Muchos han criticado que el parlamento español vaya a votar si reprueba al Papa por sus palabras en África. No seré yo el que me sume a esa riada de críticas. El Parlamento, como cuerpo representativo de la voluntad popular, debería zanjar o al menos esclarecer una serie de cuestiones que están en el aire. Así que no condeno la decisión de que esto se debata en el Congreso. Por el contrario, sugiero a la Cámara Baja que aproveche ese ímpetu clarificador e incluya los siguientes temas de debate en su diario de sesiones para la próxima semana:
¿La Tierra es redonda-ovalada o redonda-elipsoidal?
¿Quién estuvo detrás de la muerte de Kénnedy?
¿Existe Dios? Y en ese caso, ¿existe la Iglesia autodenominada católica?
¿Fue antes el huevo o la gallina?
¿Debería el Príncipe Felipe ser ungido en el pecho cuando asuma sus funciones? ¿Debería ser monseñor Rouco el que realizara tal operación o es preferible un prelado castellano de pura cepa?
Dado que ya se ha votado por parte de los congresistas la reprobación del alzamiento en la Guerra Civil, propongo asimismo que se vote:
-la reprobación de la invasión napoleónica,
-la reprobación del comienzo de las hostilidades francoprusianas de 1870
-la reprobación de la ejecución de Sisberto por parte de Recaredo.
La condena de esta última ejecución la considero parte esencial de la recuperación de la memoria histórica.
Estamos en un estado laico, así que no nos podemos andar con tonterías y timideces, de forma que animo además al Senado a que le conceda a Zapatero el título de Defensor Fidei.
Hoy he estado en otra antigua parroquia mía, hace poco estuve en Estremera. Hoy era la fiesta mayor del pueblo en Anchuelo y el párroco me invitó. El obispo, recién llegado a la diócesis, presidió la celebración.
Con diez concelebrantes, tres casullas (impresionantes) traídas de otra parroquia, coro superlativo y una liturgia (rebosante de monaguillos) muy cuidada aquello más que un pueblo pequeño parecía una sucursal de la Abadía de Westminster.
Después vino la comida. Como el primo del párroco es pescadero, toda la comida giró alrededor del mar. Desde el primer plato quedó claro que se trataba de una comida monotemática. Me temo que despoblamos la vida animal de varios fondos marinos.
En algún momento llegué a temer que el postre fuera algún sorbete de pez o algo así. Pero me alegré de que su primo no se dedicara, por ejemplo, a los huevos de avestruz.
Como este blog nunca ha tenido grandes pretensiones, puedo decir con gran libertad que en él se ha producido una de esas coincidencias remarcables que a veces suceden. Y es que hoy el Gobierno Mexicano ha revelado que el 16 de abril se produjo el primer muerto a causa de la gripe porcina.
¿Qué tiene que ver eso con este blog? Pues tan solo que ese mismo día escribía un post titulado virus perfidus en el que se decía:
Nada impide que mañana surja un virus que se contagie por el aire, como la gripe, pero que sus efectos sean como el SIDA.
Nada impide que la próxima gripe se contagiara como las demás, pero que en vez de fiebre y malestar, produjese hemorragias internas.
Sólo la mano de Dios nos protege contra amenazas que ahora ni siquiera imaginamos. Quizá estamos tan tranquilos y el próximo año surgirá algo, que hará que todos nuestros problemas actuales nos parezcan un juego de niños.
Reconozco que la casualidad es, como he dicho, remarcable.
Me voy haciendo viejo, lo noto. Lo del colesterol ha sido ya el golpe de gracia a mi juventud, a la alegre inconsciencia de la juventud. Esa vitalidad que despreciaba los avisos de que el chorizo era malo, de que la bollería era mala, de que mucha pizza y mucho kebab, eran malos. ¿Cómo iban a ser malos si estaban tan buenos?
Lo que más me apena es que yo me arreglaba muy bien con las bolsas de gambas congeladas, bolsas de tres kilos. Pero no, las gambas y la sepia y los calamares, también han sido expulsados de mi pequeño paraíso gastronómico. Ahora sólo me quedan los mariscos de concha. Y ya veremos si hacen algún estudio posterior, de esos que hacen las universidades del quinto pino, y me quitan también las almejas.
Pero mi médico me ha dejado las zanahorias, los pepinos, las coles de Bruselas, las escarolas, las manzanas y otras muchas fabulosas viandas por el estilo. Tubérculos puedo comer los que quiera. Espinacas, sin límite. Brócoli, sin límite. Avena, toda la que quiera.
