El Blog de Otramotro

¿Pedalear se pudo en cierto bingo?

¿PEDALEAR SE PUDO EN CIERTO BINGO?

La semana pasada, mientras estaba redactando las primeras líneas del breve ensayo que comenzó llevando el rótulo provisional de “Amén es el comienzo de amenaza” y acabó portando el título definitivo de “La juventud es fuente de progreso”, se me encendió la bombilla, esto es, me surgió, a bote pronto, la idea de enriquecerlo con una anécdota curiosa o sucedido real, pues volví a recordar o alguien o algo (solo Dios sabe quién o qué) trajo a mis mientes qué solían hacer mis compañeros Álvaro Santallana Risueño y Carlos Jesús Rojo Manzano después de cada evaluación, allá, in illo témpore, cuando hacíamos o cursábamos COU (ellos en ciencias, yo en letras) en el zaragozano colegio Enrique de Ossó (“Las Teresianas”). La procrastiné, porque el opúsculo discurrió por sus propios derroteros y, al parecer, un montón de obstáculos se confabularon para impedirme que lograra el encaje perfecto, sin defecto. La aducida doble razón me llevó, como insisto, a posponerla, pero no sin haberme comprometido antes a obligarme a echar mano de ella cuando advirtiera la ocasión propicia, cuando mejor conviniera. Bueno, pues tengo la impresión refractaria de que de hoy no pasa, de que ha llegado para la tal su momento más favorable, o sea, que voy a intentar erigir aquí mismo, en estos dos folios de blanco impoluto, que me sirven de guía, el monumento de palabras de papel que se merece.

Como ambos habían superado la circunstancia o condición necesaria, la barrera o el listón de la mayoría de edad, idearon la manera de celebrar, de forma original, extraordinaria, el fin de cada una de las evaluaciones ejerciendo de lo que eran, jóvenes, verbigracia, dando mal ejemplo, saltándose a la torera el cumplimiento de cierta regla no escrita y, como lógica consecuencia, varios metros. ¿Que en qué consistieron dichos saltos? Pues, grosso modo, en escaparse de la residencia religiosa donde estaban internos con nocturnidad, cosa que consiguieron al descender los tres pisos por los balcones hasta poner los pies en el patio interior, previo a la calle, pero no para andar de picos pardos, como tal vez algún atento y desocupado lector (ella o él) de estos renglones torcidos haya podido barruntar, intuir o sospechar, no, ni de jarana por lugares de mala reputación, quiero decir, tratando con putas, a no ser que alguien considere que la citada locución verbal coloquial (“andar de picos pardos”) también incluye ir a divertirse un rato al bingo a jugar unos, pocos (dado el escaso poder adquisitivo de los jóvenes jugadores), cartones.

La sede de la residencia religiosa ocupaba los tres primeros pisos de uno de los ocho bloques de aquel entorno residencial, además de los bajos o sótanos, donde, si no recuerdo mal, el espacio más amplio se destinaba a capilla, a la que también se podía acceder desde el patio residencial exterior por una puerta y una escalera que los comunicaba y donde se celebraba la eucaristía todos los domingos y fiestas de guardar; había también una ancha sala con sillas para ver la televisión; otra, menos lata, con mesas y sillas para jugar a las cartas, al parchís, la oca, el ajedrez y/o las damas, sobre todo; otra, donde cabían, de forma holgada, una mesa de pimpón y dos futbolines; y otra, que hacía las veces de mínima cancha de baloncesto con dos cestas en las paredes opuestas. En el entresuelo, a mano izquierda, quedaban la cocina y el comedor, alargado, en forma de te; enfrente de la puerta de entrada, tras cruzar el recibidor o vestíbulo, estaba la biblioteca, y a la derecha, una pieza para atender a las visitas, la sala de la televisión de los educadores y las habitaciones de estos. Comunicaba los tres pisos y el sótano una escalera interior. En el primer piso, a la derecha o a la izquierda, según la dirección que tomáramos y el pasillo, a lo largo de este, había varias habitaciones comunes, compartidas, evidentemente, por tres alumnos, que contenían cada una de ellas tres camas, tres mesillas de noche, tres sillas y tres armarios, y, en la parte opuesta del pasillo, cabía hallar sus respectivas salas de estudios, con el mismo número de mesas y sillas; un espacio común para las duchas y los aseos ocupaba la parte central; asimismo, había dos salas para las reuniones, etc. En el segundo piso las habitaciones eran individuales y se repetían los mismos espacios comunes del piso inferior para las duchas y los aseos y las salas para las reuniones.

