El Blog de Otramotro

Te comportaste bien, "Metomentodo"

TE COMPORTASTE BIEN, “METOMENTODO”

(CUANDO NO DEJA ESTELA/HUELLA/RASTRO LA VIOLENCIA)

Esta mañana, atento y desocupado lector, seas ella o él, mi querido heterónimo y amigo Emilio González, “Metomentodo”, me ha mandado el siguiente correo electrónico:

“Estimado Otramotro, ayer me ocurrió lo que, me creas o no, en el supuesto de que un juez me conceda la oportunidad de relatarle pormenorizadamente mi versión de los hechos, me acaeció al poco de salir del cine de ver “Campeones”, en mi opinión, el mejor filme firmado por Javier Fesser.

“Cerca de casa, a no más de trescientos metros, un tipo robusto, como un armario ropero, y malencarado (pude observar su rostro cuando llegué a la esquina —donde hay una sucursal de Ibercaja—, que suelo doblar para enfilar el último tramo de avenida que me lleva y deja junto al portal del edificio donde tengo mi choza) se me acercó al final de la calle Sorpresa, que todo el mundo conoce por su sobrenombre, Monja enchironada, me pidió la hora y se la di: las once y veinte pasadas.

“Pensé que me había deshecho de él, que lo había dejado tras mis pasos, cuando, inopinadamente, me lo topé de frente y siguió con su monserga:

“—Oye, no tengas tanta prisa. Como estoy obsesionado con la hora, he pensado que, si te pido de manera insistente que me regales tu peluco, acaso consiga que te avengas a ello. ¿Te amoldas?

“Enmudecí. El miedo cerval me acostumbra a robar el habla. Como te consta, desde que me están dando la quimio, parezco un alfeñique, así que escuchar la susodicha propuesta, ciertamente, me desagradó un montón, pero más me disgustaron todavía las consecuencias que colegí si rehusaba condescender al trámite, ya sabes, mutatis mutandis, aquello que aprendimos en la Facultad de Derecho de que la causa de la causa es causa del mal causado.

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Una pareja envidiable

UNA PAREJA ENVIDIABLE

Soledad, que tanta compañía me hace (¡menudo oxímoron!, sí), por culpa de la artritis y de la artrosis, cada día se mueve con más dificultad. Quien otrora disfrutaba tanto como yo (o más) cada vez que subíamos al monte, ahora rehúsa ir al parque y suele torcer el morro cuando le propongo salir a tomar una caña o un gin-tonic. La hija de Paloma, fiel donde las haya (de casta le viene a la galga italiana serlo), y servidor, según gustan airear nuestros allegados, formamos una pareja inseparable, inolvidable, envidiable. Desde que se ha hecho mayor, se ha vuelto una comodona y se pasa el día tirada en el sofá, durmiendo a pierna suelta, como una marmota.

Cada dos por tres, le suelo largar esa copla popular que dice que “ni contigo ni sin ti / tienen mis males remedio; / contigo, porque me matas, / y sin ti, porque me muero”, ya que, cuando la tengo al lado, no paro de echar pestes de ella; y, cuando no la noto cerca, la extraño una barbaridad. Son ya catorce los años que llevamos juntos y, si he de proferir la verdad, como debo, diré que “Sole” ha sido (no abrigo ninguna duda al respecto) mi mejor mascota.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


¡Qué bandada de estorninos!

¡QUÉ BANDADA DE ESTORNINOS!

Miles de estorninos, miles,
El ecosistema ruso
Dejan, por ser arduo el muso,
Y por otros, menos tiles
Mudan, juzgo, y menos viles.
Vuelan hasta el sur de Europa,
Después de acordar la tropa,
De consuno, que en bandada
Me ahuyentarán; ¡qué chorrada!,
A mí, que ataco por popa.

Yo, el halcón, el gerifalte

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


¿Que qué es la literatura?

¿QUE QUÉ ES LA LITERATURA?