Si esto sigue así me voy a volver un adicto a las sopas de avena. ¡Viva la avena! Sí, no llores por mí Argentina.
Hace pocos días escribí sobre el Alzheimer. Después pensé que quizá llegue algún día en que no me acuerde de quién fui, ni qué libros escribí, que tuve un blog, que viajé, que reí y cené con amigos. Algún día puedo quedar fascinado ante un joven que me cuente, como una historia interesantísima, una vida que fue la mía.
Después de contar tantas historias, puede que la última que tenga que oír sea la que viví. Creo que la escucharé con mucho interés. Sería terrible pensar que no me interesara. Desgraciadamente, llegaría un momento en que me también ese interés se desvanecería. Habría meses previos en que podría escuchar centenares de veces mi historia sin cansarme, sorprendiéndome siempre.
La cuestión es ¿me resultará creíble mi vida? No me resulta difícil imaginarme pidiendo más detalles sobre tal o cual episodio. También espero un cierto número de añadiduras, de variantes, de imperfectas adiciones. Será la misma vida, pero tocada con un razonable margen de variantes. Algunas de las cuales, sin duda, embellecerán el tema central.
Lo primero que me he encontrado al ir a entrar en la catedral es a varias señoras, todas ellas en la cincuentena, que se han dirigido a mí furiosas.
Resulta que la catedral estaba llena y ya no podían entrar. Entonces ellas se quejaban, bastante enfadadas con un furibundo esto no puede ser.
Al verme a mí, es decir al ver a alguien vestido de cura que entraba, me han parado y me han preguntado: ¿Por qué no podemos entrar? ¿Es que nosotras no somos también Iglesia?
De poco ha servido que les explicara amablemente que toda la catedral estaba llena, llena hasta la girola, y por supuesto en las naves laterales ya no cabía nadie más.
Me he despedido y he seguido mi camino. Una vez dentro, la misa ha transcurrido por sus cauces normales.
Debo reconocer que las pantallas que iluminaban el interior de la catedral, para que las cámaras pudieran filmar bien, eran bastante molestas.
En la comida, como soy perro viejo, me he puesto al lado de los dos curas más graciosos e la diócesis. Podía haberme puesto al lado de otros, pero me apetecía reírme: mis pretensiones no se han visto defraudadas.
Aunque en estos posts me gusta fijarme en lo accidental, diré que al final de la misa me he emocionado un poquito. Este tipo de grandes concelebraciones son para mí algo muy sentimental. Estoy deseando conocer a mi nuevo obispo. Todo el mundo me dice cosas buenas de él.
Cuando hoy regresaba de la parroquia donde he dicho misa, me he sentido mejor: sentía que tenía obispo.
Esta última frase no es apta para diabéticos. Pero ya os he dicho que soy un sentimental.
Conocí durante años, de cerca, la evolución de una persona con el mal de Alzheimer.
Nunca había considerado la posibilidad de que el final de mis días pudiera ser así. Hoy lo he meditado.
La posibilidad de que mis recuerdos vayan cayendo en una niebla donde todo se desdibuja, es sumamente terrible y poética. Quizá sea una de las formas más bellas y más indeseables de ir dejando este mundo.
El irse perdiendo en un laberinto de agujeros mentales. El irse perdiendo no con angustias, sino adentrándose y abandonándose a la apatía de una mente con cada vez más espacios de nada, resulta fascinante desde el punto de la literatura.
La mente como un queso de gruyere. La mente como un paisaje con cada vez menos pasado, con cada vez menos futuro. Una llanura iluminada por un radiante ahora excesivamente incómodo por su vehemencia.
Esto es muy literario, pero lo he visto con mis propios ojos.
Ya que ayer hablé de las medallas, me gustaría decir algo sobre ellas en general.
No nos engañemos una medalla es sólo un trocito de metal con un trozo de tela. Sin embargo, la persona que se la prende sobre el pecho tiende a creerse superior que el resto que no tiene ese trocito de metal clavado a la ropa.
La Historia nos demuestra que normalmente los que ostentan las medallas no son mejores que el resto de los mortales, ni siquiera un poquito.
La costumbre es que los que tienen medallas, se las dan a los que les caen bien. Ése es el gran criterio, aunque como es lógico no conviene que se sepa mucho.
