El Blog de Otramotro

La parca había olido la tragedia

LA PARCA HABÍA OLIDO LA TRAGEDIA

“Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”.

Jorge Luis Borges

La tragedia, por ser perita en deparar uno o más malos tragos, ya sean estos cortos o largos, siempre se traga a alguien. Para los dualistas duelistas, ese presunto agujero negro o pozo sin fondo suele engullir con frecuencia a uno o a varios adalides o representantes de ambos bandos en conflicto. Toda tragedia es una disputa en la que, medie o no cabrón o puta (pido perdón por haber echado mano de los dos vocablos precedentes, malsonantes), las dos partes que guerrean (aunque solo usen argumentos y razones y no armas en sus lides) tienen parte de razón (que han sabido ver; y de sinrazón, que no han sido capaces de atisbar o avistar).

Como seguramente quedó aclarado durante los años que cursaron el bachillerato, los atentos y desocupados lectores (ellas y ellos) saben que, a veces, la relación entre los letraheridos de una época, escuela o generación literaria (añagaza educativa de escasos fuste y recorrido), personas que suelen abrigar y exhibir egos de un orgullo desmedido, ha sido tirante y, en bastantes ocasiones, irreconciliable. A todo el mundo le consta (o le debería de constar) que, verbigracia, a Cervantes y Lope de Vega, que no se llevaban mal (ambos se habían adulado o halagado por las publicaciones respectivas de la “Galatea” y de la “Arcadia”), la difusión de “El peregrino en su patria” (1604) los enemistó o propició que ellos ya no militaran jamás en la misma facción o formación. Quevedo y Góngora se lanzaron, de manera mutua, dardos innúmeros o largaron pullas (que infligieron tanto daño moral que este, si hubiera sido, amén de no censurable, que no lo fue, mensurable entonces, otrora, acaso llegara a causar más deterioro o perjuicio que el físico, que hubieran deparado varias heridas ocasionadas en la cerviz por una o varias puyas de una o varias varas) sin cuento. Por ejemplo, son memorables la redondilla satírica que urdió Góngora llamando dipsómanos a Quevedo y Lope (“Hoy hacen amistad nueva, / más por Baco que por Febo, / don Francisco de Quebebo / y Félix Lope de Beba“), o, en una quintilla ingeniosa, el calambur que el cordobés le trenzó, para picarle sobremanera, al “Fénix de los ingenios“ (“Dicen que ha hecho Lopico / contra mí versos adversos, / mas si yo vuelvo mi pico, / con el pico de mis versos / a ese Lopico lo pico”), como lo rebautizó el “Manco de Lepanto“, o el primer cuarteto del sutil soneto que Quevedo escribió contra Góngora (“Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas, Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo de camino”).

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Tenemos que ser ricos en ideas

TENEMOS QUE SER RICOS EN IDEAS

“Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos”.

Cuatro primeros versos del “Soneto desde la Torre de Juan Abad” (señorío de Quevedo, pequeño municipio al sur de La Mancha, en la provincia de Ciudad Real), escrito por Francisco de Quevedo y Villegas.

Reconozco que a algunos libros les tengo un cariño especial. Lo que acabo de apuntar y apuntalar me ocurre, por ejemplo, con las “Charlas de café” (1920), de Santiago Ramón y Cajal, desde que cierta tarde, que me hallaba bajo de moral, otrora, hace la tira de años, lo abrí al azar por una de sus páginas y leí este pensamiento del médico e investigador español, que, inopinadamente, venía a encajar, como alianza en el dedo anular, con el momento existencial que el abajo firmante vivía (sin vivir en él): “Nada hay más semejante a una biblioteca que una botica. Si en las estanterías farmacéuticas se guardan los remedios contra las enfermedades del cuerpo, en los anaqueles de las buenas librerías se encierran los específicos reclamados por las dolencias del ánimo”.