Es la adecuada herramienta
Para que cualquiera alumbre
Cuanto a la gloria lo encumbre
O al orco lo abaje, mienta
O no mienta en lo que mienta
Y se ha editado. Se sabe,
Porque en ella todo cabe,
Que hay a quien peta qué cuenta
Y hay a quien cómo lo cuenta,
Pues no falta el que esto alabe.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Reconozco que soy un fan de Lanza

RECONOZCO QUE SOY UN FAN DE LANZA

“La violencia nunca es buena; nunca trae nada bueno”.

Declaró ayer en una entrevista que le hicieron en Cope María Rosa, esposa de Juan José Salas, el agente de la Guardia Urbana de Barcelona que quedó tetrapléjico en 2006 tras ser alcanzado en la cabeza por una piedra que lanzó Lanza.

Como lo primero y principal debe ir en cabeza, ahí va mi más sentido y sincero pésame a los deudos y amigos de Víctor Laínez (y es que cada vez que tengo noticia de que uno de mis semejantes, hembra o varón, ha dejado de existir, recuerdo indefectiblemente las palabras finales de la Meditación XVII de “Devociones para ocasiones emergentes”, 1623, del poeta metafísico inglés John Donne, venerado como santo cada 31 de marzo por la iglesia anglicana: “La muerte de todo hombre me disminuye porque formo parte de la humanidad. Por eso no preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”), recientemente occiso, o sea, muerto de manera violenta.

De inmediato, debo añadir, para no ser tomado por otro muñeco de pimpampum derribado a pelotazos o vapuleado y abatido en el acto por cualquier otro tipo de arma arrojadiza, que no soy admirador o seguidor, no, de la persona que está encarcelada en la prisión zaragozana de Zuera, de manera provisional, comunicada, sin fianza (así lo decidió ayer la juez Natividad Rapún, titular del Juzgado de Instrucción número 6 de Zaragoza, competente en el caso, después de tomarle declaración), Rodrigo, insisto, no, sino que el Lanza del título de esta urdidura (o “urdiblanda”) es el apellido de Silverio, seudónimo literario de Juan Bautista Amorós y Vázquez de Figueroa.

Confieso que esta mañana, cuando me he sentado ante el ordenador, mi primera intención había sido escribir sobre el joven, que goza de doble nacionalidad, chilena e italiana, que ha sido acusado de ser el presunto asesino de Víctor Laínez, y que, por cierto, ya cumplió pena de cárcel por ser quien, según la sentencia condenatoria, lanzó la piedra que dejó tetrapléjico a Juan José Salas, pero me he decantado por una opción más prudente, dejar que todo el proceso se sustancie, como debe, y esperar a que se celebre el juicio con garantías y haya una sentencia firme. He leído un sinfín de comentarios en las ediciones digitales de los diarios (a favor y en contra de Lanza) que han hecho que me inclinara por hablar de Silverio y no de Rodrigo. No es mi propósito que de mis palabras se deduzca que el último no vaya a ser declarado, tras culminarse un juicio justo, culpable, sino dejar constancia de la sensación refractaria, que me molesta un montón, de que, poco a poco, nos estamos cargando la presunción de inocencia. Al paso que vamos, más pronto que tarde, va a ser metamorfoseada, mudada, por la presunción de culpabilidad.

Reconozco, asimismo, que, tras leer parte de las declaraciones que hizo ayer María Rosa a Cope, sensatas (mejoraré el adjetivo valorativo que he usado), sensatísimas, en las que venía a dar las gracias a cuantas personas le habían ayudado durante la última década larga, cuando mi cacumen dudaba entre titular mi urdidura (o “urdiblanda”) “¿El perdón? ¡La mejor de las venganzas!” o “No hay venganza mejor que perdonar”, mientras tecleaba lo que el atento y desocupado lector, sea hembra o varón, acaba de leer, advertía que, a modo de mojones de la vía por la que servidor debía transitar, se abrían camino o senda hasta desembocar en dicha vía, con la evidente pretensión de ser expresadas, dos inexcusables referencias, dos, la del artículo 25 de la Constitución Española de 1978, donde, según su punto 2, se dice que “las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social”, y el final de la “Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños” (publicada por vez primera en 1626, en Zaragoza), de Quevedo, donde se lee: “Y fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”.