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¿Aquí, sigue vigente el brocardo "dura lex, sed lex"?

¿AQUÍ, SIGUE VIGENTE EL BROCARDO “DURA LEX, SED LEX”?

“Para que triunfe el mal basta con que los hombres de bien no hagan nada”.

Edmund Burke

¿El aforismo jurídico latino “dura lex, sed lex” sigue conminando a toda la ciudadanía española, sin excepción, a su máximo respeto, bajo la amenaza de que sobre la/s persona/s que la contravenga/n caerá todo su peso? ¿El respeto máximo a la ley en vigor sigue siendo garantía de futuro y de progreso para toda la comunidad? Contesto a ambas preguntas con el rótulo del segundo álbum musical del grupo Jarabedepalo: “Depende”. E insisto en dar la misma respuesta mientras echo mano de dos versos, que son el estribillo de la citada canción, que da título a su segundo mencionado trabajo: “Depende ¿de qué depende? / De según cómo se mire, todo depende”. Y es que, dependiendo de si el ámbito o terreno en el que nos movemos, que pisamos, parece poco firme, propio de tierras movedizas, donde el subjetivismo, el relativismo y la arbitrariedad (a)sientan sus reales o campan a sus anchas, en esos lugares suele arraigar lo que se conoce como “la Ley Campoamor”, llamada de esa guisa porque toma los cuatro últimos versos, una cuarteta, del poema titulado “Las dos linternas” del poeta asturiano Ramón de Campoamor para expresar, de manera metafórica o retórica, la misma: “Y es que en el mundo traidor / nada es verdad ni mentira: / ‘todo es según el color / del cristal con que se mira’”.

En textos que he escrito y publicado antes que el presente, he señalado el daño intelectual que ha hecho a nuestra acrítica y pasota sociedad ese sofisma, que, una vez salió por la mui de quien lo pronunció en primer lugar, hizo (he de reconocerlo sin ambages) fortuna (pues prendió, se extendió y corrió por doquier como un reguero pólvora) y viene a sostener el argumento falaz, pero con visos de verdadero, de que todas las ideas son respetables. Está claro que todas las que son dignas de respeto son las personas. Pero sus ideas no (uno recuerda cuanto ha leído sobre los campos de concentración y de exterminio nazis —la “solución final” de la cuestión judía, su genocidio— y los campos de trabajo correccionales o gulags soviéticos, o considera ciertas medidas xenófobas de algunos partidos políticos populistas actuales o la práctica africana de la ablación del clítoris y ya tiene medio abanico hecho). Considero notorio y palmario que solo son ideas respetables (me disfrazaré de Perogrullo para acabar la frase) las que lo son. Las ideas que uno juzga que son intolerables (y aduzca las razones por las que una/o ha llegado a la conclusión de que lo son), evidentemente, no se pueden respetar, aunque así lo mande Perico el de los palotes o el mismísimo sursuncorda.

Un día, hace más de cinco lustros (seguramente, cuando encuadré y colgué mi título de Licenciado en Filosofía y Letras en la pared de mi habitación), vi, de modo cristalino, que España era una democracia perfectible, manifiestamente mejorable, pero esa realidad, que no podía negar, no objetaba esta otra, que también era obvia, que la piel de toro puesta a secar, con sus peros, seguía siendo un Estado de derecho, el marco democrático que garantizaba nuestros derechos individuales y libertades públicas. Bueno, pues, hoy, según lo que veo y escucho y leo, referido a Cataluña (donde hace mucho tiempo caló la idea básica, firme e inamovible de que sus ciudadanas/os son catalanas/es, pero nadie, al parecer, ha logrado hacerles ver lo que también es conspicuo, que, lo quieran o no, son, asimismo, españolas/es), dicho marco está tan desdibujado, tan enmarañado, en amplios sectores de su opinión pública, por el independentismo omnímodo, ominoso, que sus tentáculos han venido a hacer diabluras en el mismo.

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La C y la H suman, la A multiplica

LA C Y LA H SUMAN, LA A MULTIPLICA

“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”.

