantos petimetres, con tantos ignorantes, con tantos petulantes que clavan sus garras contra los ungidos de Dios. Allá ellos. Pero el sufrimiento que provocaron, recaerá sobre sus cabezas. Es lo que tienen las malas acciones, la Justicia siempre es restablecida. De un modo o de otro, por un camino o por otro, pero al final cada uno recibe según sus acciones.
(Seguirá mañana)
Hoy día hemos visto florecer un sinfín de blogs católicos de opinión sobre distintos temas eclesiales. Una cuestión muchas veces sacada a la luz es si se puede criticar a los sacerdotes o no.
Unos dicen que el Vaticano II les da ese derecho, otros dicen que es pecado. Pues voy a dar una respuesta que satisfará a todos, y satisfará a todos porque es la verdad.
El criterio más sencillo y más simple para saber si una crítica es constructiva o es un pecado, es el sentido común.
Si yo por ejemplo critico de forma genérica a los sacerdotes que dicen la misa a toda velocidad y mirando el reloj varias veces durante las oraciones, pues no hay nada de malo en ello. Pero si yo critico al párroco de la iglesia de la lado, dando sus nombres y apellidos, eso es un pecado. Es decir, es algo que no agrada a Dios y si lo hago será algo por lo que seré castigado algún día en el purgatorio. Y el purgatorio no es ninguna tontería. Pues allí la Justicia es satisfecha de forma plena y perfecta. El daño que produjimos al prójimo lo tendremos que pagar hasta el último céntimo.
Así pues, es el sentido común el que me indica en mi conciencia que puedo escribir unas líneas sobre los curas que tienen tal o cual defecto, y hasta lo puedo hacer de un modo gracioso, siempre que mis palabras no sean hirientes. No hagais a los demás lo que no querais que os hagan a vosotros.
Pero no puedo herir a una persona concreta o a un grupo concreto. Sencillamente porque no puedo hacer daño. Porque hacer daño es pecado.
Son muchos los que se creen profetas, y arremeten contra alguien creyendo estar edificando la Iglesia. Atacan a un pastor como lobos, y encima creen estar haciendo bien. Pues yo os digo que aunque el pastor sea culpable, vosotros os habéis hecho reos con esa acción y recibiréis la reprensión de Nuestro Señor. Una reprensión que no consistirá sólo en palabras, sino en acción. En el juicio después de la muerte, la reprensión de la Trinidad se transforma en acción.
Incluso al hablar de los políticos, debemos usar la caridad. Incluso con ellos, siempre. Lo cual no significa que no se puedan decir las cosas, y que éstas no puedan ser dichas de un modo cómico y desternillante. Pero siempre con caridad. Si esto es así con los políticos, cuánto más con personas consagradas.
(Seguirá mañana)
No puedo dejar de pensarlo, aunque al principio estaba seguro de que era un error: la báscula marcaba medio kilo más que el día anterior.
Durante medio día estuve convencido de que se trataba un error, algún tipo de error, pero no podía ser cierto. Sólo a la noche reconocí que no, que la báscula funcionaba bien.
Hubiera entendido algunos gramos de más, ¿pero medio kilo?
¿Tantas habían sido mis culpas?
El día anterior, sí, comenzó con una dulce culpa. Después la pizza no ayudó. La cena con los teatinos ciertamente tampoco. No, claro, eso tampoco. Pero el despertar fue duro. No resulta bonito que te reciba el nuevo día con medio kilo más en el cuerpo.
La naturaleza es lo que tiene. Sigue sus reglas. Encima si le das lo que pide, se venga. Antes de la invención de la báscula todo era más subjetivo. Te palpabas la cintura y llegabas a una conclusión. Una conclusión no del todo precisa. Pero ahora, con estas básculas electrónicas, con números digitales que marcan hasta las décimas, no hay escapatoria.
Pero hoy voy a luchar. Me he puesto las botas y voy a luchar. La frase es ambigua. Me refiero a que me he puesto las botas para luchar. Estoy pronto para la batalla contra los carbohidratos. Esta vez las calorías no me cogerán a traición. Mañana me levantaré y la báscula me dirá lo que quiero oir.
Hoy ha habido una gran manifestación en Roma. No he visto a la gente, ni las noticias en la tele. Pero por los gritos que se escuchaban a la puerta de casa, aquello parecía la Toma de la Bastilla. Hasta la gran basílica en la que vivo ha cerrado sus puertas, la primera vez que veo que se hace eso. El templo inmenso junto al que vivo abre sus puertas a las 6:30 de la mañana, y no las cierra hasta las 19:30. Así todos los días.
No tengo ni idea de qué es lo que pedían los manifestantes. No sigo la política italiana, y no tengo ninguna intención de hacerlo. Me aburre hasta la de mi país, como para meterme a saber lo que pasa en casa ajena. Mi conocimiento de la escena política italiana se limita a unos cuantos rudimentos: esto no es una monarquía hereditaria, existe una votación universal cada cierto periodo de años, y por lo que me parece ver en los telediarios un tal Berlusconi es el que gobierna.
Hoy por la noche he ido a concelebrar a la Basílica de San Andrés. Los teatinos han sido magníficamente hospitalarios conmigo. El cardenal, no recuerdo el nombre, era tan anciano que ha asistido a la misa en el presbiterio, a un lado, pero sin concelebrar, sentado entre dos diáconos con dalmática que le ayudaban a levantarse. Era una delicia de cardenal a sus 84 años: atento, humilde, desvalido por los achaques de la edad, se le ve que es una persona encantadora. El típico ancianito perfecto. Sin duda es el que más ha disfrutado de la celebración. Al llegar a la sacristía nos ha dicho unas palabras, apenas quince segundos, que han valido por un sermón. Unas palabras dichas con el corazón. Sea
Sea dicho de paso, hoy durante la noche he tenido cuatro sueños. Durante todo el día no ha parado de llover. Nos han puesto espaguetis para comer y pizza para cenar. Y ahora me voy a la cama amando cada vez más esta ciudad.
Un día triste para mí: ha muerto el actor Leslie Nielsen, uno de los hombres que más me han hecho reir en la vida. Recuerdo que iba en un autobús camino de Chestokowa (Polonia) en 1991. Iba en una peregrinación diocesana a la Jornada Mundial de la Juventud. En esa época no iba en calidad de cura (no lo era), sino en calidad de joven (hasta tenía pelo en la cabeza).
Era de noche, recuerdo que íbamos por una carretera provincial de Checoslovaquia (en esa época quizá todas las carreteras del país eran provinciales), cuando en la televisión del autobús pusieron un vídeo. Cuando escuché el título ?Agárralo como puedas-, pensé: menudo título, qué rollo.
Y me disponí a dormir. Pero como no tenía sueño le concedí generosamente a la película el ver las primeras escenas. Cuando un título no me gusta, no suelo conceder ni ese privilegio a una película. Y menos si es un vídeo de autobús aburrido en medio de un viaje aburrido.
Pero ¿qué ocurrió? Pues ocurrió algo inesperado. Desde las primeras escenas me empecé a reir. Y ya no paré en la hora y media que duró la película. Hasta que se inventó Schreck, Agárralo como puedas fue mi comedia favorita, la de toda mi vida.
Esta cinta tuvo una digna segunda parte. Y una tercera parte que mejor es olvidarla.
Leslie Nielsen, además, parecía no envejecer. Parecía haberse detenido en el tiempo con su pelo blanco. Pero no. En los últimos años apareció con el mismo pelo blanco, pero la cara demostraba que cada año que pasaba estaba más cerca de la tumba. Él se esforzaba por hacernos reir, hacía caras, se mostraba gracioso, pero ya sólo pensábamos en su entierro. Al final, el calendario no se ha equivocado. El reloj no se había parado aunque conservase el pelo.
Lamento mucho su pérdida. Como Hamlet podría hacer un elogio de Yorik. Personalmente ya no creo que pueda volver a reirme nunca tanto como con él y como con la primera parte de Schreck. Aunque bien es cierto que Berlusconi tiene su gracia. Sí, quizá este hombre me devuelva la sonrisa.
Pero hoy yo y sus cuatro mujeres, lloramos a Nielsen.
Una de las intenciones por las que más he rezado la semana pasada, en realidad es la intención por la que más he rezado, ha sido por las personas que hoy morirán y que están a punto de caer en la condenación eterna.
Sí, hay seres humanos que no acabarán el día vivos, y que están literalmente en el borde de una irreversible condena al fuego eterno. Es tremendo estar tan tranquilos con el reloj corriendo, y la hora definitiva estar fijada para antes de que acabe el día.
Mi vida espiritual está centrada en el amor a Dios. Conozco su misericordia, estoy convencido de que son pocos los que se condenan, sé que la Justicia es tan grande como su piedad. Pero la realidad de la que he hablado, la reprobación irreversible, existe. Forma parte del mensaje que Jesús nos enseñó mientras todavía andaba sobre la tierra.
Os resulte fácil aceptarlo o no, hay personas que como nosotros comen, beben, toman el metro, ven la televisión y que están al límite de un precipicio sin fondo. Que Dios tenga misericordia de ellos, una vez más, y les envíe una gracia, al menos una, que pueda cambiarlo todo, aunque sea en el último momento.
He recibido hoy una encantadora carta de una antigua feligresa mía: cuando la conocí tenía nueve o diez años. Tuve la alegría de verla crecer durante siete años. La veía cada día. Año tras año, creció en edad y en vida espiritual. Al final, dedicaba cada día no menos de dos horas a la adoración del Santísimo Sacramento. Su alma era una verdadera flor de santidad.
Una vez me hizo reir en mitad del canon de la misa. No voy a contar la historia, porque es un poco larga. Pero literalmente no me pude aguantar y tuve que interrumpir la misa para reirme con ganas. Menos mal que era un día de diario y sólo estábamos unas treinta personas que éramos como una familia. Todos nos reímos sin poder parar. Ha sido una de las cosas más graciosas que me han pasado en la vida.
Bueno, os cuento la historia. Resulta que había sido recién elegido esa semana Benedicto XVI como Papa. Pero en el canon, cada vez que llegaba el momento de mentar al Papa, la costumbre de toda una vida se imponía y siempre mencionaba a nuestro Papa Juan Pablo. Al momento me corregía y añadía: ¡Benedicto!
El primer día pensé que había sido un error que no tendría continuidad, pero al tercer día ya ví que mi mente era menos flexible de lo que cabía esperar. Parecía que el nombre se me había petrificado en alguna parte del cerebro y se resistía a salir.
Cada día, antes de salir de la sacristía, me repetía: Benedicto, Benedicto, Benedicto, Benedicto. Pero al llegar el momento de la verdad, decía: por nuestro Papa Juan Pablo ?apretaba los puños, y añadía-: ¡Benedicto!
Amelia y Myriam desde el primer día hicieron del tema asunto de sonrisitas, risitas y codazos. Las dos con unos dieciseis años eran todo alegría. Aquel lapsus mío hacía sus delicias en mitad de la seriedad de la misa. Era como un oasis ese error mío.
Pues bien, al cuarto o quinto día, yo pensé: hoy os vais a enterar. Y cuando llegó el momento dije: por nuestro Papa, ¡BENEDICTO! Y pensé: os fastidiaís. Seguí rezando, pero no lo pude evitar, fue inconsciente, levanté los ojos del misal para mirarlas a ellas, como diciendo: ¿qué os pensabais?
Allí estaban ellas en el banco, una al lado de la otra, mudas, sorprendidas, estaban seguras de que me iba a equivocar. Pero no tardaron en pasar del mutismo a las risitas y esta vez me las contagiaron completamente. Los treinta feligreses estaban al tanto de mis errores y de la pareja de jovencitas traviesas, así que cuando yo hice esfuerzos por no reirme, todos sabían de qué iba la cosa. Al final fue imposible, todos nos reímos y reímos, con ganas, era imposible continuar. Fue una risa comunitaria, eclesial. No hubo ni uno que aguantara el tipo. No hice ningún comentario, nadie lo hizo. Al cabo de unos diez segundos, me recuperé y continué el canon con toda tranquilidad.
Hoy ha sido un día de extraordinaria devoción y presencia de Dios. Me iba a guardar el secreto para mí, pero os lo comparto para animaros a que lo hagais vosotros también: el ayuno.
El ayuno tiene indudables efectos espirituales. Uno de ellos es que llena al alma de gusto por las cosas del Reino de los Cielos. Con una medida tan simple, es siempre sorprendente como el espíritu se fortalece.
Si quereis hacer también vosotros esta santa práctica que Jesús nos enseñó con su vida, sabed que a mi entender hay tres tipos de ayuno:
El ayuno eclesiástico: Es el de el Miércoles de Ceniza o el Viernes Santos. Consiste en hacer una sola comida normal en el día, y una frugal colación a la hora del desayuno y de la cena. Por ejemplo, una fruta, o un poco de pan, o un yogur.
El ayuno a pan: Consiste en hacer tres comidas al día, pero sólo a pan y agua.
El ayuno de la cena: Consiste en no cenar nada durante un día. Este ayuno se puede hacer dos o tres veces a la semana. Pudiéndose tomar una fruta a la hora de la cena si se desea.
Este tercer ayuno es el más ligero de todos, y por tanto es un buen modo de comenzar esta práctica. Además, si vienen muchas tentaciones de romperlo, lo mejor es salir de casa a dar un paseo, o entrar en una iglesia a rezar. En las grandes ciudades a veces hay iglesias con exposición del Santísimo Sacramento por la noche.
El ayuno lo hacemos por Dios. Lo importante es el agradecimiento de Dios, pero también tiene beneficios para el cuerpo. Sabed que una noche sin cenar, es medio kilo menos al levantaros por la mañana. Piénsalo, porque últimamente te estás poniendo como una vaca suiza.
Hoy me he dicho: ya que tengo que celebrar misa, ¿por qué no concelebrar en la misa de funeral de un cardenal español fallecido hace dos días?
Así que me he ido al Vaticano, que lo tengo cerca andando, y he visto primero el modo impresionante como traen el féretro dentro de la Basílica. Una procesión precedida por la cruz, varios monseñores, un coro de seis en fila de a dos y un canónigo del Vaticano con capa pluvial, la Basílica tiene su propio cabildo. Tras ellos venía el féretro llevado por seis señores, seis señores con el uniforme y abrigo gris de los que cuidan del orden en el templo. Detrás los familiares y conocidos.
La misa, como es lógico grandiosa. Aunque sólo concelebraban los veinte cardenales presentes presididos por el Decano del Colegio. He aprendido que el color de un funeral por un cardenal es el rojo, lo mismo que por un Sumo Pontífice. Las oraciones, en latín, eran las propias para esa dignidad.
Al acabar la misa, el coro ha comenzado a cantar y todos nos hemos sentado: quedaba el rito de la valedictio. Ese rito consiste en que al cabo de un minuto o dos ha llegado el Papa, revestido con capa pluvial, en la mano llevaba su férula de oro (el báculo en forma de cruz). Al Papa lo seguían sus más inmediatos colaboradores en la Casa Pontificia. El Sumo Pontífice ha dicho unas palabras, ha rezado una oración y ha aspergido agua e incensado el féretro.
Acabados los ritos, he vuelto a mis trabajos y quehaceres. Un día más. Una dosis de belleza más. Belleza y oración, liturgia y vida. El centro de la Iglesia y un doctorando al lado de ese vórtice. Un vórtice estático y dinámico cuyos brazos y remolinos menores se extienden hasta los confines del mundo y de la historia.
Hoy ha sido un día en el que el trabajo ha cundido mucho. Tras trabajar todo el día en los campos teológicos y haber llenado mis graneros, decidí ir a la misa de las seis de tarde en la iglesia de Santa Cecilia. Celebrar la solemnidad de Santa Cecilia en la Basílica de Santa Cecilia.
La misa ha sido grandiosa. Allí estaba el Cardenal-Arcipreste de la Basílica de San Pedro del Vaticano en un impresionante ábside completamente rodeado de presbíteros de distintas partes del mundo. El ciborio de mármol magnífico, los ancianos diáconos con sus antiguas dalmáticas. Representantes del ayuntamiento, de la policía que han llevado una corona de flores a la santa, el Coro de la Capilla Sixtina, el pueblo fiel abarrotando el templo y encantado ante aquella liturgia que a mí me retrotraía todo el tiempo a siglos pasados, al comienzo de la Iglesia. La liturgia siempre ha sido para mí un alimento de mi vida espiritual, una luz para mi fe. En la liturgia es como si viera a la Iglesia, como si el misterio de la Iglesia se me hiciera presente y me sintiera injertado en ella: el pueblo fiel, el clero, el obispo, nuestros hermanos bienaventurados, María, Jesucristo. La liturgia para mí es de por sí una razón para creer. Inundado, rodeado, permeado de la unción de los ritos mi alma respira aires del Cielo.
Pero para eso hay que hacerla bien, con dignidad. Si encima la realizan de un modo óptimo, donde la gloria es palpable, entonces mejor, muchísimo mejor.
Al volver me he quedado veinte minutos adorando al Santísimo Sacramento en la Iglesia de Santa María in Via Lata. No he llegado a la cena, así que me he comprado un pequeño panino de queso y jamón, que he comido en mi habitación mientras veía un trocito de Schreck 2 que me regaló Carmen, una lectora del blog.
Notaba antes de celebrar la misa y al regresar que un cura me miraba mucho. Siempre que mi vista chocaba con él, allí estaba mirándome. Acabada la misa, mientras nos tomábamos unas pastas con té, se me ha acercado y me ha preguntado en italiano: ¿es usted el autor de Summa Daemoniaca?
Le he dicho con la taza de té en la mano: No, pero me parezco mucho. El auténtico es mucho más apuesto y gallardo.
Lo que son las cosas, hoy he vuelto a la joyita de basílica, pequeña y primitiva, en la que un dominico no fue muy amable cuando otro sacerdote y yo fuimos a concelebrar. Y lo de que no fue muy amable es un modo piadoso y caritativo de no decir lo que me pareció el individuo en cuestión.
Pues bien, hoy he vuelto y me he encontrado con otro dominico que ha sido la amabilidad en persona. Y decir esto es poco. Porque me ha enseñado durante hora y media los cuatro niveles inferiores bajo el templo. Le he estado tan agradecido que le he invitado a comer a mi collegio.
La basílica que me ha enseñado me ha sorprendido como pocas cosas en Roma. Cuando me ha dicho voy a enseñarle la cripta, me imaginaba una cripta más grande o más pequeña, pero no me imaginaba que debajo hubiera un mundo. Ni más ni menos que cuatro niveles. El cuarto nivel de túneles con muros y pavimentos de la época anterior al incendio de Roma, tal vez neroniano.
Incluso había un templo dedicado a Mitra bajo la basílica, calles, casas, un arroyo que sigue manando agua como en los tiempos del siglo I, frescos, columnas. Aquello no se acababa nunca.
Por la tarde, tras la comida he visto Barry Lyndon, una película que me faltaba por ver. He leído a Manguel, Una historia de la lectura, libro brillante, tan soberbio como la cripta que había visto por la mañana.
A media tarde me he ido a dar un paseo hasta una pequeña iglesia, una capillita más bien, muy antigua, donde estuvo San Benito. Allí he hecho mi rato de la oración de la tarde. Tanto al ir como al volver llovía de un modo desaforado. Ha estado lloviendo toda la santa tarde. En algunos momentos más que con intensidad casi con ferocidad.
Si no fuera porque no aparecen las lluvias intensas en ninguna parte del Apocalipsis, hubiera pensado que era el final del mundo. Hubiera sido una pena, que se acabara el mundo a dos años de acabar mi tesis doctoral.
Hoy gran ceremonia en Roma: entrega de la birreta a los nuevos cardenales. Por la tarde apertura de las grandes salas vaticanas para que la gente pudiera saludar a los nuevos purpurados. Ha sido toda una efusión de hábitos, sotanas, fajines, laicos vestidos impecablemente, trajes típicos de distintas naciones, monjas que iban y venían.
Allí me he encontrado con un sacerdote de mi diócesis, con otro de los viejos tiempos de Navarra, con tres cardenales españoles y un largo etcétera de sotanas negras. Nosotros, los sotanas negras, hemos disfrutado de lo lindo en medio de todo aquel esplendor vaticano. Porque, hay que reconocerlo, que hasta el más ateo de los ateos, hubiera disfrutado de todo aquello. No hace falta fe para reconocer la belleza donde la hay. Y allí, lo humano y lo arquitectónico, los frescos, la guardia suiza, los secretarios, las viejecitas, las familias venidas de África, el anciano cardenal que no podía sostenerse derecho en la silla, formaban un conjunto admirable.
Pero no me hagáis mucho caso, porque ya sabéis que en cuestiones romanas yo no soy muy objetivo.
Ya he llegado a Roma. Llegar a esta ciudad tiene algo de arribar a un seno maternal. El collegio es la casa con una familia de cuarenta hermanos, el hogar de los rituales cotidianos, el centro del que surgen todos los paseos, el scriptorio personal desde cuyos peñascos teológicos atisbo el pensamiento de cuantos me han precedido en los siglos anteriores.
Roma, lugar donde confluyen todos los complots de tantas novelas, yunque donde golpean los ataques de tantos cristianos, sede de tantas oficinas, de tantos archivos. Para cada uno es una cosa Roma, al volver yo encuentro mi hogar.
No sé si os lo he dicho, pero me encanta Roma. Roma veduta, fede centuplicata.
Eso sí, al llegar me estaba esperando la pasta, la misma pizza de siempre, las mismas alcachofas de lata de cada semana. Pero Roma bien vale esas alcachofas.
Otra cosa buena de esta ciudad es Berlusconi. Desde que conozco a Berlusconi la política me ha dejado de parecer aburrida.
La foto es del Museo Metropolitano de Nueva York. La niña es la encantadora hijita de una de las cuatro estrellas que han brillado en mi viaje. No puedo olvidar las amabilidades de Rocío y Mónica, sea dicho de paso, la mejor cena en todo mi viaje. Un oasis griego en medio de un mar de restaurantes italianos. Recuerdo con agradecimiento la bondad de Rosa y su hijita Alexandra con la que compartí las últimas horas neoyorkinas. Esa niña era un cielo. Y debo hacer mención de la incomparable eficiencia a toda prueba de Evelyn, a la que ya llamo mi vicaria general y mi vicepresidenta. Todavía no comprendo como en todos estos años no ha tenido ni un solo fallo al organizar tantos y tantos vuelos, conexiones y coordinación de personas que me recogen de un sitio a otro. Nunca ha tenido ni un solo error, ni siquiera pequeño.
Como siempre, Nueva York estuvo esplendorosa. Sigo conociendo más y más sus barrios exteriores, los que rodean a la isla de Manhattan. Siempre pienso que será difícil que el nuevo siglo produzca una urbe tan apasionante como la manhataniana. Aunque cada siglo, hasta ahora, nos ha sorprendido.
Sea cual sea la nueva capital del mundo que aparezca en el futuro, a mí ya me cogerá viejo. Ah, no os he contado las tortitas con miel que me comí un día con Mónica, Rocío y su marido. La típica montaña de tortitas con azúcar como para matar a cinco diabéticos, con su mermelada de cramberries. Después estas cosas pasan factura. ¡Cuántos paseos de casa al Vaticano tendré que hacer para sacar ese kilo suplementario de mi cuerpo!
Una de mis aficiones es la macroeconomia. Es un tema que me apasiona desde los catorce agnos de edad. Pues bien, hace pocos dias conocimos que los bonos españoles a cinco años frente a la posibilidad de impago han superado los 290 puntos. Esto no le dira nada al espagnol normal y corriente, pero le afecta enteramente. Dicho de otro modo, el coste de asegurar la deuda espagnola sigue batiendo records. Nosotros que estuvimos a la cabeza del crecimiento europeo, ahora nos vemos asi. Pero asi son las cosas. Al ciudadano normal y corriente, a ese que se sienta en el sillon a ver la serie Cuentame, se le dice cualquier cosa: que la economia va bien, que las cosas se van encauzando, que no esta todo tan mal como lo pintan, que la esperanza se vislumbra poderosa en el horizonte, etc. Pero a los mercados no se les convence con las cuentas de colores y los avalorios. Los mercados no dan discursos. Son frios, se limitan a poner precio a las cosas. Y lo cierto es que estamos en el puesto noveno entre los diez emisores con mayor riesgo de impago. Y esto no es un discurso de tal o cual dirigente, es la realidad. Insisto, a la gente se le dice cualquier cosa. Pero los mercados se muestran, como siempre, implacables. Para mi es muy triste ver como mi pais, un pais que tenia un futuro tan prometedor, se ha convertido en lo que es ahora. Pero no tengo de que preocuparme, magnana u hoy saldra en television el recordandonos que todo va bien.
Estando en Estados Unidos escuchaba la conmocion que artificialmente han tratado de crear los medios de comunicacion afines al regimen, al hablar de los costos de la visita papal a Espagna. Que escandalo. Desde aqui oia rasgarse sus vestiduras.
Me hacia gracia. Pero cuanto se creen que cuestan las fiestas de cualquier pueblo de mil habitantes? Estos se creen que todavia se siguen organizando con cincuenta mil pesetas, unas tracas de fuegos artificiales y unas almejas en el unico bar de la plaza. Que candidez, que santa candidez.
Las fiestas patronales de cualquier localidad cuestan varios millones de euros. Normalmente no se suele airear mucho el tema para evitar criticas. Pero los alcaldes saben que las fiestas les gustan a la gente. (No creo que haga falta demostrar que las fiestas les gustan a la gente.) Y ademas si se trata de ahorrar despues siempre esta la oposicion que dice: estas fiestas han sido un desastre.
Por eso, esos que clamaban como si fueran unos viejos profetas del Antiguo Testamento contra los gastos del viaje papal, no me provocaban sentimiento alguno de culpabilidad, sino mas bien de hilaridad: como croan estas ranas.
Que el viaje del Papa ha costado como dos o tres fiestas de localidad pequegna de Huesca o Teruel, pues ya esta. A ver si os quitais esa mentalidad provinciana. Viajad, viajad, ved mundo. Vereis lo que cuesta una habitacion de hotel o una comida en cualquier restaurante. Es que algunos todavia estais con una mentalidad tan estrecha como la del alcalde de Bienvenido Mr. Marshall: poned solo ocho latas de almejas, solo ocho.
Veo algunas diferencias entre el tipico cura mediterraneo y el cura norteamericano. El clero norteamericano es mas disciplinado, mas trabajador, muy ortodoxo, tiene su iglesia como un pincel, y ademas es un organizador nato. Pero percibo algunos problemas que tambien los ven los fieles, y es que la relacion entre los fieles y el clero es mas distante. El cura norteamericano tiene que dedicar muchisimas horas a trabajar con papeles en su despacho. El papeleo de una parroquia es impresionante. El trabajo administrativo de cualquier iglesia es tal que tienen que tener una secretaria contratada a tiempo completo. Normalmente cada parroquia no tiene menos de dos personas trabajando a tiempo completo. Muchas tienen a mas gente. Hablar con cualquier parroco solo es posible llamando a la secretaria y apuntando una cita en la agenda. Cualquier feligres que se acerque a un cura escuchara la tipica frase: hable con mi secretaria y pidale una cita.
Para mi sigue siendo un misterio como se pueden complicar tanto la vida, y creedme que he tratado de entender. Pero yo les diria: tratad de simplicar todo, reducid la estructura al minimo. Y una vez que hayais reducido todo al minimo, al siguiente agno volved a deciros: voy a reducir todo otra vez a la mitad. Y cuando acabeis, al tercer agno, haced lo mismo.
Los parrocos se sorprenderian hasta que punto el papeleo, el trabajo administrativo, los asuntos burocraticos, pueden reducirse a un minimo esencial que no quita tiempo, que no supone una carga pesada.
Pero ellos no han conocido otra cosa. Les es inconcebible pensar que los gastos de una iglesia pueden ser tan pequegnos como los de una parroquia espagnola.
El cura espagnol es mas desorganizado, pasa mas tiempo en el bar tomandose un cafe, pasa mas tiempo en la plaza hablando con los ancianos, viste como un adefesio, es mas viste como un adefesio pobre. Pero ese cura barrigon con su boina es cercano, se dedica solo y exclusivamente a la pastoral, se levanta por las magnanas sin problemas organizativos, no recibe a la gente a las horas despacho sino que es abordado por la calle en cualquier momento.
Ciertamente me quedo con el producto espagnol. El cura que vive con su familia (cosa inconcebible en Estados Unidos), el tipico don Camilo que tan genialmente describio en su novela Gioanni Guareschi. El cura anglosajon con su despacho, su mesa de por medio, su cita apuntada en la agenda, impone distancia, uno no se imagina estar ante un hermano que le escucha, ante un pastor. El clero aleman ha caido en el mismo defecto. Debemos evitar por todos los medios posibles dar una impresion de funcionariado. Y para evitar esa impresion no hay que serlo.
