Regreso al hogar, a los paisajes habituales. Dejó atrás playas de arenas blancas con mares de color turquesa, filas de gente sonriente con su libro en la mano para ser firmado, grupos que esperan una conferencia, la amabilísima familia con la que me hospedé, estrechones de manos con quien te dice que ha leído tu libro.
Es curioso, uno nace en un punto del planeta y la vida (la lotería de la vida) hace que nos emparentemos con otro lugar del planeta. México es uno de esos sitios al que me unen infinidad de lazos invisibles.
Cuando me encuentro con un lector, tengo la sensación (lo digo muy en serio) de que entre nosotros existe un vínculo. También cuando me encuentro con lectores de este blog. Existen personas en la escalera en la que vivo a las que conozco sólo de cara y sin posibilidad de ir más allá.
Mientras que con otros seres humanos es como si hubiera compartido mi vida, mis recuerdos, mis más profundas inquietudes teológicas. Como si hubiéramos recorrido ya un largo camino juntos.
Me estrechan la mano, son amigos desconocidos. Nos unieron los libros. Hemos conversado: ellos en silencio, escuchándome; yo hablando desde mis páginas, sin oírles. Pero mis libros fueron escritos para ellos. Ellos estaban en mi mente cuando tracé cada palabra, cada descripción, cada concepto.
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¿de qué vas vestido Fortea? ¿Con alba o es un pijama blanco?
Bienvenido a casa.
Escribir es darse a los demás, bueno, en primera instancia.
Leer es ponerse a salvo en el escritor, tambien en primera instancia.
El cara a cara rechina. Los rostros se escrutan. Son barrera.
¡Qué extraño y misterioso es todo ésto!
Jueves, 31 de mayo
Padre Fortea
Religión Digital
Juan Fernandez Krohn
José de Segovia Barrón
Alejandro Córdoba
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Pedro Tarquis
Juan Jáuregui Castelo