Algunos reciben tantas condecoraciones que les falta pecho. Pero a este tipo de personas, ni una sola de esas medallas les ha hecho mejor.
Como tener tanto trozo de metal colgando de la ropa se hace aburrido, los modistos del honor inventaron las bandas. Las hay de colores muy vistosos. Algunas de ellas acaban con una de esas cosas con flecos que se ponen a las cortinas. También están los collares, que lucen más. Pero el peso de estos si los eslabones son de metal, no está en relación a los méritos de la persona. Aunque hay que ser muy amigo para que te concedan el collar. El collar es sólo para los amigos.
En este tema no puedo menos que elogiar a los soviéticos. Ellos descubrieron que a los seres humanos les gustan esas plaquitas doradas y plateadas, y decidieron hacerles felices. Fueron extremadamente generosos. ¿Por qué no? ¿Es que cuesta tanto hacer feliz a un pobre proletario hijo de proletario? Pues claro que no. Dadles medallas. No seáis tacaños. Que por medallas que no quede.
Me alegro profundamente de que hoy haya sido conocida la noticia de que a Francisco Vázquez la Santa Sede le haya concedido la Gran Cruz y la Banda de Caballero de la Orden Piana.
Tanto él como Bono son un ejemplo de que en este país cabía otro socialismo, un socialismo de no confrontación con la Iglesia. Es más, ellos y otros podrían haber impregnado al socialismo de una nueva ideología, una ideología de contenido cristiano.
Desgraciadamente fue otra la corriente que se hizo con el poder en ese partido.
Hasta aquí este post podía haber sido bastante aburrido, previsible y prescindible. Pero hete aquí que aparece Peces Barba pegando tiros como el bajito pelirrojo de los dibujos de Bugs Bunny. Me encanta este hombre. Lejos de mí el criticarle.
No sé si se acordarán de Sam Bigotes, aquel personaje bajito, con un mostacho rojo cuyas puntas le caían hasta los tobillos. Se caracterizaba por un mal humor perenne, colosal, que se desbordaba disparando a dos manos sin ton ni son.
Nuestro querido, entrañable, Sam Peces Barba-Bigotes no es criticable, sólo es risible. Uno se sienta en el sillón y se divierte viéndole pegar tiros y pillar unos enfados monumentales.
La Santa Sede debería concederle alguna medalla a este hombre, para que se anime a hacer comentarios con más frecuencia. Esos comentarios que son la alegría de la huerta.
A este tipo de talibanes del laicismo, a estos robespierre de la amarga sonrisa, el Bugs Bunny eclesial siempre se les escapa. Hablan de libertad, hablan de tolerancia, pero están dispuestos a poner todas las trampas que puedan a la Iglesia desde los puestos ejecutivos, desde la Ley y desde todos los poderes públicos.
Pero sus continuos enfados al ver que el conejo cristiano se les escapa, son el mejor homenaje que nos pueden dar. Y francamente lo que es admirable es ese tesón, esa perseverancia apuntando con la escopeta. Propongo nombrarle Caballero Teutónico de la Orden del Buen Talante.
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Como bien sabéis este blog trata sobre la crisis de los cuarenta. Pero por si fuera poco todo lo que he dicho durante los últimos ochocientos posts, nada me había preparado para la dura realidad del colesterol.
Los cuarenta son mucho más divertidos si además de quitar todas las dichas de la juventud, los dejamos tapizados de ensaladas y yogures descremados.
La dieta mediterránea es la mejor para este asunto. Y la dieta de los países más pobres del Mediterráneo es todavía mejor. Adiós, Mc Donalds. Adiós, Burger King. Con lo que me gustaban las pizzas. En mi último viaje a Polonia, conocí las hamburgesas de Mc Donaldsky. Ahora ya quedan para el recuerdo.
Al final, los hados me han castigado con una dieta puritana. Y si no me porto bien, el médico me amenaza con una dieta calvinista. Lutero, socorro. ¡Enrique, hasta tú llegaste a una edad respetable! Y no te me imagino aburrido dándonle vueltas y más vueltas a la cuchara dentro del yogur desnatado. En fin, sufriré en silencio.
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Hoy me he puesto manos a la obra en la santa tarea de bajar mi colesterol. O mejor dicho, hoy ha sido el día en que he diseñado el plan de ataque. Y cuál ha sido mi sorpresa al descubrir que todo tiene colesterol.
