Escribo este post justo al acabar de ver La lista de Schindler. Ésta ha sido la tercera vez que he visto la película. Siempre consideré que La Amistad, del mismo director, es una película mejor. En algunos momentos, la Lista me ha hecho dudar, pero después de reflexionar sobre las virtudes cinematográficas de una y de otra, me quedo con La Amistad.
La Lista tiene más trabajo, muchísimo más trabajo, es de factura impecable y es una gran película. Pero La Amistad tiene varios aspectos de verdadera y genuina genialidad: véase el momento en que el esclavo explica la vida de Jesús a través de los grabados de Doré (de un lirismo, de una condensación conceptual, en verdad magistral), véase el momento en que la cámara se mueve para ver de perfil a los magistrados del Tribunal Supremo (ese movimiento es de una fuerza estética tan increíble que uno se queda admirado de lo que se puede lograr moviendo lentamente una cámara). Podría continuar. La Amistad es la mejor película de Steven Spilberg.
Pero no es para hablar de este asunto por lo que he escrito este post. No.
Si me he puesto a escribir a esta hora tardía en que ya debería haber comenzado mis oraciones de la noche, es por el final de la película. Algo que me ha impresionado profundamente.
Pero eso lo diré en el post de mañana.
Viernes, 1 de junio
Padre Fortea
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal