Blog del Padre Fortea

Honrar a Dios como nación

23.01.17 | 19:00. Archivado en Con clave


Me gustó mucho y vi con el rabillo del ojo, mientras trabajaba, la ceremonia religiosa a la que asistió el presidente Trump el primer día de su presidencia. Una ceremonia en la esplendorosa e impresionante Catedral Nacional. La foto es de esa ceremonia. 27 confesiones religiosas oraron por el Presidente. La catedral es episcopaliana, pero allí estaba en primera fila el cardenal de Washington DC, como se ve en la foto.

Muchas naciones deberían aprender de Estados Unidos. Es tradición que el Presidente-electo y su familia, la mañana que va a asumir el cargo, asista a un oficio religioso en una iglesia. Se trata de un acto familiar, privado, sin cámaras. Sólo se graba su ingreso y salida. De allí va al Capitolio a jurar su cargo. Y al día siguiente, ya Presidente, asiste a un servicio religioso interconfesional en la catedral. Un servicio grandioso, público, que tiene carácter de acto de Estado. Estados Unidos (aun tan secularizado) sigue siendo un gran país del que tenemos mucho que aprender.


El juez como guardián de las leyes, como protector frente a los dragones (tiranos)

22.01.17 | 19:00. Archivado en Con clave


El tema de los espacios en blanco en las reglas del juego me parece un tema apasionante, cuando ese juego es ni más ni menos que el Poder sobre toda una nación. La maquinaria suele funcionar bien en los países con democracias consolidadas. Pero si algo nos ha enseñado la Historia es que, por muy sólida que parezca una democracia, por muy firme que parezca un Estado de Derecho, los individuos se vuelven como hombres ebrios cuando lo que está en juego es el poder supremo.
¿Qué no está dispuesto a hacer un individuo por no dejar que la Ley arranque de su mano el cetro? ¿Qué límites está dispuesto a traspasar para aferrar con fuerza ese cetro? No hay democracia lo suficientemente fuerte para no temer la embestida de un Poder Ejecutivo ampliamente respaldado por el Pueblo.

Cuando un príncipe tiene a casi todo el Pueblo detrás de él, atravesará barreras, pasará por encima de jueces, encarcelará a inocentes, ignorará sentencias y, finalmente, quebrantará para siempre y de forma irreversible el orden de la nación. Es entonces cuando surgen los monstruos. 


Las reglas del juego siempre deben estar claras. Las reglas del juego no pueden tener espacios en blanco.

21.01.17 | 22:02. Archivado en Con clave


En uno de mis paseos con un amigo jurista, planteé una cuestión constitucional. Imaginemos la siguiente situación: el Senado de Estados Unidos va a votar el impeachment del Presidente de esa nación sin ninguna transgresión de la Ley por parte de él. El mismo Senado reconoce que la votación se va a producir porque considera que el Presidente no porque haya cometido algún delito, sino porque no ejecuta adecuadamente sus funciones. El asunto se lleva al Tribunal Supremo, y sus jueces determinan que no se puede llevar a cabo el impeachment si no hay algún tipo de delito por pequeño que sea.
Entonces el Senado responde: muy bien, ustedes dicten lo que deseen, nosotros vamos a seguir adelante con el impeachment. Ustedes pueden sentenciar lo que quieran dado que no tienen poder coercitivo para llevar a cabo sus sentencias.
¿Qué sucedería en una situación en la que el Presidente está removido de su cargo, el Tribunal Supremo ha determinado que esa remoción es inconstitucional, y el Vicepresidente ha asumido el poder y no va a hacer cumplir la sentencia de los jueces?
Concluimos que, en una situación así, la sentencia de los jueces por justa que sea no tendría que quién la hiciera cumplir. La misma autoridad que tendría que hacerla cumplir, el Poder Ejecutivo, de hacerlo perdería su propia autoridad. Con lo cual quedaría si no hay voluntad de ello, la sentencia quedaría sin efecto.

En mi opinión, el único poder de la nación capaz de hacer cumplir el ordenamiento constitucional (si así lo dictaminara el Tribunal Supremo) sería el Ejército. En ese momento, el Ejército sería el único poder con capacidad para erigirse en guardián del orden constitucional. Aunque la Constitución de Estados Unidos no le reconoce ningún papel en ese campo, de hecho sería el único poder capaz de hacerlo.