Pero es muy dificil importar una mentalidad. En algunos paises las costumbres de generaciones acaban fosilizandose. Ciertamente la espontaneidad de los curas de Italia, Portugal, Espagna e incluso de los ortodoxos de Grecia forma parte de un mundo mas sencillo, de unas relaciones que se basan en la cercania.
Cada vez que vuelvo de paises anglosajones valoro mas la figura del tipico cura que con una gruesa chaqueta gris de lana sobre un jersey verde te escucha en un banco de una iglesia cuando las ancianitas se han marchado de la misa de seis.
Como ya dije, estoy en Carolina del Norte. En los dos aeropuertos en los que estuve ayer pensaba en que San Pablo en sus viajes vio un buen numero de puertos. Los aeropuertos actuales no son diferentes de los antiguos puertos. En los muelles donde antes estaban las embarcaciones, ahora estan las aeronaves. Incluso el gran corredor central con aviones a ambos lados o a un lado, recuerda la disposicion de muchos puertos.
La gente que pasea por la terminal con sus maletas, es como la gente que paseaba con sus bolsas antes de embarcarse. Lugares donde venden comida y bebida. Gente sentada esperando. Todo igual.
Incluso todas las cajas y apartados y vehiculos menores entre los aviones recuerda en todo al ambiente de un puerto.
En esas terminales rezo, leo la Biblia, paseo. Es bastante pesado ir de terminal en terminal solo, pero predicar siempre requiere un cierto esfuerzo. La gente que me escuche un rato no imaginara que para predicarles he tenido que pasar un dia entero de viaje: primero de Scranton a Detroit, despues de dos horas de espera de Detroit a Greensboro. Mareos, turbulencias, estrecheces, maletas arriba, maletas abajo, y mil cosas mas anexas a los viajes.
Pero todo es para mi una alegria, porque nos hemos hecho sacerdotes para predicar. Y alli donde nos llamen debemos ir.
Al pasear por delante de la bonita iglesia presbiteriana de la localidad de Pensilvania donde me hospedaba hasta ayer, en plan de broma le decia al parroco catolico que deberiamos buscarle un novio a la pastora presbiteriana soltera que regia esa iglesia.
Lo gracioso seria que se casara con un episcopaliano y que sus tres hijos acabaran siendo unos devotos sacerdotes catolicos.
El se reia mucho con estas ocurrencias hispanicas mias.
A mi me llamaba la atencion el hecho de que en algunas de esas iglesias protestantes, como por ejemplo en las baptistas, en cada iglesia existe un consejo de personas que no solo pueden decirle al pastor si esta haciendo bien las cosas o no, sino que incluso pueden echarle.
Eso es terrible, porque el pastor queda reducido a un predicador. Un predicador que jamas podra decir con claridad a la comunidad que esta haciendo algo mal, pues si enfada a la comunidad esta la podra echar. No hace falta decir que casi siempre, el predicador acaba diciendo lo que la comunidad desea oir, o al menos lo que no le siente mal.
Cuando veo estas formas de organizar las iglesias y sus resultados (cada vez menos gente en ellas) cuanta sabiduria veo en que Nuestro Senor organizara las cosas de forma que el predicador en nuestras parroquias no solo predique, sino que tambien sea un pastor. Es decir, que el tenga el oficio de gobernar.
Alla donde voy, veo como los lugares antagno feudos de los protestantes, hoy dia son la sede de florecientes iglesias catolicas. No solo eso. Sino que es evidente que los protestantes cada vez se van a fijar mas y mas en las doctrinas de la Iglesia Catolica como un referente. En medio de un mar de dudas y opiniones contrarias sobre los temas mas esenciales, la Iglesia Catolica se muestra como un faro. Es mas, los pastores protestantes cada vez se visten mas como los sacerdotes catolicos. Incluso adoptando sin ningun pudor el cuello romano.
Hago estas consideraciones porque algunos disidentes catolicos (lease Arregi y compagnia) siguen insistiendo en que la Iglesia Catolica enfile su barca hacia ese Pais de las Maravillas Eclesiales del que nos hablan. Cuando en esos mismos acantilados teologicos ya han encallado unas dos mil pequegnas barcas durante los ultimos cinco siglos. A esos teologos disidentes les sigue pareciendo que la realidad es poco argumento para abandonar sus teorias.
Hoy he volado desde Montreal a Pensilvania, tierra de bosques, estado con casitas de madera pintadas de blanco en medio de llanuras interminables.
Encantadora acogida del parroco en su rectoria. Comida con sus amigos. Me encuentro con italianos alla donde voy. Los italianos se han reproducido por todos los confines de la tierra. A veces tengo la sensacion de que buena parte de la humanidad es italiana.
Hace frio. Los arboles muestran sus hojas amarillas, doradas, rojas. En el avion me ha tocado asiento al lado de un pastor metodista, aunque el me ha dicho que sus tendencias eran mas bien presbiterianas. Tambien me ha explicado que hay varias ramas metodistas: los metodistas a secas, y los Metodistas Unidos. Ya se ve que una vez que uno se divide de la Iglesia uno se sigue dividiendo, y dividiendo y dividiendo. Si esto sigue asi, habra metodistas de la antigua observancia, metodistas reformados del septimo dia, metodistas unificados congregacionalistas y metodistas episcopalianos anabaptistas reformados.
Algunos dentro de la Iglesia nos quieren meter en esa autopista como si no supieramos adonde nos lleva. La autoridad es un servicio. Las comunidades protestantes donde no hay una jerarquia no existen, todas tienen una jerarquia. Solo que entre los metodistas lo llaman presidente. Hasta para hacer una obra de teatro se necesita una jerarquia. Hasta para realizar una comedia sobre el escenario se necesita alguien que ponga orden. Lo unico que crece sin orden son las setas y las zarzas. Algunos catolicos tienen unas ideas que solo nacen de sus candidos corazones. Candidos corazones sin mucha conexion con la realidad.
La Iglesia, por el contrario, siempre ha estado muy vinculada a la realidad. Por eso ha podido, incluso, cambiar la realidad.
Lo bueno de los viajes es que hay de todo. Hay momentos aburridos esperando en las terminales, momentos deliciosos de cenas entre risas sentado al lado de amigos que ya conoces de otros viajes, ratos en que oras con mucha gente y sientes la presencia de Jesus en medio, ratos de predicacion verdaderamente inspirados, ratos en que no te sientes nada inspirado (pero sigues hablando), situaciones en la que temes que tu maleta no haya llegado a destino, noches en las que te levantas para ir al bagno y no recuerdas en que ciudad estas ni como es la habitacion, momentos en que ensegnas otra vez el pasaporte y presentas otro formulario rellenado en un avion que se movia mucho, momentos en que escuchas la consulta de una persona y no te apetece escuchar ninguna consulta mas, horas en las que te ensegnan otra ciudad, situaciones en las que extiendes la mano para estrechar la mano de alguien mientras le dices: si, yo soy el padre Fortea.
Hay momentos en que escuchas como te presentan ante un auditorio, almuerzos en los que a tu lado tienes a un arzobispo, misas en las que sigues a un monaguillo que no tiene ni idea de hacia donde dirigirse, horas en las que lees una novela en italiano para practicar la lengua.
En los viajes hay momentos aburridos, alegres, llenos de devocion, momentos buenos y malos. Gracias, Segnor, por poder viajar y hablar a los hombres de ti.
Magnana dejo Canada a 4 grados y nevando. La charla de hoy ha sido una maravilla. He disfrutado, he visto los frutos tanto de la charla como del rato de oracion que hemos hecho al final.
Bueno, digo charla, pero en realidad ha durado todo el dia. Por la noche me he encontrado con un canadiense con el que soy coautor de un libro que ahora se publicara en Polonia. Un libro que es un analisis de un caso de posesion en Alemania en 1976.
Este buen amigo ha hecho con su familia once horas de viaje para vernos y cenar. Eso si una magnifica cena. Solo dire que hoy en el mundo hay una langosta menos.
No me siento nada culpable por haber sucumbido a las tentaciones de mi buen amigo de que probara ese plato del menu. No me siento culpable porque las langostas existen para ser comidas en los restaurantes con mantequilla y una patata horneada, en este caso una patata horneada con crema al estilo de Monaco.
Como os decia, un ciervo hace bonito en el bosque, un aguila queda fenomenal en los cielos, pero una langosta donde realmente hace bonito es en el plato. La langosta es un animal con vocacion gastronomica.
Pero tambien es cierto que es la primera y ultima vez que me como una langosta canadiense. He descubierto que, en realidad, a mi lo que me gusta es la pizza y la paella. Todo lo demas esta muy bien para probarlo una vez.
Me decia mi amigo canadiense que hace ochenta agnos, nadie en Canada valoraba la langosta. Y que habia nignos pobres que para desayunar se llevaban al colegio una langosta. El resto de langostas se usaban para fertilizar los campos.
Lo mas curioso del parroco canadiense en cuya parroquia me alojo, es que se convirtio de un modo la mar de sorprente. El era un judio que entro en una iglesia a buscar a un amigo, y fue alli donde de pronto al mirar la Eucaristia recibio la fe. Por esa razon ahora es muy devoto de la Eucaristia.
Por una de esas casualidades que tiene la vida, el estudio el doctorado en Roma y vivio justamente en el mismo collegio donde yo vivo. Un collegio donde solo hay cuarenta sacerdotes. Casualidades.
Canada tiene un algo que me atrae. Quiza sean los bosques, quiza el frio. Tiene ese algo de tierra primigenia, de regiones salvajes. Me vienen a la mente las escenas de bosques impenetrables, de bosques como los de los antiguos barbaros escandinavos que descendieron por Centroeuropa. Todo es pura fantasia, porque de momento Canada para mi es el aeropuerto, iglesias, pasillos enmoquetados (aqui todo esta enmoquetado) y unas viejecitas hablando en un frances dulce y claro.
Bueno, ya estoy en Canada. Canada se resume de momento en lluvia, lluvia y lluvia. Aqui todo el mundo habla frances, estoy en Montreal. Los organizadores de estas conferencias decidieron el dia que llegue, llevarme a un restaurante. Y a que restaurante me llevaron? Pues a un italiano.
Vengo hartito de la comida italiana al otro lado del mundo, y voy a uno italiano. Pero adonde me llevaron cuando estuve en Brooklyn? A otro italiano.
He encontrado aqui exactamente la misma pasta y pizza que en la bota italica. Es como si me persiguiera. Menos mal que la buena de Rocio y familia (lectores de este blog) me llevaron a un encantador restaurante griego, donde probe cosas totalmente distintas a la pasta y la pizza.
Sea dicho de paso, la parroquia donde me hospedo tiene que como parroco a un judio converso al catolicismo.
Una de las experiencias mas bonitas de este viaje ha sido mi charla a las Misioneras de la Caridad, las religiosas de la madre Teresa de Calcula, que viven en el Bronx.
Ellas entran descalzas en su capillita. Entran modestas, sonrientes, hospitalarias, ninguna es envarada, ninguna sombria, todas respiran felicidad. Las hay ancianas y jovenes. Llevan chaquetas de lana sobre sus livianos saris blancos.
La capilla no esta precisamente muy bien decorada. La decoracion ha debido correr a cargo de algun benefactor que ha hecho las cosas segun su buen entender. Me dan ganas de ofrecer mis servicios a la congregacion para estos menesteres.
Ellas escucharon mi charla sobre los angeles, sentadas en el cielo. Varias tomaban notas de mi ingles no muy bueno, porque para hablar de cosas profundas hay que usar palabras precisas. Y yo de vez en cuando tropezaba con alguna palabra. Menos mal que tenia a mi monja/diccionario a la que miraba cada vez que necesitaba un termino anglosajon del que yo no disponia en ese momento.
Mi charla sobre los angeles en Ezequiel, y mas concretamente, mi charla sobre los querubines y serafines en Ezequiel, hizo mis propias delicias. Si, disfrute con mi charla. No se si ellas disfrutaron pero yo si.
He llegado a la conclusion de que para que la gente disfrute con una conferencia, el conferenciante debe disfrutar. El debe ser el primero en pasarselo bien dandola. Si el conferenciante se aburre, transmite ese aburrimiento al publico.
Hay conferenciantes que lo que hacen es leer. Eso es un desastre. Para eso estan los libros. La diferencia entre un libro y una conferencia, es que la conferencia es algo vivo. Cada conferencia tiene que ser unica e irrepetible.
Un lector de este blog leyo hace menos de un agno un post sobre el sermon que mas me habia gustado en mi vida, el mejor de toda una vida, y lo colgo en youtube. Os pongo el link aqui abajo. fijaos en sus palabras, en su diccion, en su porte de apostol, es un sermon supremo:
http://www.youtube.com/watch?v=Dsma0kio5Oc
Esta es la familia de ayer con algunos miembros mas. Una de ells, la madre, es una lectora de este blog. Cada dia lo lee y despues se lo cuenta a su marido ya acostado en la cama. Su marido le pregunta, que ha hecho hoy el padre Fortea? Ya soy como de la familia. En Saint Louis habia una esposa que hacia lo mismo. Debo tener a unos cuantos maridos por el mundo un poco atormentados. Segnora que lee este blog en alguna parte del mundo, ha probado a contarle cada post a su adormilado marido. Quiza es lo unico que espera el para acercarse a la Iglesia. En muchos hogares catolicos del mundo ya se tiene esta sana costumbre. Si su marido esta en Hong Kong, todavia le hara mas gracia a el cada post. Si su marido es budista, le dara la sensacion de viajar. A veces tengo la esperanza de que las hijas de Zapatero se diviertan leyendo estas pobres lineas y no este todo perdido para los nietos de nuestro presidente. Pocas cosas me harian mas feliz que saber que uno de los nietos de Zapatero hace sus votos perpetuos como monje benedictino en el Valle de los Caidos, y que otra nieta suya se hace carmelita de la Madre Maravillas, y que el resto de sus nietos casados se hacen supernumerarios del Opus Dei.
No me digais que no es una maravilla un hogar lleno de ninos. Y estos son solo los ultimos cuatro cachorros. La casa era una explosion de vida. Una explosion de vida brooklinita. Brooklyn es un mosaico de lenguas, religiones, razas y costumbres. El mundo entero en un conjunto de barrios. Cuando a un cura amigo mio le preguntaron que idioma hablaba, sin dudarlo respondio: brooklynese. Lo que me llama la atencion es que no se hayan puesto motes entre los distintos habitantes de esta urbe. Por mas que lo pregunto a diversos habitantes de aqui, me dicen que no, que no tienen motes. Se me ocurre que podrian llamarse manjatancios (los de Manhattan), jarlenitos (los del Harlem), bronsitos (los del Bronx), bruclinitas (los de Brooklyn), kuinios (los de Queens) y jerseicitos (los de New Jersey).
Al volver por la noche a la parroquia donde me quedo a dormir, me desperte (iba dormido en el coche que me llevaba) y vi que atravesabamos una zona judia. Era curiosisimo. Por la calle no habia ni una sola persona que no fuera vestida de negro con sus grandes sombreros de ala.
El frio era muy intenso, invernal. Todos se arrebujaban en sus abrigos. Despues, llegamos a la zona hispana de Brookyn, habiamos venido de la zona italiana, donde habia hablado tanto italiano como en Roma. Sea dicho de paso, en la pastaleria italiana en la que entramos, encontre los mismos cannoli de mi pasteleria favorita de la piazza de Santo Lorenzo in Lucina. Perfecto, ahora puedo engordar lo mismo aqui que en Roma, pense. Ahora escribo este post en una salita de una parroquia. Rodeado de impresos parroquiales, monedas de las colectas reunidas en una gran caja de rejilla metalica (debe pesar veinte kilos), y muchas notas fijadas en las paredes. A los norteamericanos les encanta pegar hojas en las paredes, y en el frigorifico. Realmente, los alrededores de Nueva York, por donde he ido estos ultimos agnos, Queens, Bronx, Brooklyn y otros, son todo un mundo. Un mundo de nacionalidades, de diversidad, una especie de gran puerto del mundo.

No solo fue increible encontrar a este matrimonio amigo, sino que cuando dijimos que almorzabamos juntos, la esposa traia una lista que le habia dado una amiga suya. Desestimamos el primer restaurante, porque una persona nos dijo que estaba lejos. Comenzamos entonces a andar y andar. Ibamos mirando a un lado y a otro. Mirabamos restaurante, pero lo importante era pasear. Yo habia hecho una pequena oracion a Dios pidiendole: Senor, que vayamos a comer al lugar que tu quieras. Un lugar agradable donde estemos bien. Cual fue nuestra sorprensa, cuando hora y media despues, nos dimos cuenta de que habiamos llegado, sin pretenderlo, a la puerta del primer restaurante de la lista. Por la noche, comimos en un restuarante italiano. Uno de mis mejores amigos sacerdotes en Nueva York es italo/americano. Como yo se italiano ahora, me senti como un figlio mas de la misma mamma, hablando con todos italiano, y hasta moviendo las manos (al modo siciliano) cuando hablaba para convencerles mas.
Que gracia ver todas las aceras del Bronx llenas de pequenos Spiderman, piratas, tortugas, hadas y bomberos. Todos los ninos disfrazos iban de tienda en tienda con su cubito esperando que lo llenaran de dulces. Varios adultos se sorprendian al verme vestido de sacerdote. Mi cara les convencia de que no era un disfraz. Solo un par me lo preguntaron para asegurarse. Ayer tuve una conferencia con las monjitas de la Madre Teresa de Calcuta. Fue sobre el capitulo I de Isaias. Que bonito era ver toda la capilla llena con sus habitos. Pero lo mas gracioso de todo, fue que cuando dije misa en St. Patrick Cathedral resulto que alli habia, entre la gente, dos buenos amigos mios de Ecuador, que justamente esos dias habian ido a Nueva York y a esa misa concretamente. Comimos juntos, paseamos y nos lo pasamos bien.
Evelyn, siento no haberte llamado. Pero hasta ahora no he llegado a la casa donde me hospedo. No he querido hacerlo al levantarme, para hacerlo con tranquilidad al llegar a casa por la tarde. No pensaba llegar tan tarde.
Ha sido un dia lleno de cosas, pero con mucho fruto. Pues con gente con tanta fe siempre hay fruto.
La charlas, las he dado con un jesuita, han sido en un gran teatro donde cabian mas de dos mil personas. Un teatro muy curioso, antiguo y con unas reproducciones neoclasicas/eclecticas de edificios europeos en los dos flancos de la gran sala. El teatro Paradise.
Aqui ya ha comenzado un frio invernal. Menos mal que me habia traido el abrigo grueso. Es Hallowen, todos los nignos del Bronx iban disfrazados. De vez en cuando algun segnor me preguntaba si lo mio era un disfraz: no, segnor, yo soy un sacerdote de verdad.
Ah, se me olvidaba, un delicioso desayuno de tortitas con mermelada de blueberries. Como esto siga asi, voy a volver con el peso de Juan XXIII.
Es de suponer que he llegado a Nueva York. Aunque en realidad no lo sé. Y esto que digo es absolutamente verdad, porque escribí este post el día antes de partir para que se publicara de forma automática mañana. Un mañana que para vosotros es hoy. Aunque dependiendo del día en que leáis el blog, puede ser ayer.
Mi futuro es vuestro presente en este post. Lo que es imposible es que mi futuro sea para vosotros un futuro más lejano. Sí, no me lio. Mi futuro (en este post) es vuestro presente, pero no puede ser un futuro mayor para vosotros que para mí.
No sé si habéis visto la película Atrapado en el tiempo (Groundhog day), a mí me gustó mucho. Lo malo del tiempo es que pasa, aunque eso también es lo bueno. Pero vamos lo que quiero decir es que hoy he llegado a Nueva York. O por lo menos eso espero.
Bueno, al final, hoy me ha encontrado con la persona con la que tenía una cita la semana pasada. Esa cita interrupta a la que nunca llegó. Resulta que él la había apuntado para el martes, mientras que yo la apunté para el lunes. A mí me gusta decir la última palabra, así que le dije: ¡pues el que te equivocaste fuiste tú!
La comida en su facultad, en la que es vicedecano, fue agradable. Hay que hacer notar que la comida cuartelaría de las facultades es comparable a los almuerzos cistercienses de mi collegio. O sea, que pecar de gula se hace muy difícil.
Mañana parto para Estados Unidos. Hoy se impone acercarse a la librería para ver qué novela escojo para el vuelo de avión, un vuelo inacabable de diez horas. He decidido en los próximos años ir leyendo todos los premios Nobel de literatura, en sentido regresivo. Es decir, empezando por los últimos. Ya que me parece que ahora el comité sueco tiene más elementos para tomar la decisión y una visión más multicultural que cuando comenzaron a dar premios.
Ya os contaré cómo es viaje por esa larga lista. Necesitaré muchos viajes de avión, muchas tardes sosegadas de domingo, muchas noches de agosto, para llegar al final. Pero al blog pongo por testigo de que mañana comienzo.
De nuevo de noche, de nuevo escribiendo este post en este comedor vacío y oscuro a estas horas después de la cena. Ya la última tertulia se ha ido disipando dejando en silencio los alrededores de esta mesa.
Una vez que el post aparezca en mi blog, me iré paseando hasta el Vaticano. Un paseo silencioso, tranquilo, meditativo. Una magnífica conclusión del día. A las 11.15 leeré la Biblia hasta que me vaya a acostar.
Leo algunas noticias eclesiales. Me sorprendo. Nunca he entendido qué idea tienen algunos de la obediencia y, en definitiva, de la Iglesia. Al final, siempre es lo mismo: lo personal deforma la santa simplicidad de unos dogmas, de un mensaje, de una vida que es tan sencilla.
En mi vida he hecho de la obediencia no una virtud, sino una estrella que guía mis pasos. Su luz me da calor, me da seguridad, me conforta en los peores momentos de mi pasado. Jesús era obediente. Jesús era obediente, se hizo obediente, llegó a la obediencia usque ad mortem.
La vida al final se reduce a una obediencia a la conciencia, al superior, al Magisterio, a Dios. Y no hay contradicción entre estas cuatro realidades. Sino que entre las cuatro reina un orden y una armonía admirable y perfecta, pudiéndose llegar a decir que son, en cierto modo, una misma cosa en lo que a esta virtud se refiere. Siendo la conciencia, el superior y el Magisterio canales de un mismo Dios. El mismo orden que reina en la naturaleza, reina en la Iglesia.
Aquí estoy yo escribiendo mi post en una mesa del comedor. Detrás de mí hay una interesante discusión entre una decena de residentes y el rector. El tema: si se continúa celebrando la misa en latín una vez al mes o no. Se hizo una votación y hubo una total división de opiniones con una gran mayoría de abstenciones. Yo estoy escribiendo este post, de vez en cuando me vuelvo y digo alguna cosa. Pero en la discusión esencial no intervengo. Cuarenta años de edad me han enseñado a no meterme en cuestiones que ni me van ni me vienen.
Yo rezo el breviario en latín, y cuando celebro misa privada lo hago siempre en esa misma lengua. Pero respecto a este asunto soy bastante indiferente. El comedor está vacío, sólo el corro de la gentil discusión está de pie en un extremo de la amplia sala. Yo estoy sentado escribiendo, de tanto en tanto me vuelvo.
Ahora habla el sacerdote de Galilea. Nos dice que la misa en su rito, el melquita, se celebra la misa sólo una vez a la semana, aunque dura varias horas.
Hoy he comido pan con tomate. He puesto la ropa a lavar. He pronunciado en francés una palabra. He probado un poco de chocolate. He ido a una tienda de fotocopias. Me he puesto una mantelleta de lana con capucha para la lluvia. He ido al supermercado a comprar agua. He conversado con un cubano. He conversado con un mexicano. He comido pulpo. He vuelto la vista para ver un obelisco. He andado rápido para llegar a un sitio. He reído. He visto unos minutos sueltos de una película. He escuchado un poco de música religiosa. He ordenado mis libros por temas. He agrupado papeles varios que se me habían acumulado. He encontrado un impreso. He pegado dos sellos. Me he peinado porque se me habían alborotado los pelos de ambos lados. He celebrado misa con devoción. He hablado con texano. He comido mandarinas. He colgado la ropa para que se secara. He mirado desde una ventana hacia el Vaticano. He trabajado. He rezado el oficio. He hecho oración mental. He rezado el rosario. He traducido. He cantado. He hecho mi cama. He apagado mi ordenador. Ahora me voy a dormir.
Hoy he ido a una cita con cierto profesor de cierta universidad, habíamos quedado para comer juntos. La razón era que ese profesor era de mi curso en el seminario. Cuál ha sido mi sorpresa al ver que el tiempo pasaba y el antiguo compañero no aparecía. Finalmente he regresado a casa. Sea dicho de paso, en mi collegio ya no podía comer, la hora había pasado y la cocina se cierra (con llave) pasados unos quince minutos de recogidas las mesas.
Cuando regresaba en esta mañana lluviosa y gris, y sin comer, a mi habitación, pensaba lo que significa una cita.
Cuando quedas con alguien en un sitio a una hora, confías en esa persona. Quedar supone confiar.
Es cierto que la memoria falla, pero curiosamente nunca olvidamos citas con un cardenal o con un obispo.
Yo tengo muy mala memoria, pero como dice mi madre: tú tienes mala memoria para lo que quieres.
Y tiene razón. Nunca olvido una cita, siempre sé dónde he dejado un libro, o un bolígrafo o dónde tengo tal dato en mis laberínticos archivos del ordenador.
En el fondo, tiene razón. Ahora me acabo de acordar de que tengo que ir pensando en qué comprarle a mi madre y a su marido el día de Navidad.
En los últimos años siempre he comprado lo que los lectores me han sugerido. Pues me habéis sugerido cosas originales y buenas. Sugeridme, leeré los comentarios hoy. Recordad que hace dos años me sugeristeis que les comprara a los dos una buena (muy buena) botella de vino (muy buena significa muy costosa). Al año siguiente seguí el consejo de comprarle a mi madre un foulard, que le encantó. ¿Y este año qué le compro? Soy todo oídos. Y mientras no me pidáis que le compre un camello o un botijo os haré caso.
Hoy he ido con otro compañero sacerdote hasta la Basílica de San Clemente, una preciosa pequeña basílica del siglo IV, una verdadera reliquia iba a decir viviente. Bueno, no está viviente, pero casi.
El caso es que me he equivocado de camino, y he tardado 50 minutos en llegar a pie. Bueno, hemos tardado en llegar, porque éramos dos. Cuando hemos entrado, muy feliz le he preguntado a un dominico de unos 40 años y tez morena que allí estaba si podíamos concelebrar. Sin inmutarse me ha contestado que estaba esperando a alguien y que no podía buscar las dos albas que necesitábamos.
La contestación era tan sorprendente que repetí lo que me había dicho por si no le había entendido bien. Pero sí, le había entendido bien. Aunque insistí en el tema con la mayor diplomacia que pude, se mostró inflexible: tenía que esperar a alguien y no podía ir a buscar las albas. ¿Y no hay nadie encargado de la sacristía que pudiera hacerlo? Yo soy el encargado de la sacristía.
Bien, no había ningún problema. Al fin y al cabo sólo había sido una hora para llegar a la basílica y algo más de media hora de vuelta.
Debe ser un gran placer ser Papa y poder coger el teléfono y decirle: Mañana parte usted para una comunidad de dominicos en el Sáhara. ¿Qué le gusta el calor? Pues le envío a Ucrania.
En fin, si me está leyendo el superior general de los dominicos (como me imagino que lo estará haciendo), confío en que le envíen como encargado de los establos de alguna comunidad en Brubruzhsisghistán.
Ayer, meditaba el versículo del Evangelio que dice: he aquí que el que me traicionará se aproxima (Marcos 14, 42). Esas palabras las dijo Jesús en el Huerto de los Olivos.
Me di cuenta de que para profundizar en ese versículo, lo tenía que mirar en su original griego. Cuando lo hice, cuál fue mi sorpresa al ver que la palabra el que me traicionará en realidad decía el que entrega estando al lado (paradidous en griego).
De pronto comprendí que los sacerdotes somos los que entregamos el Cuerpo de Jesús. O lo entregamos para alimento de los fieles a través del amor, o lo entregamos a la Pasión a través de la traición.
Además, le entregamos estando al lado. Estamos al lado de Él en el altar, en el seguimiento de su vida.
El término el que entrega acabará siendo un sobrenombre de Judas. Que se menciona diez veces en el Nuevo Testamento, una vez por cada Mandamiento que trasgredió. También me llama la atención la similaridad entre la palabra paradidous (traidor) y paradeisos (paraíso). Qué pena ver, a veces, que una realidad se convierte en la otra. Que la vida que podía haber sido un paraíso sobre la tierra, se convierte en una traición.
