Hoy se me ha ocurrido durante la misa una cosa que os participo. Cuando he besado el mantel del altar, un mantel blanquísimo sobre una bella ara de mármol, se me ha ocurrido que allí mismo donde ponía el beso, más tarde estaría la zarza ardiente de la presencia de Dios.
Y me ha venido a la mente que la zarza da moras, y que la mora es como una uva pequeña. Y he pensado en la diferencia entre la zarza y la vid. Diferencia en el tamaño de su tallo, diferencia en el tamaño de sus frutos. Y que ésa era la diferencia entre el Antiguo Testamento y el Nuevo.
Además, la vid es esencialmente una, con un gran tallo del que salen las ramas. Mientras que en el Antiguo testamento, como en cualquier zarza, hay muchas ramas, porque son muchos los personajes que aparecieron y brillaron, sin que hubiera uno central del que salieran los demás.
Entonces pensé que quizá la comparación era excesiva. Pero pronto me di cuenta de que los profetas hablan de la era mesiánica como de una era cualitativamente distinta a la anterior.
Jueves, 31 de mayo
Padre Fortea
Religión Digital
Juan Fernandez Krohn
José de Segovia Barrón
Alejandro Córdoba
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Pedro Tarquis
Juan Jáuregui Castelo