Blog del Padre Fortea

Esta foto no es de la Venezuela chavista

01.05.16 | 09:56. Archivado en Con clave


He visto como Maduro ha ido a visitar al Papa y se han quedado un rato hablando a solas. Maduro, ese bigotudo mandarín que reina sobre un país mucho menos vasto que su ego y cuyo petróleo surge de la tierra menos negro que su conciencia. ¿Qué le hubiera dicho yo a este Jabba el Hutt en la soledad de un despacho papal?
La primera idea que surge de forma natural es hablarle como padre, aconsejarle que busque un país que le ofrezca asilo, que pacte una salida lo menos deshonrosa posible, que busque una villa siciliana en la que envejecer como en el final de El Padrino III. Aconsejarle, suplicarle, hacerle ver que ya sólo es una cuestión de tiempo.
¿Pero encender todos los interruptores de la luz serviría para algo ante un ciego que no ve absolutamente nada? Podemos deducir razonablemente que no. Decir esas cosas sólo serviría para que se marchase enfadado y que se vengase volcando su ira contra personas concretas de la iglesia venezolana.
La otra posibilidad, quizá la más prudente, la más realista, es ser amable con él, poner cojines aterciopelados bajo su enorme cu-erpo, y tratar de lograr alguna pequeña cosa concreta. Me parece a mí que, dada la situación, esta segunda opción es la única que tenía alguna posibilidad de lograr algo.
La primera opción parece más heroica, más admirable. Pero, al fin y al cabo, no hacemos las cosas para quedar bien en las páginas de la Historia, sino para lograr algo en el mundo real. Lograr algo o no lograr nada. El mundo real o el mundo de los ideales.

Yo hubiera llevado a la oración qué hacer. Hubiera pedido a muchas personas que rezaran para que Dios me inspirase acerca de qué era lo mejor. Pero la razón indica que en este caso concreto y en el de Gadafi, la prudencia no aconsejaban hacer gestos bruscos con esa bomba de relojería con patas. Así que el Papa ha hecho lo mejor dadas las circunstancias. (Yo aquí siempre a favor de la estructura.)
Es muy fácil hacer de profeta en un edificio renacentista de Roma, es muy triste pasar unos años en una cárcel de Venezuela. He oído que hay cárceles de Venezuela en las que en el desayuno en vez de mantequilla, te ponen margarina no del todo fresca.


Monseñor Lefebvre y el primado anglicano Rowan Williams

30.04.16 | 10:00. Archivado en Con clave


Uno de mis lectores me preguntaba por qué era tan comprensivo con Rowan Williams (anterior primado anglicano) y tan crítico con Mons. Marcel Lefevre.
Lefebvre inició un camino de alejamiento de Roma. Williams inició un camino de acercamiento a Roma. Lefebvre atacó con los más duros términos al Vaticano. Williams siempre fue encantador en sus comentarios respecto al Papa y la Iglesia Católica.
Lefebvre se enrocó en un inmovilismo que petrificaba a la Iglesia en el siglo XIX, en una visión estrecha en la que más que predicar a favor de algo, se dedicaba a predicar en contra de casi todo: contra el Vaticano, contra el mundo, contra la Iglesia real y concreta. El primado anglicano tenía una visión bellísimamente optimista del cristianismo en todas sus ramas, así como del mundo en el que nos ha tocado vivir.
Sólo hay que ver el rostro de Lefebvre para atisbar el tormento que habitaba en su corazón, la tensión que siempre trataba de comprimir. Toda su vida (desde su desobediencia) fue un largo intento por conciliar en su conciencia lo imposible, sabiendo que era imposible. Williams, por el contrario, siempre está alegre, feliz, transmite optimismo sin predicar. Pero, encima, cuando hablaba lo hacía de un modo impresionante.
Sí, Williams tenía un rostro, una imagen, que verdaderamente transmitía. Pero eso sí, eso era sólo hasta que empezaba a hablar. Porque cuando comenzaba a hablar, insisto, era de esas personas que te dejaba con la boca abierta. Pero es que encima tenía una de las voces más profundas y bellas que he escuchado. Por si fuera poco, su tono, su entonación, su gesto era el de el mejor orador que he escuchado, católicos incluídos. Aquí tenéis una muestra:
https://www.youtube.com/watch?v=e2aUvhfWM3w
Iba a poner otro link con una charla de Lefevre en francés. Pero da mucha pena escucharlo. Al fin y al cabo era un obispo y no lo voy a poner. Pero uno y otro muestran su espíritu a través de sus palabras.
Después está el bagaje teológico del primado inglés (propio de todo un perfecto profesor universitario) y el de el arzobispo cismático, siempre repitiendo un puñado de pensamientos sencillos propios del que nunca habla fuera de la pequeña pecera de sus incondicionales. William dialoga con el mundo, lee a autores católicos (De Lubac, por ejemplo) y de todas las religiones. No es un hombre cerrado. Lefebvre se cierra a la cultura del mundo, al resto de la teología que no concuerda con sus esquemas. Es un hombre de mentalidad cerrada.
Comparar las dos figuras me parece uno de los modos más adecuados para entender muy bien qué es el tradicionalismo por un lado, y por otro la necesidad de tener una mente abierta, amplia, capaz de repensar los propios esquemas.