Bien, sí, lo reconozco. Ayer me pasé de azúcar. Fue un post tan dulce que espero que ningún diabético lo leyese. Digamos que se me fue la mano. No es que dijera nada que no sintiese. Pero no sé muy bien como el post no se desbordó en una maravillosa explosión de crema pastelera con gominolas, formando encima un arco iris de bellos colores y todo el conjunto rodeado de estrellitas.
Escribo este post un viernes por la tarde después de la cena. Un momento bastante propicio a la tristeza. Porque uno piensa que los viernes por la tarde tendríamos que organizar algo todos juntos. Pero no. Cada uno o se va a su habitación, o algunos se marchan a tomar una cerveza. Y a mí no me gusta para nada ir a bares y similares. De forma que estoy en el grupo de los que se quedan en un collegio silencioso en el que las luces se han apagado y los pasillos desiertos han quedado oscuros. Un paisaje interior bastante parecido al El Resplandor. Aunque en versión de palazzo italiano siglo XVII.
Bueno, hoy leeré la Biblia un rato antes de acostarme.
Muchas gracias a Rocío, la buena amistad que desde Nueva York que me ha enviado como regalo de cumpleaños un Mazinger Z de tamaño mediano con todos sus complementos. Honestamente, era la última cosa que me esperaba encontrar en un paquete.
Muchas gracias a Evelyn, otra persona de Estados Unidos, que me envió varios libros. Desgraciadamente el agente de aduanas no se convenció de que fuera un regalo y pasó por la sección de pago de impuestos.
Muchas gracias a mi médico favorita de Madrid que siempre me regala cosas todo el año como si viviera en un cumpleaños continuo.
Muchas gracias a todo el grupo de amigos que este verano ha compartido conmigo tantas cenas en el campo y en casa. Han sido muy buenos momentos. Quizá éste haya sido el año en que más he sentido la suave y agradable brisa de la amistad.
Muchas gracias a todos los que estáis ahí, en algún lugar del mundo. Por vosotros escribo.
Ah, gracias a Hollhoper que hoy me ha enviado un interesantísimo artículo que incluiré en mi tesis.
Por si fuera poco, hoy he ido a una tienda del Vaticano y al darme unas monedas me las han dado con la efigie del Papa, son euros del Vaticano. Bueno en este caso céntimo.
Le doy gracias a Dios por todo. Todo me va saliendo bien. Dios me bendice. Cada día es un día agradable. Cada jornada es un gozo. Me gusta mi trabajo, me complazco mi descanso. La vida está resultado bella y buena conmigo. Mentiría si dijera otra cosa. Vivo en una bella ciudad, en un bello edificio, mi trabajo me encanta: Dios es bueno conmigo.
Pero tampoco penséis que todo el monte es orégano. Hoy todo ha salido bien, pero quizá mañana tenga que decir algunas palabras sobre la mala señal de Internet en el collegio, o que he engordado medio kilo, o desdichas similares.
Perdonad que os haya dejado sin post día y medio, pero es que el tema de Internet en mi collegio supone un verdadero calvario, que no sólo me afecta a mí. El nuevo rector nos ha asegurado que se ha puesto manos a la obra y que gastará para que se resuelva.
Ayer le tuve que explicar al residente de la habitación de al lado que tengo una característica: soy sonámbulo.
Tuve que explicárselo porque el lunes me levanté a medianoche y cerré la ventana (me gusta dormir con la ventana abierta, también en invierno) y cerré con llave la puerta. Nótese las complicadas operaciones que uno puede hacer dormido. Pues busqué las llaves en el armario, abrí la bolsa-llavero en la que las guardo y cerré la puerta.
El martes por la noche, soñé que me había dormido en una cama adosada a la pared de un edificio, pero adosada por la parte de fuera. De manera que estaba suspendido a varios pisos de altura. Y golpeé el muro para que alguien me metiera dentro. En realidad el muro que golpeaba era la delgada pared de mi habitación. El residente de al lado debió pensar algo muy raro. Lo único que no se esperaba era que alguien golpeara la pared en medio de la noche.
Todo esto me animó a compartirle esta característica de mi vida. He visto en youtube que hay perros sonámbulos. Hay un galgo que dormido sueña que corre, y que finalmente se levanta, corre y se golpea contra la pared.
Es decir, hay mamíferos que son sonámbulos. Yo soy un clérigo sonámbulo. Me imagino que habrá habido algún Papa sonámbulo. Lo que os aseguro es que no caminamos por los techos, con las manos delante y los ojos cerrado. Tampoco vamos con un camisón y un gorro de noche.
(Sigue de ayer)
Continuamos nuestro viaje por el pequeño estado: más Guardia Suiza, la única gasolinera del Vaticano, obispos del Medio Oriente yendo y viniendo, el cardenal Kasper con su fajín rojo y abrigo negro, la hilera de coches del presidente polaco abandonando el lugar. Por supuesto entramos a comprar unos sellos. Ninguna visita está completa sin comprar unos sellos. Y después, por fin, nos sentamos en un restaurante. Todos dimos un gran suspiro al sentarnos y todos comimos como náufragos hambrientos.
El dueño del restaurante, un poco pícaro, abusando de que las varias esposas del grupo habían hecho unos pedidos un poco caóticos y contradictorios en un italiano bastante inventado decidió traer comida para alimentar a una legión. Se dieron cuenta de que allí había comida para alimentar a toda la Guardia Suiza y esposas cuando ya hartos descubrieron que las pizzas y platos de pasta seguían llegando.
Fue en ese momento cuando me atreví a decir: os lo dije. Pero es que varias mujeres habían hecho la petición de platos superponiendo las órdenes desde distintos lugares de la mesa y diciendo a todo que sí cuando el camarero preguntaba algo. El camarero era perro viejo, estaba acostumbrado a lidiar con turistas sin conocimiento alguno del italiano, así que tampoco él tuvo mucho interés en recapitular. Sólo yo me hice consciente de la marea de comida que se nos avecinaba. Me limité a advertir tímidamente nuestro exceso. Y a mitad de la comida a indicar un os lo dije.
(Sigue de ayer)
Cuando mi amigo llegó a buscarme fuimos a la zona del Palacio de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Allí nos esperaban un cónsul y su esposa, que se unieron al grupo. En seguida nos encontramos con el alemán que tenía la autorización para mostrarnos todo.
Y así comenzó el largo periplo: el Colegio Teutón, la Casa de Santa Marta, el Gobernarato de la Ciudad del Vaticano, la parte de atrás del ábside de la Basílica, jardines y más jardines, la antigua estación de tren del Vaticano (que era preciosa) y que hoy día es un pequeño mercado, la gruta de Lourdes (en versión romana), a mí incluso me gustó más la versión romana que la francesa, hasta me dió más devoción, la zona exterior de los Museos Vaticanos, el pabellón de caza, otra fuente más (había tantas que perdí la cuenta), la Capilla Sixtina vista por fuera.
Todo lo vimos desde fuera, sin entrar a ningún edificio. Al mercado vaticano sí que animé a todos a que entráramos. En él había un poco de todo, sobre todo cosas de electrónica porque no pagan impuestos. Menos que no entramos en los edificios (tampoco podíamos), porque al final de la mañana yo ya estaba agotado. Nunca pensé que el Vaticano pudiera cansarme, pero así fue. Habían sido tantas horas con tanta acumulación de cosas que ya no me cabía nada más. Encima, con tanto andar, yo tenía un hambre endiablada. No dije nada, porque existe un mito muy arraigado de que los exorcistas apenas comen. En realidad, yo soy demonólogo, expliqué.
¿Sabéis lo que hice el pasado sábado? No os lo imagináis. ¡Recorrí el Estado Vaticano de arriba abajo! Sólo me faltó entrar en la ducha papal, pero poco más.
Resulta que el día anterior me llamó un buen amigo y me dijo: ¿quieres visitar los Jardines Vaticanos? Cómo es lógico se trataba de una pregunta retórica, por supuesto que quería visitar esos jardines que había visitado alguna vez a treinta kilómetros de distancia desde el satélite de Google Map.
Así que al día siguiente allí estuve, junto al obelisco de la Plaza San Pedro a la hora fijada. Durante unos veinte minutos tuve la sensación de que el amigo que me llamó se había equivocado de hora, porque por allí no apareció nadie, y yo no llevo móvil fuera de España.
Pero veinte minutos después y cuando ya iba por la mitad del Oficio de Lecturas, apareció el que acompañaba a mi amigo. Resulta que estaba buscando dónde aparcar. Después ya llegó el pequeño grupo de españoles, cinco personas. Como ellos iban a visitar primero la cripta y después la Basílica, les dije que les esperaba haciendo un rato de oración en la Capilla de San José, la capílla donde está el sagrario en San Pedro del Vaticano.
Sea dicho de paso, cuando entré saludé a monseñor Blazquez. Me hizo ilusión. Porque, aunque apenas conozco nada de él, siempre me ha parecido una buena persona.
Después vi que habían cortado al paso del público la zona circundante al Altar de la Confesión. Resulta que estaba de visita el Presidente de Polonia. Yo le vi por detrás, rodeado de guardaespaldas y de un séquito de acompañantes.
Yo me quedé haciendo la oración en la capilla del San José.
(Seguirá mañana)
Estoy en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Tengo delante la fachada de la basílica. Es de noche, he cenado y me he venido paseando hasta aquí. Estoy todo lo cerca que uno se puede acercar a este templo una vez que está cerrado. Unas vallas de madera me impiden aproximarme más. Estoy en el centro de la valla, justo delante de la puerta principal. A mi izquierda tengo el Palazzo Apostolico. En una de las habitaciones ahora mismo está durmiendo ya el Papa.
En los edificios de mi izquierda y de mi derecha se van repartiendo los despachos donde trabajan distintos departamentos del Vaticano. Un coche de carabinieri monta guardia en la parte derecha de la plaza. Todas las noches el coche aparca ahí. Cansados los dos guardias de uniforme gris, a ratos salen a pasear por la plaza.
En la plaza siempre hay grupos de turistas, de peregrinos, algún que otro sacerdote, alguna pareja de religiosas. Los sonrientes grupos de adolescentes siempre son ruidosos. Algún obispo pasa fugazmente por la Plaza de Pío XII hacia alguna de las residencias donde se hospedan.
La Via de la Conciliazione está tranquila después del movimento del día. Sus dos fuentecillas continuan manando agua, día y noche. Sus tiendas de objetos religiosos, sus librerías, cerradas.
Yo rezo en el centro de la plaza. Es curioso que haya tenido que venir a Roma para encontrar a Dios de un modo más profundo. Otros se van al desierto, a un monasterio, a la naturaleza. Debo ser de los pocos a los que esta Urbe les produce el efecto un efecto espiritual tan fuerte y tan duradero en el tiempo.
Otros en el Vaticano se escandalizan. Ya veis, a mí me produce el efecto contrario.
Recién llegado a Roma me recibió el calor de verano de esta ciudad mediterránea. Dejé un Madrid en el que el otoño castellano con su frío ya había llegado para no marcharse. Dejé un Madrid frio y lluvioso, llegué a una ciudad todavía en verano.
Cuando llegué en el taxi a mi collegio todo me era conocido: el edificio, las calles, el recorrido desde el aeropuerto, la escalera por la que se subía hasta la residencia sacerdotal. Nada que ver con la primera vez, hace un año, en la que me enfrentaba a lo desconocido. ¿Cómo me recibiría el rector, cómo serían los estudios, cómo sería mi vida allí?
Lo primero de todo fue ir al desván a recoger las diez cajas donde había guardado mis cosas. Cuando metí las cajas en mi habitación, fue como jugar al Tetrix. El espacio era tan reducido, que para meter una caja en un sitio o sacar las cosas de una caja, había que hacer espacio moviendo otra caja encima de otra. Organizar la habitación no fue tarea de una hora, sino de varias horas repartidas entre esa tarde y la mañana siguiente.
Después descubrí que Internet seguía sin funcionar bien en el collegio. De hecho tengo que escribir esto en un ordenador, meterlo en un pendrive y con mucha paciencia tratar de colgarlo en otro ordenador mío en la sala de espera de huéspedes. Labor larga, lenta y enojosa por las continuas interrupciones de la transmisión de datos.
Por eso, todos los que me escribaís correos, sabed que los contestaré lentamente en los próximos días o semanas según la urgencia del e-mail.
Lo primero que hice tras la cena fue ir andando hasta el Vaticano. Allí recé lleno de fe, sabiendo que tras esos muros, tras esa fachada renacentista está el cuerpo del Apóstol que escuchó directamente a Nuestro Señor mientras estuvo visible en la tierra. Lo demás os lo explico mañana.
Como estoy recién llegado a Roma, llegué el domingo, permitidme que mi post hoy sea visual. Mañana escribiré, pero hoy deleitaos con la belleza incontestable de estas imágenes.
http://elcanonigorampante.blogspot.com/
Un saludo
Hoy he puesto dos fotos. La de mi primera salida a Roma hace un año, y la de mi salida rumbo a Colombia hace un mes.
Siempre que tomo un avión, voy a la capilla a rezar un poco. Según la hora de mi partida, celebro misa allí.
Dejé un Alcalá lluvioso, gris. El otoño con su nostalgia se había enseñoreado de las calles hace tan poco luminosas, llenas de turistas, de movimiento, de alegría.
Ya nada me retenía en mi querida Alcalá. La tesis me esperaba. Y me esperaba en Roma. No en cualquier parte del mundo, sino allí. Los libros habían sido reorganizados colocándolos en sus lugares en los armarios, los papeles habían sido archivados, las ropas plegadas en los armarios. Los últimos préstamos de las bibliotecas devueltos. Todo olía a partida. Como siempre, y esto puede sonar retórico, mi viaje era hacia Dios. Viajaba a la Urbe en busca de Dios, de una relación más profunda, más intensa, con el Creador. En mi caso sé que tenía que ir allí. Dios está en todas partes, pero sabía que yo debía ir a esa ciudad en concreto. Los libros, al fin y al cabo, son papeles. Papeles manchados de tinta. Sólo Dios justifica los esfuerzos, los viajes, el estudio, el abandonar una casa por una pequeña habitación.
Un viaje más en mi vida. El número de viajes está limitado, es un número finito aunque lo desconozcamos. Un viaje más se resta a la lista. El Dios que conoce la lista completa, seguro que me mira indulgente.
Quizá parezca que ensalzo demasiado la escritura en mi anterior post. Pero la escritura es el contenedor del pensamiento. Dios mismo ha manifestado su pensamiento a través de la Escritura. Estoy seguro de que el Creador se complace en todas las artes.
Algunos divinizan las cosas humanas finitas y llegan a idolatrarlas. He conocido idólatras de la literatura, del cine o de la pintura. Pero, en el caso de Borges, la vida serena del pensador que fue, estuvo completamente alejada de la vanidad de la idolatría. Para él, la literatura fue una búsqueda de la sabiduría, de la felicidad. No una idolatría, sino un camino, una forma de vida. El camino estuvo rodeando siempre a Dios, sin llegar a Él. Borges es la prueba de que sólo la gracia lleva a Dios. El mero conocimiento se muestra impotente para crear la fe.
Aquellos que tenéis fe, agradecédselo a Dios y protegedla. Porque ella es un regalo divino. Si la perdéis no sabéis si la recuperaréis.
Borges obtuvo algo más grande que el reconocimiento del Nobel, la admiración de todos los que han ganado el Nobel. Todos los Nobel de Literatura hubieran deseado ser Borges. Todos hubieran cambiado el Nobel por las diez páginas de la Biblioteca de Babel.
El Nobel se consigue por votos. Las breves páginas que componen la Biblioteca de Babel o La Casa de Asterión no se consiguen por votos. Su conferencia sobre la ceguera, sus reflexiones sobre los colores vistos desde la ceguera, valen más que la obra literaria de una vida entera de algunos Nobel.
Por si esto fuera poco, Borges con su tranquilidad, con su falta de ambición, con sus comentarios corteses, se hizo el mayor homenaje a sí mismo.
Los jueces coronan cada año a un Nobel de Literatura. Los Nobel de Literatura, todos juntos, han coronado a Borges.
La vida de ese escritor (su vida, no sus páginas) es todo un canto a un trabajo dedicado a la calidad, a la suprema perfección del arte de escribir/pensar. Ninguna concesión a aquello que para otros escritores constituye su pan de cada día: la obra comercial sin pasión. He dicho antes que una cosa era su vida y otra sus páginas. Pero en su caso lectura/vida/escritura se identifican.
Ahora que han entregado el Premio Nobel de literatura, me gustaría decir algunas cosas sobre Borges y el Nobel. Tema sobre el que ya he escrito anteriormente, pero acerca del cual no voy a repetir nada que ya haya dicho antes.
De hecho hablar de este tema para mí siempre ha sido interesante, pues no es tanto el tema de Borges y el que no le concedieran el premio, como la injusticia de la grandeza humana no reconocida por sus semejantes.
No debería sorprenderme de que a ese gran escritor no le concedieran el Nobel de Literatura, cuando a Gandhi no le concedieron el Premio Nobel de la Paz. No concederle a Gandhi ese premio resulta increíble, cuando si hay alguien que se lo haya merecido desde la fundación del premio es precisamente él.
Como excusa, los jueces dijeron que Gandhi estaba nominado ese año. Pero ya era anciano. Habían tardado y tardado para su verguenza. Y llegaron tarde. No es que el premio le llegara tarde a Gandhi, es que los jueces llegaron tarde. Tarde para siempre.
¿Le importaba algo el premio a Gandhi? Absolutamente nada. Si había alguien por encima de las pequeñeces de este mundo, era aquel asceta. ¿El premio le hubiera añadido algo? Nada.
Bueno, se acaba mi verano. Un verano que para mí se ha prolongado hasta hoy, hasta los umbrales del otoño. El domingo ya retorno a la Urbe, regreso al centro del cristianismo. Mi vuelta junto a la cabeza de la Iglesia. Al lugar donde confluyen todos los caminos de las iglesias. Suena a retórico, pero no puedo falsear mis sentimientos.
Mi verano me ha defraudado totalmente. Me había impuesto una serie de tareas. Entre ellas sacar adelante el último capítulo de mi tesis, estudiar todos los días italiano y unas pocas cosas más. Desgraciadamente, cada día ha habido algo que hacer. Tampoco tengo la conciencia de haber perdido el tiempo. Pero las tareas diocesanas, la casa, los viajes de apostolado, muchas pequeñas cosas me han apartado de mi mesa de trabajo. Ha sido todo un verano. Todavía no entiendo adónde se ha ido el tiempo. Quizá el trabajo no requiera sólo de semanas, sino también de lugar. Hay lugares donde la quietud de ánimo es propicia para el trabajo. Y lugares que no.
Tampoco espiritualmente este verano me ha satisfecho. Comencé mi estancia el 16 de junio en Alcalá con muchos deseos espirituales, buenos deseos. Todo ha quedado en propósitos. Llegué muy consciente de que debía encontrar el sentido espiritual de mi tiempo en casa. Pero, al final, ha sido un verano muy humano.
Sí, no puedo evitar regresar con una sensación de amargura. La culminación ha sido la limpieza odontológico-inquisitorial que padecí ayer. Eso sin contar con que mi médico me ha dicho esta semana que padezco una hernia discal. La resonancia no engañaba. No sólo vi en la pantalla la hernia, sino que el disco intervertebral estaba negro. Deshidratado, dijo el médico. Añadiendo que eso era normal y que eran cosas de la edad.
Entre el dentista y usted me están alegrando la vida, pensé. Ahora, la nevera está casi vacía. El congelador sólo guarda cubitos de hielo, ya inútiles. El billete de avión ya está sobre la mesa. El domingo se aproxima cada hora. Tendré una cena de despedida con los amigos el sábado. Me espera una magnífica velada con ellos: risas, bromas, la típica ensalada de langostinos, y yo (como siempre) imitando a Dart Vader con una copa, esa imitación es ya un clásico.
Hoy he pasado las de Caín: limpieza bucal. Resulta que a la mayoría de las personas esta limpieza anual no les hace ningún daño. Pero a algunas sí que les produce dolor. Y a otras con los dientes sensibles les hace mucho daño. Como ya podéis imaginar yo estoy en la tercera categoría.
Os aseguro que ha sido una media hora eterna. El dolor ha sido apocalíptico. El dolor ha sido tal, que la dentista ha optado a la mitad por ponerme anestesia en todos los dientes de la mitad de la boca.
Eso sí, la dentista lo ha hecho con el mayor cariño del mundo. A ella era imposible pedirle que lo hiciera mejor.
Aun así, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. O por lo menos no se lo deseo más de dos o tres veces al año.
Siempre me ha costado entender por qué el Creador no dispuso que tuviéramos los dientes como algunas especies de lagartos, que les van saliendo por hileras. Se caen y ya está.
Lo digo en broma. La dentadura humana es muchísimo más perfecta. Pero yo sufro. Eso sí, como siempre sufro en silencio. Lo más gracioso es que ha habido un momento en el que en ese potro de tortura he estado a punto de exclamar: ¡está bien, está bien, confesaré, lo confesaré todo!
(La foto es de mi último viaje a Brasil)
Hoy he visto otra media hora de una película a la hora del almuerzo, y otra media hora a la hora de la comida. La película es la segunda vez que la estoy viendo. Un título que demuestra lo que es el cine como arte, el cine hecho con cariño y con oficio. La película que estoy viendo es El curioso caso de Benjamin Button.
Mi parte favorita de ese film es cuando la voz en off dice: y si el taxista no hubiera parado a tomarse un café, y si la caja de bombones hubiera estado envuelta, y si la dependienta no hubiera sido abandonada por su novio, y si no hubiera perdido el primer taxi. Es un momento que, en medio de una película de casi tres horas, no dura más allá de medio minuto, pero que es de una densidad irresistible, casi opresiva.
Una cosa que no me gustó de El amor en tiempos de cólera era que si el director había decidido hacer una película mala, ¿por qué encima aburrirnos durante dos horas?
Justamente lo contrario en la de Benjamin Button. La película es larguísima, pero no te das cuenta, deseas que la película siga y siga. El tiempo no se siente. Nada hay superfluo. La película es larga porque hay que contar cosas.
El arte de contar historias es importante. Dios mismo es un sublime contador de historias. Dios está detrás del genio del Panteón, de la belleza de las pirámides, del Libro de Kells. Dios está detrás de toda belleza. A Dios le gusta toda la belleza, y la inspira y la hace posible.
Para un calvo barbilampiño como yo, Marx es un buen ejemplo de riqueza capilar, de abundancia en melena, barba y cejas. Eso no es una barba, es una selva. Allí probablemente había hasta guerrilla.
Cuando le vi, por primera vez, con todo ese pelo creí en el paraíso socialista. Pero no. Las cosas no son como las pintan. Él que predicaba el reparto y la lucha contra las diferencias, nunca cedió ni un solo mechón de pelo ni siquiera a los que leímos El Capital. Todo mi pelo para mí: esa frase no aparece en ninguna de sus obras, pero así fue. De forma que el marxismo ya comenzó mal. Por lo menos para los calvos, mal.
Pusieron el Sputnik en órbita, lograron hacer micrófonos-espía increíblemente reducidos, derrocharon fortunas en ballet, en estaciones de metro-operísticas, en todo tipo de investigaciones científicas. Pero en investigar en una revolucionaria (nunca mejor dicho) loción para calvos no gastaron ni un miserable rublo del presupuesto nacional. Y eso que si lo hubieran logrado, todos hubiéramos dicho: cayó el muro, el comunismo no funcionaba, sí, sí, pero ellos acabaron con los calvos.
Le he preguntado a Masiá si tiene algún remedio budista o pseudocristiano para que vuelva a brotar la vida sobre mi cabeza. Me ha dicho que me vaya al infierno. Una semana después me ha enviado un engrudo negro en un frasco. No sé si ha sido una reacción misericordiosa de su caridad, o se trata de un refinado ardid para su venganza definitiva. Creo que probaré primero con la punta de un dedo a ver si sale humo.
Se lo preguntaré mañana a Arregui. Aunque cualquiera se fía de los franciscanos. No me atrevería ni a meter la punta del dedo meñique en el frasco.
Los sindicatos son absolutamente necesarios. Como muy bien dice Marx en El Capital, las fuerzas del capital por sí mismas hacen que los ricos sean cada vez más ricos, y los pobres cada vez más pobres. El liberalismo se devoraría a sí mismo, si no hubiera fuerzas que lo contuviesen y encauzasen. Durante años fui seguidor de las tesis económicas de la Escuela de Chicago. Después volví a conocer a Keynes. Aprendí a valorar en su genialidad el Great Deal de Roosevelt. Dicho lo cual, repito que los sindicatos son necesarios.
Pero hay que afirmar bien alto y bien claro que los sindicatos de España protegen los derechos de los trabajadores, sí, pero ante todo protegen sus propios derechos, los de los sindicatos. Y siempre que ha habido que elegir entre el bien de la clase trabajadora o el bien del sindicato, han optado por el sindicato.
Los sindicatos españoles son unas empresas. Empresas que se dedican a producir una determinada imagen. Imagen que les sirve para extender su red de influencias. El Estado entero les paga no porque quiera, sino a la fuerza. El Estado entero les paga porque así lo determinan los gobiernos (tanto populares como socialistas) porque son conscientes de que mantener esa red de influencias cuesta dinero. Y si uno decide no pagar o simplemente recortar el dinero entrante en el sindicato, entonces la red de influencias es usada contra el gobierno. Es así de claro. No es sencillo, pero sí así de claro.
Los sindicatos llevan años y años bloqueando medidas que serían de gran beneficio para crear puestos de trabajo, pero que supondrían un ligero deterioro de su poder. Cualquier economista conoce esas medidas. Las cuales están basadas en el sentido común, aunque no resultan comprensibles para el común de los mortales. Razón por la cual ningún gobierno ha osado iniciar una guerra por unos temas en los que la población no les iba a apoyar. Ante la opinión pública, la lucha entre medidas económicas que no son fáciles de explicar y la demagogia, gana la demagogia.
Es triste ver cómo los medios de comunicación no se han hecho eco de los escándalos, cuando estos han afectado a alguno de los dos sindicatos mayoritarios. Algunos de esos escándalos han sido impresionantes. El de la PSV de la UGT fue de los que marcaron historia. Pero los periódicos no han mostrado mucho interés que digamos. Los periódicos no tienen especial afición a criticar a los grandes bancos o al Corte Inglés (no tengo ni idea de por qué), pero mucho menos a los sindicatos.
Bueno, mañana vuelvo a los gatos y a Masiá. Pero quiero dejar bien claro que las decisiones de los sindicatos nos afectan a todos. Por el bien de los sueldos de unos pocos sindicalistas, millones de personas seguirán sin trabajo este año y el próximo.
Por eso, cuando vi como atacaban esos sindicalistas malos a Zapatero, mi legítimo presidente, derramé dos lágrimas. Las cuales las conservé en mi lacrimarium como Nerón cuando lloró al ser informado de la muerte de Petronio.
Unos días atrás hubo una huelga en España. O como se dice en la película Amistad: ese reino mágico llamado España. Y no dije ni una palabra.
No dije nada no sólo porque éste es un blog dedicado a los gatos, a Masía, a mis sueños (nocturnos), a lo bello que es vivir en Roma y a mi progresión (ineluctable) en la pérdida de peso, de peso corporal. No sólo por eso, sino también porque el susodicho hecho obrero (lo digo con ironía lo de obrero) me cogió por otras latitudes. Y en Brasil el tema de la huelga hispana sonaba a algo tan lejano como la Guerra de los UGT-Boers o la Rebelión de los CCOO-Boxers.
Pero ahora sí que me gustaría decir bien claro que yo nunca apoyé esa inútil huelga a mayor gloria de los sindicatos. Estuve al lado de mi presidente, como tiene que ser.
Mis lectores pueden estar seguros de que si en algo tengo que apoyar a Zapatero, es que Zapatero se lo merece. Creo que cuatro años de blog han demostrado que no tengo una tendencia a cerrar filas con mi príncipe, por usar una terminología tomista.
Se me puede acusar de muchas cosas (e incluso de más cosas), pero no de una tendencia a ponerme de lado de ZP.
Lo que sucede es que la situación económica de España, por si alguien no se ha dado cuenta, es bastante mala. Algo sé de economía. Con cierta humildad, o sin ella, quiero hacer notar que en este blog se predijo con bastante claridad cuando tocaría fondo la crisis, cosa que hice con dos años de antelación. Así como el año en que tendríamos el primer índice positivo en el PIB. Y en los dos pronósticos no me equivoqué.
Bien, lo cierto es que en los últimos años hubiera deseado no saber nada, y vivir feliz escuchando los sedantes partes de la Moncloa, asaz aplacadores. Y porque algo sé de economía, quizá veo con más claridad que buena parte de la población lo que está pasando. Y lo que está pasando es que mientras todos están yendo hacia delante, mientras todas las economías avanzan, nosotros en 2009 tuvimos un retroceso del PIB del -3.6.