Una norma que suele faltar en casi todas las constituciones

20.01.17 | 23:31. Archivado en Con clave


Estados Unidos tiene una provisión en sus leyes muy sabia que poquísimos países tienen: una clarísima lista de sucesión presidencial. Si hubiera un atentado terrorista masivo, por ejemplo, el día de la inauguración presidencial en el que murieran casi todos los integrantes de los poderes públicos allí presentes, hay once cargos que asumirían plenamente la presidencia de la nación por orden de precedencia.
-Vicepresidente-Presidente del Congreso-Presidente pro tempore del Senado-Secretario de Estado-Secretario del Tesoro-Secretario de Defensa-Fiscal General-Secretario del Interior-Secretario de Agricultura-Secretario de Comercio-etc, etc
No sólo eso. Durante esta inauguración, cincuenta miembros de las secretarías no están presentes por si pasara algo. Cincuenta miembros que pudieran dirigir el Gobierno en todos sus niveles y departamentos. Y, además, hay un superviviente designado (uno de esos once miembros) que no sólo no puede asistir a la ceremonia, sino que tiene que estar en un lugar protegido y vigilado. Para que si hubiera un atentado, de inmediato pudiera asumir la presidencia de la nación.
La posibilidad de un gran atentado es una posibilidad real. Más naciones deberían copiar esta sabia medida. No sólo eso. Las constituciones deberían proveer una medida para llenar el vacío de dirección en caso de ausencia de todos los poderes. ¿Qué sucede si no queda nadie de una larga lista de sucesión? No hay que dejar nada a la improvisación en un tema tan delicado.

Tras un atentado terrorista masivo, no es momento para celebrar unas elecciones. Hay que dejar tiempo para que las cosas se calmen y la población pueda votar con serenidad. Mientras tanto, no puede haber un vacío de poder cuando más falta hace una dirección.

Post Data: Veis cómo no es tan difícil no hablar de Amoris Laetitia. Si uno se esfuerza, se puede.


Todo, al final, se reduce a una cosa

19.01.17 | 22:49. Archivado en Con clave


Hoy, por supuesto, iba a hablar de cualquier cosa menos de Amoris Laetitia. Pero todos sabemos que hay algo de adictivo en esa exhortación; exhortación, ¡no encíclica! Vuestros comentarios, os lo digo con toda sinceridad, me han resultado muy valiosos. Me han ayudado en la meditación de un texto que sin comentarios de unos y de otros hubiera quedado más desnudo. Gracias, Gansito, por tu comentario.
Como cierto comentarista ha señalado, veo tan clara la sobrenaturalidad de la Iglesia, la acción del Espíritu Santo en ella, que por eso acepto de todo corazón lo que en sus ejercicios, san Ignacio de Loyola nos enseñó en sus reglas para sentir con la Iglesia, la decimotercera dice así.
Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia Jerárquica así lo determina, creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Espíritu y señor nuestro, que dio los diez Mandamientos, es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia.
Con la transcripción de esta regla, de ningún modo, pretendo zanjar una discusión que resulta enriquecedora para todos, cuando se realiza con el respeto que la mayoría habéis mostrado.
En este último post, creo, sobre el tema (por un tiempo) quisiera decir que fruto de esa sobrenaturalidad del misterio de la Iglesia, los sacerdotes deberíamos ser mucho mejores de que somos. Y los obispos deberían ser los más santos, prudentes y sabios de entre los mejores sacerdotes. Los cardenales tendrían que ser la flor y nata del clero. Y el Papa? para esa función sobrehumana debería escogerse al mejor de los mejores: al más santificado por el Espíritu Santo, al obispo más sabio que se pudiera encontrar, al pastor más prudente que pudiera hallarse.

Y que nadie me diga que eso es imposible, porque ciertamente entre los más de 400.000 presbíteros de la Santa Iglesia Católica alguno debe ser el mejor. En mi libro Colegio de Pontífices intenté dar mis razones acerca de la conveniencia de cambiar el criterio por el que el Santo Padre escoge a los príncipes de la Iglesia.
Al final, no nos engañemos, todo se reduce a eso. Todos los problemas del clero se reducen a una sola cosa: la necesidad de reformar la jerarquía en base a la santidad.


