El tercer día por la mañana, recorrimos el centro de Cracovia y el castillo de Balbeck. Pobres acompañantes míos, les hice andar casi cuatro horas sin que nos sentáramos ni cinco segundos. Y eso en un día típicamente centroeuropeo: frío, niebla espesa, sirimiri continuo en la primera hora de la mañana.
Cracovia es una ciudad magnífica para habitar y pasear. Sus calles estaban llenas edificios nobles y, sobre todo, de vida. Entramos en el mercado cubierto de la plaza mayor, allí vi infinidad de piedras de ámbar traídas del Báltico. Siempre he admirado la belleza el ámbar. Entramos en museos e iglesias, también en la sede central de la Universidad Jageloniana. En ese lugar, al final de la mañana, me tomé un té con sabor a pera.
Ya antes de ir a Polonia, amaba al pueblo polaco. Por alguna razón, uno siente un especial amor por ciertos pueblos. Yo siento más cariño por los polacos, argentinos, judíos, ingleses y norteamericanos.
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Tantas veces he derramado lágrimas viendo reportajes acerca de la persecución de los judíos, y ahora debo reconocer con tristeza que la visita a Auschwitz no produjo en mí el menor sentimiento.
Paseé, intenté imaginar, traté de involucrarme en la tragedia, pero era imposible. Auschwitz-Birkenau era un bosque de chimeneas de ladrillo, los barracones originales ya no existen. Un bosque de chimeneas en una interminable llanura habitada sólo por los cuervos. Después de recorrerlo todo con mirada atenta, con la imaginación tratando de recrear lo que hubo, lo que significó, les dije a mis acompañantes que podíamos marcharnos.
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Jueves, 31 de mayo
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