El Blog de Otramotro

Jamás de los jamases, a tu altura

JAMÁS DE LOS JAMASES, A TU ALTURA

Difunta y memorable madre, hoy, a eso de las diez de la mañana, cuando, tras hacer una gestión en el banco, volvía a la oficina, he visto a Anunciación, “Nuncia”, la hija de Eulalia, una de tus mejores amigas, que se disponía a cruzar un paso de cebra e iba empujando un carrito de bebé, donde llevaba risueña y sentada a su nieta, y, como me ha dicho que se encaminaba a casa de su progenitora y servidor portaba al hombro su mochila y, dentro de ella, la rosquilla de san Blas que, mediada la mañana, había proyectado mojar en un café con leche y degustarla para el almuerzo, se la he dado para que esta, a su vez, se la entregara a la autora de sus días. Ella ha sentenciado “de tal palo, tal astilla” y me ha dicho que le parecía requetebién que siguiera tu actitud dadivosa, encomiable. Le he comentado lo lógico, que lo razonable es mantener y fomentar las buenas costumbres y erradicar las malas. Y, a renglón seguido, he agregado que, aunque Dios me concediera la gracia de vivir cien años, por mucho que me esforzara en emularte, no conseguiría, en lo tocante a generosidad, estar, jamás de los jamases, a tu altura.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Perdónala; no sabe lo que dice

PERDÓNALA; NO SABE LO QUE DICE

Aunque antes de que fuera pública y notoria su enfermedad neurológica Emilia se alegraba cada vez que me veía en la calle, desde que ha ido avanzado paulatinamente la misma, se llame esta como se llame, alzhéimer, demencia senil o de cualquier otra guisa, y falta mi madre, ahora, cuando, yendo del brazo de algún allegado, me guipa, porque sigue teniendo una vista, ora de águila, ora de lince, tengo la impresión refractaria de que se le ilumina un poco más el rostro, si cabe, que sí, que cabe, o de que me sonríe aún más; deduzco, intuyo o supongo que eso ocurre así porque en mi cara ve la de mi ausente madre, su inseparable amiga del alma, Mariluz. Indefectiblemente, tras saludarme con un “hola, querida” y llamarme por mi nombre, Ana, me pregunta por mi progenitora; y yo suelo contestarle lo acostumbrado, que bien, que está en el cielo. Si el deudo que la lleva del brazo es hija o nuera suya, suele espetarle, “pero, por Dios, madre”, y entonces parece recuperar de repente la lucidez, caer en la cuenta de la realidad y hacer gestos con los que (eso infiero, al menos) pretende pedirme perdón por su nuevo despiste.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Una boutade u ocurrencia

UNA BOUTADE U OCURRENCIA

“Es un axioma que aquel a quien todos conceden el segundo lugar tiene méritos indudables para ocupar el primero”.

Jonathan Swift

Ayer, lunes, por la tarde, no acerté a saber por qué me había despertado de los veinte minutos escasos que duró mi siesta recordando lo que había estado canturreando en sueños, esa canción popular que decía y dice así: “Querida, Irene, porompompón (bis), / síguete (forma verbal esdrújula que suele hacerse llana, siguete) meneando, porompompón, / que ya me viene, porompompón”.

Tras darle vueltas y más vueltas, giros y más giros, al asunto sin sacar nada en claro, sin obtener un mínimo provecho, desistí en mi empeño de hallar su (quinta)esencia, su quid.

Hoy, martes, habiendo transcurrido veinticuatro horas, poco más o menos, del morrocotudo fracaso, me he llevado a las manos y a los ojos un libro de filosofía de mi biblioteca y me he detenido en unas páginas sobre Guillermo de Ockham, a quien le he pedido prestada su famosa navaja, quiero decir, su principio metodológico de economía que dice que “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”, y ahora ya puedo decir que, del amplio abanico que se me había presentado, estoy en condiciones de señalar la razón o varilla que he escogido como más plausible, esta: ayer, por la mañana, leí, sin detenerme mucho en la noticia, que la nueva portavoz en el Congreso de los Diputados y “número dos” de la formación morada va a ser Irene Montero.