Los comentaristas como parte integrante del blog. El blog como diálogo. El mismo Magisterio papal como resultado del diálogo y causa de diálogo.

18.01.17 | 23:25. Archivado en Con clave


Primero de todo, fe de erratas: perdón por mi lapsus, todo el rato hablaba yo de encíclica, cuando Amoris Laetitia es una exhortación apostólica. Pero quizá este error no deje de tener un propósito divino, pues ha permitido que Alejandro me recordase que una exhortación apostólica tiene un grado de importancia magisterial menor que la encíclica. Si a eso añadimos que una exhortación, en principio, no trata de definir la fe de la Iglesia, no deja de ser un error interesante que me ha permitido caer en la cuenta del hecho de que se trata de un documento de rango inferior.
La cuestión del rango no zanja la cuestión, pues, al fin y al cabo, magisterio es. Pero tampoco resulta intrascendente recordar que el mismo Papa no ha querido darle el rango de una encíclica. Es un dato que no resulta intrascendente, pero quizá no sea relevante para la discusión teológica. Me gustará escuchar las opiniones que queráis dar sobre este mínimo punto.
Por supuesto que escucharé a quien tenga que dar una opinión de algún valor. Los comentarios de algunos (que ni siquiera me molesto en borrarlos) ciertamente carecen de cualquier valor: son meros puñetazos. Algunos comentarios sólo tienen la función de desprestigiar al autor que los escribió. Tomados así, aun sin valor, no dejan de carecer de alguna función.
No voy a mencionar todos los buenos y hasta magníficos comentaristas que ha tenido mi último post. (Incluso el buen humor ocupa su digno lugar entre los comentarios.) No pocos han aportado elementos muy dignos de ser tenidos en cuenta. Leer a Alfonso siempre es un placer. Estoy de acuerdo con él: algunos, por amor a la Eucaristía, golpean al prójimo en la lengua. Me gustaría que mi blog fuera (a veces, cuando el tema es serio) un lugar de discusión para gente que piensa. Pero los guardianes de la galaxia pueden quedarse. Nos viene bien recordar que también ellos están allí como Buzz Lightyear.
Quiero decirle a Margarida que, por favor, nos escriba en portugués: sus palabras han sido sabias. Le pido disculpas por el comentarista anónimo que le faltó a la caridad. Este blog lo leen algunas personas en Brasil. Que sepan que, como siempre, está abierto a sus comentarios en su melodiosa y dulce lengua.
Debo llamar la atención sobre un punto que mencionó Alejandro: y es que la teología ha dedicado apenas ningún espacio a recapacitar acerca de la posibilidad de un magisterio pontificio ordinario falible. Resulta llamativo que en veinte siglos no se haya dado ningún caso. Los dos casos más dignos de estudio no constituyen una excepción. Sea dicho de paso, tampoco hemos tenido en veinte siglos ni un caso de Papa demente al final de su vida.
Quizá un magisterio pontificio ordinario falible sea posible, pero quizá Dios vele para que nunca se dé. Quizá un Papa demente en su vejez sea posible, pero quizá Dios intervenga para que nunca suceda.

Seguiré pidiendo luces al Señor. Aunque me conformo con, al menos, no hacer errar a otros. Hay cosas de difícil armonización entre el magisterio moral de Juan Pablo II y las exhortaciones pastorales del Papa Francisco. Eso estimula nuestra inteligencia. Hay cosas que no sé muy bien cómo casarlas, pero mi intuición (mi pobre intuición) me dice que la dirección del Papa Francisco es un deseo de Nuestro Señor Jesucristo. Pero necesito tiempo. Yo creo que todos necesitamos tiempo y ánimo sereno. 
El tiempo impondrá una síntesis perfecta de un modo paternal, paulatino, sin vencedores ni vencidos. Soy optimista. Detrás del tiempo estará Dios.


