En la mañana del segundo día, por petición mía, fuimos a ver Auschwitz. La predicación no era hasta las siete de la tarde y disponíamos de todo el día.
Era la segunda vez que visitaba el campo. Esta visita nos ocupó unas cinco horas, porque quise que fuese un recorrido exhaustivo. Además, fuimos a las dos fases de campo, Auschwitz I y Auschwitz-Birkenau, que estaban a diez kilómetros la una de la otra.
Curiosamente, esta visita, por mí tan deseada, no produjo ningún sentimiento en mi interior. Paseé con la frialdad de un historiador que examina un objeto. Creo que eso se debe a que me involucro más en una historia, si veo un reportaje a solas en el salón de mi casa, que si veo paseo al natural por el lugar donde sucedió un hecho histórico.
Cuando veo una foto o una filmación acerca de esa persecución, me impacta porque tengo delante de mí al ser humano que sufrió. En una foto, soy testigo de aquel momento concreto, veo al ser humano, su rostro, su gesto, su sufrimiento.
Pero cuando veo esos barracones de ladrillo en el primer campo y de madera en el segundo, cuando recorrí los pasillos de su interior, los dormitorios comunes, sus lechos, me resultaba muy difícil pensar en otra cosa que en el análisis de los detalles materiales.
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Jueves, 31 de mayo
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