Al que no sabe esto le parecerá un número inofensivo, algo así como si las sardinas bajan de precio. -3.6 no parece un índice terrorífico al que no sabe nada, pero en verdad es un número terrible. Y más terrible en medio de una situación de salida de la crisis en todas partes. En todas partes donde hay gobernantes responsables que toman las medidas mínimas. NINGUNA de las cuales se ha tomado.
Nuestro hombre admirable de la Moncloa, el Gran Timonel de la sonrisa, ha decidido hace ya tiempo no hacer nada que le reste un solo punto de popularidad. Si se hunde el país que se hunda, pero él no hará nada que le reste puntos en las encuestas.
Resultado, tras casi ocho años de estar en el primer puesto europeo de crecimiento (época del PP), desde que llego él hemos pasado a estar en la cola del crecimiento europeo, y con vocación de seguir en ese puesto.
Aunque la gente no se entere, las cosas están tan mal que cuando tomó las medidas absolutamente mínimas que llevaron a la huelga, era porque era realmente necesario. La gente no sabe de economía, pero el Fondo Monetario Internacional y el Banco Europeo, sí. Y le han dicho las cosas por activa, por pasiva y por perifrástica. Pero él como si oyera llover. Eso sí, ha decidido dar más discursos. Y eso que le vino a ver en persona el Presidente del Fondo Monetario Internacional. Y le vino a ver para decirle que se había pasado cinco pueblos y que ya era hora de empezar a ponerse las pilas.
Eso y la llamada de Obama fueron las gotas que le motivaron a hacer una reforma mínima, completamente desproporcionada por su pequeñez con respecto a todo lo que habría que hacer para evitar que las inversiones se estén marchando a todas partes, menos al Reino de España.
Pero el problema era que los sindicatos por cuestiones de marketing tenían que protestar, que moverse, que demostrar que servían para algo. Los sindicatos españoles son empresas de imagen. La imagen y no otras razones es lo que hacen que la gente se afilie o no. Si siempre están inactivos, da la sensación de que no hacen nada. Regularmente hay ofrecer actividades a su público, con razón o sin ella. Un sindicato que no protesta cede terreno ante un sindicato más reivindicativo. Es una dinámica cruel, pero así funcionan las cosas. Ellos iban a protestar por lo que fuera y ante lo que fuera, tenían necesidad de echar a la gente a la calle. Tenían la necesidad de enarbolar banderas, de dar discursos, de salir en las primeras noticias de los telediarios para decir bien claro: estamos aquí. Pura imagen. Puro teatro.
Por eso, cuando esos hijos de Lenin arremetieron contra mi pobre presidente yo me apiadé y derramé un par de piadosas lágrimas.
(La foto se tomó en un auditorio de Caracas.) Bueno, ya estoy en casa. Mi viaje por Colombia, Venezuela y Brasil ha acabado. Atrás quedan puntos en el mapa, puntos con nombres, puntos con las decenas de miles de personas a las que conocí, estreché la mano o vislumbré entre la multitud.
Bogotá, Medellín, Barranquilla, Tunja, Caracas, Valencia, Fortaleza, Sao Paulo. Miles de kilómetros, docenas de horas en aviones, en terminales. Sí, ya estaba deseando retornar a casa.
He conocido un hotel muy bueno, varios hoteles normales, favelas, dos colitis, la ansiedad de saber que mi tarjeta de crédito me la había dejado en la maleta facturada, el ataque de los mosquitos, el calor que no te deja dormir, las muchas horas de carretera, el dolor de garganta por hablar demasiado tiempo.
Pero el balance es gratificante para mí. Este tipo de viajes me recuerdan tanto a los viajes de San Pablo. Mil veces más duros los de él. Aunque, afortunadamente para Pablo, bajo un tempo más relajado.
Sí, la predicación siempre es una alegría. Y todos los esfuerzos de los viajes valen, al final, la pena. Ahora la tesis. Ahora a los cuarteles de invierno. Reclusión en mi scriptorio. Después de recorrer climas y latitudes, toca en los meses siguientes recorrer otro mundo, el de la Teología. Otras latitudes invisibles, otros caminos, los de la razón humana investigando la Ciencia de la Divinidad.
Adiós América. En pocos días, Ave Roma. Aquí el tiempo justo para hacer maletas, para dejar papeles firmados, mis libros se siguen extendiendo por el mundo. Los últimos países en que he publicado, Polonia y Brasil. Dios me ha concedido una vida bella. Nunca me he quejado.
Ahora sólo deseo regresar a mi habitación romana, a mi mesa. Para el que se dedica a la Teología como trabajo, su descanso es el estudio. Difícilmente nos gusta salir de nuestro caparazón.
Una de los felices momentos que me deparó la estancia en Valencia (Venezuela), fue la cena con el obispo del lugar. Monseñor Reinaldo del Prete me pareció un obispo formidable: voz de trueno, estatura impresionante, vitalidad a raudales, alegre, jovial, llano. Un obispo que disfruta con su trabajo y que hace disfrutar a los que trabajan con él.
Como es lógico en la diócesis todos le quieren a rabiar. Lo más gracioso es que de tanto en tanto cuando me escuchaba concentrado hacía un gesto con los ojos entórnándolos y acompañando el gesto con un ligerísimo vaivén de la cabeza, como asintiendo. Un gesto caracaterístico que sólo lo he visto a una sola persona más en toda mi vida, al obispo que me ordenó.
La cena fue fantástica charlando de cosas insustanciales y de profundos temas de Teología. Nadie quería despegarse de la mesa.
En este viaje he tenido la fortuna de ser invitado por algún obispo más. Debo decir que las comidas o cenas con obispos siempre son muy interesantes. Pues es en la intimidad donde uno conoce a la PERSONA. Los demás conocen el cargo, conocen al sujeto de lejos. Pero es de cerca donde los grandes hombres brillan con la luz que les es propia, brillan sólo con la luz que poseen.
Todos los obispos con los que he compartido mesa me han tratado como amables anfitriones. Y debo decir que en un viaje como éste por varios países, el conocimiento de las personas es mucho más interesante que el conocimiento de un paisaje o unas ruinas.
Yo tengo un gran concepto de los obispos, porque se lo merecen. Muchos hablan de los obispos con un conocimiento lejano. Conociéndolos de cerca, uno ve el gran tesoro que son para la Iglesia. Ya he dicho en otros posts que considero que tenemos los mejores obispos desde, al menos, la caída del Imperio Romano. Lo pienso así con toda sinceridad.
La historia de mis libros entrando en Venezuela de tapadillo, no debe hacer pensar que no existe libertad de expresión en la república chavista.
Tampoco el pago ilegal al policía debe hacer pensar que existe corrupción en Venezuela. El policía permitió la entrada de los libros por amor a la cultura. El pago fue la justa retribución por el riesgo que corría el policía al quebrantar la Ley. Bien es cierto que hubo que ser generoso por su acto heroico.
Las cuatro horas que nos costó el trayecto de Caracas a Valencia, cuando debería haberse hecho en poco más de una hora, tampoco debe hacer pensar mal del estado de las carreteras revolucionarias.
Además, los continuos paros a los que nos obligaba la autopista eran en realidad una ocasión para la cultura. Y así aproveché para:
1. Rezar el breviario.
2. Leer parte de un libro de teología sobre la Eucaristía.
3. Acabar de leer las memorias del cardenal Bernardin.
4. Rezar el rosario.
5. Repasar la conjugación italiana del verbo amare, potere y volere.
6. Charlar abundatemente con las dos personas que me acompañaban entre las actividades 1, 2, 3, 4 y 5.
Cuando escribía yo mis libros en mi pequeño scriptorium en la bella ciudad de Alcalá de Henares, sumido en mis pensamientos, en mi labor de copista de mis erráticos pensamientos no siempre exentos de algún ingenio. Bien, la primera frase es muy buena, tan buena que ya me he perdido. Vuelvo a empezar.
Cuando escribía yo mis libros en Alcalá de Henares, lejos estaba yo de pensar que esos mismos libros muchos años después entrarían en Venezuela, a través de la frontera, cargados en una motocicleta por la noche y por senderos campestres nada legales.
Un particular que quiso venderlos en la capital tuvo que recurrir a este medio para que llegaran a su destino, destino que es el lector. Entre el autor y el autor, hubo una cadena de eslabones intermedios. Uno de esos eslabones era el aguerrido conductor de la motocicleta.
Aun así no se piensen los lectores que los libros no pagaron ningún impuesto, no. Si el de la motocicleta era un aguerrido contrabandista, el policía de la primera ciudad de la frontera era un experimentado conocedor de los contrabandistas.
Aunque lamento que no fue precisamente el estado bolivariano el que se benefició de ese pago. Sino que mucho me temo, que ese dinero fue dirigido para el subvenimiento de la familia del policía.
La historia de como llegó Summa Daemoniaca y otros de mis libros a territorio revolucionario bolivariano, es novelesca como las mismas historias que yo escribo. Sólo que la historia real era tan buena, sino más, como algunas de mis novelas.
Sería interesante que el motorista llevase algún día no las obras, sino al autor, a través de esos caminos oscuros. Para así mejorar la ficción de los libros a través de la visión de la realidad.
Estoy escribiendo este post desde la sala de Internet del hotel donde me hospedo. ¿Se hospedaría San Pablo en hoteles? Ciertamente. Se alojó en hostales y mesones. ¿Usaría Internet? Sin duda. Hubiera sido apasionante encontrar el cruce de e-mails entre San Pablo y San Pedro.
Cuando me monto en un avión, siempre me acuerdo de los barcos a los que subiría San Pablo. Cuando hay turbulencias, recuerdo las tormentas que él sufrió en el mar. Aunque en un avión no puedes sufrir dos naufragios como le pasó a él. Con un solo naufragio aereo ya basta para que no quede de ti ni la más pequeña reliquia.
¿Comería en un Mc Donalds San Pablo? Eso ya tengo más dudas. Aunque yo creo que él diría: bueno, bueno, la mala reputación de esos locales quizá esté exagerada.
¿Escribiría un blog San Pablo? No tengo duda de que no le haría ascos a NINGUN medio de apostolado. ¿Escribiría un blog como éste San Pablo? Evidentemente si fuera un hombre sensato, no.
(Sigue del post de ayer)
Al llegar al hotel de Caracas, y una vez solucionado el problema menor derivado de las hamburguesas, concretamente dos Pollo Clasic con lechuga, pedi al servicio de habitaciones que me trajeran un pescado, concretamente un pargo. En un Mc Donalds esto hubiera sido un Mc Pargo, en otras hubiera sido un Pargo King.
Y me tomé el pescado mientras me veía un apasionante reportaje sobre el inicio de la crisis actual. No exagero, es uno de los mejores reportajes que he visto en mi vida. El canal Managment TV lo deben conocer en su casa, yo no lo había escuchado en mi vida.
Al final, después de tanto analisis económico, la conclusión era que los obispos tenían razón: el problema fue un asunto moral. En otros tiempos lo llamaban codicia.
Después me fui a dormir, mañana iré a Valencia (la Valencia de Venezuela).
Justo antes de salir de Colombia, en el aeropuerto, me compré un libro de Umberto Eco. Un libro sobre las listas, las listas de cosas. Sólo alguien tan inteligente como él puede escribir una obra sobre un tema asi. El libro parece excelente. Lo leeré con tranquilidad.
Estuve a punto de comprar un libro de Manguel sobre Homero, otro de los autores de los que soy devoto. Su libro Una historia de la lectura es uno de los mejores libros que he leido en mi vida. Ese libro ha sido un continuo placer, pues lo releo y lo releo. Sólo hojearlo ya me produce placer. Y es que hay libros que son montañas.
El libro de Manguel no lo compré, al final me venció el espejismo del uso de la bibliotecas a las que tan aficionado soy. Una afición inversamente proporcional al gusto por dejar mi dinero en las librerías.
Lo que sí que me compré para comer en el avión, dada la hora, fueron dos Mc Pollo en un Mc Donalds. Quiero dejar constancia que la mayonesa o algo no estaba en buenas condiciones, dado que al llegar al hotel tuve que sentarme a ver qué hacía con mi diarrea. Y no comí nada más en todo el día. Así que si el director Mc Donalds en Colombia lee este post, espero que cuelgue del palo mayor al encargado de esa hamburguesería.
Mañana marchare a Venezuela. El hecho de que las elecciones en ese pais esten tan cercanas, no es para mi un motivo de tranquilidad. Pero el viaje a Venezuela caia entre mi viaje a Colombia y Brasil. Asi que no hubo posibilidad de buscar fechas mas tranquilas.
En Colombia me han regalado cafe (logico) y chocolate (se nota que leen mi blog). El cafe lo agradece mi madre. A cambio a mi madre le escondo el chocolate. No quiero que ella engorde.
Pero lo que mas me llevo de Colombia, como siempre, son recuerdos. Recuerdos de los dias vividos, de la fe palpable que se vive en los macroeventos en los que la masa entera forma una sola oracion ante Dios, una oracion como un torrente.
Mi viaje a Colombia ha resultado tan vigorizante para mi, como los tres anteriores. Vigorizante, porque nada me llena de mas entusiasmo por mi sacerdocio, nada me llena de mas fervor, que ver la fe sencilla, grandiosa, viva de la gente de este pais.
Siempre he vuelto a España con nuevo vigor, con el sacerdocio refrescado, con la ilusion renovada.
Y sobre todo, siempre me admira la fuerza de los grupos de laicos. En Colombia el apostolado que realizan los laicos es admirable. Un esfuerzo cargado de sacrificio, pues son muchos los que han entregado su vida entera al trabajo de hacer apostolado, dejando sus profesiones, embarcando a sus familias en proyectos de evangelizacion.
Le doy gracias al Señor por haber conocido la energia y vitalidad de tantos grupos que son un tesoro de la Iglesia.
A mi me llaman para dar conferencias, me llaman para grandes eventos, para dar charlas a sacerdotes, pero estoy seguro, completamente seguro, de que entre la misma gente que me escucha hay personas con mucho mas merito que yo, almas con una vida muchisimo mas edificante que la mia, almas asceticas que han muerto completamente al mundo.
La fama nada tiene que ver con la valia de ese ser humano. Algunas veces la fama es merecida. Otras inmerecida. En el mundo, mientras estemos en el mundo. vivimos los sacerdotes subiendo y bajando entre las olas de la consideracion humana. Solo Dios sabe el verdadero peso de cada uno.
Nunca busqueis el aplauso de los que os rodean. Buscad el aplauso de Dios y todo lo demas se os dara por añadidura. Buscad el aplauso de Dios, y El os dara si gloria, gloria, si cruz, cruz.
En mis viajes encuentro personas apasionantes. O mejor dicho, grandes personas. Personas cuya valia va mucho mas alla de mi valia. Son seres humanos cuya entrega por los demas, cuya capacidad de sacrificio, me dejan reducido ante ellos a una baja estatura.
Hombres y mujeres laicos, tambien sacerdotes, que se van a misionar a lugares pauperrimos sufriendo todo tipo de privaciones e incomodidades.
Personas que lo han entregado enteramente sus vidas al servicio del mensaje de Jesus.
No es extraño en esas circunstancias que ocurran hechos extraordinarios, como en Hechos de los Apostoles. Estar con algunas de esos nuevos Pablos y Pedros es como vivir hoy dia una pagina nueva de Hechos.
Me hace ilusion ir a lugares reconditos y encontrar alli lectores del blog. Es como encontrar amigos. Te conocen, conocen tus gustos, tu dia a dia. Es una pena no tener mucho tiempo, porque encontrarme con esas personas que forman parte de mi vida es un placer.
La relacion lector-escritor es apasionante. Y los lectores forman parte de la vida del autor. Nada me gustaria mas que dedicar tiempo a conocer a esas personas con las que estoy a traves de la escritura.
Desgraciadamente, esas relaciones (a veces de profunda amistad) solo ha podido darse en Madrid y ahora en Roma.
A los que escribimos siempre nos fascina saber quien sera la persona que nos lee. A mi me dan muchas ganas de asomarme al mundo que es el lector. El encuentro es la fusion de dos mundos. Dos formas de ver la vida, dos historias, dos caracteres. Bendita magia la de la escritura.
Una de las cosas graciosas que me ocurrieron en mi anterior viaje a Colombia, fue que me picó una avispa en medio de una conferencia. Fue hace año y medio. Me pico en el dedo y el dolor fue grande. Afortunadamente descubri que no era alergico a su veneno. Hay gente a la que se le cierra la traquea. Aun asi, quedo resentido el hueso de la falange durante meses.
En otro sitio le entro un escorpion negro en la habitacion de la persona que dormia al lado. No hace falta decir que en mi habitacion mire hasta dentro de los bolsillos.
En un pais ecuatorial, me toco dormir en una habitacion en la que habian dejado una luz encendida y estaba llena de mosquitos. Esos amables insectos me dieron la bienvenida a su manera en cuanto me eche a dormir.
En otro sitio, llegue a un convento de dominicos por la noche. Iba yo camino de mi habitacion por los corredores oscuros. Cuando al principio del pasillo me salio un inmenso perro lobo que dejaban suelto por si entraba algun caco. Afortunadamente no paso nada, pero el perro se penso que hacer durante unos eternos segundos en que me miro con una mirada que no presagiaba un final feliz para ese dia.
Los animales y yo.
Días de desayunos con arepas, unas tortas de maiz, acompañadas con huevos revueltos. Éste es el desayuno nacional de Colombia. Al mismo tiempo, como mucha papaya, aguacate y zumos de frutas recién hechos. El resto de la comida no tiene muchas diferencias con el resto del mundo.
Las comidas son unos oasis de tranquilidad, reposo, bromas, en medio de jornadas de viajes, aeropuertos, conferencias y actos litúrgicos.
Los países tropicales dan una sensación de vida que no la tienen los países de latitudes más frías. Aquí la vida está en la calle.
Una de las cosas que hice durante todo el viaje por encima del Atlantico fueron visitas al Santisimo Sacramento. Mi cuerpo estaba sentado en la butaca, pero mi espiritu se trasladaba una y otra vez a la que fue mi penultima parroquia, y alli adoraba al Santisimo Sacramento expuesto en la custodia.
Muchas veces no nos apercibimos de la gran libertad que tenemos para trasladarnos con el deseo delante del sagrario. Siempre que queremos, podemos hacerlo. Este viaje ultimo que he hecho ha sido un viaje eucaristico.
Entre las visitas, el libro que leia, el breviario y el rosario no se como no olia a incienso el avion. Alguna vez pense: que pena que estos aviones tan grandes no tengan una capilla. No me digais que no seria bonito durante el viaje hacer incluso una procesion por el avion.
Bromeo, bromeo, os lo aseguro!!!!
Hoy gozo de la hospitalidad de los franciscanos. Un convento luminoso, con un patio rebosante de vegetacion tropical. Tienen un colegio, de forma que la vitalidad de los escolares llena con sus gritos el silencio de corredores y claustros. Unos cuantos gatos se pasean por todas partes, inspeccionando, haciendo su ronda.
El desayuno, como siempre, papaya y arepa. Unos huevos revueltos tambien. No hace un calor agobiante. El calor es una de las cosas que mas impregnan de desagrado mis viajes tropicales.
Pero esta vez el clima esta siendo como el del final de una primavera española. Al entrar ayer en Bucaramanga volvi a ver lo llenas de vida que estan las calles. Calles que bullen, con gente que va y viene con un ritmo de vida relajado, sin prisas, con ese tono tan musical y benigno en su hablar.
Es curioso, los viajes en avion cruzando el Atlantico cada vez se me hace menos pesados. Recuerdo los primeros, me parecian inacabables. Mientras que ya me ha pasado varias veces que el piloto anuncie que pronto vamos a aterrizar y yo pensar: que barbaridad, pero si casi no me ha dado tiempo ni de acabar este libro.
Si, el ultimo viaje de diez horas se me ha hecho hasta corto. Lei un libro que me regalaron hace ocho años y que esperaba en la libreria de mi salon. Siempre buscaba algun momento propicio. Finalmente ha llegado.
Se trata de un libro que se titula En la presencia del Señor, y que explica como surgio y se desarrollo la devocion eucaristica fuera de la misa. Ha sido muy interesante. Ahora vere a quien regalo este libro. No me gusta acumular libros.
Ahora estoy en Colombia. Cuando escribo este post estoy en Bucaramanga concretamente. Escribiendo el post desde un convento franciscano.
Llevarme un ordenador en un largo viaje, supone portar un scriptorium conmigo. No sólo eso. Es como llevar una biblioteca entera. Mi ordenador puede contener más libros que una biblioteca abacial del siglo X.
El ordenador me permite asomarme a los escritos de San Ireneo de Lyon, un obispo cuyo maestro escuchó las enseñanzas de San Juan Apóstol. El ordenador me permite tener a mi disposición las obras completas de Santo Tomás de Aquino, las encíclicas de los Papas. Puedo incluso leer el Nuevo Testamento en traducciones interlineales. Puedo incluso leer los comentarios de los Santos Padres a determinados pasajes de la Biblia.
Nunca como ahora hemos podido asomarnos al conocimiento de la Santa Iglesia de un modo tan global, tanto de un modo espacial como temporal. Es como si en nuestra época, todos los siglos se hicieran presentes, todos los confines de la Iglesia, todas sus espiritualidades, todos sus tesoros de conocimiento. Gracias, Señor, por poder ver esta época.
Una casa tranquila, con libros, con un jardincito, sin compromisos sociales, con la única tarea de dedicarse al estudio y la escritura, supone un paso del tiempo completamente distinto que el tiempo de un viaje.
Son horas las de un lado y las de otro. Pero el tiempo fluye de distinta manera, lo sentimos de forma diversa, nos rodea de un modo diferente.
Yo siempre prefiero la quietud. Aunque una no pequeña parte de mi año transcurre en medio de la agitación de los viajes. A muchos no les resulta fácil mantener la calma interior en medio de la agitación.
A mi no me cuesta mucho porque me dejo llevar. Como un niño pequeño, me dejo llevar de un sitio a otro, de una ocupación a otra. Voy sin prisas, sin alteración alguna de ánimo, ya se pierda un avión, ya por culpa de otros estén esperando cientos de personas el comienzo de una conferencia que no llega.
Trato de llevar mi propio tiempo a cuestas, en mi interior.
Recuerdo que una vez hablando de mis viajes a América, cierto clérigo me dijo que para qué iba, que allí ya había sacerdotes, que les predicaran ellos.
Yo le di una respuesta diplomática y humilde. Pero también le dije que si hacía esos viajes, era porque veía sus frutos.
Nadie tiene más aversión que yo a dejar la vida regular que reina allí donde vivo, mis costumbres, mi vida dedicada al estudio y la escritura, y aunque suene a pretencioso, a la creación.
Para mí nada se parece más al Edén que una casa bonita donde uno pueda trabajar con tranquilidad, con tiempo. Nada me parece más turbador que el continuo cambio, que los viajes inacabables, especialmente allí donde hace calor. Hay lugares de un calor húmedo agobiante. Si encima hay mosquitos, la cosa se redondea.
Pero sí, viajo. Nadie me obliga a ello. Yo me obligo.
Nada hay que más me ayude a la vida que un buen horario. Un horario donde todo esté fijado. Un discurrir de las horas, al ritmo de la liturgia de las horas, que supone para mí como el fluir de la paz del tiempo.
Un horario donde cada cosa, cada tarea, cada placer y cada trabajo, tiene su sitio, su momento, su lugar ordenado.
Es una disposición claustral del tiempo. Trato de mantener esa disposición aunque esté viajando en un avión. Y así, en los largos viajes trasantlánticos, revestido con mi traje talar, distribuyo las diez, ocho o catorce horas de viaje según un ora et labora. Tiempo para leer, tiempo para descansar, tiempo para rezar. El breviario sigue su curso e impone su ritmo, su santificación a las horas.
Mañana partiré a varios países a dar conferencias. Los viajes suelen dar envidia a algunas personas. Pero esas personas suelen olvidar el pequeño pago de sufrimiento que tienen esos viajes.
La tensión de un atasco en la autovía que lleva al aeropuerto. Dado que en este viaje tendré muchos viajes a muchos aeropuertos, esta tensión se repetirá unas diez veces por lo menos.
Después las esperas en las terminales. Horas y horas de esperas tratando de ocupar el tiempo. Después las demoras en la partida. De nuevo otro coche que te espera, atascos, desplazamientos hasta llegar a un punto de destino. Punto de destino que sé que abandonaré al día siguiente.
A esto se unen las semanas enteras en que, por falta de tiempo, uno no puede pasear ni un solo día ni quince minutos.
Las maletas perdidas, la butaca del pasajero de delante que no te permite leer, y sobre todo el desfase horario.
Hay muchos misioneros que este tipo de viajes les afecta al estómago. Afortunadamente, yo no siento desarreglo alguno. En cierto modo, cada vez me acostumbro más a este tipo de penitencias. Aunque os aseguro que diez horas de vuelo no es algo a lo que uno se acostumbre con facilidad. Pero no viajo por placer, sino para predicar.
Hoy hemos tomado unas pizzas unos cuantos amigos en mi casa. Risas, bromas, coca-colas, siete personas llenando el poco lugar libre del pequeño saloncito. Ya no nos veremos en muchos meses, en Navidad de nuevo. Quedan muy buenos momentos en mi recuerdo de este verano. Todavía me acuerdo cuando llegué a mediados de junio. Parecía que el verano sería inacabable. Era un capital de tiempo tan grande. Ahora se ha agotado. El tiempo ha cambiado. Hace fresco. El viernes parto.
Siempre tengo la sensación de que el año acaba no el 1 de enero, sino en septiembre. En septiembre tengo la sensación de la caducidad del tiempo, de cambio de ciclo, el frío que comienza es como el final de un año que agoniza.
Los buenos momentos los recordaré. Mentiría si dijera que ha habido malos momentos, o amargos. Ha sido un verano únicamente cargado de dulces higos, de sabrosos melocotones, de bellos atardeceres cenando en el campo, de formidables veladas de cine con los amigos. Gracias, Señor.
Hoy pensaba que si estos fueran los últimos días de mi vida, y espero sinceramente que me queden muchos más, la vida ha sido una fantástica excursión de ritos, sotanas, basílicas antiquísimas, arquitecturas teológicas, polémicas con hermanos míos eclesiásticos (no del todo valoradas por esos hermanos), películas que me han hecho llorar, que me han hecho reír, paellas, sushi, paseos por el campo, paseos por ciudades tan distantes, reuniones con amigos, apasionantes llamadas telefónicas.
Siempre me gusta despedirme de la vida. Es una costumbre que me lleva a recordar la brevedad de todo, a percibir con más claridad el paso del tiempo. Despedirse de la vida es un placer, cuando se sabe que queda más tiempo.
Y eso que tengo la íntima convicción de que me queda mucha más vida. Incluso tengo la convicción de que, en mi caso, la mejor parte de mi vida será su segunda parte. Sí, sé que me esperan sorpresas, que la vida me sorprenderá. Se trata de una convicción no basada en ningún indicio racional.
(Sigue de ayer)
En mi diócesis, en Alcalá de Henares, en Madrid, en Valencia, en tantos seminarios, uno encuentra infinidad de espiritualidades, desde Comunión y Liberación hasta los que quieren irse de misioneros a servir a los pobres de África. En los seminarios progresistas esa libertad no existe. La objetividad de las normas del Derecho Canónico es sustituida por la mera voluntad del formador. No hace falta decir que prefiero mil veces caer en manos del Derecho Canónico, que en las manos de alguien que te dice con una sonrisa: aquí la Ley soy yo.
Además, me sorprende el berrinche que pillan los progresistas radicales cuando se les quita de un cargo en la Iglesia institucional en la que ellos no creen.
La Iglesia, la Iglesia institucional, la Iglesia jerárquica, la tradicional, ha hecho examen de conciencia, ha pedido perdón de sus faltas, ha reconocido lo que de mal ha habido en sus miembros. Pero los miembros radicales de la progresía eclesial siguen convencidos de que ellos son los puros, de que son los demás los que no se enteran, de que los otros son la falsa Iglesia, los fariseos.
Hans Küng, Bernhard Häring, Schillebeeckx, Boff y muchos más no son el progreso de la Teología, sino la renovación de las viejas herejías y errores que condenaron los santos patriarcas del cristianismo: los Santos Padres. Eso no es el progreso, sino el pasado. La Iglesia es el futuro.
La Iglesia es una sagrada tradición. Hay que acercarse a ella a través del estudio y la oración, hay que aproximarse a su voz con humildad, pidiendo entender al Espíritu que todo lo explica y que sigue enseñando.