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Casi todos los hombres son perversos/amables

CASI TODOS LOS HOMBRES SON PERVERSOS/AMABLES

“Ya casi no hay hombres buenos ni malos, ni traidores por vocación, ni envenenadores por capricho. Hemos descompuesto al hombre, al conjunto de mentiras y verdades que antes era el hombre y no sabemos recomponerlo. Nos falta el cemento de la fe divina o de la fe humana, para hacer con estos cascotes una cosa que parezca una estatua”.

Pío Baroja Nessi

Otrora esto vi y leí (lo mismo que ahora esto veo y leo), que en la relación de los Siete Sabios de Grecia (hay otras, véase, verbigracia, la que presentó Aristocles, Platón, en su diálogo “Protágoras”) que hizo el “doxógrafo” (por cierto, me extraña que este vocablo no haya sido admitido o recogido aún en el DRAE) neoplatónico Ioannes Stobaeus, Juan de Stobi o Estobeo (que coronó en el siglo VI después de Cristo el más amplio florilegio de textos literarios de la antigüedad griega bajo el título de “Antología de extractos, sentencias y preceptos”), al sabio, político y legislador Bías de Priene, uno de los siete, le adjudica esta máxima: “La mayoría de los hombres son malos”. Es mi propósito narrar el sueño que he tenido hoy, entre las cinco horas y veinte minutos y las siete menos diez (podría haber escrito las seis horas y cincuenta minutos, pero, si me he decantado por la primera opción, la razón acaso estribe o radique en que el reloj que uso y porto en mi muñeca izquierda es de agujas y no digital), momentos de la tercera y la cuarta vez que, a lo largo de la noche, he salido al baño a miccionar (tal vez la culpa la tenga un efecto secundario, indeseado, del medicamento que tomo después de cenar para regular mi hipercolesterolemia), para ver si el apotegma de Bías merece seguir vigente, así, como él lo expresó, o ser implementado con el aporte de una nueva perspectiva.

Paso a relatar el sueño. Había quedado (si he de ser honesto —y mi propósito es, sin ninguna duda, serlo—, no le puedo ofrecer o referir a usted, atento y desocupado lector, sea ella o él, ni el lugar concreto ni la hora exacta de dicho encuentro, porque, una de dos, o no los he hallado en el sueño o, si los había, los he olvidado; no contemplo otra posibilidad) con el líder y cabeza de lista del PSC a las elecciones autonómicas de Cataluña del próximo 21-D, Miquel Iceta, para que me entregara un croquis con el trayecto que debía seguir (al parecer, las citas o compromisos de nuestras agendas discrepaban y no podíamos hacer juntos —servidor, acompañándole a él, claro, por supuesto— el viaje adonde debíamos acudir ambos —ignoro, asimismo, quién nos había citado— sin falta) para llegar a destino, una localidad, sin nombre, catalana. Me ha parecido, sin embargo, que él iba por delante (o alguien muy semejante a él, porque era gordito, bajito y calvo, como él mismo se ha identificado), a unos doscientos metros, cuando, siguiendo el dibujo esquemático que Iceta me había dado, he enfilado un túnel lóbrego y oscuro (como la casa del hidalgo, “donde nunca comen ni beben”, del anónimo Lazarillo de Tormes”), en el que se vislumbraba en lontananza una tenue luz al final del mismo. Nada más salir de dicho agujero, me he visto en medio de una playa rodeado de cinco o seis personas mal encaradas y, en un pispás, las prestidigitadoras manos de uno de ellos me ha hurtado la cartera que llevaba en el bolsillo trasero derecho de mi pantalón vaquero (esto me ha extrañado mucho, y hasta inquietado sobremanera, porque servidor, desde que sufrió un episodio parecido, pero real —como sostiene y cree que la experiencia, además de un grado, es la madre de la ciencia—, ya no porta la cartera en dicho bolsillo trasero, sino en el delantero de su bluyín). Nada más reparar en el hurto, me he visto en un terreno desértico (quizás era la misma playa mentada arriba, pero esta se había hecho más extensa, inmensa), donde se estaba jugando un partido de fútbol entre dos equipos conformados por cientos y aun miles de personas, que me ha impedido identificar o reconocer al anagrama de Roldán, al amigo de lo ajeno. Me he acercado a un bar y le he preguntado al camarero si solían aparecer por allí las carteras que se habían sustraído en los alrededores, tras haber sido convenientemente vaciadas de dinero, porque en la mía llevaba, amén del DNI, otra importante documentación, confidencial. Me ha dicho o dado a entender con un gesto que me diera por jodido (con perdón). Ya estaba a punto de salir por la puerta del bar cuando les he contado a cuatro chicos, tres varones y una fémina, lo que me había acaecido e, ipso facto, antes de que hubiera acabado de hacer una narración detallada de lo ocurrido, cada uno me había ofrecido y alargado generosamente con su diestra un billete de cinco euros, que he cogido y agradecido, pues me hallaba sin blanca. Con ellos, podría regresar a mi punto de partida u origen.