Por curiosidad he mirado hasta en la un lata de aceitunas, y hasta las olivas tenían grasas. ¿Quién se podía imaginar que el calamar con que hago mis paellas, ¡tiene colesterol!? Hasta las inofensivas bolsas de gambas congeladas, todo. Todo lo tiene.
Me he preguntado seriamente si había algo en la naturaleza que no lo tuviera. La respuesta es sí. Si me alimento como un conejo, mi colesterol puede que descienda.
He llegado a la conclusión de que el final del ser humano acaba en una larga cuaresma. O mejor dicho, la cuaresma alimenticia comienza a mitad de la vida.
Bueno, no importa. A partir de ahora, como Tanhausser me alimentaré de raíces. Los domingos quizá coma un tomate.
Pero es que la médico después de ver mi análisis de sangre, me dio un ultimátum como Wellington se lo debió dar a Napoleón. Pero yo voy a luchar en mi Waterloo del colesterol con todas las armas de las que dispongo.
Os aseguro que voy a vender cara mi vida. Y tú que me lees, seas laico o cura, monja o cardenal, que sepas que también a ti te llegará tu San Martín.
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Me gustaría reiterar que nosotros, los clérigos, no estamos con ningún partido. Lo que nosotros buscamos está en otra dimensión, está bastante más allá de las pobres aspiraciones de una opción política.
Nosotros buscamos algo que está más allá de esta vida. Buscamos un reino que es espiritual. Que gobiernen unos u otros me es indiferente, mientras ellos no se metan en nuestro campo.
Dejamos la sociedad en manos de los laicos, lo nuestro es otro reino. Pero es evidente que a los políticos les encanta meterse en la sacristía, y si pueden llegar hasta el altar.
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¿Por qué no soy de derechas?
Las derechas en España ya no defienden los valores religiosos. Se limitan a no atacar la religión, pero sin defenderla. Su programa para nada encaja con el programa que debería tener un partido de hombres cristianos. Todo se reduce a una buena gestión de la cosa pública.
¿Por qué no soy de izquierdas?
Porque las izquierdas no defienden a los pobres más de lo que lo hacen las derechas. Todo se reduce a un mero discurso político. Sin embargo, las izquierdas sí que atacan a la religión.
¿Por qué no soy de los verdes?
Los partidos verdes son partidos de izquierdas (y por tanto antireligiosos) con ideas bastante peregrinas acerca de cómo gobernar un país. Bastante peregrinas, sí.
¿Por qué no soy nacionalista?
Creo que lo mejor es favorecer todo lo que une, y rehuir todo lo que desune.
¿Por qué no soy de extrema derecha?
El discurso extremo, las medidas radicales que no provienen de la razón, nunca son la solución.
Conclusión: Nosotros los clérigos no debemos inmiscuirnos en cuestiones seculares. Pero es que visto lo que hay en casi todos los países, tampoco nos da ninguna tentación. Nosotros debemos luchar por valores más altos y eternos, sin involucrarnos en opciones concretas opinables. Criticamos a cualquiera cuando creemos que debemos hacerlo, sin estar con ninguno. No somos de nadie, ni estamos contra nadie.
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Puede que los posts tan pesimistas de los días pasados se deban a que tenía mi ordenador en el taller de reparación. Puede que mi pesimismo se deba a que el informático me aseguró que en el mismo día tendría mi ordenador formateado y ha tardado más de dos días en hacerlo. Y que cuando me lo devolvió no funcionaba un ratón y tuve que desconectar los veinte cables que laboriosamente había conectado un cuarto de hora antes. Y después que lo subí, vi que no había puesto el programa de conexión a Internet. Y después descubrí que tampoco me había puesto Word.
Por si fuera poco se me ha caído un bote de cristal con aceitunas. Se ha roto. El suelo era un caos, un caos de cristalitos agresivos y aceitunas pacíficas.
Por si fuera poco, la médico me dijo que ha comunicado que tengo el colesterol alto. Hasta la tostadora parece que se ha rebelado. Bueno, no pasa nada. Mañana será otro día. Pero si no lo es, os espera otro post sobre más virus.
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El que ayer me entrara ese virus en mi ordenador me ha hecho reflexionar sobre algunas cuestiones. ¿Qué sucedería si alguien inventara una nueva generación de virus que no sólo se saltase todos los sistemas de seguridad, sino que además se viera difícil con la tecnología existente poder poner coto a corto plazo a ese nuevo tipo de virus?