Sobre los obispos de Malta y Gozo

17.01.17 | 23:49. Archivado en Con clave


Sobre el tema de Amoris Laetitia está la postura de los ?opositores tradicionales?, piensan que el Papa morirá, otro le sucederá y las cosas volverán a su cauce. Piensan que como el Papa no ha dicho nada ex cathedra y en su magisterio no hay ninguna proposición insalvable, todo se podrá reconducir.
No soy muy crítico con estos opositores, pues su postura se basa en una verdadera lógica: verdadera pero no completa. Justo es reconocer que ellos no defienden esta postura por maldad, ni por terquedad, sino en la convicción de que no hay otra posibilidad para ser consecuentes con el magisterio precedente.
Pero defender esta postura tiene sus complicaciones teológicas. Pues supondría que hay encíclicas que aceptamos y otras que no las aceptamos. Supondría defender que hay un magisterio papal al que hay que estar abierto y otro magisterio papal al que hay que cerrarse. No admitiríamos un magisterio papal por razón de otro magisterio papal.
Realmente, en el devenir teológico es difícil hacer como que no hubiera existido Amoris Laetitia porque, nos guste o no nos guste, existe: existe en presente. El magisterio de todas las épocas existe en presente. La voz de Pedro como maestro una vez que ha sido proferida como el maestro que es no puede dejar de existir. Eso vale para la encíclica presente, pero también para las precedentes.
Por eso, la postura teológica más correcta es la compenetración de todos los magisterios papales, los cuales conforman un único magisterio, un único río que fluye y que se enriquece con nuevas aportaciones. Aportaciones que nunca serán contradictorias, aunque puedan parecerlo.
Soy muy consciente de las complejidades de compatibilizar ciertos fragmentos de Veritatis Splendor con Amoris Laetitia. No sería yo honesto si dijera que no hay ningún problema. Ahora bien, en el pasado se han compatibilizado enseñanzas que, a primera vista, parecerían no sólo divergentes, sino contradictorias: la defensa de la verdad de la fe con el ecumenismo, la confesionalidad del Estado con la defensa de la libertad de conciencia y los derechos humanos, incluso la Inquisición con todo un magisterio anti-inquisitorial, por sólo citar algunos puntos. 
Hemos compatibilizado los textos de la Carta a los Romanos acerca de la predestinación con el magisterio acerca de la libertad humana. Hemos compatibilizado todos los versículos bíblicos acerca de las imágenes con la veneración cristiana de las imágenes. Podríamos aducir infinidad de textos bíblicos aparentemente contradictorios entre sí. Y todo esta labor se ha hecho de un modo gradual desde el respeto a la verdad, no traicionándola. Algunos de estos puntos citados, en el pasado, parecieron verdaderamente insalvables.
Ahora mismo parece imposible compatibilizar ciertos aspectos de la enseñanza de Juan Pablo II con algunos puntos de la enseñanza del Papa Francisco. Sin duda, el tiempo logrará la síntesis perfecta. Yo tengo mi opinión, que expresé en un opúsculo todavía inédito, porque no he encontrado obispo que conceda el imprimatur o revista teológica que se responsabilice de su publicación.
Yo tengo mi opinión acerca de cuál hubiera debido ser el iterideal para hacer lo que el Papa Francisco quiere hacer. Mi camino hubiera sido mucho más escolástico, mucho más tradicional. El Papa, en cambio, ha optado por abrir un tiempo eclesial de una cierta indeterminación. Veo claramente los riesgos de emprender ese camino.
En mi opinión, la maduración del mensaje papal conviene que se haga desde la teología, desde la gran teología. Mientras que el camino de abrir la puerta a una constelación de sucesivas tomas de postura por parte de grupos de obispos será casi imposible que no nos aboque a la confrontación.
Es preferible que la aplicación de Amoris Laetitia se lleve a cabo desde el discernimiento y el acompañamiento personal que no que se lleve a cabo a base de declaraciones episcopales normativas. Porque si hay errores teológicos en ese ámbito superior, las consecuencias serán mucho más graves.
Y esos errores fácilmente pueden aparecer, porque la norma parte de la teología: precisamente la norma es materialización de la teología. Y si la teología (coordinadora de ambos magisterios papales) ahora mismo se halla en gestación es difícil que pueda emanar una norma. Una theologia non consummata no puede emanar una norma consummata. Y ni los más optimistas pueden afirmar que se trata de una situación en la que todo está claro. Esto no es una opinión, sino la misma postura oficial de la encíclica. Pues la misma encíclica afirma que no ha querido dar respuesta a todo, porque según ella el magisterio no puede pretender cerrar todas las cuestiones abiertas.
Por eso, desde un punto de vista estrictamente lógico, resulta paradójico que un grupo de obispos afirme poder llegar a dar la norma en una quaestio disputata donde ni siquiera el entero sínodo se atrevió. No lo critico, porque precisamente ésta es una quaestio disputata y caben distintos puntos de vista. Pero, desde un punto de vista meramente lógico, lo repito, constituye una paradoja.
La resolución de los problemas suscitados, en mi opinión, debe hacerse desde la armonización de ambos magisterios papales y no desde la confrontación, con mucha oración por parte de los teólogos y pastores, con mucho diálogo, y con toda la humildad de la que seamos capaces. Ya en el pasado hemos sido capaces (con la ayuda del Cielo) de superar barreras que teológicamente parecían cerrar el paso a toda evolución.