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Carles o la rabieta de un mocete

CARLES O LA RABIETA DE UN MOCETE

Esta pasada noche he vuelto a tener un mal sueño, una pesadilla. Seguramente, la culpa la ha tenido la manta (o el manta) de más. Anoche, nada más acostarme en la cama, sentí frío y, como no había calentado agua para llenar la bolsa, decidí combatirlo ipso facto con otra manta (que eché sobre el edredón).

Al parecer, según mi inconsciente (no me pregunten el porqué, porque nunca abrigué ni el deseo ni la esperanza de que me brotara alguna vez el ápice o la pizca de ambición necesaria que me empujara a aspirar un día a ostentar un cargo de representación política, el que fuera, jamás de los jamases) o subconsciente, servidor había sido elegido diputado en el Parlamento Europeo y viajaba en avión a Bruselas, donde dicen que las coles disminuyen (a la vista está en qué quedan, en dídimos) y, por lo que se verá (sensu stricto, se inferirá de lo leído) luego, también el cacumen o el pesquis de alguno, o sea, su agudeza o perspicacia intelectiva.

Por las cosas y los casos que tiene el azar, me tocó (pásmense ustedes, atentos y desocupados lectores, sean ellas o ellos) Carles Puigdemont como compañero de asiento (¿?).

Tras hacer las presentaciones, mantuve con Puigdemont el siguiente diálogo:

—¿Está usted loco? —me preguntó, de sopetón.
—¿Cómo? —la cuestión me cogió de improviso—. No. ¿Acaso doy esa impresión? Por supuesto que no. —contesté.
—¿Quiere estarlo?
—No —insistí—; de ninguna de las maneras.
—Pues, en ese caso, paso; me ahorro el esfuerzo de intentar convencerle a usted con el argumento con el que he conseguido persuadirme a mí mismo.
—No se corte —le repuse; y, como servidor es un coñón empedernido, incorregible, un zumbón de los de marca mayor, agregué—: Pruebe; a ver qué pasa.
—Yo, Puigdemont, emulando, sin duda, a Luis XIV, “el Rey Sol”, quien, según dicen, el 13 de abril de 1655 (cuando apenas contaba dieciséis años) adujo aquello de “L´État, c´est moi” (“El Estado soy yo”), he logrado reunir los arrestos y los redaños suficientes para osar soltar aquí y ahora, a bote pronto, esta boutade: que la realidad soy yo; y, si la realidad no me gusta, la cambio y santas pascuas o sanseacabó.
—¿No le parece a usted que decir eso le asemeja, como una gota de agua a otra gota de agua, al mocete o “muete” (como se le llama al tal en Tudela), dueño del balón, que propone al resto de los niños que están jugando al fútbol con él, una de dos, o que el próximo gol lo mete él, o coge el balón y el partido se acaba, porque se lo lleva a casa?
—¿Por qué lo dice usted?
—Porque, visto lo visto, oído lo oído y leído lo leído, después de no haber obtenido usted ningún apoyo en la UE a su DUI, ha salido por peteneras al concluir que la UE es “un club de países decadentes”; y, al parecer, si el próximo 21-D las fuerzas independentistas ganan las elecciones autonómicas, usted propondrá un referéndum en Cataluña (¿no ha aprendido nada (de nada)? —¿la experiencia ha dejado de ser la madre de la ciencia?—) para preguntarles a los catalanes, hembras y varones, si son partidarios de salir de la UE y del euro. ¿No pensaron sus padres en ponerle antes que Carles el nombre de Diego?
—¿Por qué lo dice usted?
—Porque usted clava ese dicho, un canto a la incoherencia, visto por el haz y por el envés, de “donde dije digo, digo Diego”.