Acabo con un deseo, que sé que será así: progresistas radicales que no creéis en la Sagrada Tradición que custodia la ortodoxia, os deseo que seáis tratados con la caridad y la compasión de la que vosotros no usasteis cuando dominasteis esos mismos cargos eclesiásticos que otrora vosotros ostentasteis.
Yo creo en el progreso de la Teología. La Teología no es una mera repetición del pasado. Existe un progreso en la Teología. Además, en la Iglesia siempre debe haber espacio para todas las tendencias, siempre y cuando estas tendencias no sean incompatibles con la Regla de la Fe. Nosotros debemos mantener inalterada la Regla de la fe, escribió San Ireneo en el siglo II.
Ahora bien, lo que se ha dado en llamar teología progresista tiene el problema de que supone una ruptura con esa Regla de la Fe. De ningún modo estoy en contra del progreso, pero si el progreso es hacerse al mundo, eso no es progreso. Para eso nos podíamos haber ahorrado millares de mártires.
Dicho lo cual, me llama la atención que los curas progresistas enarbolen la bandera de la libertad. No es un comentario retórico, lo digo en serio: me llama poderosamente la atención. Y me sorprende porque cuando estos curas progresistas, en el pasado, han sido nombrados rectores de seminarios, vicarios episcopales, priores, abades y similares no han dejado el más leve resquicio al disenso a los que ellos consideraban miembros de la Iglesia que ya había pasado.
Los curas progresistas, que siempre estuvieron en contra de los cargos, cuando obtuvieron esos cargos, actuaron sin piedad. Si alguien ha actuado sin compasión, han sido ellos. En algunos lugares esta postura de no admitir disenso, ha durado durante cuarenta años seguidos. Y en muchísimos sitios durante treinta años. No hace falta decir que la teología progresista es muy mala para las vocaciones. Da la sensación de que los párrocos más fieles al magisterio, suelen llevar más vocaciones al seminario y a la vida religiosa. Aunque quizá me equivoque y sea un efecto óptico. Pero no es sólo una cuestión de número, sino que además durante treinta años en algunos lugares los seminaristas que no congeniaban con la línea pastoral de los formadores, eran expulsados sin darles otra razón que su mentalidad retrógrada. No cuento casos, porque sería un no acabar. Pero recuerdo especialmente a un novicio ejemplar benedictino al que al acabar todos los años del noviciado se le puso con la maleta en la calle, porque en la votación general la facción progresista de los religiosos se le consideró que era un típico representante de la línea del Opus Dei. De este amigo mío, me cuesta no dar detalles, porque es toda una historia. Pero resistiré y seguiré haciendo una semblanza general sin entrar en casos concretos.
Y es que podría seguir con una lista interminable de párrocos, profesores y otros cargos, a los que he conocido personalmente, y que fueron echados sin otra razón que el ser considerados de una línea pastoral ya superada. Se marcharon en silencio, sin hacer ruido, obedeciendo como siempre habían hecho. Insisto, no hablo de oídas. Hablo de los casos que he conocido.
Y es que las así llamadas, mal llamadas, derechas eclesiales siempre han obedecido. Lo contrario ha sido excepcional. Pero ay de aquél que ose tocar el más mínimo cargo de las izquierdas eclesiales. Ay de aquél.
Por eso me sorprende es la cara con la que los mismo jacobinos que han aplicado la ley de la apisonadora sobre clérigos, laicos y templos (me refiero a los templos materiales), en los últimos veinte años salen una y otra vez con la historia idílica esta de la libertad. (Seguirá mañana)
Hoy no voy a hablar de teólogos progresistas.
Ni de mis sueños.
Ni de dictadores.
Ni de gatos.
Ni de lo que he comido hoy.
Ni del libro que estoy leyendo.
Ni de lo que he hecho en mis ratos de oración.
Ni de la cantidad de peso que he perdido.
Ni de la democracia occidental.
Ni del meridiano de los 40.
Ni de Roma.
Ni del neogótico.
Ni de la amistad.
Ni de septiembre como mes crepuscular.
Ni de la conjura de los necios.
No, hoy no voy a hablar de nada de eso.
El mensaje que hoy tengo es visual y os lo ofrezco en este link que pongo unas líneas más abajo, porque una imagen vale más que mil palabras:
http://elcanonigorampante.blogspot.com/
Mañana volveré a hablar de Arregi. Pero que conste que no hay nada personal entre nosotros. Lo hago por hacer ejercicio.
Que yo muy a gusto compartiría mesa comiendo con Arregi, Celso Alcalaina y Masiá. Y seguro que reíamos, yantábamos y nos lo pasábamos bien. Pero no me invitan, no. Ya veo que no me invitan.
Bueno, ya me he hecho en una farmacia el análisis de la glucosa, del colesterol y de los triglicéridos. Me han costado cinco euros cada análisis. Y cinco minutos de espera. Estoy bien de todo, hasta del colesterol. Cosa que no me extraña, porque cuando voy con el carrito por el supermercado, voy diciéndome mentalmente: colesterol, colesterol, muchas calorías, colesterol, mucha grasa, quesos cremosos prohibidos, esto sí, zanahorias sí, esto también, coles de Bruselas sí. Parece que estoy bromeando. Ojalá que estuviera bromeando.
Pero claro, después de estas medidas draconianas, el colesterol por los suelos. No me extraña. No como a Arregi, que en el último análisis de sangre le encontraron 120 de Luterocitos, 210 de Calvinoflavinas y 230 de Hanskunglicéridos, y eso sí, las vaticanominasas por los suelos, natural.
Con estas tasas, le dijo el doctor, usted puede arder en combustión espontánea en cualquier momento. Le aconsejo un buen régimen y vida natural en las Islas Faloe.
En la foto vemos a Arregi echando una mirada llena de cariño a cierto superior suyo franciscano.
Lo de Arregi y Munilla era el choque anunciado de dos locomotoras. Choque bastante previsible, dado que la locomotora Arregi se empeñaba en ir en dirección contraria a la locomotora conducida por su obispo, por la misma vía y gritando: ¡más madera!
Después podemos lamentarnos del espíritu inquisitorial, de la falta de libertad y del poco amor a la poesía que reinan en el palacio episcopal donostiarra. Pero, en realidad, todo el asunto era muy sencillo: dos locomotoras en dirección contraria. Arregi podía haber enfilado su máquina hacia los cuatro puntos cardinales, pero no, le había cogido gusto a la vía episcopal.
Y mira que Arregi, haciendo uso de su sentido innato de la caridad, agitaba la gorra de maquinista desde lejos, gritando: ¡apártese, apártese, que voy embalado! Gritaba eso con toda sinceridad y, de vez en cuando, echaba otra paletada de carbón. No tuve que hacer grandes esfuerzos cerebrales para prever la lógica conclusión ferroviaria.
Algún periodista, haciendo gala de una bondad rousseauniana, aconsejaba a monseñor Munilla acoger a Arregi como cura en su presbiterio. Me parece una buena medida, como la de que el obispo se flagele por las calles donostiarras todos los viernes. Yo personalmente entre las dos medidas, preferiría la autoflagelación. Eso sí, le aconsejaría al ex franciscano que ofreciera su colaboración eclesial al obispo de las Islas Bermudas o al de las Islas Faloe. Seguro que estarían encantados con una visión tan fresca de la eclesialidad. Algunos pensarán que con Aguirre al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la libertad alcanzaría unas cotas nunca antes conocidas. La experiencia me ha enseñado que este tipo de amantes de la libertad, cuando llegan a cargos de responsabilidad, son maestros en el arte del terror jacobino.
Muchas veces he escrito sobre la libertad. Amo la libertad. La libertad es la que da mérito a nuestras obras. Durante los trece años que he sido párroco siempre he dado la máxima libertad a todos mis colaboradores, la máxima. Mis catequistas gozaban de toda mi confianza y trataba de que cada uno personalizara la catequesis cuanto quisiera. Cualquier feligrés que quisiera decirme algún defecto que en mí hubiera visto, tenía siempre la puerta abierta y a mí dispuesto a escucharle. Dios nos habla a través de los feligreses, me repetía a mí mismo.
Pero lo del franciscano Arregi no tiene nada que ver con la libertad, ni con la corrección fraterna. Las palabras de ese franciscano contra su obispo sólo trataban de desacreditar al pastor del rebaño, sólo trataban de desprestigiarle, de crear división. En sus palabras en vano se buscaba algo constructivo. En vano, pues no nacían de la caridad. Si hubieran nacido de la caridad, le hubiera ido a ver a él, y le hubiera hablado de hermano a hermano, buscando su bien. Pero eso no le interesaba. Lo único que le interesaba era echarlo.
Amo la libertad, pero ninguna sociedad humana puede mantenerse unida sin un cierto grado de disciplina. Hasta una banda de música requiere de orden. Para los insumisos no hay lugar ni en la Filarmónica de Berlín, te lo aseguro. En su carta de despedida, el franciscano le dice a mi obispo y hermano José Ignacio Munilla le deseo lo mejor. No sé si le deseas lo mejor. No soy adivino. Lo que sí que tengo claro es que, le deseas lo mejor después de haber machacado su imagen todo lo que ha estado en tu mano. ¿Algún otro buen deseo para el camino?
Menos mal que le deseas lo mejor. No quiero pensar lo que hubieras sido capaz de hacer si le llegas a tener manía.
Arregi a lo mejor se piensa que en la época de San Pablo, él hubiera podido criticar al Apóstol públicamente y que San Pablo le hubiera pasado la mano por la cabeza, diciéndole: qué cosas tienes, ay, qué cosas tienes. Si piensa eso, no ha leído las cartas de San Pablo. San Pablo se hubiera puesto completamente, sin ambigüedades, del lado de monseñor Munilla. Es más, le hubiera dicho: actúa con prudencia, pero que nadie te desprecie.
Dado que Arregui no puede contar con San Pablo, es mejor retrotraerse a Jesús. Del cual dice que aunque Jesús hubiera establecido dogmas (?) éstos no serían de ningún modo inamovibles. Tienes razón, Arregi, no hay nada como un dogma provisional. También hay dogmas a rayas, de color beige y de temporada de verano. El dogma pret a porter se lleva mucho ahora en septiembre. Cuando dices que Jesús no estableció ningún magisterio, también estoy totalmente de acuerdo contigo. De hecho cuando Nuestro Señor Jesucristo dijo quien a vosotros escucha a mí me escucha, quien a vosotros os desprecia a mí me desprecia, probablemente sólo quería hacer un comentario personal y opinable, en realidad quizá estaba hablando de meteorología.
Yo creo que para justificar tus ataques al pastor del rebaño, tampoco te va a servir mucho la figura de Jesús de Nazaret. Te aconsejo que te retrotraigas a Melquisedec, o a los patriarcas antediluvianos, o en concreto a Tubalcaín (Génesis capítulo 4) forjador de instumentos de bronce y hierro, o a Jubal, su hermano, padre de todos los que tocan la lira y la gaita.
Llevo varias horas escuchando una curiosa cadena que sólo ofrece música de bandas militares y músicas patrióticas. Reconozco que la música militar inglesa es muy buena. También la música colonial norteamericana. Me gusta variar en cuestión de música, es como viajar.
Por lo demás, tengo la cocina sin recoger. Me he propuesto revisar al menos hasta la página 50 entre ayer y hoy de mi última novela, y ya veo que no lo voy a conseguir. Estoy tan concentrado en mi libro, que la cocina tiene que esperar. Lleva tres días esperando.
La cena ha consistido esencialmente en una gran cacerola de caldo vegetal. La receta es de mi invención. He repetido tan a menudo este plato, que he logrado a través de mucha experimentación, una sopa verdaderamente deliciosa que tiene un sabor a medio camino entre el caldo de espárragos y la sopa de tomate.
Mañana será 1 de septiembre. No sé porque pero la palabra septiembre siempre me ha recordado a moriente. Es como si el verano se muriera. Si la primavera es la vida que renace, septiembre tiene un aire de ocaso. No hay mes más melancólico en el calendario. Siempre es toda una experiencia el primer día que tienes que ponerte el jersey, echar una manta en la cama, ponerte el abrigo.
Ahora mismo estoy un poco dividido interiormente en el umbral de este mes crepuscular. Estoy bien en mi diócesis, pero mi alma desea retornar a Roma. Como si esa ciudad se hubiera convertido en el santuario de mi alma. Amo Alcalá, sí. Pero anhelo volver a ir y venir por las estrechas calles de Roma, rezando o simplemente mirando, asistir emocionado a esos grandes pontificales, volver a comer y cenar con mis cuarenta compañeros presbíteros.
Una amistad me lleva varios días insistiendo a que vayamos a ver Faunia. Yo ya le he dicho que cada vez que veo una tienda de animales, siempre me paro a ver a los cachorros, los hamsters, los perros de la pradera, los peces, las serpientes y todo lo que se mueve dentro de las vitrinas. Siempre me paro y disfruto. Pero los zoos nunca me han gustado. Nunca.
Al final le he medio asegurado que aceptaré la invitación al planetario. No sé por qué pero eso del planetario creo que no me va a gustar tampoco.
Además, estoy hacia el final del verano y ahora me ha entrado todo tipo de remordimientos por no haber acabado de revisar los escritos míos que me había propuesto revisar o acabar.
Al menos, he perdido cuatro kilos en los últimos cuarenta días. He hecho un gráfico, día a día, en el que se ven mis avances y mis retrocesos. El gráfico ha sido el gran medio para perder peso. Veía el gráfico y me decía: mañana esta línea tiene que bajar un poco. El gráfico era tan bonito que no quería estropearlo con una fea línea ascendente.
Dado el usual despiste permanente en el que suelo vivir, se me pasó completamente el centenario del nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta, que fue el pasado jueves.
Ahora, unos días más tarde, me gustaría decir que nosotros no podemos comprender a la Madre Teresa. No podemos, porque ella en vida voló a alturas para nosotros insondables. La misma religiosa seguro que conforme pasaron los años de su entrega, de su cruz, de su generosidad, del crecimiento de su vida mística, exclamaría en sus ratos de oración: ¡ahora lo entiendo! Ahora entiendo este punto, ahora entiendo este tema, el Señor me ha hecho comprender tal o cual cosa.
Al hablar de la Madre Teresa tendemos a creer que era una persona muy buena y ya está. Es decir, alguien como nosotros que se dedicó a auxiliar a los pobres. Y olvidamos que el que se entrega de forma total a Jesús, va siendo transformado por Él.
Los pensamientos de la Madre Teresa al final de su vida se hallaban tan henchidos de amor, tan llenos de una sabiduría que no es de este mundo, sino aprendida directamente del Logos Encarnado, que nosotros, como si fuéramos unos niños pequeños, podemos afirmar que sólo conocíamos una minúscula parte del iceberg que era ella. No sólo conocimos una pequeña parte de ese titán que la Madre Teresa, sino que además conocimos esa pequeña parte según las pocs fuerzas de nuestro pequeño entendimiento.
Ella fue un ángel sobre la tierra, un gigante, una reina, una luz. En realidad no nos hacemos una idea adecuada de su vida espiritual, de la intensidad de su amor, del insondable conocimiento teológico del Misterio que tuvo ella.
Hoy, además de decir la misa en un convento de carmelitas, he hecho varias cosas. Una de ellas ha sido poner orden en las bodegas de mis ordenadores.
Cuatro ordenadores han pasado por mi historia reciente, dejando cada uno una región de documentos. Digo región, porque siempre me ha dado la impresión de que los archivos se multiplicaban, crecían en peso, en extensión, formando una maraña enrevesada, más vinculada con la historia de su desarrollo que con criterios lógicos.
Hay archivos de citas, otros son cartas, otros obras bosquejadas, otros obras acabadas, otras en desarrollo. Una obra en desarrollo puede tener cuatro o seis documentos subsidiarios: cosas que hay que leer para acabarla, esquemas, ideas. Dos de mis obras inacabadas tienen más de diez documentos que tendré que leer para llevarlas a puerto.
Mi vista tendrá que recorrer muchas páginas. Pero no importa. El oficio de escritor no conoce las prisas, sino la paciencia. La escritura es un ejercicio parecido al de tejer un tapiz: labor cuidadosa, atención a las minucias, sin perder la idea de conjunto, atendiendo al detalle.
Hoy lo he unificado todo, por fin. Absolutamente todo. Por fin la racionalidad se ha impuesto. Es como hacer una gran enciclopedia del trabajo de un decenio.
Resulta impresionante, e inquietante, ver que mi trabajo literario y teológico de toda mi vida cabe en un pendrive.
Todo el día en el hospital, sustituyendo al capellán que estaba enfermo. El día en el hospital consiste en ir visitando habitaciones, ir presentándote con suma brevedad, con una sonrisa cordial, y valorar si eres bienvenido o la mirada del interlocutor te dice: gracias, puede marcharse.
Se trata de visitar rápidamente muchas habitaciones para encontrar a aquellos que verdaderamente van a aprovechar nuestra presencia, nuestras palabras, quizá nuestros sacramentos. Ayer di dos unciones de los enfermos.
La vida en el despacho de la capellanía en el descanso tras el almuerzo, no es fácil. En esa parte no funciona el aire acondicionado, es un ático con ventanas imposibles de abrir, y estamos en agosto.
Hasta la capellanía llega el jolgorio y vivacidad de los familiares que esperar a la entrada del pasillo de obstetricia. Cada día nacen nuevos niños. El hospital, de centenares de camas, es una morada de vida y de muerte. Cada día allí los ojos de varios se abren a la vida, o se cierran definitivamente.
Los médicos como siempre con hostilidad: qué hacen los capellanes aquí. Después están las enfermeras que, aunque lo pidan los familiares, no llaman al capellán porque les da la gana. O el médico que hace un comentario despectivo cuando una anciana esposa hace una alusión religiosa. Cada vez que he estado una temporada en el hospital, me han contado historias (normalmente las esposas de sesenta años) que muestran como del indiferentismo hemos pasado a un anticlericalismo militante.
Me he encontrado con el caso, hace un año, que demuestra eso. Yo hablaba con una chica que estaba atendida por un psiquiatra, tenía trastornos de la alimentación, bulimia y anorexia. Cada día estábamos un rato. Ella no tenía nadie con quien hablar y esperaba mi llegada con alegría. Un buen día me dijo que lo sentía con todo su corazón, pero que no podíamos seguir hablando. ¿Por qué? Mi psiquiatra me lo ha prohibido de forma absoluta. No tengo otro remedio que obedecer, si quiero seguir con el tratamiento.
Podría contar muchas historias así. Sólo dentro de unos cuantos años, cuando esto madure más, nos daremos cuenta de hasta dónde ha llegado el odio a la Iglesia.
Acerca de lo que realmente quería hacer Jesús en su época y en el futuro, es algo a lo que le podemos dar miles de vueltas, quizá millones. Pero lo único que tenemos de Él son dos cosas: los Evangelios y la Tradición. Y ambas fuentes son coincidentes. Lo demás es ciencia-ficción.
Los cuatro Evangelios fueron escritos en lugares diversos, por redactores diversos. Los redactores ni siquiera pudieron quitar las aparentes divergencias entres los Evangelios. Los receptores no se atrevieron a cambiar ni una letra de los textos porque los consideraron sagrados. Y, sin embargo, los Evangelios nos dan una visión coincidente de la misma figura, de lo que pretendía.
El Jesús fragmentario se puede instrumentalizar. El Jesús global que nace de la lectura de cada uno de los Evangelios, no. Al final, hay una palabra clave, esencial, para entender la persona y proyecto de Jesús: Iglesia.
La apostolicidad se convierte en una necesidad ineludible para saber si estamos o no en la comunidad de vida que Él trajo al mundo. El concepto de ortodoxia está forzosamente dentro del mensaje de Cristo.
Algunos han creído que el verdadero mensaje de Cristo estaba en las letras de los Beatles, otros que estaba en las enseñanzas de Buda (convenientemente mezcladas con el cristianismo), otros en el marxismo revolucionario, otros en el integrismo más extremo y farisaico e intransigente. Todo eso, todo este pandemonium, todo este desbarajuste, se resumía en una cosa que nos enseñaron los curas una y mil veces en las clases de religión: ¿quién es Jesús para ti? No, quién es Jesús, sino quién es para ti. La verdad ya no importaba, sonaba a algo dogmático, pasado, inquisitorial, forzado, contrario a la libertad
Cuarenta años después, la ortodoxia, una vez más, triunfa con el mismo esplendor que siempre.
Lamento no poder ponerme equidistante entre dos extremos. Lamento no poder decir esa cosa tan bonita de que la verdad está en el medio. Pero la verdad es una, y solamente una, y vino al mundo hace dos mil años. El Logos es la Verdad, y el Verbum Incarnatum dejó un colegio apostólico para defender, extender e interpretar la verdad.
Como muy bien dice Joachim Jeremias (sea dicho de paso, es protestante) el Sermón del Montaña es una ética de obediencia, tanto como el Antiguo Testamento. Así lo afirma literalmente. Y no sólo dice eso el citado teólogo, sino que añade que el mensaje de esas palabras de Jesús es: obedece y entonces vivirás. Y por si fuera poco, por si todo lo dicho no fuera ya suficiente, después de analizar el texto, concluye: la venganza aparece en el Sermón de la montaña.
Es curioso, que ciertas cosas nos las tenga que recordar un miembro de la Academia de Gotinga, germano, protestante y no en comunión con Roma. No hace falta decir que estoy en total acuerdo con estas afirmaciones. Lo sorprendente es la manipulación de Jesús que muchos curas, teólogos, monjas y similares han hecho durante años.
Jesús se ha convertido para muchos en ese gran baúl donde todo cabe. En Él muchos encuentran la justificación para X y para Z, aunque X y Z sean contradictorias. Quizá sea muy revolucionario lo que voy a decir, pero sería mucho pedir volver a leer las palabras de Jesús, limitarnos a lo que Él dijo, no quitar nada, ser fieles a sus enseñanzas.
Lo siento por muchos que lean estas líneas, pero las palabras que salieron de la boca del Mesías son extraordinariamente conservadoras, sin la más mínima posibilidad de interpretación liberal.
Son muchos los que deberían plantearse en qué Jesús creen. ¿En el personaje de tantos libros de teología progresista, o en el Jesús del Evangelio?
Para acabar este tema de la estética, me gustaría ofrecer algunos pensamientos finales.
En la historia del cristianismo, han aparecido un buen número de versiones acerca de cómo vivir la fe o cómo organizar la comunidad de creyentes. Pero aunque pueda parecer una opinión muy subjetiva, la versión católica me parece la más bella. Si yo hubiera nacido por ejemplo como presbiteriano o como baptista, y no fuera católico, viendo la grandiosidad de la entera Iglesia Católica, extendida a través del mundo y a lo largo de la Historia, expresada en decenas de miles de templos presentes y pretéritos, expresada en sus ritos, en sus piedras materiales y vivientes, hubiera sido muy difícil para mí no admitir que la estéticamente más hermosa, la más monumental, la más colosal, era la Iglesia Católica.
Cualquier gran artista quizá podrá estar disconforme con la fe de la Iglesia, o con sus eclesiásticos. Pero raro es el artista de gran talla que no reconoce que la Iglesia en su conjunto es la más grandiosa obra de arte que hay en el mundo.
Ese judío agnóstico llamado Woody Allen, en una de sus películas aparece en un despacho parroquial. Y cuando el párroco le pregunta por qué quiere hacerse católico, responde titubeante: No sé, es la más bella.
En el análisis que he hecho en los días anteriores, quizá pueda parecer que me he olvidado de que en otros lugares de la Iglesia, las comunidades se reúnen bajo unas palmeras caribeñas, o en unos espacios mínimos y aldeanos, bajo un techo de paja. No, no me he olvidado.
Ciertamente que en esa choza-iglesia puede estar un santo varón, un verdadero apóstol. Pero de la estética de esos lugares poco se puede decir. Allí donde la estética se encuentre reducida a lo mínimo, menos podremos decir. Cuanto más reducida a lo mínimo, menos comentario cabe.
Luego el silencio no debe entenderse como desprecio. Lo complejo (vg. la fachada de Notre Dame de París) permite un largo análisis. Lo simple (vg. un cura en África diciendo misa bajo un baobab) no permite tantas explicaciones.
De todas maneras, después de haber visto tantas plasmaciones de la fe, es difícil encontrar en otros lugares la emoción que se puede sentir al contemplar un capitel, un tímpano o el mismo concepto de torre gótica catedralicia. Cuántas veces hallamos en un espacio limitadísimo una plasmación esencial de la fe, con unos elementos tan reducidos en número, tan magistrales en su ejecución.
¿Quién que desde encima de las naves laterales contemple el bosque de pináculos de una catedral, la enrevesada maraña de sus arbotantes, la fortaleza divina de los contrafuertes, no sentirá el vértigo artístico que provoca su contemplación? Sinceramente, me resulta imposible afirmar que todas las estéticas han logrado el mismo nivel de perfección, que todo da lo mismo, y que da lo mismo construir una catedral como la de Colonia que celebrar en un garaje.
Roma no es la ciudad de las torres pétreas que apuntan al cielo. Roma no es la ciudad de los tímpanos presididos por un hierático Rey-Cristo. La Urbe es la acumulación de infinidad de pequeñas y medianas iglesias, entre esos templos las grandes basílicas son una decena de excepciones. Sus mosaicos nos ofrecen una catequesis siempre cordial. Las basílicas romanas nos ofrecen cualquier idea, menos la de severidad o rigor.
Aun hoy es fácil imaginar la estética aquella discreta ciudad medieval de pequeños campanarios de ladrillo que fue Roma. Una población en la que pervivió el estilo mediterráneo. Después se superpusieron, como capas de nieve, otros estilos. La Urbe es el mejor libro de Historia de la Iglesia.
Roma, ciudad de las fuentes, de los obeliscos, de las plazas, de los pequeños cafés, de los hornos de pizza. La ciudad tiene el aspecto menos inquisitorial del mundo. Transitar esa geografía urbana supone una verdadera pedagogía para todos los eclesiásticos que, trabajando en los dicasterios, se ven en la necesidad de habitar apartamentos, collegios y residencias eclesiásticas.
Si los humanos hubiéramos tenido que diseñar la Urbe que iba a rodear al Vaticano, lo hubiéramos hecho de un modo impresionante, escurialense. Pero Dios hizo que esa ciudad fuera especialmente humana.
Estoy seguro de que Dios está detrás de las grandes obras de la genialidad humana. Estuvo detrás del Partenón, estuvo detrás de lo que de bello tienen las Pirámides, también por vía de permisión hizo que Roma fuera Roma.
Sé que ésta es una visión muy providencialista de la Historia. Pero es lo que nos enseña la Biblia, ¿no?
Ayer hablé de mi amor por el neogótico. Pero mirando atrás, a la entera historia de la Iglesia, veo que se podría decir que estéticamente la fe en Cristo comenzó con una estética doméstica. Después construyó iglesias de fuerte sabor clásico, de dimensiones humanas, templos luminosos, coloridos.
Tras eso, en el resto del continente, primó lo mistérico. La estética de los godos, la estética de los bárbaros venidos de tierras hiperbóreas, brumosas. Es como si trajeran consigo su oscuridad, su frío. El templo se hizo distancia entre fieles y ministros, entre la Divinidad y los orantes. No lo digo esto como crítica. Me parece que ese conglomerado de arte prerrománico-románico-gótico es lo más conseguido, el arte que nos estremece.
Después vino una estética en la que la distancia volvió a abreviarse. Si el románico me recuerda al invierno, el templo renacentista me recuerda a la primavera. Primavera que se desboca en el barroco. Arte este que es teatral, que despista, que abruma por acumulación. Estética que distrae, que hace vagar la vista. El centro ya no será un pantocrátor, atemporal y absoluto, sino un retablo, que al fin y al cabo es un mueble. La rotundidad del concepto, su abstracción, vino sustituida por la abundancia de angelotes regordetes.
Pero ese modo de presentar la fe, al menos, resulta extraordinariamente amable. El templo se transforma en algo más parecido a un salón de casa. La desnudez da paso a la decoración acogedora.
Es en el siglo XIX cuando se dan cuenta de que han agotado las líneas esenciales de la estética, de lo abstracto a lo figurativo, de lo desnudo a lo completamente cubierto, de la línea recta al paroxismo de las curvas. La Iglesia había pasado por todas las etapas. Es entonces cuando por vez primera reviven estéticas anteriores. Será lo mismo, pero llevado a la hipérbole. Ninguna estética prevalecerá ya. Y no prevalecerá ninguna, porque ya no podrá imponerse ninguna. ¿Y eso por qué? Pues porque finalmente, en el siglo XX, podremos poseer en nuestro tiempo todas las estéticas. Ninguna nos será ajena, ni el estilo colonial, ni el africano, ni la iglesia de Matisse, ni el eclecticismo, ni el neobizantino, ni el oriental, ni el paleocristiano.
