Cena de los compañeros de curso de secundaria, todos con cuarenta años cumplidos en este año.
Hoy lo pensaba por la tarde: aquel pequeño mundo que era el curso al que yo pertenecí, qué lejos quedaba.
Bien claro tenía que ya no existía, pero en aquella noche me di cuenta hasta qué punto había quedado atrás.
Aquel curso era un pequeño mundo, cada uno con sus ilusiones, cada uno con su psicología, cada uno con sus pequeñas virtudes y sus juveniles defectos. Cuántas risas entre nosotros, cuántas bromas, cuántas horas pasadas juntos.
Al día siguiente de la cena me dediqué a pasear de arriba abajo por todo Barbastro. Regresé a los escolapios, otra vez recorrí sus pasillos, entré en sus aulas, en su iglesia, en su salón de actos. Todo parecía más pequeño. De niño todo era más grande. También llamé a la puerta de las Monjas del Amparo, donde pasé los años del parvulario.
Cuanta nostalgia, cuanto ejercicio del recuerdo.
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Yo que tú cambiaba la foto del blog (un tanto tétrica), por esta otra.
Más que recordar es revivir. Lo peor de todo es eso que dice: de mayor, los pueblos, los paisajes, las casas, las eras, parecen más pequeños. Esa impresión es decepcionante.
Jueves, 31 de mayo
Padre Fortea
Religión Digital
Juan Fernandez Krohn
José de Segovia Barrón
Alejandro Córdoba
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Pedro Tarquis
Juan Jáuregui Castelo