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¿Quieres ser una fregona?

¿QUIERES SER UNA FREGONA?

“Bienvenido a la república independiente de mi casa”.

Es el lema que se lee en el felpudo que compraste en Ikea.

—Yo decido mi destino.
Destesto que me lo fije
España, porque me aflige.
¿Qué piensas? ¿Que marro o atino?
—Cataluña, Florentino,
Es España. Te equivocas
Si piensas que me provocas
Preguntando lo evidente.
¿Qué te interrogó el vidente
Que de cuando en vez evocas?
“¿Crees que el de Tarragona,
Si con el de Barcelona
Se compara, aspirará
A menos? ¿Deseará
Seguir siendo una fregona?”

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


¿Santallana? ¡Un bululú!

¿SANTALLANA? ¡UN BULULÚ!

Dilecto amigo y heterónimo/seudónimo, Otramotro:

Como sé que te encantan los cuentos, me dispongo a narrarte (a ver si lo hago con arte y, así, logra agradarte) uno que se lo escuché relatar a un bululú que acaso ignoraba que lo fuera, y, además, excelente.

Como te consta, me encuentro, desde el pasado jueves, 20 de los corrientes mes y año, disfrutando de mis merecidas vacaciones estivales en la mayor de las islas canarias, Tenerife. Ayer, quinto (y, si hacemos caso al dicho, no lo hay malo) de mis afortunados días de asueto, me desperté sin haber puesto la alarma del móvil (ergo, sin que la mentada sonara) a las siete y media de la mañana, hora canaria, como es hábito arraigado en mí, mientras discurren, por lo general, las dos semanas placenteras que, desde hace más de tres lustros, suelen durar mis veraniegas estancias anuales en la isla donde se yergue imponente el Teide.

Recordé, nada más abrir los ojos, fielmente, el último sueño que había tenido (desconozco si, mientras dormía, tuve alguno/s más). Había escuchado, embobado, el relato preciso y precioso que había coronado uno de mis excompañeros de Navarrete, Álvaro Santallana Risueño (que, desgraciadamente, murió hace algún tiempo, tras sufrir un infarto de miocardio): después de haber padecido un compañero suyo (ahora no me cabía la menor hesitación de que se estaba refiriendo a mí) un luctuoso accidente de tráfico, no dudó en buscar y hallar apropiado compañero de viaje en un colega de ambos, Carlos Jesús Rojo Manzano, desplazarse desde Zaragoza a Tudela y acudir al hospital para hacerme un visita y darme ánimos.

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¿Pedalear se pudo en cierto bingo?

¿PEDALEAR SE PUDO EN CIERTO BINGO?