Por fin, en nuestra época, es como si viviéramos simultáneamente todos los mundos estéticos del pasado. La Iglesia no está ligada a estética alguna. Pero echando la vista atrás, donde esté una buena iglesia románico-gótica que se quite lo demás. Especialmente las iglesias-garaje que algunos infiltrados nos han construido. Aunque siempre hay alguno que prefiere una salchicha Oscar-Mayer a un solomillo relleno de trufas y setas.
Hace tiempo que me hice consciente de hasta qué punto lo neogótico tenía un peso considerable en mi vida. Durante muchos años, en mi juventud, esa estética se había imbricado tanto en mi existencia que, de hecho, ni era consciente de ello.
Quiero dejar claro que si estuviera en mi mano, no retrocedería a esa época para quedarme a vivir. A menos de que fuera una temporada realmente corta. Por supuesto que mi mundo gótico era ideal completamente. No era tanto el mundo medieval real el que yo habitaba en mis libros y películas, sino un mundo intelectual que nunca existió, un gótico perfecto.
Pero para mí era fascinante imaginar lo que debía ser vivir en un mundo replegado sobre sí mismo, un mundo rodeado de tierras desconocidas y mares ignotos. Una sociedad humana en perfecta comunión con la naturaleza. Una época en la que los bosques, los prados, los valles, los ríos, las cimas, tenían la apariencia de no haber sido hollados todavía por los seres humanos. Habían sido hollados, ciertamente, pero su aspecto era más similar al de las primeras páginas del Génesis que a la naturaleza violada, transformada, transitada, que vemos hoy día.
Una época en la que los hombres creían en hadas, en duendes, en lobos atroces. Una época en las que los hombres vivían en comunidad dentro y fuera de casa. Si vieran a los hombres de ahora, les daría la sensación de que vivimos solos. Juntos en ciudades, pero cada uno solo en su casa. El concepto de plaza ha desaparecido, el concepto de mercado en el que se charlaba, se intercambiaban chismorreos, ya no existe. Y no existe porque aunque hay lugares donde los seres humanos se reúnen, lo de ahora es más bien un grupo de náufragos que se reúnen en medio de un mar de hombres. No es lo de antes, una vida comunitaria-familiar en medio de una familia más amplia llamada poblado, aldea o pequeña ciudad.
A aquellos hombres medievales les daría la sensación de que vivimos una vida antinatural en la que hemos perdido las cosas más bellas y placenteras de la existencia.
Me encanta leer a Celso Alcaina. Cuando escriba un libro, tendrá en mí a uno de sus primeros y entusiastas lectores. No comparto sus puntos de vista, ni su teología, ni su visión de la Iglesia. Pero resulta fascinante leer a alguien que sabe. Hay tanta gente que cree saber, y no sabe nada. Hay tantos que intentan convencernos de que saben, y todo es pura pose. El caso de Celso es al contrario, cada párrafo destila un vasto conocimiento de la materia.
Aunque no haría falta decirlo, no veo con buenos ojos que cuente aquello que prometió no contar al aceptar un oficio en la curia. No voy a abundar en el tema, porque resulta evidente.
Pero hecha esta pequeña salvedad, moralmente grande, sus escritos me han convencido justamente de que la Congregación para la Doctrina de la Fe en los años en los que él trabajó para ella, no fue el instrumento opresor, represor, inquisitorial, maléfico que muchos creen. Por el contrario, tantos años trabajando en su seno, no han dado para revelar anécdotas demasiado despiadadas. En realidad, ni mínimamente despiadadas.
Por el contrario, se percibe un organismo curial moderado, humano, comprensivo y nada intransigente. Por lo que describe, si esa congregación hubiera bajado más el listón, ya hubiera sido la casa de Tócame Roque.
Celso, me gustaría conocerte. Si vives en Madrid, tenemos que quedar un día a un paseo o una comida. Tus escritos me han hecho ver que la Congregación no podía ser tan tremenda si trabajabas en ella con toda libertad, y por tantos años. Estoy seguro de que tú no eras un falso. Lo digo sin ironía. Estoy seguro de que nadie te obligaba a escribir en tus informes nada que tu no quisieras. Luego en ese lugar había lugar para ti. Incluso allí había amplitud para admitir tus tendencias.
Insisto, para que el nivel de vigilancia, de rigor, hubiera descendido, hubiesen ya tenido que poner a Paco Martínez Soria de Prefecto, y a Gaby, Fofó y Milikito de Secretario, de Subsecretario y de Promotor de Justicia.
Hay personas con las que, desde el primer momento que las conoces, sientes una clara tendencia a que te caigan mal.
Hay otras personas que, desde el primer segundo, te caen bien. A veces no sabes muy bien por qué, pero es así. Por alguna razón, hay seres humanos con los que sientes una especial conexión.
Con la persona con la que estás bien, te dan ganas de pasar ratos con ella: charlar, pasear. Es un misterio por qué, a veces, con alguien estás bien, confortablemente, en confianza, puedes pensar en voz alta.
En un mundo que muestra tanta agresividad, tanta hostilidad, es bueno rodearse de este tipo de personas con las que deseas estar con ellas. Este tipo de personas son como una medicina para el interior.
Pero encontrar una persona así, es algo que sólo ocurre por un camino del destino. No se puede provocar, sólo cabe esperar. Cuando la encuentras, las dos personas sois afortunadas.
Cosas que he hecho en el día.
Leí a Joachim Jeremias en una de sus obras hablando del Sermón de la Montaña: Hay cosas que tiene que decirlas un protestante. Si las digo yo, me llaman cosas feas. Pero si las dice él, alguien de su prestigio, es otra cosa.
Vi el mejor reportaje que haya visto en mi vida: Se llama I.O.U.S.A. Se puede ver en Internet, dura media hora. http://www.youtube.com/watch?v=O_TjBNjc9Bo
Escuché a Haendel: Concretamente escuché otra vez La llegada de la reina de Saba, la Música Acuática y algunas otras obras suyas. No creo que Haendel sufriera de depresión. Su música desborda alegría.
Me comí media caja de galletas: Concretamente cinco de las ocho que completan la caja standard de la marca Old Pepperidge Farm que es mi favorita. Esta caja fue un regalo. Mañana no espero menos de 300 gramos más en mi cuerpo.
Durante la oración de la mañana: Vi durante media hora La Pasión de Mel Gibson. Fue un visionado orante. Me apetecía hacer la oración de un modo distinto. Por la tarde, hice la oración en la catedral. Acabé haciendo una piadosa visita a la cripta donde guardan todas las reliquias de la catedral.
Durante la comida y la cena: Vi parte de María Estuardo de John Ford, un auténtico royo. Menos mal que en la biblioteca he pedido prestada Amelie. También me traje dos comics, uno de Blacksad y otro de Schuiten-Peeters.
Quiero acabar con una frase que no es mía: La única lección que podemos sacar de la Historia, es que la gente no aprende las lecciones de la Historia.
La Teología, ciencia de la Luz. Los hombres, todos los hombres, deberían poder encontrar en ella algo de Dios. Una misma ciencia que se divide en tantos ríos y arroyos. Pero como en las catedrales, uno debería hallar al Altísimo hasta en sus más pequeños recodos.
Una teología así, por supuesto, nada tiene que ver con cuestiones de lucimiento erudito. La teología debería estar llena de vida y de belleza. Eso es algo que lo encontramos en no pocas summas mediavales, no sólo en las summas, evidentemente. Pero cualquier ateo siente deseos de sumergirse en ese tipo de construcciones intelectuales. Uno desea pasear por ellas. La grandeza de Dios se siente incluso aunque se hable de detalles pequeños en un pequeño artículo de una de sus cuestiones menos importantes.
El paralelismo entre la catedral y una summa es admirable. La idea de construcción invade toda la obra. Eso mismo ocurre, por citar un solo ejemplo, en las Etimologías de San Isidoro de León, que no es una summa. Puede tratar temas profanos en muchas de sus páginas y, sin embargo, la idea de Dios subyace en toda la creación que se refleja en ese título. Lo mismo ocurre en un comentario al Éxodo en Orígenes, o en otro de San Jerónimo sobre el mismo libro bíblico. La palpable sensación de Dios nos sale al encuentro en cada capítulo, aunque en ese capítulo se nos hable de cuestiones menores, concretas.
Creo que hay una teología seca, árida, desértica. Y otra teología que rezuma vida. Ya he citado entre los teólogos contemporáneos a Neumann, el autor de El hijo pródigo. Creo que a Von Baltasar le tengo que dar otra oportunidad, lo leí al salir del seminario, cuando mi madurez teológica brillaba por su pequeñez. Curiosamente suelo sentir más interés por los autores contemporáneos que por los antiguos. Aunque leo más a los antiguos, quizá porque es más fácil conseguirlos, quizá por ir a lo seguro, por ir a lo que el paso de las generaciones ya ha decantado. Cuando haces una tesis doctoral, se corre el riesgo de leer únicamente sobre el tema de tu especialización. Ahora tengo un tiempo magnífico en Roma para profundizar sobre la entera teología, para leer lo más nuevo, para saber dónde está lo mejor.
Hay unos teólogos que son profesores de teología, y otros teólogos que son creadores de teología. El creador puede no tener ninguna cátedra, puede desempeñar una labor humilde y poco conocida, su misma obra puede no ser considerada para nada en su tiempo. Un gran teólogo puede necesitar que su obra sea descubierta en el futuro, descubierta y entendida. La obra puede estar muy por encima de sus lectores. Cuánto más innovadora sea una teología, con menos lectores contará.
Es misión del teólogo crear, innovar, descubrir, abordar los problemas más espinosos, precisamente porque son espinosos. El gran teólogo está por encima de las pequeñeces que tanto tiempo hacen perder a otros, pequeñeces en las que otros se pierden. El gran teólogo no gasta su tiempo con menudencias farisaicas, con cuestiones bizantinas. Él siempre va al núcleo de las cosas. Su mirada es de águila. Ve por encima, con una mirada panorámica. Sus manos pueden ser las manos cuidadosas del relojero que mima los engranajes teológicos, en otros casos son sansones que levantan con sus músculos intelectuales grandes masas. Masas que de pronto están ahí, y que antes no estaban.
El gran teólogo nunca es un talibán, tampoco es un irreflexivo destructor de la Tradición. Está por encima de las izquierdas y las derechas, del liberalismo y del tradicionalismo. El gran teólogo es en teología, lo que han sido en otros campos un Miguel Ángel o un Beethoven o un Le Corbusier. Porque el gran teólogo transforma en arte la ciencia. Por eso hay pocos teólogos colosales y creadores.
Algunos se sorprenderán de haya mencionado la obediencia al hablar de hacer Teología. Pero existe una relación entre la obediencia y la fe. En la medida en que se rompe ese nexo, ya no hacemos teología, sino que divagamos. Existe una teología de la divagación, y otra teología que nace de la contemplación de rodillas. La primera teología es humana, la segunda divina. En la medida en que la contemplación sea más profunda, es más divina.
Algunos dirán que esto es válido sólo para la teología mística, pero no. Este carácter sobrenatural del pensamiento debe empapar toda la teología, sea dogmática, moral, bíblica o de otros ámbitos.
De ahí que la sujeción del elemento humano no sólo no es una traba, sino una necesidad. La teología de rodillas no es menos libre, al revés, llega más lejos. Leo libros en los que el elemento humano es apabullante. Leo otros libros que han sido forjados por una inteligencia, sí, pero una inteligencia iluminada, una inteligencia humilde, una razón inspirada sin darse cuenta.
La ortodoxia en la teología no está en contra de la libertad. Pero el teólogo ortodoxo debe usar su propia libertad para profundizar en el Misterio con la oración, el ayuno, el conocimiento de su propia poquedad y la comunión con la Gran Iglesia.
Sólo así la teología se transforma en Sagrada Teología, en una ciencia sagrada.
¿Cuánta modernización cabe dentro de la Iglesia? Dentro de la Iglesia cabe toda la modernización concecible dentro de la misma fe.
Mientras mantengamos la misma fe, podemos ser todo lo moderniazadores y todo lo conservadores que deseemos.
Ahora bien, no pocas de las propuestas que elementos liberales proponen no es que vayan contra la fe, es que van contra el sentido común. Hay una parte en El nombre de la rosa en la que Fray Jorge de Burgos le dice a fray Guillermo:
La inculta locura de Dulcino y de sus pares nunca podrá hacer tambalear el orden divino. Predicará la violencia y morirá por la violencia, no dejará huella alguna, se consumirá como se consume el carnaval, y no importa que durante la fiesta se haya producido en la tierra, y por breve tiempo, la epifanía del mundo al revés.
Estas impresionantes palabras escritas por un agnóstico y puestas en boca del malo de la novela, dicen la verdad. Es curioso que tenga que recurrir a un agnostico para expresar de modo magistral esta idea. Pero es así. Y estas palabras lo que vienen a significar es que aquellos que en la Iglesia se oponen frontalmente a la Tradición, aun en el caso de que obtengan un fugaz triunfo, serán finalmente vencidos y superados por la Tradición, la Tradición les sobrevivirá.
Nada más lejos de mí querer decir con esto que no hay necesidad de reformas, que no hay que proponer cambios, que no hay que ser renovador. Pero todo esto hay que hacerlo dentro de la Tradición, dentro de la comunión, dentro de la obediencia. De lo contrario, la misma dinámica interna del cambio, acaba fagocitando los mismos cambios. Es la revolución que devora a sus hijos.
Nada hay más efímero que la moda. La fe es lo estable por antonomasia. Yo siempre he abominado de los teólogos que buscaban el aplauso de sus contemporáneos. De los teólogos que sabían muy bien qué es lo que les gustaba oír a sus correligionarios. Por el contrario, siempre me han gustado los creadores de Teología que eran antipáticos, que no iban a la moda, que sólo buscaban la verdad de la ciencia sagrada, aquellos que metódicamente despreciaron el aplauso. Creadores en estado puro, intelectuales de verdad, no de los medios de comunicación.
Como muy bien me ha indicado Cucky, la película Origen no es de Scorssese. Estas cosas pasan cuando escuchas una noticia de cine desde la mitad y no desde el principio.
Pero bueno a pesar de todo estoy contento. La dieta va haciendo su efecto. O mejor dicho, el hambre va haciendo su efecto.
Un kilo a la semana, ése es mi feliz propósito. Son muchos meses de pasta italiana, frente a un corto verano de ensalada española.
Aunque esto de la pasta italiana y el sedentarismo son excusas. Italia no tiene la culpa. Asumo toda la responsabilidad de haberme aprendido muy bien el camino hasta los dos supermercados más cercanos a mi residencia en Roma. No, no es la pasta, no. Es el cioccolato y unas galletitas muy ricas rellenas de crema de avellana.
Después, para salvar el tipo, siempre digo el rollito ese de la falta de ejercicio. Pero ahora voy a kilo por semana. Al final del verano estaré hecho un Lawrence Olivier del clero. En este momento lo importante es no meter las tentaciones dentro de casa. Y si las has metido no ceder a ellas. Y si cedes, no repetir. Y si repites, repetirte a ti mismo que es el último cuadradito de chocolate, aunque sea un chocolate con sabor a crema catalana que se funde en la boca creando una melodía de sabores.
Bueno, ya he visto Origen, la película de Scorssese. Lo primero de todo, lo mejor de sí Scorssese ya lo ha dado. Esta última etapa de su vida supone ver a un director que ya no puede llegar a la altura de Casino.
Segundo, a la película le sobran puñetazos, disparos y batallitas. Se podía haber contado lo mismo, sin esa paja que sólo hace que abultar el metraje.
Tercero, la película es profunda, muy buena, me ha gustado. Algo aburrida a ratos, pero muy buena. Tiene un guión muy trabajado, llevado a cabo con una factura impecable. La temática me recordaba en muchos momentos a Matrix.
Lo que sucede es que el tema de los sueños no da para este tipo de tramas de acción. Así que eso se resuelve, como en Matrix, poniendo reglas y más reglas. Con lo cual la película tiene una base lógica, sobre la que se construyen reglas y más reglas, esta vez arbitrarias. Pero tenía ganas de ver una buena película, y ésta ha cumplido las expectativas. A una buena película siempre precede una cena entre amigos, ésa era la costumbre. Esta vez no ha podido ser. Todos teníamos que bajar peso. La cena ha sido sustituida por un paseo previo charlando sobre las bondades de las distintas dietas. Ya sabéis: yo hago esto, yo hago lo otro, a mí me ha dado buen resultado tal truco. El truco es pasar hambre. Menudo truco.
Ayer en Telecinco transmitieron un reality-show en el que una médium supuestamente contactó con espíritus. ¿Qué pienso sobre el tema?
Sin entrar a juzgar a la médium inglesa que fue el centro del programa, estoy seguro de que hay personas que por un especial don de Dios pueden ver el mundo de las almas del purgatorio.
Ahora bien, hacer esto en un programa de televisión no resulta adecuado. Lo de ayer en el programa, no fue una sesión de espiritismo, porque ella no hizo ningún tipo de rito o invocación. Aun así, un reality no es lugar para dilucidar si este fenómeno se puede dar o no. Por el contrario, hacer de ello un espectáculo resulta completamente contraproducente.
Sin duda, el programa animará a mucha gente a probar con la ouija. La razón por la que todas las religiones monoteístas han prohibido siempre el espiritismo, es que nunca se sabe quién va a contactar con nosotros, si alma o demonio. Dios ha puesto una separación entre este mundo y el más allá, y no debemos nosotros traspasar esa frontera.
La Iglesia siempre ha prohibido poner medios para que los espíritus se manifiesten, pero ha animado a hablar con nuestros antepasados a través de la oración. Bien estén en el Cielo o en el purgatorio, si les hablamos, ellos nos escuchan y pueden interceder por nosotros ante Dios. Si algún antepasado nuestro está en el infierno, Dios desviará nuestras peticiones a otra alma que pueda hacer esa labor intercesora.Ayer en Telecinco transmitieron un reality-show en el que una médium supuestamente contactó con espíritus. ¿Qué pienso sobre el tema?
Sin entrar a juzgar a la médium inglesa que fue el centro del programa, estoy seguro de que hay personas que por un especial don de Dios pueden ver el mundo de las almas del purgatorio.
Ahora bien, hacer esto en un programa de televisión no resulta adecuado. Lo de ayer en el programa, no fue una sesión de espiritismo, porque ella no hizo ningún tipo de rito o invocación. Aun así, un reality no es lugar para dilucidar si este fenómeno se puede dar o no. Por el contrario, hacer de ello un espectáculo resulta completamente contraproducente.
Sin duda, el programa animará a mucha gente a probar con la ouija. La razón por la que todas las religiones monoteístas han prohibido siempre el espiritismo, es que nunca se sabe quién va a contactar con nosotros, si alma o demonio. Dios ha puesto una separación entre este mundo y el más allá, y no debemos nosotros traspasar esa frontera.
La Iglesia siempre ha prohibido poner medios para que los espíritus se manifiesten, pero ha animado a hablar con nuestros antepasados a través de la oración. Bien estén en el Cielo o en el purgatorio, si les hablamos, ellos nos escuchan y pueden interceder por nosotros ante Dios. Si algún antepasado nuestro está en el infierno, Dios desviará nuestras peticiones a otra alma que pueda hacer esa labor intercesora.
Hablar con los difuntos, está permitido. Poner medios para que se manifiesten, no. Lo de ayer no fue espiritismo, pero creo que es totalmente inadecuado. Respecto a convencer a Antonio Gala de la existencia del más allá, era tarea imposible. Gala, incluso media hora después de muerto, seguirá pensando que todo lo que ve es una alucinación.Probablemente, incluso medio año después de su propia muerte, seguirá pensando que todo lo que ve es alguna jugarreta de su mente, una alucinación prolongada, o alguna trampa de Telecinco.
El sistema que propuse ayer alguien podrá pensar que proviene de alguien que desconoce el sistema actual del Derecho Internacional o que no está muy puesto en el campo de las órganos dependientes de Naciones Unidas. Muy por el contrario, la propuesta que hice se basa en el conocimiento del sistema actual y en el realismo.
Algunos pueden pensar que no existe lugar en Derecho para un organismo como el que planteé ayer. Se sorprenderán muchos, pero la Sistema de la Reserva Federal de Estados Unidos, no es un organismo federal, no depende del gobierno, ni del Congreso, es un sistema independiente. Ni siquiera recibe fondos del presupuesto federal, ni depende de ninguna agencia gubernamental. Y ese sistema ha funcionado tan bien, que nadie ha querido tocarlo desde su fundación en 1913.
Lo que se me ocurrió respecto a mi Consejo de Justicia Internacional, llamémoslo así, al que llamaré en este post Consejo Atlántico, es que necesitaría unos fundadores altruistas para comenzar. Y después precisaría que esos patrocinadores le dieran autoridad con el poder de su capacidad económica. Capacidad para boicotear económicamente al pequeño país que cree que puede seguir practicando liberalismo puro y duro, o genocidio impune.
Este Consejo Atlántico de Justicia sería la gran acción altruista de Occidente. Significaría que hacer el mal ya no saldría gratis. Existiría una voz que podría clamar por los más desfavorecidos en materia de Justicia. Desgraciadamente, este organismo no tendría competencias en materia de pobreza, para eso ya está la ONU.
La creación del Consejo Atlántico supondría que desvincularíamos la Justicia de los políticos de Occidente, en una cierta medida. Por supuesto que después los presidentes de las naciones tendrían que apoyar las medidas impuestas por el CA. Pero habríamos dado un gran paso. La voz de la conciencia ya no sería la prensa, ni los políticos, habríamos creado un organismo que clamaría (al Pueblo y a los políticos) e impondría medidas: medidas realistas.
Al principio, actuaría contra paraísos fiscales y similares. Pero con el pasar de los años, al cabo de un par de decenios, tendría autoridad para imponer medidas militares contra genocidas y para defender a los indefensos. Por supuesto que este sistema siempre requerirá de la aquiescencia de los patrocinadores. Lo cual significa que difícilmente se revolverá contra ellos. Pero es mejor hacer algo de justicia que no hacer ninguna justicia.
Además, si el sistema comienza a funcionar, adquiere prestigio, y más naciones se van uniendo, el sistema se escapará de las manos a sus fundadores. Al final, se habrá consolidado una Justicia Internacional de la que estarán fuera veinte o treinta naciones, que por supuesto siempre pondrán el grito en el cielo contra dicho organismo.
La utopía siempre ha comenzado como una utopía.
Una de los temas al que le he dado vueltas desde hace tiempo es cómo se podría organizar un sistema de justicia internacional. Siempre me han apasionado los temas de Derecho, y éste es un tema de verdadero fuste. El actual Tribunal de la Haya emite sentencias consultivas, no vinculantes. Al final, los estados hacen lo que creen conveniente. A no ser que de antemano se hayan comprometido a someterse al fallo.
Después de darle vueltas y más vueltas, he llegado a la conclusión, de que el modo de comenzar un sistema de justicia planetaria no comenzará por un acuerdo de todas las naciones. Eso es un imposible. Ahora mismo hay varias naciones, y dos de ellas son pesos pesados, que jamás aceptarán eso.
Rusia y China sabotearán cualquier intento de organizar algo. ¿Qué hacer entonces?
Mi opinión es que habría que comenzar creando un acuerdo entre Estados Unidos, Canadá, Europa y Japón para comenzar el embrión de este organismo. A estas naciones con el pasar de los años se unirían otras naciones. Dado el derecho de veto de Rusia y China, debería ser un organismo independiente completamente de la ONU.
Las naciones pertenecientes a este nuevo organismo de Justicia, elegirían a veinte miembros independientes. Veinte miembros cuya independencia, honradez y prudencia estuvieran fuera de toda duda.
Esos veinte hombres tendrían la misión de ir haciendo justicia poco a poco. Es decir, tendrían que empezar por pequeños países. Por ejemplo, podrían comenzar por un paraíso fiscal que sea evidente que es un refugio para la mafia o el narcotráfico, y exigirle que abriera sus archivos a sus inspectores.
Si el pequeño país se negara, se le podría aislar. Se podría romper todo vínculo comercial. Y si algún país no apoya el boicot, ese otro país entraría en la lista de países incluidos en ese bloqueo.
Este organismo no debería comenzar otro caso hasta haber solucionado el primero. Ir poco a poco resultaría esencial. Ya que sus decisiones siempre requerirán el apoyo de los países que respaldan este organismo. Si este organismo se gana el prestigio con el pasar de los años, más países se unirán a él.
Si el organismo actúa con tiento y prudencia, cada vez podría imponer el régimen de la Justicia en países más grandes. Sabiendo que su Justicia tiene unos límites claros: la capacidad para imponer sus decisiones (las del organismo) por parte de los que lo respaldan (los países firmantes del acuerdo).
El sistema que propongo sé que resulta dificilísimo de poner en marcha. Pero sería un modo de comenzar algo. La alternativa es no hacer nada. El sistema que propongo parece muy subjetivo, pero el único modo de comenzar es elegir a los más débiles para imponer el imperio de la Justicia. De lo contrario, no empezaríamos nunca. Es preferible comenzar y que la simiente vaya echando raíces. Lo que nunca, jamás, lograremos será un acuerdo de todos.
Este fin de semana Álvaro Uribe dejará de ser presidente de Colombia. Normalmente en este blog se critica a los políticos que atacan a la Iglesia o los derechos humanos. Pero no puedo dejar pasar la ocasión de decir que Álvaro Uribe ha sido un presidente que ya lo hubiera querido yo para mi país, España.
Uribe ha sido un político que ha honrado la profesión política. Cuando llegó a Presidente encontró un país devastado por el terrorismo. Colombia estuvo más cerca de lo que la gente cree de colapsar totalmente como estado. Estuvo próximo a comenzar a derrumbarse. Y si ese proceso hubiera comenzado, ya no hubiera podido ser detenido. Como Castro decenios antes, la guerrilla hubiera entrado a saco en la capital, mientras los industriales y empresarios se hubieran subido a todos los aviones que hubieran quedado disponibles. Cuba, Vietnam, Nicaragua, Colombia hubiera sido otro eslabón más en la cadena de estados que se habían derrumbado. Pero apareció Uribe.
Recibió un país agonizante, hoy deja un país próspero, pacificado, cada día más seguro, con un gran futuro por delante. Uribe ha dado un futuro a ese país.
Su receta: el sentido común. No venía con grandes teorías. Se limitó a ir tratando de poner remedio a cada problema.
Uribe tenía una virtud muy rara en los gobernantes: la humildad.
Hoy un gran hombre deja de tener sus manos sobre el timón de una nación del mundo. Ojalá pudiera escribir post como este más a menudo. Pero los grandes hombres no abundan.
Una última cosa. Uribe ha tenido muchos que le han odiado. Pero viendo quienes le odiaban, uno se daba cuenta al momento que no hacía falta saber nada más, para percatarse de que Uribe era el bueno de la película. A veces el nivel de odio que un hombre provoca en determinadas personas, nos da la medida de la grandeza del odiado.
La imaginación es un don que nuestro Creador nos ha concedido, y del que hacemos poco uso. La imaginación puede desarrollarse como un músculo, y al final puede ser una fuerza poderosa que podemos usar para nuestro bien.
Por ejemplo, durante la oración podemos imaginarnos escenas de la vida de Jesús. En la vida ordinaria, si pasamos por una situación dolorosa, podemos imaginarnos que estamos viendo nuestra vida en una pantalla de cine. ¿Si estuviera cómodamente sentado en mi butaca, qué pienso que debería hacer el protagonista?
Con la imaginación podemos imaginarnos a los ángeles caminando al lado de la gente. Cuando tu jefe te trate mal, puedes en silencio imaginar: algún día yo seré su jefe, y él me hará la pelota, y magnánimamente me dejaré hacer la pelota.
Con la imaginación podemos disfrutar mucho más de las novelas que leamos. Si esperamos a que llegue al autobús sentados en la parada, podemos cerrar los ojos y viajar con la imaginación.
La imaginación nos permite viajar, reconstruir escenas de la Historia, disfrutar de la literatura, hacer mejor la oración. Usadla, fortalecedla.
A mí no me suele gustar la poesía, sino la prosa. Pero una excepción es la obra de Luis Rogelio Nogueras. Os dejo un poema, y juzgad por vosotros mismos. Ah, la pintura es de uno de mis pintores favoritos Alma Tadema, de la época victoriana.
Otra boca besa la boca que mi boca ya no besa
otras manos tocan las manos que mis manos ya no tocan
otros ojos se miran en los ojos que ya no ven mis ojos
boca que te fuiste
manos que se fueron
ojos que se fueron
mi mano escribe el poema que mi boca no quiere repetir, no
que mis ojos no quieren leer, no
mi mano escribe el poema de tu boca
(que tampoco repetirá tu boca)
el poema de tus ojos
(que tampoco leerán tus ojos)
el poema de tus manos
(que tus manos no tocarán)
se fue la boca, sí
se fueron las manos, sí
se fueron los ojos, sí
sólo queda el poema
manco
ciego
mudo
Tengo sueño. Es lógico, el día sucumbe, da sus últimos coletazos, se resiste a desaparecer, como si quisiera agotar sus últimos minutos, como si quisiera robar parte de una de las horas de la noche. Los párpados míos ya no están tan abiertos. Siento ganas de tenderme sobre las sábanas de mi lecho. No es ésta una noche calurosa de agosto, no.