Como (no sé si colegí o deduje lo correcto u oportuno) identifiqué aquel hecho como una carambola o chiripa, una serendipia, hoy, que me hallaba sin idea clara sobre la que discurrir y verter sobre el folio, he acudido a la biblioteca y he tomado, por si volvía a suceder lo propio, el ejemplar mentado en mis manos, lo he abierto y he leído la siguiente reflexión del Premio Nobel de Medicina (que compartió con el italiano Camillo Golgi) de 1906: “Hagamos notar que, cuando un hombre de ciencia presume de muchos amigos, casi siempre se trata de un cuco o de un holgazán. No se conservan varias amistades íntimas sin cultivarlas asiduamente, y este cultivo resulta incompatible con una vida de concentración intensa y de trabajo austero. En suma: O se tienen muchas ideas y pocos amigos, o muchos amigos y pocas ideas”.

Si considero (como así lo hago) el citado libro del nacido en Petilla de Aragón, “Charlas de café”, un estupendo amigo mío, pues lo reputo un pozo inagotable de razones, y extiendo dicho juicio a otros muchos libros, acaso me encuentre en un dilema complejo, esto es, deba respetar menos o, por el contrario, tolerar aún más de lo que ya lo hacía el susodicho pensamiento de Cajal, por haber llegado a la conclusión de que veo en él lo opuesto a lo que él vio, o infiero cuanto él infirió, y, además, juzgo que es una apodíctica e irrefutable verdad.

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Sabes qué versos suelo recordar

SABES QUÉ VERSOS SUELO RECORDAR

Dilecta Pilar:

Visto lo visto, oído lo oído, acaso acaezca el ocaso al seguir a pies juntillas lo que aconsejas, “confiemos en lo mejor”, a no ser que con ello te refieras a que debemos desconfiar de ellas y ellos, de todos los políticos que sean (eso indique, al menos, su natural o normal proceder) poco dados a la decencia y a la vocación de servicio. Entre los tales, los políticos, profesionales o no, hay una amplia gama de aptos y/o de ineptos (según quién mire, claro). Ya sabes qué versos de Ramón de Campoamor, que pertenecen a su poema “Las dos linternas”, me suelen venir en casos similares a las mientes (“Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira: / ‘todo es según el color / del cristal con que se mira’”). Ahora bien, si ellos, nuestros representantes, son un reflejo de la sociedad donde han brotado o surgido, acaso ni el resto de nuestros conciudadanos ni nosotros mismos (me temo) estemos hechos tampoco para ir bajo palio ni para que se tiren cohetes festivos en nuestro honor.

En este caso, como median tus propias palabras, que aclaran el hecho, lo sé por ti mismo, sin que mi intuición o sospecha hayan tenido que entrar en juego.

Supongo que, una vez que me has enseñado el caramelo o pastel, me darás cuenta del hecho, de qué le regalaste a la autora de tus días, y no me tendrás mucho más tiempo en ascuas.

Si pasas de los políticos (hembras y varones), me temo que acertarás y fallarás o errarás, simultáneamente; porque, depende de cómo mires esa decisión (intenta ver siempre en ella una moneda) que has adoptado o tomado, si contemplas la cara o anverso, será buena, pero si guipas la cruz o reverso, será mala. Creo que le sacarás la parte positiva al asunto si, una de dos, o apenas confiabas en ellos o no esperabas que te sorprendieran gratamente, por su capacidad para desinteresarse por sí mismos e interesarse por el bien común, general, por ejemplo, o por su competencia y probidad (por su arte para aceptar los aciertos ajenos y para admitir las meteduras de pata propias o ser proclive a la autocrítica). Si te defraudan, es que esperabas algo positivo, poco o mucho.

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Si no es razón de peso suficiente,...

