El Blog de Otramotro

Etopeya de Carles Puigdemont (II)

ETOPEYA DE CARLES PUIGDEMONT (II)

(Sigue el de ayer.)

Los otros dos folios contenían su mentado trabajo práctico (con alguna adición, supresión y enmienda de servidor):

SÁTIRA, ÁNGEL, DE CARLES PUIGDEMONT

Si un periódico de los de prestigio y ámbito nacional (me refiero, de modo específico, a los cuatro grandes de Madrid y a los dos de Barcelona) me hubiera solicitado ayer que urdiera un artículo sobre el asunto omnímodo o monotema actual para que se publicara mañana en sus páginas, en concreto, en la sección de Opinión, seguramente, me hubiera decantado por, más que hacer, aventurar, o sea, trenzar algo atrevido, como cabe colegir del título que, en un primer momento, había elegido para este texto, “Etopeya de Carles Puigdemont”, porque, salvo por los hechos, dichos y escritos que han trascendido y los mass media se han encargado (y uno ha deducido de cuanto ha escuchado o leído) de airear, no conozco al que me dispongo a retratar, a completar una representación o pintura moral de Carles Puigdemont, a coronar una “descripción del carácter, índole y costumbres”, pues esa es la definición que del vocablo etopeya da el DRAE, del President del Govern de la Generalitat.

Pero he desistido de llevar a cabo lo que me había propuesto en el mismo instante en que, bendita memoria, ha acudido a mi mente, en mi ayuda, el que, si seguimos el orden, hace el número XXIV de los “Proverbios y cantares”, una de las últimas secciones de la obra poética “Campos de Castilla” (1907-1917), que lleva la firma de don Antonio Machado, su autor, quien dio de lleno en el blanco o centro de la diana al escribir estos cuatro pintiparados versos, cuatro, donde, en los dos últimos, cabe hallar uno de los posibles retazos o pedazos de la tela donde, hecho con bastante antelación, sí, puede contemplarse un probable retrato de Puigdemont: “De diez cabezas, nueve / embisten y una piensa. / Nunca extrañéis que un bruto / se descuerne luchando por la idea”.

Así que mudaré el pretendido retrato por una sátira.

A Puigdemont se le ha llenado y se le sigue llenando la boca pidiendo diálogo bilateral, de tú a tú, a Rajoy, pero se comportó como un mezquino al no brindárselo (como ahora lo reclama para sí, en la misma o parecida medida) a los diputados no independentistas los días 6 y 7 de septiembre en el Parlament, donde no le vi ni oí mediar con la presidenta Carme Forcadell para que los mencionados dejaran de estar amordazados, silenciados, y pudieran ejercer su función representativa.

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Carta abierta a las/os íntimas/os de Daphne

CARTA ABIERTA A LAS/OS ÍNTIMAS/OS DE DAPHNE

Apenadas/os íntimas/os de Daphne:

Os mando, de corazón, mi pésame sentido y sincero por la muerte (tras un evidente y deleznable atentado terrorista, que la policía maltesa, si hace bien su trabajo, se encargará, sin duda, de dilucidar y de llevar a los autores —ya directos, ya indirectos— y responsables —ora intelectuales, ora materiales— de tan indigno crimen ante los tribunales de justicia) de vuestro deudo y/o amiga, Daphne Caruana Galizia, acaecida el lunes pasado.

Si uno/a es un/a periodista convencido/a, asume que su primera obligación es indagar, o sea, intentar averiguar qué es lo que ha ocurrido, para, echando mano de los materiales acopiados, contar la verdad. Daphne lo era. Y ahí está lo que fue publicando en su bitácora, sendas denuncias de cuantos abusos, desmanes o tropelías sin cuento tenían su origen en la isla de Malta. De cuantos casos de corrupción tuvo conocimiento queda constancia expresada, de manera breve o por extenso, en su blog.

Cada vez que alguna persona muere, suelo recordar el siguiente fragmento de “Devociones para ocasiones emergentes” (1624) del poeta metafísico inglés John Donne: “Nadie es una isla entera en sí mismo; cada hombre es un pedazo de un continente, una parte de la Tierra. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; por eso la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo formo parte de la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. Por cierto, ese es el epígrafe o exergo que escogió Ernest Hemingway para que encabezara su novela “Por quién doblan las campanas” (1940). Ahora bien, cada vez que algún periodista (ella o él) resulta occiso, a causa de un atentado, además, vuelvo a rememorar los tres primeros versos de la “Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, en su valimiento” (1630): “No he de callar por más que con el dedo, / ya tocando la boca o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo”. Tal vez, esos tres versos endecasílabos, que, desde el día que me los aprendí de memoria, no he olvidado, sean temerarios. Acaso a todas/os nos convenga recordar más, por ser a todas luces más razonable y sagaz, el oportuno apunte que en su novela “El guardián entre el centeno” (1951) Jerome David Salinger hizo del psicoanalista austríaco Wilhelm Stekel, que distinguía entre una persona imprudente y otra cauta en estos términos: “Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella”.