Aunque no doy un chavo por lo que acaba de idear mi caletre (he intuido que iba a ser un texto de poca monta), para confirmar mi sospecha y/o ratificar mi tesis, como a esta hora, regularmente, acostumbra a brotarme o nacerme mi vena más coñona, guasona o zumbona, la pondré negro sobre blanco para ver si, desechando prejuicios, se trata, en verdad, de una chapuza inconcusa; pero, como me tengo (sin ánimo de alardear o presumir) por un sabueso (me gusta advertir con antelación a quien suele invertir su tiempo de ocio en pasar y posar su vista en mis urdiduras —o “urdiblandas”— qué barrunto o me da en la nariz) sagaz, no puedo tomarle el pelo a usted, atento y desocupado lector (sea ella o él), contándole una milonga, porque presiento que no va a ser de su agrado ni a recibir su aprobación. No obstante, paso a dejar (para afrenta, baldón o ultraje mío, sin duda) constancia aquí de ella, una boutade u ocurrencia, que ya he trenzado mentalmente, una décima dialogada protagonizada por Elvira y Edurne, como puede leer a continuación:

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Poesías al momento

POESÍAS AL MOMENTO

En la biblioteca municipal de Tudela (como un sendero poético más de los muchos que ha ido, ora desbrozando, ora tejiendo, de manera mancomunada, el capital humano que presta sus servicios en las bibliotecas públicas de la Ribera, fungiendo, ya de meros exploradores, ya de claras hilanderas), nada más entrar en la sala habilitada para uso exclusivo del público joven y adulto, a mano izquierda, anteayer colocaron un panel, en el que bajo un cartel que exhibía, a modo de reclamo, el rótulo de “Poesías al momento”, pretendía recoger los versos que hubieran podido repentizar minutos antes, durante o después de haber hecho uso correcto de sus plurales herramientas quienes hubieran acudido en esa oportunidad a su sede.

Por la tarde, el abajo firmante, mero aprendiz de ruiseñor, a quien le gusta colaborar con quienes se lo piden y en cuanto puede, estrenó dicho espacio con el propósito de que otras/os poetas siguieran la senda inaugurada por él y escribió esta redondilla, que tituló, precisamente, así, “REDONDILLA”, y firmó con su seudónimo por antonomasia, Otramotro:

“Su mirada te confiesa
Lo que su corazón siente,
Que te ama (no, no te miente),
Aunque te parezca aviesa”.

Ayer, por la mañana, antes de que mis dedos empezaran a saltar, pulsar y/o bailar sobre las letras, números y signos diversos del teclado de uno de sus ordenadores (soy usuario habitual, regularmente de mañana y tarde, del susodicho recinto libresco), nadie se había animado a dejar una escueta muestra siquiera de lo que le había inspirado inesperadamente su musa/o. Así se lo hice saber, tras darle los buenos días, a una de las bibliotecarias, Pilar, que estaba llevando a cabo lo que fuera detrás del mostrador. Y le comenté que tal hecho no me empujaba ni incitaba a seguir urdiendo en dicho panel mis versos, pues me daba cierto reparo (no era mi deseo ni mi intención acaparar dicho espacio) trenzar en el mencionado panel lo que había escrito mentalmente, mientras bajaba a la calle Herrerías, donde tiene su sede la biblioteca; a lo que ella me objetó que, según su parecer, si fueran más las composiciones que obraran allí, hasta las/os más tímidas/os poetas, tal vez, se animaran a dar cuenta y/o dejar una breve prueba, al menos, de las suyas.

