Hay quien dice que en esta ciudad se pierde la fe. Normalmente, se puede demostrar históricamente que todo aquel que afirma eso ya había perdido la fe muchos años antes. Y que cuando llega aquí, cada cosa que ve, le confirma en su idea: está piedra está sucia, qué iglesia tan fea, mira esa monja, mira allí, lo que faltaba, un puesto de venta de crucifijos, mercaderes, ¡mercaderes!, pero qué altar tan feo, y cosas así.
Para mí Roma ha supuesto un fortalecimiento de mi fe increíble. Cosa muy curiosa, porque había venido aquí cuatro veces en años anteriores y nunca me había pasado eso.
De todas maneras, cada día me convenzo más de que ésta es la ciudad más bella del mundo. Esto es un laberinto de obeliscos, turistas despistados y grandes masas de helado, en medio de palazzi (palacios), fuentes, monjas, tiendas de moda y un calor impropio para esta época. El que dice que ver Roma es perder la fe, está en la Luna de Valencia. Son frases que parecen sacadas de un artículo de un periódico anticlerical decimonónico. Lo de perder la fe en Roma me recuerda a algo añejo, como aquello de París, la ciudad de la luz.
Viernes, 1 de junio
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