A Dios le gusta la verdad, no se complace en el error. Es lógico que un único Dios funde una única religión. Es razonable que la Verdad Suprema disponga que sobre la tierra exista una única fuente de la verdad plena.
Sin embargo, también Dios es loado por los otros. Es decir, por los que no son de este rebaño, de esta familia espiritual, de este Arca de la Nueva Alianza.
Y así la expresión de Dios mismo no ha quedado reducida a su Santa Iglesia. En cierto modo, cada religión, cada confesión cristiana, nos expresa el concepto de Dios bajo una espiritualidad distinta, a través de una estética diversa, con una óptica que aporta algo a todos.
Y así me gustan las pequeñas iglesias protestantes de paredes blancas de madera, en medio de una pradera.
Me gusta la sencillez de los cuáqueros y los amish reunidos para cantar y orar, rodeados de madera y simplicidad, con sus sombreros de paja colgados de las hileras de perchas de la pared.
Me gusta la suavidad y hospitalidad que desprenden las palabras salidas de la boca de los sufíes.
Me gusta ver como todo un cosmos musulmán gira alrededor de la Piedra Negra en la Meca, con un giro que sin duda honra al Padre de todos los hombres.
Me entusiasman los monasterios zen: su orden, su limpieza, su pulcritud, su búsqueda de la Verdad.
Me fascina el intrincado mundo espiritual que se construyó en el Tibet: enredado, complicado, pero sublime.
Me gustan las grandes ceremonias anglicanas con toda su ceremonia y su pompa anglosajona.
Me resultaría tan fácil orar en una pequeña iglesia ortodoxa iluminada sólo por las velas.
Disfruto viendo a los hasidim danzando con sus rarísimos trajes cuya simbología desconozco.
Se eleva mi espíritu ante la fotografía de un anciano rabino de venerable barba leyendo y reflexionando la Palabra de Dios en la que no osa mentar el nombre de su Autor.
Sin embargo, detesto los falsos ídolos hindúes, las ceremonias animistas africanas o las horribles ceremonias indias aztecas o mayas honrando unos dioses horribles, falsos y feos. La corrupción de la religión es aborrecible. Muchas de sus ceremonias no sólo no tienen nada de bello, sino que resultan repugnantes. Me gusta el culto a Dios en cualquiera de sus variantes, pero abomino la acumulación de supersticiones.
Conclusión: Bueno, la conclusión la ha dejado Él en nuestras manos.
Jueves, 31 de mayo
Padre Fortea
Religión Digital
Juan Fernandez Krohn
José de Segovia Barrón
Alejandro Córdoba
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Pedro Tarquis
Juan Jáuregui Castelo