(Continúa del post anterior)
Así que me levanté. Pero de camino hacia mi Biblia, pensé que para que lo que leyera fuera una señal indudable de que Dios me decía esa cosa, sería necesario que apareciera una palabra en concreto, una palabra muy específica. Pero al ir hacia el Libro, pensé: realmente es muy difícil que aparezca esa palabra donde ponga el dedo.
Me arrodillé, hice una fervorosa y breve oración delante de un icono de Jesús bendiciendo. Abrí la Sagrada Escritura, puse el dedo: ¡y allí estaba justamente esa palabra!
¡No me lo podía creer! Me hubiera conformado con un mensaje de consolación, de amor, de confianza hacia Dios. Pero no, allí estaba exactamente esa palabra tan específica.
Regresé a mi cama y oré con una devoción filial hacia Dios que me hizo derramar lágrimas de gratitud. El sueño llegó en un cuarto de hora. Y ese versículo llenó mi día, en la jornada siguiente. Y espero que llene de gozo y alegría muchos más días.
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Jueves, 31 de mayo
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