Leía hace dos días en el ABC unas declaraciones del secretario general de Apostolado Seglar de Madrid. Una de las cosas que afirmaba en la entrevista era que el laicado puede aportar una experiencia real de vida.
Puedo admitir que los laicos sean más santos que nosotros, los clérigos, más trabajadores, más diligentes, más prolíficos, más guapos, más perspicaces, más valientes y hasta que estén dotados de una cierta bondad natural: la honrada y sana bondad del laico. Pero lo que no puedo admitir que es ahora vengan los laicos a aportar una experiencia real de vida.
Son los párrocos, los pobres, olvidados y denostados párrocos, los que sostienen las parroquias. Ellos son los que promueven las rifas de roscones para sacar fondos y los que hablan con las catequistas, los que llaman al electricista y los que llevan las cuentas de la parroquia.
Por supuesto que los párrocos, después de llevar toda una vida el peso de una asamblea de fieles sobre sus hombros, están dispuestos a recibir con una sonrisa y a escuchar al laico que viene a darles una visión realista del asunto, por supuesto. Porque esto es así, encima el cura le recibe con una sonrisa y se toma un café con él.
Pero la experiencia me dice que si alguien suele tener una visión de conjunto, práctica y realista de la congregación, es el párroco de cada lugar. Ningún estudio sociológico sobre su rebaño o su barrio o su pueblo, le va a revelar nada que le sirva para hacer mejor su labor.
A pesar de todo lo dicho, el mito de la experiencia real de vida del buen, sano y honrado laico me parece una tradición setentera tan entrañable que debería ser preservada de toda crítica falaz y quién sabe si interesada.
Jueves, 31 de mayo
Padre Fortea
Religión Digital
Juan Fernandez Krohn
José de Segovia Barrón
Alejandro Córdoba
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Pedro Tarquis
Juan Jáuregui Castelo