Libros posibles, otras vidas, índice real

29.04.16 | 08:50. Archivado en Con clave


Hoy no tenía guardia en el hospital. He dedicado parte de la mañana a revisar las carpetas del ordenador donde guardo mis escritos. Hasta que no acabe mi obra sobre San Pablo, el resto de libros seguirán durmiendo, aguardando el mes o año en que mis dedos los despierten a la luz. Mis dedos, porque todos requieren siempre de una última revisión.
Repasaba esta mañana el índice de mis obras publicadas. Índice que, incluso para mí mismo, está online en Biblioteca Forteniana. Sólo faltan en él cuatro obras publicadas en papel y, de momento, todavía no a disposición de los lectores de forma gratuita.
Se lo decía a alguien con el que hablaba por teléfono hace unos días: yo creo que hubiera sido un buen profesor de universidad. La vida diocesana me ha llevado a ejercer un cierto magisterio a través de mis libros. Me he encontrado cada día no dando una clase, sino retocando este párrafo o añadiendo esta línea o corrigiendo una argumentación.
No oculto que hubiera sido muy agradable para mí un entorno como el de Tierras de penumbra. Una película que no me gusta, pero en la que el papel de John Wood me entusiasma. Si tuviera que elegir un rostro como profesor en Oxford me elegiría el de John Wood sin ninguna duda.
Hubiera sido una vida muy distinta. En la que mi labor hubiera sido la palabra hablada, la palabra que desaparece. Una vida más rica en conversaciones y debates. Pero los aburridos lectores de siglos futuros no se hubieran encontrado con el índice que hoy día ya existe. Sin duda hubiera existido un menor número de obras mías pero más eruditas, más académicas. Quizá era eso lo que no debían ser mis obras. Debían ser más imperfectas, más vitales, con más errores, más atanasiokircherianas.
Ese índice de obras es mi vida. Las títulos que lo completarán son mi futuro. No infrecuentemente me pregunto si se salvará alguna de mis obras dentro de tres siglos. Con toda honestidad me pregunto si tendrán interés a los ojos de esos lectores futuros para los que he trabajado día tras día.

A ratos pienso que tal vez mi obra no valga gran cosa. A ratos me alegra pensar que millares de personas valorarán este laberinto de pensamiento que he creado, pero que sobre él debe caer el polvo de siglos. Lo que os puedo asegurar es que nunca se me ha pasado por la cabeza es quemar mi obra como ese buen dominico medieval creador de sed contras. Ni eso ni quemarme a lo bonzo.

Ferrán, te envidio un poco. Has de saberlo, te envidio. Hoy me haré una buena paella de chipirones con arroz negro para compensar este tipo de deficiencias. Pensaré algo exquisito para el postre entre libro y libro. 


