Antes de ayer asistí al funeral de Pablo Domínguez. Dos cardenales, una veintena de mitras, centenares de sacerdotes, una catedral a rebosar, coro impresionante, órgano supremo, ritual cuidado hasta el más mínimo detalle, cabildo de canónigos. Pablo era un sacerdote fantástico, se merecía todo aquello. Tenía la extraña cualidad de caer a todos bien. Hubiera sido un fantástico obispo.
Pero durante todo aquel emotivo funeral, hubo una idea que me venía una y otra vez a la cabeza: los muchos sacerdotes que mueren completamente olvidados.
Sacerdotes que lo dieron todo, exactamente igual que el recordado Pablo, sacerdotes que un día fueron la sensación de la primera o segunda parroquia a la que llegaron, que pusieron todo su corazón en sus predicaciones, que entregaron sus desvelos por el bien de sus fieles, y que mueren solos, sin que nadie llore su enfermedad, ni su agonía, ni su muerte.
El contraste entre ambas realidades me parecía sobrecogedor ante la vista de tantas muestras de sincero cariño.
Cada sacerdote que se apaga en una residencia sacerdotal, cargado de años y sufrimientos, fue un día lejano un sol que llegó a una parroquia, tuvo su grupo de admiradores, su grupo de amigos, hizo excursiones, hizo todo lo que estuvo en su mano con el ardor de la juventud.
Pero el final de nuestra vida nos enseña cómo el afecto de nuestros feligreses es flor de un día que pasa. Si quiere dejar comentarios, hágalo aquí:http://quelugartanbonito.blogspot.com/
Jueves, 31 de mayo
Padre Fortea
Religión Digital
Juan Fernandez Krohn
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Alejandro Córdoba
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Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
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