De Roma lo que más me gustan no son sus grandes basílicas, ni sus cuatro columnas viejas a las que llaman foros, ni sus artificiosas fuentes que me recuerdan a las fallas de Valencia. No, no, nada de todo eso. A mí lo que me gusta de verdad de Roma son sus callejuelas. Callejuelas estrechas, sucias, marcadas con las mil cicatrices del tiempo, encantadoras, evocadoras. Callejuelas que se retuercen, que suben, que se bifurcan, que nos sorprenden en sus paredes desconchadas, en sus piedras milenarias mal encajadas entre el yeso pintado de amarillo de una tienda pequeña de moda. Eso es lo que las hace únicas a esas calles, su caos, su desidia, una magistral desorganización estética que las hace formidablemente espontáneas.
En las viejas iglesias del centro, ese monumental talento para la desorganización es lo que hace que me gusten también. Uno entra en esos templos oscuros, barrocos, viejos, y descubres el encanto de la no racionalización, el encanto de dejar que se acumulen las cosas durante siglos, unas cosas encima de las otras, así hasta que se cubren todas las paredes. Nada más entrar en cualquiera de esos espacios, te das de bruces con un cosmos que no es nada germánico, nada anglosajón, sino la expresión del más puro carácter romano.
Jueves, 31 de mayo
Padre Fortea
Religión Digital
Juan Fernandez Krohn
José de Segovia Barrón
Alejandro Córdoba
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Pedro Tarquis
Juan Jáuregui Castelo