Así que ésta es mi sincera opinión que dije que daría sobre el tema suscitado y acerca del que tantos me han preguntado. El Papa Francisco en la encíclica nos animaba a reflexionar teológicamente con libertad sobre estas cuestiones. Pues estos son mis pensamientos, que creo que he manifestado con cautela y comprensión hacia aquellos que en sus decisiones estoy seguro que no buscan otra cosa que el bien de los hijos de Dios.


En un palacio real

16.01.17 | 23:22. Archivado en Con clave


Esta foto es de nuestro último viaje al palacio real de La Granja en Segovia. Hacía un frío terrible. Me gustó mucho el palacio. No el caso de las que aparecen en la foto, pero cuando sales con mujeres de excursión tienes que ir preparado para que pasen dos cosas. La primera es que a las 11.30 una mujer pueda preguntar: ¿cuándo comemos? ¿Pero es que no has desayunado? Sí, sí, por supuesto. ¿Y qué has desayunado? Pues un zumo de naranja y un café. Pues tómate algo allí para aguantar hasta las 2:00. No, no, necesito sentarme y comer ya.
La segunda cosa que también ocurre con frecuencia es que cuanto más friolera sea una mujer más posibilidades hay de que salga de casa sin jersey, sin abrigo y con una ropa totalmente veraniega. Entonces las quejas acerca del frío van reiterándose, hasta que diga: ya no puedo más, necesito entrar en un lugar caliente. Como he advertido previamente, no fue el caso de las que nos acompañaban.
Notas respecto a los posts anteriores: Gracias, Alfonso, por tus comentarios. Alfonso nos explicó los problemas financieros que tuvo la película Silence y que, al final, Scorsese ni siquiera pudo cobrar un salario.
Otro comentarista indicó que la palabra ?inquisidor? era inadecuada. Sí, sobre eso ya me di cuenta. La persecución la llevaron a cabo las autoridades civiles. Realmente, no hubo ?inquisidores?. No es lo mismo un inquisidor que un gobernador. En el budismo nunca ha existido la figura del inquisidor. Es un detalle que demuestra mucha superficialidad en el guion colocar ese término. Cualquier profesor que hubiera revisado el texto se lo hubiera indicado.
Otro comentarista me pide una palabra acerca de las declaraciones de los obispos malteses acerca de la comunión a los divorciados. No os aseguro nada. Voy a meditarlo y mañana diré algo.


La película Silencio: un intento cinematográfico fallido (II parte)

