El tercer día por la mañana, recorrimos el centro de Cracovia y el castillo de Balbeck. Pobres acompañantes míos, les hice andar casi cuatro horas sin que nos sentáramos ni cinco segundos. Y eso en un día típicamente centroeuropeo: frío, niebla espesa, sirimiri continuo en la primera hora de la mañana.
Cracovia es una ciudad magnífica para habitar y pasear. Sus calles estaban llenas edificios nobles y, sobre todo, de vida. Entramos en el mercado cubierto de la plaza mayor, allí vi infinidad de piedras de ámbar traídas del Báltico. Siempre he admirado la belleza el ámbar. Entramos en museos e iglesias, también en la sede central de la Universidad Jageloniana. En ese lugar, al final de la mañana, me tomé un té con sabor a pera.
Ya antes de ir a Polonia, amaba al pueblo polaco. Por alguna razón, uno siente un especial amor por ciertos pueblos. Yo siento más cariño por los polacos, argentinos, judíos, ingleses y norteamericanos.
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Jueves, 31 de mayo
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