Siempre me acuesto como el que va a lanzarse a las aguas oníricas. Lanzarse, sumergirse, tal vez soñar, dormir. Quizá experimentar sueños dentro del sueño.
Un día acaba. La sucesión parece interminable. Pero los días están contados. También este verano parecía de una extensión inagotable. Pero a sólo queda un mes. Es increíble, el tiempo siempre me sorprende. Una maravilla diaria. Su paso un espectáculo. Recuerda a un río. Las aguas del Tiempo. Qué ciegos somos a esta maravilla divina. El tiempo no traiciona. El tiempo no pasa rápido, va a su paso. Él es la medida, no engaña.
Estoy deseando soñar. Me voy a la cama. Mañana os contaré que he soñado.
Por la mañana dos misas. Una misa de diario en un pueblo muy devoto de iglesia monumental. La otra de funeral en otro pueblo. En esta segunda, templo lleno hasta el coro, procesión hasta el cementerio. Parapetado en un alba con capucha bajo un sol castellano de agosto. Una estola violácea sobre los hombros y un breviario en mis manos. El sol casi hería los ojos durante mi lectura de esas páginas.
Tras eso una coca-cola en casa de la sacristana. Una comida escasa en mi casa. Las calorías deben ser mantenidas a raya. La tarde la he empleado en cosas varias sin mucho interés, o quizá demasiado. Frase enigmática. Enigmática a sabiendas.
Por la noche he cenado viendo la primera media hora de Diálogo de Carmelitas. Después una partida de ajedrez. Varias llamadas largas. Hubiera querido dedicar quince minutos a ver La Pasión de Gibson antes de acostarme. Pero dada la hora, me tendré que limitar a rezar completas y a leer un poco la Biblia.
El verano es bello, tranquilo, relajado, me consiento descansos, me concedo alguna horchata. La semana pasada me hice consciente de que me queda sólo un mes más de verano. De decir tengo todo el verano por delante, he pasado a reconocer que sólo me queda un mes. El tiempo, siempre el tiempo.
Hoy os voy a poner una perla. Uno de esos rarísimos tesoros literarios que uno encuentra de vez en cuando. Se trata de un microrrelato de un argentino llamado Walter Giulietti. No os perdaís ni una palabra, porque es literatura con mayúsculas. La foto no tiene mucho que ver con el post. Las pongo porque me gusta que mi familia vea que cara tengo cada día. Bueno, ahora el microrrelato:
El Señor Rosales está saliendo de su casa, abre la puerta y se encuentra con un hombre que justo está por tocar el timbre.
?Hola, soy la muerte y vengo por usted ?se presenta el extraño personaje.
?¿Ah sí? ?pregunta burlonamente el Señor Rosales
?¿Y por qué no llevás puesta la túnica negra?
?Eso es un estereotipo aceptado por el común social. En realidad, la muerte se viste así como estoy vestido yo: una camisa a cuadros, pantalones de vestir, un par de zapatos algo gastados en la punta y esta corbata floja y barata.
?Para mí, esa es la ropa que viste un oficinista fracasado.
?Ya le dije señor, que aunque no me crea soy la muerte en persona, en carne y hueso; y usted es el hombre que se está acostando con mi mujer. Ahora le pido por favor que mire fijamente a la punta de esta pistola.
Sigue del post de ayer.
Cuba es un país ideal. La cuestión es ideal para quién. Se trata de un paraíso socialista a pocos kilómetros del infierno yanqui. Curiosamente es un paraíso en el que nadie quiere quedarse, y del que todos quieren salir.
No deja de llamarme la atención de que los chicos de Izquierda Unida sigan siendo tan duros con la Iglesia, y tan comprensivos con Castro y sus secuaces. Sea dicho de paso, la única que de verdad ayuda a los pobres es la Iglesia. Y justamente los de las izquierdas a darle con la cachiporra a la Iglesia. Me imagino que creen que existe una relación directa y proporcional entre los palos que le dan a la Iglesia y el amor a los pobres.
Pero no me extraña que nos traten tan mal. Porque echando la mirada atrás, la Iglesia ha sido la gran fuerza que subterráneamente se ha opuesto a esos partidos que querían hacer de Europa Occidental una gran Cuba.
En los años 60 y 70 la gran discusión de los intelectuales era si había que hacer de Europa una gran Camboya, una gran Cuba, una gran Rusia o una gran China. La Iglesia, aunque esto no conviene que se sepa mucho, puso su granito de arena para evitar que esos barbudos fumadores de pantalones de pana, llegaran al poder. Y si llegaban, que no se perpetuaran.
Castro deambula por la isla ignorante de la Historia, a la que no comprende, o a la que cree comprender mejor que nadie. Castro, hasta el final, hasta el último día, hasta la última hora, vaga como un sonámbulo por su régimen convencido de que todos le aman, de que todo lo ha hecho bien, de que su recuperación es completa, completa y total como su victoria en la Bahía de Cochinos.
Hoy he visto que Castro se ha levantado, ha tenido fuerzas para ponerse una guerrera verde, y para arengar a media voz a un grupo de convencidos. Por supuesto les ha dicho lo de siempre, como siempre y a los mismos de siempre. Se ha limitado a poner en PLAY el interruptor del disco que lleva en la espalda, el mismo disco que lleva sonando cincuenta años.
Su discurso traducido al español decía que seguía al mando, que se encontraba más joven que nunca, que ya estaba totalmente recuperado, que el socialismo había demostrado su superioridad invencible, y que Cuba estaba mejor que nunca o que siempre.
He visto el vídeo y las fotos. En las fotos, sale rodeado por tres guardaespaldas vestidos con chándal. Sus miradas asustan. Desde luego no parecen la cara amable del régimen.
Pero, en medio de ellos, Castro seguía ejerciendo su deporte favorito: hablar. Y lo hacía como siempre: sin tacañerías, con generosidad, sin mirar al reloj. Normalmente las personas que nos dedicamos de un modo profesional a hablar, lo hacemos sin extendernos, mirando al reloj y no yendo ni un minuto más allá de lo estipulado o de lo conveniente. Castro no. Castro regala sus palabras con munificencia real.
Por supuesto que está totalmente recuperado. Eso sí, dentro de poco las noticias dirán que se ha indispuesto, después que está aquejado de una dolencia sin importancia, tras un par de días que tiene un poco de fiebre, de hipo y que le duele la tripa, y al siguiente telediario nos anuncian la hora del funeral.
Pero esto no sólo con Castro. Cuando uno se acerca a los cien años, decir a los cuatro vientos que uno está completamente recuperado, supone algo así como una señal para poner los cronómetros en marcha a ver cuánto dura la cosa. Pero esto no vale únicamente para los presidentes vitalicios, también para los Papas. El médico de Pío XII dijo que estaba perfectamente, de maravilla, casi para irse de picnic al campo. Y cuatro horas después las campanas del Vaticano tocaban a muerto.
He llegado a casa tras una cena con un antiguo feligrés de una de mis parroquias. Al volver, he visto que hacían en la televisión la película Salvar al soldado Ryan. La película es buena, pero apenas si he visto algunas escenas. Ya la vi hace muchos años.
Enseguida he ido a mi ordenador a ver la parte que, indeleble en mi memoria, me parece una de las escenas más grandiosas de toda la filmografía de Spilberg.
Ya han pasado doce años, pero la recordaba con todo detalle. Está en el minuto 32 de la película. Todo lo que va del minuto 27 al 32 es cine con mayúsculas. Spilberg en uno de sus momentos más prodigiosos. Decir que es sublime, me parece poco.
El modo en que la secretaria compara unos papeles, los coteja en otra mesa, va a un despacho de un oficial y es llevada a otro. Y como toda esa escena sin palabras, con un tempo magistral, desemboca en la escena de la granja, es un climax de tristeza que llega a su cumbre con el sentarse de la granjera en el suelo, es algo que he visto muy pocas veces en el cine.
Son cinco minutos casi sin palabras, sin música, de una sobriedad que nos hace preguntar cómo se puede conseguir tanto con tan poco. El último minuto en la cocina y en el porche de la granja debió ser repetido más de cincuenta veces, porque allí cada detalle está en su sitio y no por casualidad: el coche oficial se detiene en un encuadre perfecto, el movimiento de la granjera, cada paso que da, el modo en que se abren las puertas del automóvil, el gesto del párroco, todo, todo, conforma una escena de una altura estremecedora.
El minuto 32 de esa película, sólo ese minuto, por supuesto, vale más que toda La cinta blanca entera. ¿Por qué hay tanta diferencia entre cine y cine? ¿Por qué le das a uno una cámara y filma cumbres como ésta, y otro sin embargo hace sandeces? ¿Por qué damos la cámara a los filmadores de sandeces? ¿Por qué les damos el dinero a las personas equivocadas?
La almohada no ha arrojado luz alguna en mi dilema acerca de las bondades del e-book frente al i-pad. Al revés, tres amistades me han llamado o escrito para vaticinarme todo tipo de males si me decantaba por uno frente al otro. Curiosamente tres eran las brujas que auguraron todo tipo de males a Macbeth antes de que él se decantara hacia dónde encauzar su vida en la política profesional.
Todo este asunto me ha recordado la historia de los siete ordenadores que he poseído en mi vida. Toda mi vida como escritor ha pasado por los cauces de esos siete ordenadores. Los cuales, como cauces fluviales, han encauzado el torrente de mis palabras.
Ni uno sólo de esos ordenadores fue desechado sólo por el placer de comprarme otro mejor. Pero el tiempo no pasa en balde. Y el que tenía hasta ahora, tiene tan poca potencia que no me admite ni el Word 2007. Eso, unido a otros problemas, me ha hecho plantearme la posibilidad de que un octavo ordenador entre en mi existencia. La verdad que el que usaba, ya se ha merecido una buena jubilación tras unos diez años de trabajo diario, duro y sin quejas. No se me ha puesto malito ni una vez. Ni un virus pequeñito le ha entrado en estos años. Pero la vejez no perdona. Huy, no me había dado cuenta. Pero si es de los que tienen todavía disquetera. Si ya no me acordaba ni de los disquetes. Qué tiempos aquellos. Entonces, cuando uno se conectaba a Internet, antes había un modem que hacía como unos graznidos. Y después iba cargándose la pantalla línea a línea.
Hoy he cumplido con mi periplo por el Corte Inglés y la FNAC para hacerme explicar las virtudes y defectos del e-book frente al i-pad.
Mis viajes me obligan a economizar espacio en mi maleta de mano. Ulises podía viajar más ligero. Yo debo llevar mi breviario, mi Biblia, un libro de espiritualidad (para mis ratos de oración mental) y una novela (para mis ratos de asueto mental).
En las interminables, tediosas y insufribles horas yendo y viniendo por encima del Atlántico, mi equipaje de mano se reduce a esta biblioteca personal que me acompaña, que llevo de un lugar a otro, que subo al compartimento encima de mi avión, que comprimo en el bolsillo del respaldo frente a mi asiento. Todo esto se acabará. Ha nacido el e-book.
El problema es que el i-pad ha nacido enseguida, y ahora tengo que decidirme. Le pregunto a un dependiente, después a otro en otro establecimiento, no me decido, ninguno me convence.
El e-book me parece primitivo, complicado, muy complicado, limitadísimo. El i-pad me parece pesado para sostenerlo como un libro en un avión, cansa más la vista, y encima no admite documentos Word, lo que faltaba.
A veces siento la tentación de seguir esperando.
A veces siento la necesidad de un sobrino laico joven que me explique cómo salir de mis dudas tecnológicas. Un sobrino paciente que me haga sentar en su habitación llena de posters y muñequitos de juegos de rol. Pero la naturaleza que tan generosa ha sido conmigo, ha querido negar la presencia de sobrinos en mi vida. Parece mentira, pero los Fortea en esta generación se han mostrado bastante poco proclives a la reproducción. No sólo eso, el matrimonio tampoco parece que haya sido una institución a la que hayan sentido propensión. Pero ése es otro tema.
Volviendo a lo tecnológico. Santo Tomás de Aquino, tras su muerte, dejó un pergamino por aquí, un opúsculo por ahí, un atril en tal convento. Yo dejaré tras de mí una larga estela de cacharros electrónicos: un móvil primitivo, un vídeo de funcionamiento laberíntico, un ordenador que sólo lo uso para escribir en Word, un ordenador portátil al que le robaron las dos baterías en el aeropuerto de cierto país europeo, un despertador del pleistoceno taiwanés.
Me levanto con sueño, ayer prolongué una hora más el día.
Hago propósito de acostarme pronto hoy.
Desayuno un sencillo sándwich de jamón de york pero con el pan de molde tostado en su punto exacto.
Misa en un pueblo, sustituyendo al párroco.
Comida sin colesterol e hipocalórica.
Sacrificio de la comida estropeado por visitas al chocolate.
Tarde trabajando en asuntos propios.
Tengo esperanza: se me ha acabado el chocolate y no pienso comprar más.
Hago la oración en el Hospitalillo de Alcalá.
Leo un artículo sobre las funciones sacerdotales en el Templo de Herodes.
Recibo llamadas telefónicas que tengo que atender: muchas y largas.
Voy a correos a buscar un paquete que me envían de Estados Unidos.
En casa abro el paquete: me envían dos tabletas de chocolate.
Ceno de dieta.
Mientras ceno veo un reportaje grabado sobre el arte moderno.
Juego mi partida de ajedrez.
Escribo mi post.
Cuando ponga el punto final a este post, leeré un rato Hechos de los Apóstoles. Después me acostaré con una moderada esperanza de ser más bueno mañana.
En realidad, ayer cuando hablaba de África no era sólo del Continente Negro de quien quería hablar. Ni siquiera de América. Sí, cuando hablaba de los pipilurcios y los reralarcios, desgraciadamente no me refería a ejemplos hipotéticos y lejanos en el tiempo. No quiero ser más específico, no sea que el abad de Monserrat se indisponga conmigo.
Es triste que tenga que hablar de África para no decir con claridad lo que tendría que decir de las diferencias entre pipilurcios y reralercios. Pero, entre nosotros, los pipilurcios tienen mucho poder por estos lares, y los reralercios cuando se ponen pesados contra los pipilurcios tampoco hay quien les gane en extremismo. Y después está el tema de lo políticamente correcto. Y ya sabemos que lo políticamente correcto es intocable.
Yo sigo pensando que la unidad es un bien moral. Es decir, que no da lo mismo todo. Si algo nos ha enseñado la Historia, la Historia con mayúscula, es que las pequeñas historietas de reralercios y broncolurcios y rentaulánicos son risibles si se toman como la razón de la propia vida.
Todo este asunto me parece tan poco serio como un millón de personas quisieran ir a la guerra para defender que aquí se hace la paella así, y allá la hacen de otra manera. O que aquí nos calamos la boina así, y allá un poco más inclinada. Repito una cosa políticamente incorrecta que ya dije en otro post: nunca he conocido a ningún espíritu verdaderamente inteligente cuya vida girara alrededor de estas minucias infantiles.
Si yo hubiera vivido en los años 70, hubiera sido un defensor entusiasta de la descolonización de África y otras zonas del planeta. Los pueblos deben seguir sus propios destinos. Ésa es una frase que queda bien, y encima es verdad.
Pero ahora, en el año 2010, creo que las poblaciones de esos países africanos estarían de acuerdo en que más les hubiera valido la pena prolongar sus lazos de unión con la metrópoli. Prolongar esos lazos, sin renunciar a su futura emancipación.
Las relaciones de la metrópoli con esos países en el siglo XIX y parte del XX fueron de mera explotación. Pero si esas tierras hubieran permanecido unidas con Europa, la relación hubiera sido paternal a partir de los años 60. Y una generación después hubiera sido de colaboración, intercambio y unión entre dos realidades iguales.
Ahora mismo no hay ningún enclave (quedan pocos) unido a una metrópoli que desee su propia independencia. Todos se dan cuenta de que la unión beneficia a todos.
Creo que lo que digo es políticamente incorrecto, muy incorrecto. Sin duda que fue un acierto el concederles la independencia, pero también fue un error histórico. Hicimos lo que debimos, pero ojalá esos caminos invisibles de unión no se hubieran truncado. Claro que quién podía adivinar en esos años 60 y 70 que tantos pueblos iban a comenzar un camino de opresión.
Lo mismo se puede aplicar a los pueblos de América. ¿Resultó beneficiado el pueblo llano de la lucha que ellos tuvieron que hacer? La respuesta es no. Sólo se benefició la élite de criollos. Se sustituyó a una élite por otra. El pueblo siguió pagando los mismos impuestos y sufriendo las mismas injusticias. ¿Valía la pena morir para lograr tan solo que hubiera caras nuevas en los antiguos palacios? ¿Valía la pena desangrarse en un campo de batalla para que los miriñaques se los pusieran las esposas de otros?
A ningún pueblo se le puede imponer la unión a la fuerza. Pero al pueblo llano le daba lo mismo. A los que no les daba lo mismo era a los ricos burgueses que fueron los que movieron todo el asunto.
Sí, es fácil romper esos caminos invisibles de unión. Yo como creo que la familia humana forma una sola nación, y que las líneas fronterizas son meros trazos en un mapa, siempre estoy a favor de mantener los lazos (sean del tipo que sean) allí donde existan.
Pero claro siempre hay unos pocos que hacen de la separación su trabajo, su forma de ganarse el pan. Son unos profesionales de un determinado discurso. Pero no nos engañemos, son profesionales. El pueblo llano, fácilmente manipulable, les seguirá hasta la muerte, hasta la sangre y estará convencido de que los pipilurcios son mucho mejores, más listos, más guapos, que los reralarcios. Evidentemente siempre hay alguien que se paga las vacaciones y el Mercedes nuevo con la dichosa arenga de que los pipilurcios son lo mejor del mundo.
La foto nada tiene que ver con el post (cosa tristemente habitual en este blog), sino que es de mi último viaje a Portugal, en un monasterio.
No diré los motivos de este post, pero son mucho más jugosos de lo que podrán aparentar las líneas que van a seguir. Uno lleva ya muchos años en el mundo clerical. Cada año saludo a centenares de sacerdotes, amén de obispos, abades, priores y una galaxia de monjas.
Pues bien, los saludos iniciales suelen durar apenas unos cinco segundos. Pero es interesante, resulta muy curioso, que en esos cinco segundos uno ya percibe a la perfección cómo te recibe la otra persona.
Recuerdo que hace años visité cierta ciudad de España, llamé por teléfono a cierto sacerdote para quedar y dar un paseo. Era un compañero de mi edad al que conocía desde que era seminarista. En su saludo había calidez, acogida, sonrisas. Un gran abrazo nos unió después de tantos años de separación.
Curiosamente, por casualidad, me encontré con ese compañero en el año presente. No nos habíamos visto ni hablado en otros siete años tras el primer encuentro. Y desde el primer segundo, desde el primerísimo segundo, su rostro lo que me mostró fue frialdad. En vano busqué alguna sonrisa en su cara al verme. No se molestó en ser amable. Iluso de mí fui a darle un abrazo, y lo que me encontré fue un claro gesto de incomodidad. Su espíritu estaba oculto bajo su corporalidad, pero era evidente que docenas de juicios negativos hacia mí habían germinado dentro.
Por supuesto no se quedó a hablar conmigo más allá de un qué haces aquí. Después se marchó, tendría algo que hacer. Me dio mucha pena.
La foto es de mi viaje hace dos semanas a Portugal.
Bueno, el caso es que hoy he vuelto por la noche de Roma. Había ido por un asunto de trabajo. Mucho calor en Roma. Pero lo mejor que me ha ocurrido ha sido conocer a un sacerdote argentino que como no leerá este blog, puedo decir con toda claridad que me ha parecido un apóstol de pies a cabeza.
Sus virtudes, su entrega, su bondad me han admirado. Conozco sacerdotes continuamente, pero es éste el que más me ha impresionado desde hace un año.
Sentados junto al Tiber nos hemos comido un panino. Y durante tres horas hemos recorrido de arriba abajo la Urbe.
Después, lo de siempre. Esperas en la terminal, el vuelo que no acaba de arrancar, antes el viaje en metro hasta la estación de Termini, después el viaje en tren hasta el aeropuerto, y todas esas pequeñas cosas que forman un viaje.
Sea dicho de paso, a este sacerdote argentino le encanta viajar, disfruta de los viajes. Yo me he mareado en el viaje que he hecho en autobús esta mañana.
Oye, Masiá, tuve un encuentro con un grupo de clérigos franceses, no daré más detalles, frente a los cuales yo parecía de extrema izquierda. Como lo oyes. Ni mi sotana me pudo proteger. Nada. No me quemaron allí mismo, porque no tenían leña.
Me impresionó mucho hace unas semanas cuando un joven me contó una experiencia sorprendente. Me dijo que se tomó una sobredosis de cocaina y cayó al suelo, digamos que muerto.
Entonces vio como se abría en el suelo un agujero. Me describió con todo detalle el agujero, pero no vio nada visual, era la sensación que le producía esa puerta del infierno.
Me dijo que se aproximaron a él, a gran velocidad, unos demonios que le agarraron. Se acercaron a él como lobos. Pero varios ángeles no permitieron que le arrastraran. De forma que tuvo una segunda oportunidad. Lo que he dicho es un resumen, pero escucharle a él, creedme, resulta muy interesante.
He tenido que regresar a Italia a dar una conferencia. He dejado la cocina limpia y ordenada, el kéfir congelado en la nevera, los alimentos perecederos han sido consumidos en los últimos días.
Viajar a Italia, desde España, es como ir a la otra punta de la ciudad. Las distancias se han disuelto en nuestros días.
Los italianos, para los españoles, son como de la familia. Son como unos parientes que mueven más las manos al hablar. Debo confesar que la pasta no tiene nada especial en Italia que no lo tenga en otra parte del mundo.
En un mundo perfecto, la Justicia sería perfecta. Lo que sucede es que en un mundo perfecto, quizá no sería necesaria la Justicia.
En un mundo como el nuestro, la Justicia siempre ha tenido algo de negociación, de regateo entre poderes, de realización imperfecta pero realizada con soltura a base de la experiencia que da el hacer cosas imperfectas.
La Justicia no debe ser vehículo del apaleamiento público. Debe ser un acto supremo de la razón.
Yo hubiera estudiado Derecho, si el Destino no me hubiera deparado ciertas sorpresas en el camino. ¿Hubiera sido un buen abogado? Ahora sí. Pero sin haber pasado por el seminario, no lo sé.
Muchos han pasado por seminarios un año o dos. Y les ha ido muy bien. Ha sido como un servicio militar espiritual. Después han seguido en sus profesiones, pero de un modo distinto.
Como ya dije en un post anterior, el caso de Roman Polansky es un caso casi perfecto para el debate entre juristas. ¿Debe permitirse que goce de una vejez tranquila o debe acabar su vida entre rejas?
Ya he dicho en otros posts que la Justicia debería ser completamente independiente y actuar sin excepciones. La Justicia debería verse como una de los más grandes tesoros que puede poseer un país. Casi ningún país tiene un sistema judicial bueno.
Dado que existen tantas excepciones, indultos, negociaciones e interferencias, francamente no veo por qué justamente a Polansky hay que hacerle pagar todo el peso de la Ley justamente en el final de su vida, y cuando la víctima ya le ha perdonado y no quiere que se le encarcele.
Pero reconozco que es un caso fascinante como tema de debate.
Aquí salgo en la excursión del pasado domingo. Después de una hora de ameno paseo, nos sentamos junto a un arroyo, donde extendimos una sábana, pusimos sobre ella los sándwiches, las fresas, las cerezas y un gran bizcocho en el centro. Una bonita escena campestre.
Cuánto me gustan estas excursiones campestres. También leímos la Biblia un rato sentados sobre un tronco caído.
Hoy he ido a ver Schreck 4. La buena fue la primera de todas. En ésa, sí que no me paré de reír. El genio no depende de los efectos especiales.
Ahora me voy a la cama, tengo sueño.
La foto mía es de Portugal. El día era muy caluroso. estábamos visitando el Convento de Cristo.
Una gran amiga mía de Nueva York, lee este blog cada día. Sólo habla inglés, así que lo lee a través de Google Translator. A veces no quiero imaginarme qué tipo de psicodélicos post lee a través de esa traducción automática.
Lo cierto es que después de leer mi blog así, decidió aprender español. Y se empeñó y trabajó con ahínco. Al cabo de un tiempo me envió el siguiente e-mail antológico donde pude apreciar por primera vez su dominio del idioma español:
Hola Padre:
No Habla Espanol, Habla Englisio.
Catherine come un pez sandwich y leche. El gato durme, Padre Fortea durme? No? El Padre lee Libro? No? El Padre come rojo manzana. Si!
Mi Amigo, Conduce coche y Roma? No! Anda in Roma. Si
El gato es negro and blanco. El coche es negro. El ceilo es azul, el manzano es rojo.
Adios .
El momento en que el astronauta de 2001, la odisea del Espacio va desconectando a HAL 9000, es sin duda uno de los grandes momentos del cine.
No sólo el momento de la desconexión, sino el modo en que se desarrolla la duda acerca del malfuncionamiento de la computadora, el contraataque silencioso frío de HAL, el diálogo previo a la desconexión, el modo en que los archivos del programa y de la memoria son desconectados, la agonía final de la consciencia de HAL, constituye todo ello uno de los momentos más inolvidables del cine, una verdadera danza de movimientos y sonidos.
Resulta colosal, grandioso, irrepetible, la forma en que luchan por su pervivencia el ser humano y la voz gélida de ese ser sin rostro.
¿Qué decir de la escena en Blade Runner en que se encuentra el replicante con Tyrell? La conversación, la misma imagen de ese encuentro, todo es supremo. Como la misma escena final en la que desemboca toda la película como si de una gran ópera se tratara. Escena de un amanecer en el que el replicante concluye que todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Do de pecho que se dice a media voz y con el protagonista mirando al suelo.
¿Qué tiene que ver todo esto con los puñetazos a los que nos tiene habituado el cine actual? Sencillamente nada. Puñetazos, patadas kung fu en el aire, rayos, superayos, megarrayos, una gran explosión al final. A veces es una explosión, a veces es una explosión formada por cien explosiones. Normalmente no suele ser mayor la diferencia.
Estas películas nos recuerdan a todos la diferencia entre el esplendor de un trabajo perfecto y la mediocridad vulgar. Curiosamente, y esto es una gran lección, estas dos películas fueron despellejadas por la crítica cuando fueron estrenadas. Es como si fuera imposible que los energúmenos, por una vez, por una sola vez, se dieran cuenta de que tienen delante un clásico irrepetible. Pero parece imposible. Los energúmenos no perdonan.
Qué bella es la ciencia-ficción. Qué buenos momentos me ha hecho pasar en la vida. En la red hay páginas muy buenas sobre este tema. Qué sorprendente es la capacidad de algunos seres humanos para vivir en un mundo, y crear en sus mentes otro.
Yo soy un escéptico, pero me gusta viajar a otros mundos. Es un viaje no geográfico, sino conceptual. Los viajes geográficos están llenos de inconvenientes. Los viajes mentales sólo requieren un buen sillón, son baratos y viajas más lejos.
Recuerdo en mi juventud lo que supuso Espacio 1999, cómo esperaba el día de la emisión. También me acuerdo de cómo rodeamos el cine Argensola en Barbastro para ver La Guerra de las Galaxias. Pero fue Blade Runner la que marcó un antes y un después en el modo en el que miramos al futuro. Después vendría el retrofuturo, soy un fan de Las ciudades oscuras de Schuiten y Peeters.
Yo aun conocí en el colegio de los escolapios las películas de Fantomas, ya por entonces algo anticuado. Es curioso, en las escuelas pías, los jueves había película por la tarde. No todos los jueves, pero sí con cierta frecuencia. No se oía ni una mosca. Los centenares de niños que llenábamos la sala, quedábamos como hipnotizados. Eran tiempos más sencillos.
El futbol me parece uno de los mejores pasatiempos que puede tener el ser humano: barato, alegre, comunitario, etc. No tengo ni el más mínimo reproche que hacerle ni al deporte en sí, ni a las personas que se enardecen con estas alegrías que son sanas, ni por supuesto a los jugadores que se ganan honradamente el pan de sus hijos de este modo peculiar pero honesto. Además, los jugadores se ganan el sustento con el sudor de su frente.