Es decir, ¿qué sucedería si alguien lograra hacer caer toda la Red? ¿Qué sucedería si toda la Red se infectase? ¿Y si no se viera salida a esa situación de infección global en uno o dos meses?
¿Qué pasaría si para un nuevo tipo de programas fuera posible descubrir cualquier tipo de contraseña con toda facilidad? ¿Qué pasaría si se fuera extendiendo por todas partes un programa que permitiera a todos hacer saltar las contraseñas de bancos y correo electrónico?
Lo mismo sucede en el campo biológico. Nada impide que mañana surja un virus que se contagie por el aire, como la gripe, pero que sus efectos sean como el SIDA.
Nada impide que la próxima gripe se contagiara como las demás, pero en vez de fiebre y malestar, produjese hemorragias internas.
Sólo la mano de Dios nos protege contra amenazas que ahora ni siquiera imaginamos. Quizá estamos tan tranquilos y el próximo año surgirá algo, que hará que todos nuestros problemas actuales nos parezcan un juego de niños.
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Ayer me entró un virus en mi ordenador y no pude escribir mi post. Era un virus muy malo, malo de verdad. Uno de esos bacilos que en mi disco duro hizo lo que Ciudadano Kane cuando se enfada y rompe todo lo que hay en su dormitorio.
No debéis temer por mis libros y archivos, porque como José ya había preparado mis pequeños hórreos a buen recaudo por si venían las vacas flacas.
Hoy por la tarde estaba haciendo mi rato de oración mental en la catedral, ya estaba a punto de acabar, cuando ha ocurrido algo grandioso: un organista se ha puesto a ensayar la tocata y fuga en re menor de Bach.
Había escuchado de mil maneras distintas la que considero el pináculo de toda la música universal. Pero nunca la había escuchado fragmentada, repetida, dividida en un ensayo. Ha sido toda una experiencia.
Escuchar los intentos del intérprete por alcanzar la perfección en la ejecución en una armonía concreta, era algo formidable. Pues se veía obligado a seccionar partes de la pieza y podía, por fin, distinguir elementos de en medio de la selva que de otra forma nunca hubiera podido apreciar.
Ha sido algo maravilloso. Sí, Bach roza lo absoluto en esa obra.
Durante los primeros minutos de la Vigilia Pascual estaba inmerso en mis ritos y rúbricas y ceremonias, y de pronto sentí como si mi ángel de la guarda exclamara en mi interior: ¡Qué Jesús está aquí!
Desde ese momento, la misa cambió para mí. Jesús, el Jesús que celebrábamos, el Jesús que yo mencionaba, estaba realmente allí, viéndolo todo, participando con nosotros, sonriéndonos, feliz de estar con nosotros.
El sermón comenzó con el aviso de que no apagara nadie el cirio pascual inclinándolo para soplar: la cera caería sobre su cabeza. Este comienzo, verdaderamente único en todos los sermones pascuales de la Iglesia Católica, estoy seguro de que nunca nadie ha dado principio así a la homilía pascual, fue el arranque de un sermón que sin duda es el más sentido y profundo que he dicho en todas las vigilias pascuales que he celebrado en mis catorce años de sacerdote. Disfruté de la Vigilia como nunca.
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Reconozco que cuando hace unas semanas me comunicaron que me necesitaban para celebrar la Semana Santa en un pueblecito pequeño, me dio un poco de pena. Tenía la ilusión de que todos los pueblos estuvieran suplidos, y yo pudiera celebrar la semana más santa en la catedral o en algún monasterio.
Un pueblo de trescientos habitantes, con una asistencia de veinte fieles, ciertamente no era el Vaticano.
Pero hoy, desde el momento en que hemos encendido la fogata delante de la iglesia, estaba lleno de felicidad espiritual. No he echado de menos nada. No he envidiado ningún lugar. Estoy seguro de que no hubiera logrado más frutos espirituales, ni más concentración en los ritos, en ningún otro sitio del mundo; en ninguno.
Por alguna razón he sentido durante toda la ceremonia la alegría de la Resurrección de Jesús.
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Viernes Santo, día de penitencia y oración. Las horas de este día han pasado leyendo la Biblia, concretamente el libro de Números, leyendo un libro sobre la vida de Jesús, y estando ante el monumento, en la catedral por la mañana, y en el pueblo por la tarde.