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Lo evidente y lo soñado

LO EVIDENTE Y LO ENSOÑADO

Debo la frase que encabeza este texto al vate (poeta y profeta) Luis Cernuda Bidón (quien, por cierto, para rematar su extraordinario e inmarcesible poema “Si el hombre pudiera decir”, escribió los tres versos con los que, en el caso o supuesto de que el abajo firmante, aun moribundo, estuviera consciente, gustaría despedirse de su amada dama, en la hora fatal, cuando Átropos hubiera decidido cortar el hilo de su vida: “Tú justificas mi existencia: / Si no te conozco, no he vivido; / Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido”), que reunió la obra poética que había trenzado hasta entonces bajo el título global de “La realidad y el deseo” (1936). Esos dos susodichos vocablos, realidad y deseo, hacen inconcusa referencia y/o son los ámbitos que resumen, a grandes rasgos, el conflicto existencial en el que vivió durante una buena parte de su vida.

Está claro que las personas diferenciamos lo público y notorio, lo que hay, lo evidente, y que, de modo incontrovertible, es real, de lo que anhelamos, lo ficticio, lo soñado, ora estando dormidas, ora estando despiertas, que, contradiciendo lo que muchas creen a pies juntillas y así lo expresan, a pesar de los pesares, también lo es, real.

A veces, solo a veces, recuerdo lo que he soñado. Es lo que me ocurrió, verbigracia, la madrugada del domingo pasado, que me desperté habiendo escrito en sueños una décima/espinela. Como la recordaba con fidelidad, para que no se me olvidara, la pasé inmediatamente a mi libreta (este procedimiento es el lógico y normal en quien hace muchos años, servidor, agrupó los siguientes versos bajo el título de “Romance del verbadebelado”: “Literato naufragado, / Cuentacuentos con aletas, / Mideversos con espinas, / Con escamas juntaletras, / Verbarrendido entre peces, / Pecios y otras truculencias / No es el que a pique se ha ido, / Sino el que no halla libreta / Donde verter lo ocurrido, / Ni halla paz, ni puerto encuentra”). Mi confesable anhelo era que en Vistalegre II Errejón le ganara el pulso que le había echado a Pablo Iglesias, por eso mi inconsciente trenzó lo que trenzó, el poema que el atento y desocupado lector (sea ella o él) puede leer abajo, como colofón a este texto, pero a las pocas horas hizo su aparición el tío Paco con la rebaja, desbaratando lo que mi subconsciente había escrito en sueños:

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Otra casualidad... para un relato

OTRA CASUALIDAD... PARA UN RELATO

Winston Churchill, que fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1953 (no faltará quien, considerando la larga lista que se puede hacer con los grandes escritores a quienes no se lo dieron, habiendo hecho acopio de bastantes más méritos que los que concitó el que fuera primer ministro del Reino Unido de la Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, sostenga con razones de peso que se lo regalaron; yo mismo, verbigracia, constatando que no lo recibieron mis queridos Borges, Cortázar, Rulfo y Unamuno, estaría dispuesto a secundar dicha moción), como era un optimista empedernido, arrimó claramente el ascua a su sardina y trenzó en letras de molde lo que sigue, que “un optimista ve una oportunidad en toda calamidad; un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”. Antes, otro Nobel de Literatura británico, este de 1907, Rudyard Kipling, en un poema precioso,“If” (“Si”), vino a decirnos que tanto el éxito como el fracaso son unos meros impostores.

Hago míos los pensamientos de los dos autores mentados con el propósito de sacarles los máximos jugo y provecho a una anécdota de la que fui involuntario protagonista la mañana del sábado pasado en el Centro Cívico “Lourdes”, de Tudela, donde suelo llevar a cabo la primera y provisional versión de mis urdiduras (o “urdiblandas”). A las 13 horas, como manda el horario establecido, cierran el citado centro. Bueno, pues, sin ánimo o intención de endilgarle a nadie la responsabilidad del inoportuno contratiempo sufrido, del muerto (gracias a Dios o al hado, sin cadáver), confesaré, echando mano de cierta figura o recurso literario, en concreto, la hipérbole, una verdad como una seo (que no como un aseo) o catedral de grande: servidor, el abajo firmante, se vio y sintió durante una veintena y pico de minutos como aprendiz de ave canora (canario, jilguero o ruiseñor) enjaulado, y si puedo ser un poco más exagerado, que sí, que puedo, mutatis mutandis, como José Luis López Vázquez en “La cabina”.