En la catedral confesando a un hermano sacerdote

27.04.16 | 23:20. Archivado en Con clave


Hoy he puesto una bonita foto de un párroco de Alcalá que en cuaresma quiso dar ejemplo a sus feligreses acerca de la importancia de la confesión. Fue durante el acto penitencial para sacerdotes en la catedral con el obispo. 
La pongo aquí esta foto sólo porque él mismo la colgó en facebook. Me pareció una idea excelente. Una imagen vale a veces tanto como una predicación. El párroco humillándose arrodillado para recibir el misterio del perdón divino.
Cambiando de tema y volviendo al post de hace dos días. Lo meditaba al ver el reportaje del que hablaba entonces: ¿qué pensaría mons. Lefebvre antes de morir? ¿Cuáles serían sus pensamientos? ¿Tendría dudas? Morir excomulgado. Presentarse ante el juicio de Dios con el alma en esa situación.
Él había firmado un acuerdo con el Vaticano pocos meses antes. Un acuerdo con el que regresaba a la obediencia a Roma. Pero al día siguiente de la firma, entregó una carta retirando su consentimiento al acuerdo.

Qué mundo tan complejo el de los argumentos y contraargumentos. Al final, el que es como un niño sencillo todo lo ve claro. La verdad está en la humildad.
Post Data: No sé por qué salgo siempre tan fotogénico en las fotos. 


Tip y Coll: Mañana, hablaremos del gobierno

26.04.16 | 14:08. Archivado en Con clave


Hoy hemos tenido la reunión diocesana en el palacio arzobispal. Ha sido la presentación de Amoris laetitia por parte del obispo. No había visto tanta asistencia del clero desde tiempos inmemoriales.
¿Cuál es mi opinión de toda esta mañana de presentaciones, preguntas y un muy atinado comentario por parte de un cura con sotana? Pues voy a dar mi opinión con toda claridad: Mañana se espera una máxima de 21º y una mínima de 8º. Los cielos tendrán intervalos nubosos desde las 9:00. El jueves se esperan lluvias.

Una cosa me ha quedado también muy clara tras hablar con los curas. Los que comen mejor son el perro del carnicero, el pollo del molinero y el capellán de un convento de monjas. Un cura un poco pillo me dijo también que la escolástica es como los calzones. No puedes salir a la calle sin ellos, pero no puedes salir sólo con ellos.


Monseñor Lefebvre o la historia de un camino que se va alejando

25.04.16 | 14:53. Archivado en Con clave


Ayer y antes de ayer vi un reportaje de 1 hora y 45 minutos acerca de monseñor Lefebvre. Vi ese documental haciendo oración (a la par de comía y cenaba) y me llenó de fervor. Le pedí al Señor que no me pasara lo mismo, que no me desvíe, que no desvíe a las ovejas de Cristo so capa de bien.
Lefebvre, en un momento dado, dijo: Hubiera preferido morirme antes que desobedecer a Roma. Pero lo cierto es que desobedeció al Vicario de Cristo. Todo el documental, aun siendo completamente filolefebvriano, me hizo mucho bien. Nunca debemos considerarnos a nosotros mismos como la regula fidei, la regla de la fe.
No sabía que el citado obispo llegó a tener tanta autoridad en la Iglesia. Fue delegado apostólico para toda el África francófona. Su peso a la hora de organizar la Iglesia en esos países, nombrar obispos, corregir problemas fue impresionante. Este arzobispo de Dakar me daba una impresión óptima: recto, espiritual, ortodoxo, entregado totalmente al Reino de Dios.
Y de pronto nada. Vuelta a Francia, a una pequeñísima diócesis. ¿Era un obispo magnífico al que Dios probó con una prueba impresionante y que podía haber llegado a santo de haberse sometido interiormente con perfecta docilidad? ¿O sus superiores ya habían comprobado que detrás de sus virtudes, había una soberbia que sin duda les iba a causar graves problemas? ¿Quién puede saberlo ya a estas alturas? Sólo Dios lo sabe. ¿Santo o refinadamente soberbio? ¿Qué era en ese momento ese arzobispo?
Volvió a Francia y, al poco, renunció a su diócesis para dedicarse a ser superior de su orden misionera. En esto comenzó el Vaticano II. Firmó todos los documentos. No vio tantos problemas como después sus seguidores han visto en esos documentos conciliares. Insisto, los aceptó y siguió con su trabajo.
Años después se vio obligado a renunciar a su puesto de superior general de los espiritanos ante la situación de rebelión de tantos jóvenes novicios y religiosos. Funda un seminario en Econe y todo tal vez hubiera acabado allí, si no hubiera sido porque había problemas que motivaron una visita apostólica.
El resultado de la investigación fue que le ordenaron cerrar el seminario. Y allí ya comenzó el camino de rebeldía que le llevó a la excomunión. Qué triste. Cuánta gloria podía haber dado a la Iglesia. Y, sin embargo, cuánto daño a esa misma Iglesia a la que él pretendía ayudar. La pretendía ayudar atacándola. Qué pena. No juzgo sus intenciones. Pero de su vida se extraen para mí dos valiosas conclusiones:
-Unión con el Papa: Se pueden hacer críticas constructivas. Nadie nos pide servilismo. Todos sabemos cuando algo es dicho con bondad y cuando es dicho con mala idea.