Incluso me alegré sinceramente de la gran manifestación de alegría que se formó en Madrid. Un recibimiento que poco tenía que envidiar al de los antiguos césares en Roma.
Sin embargo, me gustaría que todos juntos reflexionáramos que los pueblos rinden estos homenajes a los futbolistas, a los tenistas, a los actores, a las modelos, a los ganadores de Fórmula 1, a los cantantes, a los grupos de rock.
Estos homenajes masivos, entusiastas, de toda la sociedad, nunca son otorgados a las almas verdaderamente grandes de nuestra raza: los que ayudaron a los pobres, los que entregaron su vida por los demás, los gigantes del espíritu.
Insisto, no tengo la más mínima crítica a lo de ayer. Sólo reflexiono sobre el hecho de que la verdadera grandeza nunca tendrá más allá de alguna medalla y alguna columna elogiosa en algún periódico. Las masas siempre se enardecerán hasta el entusiasmo por los gladiadores, por los olímpicos, por los declamadores del teatro. No hemos cambiado tanto. Siempre nos gusta lo externo, los abalorios, las cuentas de cristal. Los gigantes de nuestra generación, los colosos, los verdaderos reyes cuyas coronas brillarán solamente durante toda la eternidad, esos viven en la humildad.
Nada malo veo en lo de ayer. Pero no puedo evitar el clamar: Ay, humanidad, humanidad. Siempre ciega a la luz. Incapaz de reconocer, como tus padres antes de ti, a aquellos que son la gloria de los hijos de Adán. No tendrán ellos ninguna procesión triunfal sobre la tierra. Son las legiones de ángeles los que cantan a coro sus alabanzas en su camino hacia el Trono del Dios de los Ejércitos.
Nunca he visto un partido de futbol en mi vida. Hoy, por primera vez, pensé que quizá podría ser una buena idea sentarme en el sillón y ver, de principio a fin, esa batalla pacífica entre seres humanos.
Quizá si me concentro le encontraré el gusto, me dije a mí mismo.
Llegué tarde, con el asunto ya empezado, pero no importó. No importó, porque no disfrutaba. Cada vez que hacía zapping, sentía más interés por cualquier canal, que por esa lucha mundial.
Al final, yo creo que vi unos diez minutos, y el futbol me pudo. Tuve que cambiar de canal. Me quedé viendo un reportaje que había grabado sobre una central térmica que construía una empresa canadiense en Argelia.
Que conste que el futbol me parece un deporte muy sano: la gente se divierte, no se hace daño a nadie, ningún toro muere, se ve con los amigos, entusiasma, enardece, sí, disfrutan. Y eso me parece muy bien. Creo que el futbol es una de las mejores formas de divertirse. Sólo que no es para mí.
Os aseguro que me daba lo mismo quien ganara. Pobrecitos holandeses, ¿por qué no iba a querer que sintieran la alegría de la victoria? También los jugadores tenían sus madres, sus padres, sus abuelas. Cuando pensé que es un país mayoritariamente protestante, por un momento valoré si no sería mejor desear que ganaran los españoles. Pero no creo que la vida moral de los jugadores merezca el privilegio de que la balanza de mi voluntad se incline por ellos.
Y estaba yo respondiendo e-mails o algo así, cuando miles de gargantas gritaron GOOOL, sacándome de mi concentración. Recuerdo que entonces pensé: eso debe significar que España ha metido un gol, porque no creo que gritaran así si el gol hubiera sido de los holandeses.
Algunos dirán que lo importante no es la verdad, sino las personas.
Otros dirán que para qué discutir de palabras.
Otros dirán que, en el fondo, están de acuerdo en lo fundamental y que lo otro son pequeñeces.
Otros que lo importante es el amor. El amor y la caridad.
Tomás Moro leyó y volvió a leer el texto del Acta de Supremacía. Si lo hubiera podido jurar, lo hubiera jurado. El problema era que las palabras significan cosas. Y hay cosas que son verdad y otras que no.
El obispo de Teruel fue asesinado un mes antes de acabar la Guerra Civil. Lo único que le pidieron sus asesinos como condición para no matarle, era que firmase un documento en que negase que el alzamiento era lícito. Dado el número de todos a los que habían asesinado antes de él, sabía que no estaban hablando en broma cuando le amenazaban de muerte. Pero no firmó.
Los sacerdotes cuando predicamos, debemos recordar que estamos explicando a los fieles una doctrina sagrada. Somos oyentes de esa doctrina, no dueños. Oír para predicar. Oír con reverencia como una forma de obediencia, de sumisión.
No sé lo que es una fe adulta. Porque mi fe es la misma que la de un niño. La fe es simple, sencilla, es una fe de rodillas. Y he vacilado al escribir de rodillas, porque a veces me postro. Sí, a veces en mi oración me postro. Como si estar de rodillas no fuera suficiente.
He vuelto hoy por la tarde Portugal, bella y plácida tierra de hombres buenos. Una tierra donde Cristo reina más que en España. Y me hubiera gustado explicar estas cosas y otras. Otras tan bellas como el Monasterio de Cristo, el más bello monasterio que he visitado hasta el día de hoy.
Pero el cuerpo me pide hablar de otra cosa. ¿De qué otra cosa? De la polémica de monseñor Agrelo y el padre Masiá.
Todos lo saben, aunque nadie diga nada, que la pasada polémica no se ha cerrado para nada, que todo sigue abierto, que ni el más leve atisbo de conclusión se ha vislumbrado. Por otra parte, no podía ser de otra manera.
Pero frente a aquellos que consideren que todo se arregla con buenos sentimientos, lamento disentir. La verdad depende de la verdad. La verdad debe buscar la verdad. Y lo demás son bellos poemas. John Henri Newman buscó la verdad. Agustín de Hipona buscó la verdad. Tomás Moro buscó la verdad.
No quiero parecer un inquisidor, pero mucho me temo que no puede ser verdad una afirmación y su contraria.
Sobre lo que se delibera aquí es sobre la misma esencia de la fe que nos entregó Jesucristo mientras estuvo sobre la tierra. Y si el falso final feliz que algunos han querido ver en las últimas intervenciones, fuera de verdad la conclusión de todo, entonces todo daría lo mismo.
Daría lo mismo irse de asceta al desierto o vivir una vida tibia, morir como mártir bajo el reinado de Enrique II o condescender. En el fondo daría lo mismo ser Judas Iscariote que Cristo Crucificado.
No me mueve ni el más mínimo átomo de manía hacia Masiá, le tengo un cierto cariño. No subyace en mí la más mínima crítica a las palabras de monseñor Agrelo, haría mías todas sus líneas. Pero creo que debo decir algo. Y es que Jesucristo no buscó el buen rollito. Si lo importante fuera el buen rollito, Cristo no hubiera derramado en el Gólgota su sangre.
¡Cristo no buscó el buen rollito! Qué poco me costaría decir unas cuantas palabras que provocaran el aplauso de la mayoría. Qué poco.
Hoy he visto, de nuevo, otra vez, otra gozosa vez, el final de la película La Amistad, cuando John Quincy Adams proclama orgullosamente sus últimos razonamientos ante el Tribunal Supremo:
Quizá porque temíamos nuestros prejuicios. (?). Pero hemos comprendido por fin. (?) Ahora entendemos, se nos ha hecho entender, y abrazamos ese entendimiento, que en realidad somos quienes éramos. (?) Dadnos valor para hacer lo que es justo, y si eso implica la guerra civil, adelante con ella.
Bueno, hoy ya es mi ultimo dia en Portugal, donde he publicado Summa Daemoniaca. Como era previsible me ha gustado mucho Lisboa. Su catedral es impresionante, impresionantemente romanica. Y su claustro es de pelicula. Una de las cosas que mas me gustan en el mundo, son los claustros. El chocolate, Tim Burton, los trajes eclesiasticos, Nueva York y los claustros. No quiza por este orden.
Debo decir que los paulinos con los que me he hospedado han sido encantadores conmigo. Su capilla muy fea. Pero ellos me han recibido como una familia.
Reconozco que disfruto dando conferencias. Hay gente a la que no le gusta dar conferencias. No es mi caso. Aunque reconozco que debo tener al demonio un poco quemado. Ojala se hubiera dedicado a la filatelia o a los himenopteros, debe pensar el con fastidio.
Portugal es como Espana, sin los defectos de Espana. El caracter de la gente es benigno, acogedor. Se respira tranquilidad aqui. Bueno, magnana estare en casa de nuevo. Echare de menos estas tertulias en las que les explico como esta la Iglesia en Espagna: Espagna segun el padre Fortea. No es una vision necesariamente objetiva.
Cuando leí la carta que le dirige Monseñor Agrelo a Masía Esejota, me sentí como el malo de la película, como un vil inquisidor que ha turbado la plácida tranquilidad de las bien ganadas canas de un profesor de universidad.
Pero después, al llegar al final de la carta de Monseñor Agrelo, en vez de sentirme como un infame opresor de las ideas, me di cuenta de que no había hecho yo otra cosa que seguir, sin percatarme de ello, el más puro espíritu franciscano.
Tras leer la carta, lo único que puedo decir es que si algún día caigo en la herejía, espero que mi juez sea monseñor Agrelo. Pero mientras ese día llega, mucho me temo que con Masiá tendré que usar un espíritu no franciscano, sino estrictamente jesuítico.
Y entre otras cosas porque estoy seguro de que a Masiá le van este tipo de combates de sumo. Que nos choquemos con nuestras panzas, que nos hagamos llaves. Que uno al otro le retuerza el pie, mientras el otro boca abajo golpea el suelo con el puño presa de un supuesto dolor. En este caso, dolor teológico.
Pero quiero dejar constancia de que si todo este tema se tratara sólo de tener buen rollito, no dejaría que me ganaría nadie. Mi capacidad para el buen rollito puede llegar a ser de dimensiones astronómicas. Pero, claro, la cuestión es si existe algún tipo de ortodoxia. Si seguimos una idea genérica, un espíritu, o hay algo más.
Esta noche, después de la cena, he escuchado el Gloria in excelsis Deo de Bach, de Vivaldi, de Haendel y de otros autores menores. Sólo el Gloria, no otras obras. Me interesaba valorar, comparar, ponderar cómo había enfocado cada uno la traducción a música de un mismo texto, de una misma realidad, de un concepto.
Qué distinta sonaba la composición de un mismo autor, acelerando un poco el tempo. El vigor que ganaba, la energía que llenaba las mismas notas. En otras versiones, la misma obra podía ejecutarse con más contundencia o con más suavidad en alguna de sus partes.
Escuchar estas músicas, me ha llevado a comprender mejor algo de lo que hablaba en los pasados posts. Hay muchas formas de expresar la misma fe, muchos estilos, muchas distintas comprensiones del mismo misterio.
Pero por muy distintos que sean los gustos de los sentados en la primera fila, los abonados distinguen una distinta versión de una disonancia. Un estilo diverso no es lo mismo que una discordancia. La partitura puede ser muy larga y pletórica de voces diversas, pero el oído aguzado del público (no todos tienen el oído aguzado en el público) capta las discordancias. Y aquí no vale decir que he reinterpretado la partitura: una discordancia es una discordancia. La música puede ir por donde quiera, pero la nota falsa se percibe clara, contundente e innegable.
Y aquí retornamos a la eterna cuestión de quién decide qué es una nota que no tiene cabida en la partitura. Sea cual sea la respuesta de cada uno, no nos olvidemos que sería ingenuo negar a la Iglesia aquello que no se le niega a una orquesta sinfónica o incluso a una banda municipal.
Al final me quedé con cualquiera de los glorias de Bach. No podía ser de otra manera. Ya lo dijo Debussy: Es el amado Dios de la música. Ya lo dijo Goethe de él: Al oír la música de Bach tengo la sensación de que la eterna armonía habla consigo misma, como debe haber sucedido en el seno de Dios poco antes de la cración del mundo. Él, Bach, era luterano. Pero él sí que me hubiera comprendido cuando aquí he hablado del concepto de ortodoxia.
Me he desayunado enterándome de que un grupo de laicos han denunciado a monseñor Rouco ante nunciatura por haber violado ciertos cánones del Código de Derecho Canónico.
Este tipo de acciones me encantan, ojalá hubiera más, porque son una apreciable prueba del temple jocoso que siempre ha caracterizado al noble pueblo hispano. Me pregunto quién llevó físicamente la carta de la denuncia a nunciatura, ¿Alfredo Landa? ¿Ozores?
Y es que, vamos a ver, al cardenal Rouco se le podrá acusar de muchas cosas, pero de infringir el Código de Derecho Canónico no. ¡Indudablemente no! Acusar a un canonista como él precisamente de eso, es como acusar a Ronald Reagan de comunismo.
Tiene más posibilidades de prosperar una denuncia contra el cardenal acusándolo de estropear la capa de ozono, que de haber incumplido la más mínima tilde o coma del Código. Ay, santa ingenuidad. Esta acción no es deplorable, sino una suave brisa de verano que nos regocija en el calor estival del camino. Ciertamente, hay cosas que no se le ocurrieron ni al que asó la manteca. Y es que aquí sobrevaloramos mucho el humor inglés, pero cuando el español ríe, ríe de verdad.
Ya de paso si os sobraba papel en la carta, podíais haber denunciado a Lefevre de haber favorecido el sacerdocio de la mujer, o a Sodano de ser un testigo de Jehová infiltrado. Pero ahora en serio, lo habéis hecho en plan de broma, ¿no?
En la foto, vemos a Faus, Masiá, Aguirre y Alegría fundando su comunidad de base.Aunque no veo ninguna boca de metro cerca, seguro que se llena.
Masiá, creo que la foto tuya y mía compartiendo sushi en Tokio, cada vez se aleja más. Creo que va a ser más fácil tomarme una foto echando un haz de leña encendida a una pira.¡Pero cómo se te ocurre decir lo de la diarrea!
Sabes que nadie llorará más que yo tu defenestración. Soy un escolástico, necesito una pars destruens. Mi forma de escribir precisa de un jugador al otro lado del tablero. Has sido egoista y no has pensado en mí al decir esas cosas sobre los pobres obispos. Ya me veo hablando al aire o dialogando con la pared.
Pero es que cómo se te ocurre decir esas cosas. No me extraña que tras enviarte a Japón, no comentara su eminencia: ¿no había algún lugar más lejano?
Pero ya sabes que te quiero. Tenemos posiciones teológicas distintas, pero quizá trabajando juntos en un mismo arciprestazgo nos llevaríamos muy bien.
Citas a Pablo VI y a San Francisco de Asís en tu último escrito. Podrías citar también a Santa Teresa de Jesús y a la Madre Teresa de Calcuta. Pero sabes que ellos no te hubieran apoyado. Acabas tu escrito con estas palabras: reafirmándome en comunión con usted in sinu matris Ecclesiae. ¿Oye, crees en la infalibidad del Romano Pontífice tal como se definió dogmáticamente en el Vaticano I?
Lo pregunto porque los buenos sentimientos, los abrazos y todo eso están muy bien. Pero al final o tenemos la misma fe, o no la tenemos. Mi pregunta es sencilla, y se responde con un SI o un NO. A estas alturas, la respuesta tuya ya me la conozco, una vida habla por ella. Y aun así te sigo queriendo, en serio.
Pero entonces queda claro que los problemas no son esas cosas de las que hablas en tu último escrito, que si miedo, involución y tal. Sino que son cosas de mucho más calado, cosas muchas más profundas. Cosas que afectan verdaderamente a la comunión de la que hablas. Y lo sabes, picaruelo. Que eres un pícaro.
He leído las declaraciones de monseñor Agrelo y como es lógico no me iba a quedar de brazos cruzados sin echar un poco más de gasolina al fuego.
Y es que ese Eje de Bien llamado Faus-Alegría-Masiá no sé da cuenta de que ya han pasado treinta años desde el estreno de Aterriza como puedas. ¿Es que después de tanto tiempo no han podido hacer un mínimo balance de cuáles han sido los resultados concretos de los dos modelos de Iglesia que se confrontaron en el post-concilio? Pues parece que no.
Esto me recuerda a mi tío abuelo político que se fue a la tumba en 1994 convencido de que la Unión Soviética era el paraíso de los paraísos. Ni la Caída del Muro de Berlín le abrió los ojos.
Faus-Alegría-Masiá siguen empeñados en volver a hacer su experimento teológico a nivel mundial, con toda la Iglesia en su laboratorio de Grandes Esperanzas (dickensiano completamente). Después de matar a muchas gallinas por separado, han decidido que sus reiterados experimentos resultaron fallidos porque, en realidad, hay que intentarlo con el corral entero. ¡Señor mío, pero no se da cuenta de que ese modelo de Iglesia está en franco derrumbamiento hasta en sus mejores bastiones brasileños y centroamericanos!
Por supuesto que la Iglesia necesita una renovación ?siempre- y una reforma ?continua- y que no es perfecta ?nunca-, pero ustedes como Custer se han empeñado en pegar tiros a diestro y siniestro con su fusil teológico hasta el final.
Vale, háganlo. Pero recuerden que cuando los que eran como ustedes estuvieron al cargo de seminarios y universidades, actuaron de un modo más despótico que a los que ahora acusan. Actuaron sin piedad. Ustedes sí que no admitieron disensión alguna. La lista de casos concretos que conozco es tremenda. Con dramas personales en no pocos casos que conozco.
Y ahora hablan de Libertad, porque se han posesionado de esa palabra como Amudsen cuando plantó la bandera en el Polo Sur. La palabra Libertad es suya y no están dispuestos a compartirla con nadie.
Los pobres, suyos, también. Los otros, claro, sólo se dedican a los ritos y a la inquisición.
La modernidad es suya, faltaría más. A los otros, como mucho, se les deja el pasado.
Jesús, enteramente suyo, por supuesto. A Jesús no se le pudo pasar por la cabeza un modelo de Iglesia distinto del de ustedes. Es inimaginable, imposible. Sería un escándalo.
De todas maneras, no leáis este post en tono enrrabietado. No. Escuchadlo como si fuera leído con una voz dulce y suave. Lo que sucede es que estoy dolido porque Masiá, al final, no me ha invitado a sushi. Y mira que me he hecho de querer.
Hoy podría contaros la conversación que he tenido por la tarde con una persona que ha tenido una experiencia cercana a la muerte. El de hoy ha sido un relato verdaderamente memorable. Pero lo contaré otro día, merece un post por sí mismo.
También he hecho una visita al supermercado. Llevaba días sin probar el chocolate. Un extraño impulso me ha hecho llegar al supermercado. Ha sido como reencontrar a un viejo amigo. Además en ese sitio había tabletas con chocolate sabor naranja, trufa, mouse y mejor no sigo.
Hoy un trozo de una nueva película, no estrenada en España todavía, contra la Iglesia. ¿Pero qué les hemos hecho a los directores? Que nos dejen en paz. No voy a decir el título. Que se fastidie.
He sostenido un buen número de llamadas telefónicas. He descubierto que me gusta hablar por teléfono con las amistades. Eso de marcar unas teclas y charlar un rato, me gusta, sí. La tarifa plana ha sido uno de los más grandes inventos de la humanidad.
He seguido leyendo al escritor ruso que empecé ayer. En realidad, la palabra leer no es la más adecuada. Saqué el libro de la biblioteca, o mejor dicho, lo hice pedir a la red de bibliotecas que me lo encontró en otra ciudad. Pero después me di cuenta de que mis ojos estaban cansados de trabajar en el ordenador en mis libros. Así que me lo descargué por Internet y un programa se encarga de leérmelo en voz alta. Estamos en el siglo XXI. Todo lo que pasa del año 2000 ya es el futuro. Estamos en el futuro. ¿Quién se podía imaginar que en el futuro habría paellas, panderetas, fallas valencianas, rosario y que la misa en latín volvería? ¿Quién, eh?
Podría hoy hablar de que esta noche no he soñado nada. Pero la Humanidad seguirá su curso con independencia de si mis oscuras horas fueron pobladas o no de vaporosas imágenes nocturnas.
Podría hablar de la huelga de esos salvajes aurigas de los trenes subterráneos que han secuestrado a Madrid durante dos días. Pero no, muy manido.
Podría hablar de que hoy he acabado casi por completo de ver El Padrino II parte. Magnífica conjunción entre el pasado y el presente en esa larga película. Esos flashbacks en casi todas las películas suelen ser un adosado sin mucho sentido. En esta película, cada flashback tiene su sentido. Nada sobra en ella. ¿Por qué soy el único que considera la tercera parte como la mejor de la trilogía?
Podría hablar de que he comenzado a leer cierta obra de Nabokov, cuyo título piadosamente callaré. La piedad y la prudencia, dos grandes virtudes. Ya tenía ganas de sumergirme en la gran literatura.
Podría hablar de que esta mañana he alcanzado una nueva meta en mi vida: los 87 kilos. Arguiñano tiene la culpa. Pero expulsaré a esos intrusos durante este verano. Esos kilos no tienen ningún derecho a estar junto a mí, y menos a acompañarme a todas partes.
Podría hablar de aquello en lo que he trabajado todo el día. Pero del trabajo es de lo que menos me gusta hablar. Mis obras escritas hablan por mí. Y sea dicho de paso, lo hacen en varios idiomas. Dios mediante publicaré dos obras más en polaco con dos editoriales. Y mis dos primeras en portugués, con otras dos editoriales en Portugal y Brasil, este verano. Perdonad este último detalle de aparente vanidad: no es vanidad. Si no cuento alguna cosa así, parece que me paso todo el día viendo cine, leyendo novelas, paseando y cocinando paellas.
Hoy durante la comida he acabado de ver Hermano sol, hermana luna. La película es tan mala, que si en mi juventud hubiera podido existir el más pequeño atisbo de hacerme franciscano, esta película se hubiera encargado a buen seguro de encaminarme hacia cualquier cosa antes que militar en las filas del personaje que deambula por los 121 inacabables minutos de la cinta. Era joven e idealista cuando la vi, pero incluso entonces hubiera preferido hacerme canónigo o archivista o defensor del vínculo, que uno de los franciscanos que aparecen por ahí.
Pero he resistido hasta el final, porque ahora, veinte años después, me doy cuenta de que el director, Zefirelli, en realidad lo que cuenta no es la historia de San Francisco, sino la versión simplista de los ideales del post-concilio. El grupito de pseudofranciscanos que pulula por el guión, en realidad, nos explica cómo debía ser la Iglesia ideal, ésa que iba a emerger en la década de los 70. Esa visión utópica-rupturista acabó en un estado tan ruinoso como las ruinas de San Damiano antes de su reconstrucción.
Ya se ve que en esa época Zefirelli no había asimilado ni las lecciones más elementales de un predecesor suyo como Otto Preminger en El Cardenal o Historia de una monja. Y es que hasta para plasmar la sencillez, se necesita un poco de picardía y de gracia, sino duermes hasta a las ovejas. Elia Kazan sí que hubiera hecho de todo esto una gran historia. José Luís Garci lo hizo muy bien en Canción de cuna, que le gustó hasta a Umbral. Lo cual casi es un milagro.
Hitchcock no hubiera podido rodar esta historia, sin incluir dos o tres asesinatos. Florecillas sangrientas, le pega. Orson Welles hubiera sido el ideal. Hubiera hecho una película tan buena que hubiéramos tenido que verla en un reclinatorio.
Bien, concluyendo. Es muy triste ser un gran santo, haber tenido una vida que es una historia apasionante, y que después te caiga encima un director joven aprendiendo el oficio. Eso es muy triste. Y después está el tema de las palomas que se te posan en la cabeza y hacen cosas execrables.
Desde que llegué de España he empleado el tiempo durante la cena a fondo y puedo decir lo siguiente:
Chinatown, me dijeron que era muy buena, incluso un clásico. Su ritmo más que lento tan aburrido que ya desde el principio de la película perdí interés por saber quién era el asesino.
El Padrino, ésta sí que es muy buena. No importa que una escena los mafiosos se dediquen sólo a comer albóndigas de carne y spagheti, porque sabes que esa escena es parte de una gran película. Aun así yo cometo la herejía cinematográfica de decir que de la trilogía, la mejor es la última.
Casino, sin duda la mejor película sobre la mafia. Casino sí que es una de la grandes películas de la Historia. Incluso El Padrino no puede competir al lado de Casino. Ésta no la he visto ahora, la vi ya hace unos años. Esto es una exculpación, ya que el tiempo de la cena tampoco da para tanto.
Hermano sol, hermana luna: Esta película no pega mucho después de las tres anteriores. Es una mala película sobre un buen santo. Sentimentaloide de principio a fin. Me aburrió incluso a los veinte años, época en la que carecía de todo gusto crítico.
Un tranvia llamado deseo: Una gran película. Es, digámoslo así, todo lo contrario que Hermano sol y hermana luna, en todos los aspectos. Muerte en Venecia: No es una gran película, pero Rex Harrison llena la pantalla.
Un abogado amigo me pasó hace tiempo una lista de frases, diciéndome que habían sido sacadas de juicios reales. La lista la pongo abajo. No sé si la lista incluirá frases que no hayan sido dichas nunca en un proceso judicial. Puede ser así. Pero lo que sí que puedo asegurar, es que todas son perfectamente posibles.
Hace años, para una novela que estaba escribiendo, una novela judicial, fui a varios juicios. Creo recordar que asistí a una decena de juicios. Y recuerdo que cuando me puse a escribir la novela, lo primero que me dije a mí mismo es que tenía que olvidar lo que había visto. Pues todo resultaba tan increíble, tan vergonzoso para alguien que crea en la Justicia, que opté en mi novela por describir lo que debía ser un juicio, no lo que había visto. Me acuerdo, en especial, de uno de esos juicios en el que si yo hubiera sido el acusado, hubiera levantado la mano y hubiera dicho tembloroso al juez: señoría, no escuche a mi abogado.
Bueno, os pongo la lista de frases dichas en juicios:
1.- Y bien, Doctor, ¿no es cierto que cuando una persona muere durante el sueño, no se entera hasta la mañana siguiente?
2.- El hijo más joven, el de veinte años, ¿qué edad tiene?
3.- ¿Estaba usted presente cuando se tomo su foto?
4.- ¿Estaba usted solo o era el único?
5.- ¿Fue usted o su hermano menor quien murió en la guerra?
6.- ¿El le mató a usted?
7.- ¿A que distancia estaban uno del otro los vehículos en elmomento de la colisión?
8.- Usted estuvo allí hasta que se marchó, ¿no es cierto?
9.- ¿Cuántas veces ha cometido usted suicidio?
10.- Pregunta: ¿De modo que la fecha de la concepción (de su bebe) fue el ocho de agosto?Respuesta: Sí
Pregunta: ¿Y qué estaba usted haciendo en ese momento?
11.- Pregunta: ¿Ella tuvo tres hijos, cierto?
Respuesta: Sí.
Pregunta: ¿Cuantos fueron varones?
Respuesta: Ninguno.
Pregunta: ¿Hubo alguna mujer?
12.- Pregunta: ¿Dice usted que las escaleras bajaban al sótano?
Respuesta: Sí.
Pregunta: ¿Y esas escaleras, también subían?
13.- Pregunta: Mr. Slatery, usted se fue a una Luna de Miel bastante rebuscada. ¿No es cierto?Respuesta: Fui a Europa.
Pregunta: ¿Llevó a su esposa?
14.- Pregunta: ¿Cómo terminó su primer matrimonio?
Respuesta: Por muerte.
Pregunta: ¿Y por la muerte de quién terminó?
15.- Pregunta: ¿Puede usted describir al individuo?
Respuesta: Era de talla media y tenía barba.
Pregunta: ¿Era hombre o mujer?
17.- Pregunta: Doctor, ¿cuántas autopsias ha realizado usted sobre personas fallecidas?Respuesta: Todas mis autopsias las realicé sobre personas fallecidas.
18.- Pregunta: Cada una de sus respuestas debe ser verbal, ¿de acuerdo? ¿A qué escuela fue usted?
Respuesta: Verbal....
risas y comentarios jocosos en la sala.
19.- Pregunta: ¿Recuerda usted la hora a la que examinó el cadáver?
Respuesta: La autopsia comenzó alrededor de las 8:30 p.m.
Pregunta: Mr. Dennington ¿estaba muerto en ese momento?
Respuesta: No, estaba sentado en la mesa preguntándose por que estaba yo haciéndole una autopsia....
El Sr. Juez tiene que imponer orden en la sala, el alboroto es tremendo, se escuchan carcajadas por todas partes...
21.- Pregunta: ¿Está usted cualificado para proporcionar una muestra de orina?
Respuesta: Lo he estado desde mi más tierna infancia.
22.- Pregunta: Doctor, antes de realizar la autopsia, ¿verificó si había pulso?
Respuesta: No.
Pregunta: ¿Verificó la presión sanguínea?
Respuesta: No.
Pregunta: "¿Verificó si había respiración?"
Respuesta: No.Pregunta: Entonces, ¿es posible que el paci