Y la Iglesia de pronto se encontraba con aquel regalo. El Papa traslado su curia, una curia pequeña, de quizá unas cuarenta personas a ese palacio. Y transformó, limpió y adecentó la basílica para hacer de ella el primer gran templo cristiano. El primer gran templo nos lo regalaron. Fue un presente de Dios a su rebaño.
Al entrar yo en la basílica, no podía dejar de imaginar cómo debía ser aquella basílica del tiempo de Constantino. ¿Qué tipos de cambios harían? ¡Un inmenso templo para el culto a Dios!, así lo debieron ver. La alegría de aquella comunidad debió ser inmensa. No me era difícil imaginar con qué ilusión hubieron de trabajar todos, recién salidos de las persecuciones. Aquello les debió parecer un sueño.
Las puertas de la basílica con el pasar de los siglos, se cambiarían. ¿Y cuáles se trajeron? Las puertas de bronce del edificio del Senado Romano. A veces, la realidad nos obliga a reconocer que el triunfo del cristianismo sobre la dura, férrea y opresora Roma fue absoluto, total, incuestionable. Por si esto fuera poco, los suelos de la basílica, se rehicieron en la Edad Media de estilo cosmatesco, con trozos de las ruinas de Roma. Los suelos que pisarían los renacidos por el bautismo serían los mármoles recogidos de las ruinas de la antigua dominadora.
Viernes, 1 de junio
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