Mahatma Gandhi

El pasado sábado, 3 de los corrientes mes y año, invitados por mi sobrina y ahijada Raquel Sáez León, quien ese día iba a recibir la banda y el diploma de graduada en Traducción e Interpretación (por la UVa —luego, más tarde, entendí las numerosas referencias que unas/os y otras/os hicieron al vino y al alcohol—, Universidad de Valladolid, cuyo lema o leyenda, Sapientia Aedificavit Sibi Domvm —la sabiduría construyó para sí casa o su casa— se extrajo de Proverbios 9, 1), nos desplazamos en coche desde Tudela a Soria sus padres, mi hermano Eusebio y mi cuñada María José, su hermana Lucía, su madrina y tía Montse, su prima Marta y su padrino y tío, servidor; y, tras arribar a la ciudad que baña el Duero, acudimos a pie al Palacio de la Audiencia a fin de llegar unos minutos antes del mediodía, hora señalada para que comenzara el acto de despedida: entrega de los diplomas y bandas de la IV Promoción de Grado 2013-2017 y X Promoción de Máster 2016-2017.

Las diversas intervenciones de cuantas/os tomaron la palabra en dicho acto, que escuchamos con suma atención, siguieron la recomendación horaciana que cabe hallar en los versos 343 y 344 (“omne tulit punctum qui miscuit utile dulci, / lectorem delectando pariterque monendo”, “todo el galardón se lo llevó quien mezcló lo útil y lo dulce, deleitando al lector (en este caso, público oyente y vidente) y al mismo tiempo amonestándolo” de su “Epístola a los Pisones”, también conocida como “Arte Poética”, pues todas, sin excepción (unas más que otras, claro) divirtieron al respetable y lo instruyeron, quiero decir, fueron útiles y dulces. ¿O acaso alguien no salió dándole vueltas a esa frase incompleta de Mohandas Karamchand, “Mahatma” (que quiere decir “Alma Grande”, nombre honorífico con el que lo bautizó el Premio Nobel de Literatura de 1913 Rabindranath Tagore) Gandhi, que vimos proyectada en la pantalla y aparece completa en el epígrafe o exergo que he elegido para encabezar este texto? ¿Quizá alguna/o de las/os asistentes abandonó el Palacio de la Audiencia sin saber qué idea defiende y sostiene el apasionado y entusiasta coach, conferenciante, formador y escritor catalán, aficionado al Barça, licenciado en ADE y doctor en Humanidades, Victor Küppers, quien, por cierto, aunque nació en Holanda, habla un estupendo castellano (y de quien he visto y oído esta mañana en internet una alocución suya muy motivadora, sin hesitación), que puede reducirse a esta fórmula matemática: V (Valor de una persona) = C (Conocimientos) + H (Habilidades) x A (Actitud), a la que se refirió una de las personas que hicieron uso de la palabra? ¿Puede que alguna/o de las/os presentes no salió de allí sin abundar con el ausente en que los conocimientos, los conceptos que tenemos claros, diáfanos, y las habilidades, las destrezas que nos permiten manejarlos, suman, sí, sin duda, pero que la actitud, nuestra manera de ser en la vida, nuestra forma de comportarnos en el día a día multiplica? ¿Tal vez alguien abandonó el acto, en el que la/el graduada/o fue nombrada/o y apellidada/o, se proyectó su foto en la pantalla, y le fue impuesta la banda y entregado el diploma (la parte más entrañable del mismo) y de nuevo fue fotografiada/o por el profesional contratado para tal fin, sin que recordara alguna de las contumelias o alguno de los remoquetes que se habían dicho, en esa misma línea que sirve de frontera para separar las burlas de las veras, uno de los recién graduados, don Guillermo Pinilla Gallego, y el vicerrector del Campus Universitario “Duques de Soria”, don Joaquín García-Medall Villanueva?

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Tiene el hombre esta certeza:

TIENE EL HOMBRE ESTA CERTEZA:

ES UN SER QUE ABRIGA DUDAS

Aequam memento rebus in arduis / seruare mentem, non secus in bonis / ab insolenti temperatam / laetitia, moriture Delli” (“Acuérdate de mantener en los momentos difíciles un espíritu sereno, e igualmente en los felices, preservándolo de la insolente alegría, oh mortal Delio”).

Horacio, en su oda “A Quinto Delio

Últimamente (desde que fue publicada la carta abierta que le escribí al alcalde de Tudela, Eneko Larrarte Huguet, sobre todo), la pregunta que más me hace la gente que me conoce (esté donde esté, comprando el periódico en “El Cole” o el pan en “Bajo Cero”, esperando a hacerme unas fotos en “Alfredo”, deambulando por la calle,...) es por qué no tengo acceso a internet ni ordenador en casa.

Procedo a responderla por extenso para ver si, así, de esta guisa, consigo que nadie vuelva a formularme más la cuestión de marras.