Procedí a ir clausurando las páginas de mi ordenador (el que estaba usando) cuando faltaban tres minutos para el cierre, las 13 horas (al parecer, el susodicho y doble guarismo que, de manera extraordinaria, había sido propicio —fue la terminación del Gordo de Navidad el pasado año, jamás agraciada hasta entonces—, había vuelto a las aguas por las que suele discurrir, a su catalogación ordinaria “de mal agüero”). La trabajadora responsable del día, Laura, que por la tarde me pidió perdón (y, evidentemente, se lo concedí ipso facto), según me comentó, había gritado que se cerraba el garito, pero yo no oí dicho alarido y ella siguió el protocolo, los pasos acostumbrados, dejándome a mí encerrado, sin mediar advertencia de lo que inopinadamente me aguardaba cuando fui a abrir la puerta para salir, una soberana cencerrada, la desapacible y ensordecedora audición de la sirena de la alarma, que me obligó, si no deseaba volverme tarumba, a subir al piso superior.

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¿Creaciones de mentes fantasiosas?

¿CREACIONES DE MENTES FANTASIOSAS?

Hay quienes sostienen que las causalidades, las llamen así o causas, orígenes o principios (de lo que sea), existen, pero las casualidades, esas combinaciones de circunstancias a las que no les cabe, cuadra o encaja ser prevenidas o previstas ni pueden eludirse o esquivarse, no, de ninguna de las maneras. Como esto, que acostumbran a aseverarlo donde sea, allí donde se hallen, que quizás no sea el ámbito apropiado para largarlo, se lo creen a pies juntillas, no hay forma humana de hacerles ver cuánta importancia tiene pasar por el tamiz propio las razones ajenas, siempre que concedamos a las de las/os demás el mismo don, gracia o favor que solicitamos para las nuestras, las de poder convencer y ser persuadidas/os por ellas; de que tal vez estén equivocadas/os, de que acaso las cosas no sean así, como ellas/os las ven, ni contengan o sean portadoras o porteadoras de tantas verdades como aseguran.

Durante la mañana del 5 de enero del presente año, en la sala de ordenadores del Centro Cívico “Lourdes”, de Tudela, cuando apenas hacía unos segundos que le había dado remate a la primera versión de un texto breve que titulé, de manera provisional, “Carta a los Reyes Magos”, hizo acto de presencia, quiero decir, irrumpió inopinadamente en el susodicho entorno un señor vestido de Rey Mago (Melchor o Gaspar; no cabe otra opción, si hacemos caso o tenemos en cuenta el legendario color de la piel que la tradición adjudica a Baltasar), acompañado de una de las trabajadoras del mentado centro, Eva, que me dijo, “mira, Ángel, a quién te traigo”, y otra persona más, una señora que se quedó en el quicio de la puerta y no conocía (añadiré en este paréntesis que no la había visto nunca; aunque quizás debería haber urdido, a fuer de ser más cabal, que jamás había reparado antes en ella). Así que no tengo un solo testigo, ni dos, porque son tres, en sentido estricto, las personas que pueden dar testimonio fehaciente de que lo que llevo trenzado hasta aquí y lo que urdiré a continuación es cierto y no tiene vuelta de hoja, porque es irrefutable.