La semana pasada, mientras estaba redactando las primeras líneas del breve ensayo que comenzó llevando el rótulo provisional de “Amén es el comienzo de amenaza” y acabó portando el título definitivo de “La juventud es fuente de progreso”, se me encendió la bombilla, esto es, me surgió, a bote pronto, la idea de enriquecerlo con una anécdota curiosa o sucedido real, pues volví a recordar o alguien o algo (solo Dios sabe quién o qué) trajo a mis mientes qué solían hacer mis compañeros Álvaro Santallana Risueño y Carlos Jesús Rojo Manzano después de cada evaluación, allá, in illo témpore, cuando hacíamos o cursábamos COU (ellos en ciencias, yo en letras) en el zaragozano colegio Enrique de Ossó (“Las Teresianas”). La procrastiné, porque el opúsculo discurrió por sus propios derroteros y, al parecer, un montón de obstáculos se confabularon para impedirme que lograra el encaje perfecto, sin defecto. La aducida doble razón me llevó, como insisto, a posponerla, pero no sin haberme comprometido antes a obligarme a echar mano de ella cuando advirtiera la ocasión propicia, cuando mejor conviniera. Bueno, pues tengo la impresión refractaria de que de hoy no pasa, de que ha llegado para la tal su momento más favorable, o sea, que voy a intentar erigir aquí mismo, en estos dos folios de blanco impoluto, que me sirven de guía, el monumento de palabras de papel que se merece.

Como ambos habían superado la circunstancia o condición necesaria, la barrera o el listón de la mayoría de edad, idearon la manera de celebrar, de forma original, extraordinaria, el fin de cada una de las evaluaciones ejerciendo de lo que eran, jóvenes, verbigracia, dando mal ejemplo, saltándose a la torera el cumplimiento de cierta regla no escrita y, como lógica consecuencia, varios metros. ¿Que en qué consistieron dichos saltos? Pues, grosso modo, en escaparse de la residencia religiosa donde estaban internos con nocturnidad, cosa que consiguieron al descender los tres pisos por los balcones hasta poner los pies en el patio interior, previo a la calle, pero no para andar de picos pardos, como tal vez algún atento y desocupado lector (ella o él) de estos renglones torcidos haya podido barruntar, intuir o sospechar, no, ni de jarana por lugares de mala reputación, quiero decir, tratando con putas, a no ser que alguien considere que la citada locución verbal coloquial (“andar de picos pardos”) también incluye ir a divertirse un rato al bingo a jugar unos, pocos (dado el escaso poder adquisitivo de los jóvenes jugadores), cartones.

La sede de la residencia religiosa ocupaba los tres primeros pisos de uno de los ocho bloques de aquel entorno residencial, además de los bajos o sótanos, donde, si no recuerdo mal, el espacio más amplio se destinaba a capilla, a la que también se podía acceder desde el patio residencial exterior por una puerta y una escalera que los comunicaba y donde se celebraba la eucaristía todos los domingos y fiestas de guardar; había también una ancha sala con sillas para ver la televisión; otra, menos lata, con mesas y sillas para jugar a las cartas, al parchís, la oca, el ajedrez y/o las damas, sobre todo; otra, donde cabían, de forma holgada, una mesa de pimpón y dos futbolines; y otra, que hacía las veces de mínima cancha de baloncesto con dos cestas en las paredes opuestas. En el entresuelo, a mano izquierda, quedaban la cocina y el comedor, alargado, en forma de te; enfrente de la puerta de entrada, tras cruzar el recibidor o vestíbulo, estaba la biblioteca, y a la derecha, una pieza para atender a las visitas, la sala de la televisión de los educadores y las habitaciones de estos. Comunicaba los tres pisos y el sótano una escalera interior. En el primer piso, a la derecha o a la izquierda, según la dirección que tomáramos y el pasillo, a lo largo de este, había varias habitaciones comunes, compartidas, evidentemente, por tres alumnos, que contenían cada una de ellas tres camas, tres mesillas de noche, tres sillas y tres armarios, y, en la parte opuesta del pasillo, cabía hallar sus respectivas salas de estudios, con el mismo número de mesas y sillas; un espacio común para las duchas y los aseos ocupaba la parte central; asimismo, había dos salas para las reuniones, etc. En el segundo piso las habitaciones eran individuales y se repetían los mismos espacios comunes del piso inferior para las duchas y los aseos y las salas para las reuniones.