El párrafo precedente tiene que ver bastante con lo que ya sabéis (seguramente, por mejor tinta que la mía), que hace dos semanas Daphne acudió a la Policía a denunciar que había sido objeto de varias amenazas.

Cuando un lector (hembra o varón) pasa su vista por algunas de las líneas que escribió Daphne (“la vida pública de Malta padece a hombres peligrosamente inestables, sin principios ni escrúpulos”) no encuentra explicación, no, de ninguna de las maneras, a su brutal asesinato, pero sí da con algunas de las claves (dónde buscar y/o podrían hallarse los culpables) del mismo.

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¿Será inocente/culpable Trapero?

¿SERÁ INOCENTE/CULPABLE TRAPERO?

Aunque tengo para mí que España es un Estado de derecho, manifiestamente mejorable, perfectible, estoy acostumbrado a escuchar, cada vez que formulo dicho parecer en medio de las conversaciones que mantengo (prácticamente a diario, si exceptuamos el fin de semana) con mi contertulio habitual, Santiago, sean dentro de la papelería/librería “El Cole” (que regenta nuestro amigo común Miguel Ángel, “Fangio”), nuestro moderno y neutro foro, o fuera, en sus aledaños, la misma y, por ende, proverbial pregunta sarcástica que sale de la mui y los labios del citado Santiago: “¿Estado de derecho o de desecho?”.

Siempre que hemos tocado el controvertido tema de los jueces (ellas y ellos), he manifestado mi doble criterio de que, uno: lo lógico y normal es que estos deberían ser quienes escogieran entre ellos a los que aspiraran a formar parte del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional; y, dos: el escalafón tendría que continuar siendo el medio mejor para dar cuenta de qué puesto ocupa cada uno de los tales en la carrera, en cuya clasificación se toman en consideración el grado, la antigüedad y los méritos reconocidos.

Así las cosas, en un Estado de derecho con verdadera división de poderes (donde el ejecutivo, el legislativo y el judicial ciertamente se equilibraran y contrarrestaran), como recomendaba Charles-Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu en “El espíritu de las leyes” (1748), el Gobierno no debería tener nada que hacer ni ver, salvo acatarlas, con las decisiones de los jueces.

¿Qué decisión adoptó ayer en la Audiencia Nacional Carmen Lamela Díaz, magistrada del Juzgado Central de Instrucción número 3, encargada de valorar el comportamiento del Mayor de los Mossos d´Esquadra, Josep Lluís Trapero, en lo tocante a los hechos acaecidos los días 20 y 21 de septiembre en Barcelona? Rechazó la petición de prisión incondicional, que le había pedido el representante del Ministerio Fiscal, el teniente fiscal de la AN, Miguel Ángel Carballo, y decidió dejarle en libertad, pero tomó varias medidas cautelares: le retiró el pasaporte, le prohibió salir del país, le obligó a comparecer quincenalmente y a dar un número de teléfono y un domicilio donde ser localizado de manera permanente.

Seguramente, quien lea el auto de la magistrada, como acaba de hacer servidor, tendrá su parecer al respecto. Pronostico que habrá división de opiniones, la tan traída como llevada cuarteta de Ramón de Campoamor o ley Campoamor: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira. / Todo es según el color / del cristal con que se mira”. A unas/os les parecerá que se ha quedado corta, a otras/os que ha dado de lleno en el centro de la diana y a otras/os que ha ido demasiado lejos. A unas/os les parecerá cabal lo decidido por la magistrada y a otras/os injusto (por exceso o por defecto).

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¿Será otro Estado fallido?

¿SERÁ OTRO ESTADO FALLIDO?

(EL DESASTRE MÁS SEGURO / A CATALUÑA LE AUGURO)

Esta pasada noche he soñado que estaba de vacaciones en Calella y en esos precisos momentos me hallaba haciendo cola en la sucursal de una caja de ahorros a fin de llevar a cabo una gestión bancaria. De modo inopinado, ha irrumpido por la puerta un ladrón que ocultaba su rostro tras una careta de Trapero y blandía una pistola en su diestra y, a voz en grito, ha dicho que aquello era un atraco, que todos nos tiráramos al suelo y ha conminado al cajero a que o le entregaba todo el dinero que tenía en esos instantes a su alcance o que se atuviera a las consecuencias.