SI NO ES RAZÓN DE PESO SUFICIENTE,…

Durante mi adolescencia en el colegio religioso (hoy, hotel) que los Padres Camilos regentaban en Navarrete (La Rioja), nunca escuché hablar de mi amada actual, Pilar. Como aquellos tres años fueron mi cielo en la Tierra (así los vengo catalogando desde ni se sabe), porque a los tales les siguieron muchos de puro y duro infierno (con algunos puntuales momentos cruciales de dicha plena, que los hace imperecederos, inolvidables), acaso debería haber oído hablar a la sazón de quien me ha retrotraído varias veces a las sensaciones, emociones, sentimientos y pensamientos que tuve o me nacieron entonces, en el susodicho seminario menor, de una felicidad apabullante, omnímoda, por ser los hodiernos, los de ahora, si no idénticos, parecidos o similares a los que me brotaron in illo tempore, otrora.

Ahora bien, tal vez en un haiku que se sacó de la manga en una discusión poética mi colega Emilio González, “Metomentodo”, que no había tenido en cuenta antes servidor o había pasado por alto hasta ahora, esté la clave, o sea, quepa encontrar la mejor refutación a cuanto acabo de verter en el párrafo precedente: “Halla el pilar / donde erigir tu cielo, / quid de tu hilar”. ¿Cabe o no interpretar dicho haiku así: encuentra a Pilar y en ella edificarás tu cielo; no dejarás de rilar (temblar, pues oír su nombre te seguirá produciendo escalofrío y unas ganas irrefrenables de urdir sobre los muchos resplandores que ella, una estrella, arroja, emite o eroga a sus alrededores)?

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Todo autor debe ser hacedor libre

TODO AUTOR DEBE SER HACEDOR LIBRE

Dilecta Pilar:

Para que me entiendas, no soy partidario de las tesis que adujo en cierta ocasión y determinado foro (creo que se trataba de un Congreso sobre Lengua Castellana o Española) el genial “Gabo”, en lo tocante a las reglas de ortografía, verbigracia. Y es que sigue siendo una verdad como un templo algo que recuerdo que dijo y dejó escrito en letras de molde Aristóteles, pero con otras palabras, que en el cerebro del más sabio hay un rincón para la insensatez. Todo autor debe ser hacedor libre, diré más, libérrimo, como lo fue, fungió y fingió de tal, el mentado Premio Nobel, Gabriel García Márquez, por ejemplo, pero no me sonaron mal ni fuera de lugar las objeciones que puso un literato como la copa de un pino, Miguel Delibes, en boca de Nieves, hija de Paco, “el Bajo”, uno de los personajes literarios inolvidables de su novela “Los santos inocentes”, obra que luego inmortalizó, al llevarla a la pantalla grande y pequeña, del cine o de la televisión, otro genio, Mario Camus.

Por si no ha quedado claro lo anterior, te brindaré otro argumento o razón. Me muestro más libre con las reglas de la décima (espinela), puesto que contravengo (soy consciente de ello) muchas veces la norma de que no puede haber punto (salvo el final del poema) tras el verso quinto de la misma, que con las del soneto, que las sigo a rajatabla. Y es que considero que el soneto es la composición poliestrófica por antonomasia o excelencia en nuestro idioma, desde que me aprendí de memoria, en segundo curso del Bachillerato Unificado Polivalente, uno, de temática religiosa, anónimo, “A Cristo crucificado”, que inicia el endecasílabo melódico (si se le pone reparos a que sea, sensu stricto, enfático), “No me mueve, mi Dios, para quererte”.

El próximo jueves comienza la campaña electoral, sí. Pues me temo que debo contestarte con otro adverbio afirmativo a tu pregunta, porque tengo clara y cristalina mi decisión: volveré a votar en blanco. Ya he escrito el artículo de opinión o crónica que publicaré dicho día, el once de los corrientes, y que porta el rótulo diáfano de “Servidor volverá a votar en blanco” y el subtítulo de “Acompaña el dar caña a la campaña” (aunque lo haya escrito en la precampaña). Luego te lo mando, para tu solaz.