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¿Aquí, sigue vigente el brocardo "dura lex, sed lex"?

¿AQUÍ, SIGUE VIGENTE EL BROCARDO “DURA LEX, SED LEX”?

“Para que triunfe el mal basta con que los hombres de bien no hagan nada”.

Edmund Burke

¿El aforismo jurídico latino “dura lex, sed lex” sigue conminando a toda la ciudadanía española, sin excepción, a su máximo respeto, bajo la amenaza de que sobre la/s persona/s que la contravenga/n caerá todo su peso? ¿El respeto máximo a la ley en vigor sigue siendo garantía de futuro y de progreso para toda la comunidad? Contesto a ambas preguntas con el rótulo del segundo álbum musical del grupo Jarabedepalo: “Depende”. E insisto en dar la misma respuesta mientras echo mano de dos versos, que son el estribillo de la citada canción, que da título a su segundo mencionado trabajo: “Depende ¿de qué depende? / De según cómo se mire, todo depende”. Y es que, dependiendo de si el ámbito o terreno en el que nos movemos, que pisamos, parece poco firme, propio de tierras movedizas, donde el subjetivismo, el relativismo y la arbitrariedad (a)sientan sus reales o campan a sus anchas, en esos lugares suele arraigar lo que se conoce como “la Ley Campoamor”, llamada de esa guisa porque toma los cuatro últimos versos, una cuarteta, del poema titulado “Las dos linternas” del poeta asturiano Ramón de Campoamor para expresar, de manera metafórica o retórica, la misma: “Y es que en el mundo traidor / nada es verdad ni mentira: / ‘todo es según el color / del cristal con que se mira’”.

En textos que he escrito y publicado antes que el presente, he señalado el daño intelectual que ha hecho a nuestra acrítica y pasota sociedad ese sofisma, que, una vez salió por la mui de quien lo pronunció en primer lugar, hizo (he de reconocerlo sin ambages) fortuna (pues prendió, se extendió y corrió por doquier como un reguero pólvora) y viene a sostener el argumento falaz, pero con visos de verdadero, de que todas las ideas son respetables. Está claro que todas las que son dignas de respeto son las personas. Pero sus ideas no (uno recuerda cuanto ha leído sobre los campos de concentración y de exterminio nazis —la “solución final” de la cuestión judía, su genocidio— y los campos de trabajo correccionales o gulags soviéticos, o considera ciertas medidas xenófobas de algunos partidos políticos populistas actuales o la práctica africana de la ablación del clítoris y ya tiene medio abanico hecho). Considero notorio y palmario que solo son ideas respetables (me disfrazaré de Perogrullo para acabar la frase) las que lo son. Las ideas que uno juzga que son intolerables (y aduzca las razones por las que una/o ha llegado a la conclusión de que lo son), evidentemente, no se pueden respetar, aunque así lo mande Perico el de los palotes o el mismísimo sursuncorda.

Un día, hace más de cinco lustros (seguramente, cuando encuadré y colgué mi título de Licenciado en Filosofía y Letras en la pared de mi habitación), vi, de modo cristalino, que España era una democracia perfectible, manifiestamente mejorable, pero esa realidad, que no podía negar, no objetaba esta otra, que también era obvia, que la piel de toro puesta a secar, con sus peros, seguía siendo un Estado de derecho, el marco democrático que garantizaba nuestros derechos individuales y libertades públicas. Bueno, pues, hoy, según lo que veo y escucho y leo, referido a Cataluña (donde hace mucho tiempo caló la idea básica, firme e inamovible de que sus ciudadanas/os son catalanas/es, pero nadie, al parecer, ha logrado hacerles ver lo que también es conspicuo, que, lo quieran o no, son, asimismo, españolas/es), dicho marco está tan desdibujado, tan enmarañado, en amplios sectores de su opinión pública, por el independentismo omnímodo, ominoso, que sus tentáculos han venido a hacer diabluras en el mismo.

