Una de las necesidades que todos los pontífices de todas las grandes religiones sacerdotales han sentido en el ejercicio de su ministerio, es la de revestirse para entrar en contacto con la Divinidad.
No todos los actos revisten la misma sacralidad. Hay liturgias que sólo tienen lugar una vez al año. Hay liturgias en las que un gran liturgo entra en una estancia en nombre de un centenar de sacerdotes que esperan fuera entre cánticos.
En esas situaciones, la necesidad de revestirse de lo sagrado alcanza a toda la persona. En la Iglesia Católica primero se revistió el cuerpo, después la cabeza, después las manos (con los guantes litúrgicos, las chirothecas) y por último los pies (con el calzado litúrgico, las caligae).
Este gusto innato en el ser humano por los grandes pontificales, no es una traición a la sencillez de Jesús en la Última Cena, sino el desarrollo de las semillas innatas a la misma religión cristiana.
Desde el momento en que Jesús decide crear una Iglesia sacrificial y sacerdotal (así lo afirma claramente una y otra vez la doctrina paulina), desde ese momento no podía ocurrir más que lo ineludible: la creación y desarrollo de una gran liturgia.
Si quiere dejar comentarios, hágalo aquí:
Jueves, 31 de mayo
Padre Fortea
Religión Digital
Juan Fernandez Krohn
José de Segovia Barrón
Alejandro Córdoba
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Pedro Tarquis
Juan Jáuregui Castelo