15.01.17 | 13:01. Archivado en Con clave


Continúo dando mi opinión sobre la película Silencio, entrando ya en detalles más pequeños. Por ejemplo, me han sorprendido muchísimo varios fallos raccord, así como el movimiento nada fluido de los fotogramas en varias escenas de la primera media hora. El alzacuellos de los jesuitas no era histórico, sino una completa invención del modisto holliwoodiense. Fallo este nada despreciable, pues estamos hablando de la vestimenta de los protagonistas. Incomprensible también la melena del superior jesuita que aparece al principio. Ese pelo largo existía en el clero secular, pero no entre los jesuitas. Jamás aparece en los grabados del siglo XVII de los jesuitas misioneros en Asia.
También resulta llamativo que en una película con un presupuesto de 40 millones de dólares no aparezca al menos una pequeña, breve, panorámica de la ciudad en la que se desarrolla más de hora y media de la película. Ese tipo de panorámicas (hoy día magníficamente realizadas) aparecen hasta en las películas de presupuesto muy mediano.
Pero es que no sólo no aparece un plano general aéreo, sino que resulta demasiado evidente que no hay planos panorámicos de ningún tipo. La voluntad de ahorrar dinero se hace miserablemente presente durante toda la cinta.
Buena parte de la cinta se desarrolla en Nagasaki. La vida de la ciudad es totalmente inexistente en la película. No estamos hablando de una población pequeña. En esa época contaba con más de 25.000 habitantes. Tampoco aparece ni de refilón la vida de las prisiones japonesas ni la de los cuarteles militares ni la del palacio del gobernador. Podrían habernos sumergido, al menos, cinco minutos en uno de los templos de la ciudad, cosa muy pertinente dado que uno de los protagonistas estaba adscrito a uno de ellos. Tampoco, nada de planos generales, todo son planos cortos y medios de diálogos filmados siempre a la típica distancia de un telefilm.
Además, resulta llamativo que se haya centrado en una historia tan pobre, cuando cualquiera que haya simplemente hojeado el libro de Reinier H. Hesselink, The Dream of Christian Nagasaki: World Trade and the Clash of Cultures, 1560-1640, puede comprobar lo apasionante que era el momento histórico y social en el que se encuadra la película. Sorprende que la película se centre en lo más tedioso que se podía encontrar en todo este tapiz socio-religioso.

La película se salva algo, tampoco mucho, por lo grandioso de la historia de esos formidables jesuitas misioneros. Pero contado de un modo bastante pesado por parte del director.


La película Silencio: un intento cinematográfico fallido (I parte)

15.01.17 | 00:49. Archivado en Con clave


Hoy he visto la película Silencio. Si debo ser sincero, no me ha gustado. Su director es el autor de esa obra tan monstruosamente formidable que es Casino. Pero Martín ya nos había dejado claro hace muchos años que ya había dado su do de pecho y que no era capaz de repetir nada ni lejanamente parecido. Con El aviador ya perdí toda esperanza. Dada su edad, Silencio era su última posibilidad de hacer una obra que fuera su testamento, su última bala: una gran obra de arte por la que ser recordado. Ciertamente tal ha sido voluntad. Pero las grandes obras de arte las hace el que puede, no el que quiere.
La historia para una película se la prestaba en bandeja la inmensa, gloriosa, orden jesuítica. Bastaba contar la historia de algo tan épico como fue la vida exterior (o la interior) de esos gigantes seguidores de san Ignacio para tener ya algo muy grande que contar. Bastaba eso, la mera historia, contada de un modo sobrio. Desgraciadamente, el primer gran problema, el gran problema, de esta película ha sido el guion.
Tres horas, casi, contando tan solo la vida de un jesuita en una jaula es muy difícil que se sostenga en una película. En el fondo, en esencia, la película consiste sólo en ese encerramiento. Silencio parece que va a ofrecer algo más justo al principio. La película se vuelve de nuevo amena (como debería haber sido todo el tiempo) justo al final, cuando cuenta otras cosas. En medio de ese desierto de tres horas, sólo las comparecencias ante el inquisidor mantienen el interés. Pero ese interés se va disipando cuando la película va cayendo en la reiteración. Hay que reconocerlo, el guionista no ha sabido urdir un guion que mantenga un cierto ritmo. A Scorsese le hubiera aconsejado que visionara de nuevo El expreso de medianoche: una historia de un encerramiento, pero con un guion que tiene justo lo que Silencio no tiene.
Por supuesto, las comparecencias ante el inquisidor no tienen nada que ver con las comparecencias, por ejemplo, de Tomas Moro en Un hombre para la eternidad. Tampoco con las comparecencias de Juana de Arco en la película de Dreyer.

Es cierto que Scorsese quería mantenerse en la contención, centrarse en lo psicológico. Ésa era su intención, su buena intención. Pero de buenas intenciones está empedrado el infierno de las malas películas.