La pensión que me ha quedado es, en verdad, corta (y aquí no hay rendija por la que pueda colarse, hacer acto de presencia y enseñorearse la hesitación, o sea, penetrar y arraigar la duda), pero esa circunstancia (los poco más de setecientos euros que cobro) no estorba tanto como para impedir o imposibilitar el doble hecho, porque podría tener el uno y el otro a mi disposición, si así lo quisiera, pero no lo deseo, porque antaño, tras valorar los pros y los contras, decidí que lo que más me convenía era salir de casa y, por tanto, renunciar a la citada pareja.

Como una persona se conoce a sí misma mientras conoce a otras, y otro tanto cabe decir u ocurre a la inversa o viceversa, servidor (que ha ido conociéndose paulatinamente y seguirá en esa tesitura, haciendo tal cosa, hasta que se muera, supongo) se conoce. Cometería una insensatez si ese conocimiento que tengo de mí mismo lo dilapidara, tirándolo, verbigracia, por la borda. Tengo para mí que el hombre, además de ser un ente que yerra, es un ser que tiene escasas certezas. Entre ellas, descuella, sin hesitación, la de que duda (y en esto sí que no hay ídem que valga); y, si lo lógico y normal en quien duda es no permanecer en ella, sino salir cuanto antes de ella o ellas (si son varias las que se tienen), por esa razón, precisamente, tomé la decisión de que a este ente dubitante que soy le convenía no tener ordenador ni acceso a internet en casa, si quería mantenerme sano (desde el punto de vista físico y psíquico), quiero decir, seguir siendo un loco cuerdo, no un orate de atar.

Acaso venga a cuento ponerle un ejemplo dubitativo, atento y desocupado lector (sea usted hembra o varón), para ver cómo soluciona el problema de la duda que acarrea. Imagine que a usted le da por recordar este pensamiento de Oscar Wilde, “la mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”, y, a renglón seguido, por verse a sí misma/o, tumbada/o en la cama, desvelada/o, intentando rememorar una cita de “El perseguidor”, de Julio Cortázar, que otrora se aprendió de memoria, pero ahora duda de si la secuencia fiel es esta: “que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco, para descubrir los agujeros” u otra, o falla en alguno de sus verbos, o... Seguramente, teniendo ordenador y acceso a internet, usted, que se conoce, para solventar en un pispás la hesitación, hubiera echado mano de ambos y salido de dudas. Como no los tiene, concilia el sueño de nuevo, descansa y mañana en donde sea (este menda acostumbra a hacerlo en el Centro Cívico “Lourdes” o en la biblioteca pública de Tudela) hará todo lo posible para que la duda se disipe, esfume o deje de existir.

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El puzle

EL PUZLE

(UN EJERCICIO PRÁCTICO DE AUTORÍA CORAL)

“¿Qué se ve en un espejo que se mira en otro espejo? ¿Lo sabes tú, Señora de los Deseos, la de los Ojos Dorados?”.

Escribió el Viejo de la Montaña Errante en “La historia interminable” (1979), de Michael Ende.

Don Jesús Manuel Piérola Gracia, que disfruta como un enano fantaseando, quiero decir, imaginando (esa es, al menos, la única conclusión que he sacado en claro yo, después de contar, medir y pesar, o sea, valorar, todos los piropos que nos ha echado últimamente a nosotros, sus alumnos, dentro y fuera del aula) que le ha tocado la lotería al tener que impartir las asignaturas de Lengua y Literatura a cuantos conformaremos, dentro de una década, poco más o menos, la que terminará llamándose, seguramente (si a mí me acaece tres cuartos de lo mismo que al Viejo de la Montaña Errante —“todo lo que escribo ocurre”—, esto es, si el sueño profético que he tenido durante la pasada noche se cumple tal cual lo he soñado), “Generación de Plata del siglo XXI”, nos puso ayer, como un ejercicio práctico de solidaridad, empatía, cohesión y autoría coral, una extraña tarea. Nos dividió a los veinticuatro alumnos de la clase en tres grupos de ocho y nos propuso que en cada uno de ellos sus integrantes escogiéramos a un vocero y cada alumno escribiera un párrafo que formara parte del cuento en el que teníamos que encajar, de manera coherente, los otros siete parágrafos. En nuestro grupo hemos elegido como portavoz a Álvaro Santallana y a mí me ha tocado redactar este, que da inicio al relato.