Me agrada, peta y/o satisface que el que te he mandado por otro canal te haya parecido así, perfecto.

Celebro que hagas el esfuerzo de comprenderme; y de nada; te itero (e insisto en) la misma tesis de la que he echado mano otras veces: cuanto hago contigo (leerte y escribirte) lo culmino con gusto, sin sentirme obligado nunca a ello.

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Si te apetece discurrir sobre ello

SI TE APETECE DISCURRIR SOBRE ELLO

Dilecta Pilar:

Cierto. Todo escrito precisa su tiempo de cocción, pero este no es el mismo para todos ellos. A veces, te pones a trenzar y unos te salen de un tirón y otros requieren volver sobre ellos una y otra vez, hasta que uno de los diversos lectores o críticos literarios que acarreas queda conforme, satisfecho, y, de paso, logra convencer de su cabal adecuación u oportunidad a uno de los varios autores o hacedores que también portas o porteas, y este (que no siempre es el mismo) decide que han quedado arreglados, aseados, o sea, publicables. En muchas ocasiones he manifestado lo que considero que cuadra o encaja perfectamente (al menos, a mí así me lo parece y sirve) con mis textos (acaso pueda acaecerles lo mismo a otros o, tal vez, no le ocurra lo propio a ninguno del resto, los demás), que estos no los termino, sino que los dejo. Ignoro si abundas conmigo o disientes. Ya me dirás (y, por favor, no me vengas con que hace mucho que no te mides; es coña; si te apetece discurrir sobre ello; que no tienes ninguna obligación, por supuesto).

En ese punto no discrepamos, no. A ambos (desde la más tierna infancia) nos ha gustado mucho el teatro (y no necesariamente más el clásico, porque puede que varias obras actuales sean consideradas tales, clásicas, dentro de menos de medio siglo, uno o dos centurias). No sé por qué (bueno, nada más haber escrito lo que antecede, debo desdecirme, sí lo sé; porque es obvio) todas las obras clásicas (aunque sus autores no se soportaran, se envidiaran mutuamente y se agraviaran a base de bien, entre sí, mediante un sinfín de sarcasmos sutiles, en el supuesto de que fueran coetáneos y coincidieran en el mismo espacio, ciudad o país) se toleran estupendamente. Basta con ir a una biblioteca para ver cómo conviven, de manera respetuosa y pacífica, en el mismo anaquel. Mira, por ejemplo, Pilar (o Ana, que es la Patrona tudelana), este estante, ese o aquel.

Ya sabes cuál es el orden de prelación: primero, la obligación (la tarea que debes coronar, culminar, y con más razón si te has comprometido a llevarla en un plazo convenido o fijado a cabo) y, después, la devoción. Debes tomar las respuestas a mis correos como un mero divertimento opcional tuyo, nunca como un deber. Aunque yo jamás (si la memoria no me falla) haya dejado de responder.

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Fue esto realidad, no una ficción

FUE ESTO REALIDAD, NO UNA FICCIÓN

PERDIÓ UN EURO Y OCHENTA Y OCHO CÉNTIMOS

No negaré que lo que me dispongo a narrar a continuación ocurrió porque, además de la cajera, hubo al menos una clienta que fue testigo presencial, oyente y vidente, del hecho.

Un señor, tras haber pagado la compra que acababa de hacer en cierto supermercado, se dio cuenta de que no le habían hecho el descuento en determinado producto que había adquirido. Así que, raudo, como el rayo, se dirigió a la chica que le había atendido para que subsanara el desaguisado que había cometido ella o la máquina.