-Sometámonos a la Iglesia: Todos tenemos la tentación de creernos el criterio último de verdad. Todos pensamos que la Iglesia debe ser de ésta o de otra manera. La Iglesia está por encima de nosotros. Sometámonos a la autoridad. Nosotros somos pequeñas y humildes ovejas.


Guillermo de Baskerville ayúdame contra el Bernardo Guy que se oculta en mi interior

24.04.16 | 21:36. Archivado en Con clave


No debéis pensar los que habéis leído el post de ayer que no sigo amando la ortodoxia. Creo que en el esplendor de la verdad. La doctrina recta que hemos recibido debe ser custodiada.
Pero, desde la lectura del evangelio de ayer domingo, me he dado cuenta de un modo más profundo de que sin querer caemos en actitudes defensivo-ofensivas, de que nuestros hechos y palabras traicionan nuestros deseos: no amamos como Él ama a todos. Respetamos a Dios, pero atacamos a sus criaturas.
Cuando digo esto, ya sé que nos limitamos a argumentar contra las doctrinas falsas o desviadas. Es la postura clásica de amar al que yace en el error. Nos limitamos a eso, creemos que nos limitamos a eso, pero nuestro estilo más veces de lo que pensamos no es el estilo de Dios. Cierto que no atacamos directamente a las personas, pero en nuestros miligramos de ira encontramos el veneno de inquisiciones peores, de la soberbia, de la crueldad, de creernos superiores.
Está bien que amemos y nos aferremos a la ortodoxia. Pero nuestras palabras segregan más toxinas de las que pensamos. Y cuando nos damos cuenta de ellas, las justificamos: es por una buena causa.
No somos conscientes de hasta qué punto por querer ser atanasios perdemos el espíritu del Vaticano II. Nos convertimos en pequeños lefebvres sin reconocerlo. Creemos que lo hacemos por la luz de la Verdad, pero todo está mezclado con nuestras pasiones.


Un poquito azúcar, espolvorear un poquito de canela, la mermelada con el pincel

23.04.16 | 21:09. Archivado en Con clave

Hoy he meditado las palabras de Nuestro Señor acerca del amor, del amor al modo de Él, no a nuestro modo. Y he sentido que no he sido bueno con Pikaza ni con Masiá. Es cierto que el mismo Pikaza reconocería que sus doctrinas no concuerdan precisamente con todo el magisterio de Juan Pablo II, y es cierto que el mismo Masiá reconocería que no todas sus afirmaciones sobre los obispos españoles han sido agua bendita.
Aun así, siento el deseo de pedirles perdón con toda sinceridad. Esto me nace de lo más profundo del corazón y es algo que siento desde hace más de un año. Aunque sea el Evangelio de este domingo el que ha acabado de impulsar este sentimiento.
Los dos saben que mis palabras estaban exentas de acritud, pero ahora yo sé que en las mías, mis palabras, había más soberbia de la que yo sospechaba. Es cierto que los dos fueron apartados por la Curia Romana de la docencia de la Teología. Pero ahora sé mucho mejor que meditando con respeto las enseñanzas de ambos hubiera profundizado más en la verdad, aunque no compartiera todas sus ideas.
Como sapientísimamente dijo fray Nelson Media: También nuestra ira debe ser purificada. Éste es uno de los pensamientos más luminosos que he escuchado en todo el año.
Este autor explicaba atinadísimamente:
La actitud ofensivo-defensiva propia de esta pasión [la ira] nos lleva a maximizar los errores o defectos de quien nos resulta detestable mientras minimizamos los nuestros.
Sí, en nuestra defensa de la ortodoxia, no pocas veces, caemos en una actitud ofensivo-defensiva. Creemos que para defender hay que ofender.
Querido Masiá, seré yo el que te invite a comer sushi si vienes a Alcalá. Precisamente han abierto un Miss Sushi de una alta calidad. Se trata de una franquicia. Querido Pikaza, a ti te invitaré a una paella si lo deseas. Pero sé que te basta con mi buena voluntad de invitarte.
Os quiero a todos. Hoy estoy de un amor y buen rollito al estilo de Mary Poppins o Sonrisas y lágrimas (The sound of the music) que me resulta casi empalagoso a mí mismo.