Un libro es ese inmenso espejo donde se refleja el conjunto formado por todos los lectores, sin excepción, que leyeron, silabearon y hasta rumiaron sus páginas, porque un libro sin lectores, qué es, sino un montón de símbolos sin sentido, a la deriva, a la espera de que alguien, palabra singular que agrupa en este caso a un coro, los lectores efectivos que tenga, los hallen y los salven (o viceversa). Aunque el autor es el primer lector (y) crítico del libro, este impar (por estupendo y aun óptimo) amigo del hombre necesita que se implique, al menos, otro lector (otros lectores) para que sea este (sean estos) el que convierta (los que conviertan) la historia que narra el non en otro espejo, en otro libro. Autor, obra y lector/es son los componentes imprescindibles, necesarios, para que se dé esa misteriosa alquimia que la lectura produce en todo ser humano que lee con atención y se esfuerza por aprehender y explicar, cuando comprueba, de manera fehaciente, que su propia identidad se ha visto metamorfoseada por el arte literario.

Ante el inmenso dédalo de desdichas que es la existencia humana, ante el mundo inmundo en el que nos ha tocado en suerte (por desgracia) vivir, hay quienes buscamos a todo trance regresar cuanto antes al paraíso del que fuimos expulsados otrora. Las diversas experiencias de la enfermedad, propia o ajena, la angustia, cercana o lejana, la muerte de los seres queridos, la búsqueda infructuosa o frustrante de la identidad y el sentido existencial,... solo se ven atenuadas, mitigadas, por la lectura silenciosa, solitaria. Está claro, cristalino, que en ese lato laberinto de mentiras, que acarrean o contienen verdades como puños, podemos encontrar, además de la desolación auténtica, que bulle por cualquier esquina o rincón real (que ocupa y hasta llena páginas y más páginas de periódico), símbolos, prosopografías, etopeyas y cuadros admirables, donde parecen gravitar, ora la salvación, ora la magia, ora la gracia, que no son más que los aspectos o disfraces con los que suele presentarse la bendición, poliédrica, proteica, versátil.

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La instantánea del siglo

LA INSTANTÁNEA DEL SIGLO

Después de haber experimentado tan desacostumbrado goce, esto es, después de haber disfrutado y, como lógica consecuencia, haber encomiado la instantánea del año, del lustro, de la década y aun del siglo (a mí, al menos, no me resultará extravagante que todos los jurados de los certámenes fotográficos que se convoquen a partir de hoy en el ancho mundo la premien —bueno, mejor, dejémonos de jodas y mostrémonos como lo que somos, meros monos gramáticos, serios: que los retratados se apremien a hacerla añicos por esta razón de peso, por que barrunto que pueden ser muchos los perjuicios que puede acarrearles en el futuro la susodicha o, lo que es lo mismo, pero dicho de otro modo, que ningún bien puede depararles—, que devenga multipremiada), aquí, ahí y allí, después de contemplar tan insólita panorámica de la gloria, quiero decir, a Nicolás Maduro detrás de una estelada, me ha surgido, a bote pronto, una doble pregunta: ¿Qué han pretendido los acérrimos independentistas catalanes al hacerse una “autofoto” junto al presidente venezolano? ¿Montar un pollo, quiero decir, buscar el apoyo de uno de los dignatarios que menos brilla en el orbe, por sus escasas empatía y autoridad, a un proceso separatista que no tiene ni cabeza, ni cuerpo, ni pies, ni nada de nada, porque, si damos tiempo al tiempo, comprobaremos lo que una legión de sensatos (que acaso seamos ilusos, asimismo, en otros ámbitos) intuimos, que el tal va a quedar fatal, en agua de borrajas o cerrajas, o sea, en nada? Como otros asuntos de más enjundia, más importantes, interesantes y perentorios, reclamaban mi atención, he decidido dedicar un minuto de mi preciado y precioso tiempo a hacer una rauda reflexión sobre el tema y he llegado a esta conclusión con clara vocación de jaque mate. Como se conformen con el nulo puntal de Maduro y no encuentren mejores sostenes, soportes o fautores que el que puede brindarles el oxímoron, el inmaduro Maduro, me parece que vendrá a propósito o resultará oportuno echar mano de la expresión coloquial tal para cual, pues quienes están detrás del proceso y lo acompañan en el selfie semejan fruta madura, tan maduro como el del mismo apellido, que va a caer por su poca consistencia o peso, como lo propio va a ocurrir (me lo acaba de chivar Casandra, la musa que hoy me ha sido asignada o tocado en suerte, que tiene virtudes proféticas, mediante el vuelo revelador de una alondra o calandria), por cierto, con la moción de censura de Podemos.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Yo me mondo con Edmundo