Por la mañana bendije un pan y una gran jarra de agua. Me propuse comer todo el día aquel pan y beber sólo de aquella jarra. Lo del agua lo cumplí, pero a las tres de la tarde mejor opté por hacer el ayuno eclesiástico. Es decir, que al mediodía hice una comida normal.
Fue lo mejor, porque la procesión de la tarde fue muy larga y a 6º de temperatura. Incluso nevó diez minutos a las seis de la tarde, cuando llegué a la iglesia. La capa pluvial a penas me protegió del frío, menos mal que llevaba guantes. Todo el mundo iba con abrigo y con cara de frío.
Espero que hoy me haya sumergido un poco más en el misterio de Cristo.
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Hoy celebraré la Última Cena en la parroquia de Valverde, en la diócesis de Alcalá de Henares. Será, de verdad, ESTAR en esa cena con los Apóstoles y Jesús.
Con la imaginación me imaginaré a Jesús delante de la mesa, a los Apóstoles alrededor del altar. A los fieles que allí se congreguen, por lo que me han dicho unos veinte, les diré lo que Jesús les diría si tuviera esa cena con ellos.
Después, arrodillado delante del monumento, trataré de imaginar los momentos posteriores a la Cena. Oraré con él, como oraron los Apóstoles.
Mañana el oficio de Viernes Santo será como estar delante de la Cruz. ESTAREMOS delante de la Cruz.
Si acompañamos a Jesús, estos días serán verdaderamente días en que nos purificaremos, en que comprenderemos mejor el mensaje que nos trajo.
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Sé que no tiene nada que ver con la Semana Santa, pero no quiero dejar de hablar de una película que me parece una de las mejores de toda la historia del cine: Sleepy Hollow.
Todavía me acuerdo cuando la vi por primera vez, me defraudó. Me pareció que la película no tenía una historia que contar, que el guión era una mera historia enmarañada como excusa para llenar sus 105 minutos.
Necesité tiempo, bastante, para entender que el centro de la película no era la trama, sino el pueblecito holandés de finales del siglo XVIII. La película era el pueblo y sus gentes, su entorno, sus miedos, no la historia.
Necesité más tiempo todavía para entender que la historia simplona que no me gustó, no era una historia tan simplona. Por el contrario fui comprendiendo que era una gran historia.
Después estaba la música. La banda sonora de Danny Elfman es, no me importa repetirme, una de las mejores de la historia. En realidad, todo en la película es soberbio. Está cuidada hasta en sus más mínimos detalles. Yo la considero, sin lugar a dudas, la mejor película de Tim Burton, y con diferencia.
Ya que es Semana Santa, mañana os hablaré de algún tema cuaresmal. No penséis que me voy a pasar toda la Semana Santa hablando de King Kong y el Planeta de los Simios.
Hoy me he sentido como este pollo al protagonizar una anécdota que cada vez que la recuerdo no paro de reir.
Hemos tenido la misa crismal en mi diócesis. Todos los sacerdotes nos hemos reunido, nos hemos saludado y comido juntos. Al salir de la catedral, ha ocurrido el hecho que ahora mismo cuando escribo este post, insisto, no puedo evitar el reírme en sentido literal.
Un cierto número de compañeros de la diócesis leen este blog. Al encontrarme con cierto sacerdote le he recordado el post que le gusta tanto sobre la diócesis como un tablero de ajedrez en el que todos somos piezas.
Entonces ha llegado otro sacerdote ya retirado con el que me llevo muy bien. Y se me ha ocurrido decir si se acordaban del post del ajedrez. Y refiriéndome a la caja de las piezas retiradas, es decir, la caja donde los soldados del tablero gozan de su retiro, he añadido con alegría y vivacidad: ¡Don Remigio (nombre figurado), usted está ya a punto de ser colocado con la caja!
Insisto, me refería a la caja de las piezas retiradas, es decir, la caja donde los soldados del tablero gozan de su retiro.
Pero mi primera frase, con ellos saludando a los que pasaban al lado, con el ruido, las distracciones y todo eso, no la habían escuchado. Con lo cual don Remigio, el sacerdote jubilado, lo único que ha oído, y eso sí que lo ha oído con claridad, es que le decía: ¡usted está ya a punto de ser colocado con la caja! Y eso con una sonrisa, dándole una palmadita en la espalda y quedándome tan tranquilo.
Después se ha aclarado la cosa en medio de un ataque de risa de todos, y que ahora me vuelve al recordar la escena, graciosa como pocas de las que he vivido en todo este mes.
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