La cajera le echó un vistazo al tique y comprobó que el descuento no había sido efectuado por el sencillo motivo de que ella se había equivocado a la hora de pasar por el escáner la compra, ya que, en lugar de marcar dos paquetes de chicles, compra que llevaba aparejada la rebaja en el precio, solo había marcado uno; así que, tras la operación cabal, el señor se vio obligado a satisfacer 1 euro y 44 céntimos más. Coronado dicho proceso, el señor, antes de abandonar el establecimiento, miró y remiró el recibo de compra por si hallaba otro gazapo. No reparó en que la joven que le había atendido, en lugar de marcar lo dicho, marcó dos garrafas de agua de cinco litros, que sí había depositado el señor sobre la plataforma de la caja y, más adelante, otra, que no, pero de dicho desacierto se dio cuenta el señor en casa.

Seguramente, llegado a este punto del relato, el atento y desocupado lector (sea ella o él) se preguntará con razón, cómo sé (pues doy hasta pelos y señales) tanto de lo acaecido. La respuesta es obvia. Porque lo narrado le ocurrió esta misma mañana al abajo firmante de estos renglones torcidos; quien de tan listo que fue, ha quedado a los ojos de la cajera, de quien fue testigo seguro del hecho (pudo haber más) y de sí mismo como un tonto (el viaje de regreso a casa fue, a ratos un potro de tortura, a ratos un infierno, pues no dejó de llamarse durante todo el camino, un vía crucis, bobo o bodoque).

Así que, atento y desocupado lector (sea hembra o varón), hágase y hágame el favor de ser coherente, congruente y escarmiente en cabeza ajena; y antes de formular cualquier queja, cerciórese de que tiene razón en hacerla; no vaya a ser que le pase lo que le aconteció esta mañana a servidor, que tuvo que pagar 1 euro y 44 céntimos por pasarse de listo, más 44 céntimos de la garrafa de cinco litros que no compró.

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Como tinta, ¿yo uso sangre?

COMO TINTA, ¿YO USO SANGRE?

Toda la literatura
Se basa en hechos reales
Que mudan en ideales
Quienes a su criatura
Le otorgan otra estructura.
Cuanto un cuento corto/luengo cuenta
Lo verosímil frecuenta,
Como eso mismo le pasa
A esta cosa que urdo en casa
Con sangre de lucha incruenta.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Que sea un novelón tu novelita

QUE SEA UN NOVELÓN TU NOVELITA

Dilecta Pilar:

Pues ves bien y entiendes mejor, amiga, que por (una) tal te tengo, sí, sin duda. Y también por diosa (afable, amable, no odiosa), si tenemos en cuenta el sentido de mi nombre de pila, Ángel, que, en griego, significa mensajero entre dioses (ellas y ellos). Sin su sorna, retranca o ironía un don nadie (no Nadie, trasunto de Ulises) es el hijo de Iluminada. Si nací con ángel, celebro tal cosa. Pero eso corresponde decirlo o reconocerlo a los otros (hembras y varones), las/os demás; no me apetece caer, de mañana, en la jactancia (o, por buscarle una palabra con la que rime, en la petulancia).

Me alegra que sea así la cosa.

Teniendo en cuenta lo que dijo (y dejó escrito) Unamuno (que, si siente el pensamiento, también piensa en sentimiento), te entiendo. Para mí tengo que hay alguien que te/me/nos inspira a los hacedores de versos y prosas, siempre que estemos trabajando. Abundo en ese sentimiento (o pensamiento). Pero el demonio es, básicamente, zumbón, no perverso.

Celebro que en el texto que te mandé por otro cauce no hayas advertido nada reseñable.

El sábado volví a zuritear con Pío Fraguas por el centro tudelano y a departir con unos y con otros (de ambos sexos).

Supongo que no tendrás objeción que hacer a que te lleguen mis mensajes por los cuatro costados (mientras los mentados sean o neutros o divertidos o de dicha, como, al menos, intento).

Como quise decirte arriba, lo fundamental es que la inspiración nos coja trabajando, porque, como nos coja de juerga y con dos combinados y sin libreta donde apuntar, acaso a lo que la musa nos ha inspirado le sobrevenga el ocaso, o sea, la misma caiga en saco roto o quede en agua de borrajas o cerrajas.