YO ME MONDO CON EDMUNDO

Mi amigo Edmundo es un guasón como la copa de un pino, un zumbón como una seo (no como un aseo) de grande. Yo, cada vez que nos reunimos a cenar, sin féminas, el grupo asiduo de cuerdos locos, formado por allegados y amigos íntimos, me suelo reír con él a carcajada tendida cuando cuenta sucesos descacharrantes, hilarantes, que le han acaecido a él en persona o a otros, porque finge, de una manera inmejorable y verosímil, que han sido a él a quien de verdad le han ocurrido. Ahora bien, como lo conozco casi como quien lo parió, pues soy amigo suyo (¡qué cruz!) o es amigo mío (¡ídem!) desde la más tierna infancia y pretendo ser aquí ecuánime, escribiré lo que le he dicho a él más de una vez a la cara, que es un machista redomado. Menos mal que, cuando está rodeado por mujeres, se controla, porque ha recibido más de un “zasca”, como coloquialmente se dice ahora, con motivo, más de una réplica cortante de más de una fémina con razón. Por ejemplo, ayer estábamos hablando de “La enzima prodigiosa”, de Shinya; llegó él y salió por peteneras: “A mí eso mismo me lo ha dicho más de uno, que Shinya, cuando está encima, es prodigiosa”.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Una dorada cruz porto en el pecho

UNA DORADA CRUZ PORTO EN EL PECHO

“El Valle de los Caídos alberga la cruz cristiana más grande del mundo, con doscientas mil toneladas de peso y ciento cincuenta metros de altura, el triple de lo que mide la torre de Pisa. Y eso es por que Franco quería que esa cruz se viera de lejos; normal, porque ¿quién va a querer ver esa mierda de cerca?”.

Dani Mateo, en “El Intermedio”, programa televisivo de La Sexta, presentado por José Miguel Monzón, el Gran Wyoming.

“En ningún caso quisimos ofender el sentimiento religioso de nadie, lo que hicimos fue burlarnos de un monumento en concreto, el Valle de los Caídos, o como lo llama Dani Mateo, esa mierda. Sin duda, una expresión bastante desafortunada porque allí está enterrado el generalísimo. Lo correcto sería llamarle la mierdísima”.

El Gran Wyoming

De verdad (de la buena —bueno, bueno, no tan buena—, porque siempre hay quien, aunque escuche el mejor chiste del mundo contado durante el pasado año, que puede que sea considerado por el jurado de prestigio conformado al efecto, a su vez, el mejor de toda la historia, nunca se ríe), no me explico por qué se ha armado una cantera o levantado una polvareda con ocasión de las gracias manifestadas por Dani Mateo y el Gran Wyoming en “El Intermedio”. Le relataré, atento y desocupado lector, sea usted ella o él, qué le he escuchado narrar varias veces (y, según él, un perito bululú o cuentacuentos, le sucedió) a mi querido amigo Emilio González, “Metomentodo”, con quien, hasta muchas/os de las/os que nos conocen a ambos desde la más tierna infancia, me suelen confundir.

Como hace ya más de cinco años, un largo lustro sin lustre, que anda en (el) paro y, ahíto de hacer copias y más copias de su curriculum vitae, harto de remitirlas otrora por correo ordinario y ahora por correo electrónico a mil y una empresas (alguna incluso ha sido entregada por él en mano) y, por tanto, de seguir con cara de pocos amigos (no sé qué opina usted al respecto, pero yo no he visto, reflejada, eso sí, en el espejo del recibidor de mi casa, una cara más sonriente que la mía que cuando me coloqué frente a él tras haber logrado poner mi firma en el primer contrato de mi vida laboral —mi primer trabajo fue como vigilante de noche en un hotel—), sin curro, tuvo la genial idea de agregar, en la última versión que hizo de su currículum, su triple inclinación de autodidacto, coñón y escatólogo. Cuando fue a su última interviú de trabajo mi amigo había supuesto que el entrevistador de turno, en el supuesto de que le hubiera echado un ojo previo, rápido, al mentado, no habría tenido en cuenta, quiero decir, que no se habría detenido, vaya, en la triple y breve índole que ahora lo coronaba, pero allí, durante la susodicha interviú comprobó que él, que tiene el hábito de afear y censurar cuantos prejuicios advierte en las/os demás, también acarrea los suyos. Ya que, si el entrevistador lo escogió entre el resto de los candidatos y llamó para entrevistarlo fue, según le confesó luego, por esta intrigante razón, por que advirtió que podían ser ciertas esas tres verosímiles circunstancias suyas. Así que, a la pregunta de por qué había escrito autodidacto y no autodidacta, contestó lo obvio, que si él era adicto al DRAE, consecuente y varón lo lógico era que usara el masculino, al tratarse de un adjetivo de dos terminaciones, aunque la gente utilice normal e indistintamente autodidacta. A la pregunta de por qué se consideraba un coñón, respondió lo que cabía esperar, que le gustaba reírse de todo y con todos (incluido de sí mismo, sí —al día siguiente me confesó que me había plagiado amistosamente cuando le adujo, de memoria, la pregunta con la que suelo desarmar a las/os desavisadas/os: “¿Qué alta inteligencia, si de verdad lo es, será incapaz de esbozar, de buena gana, una ingenua sonrisa y hasta de soltar, de buen grado, una sonora carcajada al contemplar su propia caricatura?”—). A la pregunta de por qué se tenía por escatólogo, demostró que había sido coherente y/o consecuente al haber indicado en su currículum esa triple condición, pues fungió, sin duda de guasón y/o zumbón, pero de los de marca mayor (lo que es una verdad como un templo) cuando le contestó que eso lo comprobaría él, como responsable de recursos humanos de la empresa, por su propia cuenta y riesgo, si lo contrataba, ya que en castellano el vocablo “escatología” tiene dos significados tan alejados o dispares (parecidos o próximos, según se mire) como así lo señala el DRAE: “Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba” y “1. Coprología (o sea, estudio de los excrementos sólidos con diversos fines científicos). 2. Uso de expresiones, imágenes y temas soeces relacionados con los excrementos”.

