(Continúa el post de ayer)
El templo, ante mis ojos, lucía con una hermosura sin igual. Las gigantescas estatuas de los doce Apóstoles recorrían la nave, 130 metros hasta el ábside. Un ábside con un mosaico como los que decoraban las iglesias cristianas del lejano siglo III o IV, más o menos. Todo era impresionante. El mosaico representaba la Cruz de la que salían cuatro corrientes de agua de las que bebían dos ciervos y varios corderos.
El baldaquino como una gran torre gótica. El altar de una belleza que no me cansaba de admirarla. La Sede de Pedro, sin palabras. El sagrario de la catedral, con su forma de templo, un tabernáculo espléndido, formidable, una obra de arte que debe pesar unos trescientos kilos. El artesonado de la basílica, el suelo de la basílica. Y todo esto con un coro fantástico, con un órgano que me dejaba sin habla, en medio de una liturgia llena de fasto.
Frente al lugar donde yo estaba sentado durante la ceremonia, estaba la puerta de entrada del crucero. Y veía como los turistas que entraban despistados, sin saber muy bien qué había dentro, entraban por la puerta y quedaban deslumbrados, atónitos, preguntándose si era posible lo que estaban viendo. Y no penséis que exagero, porque aquella liturgia romana estaba envuelta del resplandor de la Divinidad.
Viernes, 1 de junio
Padre Fortea
Juan Fernandez Krohn
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Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
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