La Roma de los Papas, la Roma de Borges

22.04.16 | 13:59. Archivado en Con clave


La idea de Borges de un individuo que sueña con la muerte de su enemigo vivida en primera persona (es decir, sintiendo el sufrimiento del adversario), y que ese enemigo pueda estar encerrado en un sueño que se repite una y otra vez es algo magistral. Hitchcock, al lado de esto, es un hombre primitivo que rueda historias para niños.
Si a eso le añadimos unas descripciones psicológicas como: Era menos alto que yo pero más robusto y el odio le había dado su fuerza; hay que reconocer que descripciones con tanta finura como ésa son las que hacen parecer al resto de escritores como trogloditas de la literatura.
Lo animaba una suerte de negra felicidad, dirá más adelante. Sí, el resto de escritores parecemos patanes puestos ante una línea así.
Incluso la frase latina que le viene a su mente antes de morir (antes de creer que va a morir) sin proponérselo no es una frase cualquiera. La frase acompañada del verso anterior dice:
Pero esta cabeza [Roma] descuella tanto sobre las demás ciudades
como los altos cipreses entre los flexibles arbustos 


Quantum lenta solent inter viburna cupressi.

22.04.16 | 00:31. Archivado en Con clave


Hoy he leído el relato de Borges titulado Las hojas del ciprés. Me podría limitar a ofreceros unas opiniones; o también podría hacer un resumen en tres o cuatro líneas. Pero he preferido transmitiros el placer de esta partitura borgeana escogiendo unos pocos acordes de palabras. Unas pocas líneas que fácilmente os transmitirán el hambre de leer esta historia.
Tengo un solo enemigo. Nunca sabré de qué manera pudo entrar en mi casa, la noche del 14 de abril de 1977.
Así, con esa concisión, con esa sobriedad, arranca la historia. Entresaco las siguientes frases algo más adelante:
Era menos alto que yo pero más robusto y el odio le había dado su fuerza.
Lo animaba una suerte de negra felicidad.
Para no hacer ruido bajamos por la escalera. Conté cada peldaño. Noté que se cuidaba de tocarme, como si el contacto pudiera contaminarlo.
La noche era de luna serena y sin un soplo de aire.
Esas descripciones, magistrales en su brevedad, tan elegantes. Después viene el primer elemento perturbador:
Alto en la sombra vi el reloj de una torre; en el gran disco luminoso no había guarismos ni agujas. No atravesamos, que yo sepa, una sola avenida. Yo no tenía miedo, ni siquiera miedo de tener miedo.
El árbol de mi muerte era un ciprés. Sin proponérmelo repetí la línea famosa: Quantum lenta solent inter viburna cupressi.
Nadie tiene la menor duda de que el autor a punto de ser asesinado hubiera sido perfectamente capaz de repetir un verso latino de Virgilio. Otros escritores se deleitan en poner tacos y groserías en la boca de sus protagonistas antes de morir. Ofrece una sensación de mayor realismo. Borges coloca en la memoria del que va a morir un verso latino.
Salvarme y acaso perderlo, ya que, habitado por el odio, no se había fijado en el reloj ni en las monstruosas ramas.
Vi por primera y última vez el fulgor del acero. Me desperté.
El final de la historia acaba así:

A los diez días me dijeron que mi enemigo había salido de su casa una noche y que no había regresado. Nunca regresará. Encerrado en mi pesadilla, seguirá descubriendo con horror, bajo la luna que no vi, la ciudad de relojes en blanco, de árboles falsos que no pueden crecer y nadie sabe qué otras cosas.
Magistral, insuperable, literatura con mayúsculas.


