Ya he vuelto de mi viaje. He conocido el Londres más novelesco, el de la lluvia todo el día, el de la oscuridad a las cuatro de la tarde, el de las bufandas, los guantes y el gorro incluso al mediodía.
Sin embargo, el Londres humano que he conocido ha sido el latino, el de acento peruano, colombiano y ecuatoriano. El acento dulce de seres humanos nacidos bajo el sol y que ahora habitan tierras frías, lejanas, con gentes que hablan un idioma escurridizo traído por lejanos sajones.
También yo traigo recuerdos de un Parlamento junto al agua inmóvil del colosal Támesis, bajo el agua de una lluvia fría azotada por el viento. Recuerdos del cálido metro siempre atestado de todas las razas del mundo. Y sobre todo, ante todo, de la sala de reproducciones del Museo Albert & Victoria. Esa sala requiere de por sí un post. Para mí tiene un valor casi sentimental.
Me hizo gracia el que mis acompañantes me dieron el nombre en clave de Lamponciño. Habría que preguntarles qué extraños mecanismos mentales les llevaron a llamarme así.
Jueves, 31 de mayo
Padre Fortea
Religión Digital
Juan Fernandez Krohn
José de Segovia Barrón
Alejandro Córdoba
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Pedro Tarquis
Juan Jáuregui Castelo