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La C y la H suman, la A multiplica

LA C Y LA H SUMAN, LA A MULTIPLICA

“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”.

Mahatma Gandhi

El pasado sábado, 3 de los corrientes mes y año, invitados por mi sobrina y ahijada Raquel Sáez León, quien ese día iba a recibir la banda y el diploma de graduada en Traducción e Interpretación (por la UVa —luego, más tarde, entendí las numerosas referencias que unas/os y otras/os hicieron al vino y al alcohol—, Universidad de Valladolid, cuyo lema o leyenda, Sapientia Aedificavit Sibi Domvm —la sabiduría construyó para sí casa o su casa— se extrajo de Proverbios 9, 1), nos desplazamos en coche desde Tudela a Soria sus padres, mi hermano Eusebio y mi cuñada María José, su hermana Lucía, su madrina y tía Montse, su prima Marta y su padrino y tío, servidor; y, tras arribar a la ciudad que baña el Duero, acudimos a pie al Palacio de la Audiencia a fin de llegar unos minutos antes del mediodía, hora señalada para que comenzara el acto de despedida: entrega de los diplomas y bandas de la IV Promoción de Grado 2013-2017 y X Promoción de Máster 2016-2017.

Las diversas intervenciones de cuantas/os tomaron la palabra en dicho acto, que escuchamos con suma atención, siguieron la recomendación horaciana que cabe hallar en los versos 343 y 344 (“omne tulit punctum qui miscuit utile dulci, / lectorem delectando pariterque monendo”, “todo el galardón se lo llevó quien mezcló lo útil y lo dulce, deleitando al lector (en este caso, público oyente y vidente) y al mismo tiempo amonestándolo” de su “Epístola a los Pisones”, también conocida como “Arte Poética”, pues todas, sin excepción (unas más que otras, claro) divirtieron al respetable y lo instruyeron, quiero decir, fueron útiles y dulces. ¿O acaso alguien no salió dándole vueltas a esa frase incompleta de Mohandas Karamchand, “Mahatma” (que quiere decir “Alma Grande”, nombre honorífico con el que lo bautizó el Premio Nobel de Literatura de 1913 Rabindranath Tagore) Gandhi, que vimos proyectada en la pantalla y aparece completa en el epígrafe o exergo que he elegido para encabezar este texto? ¿Quizá alguna/o de las/os asistentes abandonó el Palacio de la Audiencia sin saber qué idea defiende y sostiene el apasionado y entusiasta coach, conferenciante, formador y escritor catalán, aficionado al Barça, licenciado en ADE y doctor en Humanidades, Victor Küppers, quien, por cierto, aunque nació en Holanda, habla un estupendo castellano (y de quien he visto y oído esta mañana en internet una alocución suya muy motivadora, sin hesitación), que puede reducirse a esta fórmula matemática: V (Valor de una persona) = C (Conocimientos) + H (Habilidades) x A (Actitud), a la que se refirió una de las personas que hicieron uso de la palabra? ¿Puede que alguna/o de las/os presentes no salió de allí sin abundar con el ausente en que los conocimientos, los conceptos que tenemos claros, diáfanos, y las habilidades, las destrezas que nos permiten manejarlos, suman, sí, sin duda, pero que la actitud, nuestra manera de ser en la vida, nuestra forma de comportarnos en el día a día multiplica? ¿Tal vez alguien abandonó el acto, en el que la/el graduada/o fue nombrada/o y apellidada/o, se proyectó su foto en la pantalla, y le fue impuesta la banda y entregado el diploma (la parte más entrañable del mismo) y de nuevo fue fotografiada/o por el profesional contratado para tal fin, sin que recordara alguna de las contumelias o alguno de los remoquetes que se habían dicho, en esa misma línea que sirve de frontera para separar las burlas de las veras, uno de los recién graduados, don Guillermo Pinilla Gallego, y el vicerrector del Campus Universitario “Duques de Soria”, don Joaquín García-Medall Villanueva?

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Viernes, 20 de abril

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