Hoy jugando al ajedrez, hacia el final de la partida, cuando mi caballería iba haciendo la vida imposible al fiero monarca adversario, me he dado cuenta de que cuando uno comienza una batalla ajedrecística, las posibilidades de movimientos se cuentan por millones.
Pero hacia el final, cuando las fichas son pocas, esas posibilidades se reducen a millares. Y cuando quedan ya unas siete vivas sobre el tablero, las posibilidades no pasan de unas centenares. Y los movimientos realmente razonables a menudo no llegan ni a una docena.
Pieza a pieza se alcanza un escenario en que sólo hay una o dos posibilidades que merezcan la pena. Y así se llega a un momento desesperado en que el oponente comprende que no puede ya hacer ni un solo movimiento conducente a la victoria.
Los paralelismos con la vida humana son evidentes. Al principio, todo es posible: ¿será el niño un príncipe que gane un reino, prior santo que rija una poderoso abadía, constructor de catedrales? En el tramo postrero de la vida, ya sólo queda una jugada posible: seguir manteniendo con vida a la única ficha que va escapando por el tablero. Pero ya se sabe que no hay posibilidad de ganar. Uno se contenta con seguir escapando. Ya no hay infinitas posibilidades. Cada ficha que cayó por el camino, se llevó consigo millones de posibles jugadas.
Jueves, 24 de julio
Padre Fortea
Ana Bou
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Ricardo Próspero Morales
José María Rodanés Martínez
ADIÓS AYER
Daniel Salsamendi
Rodrigo del Pozo Fernández
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Francisco Margallo
Obispos españoles
Manuel Mandianes
Jordi Llisterri i Boix
Jaime Vázquez Allegue