Impeachment: cuestiones jurídicas

13.01.17 | 23:34. Archivado en Con clave


Hoy por la noche, en un paseo de hora y media a 4º con un jurista,  hemos hablado del impeachment de un presidente de Estados Unidos. ¿Para ello es necesario que cometa un delito o no?
Cuando hemos vuelto a casa, él y yo hemos mirado varios textos legales. La cosa está clara: diga lo que diga la Constitución, un Presidente será juzgado si la mayoría de los congresistas considera que debe ser juzgado.
No importa que no haya cometido ningún delito. Si dos tercios del Senado le condena, será removido del puesto de Presidente. No hay ningún poder constitucional en Estados Unidos que pueda frenar legalmente ese proceso de destitución; y eso incluye al Tribunal Supremo.
Sobre este asunto hay distintas opiniones jurídicas. Pero resulta evidente que si el Tribunal Supremo pudiera anular un proceso de impeachment, eso significaría que el veredicto no depende realmente del Senado, sino del Senado ratificado (tácitamente o no) por el Tribunal Supremo. Y la Constitución deja claro que es sólo el Senado el que emitirá un veredicto.

Sería muy bueno, de todas maneras, que la posible interacción del Tribunal Supremo frente al Congreso y el Senado quedara perfectamente establecida por la Ley sin esperar a que surja un problema. En mitad de la tormenta es cuando no hay serenidad en la mente para buscar la solución legalmente más justa. Éste es un asunto que debería quedar perfectamente regulado.
Como se ve, siempre hay hilos sueltos en todo ordenamiento legal. Y éste, desde luego, no es un hilo suelto menor. En esta vida hay dos cosas que siempre me han gustado mucho: la Ley y el chocolate. Sin duda alguna, la segunda es una realidad mucho más objetiva que la primera. Pero desgraciadamente no se puede gobernar una sociedad sólo con chocolate.


Otro viaje a Huesca, éste imprevisto

12.01.17 | 23:03. Archivado en Con clave


Interrumpí mi descripción de mi viaje a Huesca porque se murió mi tío y tuve que ir a Barbastro. Eso significa recorrer media España hacia el norte. Antes de salir para coger el tren, me dio tiempo a poner mi artículo sobre los dubia y los cardenales que lo tenía escrito ya desde hacía días.
Me ha apenado no quedarme medio día más para pasear por mi querida ciudad natal. Al menos, he podido saludar a mucha gente que conocí en mi infancia y juventud.
Lo que más me ha alegrado ha sido leer los comentarios de tantos lectores a ese artículo sobre los dubia. Si mis palabras pueden traer paz y unión, me siento completamente recompensado. Devolver la tranquilidad a las almas sencillas, qué misión tan bonita. Y la paz sólo se puede fundamentar en la verdad. La verdad puede ser usada como arma, como piedra que se arroja. La verdad puede ser usada como medicina, como bálsamo.
En mi vida he aprendido a ver el orden sagrado que hay en la Iglesia. Eso no significa que los encargados de salvaguardar ese orden sagrado sean siempre personas perfectas, santas e iluminadas por Dios. Algunos sí, pero no todos. Sin embargo, debemos esforzarnos por ver ese orden sagrado en la Iglesia. La armonía celestial debe ser preservada, a pesar de nuestras limitaciones.
Es difícil ver ese orden sacrosanto cuando uno se encuentra aquí o allí a un pastor que es pecador, soberbio, que no hace oración y maltrata (espiritualmente) a los siervos de la casa. Pero cuántas mayores sean las taras del siervo encargado de otros siervos, mayor debe ser nuestro afán por tratar de ver ese orden divino detrás de la costra.

En mi vida he aprendido a ver el plan divino detrás de las debilidades humanas. La Iglesia DEBE ser defendida sólo por medios eclesiales, por aquellos medios que cuentan con la bendición de Jesús de Nazaret. Reitero mi amor y respeto por todos los cardenales, por todos los obispos, por el Papa, incluso por los presbíteros y diáconos de toda la Santa Iglesia. 
Puedo aseguraros que a cada fiel que aparece por la sacristía de mi convento intento tratarlo con la misma deferencia con que trataría a un purpurado que en ese momento entrase en la iglesia.
Algún comentarista me ha acusado de ingenuidad en la defensa del ordo hierarchicus. Reconozco esa candidez y le pido al buen Dios que me la aumente.


Martes, 24 de enero

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