Tantas veces he derramado lágrimas viendo reportajes acerca de la persecución de los judíos, y ahora debo reconocer con tristeza que la visita a Auschwitz no produjo en mí el menor sentimiento.
Paseé, intenté imaginar, traté de involucrarme en la tragedia, pero era imposible. Auschwitz-Birkenau era un bosque de chimeneas de ladrillo, los barracones originales ya no existen. Un bosque de chimeneas en una interminable llanura habitada sólo por los cuervos. Después de recorrerlo todo con mirada atenta, con la imaginación tratando de recrear lo que hubo, lo que significó, les dije a mis acompañantes que podíamos marcharnos.
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Puede ser que al contemplar -pasado el tiempo- los escenarios naturales del holocausto, aquello que permanece indeleble en las páginas de la historia de la crueldad humana se perciba como una pesadilla digna de cualquier calificativo innombrable.
Dice aquella frase: '...el tiempo todo lo cura'. Y yo digo que depende. Pasa igual con muchos refranes, que aparte de relativos son contradictorios entre sí.
En mis recuerdos conservo la foto de Benedicto XVI arrodillado en Auschwitz, preguntándo: ¿Dónde estabas, Dios? Percibí en ese instante la angustia de un ser humano inquiriendo aquello que cualquiera de nosotros siente ante tamaña degeneración. Imagino posible incluso un nudo en la garganta del Pontífice al verse in situ cara a cara contra los restos de aquella época.
Jueves, 31 de mayo
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