Querido Adso, en la Iglesia hay muchos tesoros humanos olvidados y mantenidos en la inactividad

20.04.16 | 12:30. Archivado en Con clave


Los que me conocéis y vivís cerca de mí sabéis que ando enfrascado en un artículo sobre la catedral de San Agustín. Hoy estaba leyendo unos fragmentos de dos cartas del santo obispo al monasterio femenino gobernado por una abadesa, de la que no se sabe el nombre.
Es muy interesante la situación que se describe en esas cartas (epístola 210 y 211), porque una parte de las monjas quieren que la abadesa renuncie a su cargo en favor de superiora que le seguía en el gobierno de la comunidad, para ello apelan al capellán, que no las ayuda en este propósito, pero que acaba proponiendo su propia renuncia ante una situación de total división.
Finalmente apelan al obispo Agustín. El cual les escribirá una carta durísima: ¿Cómo esposible que se produzca un cisma en un monasterio? ¡Y eso contra una madre que, durante años, os asistido, cuidado, instruido y os ha dado el velo a la mayor parte de vosotras!
El obispo les reprende con gran dureza y allí acaba la segunda carta. Pero yo pensaba después en la capacidad limitada que tienen las jerarquías para conocer la verdad cuando se producen graves problemas en una comunidad parroquial o religiosa. Unas veces la cosa está clara tanto en sus causas como en sus soluciones. Otras veces no está nada claro el asunto aunque se dedique tiempo a investigarlo. Y otras veces, uno cree estar seguro de cuales son esos problemas y soluciones, y se equivoca.
Debemos ser humildes y entender nuestra limitación. La abadesa de la carta de San Agustín pudo ser muy buena durante muchos años, ¿pero estaba seguro el obispo de que no se había vuelto cruel y despótica? Cierto que había una división en la comunidad. Pero esta división ¿era fruto únicamente del pecado o de graves deficiencias de la cabeza? Hay situaciones de tal gravedad que requieren apelar a una instancia superior para conseguir el relevo de la autoridad.
De verdad que todos creemos que investigando una situación se llega a saber la verdad. Pero no pocas veces eso no es así. La capacidad de unas pocas personas para indisponer a la mayoría nunca debe ser subestimada. Indisposición que puede volverse crónica haga lo que haga la víctima. Situación en la que ya todas sus decisiones son vistas negativamente. A veces, la persona prudente, buena e inocente tiene toda una serie de elementos en sí mismo o circunstanciales que empujan al investigador a sacar una conclusión negativa.
En cuestiones eclesiásticas, no es infrecuente que el investigador no pueda estudiar el hecho en sí, sino los relatos de las personas que forman un círculo concéntrico.
Bendito el obispo que cuenta entre las filas de su clero a uno, dos o tres presbíteros que puedan investigar las cosas sin prisa, sin subjetividad, con perspicacia, sospechando de sí mismos, sospechando de la misma capacidad para conocer la verdad. Bendito el obispo que puede echar mano de un Guillermo de Baskerville.
Los obispos no pueden querer juzgarlo todo por sí mismos a base de primeras impresiones, sin dedicar el tiempo que el asunto requiera, confiados en su mucha experiencia, confiados en una especie de gracia de estado que les iluminará. La ayuda de los fray Guillermos resulta más necesaria precisamente cuanto menos útiles se les considera.


Esto de los mosaicos romanos se ha convertido en un vicio

19.04.16 | 15:29. Archivado en Con clave


Yo noté que algo pasaba en Anakin, cuando empezó cada vez más a faltar a la misa dominical. Cinco años después era demasiado tarde. La siguiente vez que lo ví se había convertido en Dart Vader y se había divorciado.
Fue muy de lamentar, pues conocí a Darth Vader a sus 17 añitos, cuando barajaba la posibilidad de hacerse numerario del Opus Dei. Después, pasito a pasito...

Últimas declaraciones de Trump: Y después de construir el muro, levantaré 28 pirámides egipcias en la frontera con México. Revestidas con mármol italiano blanco. Mi muro tendrá delante un primer foso de agua con cocodrilos, y un segundo foso de pirañas mutantes.


Lunes, 2 de mayo

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