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Jamás de los jamases, a tu altura

JAMÁS DE LOS JAMASES, A TU ALTURA

Difunta y memorable madre, hoy, a eso de las diez de la mañana, cuando, tras hacer una gestión en el banco, volvía a la oficina, he visto a Anunciación, “Nuncia”, la hija de Eulalia, una de tus mejores amigas, que se disponía a cruzar un paso de cebra e iba empujando un carrito de bebé, donde llevaba risueña y sentada a su nieta, y, como me ha dicho que se encaminaba a casa de su progenitora y servidor portaba al hombro su mochila y, dentro de ella, la rosquilla de san Blas que, mediada la mañana, había proyectado mojar en un café con leche y degustarla para el almuerzo, se la he dado para que esta, a su vez, se la entregara a la autora de sus días. Ella ha sentenciado “de tal palo, tal astilla” y me ha dicho que le parecía requetebién que siguiera tu actitud dadivosa, encomiable. Le he comentado lo lógico, que lo razonable es mantener y fomentar las buenas costumbres y erradicar las malas. Y, a renglón seguido, he agregado que, aunque Dios me concediera la gracia de vivir cien años, por mucho que me esforzara en emularte, no conseguiría, en lo tocante a generosidad, estar, jamás de los jamases, a tu altura.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Perdónala; no sabe lo que dice

PERDÓNALA; NO SABE LO QUE DICE

Aunque antes de que fuera pública y notoria su enfermedad neurológica Emilia se alegraba cada vez que me veía en la calle, desde que ha ido avanzado paulatinamente la misma, se llame esta como se llame, alzhéimer, demencia senil o de cualquier otra guisa, y falta mi madre, ahora, cuando, yendo del brazo de algún allegado, me guipa, porque sigue teniendo una vista, ora de águila, ora de lince, tengo la impresión refractaria de que se le ilumina un poco más el rostro, si cabe, que sí, que cabe, o de que me sonríe aún más; deduzco, intuyo o supongo que eso ocurre así porque en mi cara ve la de mi ausente madre, su inseparable amiga del alma, Mariluz. Indefectiblemente, tras saludarme con un “hola, querida” y llamarme por mi nombre, Ana, me pregunta por mi progenitora; y yo suelo contestarle lo acostumbrado, que bien, que está en el cielo. Si el deudo que la lleva del brazo es hija o nuera suya, suele espetarle, “pero, por Dios, madre”, y entonces parece recuperar de repente la lucidez, caer en la cuenta de la realidad y hacer gestos con los que (eso infiero, al menos) pretende pedirme perdón por su nuevo despiste.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Una boutade u ocurrencia

UNA BOUTADE U OCURRENCIA

“Es un axioma que aquel a quien todos conceden el segundo lugar tiene méritos indudables para ocupar el primero”.

Jonathan Swift

Ayer, lunes, por la tarde, no acerté a saber por qué me había despertado de los veinte minutos escasos que duró mi siesta recordando lo que había estado canturreando en sueños, esa canción popular que decía y dice así: “Querida, Irene, porompompón (bis), / síguete (forma verbal esdrújula que suele hacerse llana, siguete) meneando, porompompón, / que ya me viene, porompompón”.