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Pilar, deseo que mi esposa seas

PILAR, DESEO QUE MI ESPOSA SEAS

Amada Pilar:

Con algo más de planificación a la hora de seleccionar cuántas cosas hacer y cómo y de establecer el orden de prelación entre ellas, las diversas tareas a llevar a cabo durante un tiempo concreto, determinado, esto es, qué (empezar a) coronar antes y qué (dejar para) culminar más tarde, todos los seres humanos, amén de diligentes, inteligentes (si esta expresión no es un evidente pleonasmo, tal vez le falte el canto de un duro para serlo), insisto, todos, sin excepción, podríamos llegar a ser filósofos, es decir, personas amigas de saber (hasta llegar a ser duchas, peritas o versadas en uno o varios ámbitos o disciplinas), aunque no nos propongamos (o sí) elaborar un sistema o teoría filosófica.

Para que discurra mi pensamiento (no sé cómo funcionan otras mentes, las ajenas, pero sí cómo lo hace la mía, propia) necesito escuchar a los demás, qué dicen y qué quieren decir, o, en su defecto, leer, que es otra forma de escuchar (por lo general, más elaborada). Siempre (acaso —pronto le llegó el ocaso—, sin acaso, me he pasado; así que me enmiendo al momento: muchas veces), cuando diserto (sea oralmente o por escrito) sobre el acto de leer, suelo rememorar los cuatro versos endecasílabos que conforman el primer cuarteto del famoso soneto (sin título, aunque ahora muchos le den el del primero de sus versos; como es sabido, los poetas de los Siglos de Oro en muy rara ocasión ponían rótulo a un poema breve) de Quevedo: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”) y el poema (escrito en versos heptasílabos y endecasílabos, excepto el segundo, pentasílabo, que hubiera podido mudar fácilmente en heptasílabo agregando “muchos” tras otros) “Leer, leer, leer, vivir la vida”, de Unamuno, que dice así: “Leer, leer, leer, vivir la vida / que otros soñaron. / Leer, leer, leer, el alma olvida / las cosas que pasaron. / Se quedan las que quedan, las ficciones, / las flores de la pluma, / las solas, las humanas creaciones, / el poso de la espuma. / Leer, leer, leer, ¿seré lectura / mañana también yo? / ¿Seré mi creador, mi criatura, / seré lo que pasó?”.

Leer bien, o sea, de manera comprensiva, un poema, un cuento, una novela, un ensayo, una tragedia, un drama, lo que sea, cualquier texto literario, puede ser una experiencia, además de apasionante, inolvidable, para el atento y desocupado lector (sea ella o él), que puede llevarle a identificarse con uno o varios personajes de la obra o con el autor de la/s trama/s que cuentan esas líneas, que, conforme las va leyendo, las va reescribiendo y sacándoles todo su calor y todo su color, todo su saber y todo su sabor, pudiendo llegar a hacerlas suyas (por sentir afinidad, empatía o simpatía) o devenir en firme detractor de las tales y concebir sesudos argumentos a fin de refutarlas.

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Por un valle de lágrimas amargas

POR UN VALLE DE LÁGRIMAS AMARGAS

Amada Pilar:

¿Es útil el amor para quien ama? ¿Le sirve a la persona enamorada estarlo de verdad, así sentirse? ¿Miento cuando asevero que un cimiento del enamoramiento es el que miento? Está claro, lector, que el primer miento a la persona prima se refiere, singular, del presente de mentir, el segundo a la misma de mentar.

Es útil el amor cuando acarrea, si no la impar certeza, la esperanza de ser correspondido hoy o mañana. La vida se parece más a un viaje por un valle de lágrimas amargas que a un “locus amoenus” o jardín que está lleno de fuentes y de flores (si me dan a elegir escojo rosas; si no hubieran brotado las mentadas entre tantas espinas, no serían las rojas como son, tan apreciadas).