Le dije a quien iba vestido de Rey Mago que, casualmente, acababa de escribirle una carta a él y a las otras dos proverbiales altezas dadivosas con las que conforma el trío más esperado y querido por las/os niñas/os la primera semana de enero. Le pregunté si podía proceder a su lectura y, como me dio en un santiamén su plácet, pasé en un instante a poner en ejecución la misma. Cuando la terminé de leer en voz alta, le interrogué sobre su opinión al respecto y me comentó, grosso modo, que acaso vendría bien que se leyera mi texto en los hospitales.

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CCCI)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCCI)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Aunque del amor y del humor, estupenda pareja de baile o, mejor, de toreo, al alimón, ambos comentemos aquí asiduamente y sobremanera, siempre podremos decir algo nuevo, nunca antes aducido por el uno o por el otro.

En mi modesta opinión (acepto discrepancias —solo suelo ser intransigente con quien no transige—, disentimientos, siempre que medie argumento o razonamiento, que no miento, al respecto), una de las creaciones artísticas (la novela y la película homónima basada en ella) que mejor trata o versa sobre el tándem susodicho es “El nombre de la rosa”, que lleva la firma de Umberto Eco (el libro) y de Jean-Jacques Annaud (la cinta cinematográfica). Desde que leí la ficción, el segundo libro (sobre la comedia y el humor) de la “Poética” aristotélica, aborrecido por el venerable (que, conforme van transcurriendo las obras, va dejando de serlo, deviniendo, sin remedio o solución, en detestable) Jorge de Burgos (rol que borda Feodor Chaliapin Jr.), se me hizo muy dilecto. Tras comentar con brevedad maestro (Guillermo de Baskerville, personaje interpretado inmejorablemente por Sean Connery) y discípulo (Adso de Melk, papel que ejecuta con arte y primor Christian Slater) el apaño, la relación (había escrito felación, pero la misma es, claramente, un yerro imputable a mi índice izquierdo, porque ni en la novela ni en la película se menciona o es explícita la tal) amorosa circunstancial e irregular habida entre el último y la joven (Valentina Vargas), el lógico fraile franciscano concluye lo oportuno: “Qué pacífica sería la vida sin amor, Adso. Qué segura. Qué tranquila. Y qué insulsa”.

Bienvenido, por venir a cuento, tu calambur. Ciertamente, todo parece indicar, mira por dónde, que la excesiva afición de Mario Conde al dinero (primero, a esconderlo; y, luego, a blanquearlo) iba a ser objeto de más imágenes y páginas en los mass media que lo iban a abaldonar aún más. Quienes le concedieron el doctorado Honoris Causa deben estar tirándose de los pelos (algunos, además, de pedos) por cagarla, pues el borrón ya no tiene solución.

No me extrañaría nada (de nada) que, conociendo (como conozco, un poco) cómo son las opiniones pública y publicada de la piel de toro puesta a secar, Mario Conde viniese pronto a ser el nombre y el apellido que, por antonomasia, se usaran proverbialmente para dar cuenta del listo que se pasó de listo o del inteligente que demostró su diligencia en tener más de un comportamiento corrupto.

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CCLXX)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCLXX)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Te recomiendo con especial encarecimiento, que no miento, su lectura.

Sensu stricto, no se trata de un chiste, sino de una sátira en toda la regla.

Cándido o el optimismo” es un cuento filosófico largo (o novela corta) de Voltaire (aunque apareció publicado en 1759 como traducido del alemán, para más inri o hacer mayor escarnio de la nacionalidad de Leibniz, el filósofo vejado, por un tal “Mr. le Docteur Ralph”). En esta narración se cuentan las desventuras del joven Cándido, que hace suyo el optimismo leibniziano que le enseñó su tutor, el doctor Pangloss, según el cual, “vivimos en el mejor de los mundos posibles”, y se aferra con terquedad a este principio. Voltaire, burlona y despiadadamente, echa mano del peor de los vitriolos para censurar la teoría de Leibniz. No obstante el rosario de infortunios que le acaecen, Pangloss repite insistentemente, sin desmayo, que “tout est au mieux” (“todo sucede para bien”). El cuento concluye con la tesis de que “il faut cultiver notre jardin” (“es preciso cultivar nuestro jardín”), es decir, dada la imposibilidad de mudar el cosmos, lo que sí podemos hacer es mejorar nuestro microcosmos y aspirar solo a aquello que podamos lograr.