Tras darle vueltas y más vueltas, giros y más giros, al asunto sin sacar nada en claro, sin obtener un mínimo provecho, desistí en mi empeño de hallar su (quinta)esencia, su quid.

Hoy, martes, habiendo transcurrido veinticuatro horas, poco más o menos, del morrocotudo fracaso, me he llevado a las manos y a los ojos un libro de filosofía de mi biblioteca y me he detenido en unas páginas sobre Guillermo de Ockham, a quien le he pedido prestada su famosa navaja, quiero decir, su principio metodológico de economía que dice que “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”, y ahora ya puedo decir que, del amplio abanico que se me había presentado, estoy en condiciones de señalar la razón o varilla que he escogido como más plausible, esta: ayer, por la mañana, leí, sin detenerme mucho en la noticia, que la nueva portavoz en el Congreso de los Diputados y “número dos” de la formación morada va a ser Irene Montero.

Aunque no doy un chavo por lo que acaba de idear mi caletre (he intuido que iba a ser un texto de poca monta), para confirmar mi sospecha y/o ratificar mi tesis, como a esta hora, regularmente, acostumbra a brotarme o nacerme mi vena más coñona, guasona o zumbona, la pondré negro sobre blanco para ver si, desechando prejuicios, se trata, en verdad, de una chapuza inconcusa; pero, como me tengo (sin ánimo de alardear o presumir) por un sabueso (me gusta advertir con antelación a quien suele invertir su tiempo de ocio en pasar y posar su vista en mis urdiduras —o “urdiblandas”— qué barrunto o me da en la nariz) sagaz, no puedo tomarle el pelo a usted, atento y desocupado lector (sea ella o él), contándole una milonga, porque presiento que no va a ser de su agrado ni a recibir su aprobación. No obstante, paso a dejar (para afrenta, baldón o ultraje mío, sin duda) constancia aquí de ella, una boutade u ocurrencia, que ya he trenzado mentalmente, una décima dialogada protagonizada por Elvira y Edurne, como puede leer a continuación:

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Poesías al momento

POESÍAS AL MOMENTO

En la biblioteca municipal de Tudela (como un sendero poético más de los muchos que ha ido, ora desbrozando, ora tejiendo, de manera mancomunada, el capital humano que presta sus servicios en las bibliotecas públicas de la Ribera, fungiendo, ya de meros exploradores, ya de claras hilanderas), nada más entrar en la sala habilitada para uso exclusivo del público joven y adulto, a mano izquierda, anteayer colocaron un panel, en el que bajo un cartel que exhibía, a modo de reclamo, el rótulo de “Poesías al momento”, pretendía recoger los versos que hubieran podido repentizar minutos antes, durante o después de haber hecho uso correcto de sus plurales herramientas quienes hubieran acudido en esa oportunidad a su sede.

Por la tarde, el abajo firmante, mero aprendiz de ruiseñor, a quien le gusta colaborar con quienes se lo piden y en cuanto puede, estrenó dicho espacio con el propósito de que otras/os poetas siguieran la senda inaugurada por él y escribió esta redondilla, que tituló, precisamente, así, “REDONDILLA”, y firmó con su seudónimo por antonomasia, Otramotro:

“Su mirada te confiesa
Lo que su corazón siente,
Que te ama (no, no te miente),
Aunque te parezca aviesa”.

Ayer, por la mañana, antes de que mis dedos empezaran a saltar, pulsar y/o bailar sobre las letras, números y signos diversos del teclado de uno de sus ordenadores (soy usuario habitual, regularmente de mañana y tarde, del susodicho recinto libresco), nadie se había animado a dejar una escueta muestra siquiera de lo que le había inspirado inesperadamente su musa/o. Así se lo hice saber, tras darle los buenos días, a una de las bibliotecarias, Pilar, que estaba llevando a cabo lo que fuera detrás del mostrador. Y le comenté que tal hecho no me empujaba ni incitaba a seguir urdiendo en dicho panel mis versos, pues me daba cierto reparo (no era mi deseo ni mi intención acaparar dicho espacio) trenzar en el mencionado panel lo que había escrito mentalmente, mientras bajaba a la calle Herrerías, donde tiene su sede la biblioteca; a lo que ella me objetó que, según su parecer, si fueran más las composiciones que obraran allí, hasta las/os más tímidas/os poetas, tal vez, se animaran a dar cuenta y/o dejar una breve prueba, al menos, de las suyas.

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Domingo, 23 de julio

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