Gracias a Dios, ha acertado a pasar por allí una pareja de Mossos d´Esquadra que, al contemplar a través del cristal el flagrante delito que dentro se estaba cometiendo, han accedido diligentemente a su interior y, después de darnos a todos los allí presentes, de manera educada, los buenos días, le han preguntado al delincuente: “A ver, por favor, advierte que te lo vamos a preguntar sin acritud, de buen rollo. ¿No nos vas a dejar que te detengamos y esposemos, verdad?”. El ladrón les ha contestado lo que cabía esperar, que no. Así que estos, sin decir ni mu, han juzgado oportuno coronar con la máxima celeridad lo que, antes de entrar, ya habían decidido culminar de consuno, darse el piro.

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¿Que la literatura no es profética?

¿QUE LA LITERATURA NO ES PROFÉTICA?

“Quieren que se produzcan movilizaciones tumultuosas y que no sean pacíficas. Lo están buscando y los policías vienen con esa voluntad; es evidente y lo vemos cada día”.

Joaquim Forn, conseller de Interior de la Generalitat.

Las palabras que sirven de epígrafe o exergo a este texto otros diarios las han reducido a lo que de sus declaraciones cabe conjeturar o inferir, que “La Policía y la Guardia Civil vienen a Cataluña a alterar el orden”.

Siguiendo la lección que Confucio impartió, imparte e impartirá a quien invierta unos minutos de su preciado y precioso tiempo y lo lea (“Estudia el pasado y pronosticarás el futuro”), el maestro de periodistas (poco importa que haya o no haya dado clases de esta, esa o aquella asignatura en esta, esa o aquella facultad —sus textos, en forma de libros o artículos, contienen, destilan y exudan enseñanzas sin cuento— de Ciencias de la Información) Gregorio Morán, en la “sabatina intempestiva” (“Los medios del Movimiento Nacional catalán”) que no le publicaron (pero que acaso tuvo más lectores de los habituales, porque circuló sin dificultades por las redes sociales) en La Vanguardia, diario en el que aparecían sus artículos, presagiaba (a ver quién es la/el guapa/o que pone en tela de juicio el pensamiento, que vengo sosteniendo desde hace la tira de años, de que la literatura tiene un evidente carácter profético), en concreto, en su quinto (y ya se sabe lo que predica el dicho, que no hay quinto —se refiera uno con dicho vocablo al frío botellín de cerveza, al mozo que acaba de estrenar su mayoridad o al astado, elegido por el ganadero como el mejor para la lidia, según argumenta Carlos Abella, que acostumbraba a salir de chiqueros u ocupaba dicho lugar en el orden de la corrida— malo) párrafo, se atrevió a trenzar la siguiente verdad (que ha devenido en, ora por inspiración divina, ora por oráculo, una predicción que se ha cumplido):

“Ahora bien, el cese de Albert Batlle como jefe de los Mossos d´Esquadra y su sustitución por el delincuente legal, Joaquim Forn, —podría llamarse así a aquel que rompe la legalidad cuando le peta en función de sus intereses políticos—. Lo hizo en los Juegos Olímpicos del 92; la pitada al Rey; la campaña ‘Freedom for Catalunya’… Es decir, que a partir de ahora, quien controlará los Mossos d´Esquadra” es un tipo dentro de toda sospecha, que no cumplirá la legalidad que no le exijan los ilegales. No quisiera incluir aquí su amplio currículo como talibán de la barretina”.

¿Hay quien, teniendo en cuenta todos los textos publicados en la prensa española y en internet sobre el caso o particular, quien, conociendo los antecedentes del actual conseller de Interior de la Generalitat, haya ejercido de mejor augur, quiero decir, quien haya hecho una etopeya que mejore la de Morán, que había predicho qué actitud o comportamiento era esperable, posible y probable que pronto protagonizara o tuviera el sujeto susodicho? Considero que no. Ahora bien, como leo mucho, pero es meramente imposible leerlo todo, reconozco que puedo estar equivocado.

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En torno al ominoso referéndum

EN TORNO AL OMINOSO REFERÉNDUM

En varios de mis textos (ora trenzados en prosa, ora urdidos en verso) he intentado plasmar y recoger mis deducciones, inducciones, intuiciones y reflexiones a propósito de lo que he sacado en claro o concluido en numerosas ocasiones y de manera inconcusa, tras leer (o releer) detenidamente textos firmados por otras/os, que el carácter profético de la literatura (fuera escrita en verso o en prosa) no es una entelequia o quimera, no, sino un incontrovertible hecho concreto.

