Después de un alegre y entretenido día dedicado a celebrar mi santo, llegó la hora de la cena. Mientras cenaba, se me ocurrió: si pongo la Sexta, seguro que sale ese presentador que se hace llamar Gran Wyoming atacando al Papa.
Hice la prueba y, efectivamente, ahí estaba ese presentador haciendo todo tipo de chistes de pésimo gusto, ofensivos, hirientes. Atribuyendo, además, al Santo Padre unas declaraciones que nunca ha hecho.
Cambié de canal, vi un bonito reportaje sobre un sacerdote ortodoxo en un pequeño pueblo de la gran Rusia. En un momento dado, vi cómo las mujeres del pueblo, al pasar delante de la iglesia, se paraban y se santiguaban tres veces, con toda devoción, con la fe escrita en sus rostros. En el reportaje también aparecía la iglesia rebosante de fieles en la noche de la Vigilia Pascual.
Me acordé de ese pobre hombre llamado Gran Wyoming, un pobre infeliz. Y pensé que ese presentador de televisión sería polvo dentro de un siglo o dos, y los creyentes seguirían honrando a Dios como hemos hecho desde el día después de la Resurrección.
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Jueves, 31 de mayo
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