El amor es lo que me empuja a hacer todo lo posible por entender las razones que le llevaron a Catulo a escribir los versos que contiene su “Poema V”: “Viuamus, mea Lesbia, atque amemus, / rumoresque senum seueriorum / omnes unius aestimemus assis. / Soles occidere et redire possunt: / nobis, cum semel occidit breuis lux, / nox est perpetua una dormienda. / Da mi basia mille, deinde centum, / dein mille altera, dein secunda centum, / deinde usque altera mille, deinde centum. / Dein, cum milia multa fecerimus, / conturbabimus illa, ne sciamus, / aut nequis malus inuidere possit, / cum tantum sciat esse basiorum”. (“Vivamos, Lesbia mía, y amémonos —que no quiere decir que nos amemos como monos ni que digamos amén al amor como si lo fuéramos, monos—. / Que los rumores de los viejos severos / los estimemos en un solo as —moneda de escaso valor—. / Los astros pueden ocultarse y volver a salir: / nosotros, cuando acabe nuestra breve luz, / dormiremos una noche eterna. / Dame mil besos, después cien, / luego otros mil, luego otros cien, / después otros mil, después otra vez cien; / luego, cuando lleguemos a muchos miles, / embrollaremos la cuenta, para que ni nosotros / ni el envidioso sepa, y así no pueda maldecirnos, / cuántos han sido los besos que me has dado”).

Si Catulo pide a su amada que sea ella la que le bese, yo varío (vea el lector aquí desvarío o no) la perspectiva, el punto de vista, porque lo que te solicito a ti, Pilar, es que sea yo el que haga ese menester, que me permitas gozar del inmenso e intenso placer que, sin ninguna duda, me reportará besar con mis labios y lamer con mi lengua, de arriba abajo (o viceversa) y de derecha a izquierda (o a la inversa) toda la piel que cubre tu desnuda anatomía.

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Sí, la autocomplacencia incapacita

SÍ, LA AUTOCOMPLACENCIA INCAPACITA

Son legión las/os que, a la hora de interrogarme, me plantean, entre otras variopintas cuestiones, esta, coincidente, pregunta: “¿Cómo haces para escribir tanto, Otramotro?”. Les suelo responder que, al estar jubilado por enfermedad, dispongo de mucho tiempo de ocio, que ocupo, básicamente, en leer y escribir. No sé cómo funcionan las mentes de las/os demás, qué les acaece a las/os otras/os letraheridas/os (de cuando en vez, para variar, me gusta usar, la voz “verbadebeladas/os”, que aún no ha admitido el DLE, que significa rendidas/os por las palabras), pero a mí el grueso de las ideas que tengo y procuro coronar, culminar o llevar a cabo, me brotan mientras estoy leyendo.

Como el mejor maestro es fray Ejemplo (dice el dicho), pondré uno (pues para muestra basta con presentar, exhibir o enseñar un solo botón, dice otro).

En la entrevista que le hizo Amanda Mars a Bob Woodward a mediados de octubre, y que apareció publicada en las páginas 2 y 3 del número 1.407 de Babelia, el suplemento literario de EL PAÍS, del sábado 10 de noviembre de 2018, a la pregunta que le formuló Amanda de “¿Hay demasiada opinión?”, respondió Bob: “Sí, y demasiadas trampas y petulancia. Katharine Graham, la gran propietaria del Post, nos envió a Carl Bernstein y a mí una carta privada en la que nos dijo: ‘OK, Nixon ha dimitido y vosotros habéis escrito algunas de las historias, no empecéis a pensar demasiado en vosotros mismos. Dejad que os dé un consejo: tened cuidado con el demonio de la pomposidad, de esa autocomplacencia incapacitante’. Nos dijo que había mucha pomposidad en la prensa”.

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Miércoles, 19 de junio

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