Blog del Padre Fortea

Lo que he sacrificado

03.02.09 | 23:18. Archivado en Con clave
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Muchos habéis captado a la perfección el espíritu de esa música que os mostré ayer. No hay una frase que resulte suficiente para definir lo que esa alegre melodía me sugiere y me repite: sencillez limpia, alegría de vivir,

Es una música tan evocadora para mí, tan ingenua. Me transporta a otra época, la de los personajes que aparecen en esas imágenes. Porque esos dos niños tenían mi edad cuando se filmó la película. Yo era un niño como ellos en 1979. Aunque no vi esas escenas de los niños, hasta 2009, cuando esos niños ya no existían como tales. Si en su momento hubiera visto esa película, hubiera producido en mí unos determinados sentimientos, bastante predecibles por otra parte. Pero ahora, en los 40, me produce sólo el efecto de las Coplas de Manrique: un efecto dulzón, nostálgico.

Al mismo tiempo, esa música me muestra la alegre vitalidad de unas vidas que comienzan, me muestran la fatalidad humana, lo abocados que estamos a atravesar el umbral del ecuador de la vida, lo abocados que estamos a contemplar la desaparición de ese mundo del 1979, ese mundo en el que teníamos once años.

La entusiasmante alegría de la niñez que se convierte en juventud, la esperanza de un futuro todavía mejor, las ilusiones y sobre todo el amor.

Una música ligera, sin cargas, pizpireta, una melodía pseudo-jazzística con lejanos tintes barrocos, como admirablemente ha dicho uno de los comentaristas. Aunque todo este post está compuesto de retazos de comentarios.

Pero sobre todo la música me recuerda la belleza del amor humano que no conocí.

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