Voltaire ironiza sobre la cadena de contagios de la sífilis (“mal francés” se le llamaba a la tal en Italia, “mal italiano” en Francia; “mal del vecino”, vaya), satiriza (no deja títere con cabeza) a todas las clases sociales de la época y apunta al origen amerindio y precolombino de la enfermedad. Creo que de ahí extraje mi idea para el posible tema de algunas de mis urdiduras (o “urdiblandas”): S(a-o-u)ciedad.

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De los lodos donde andamos

DE LOS LODOS DONDE ANDAMOS

Los seres humanos todos
Ser otros imaginamos;
Con huir fantaseamos
De los donde andamos lodos,
Utilizando los codos
Si hiciera falta tal cosa,
O sea, leyendo prosa
O verso medido o suelto,
Vaya este arropado o envuelto
Por un tropo o símil, Rosa.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CCLXI)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCLXI)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

A veces, con alguna frecuencia (te consta que trenzo algunos de mis escritos con bastantes días de antelación sobre su fecha de publicación), me resulta complicado, difícil, recordar qué persona o hecho concreto motivó la urdidura (o “urdiblanda”) de la epístola, poema o relato que ha aparecido publicada/o en nuestra bitácora, el blog de Otramotro, quien firma estas líneas o renglones abajo.

Está claro, cristalino, que, aunque en la espinela uso un repertorio de vocablos que tienen que ver con el ámbito marino (no obstante mi reconocida pasión y pulsión por las montañas, quiero decir, por los senos femíneos), me refiero a los atributos o las prendas de una mujer de bandera, venusta, que, acaso porte el nombre de Mar (María del Mar) y hasta este mismo iterado, Marimar (o Marymar). Una mujer que, tal vez, se llame Mar (o una de las variantes propuestas) es el resumen completo de la belleza, la poesía y la verdad. No es extraño, por lo tanto, que servidor haya venido a caer de hinojos ante la compleja realidad que (en su intelecto, el día de la escritura y el de la lectura) lo completa o complementa, el (o la) mar y la montaña (mar y montaña).

Para mí, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría no es una hembra de armas tomar (en el sentido de “de cuidado”, “sospechosa o peligrosa”) y sí (en el sentido de “preparada para coronar empresas arriesgadas”). Es la persona que ostenta un cargo dentro del Gobierno de España que me merece el mayor de los respetos, porque me parece la más competente del mismo, pero, como suelo añadir cuando hablo de mis gustos personales, acepto discrepancias.

Como, tras leer mi décima, has hecho lo propio en el tercero de los párrafos de tu primer escolio, porque, no me negarás que, con el breve relato de la visita que hiciste a la odontóloga que te salvó la muela, has llevado a cabo un tratamiento, que no miento, literario parecido, similar, al mío, no agregaré nada más al respecto.

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Os amaré eternamente

OS AMARÉ ETERNAMENTE

A mi dilecto amigo Luis Quirico Calvo Iriarte, por esta razón de peso, porque hoy, martes, veintiuno de junio de dos mil dieciséis, cumple años; así pues, con agradecimiento a espuertas y cariño a raudales, le mando esta décima y mis ¡muchas felicidades!

Mientras viva, agradecido
Os estaré, Luis Quirico
Calvo Iriarte y Federico
García Lorca. He crecido
Con ambos y renacido.

Luis Quirico, abriste puertas
De mil y un cuentos o huertas.
Federico, tú la mente
Para amar eternamente
Las amistades, aun muertas.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Martes, 28 de marzo

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