Así, verbigracia, aunque admito que puedo estar equivocado (porque reconozco que soy adicto a la exageración, un fan de la hipérbole), en lo tocante al rosario de despropósitos, dislates y disparates que acarrea, porta o portea el ominoso, por ilegal, y omnímodo referéndum catalán, del que unas/os cuantas/os estamos ahítas/os, hartas/os, hasta las mismas narices, tengo para mí que en los dos últimos versos endecasílabos del estrambote bizarro y burlón que don Miguel de Cervantes añadió al soneto satírico que escribió en 1598 y tituló “Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla” cabe hallar materia o sustancia profética bastante para entender determinados comportamientos, bien fanfarronadas, bien desatinos, de ciertas/os politicastras/os actuales, contemporáneas/os: “caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuese y no hubo nada”.

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He aquí mi ruego, Expedito

HE AQUÍ MI RUEGO, EXPEDITO

Dilecto Expedito, patrón de las causas justas y urgentes, intercede por mí ante Nuestro Señor Jesucristo para que acuda en mi auxilio en este momento de extremas aflicción y desesperanza (propia y aneja, ajena).

Dilecto san Expedito, tú, que eres protector de las/os militares, las/os jóvenes, las/os cajeras/os, las/os afligidas/os, las/os desesperadas/os,..., ampárame y abastéceme de coraje, fuerza, seguridad y serenidad.

Acoge favorablemente y ejecuta con prontitud el ruego que a continuación te hago: que no se celebre el referéndum ilegal catalán o, en su defecto, en el supuesto de que incluso esto resulte imposible para ti, que no se lleve por delante a nadie, o sea, que no ocasione ningún muerto.

Dilecto Expedito, ayúdame a superar estos días difíciles. Defiéndeme con tu égida de cuantas/os pretenden o molestarme o perjudicarme, y acoge, bajo tu manto, a mis seres más allegados y queridos, amigas/os y familia.

Te ruego, con especial encarecimiento, que no eches en saco roto mi petición y la corones con tu proverbial diligencia.

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Le propongo que sea mi amanuense (II)

LE PROPONGO QUE SEA MI AMANUENSE (II)

“Permítame que insista”, como decía ayer el hoy “todista” Matías Prats en el anuncio de Línea Directa, pero para escribir literatura hogaño conviene ejercer el mismo o parecido oficio que fungía antaño un bululú (que, según la primera acepción que de tal vocablo da el DRAE, significa: “Comediante que representaba obras él solo, mudando la voz según la condición de los personajes que interpretaba —poco más o menos como debía hacer, según una copla del corrector Alonso de Proaza, el primer cuentacuentos de “La celestina”, de Fernando de Rojas: “Si amas y quieres a mucha atención, / leyendo a Calisto mover los oyentes, / cumple que sepas hablar entre dientes: / a veces con gozo, esperanza y pasión; / a veces airado con gran turbación. / Finge leyendo mil artes y modos, / pregunta y responde por boca de todos, / llorando y riendo en tiempo y sazón”—).

Así las cosas, le hago hoy idéntica propuesta a la que le hice la semana pasada, atento y desocupado lector (sea ella y como la miel y se llame, efectivamente, Natalia; o él y como la hiel y su gracia sea, verbigracia, Miguel), que sea o siga siendo mi amanuense, que continúe copiando cuantas palabras profiera mi boca.

Imagine (¡qué contrasentido!, sí) que, por arte de magia blanca, usted ha dejado de ser, ipso facto, Natalia o Miguel, la/el copista de Otramotro, y se ha transformado en bombera/o; y que este menda se ha metamorfoseado, por arte de birlibirloque, en el reciente escritor invidente (ergo, inexperto en cecografía, lego en el alfabeto o sistema ideado por Braille) Homero Borges.

Imagine que en su ciudad natal (que no es en la que actualmente reside, la capital de la provincia) ha habido un terremoto morrocotudo y muchos de sus edificios son ahora escombros, ruinas.

Imagine que usted forma parte del grupo voluntario de su unidad que se ha desplazado a la villa donde impera el caos, donde reina la desolación, para echar una mano (sensu stricto, las dos) y que, tras oír el falto de vigor auxilio salido de una voz débil, ha llegado por una veintena de huecos hasta donde se halla una persona (poco importa su sexo) a la que una columna le ha atrapado las dos piernas y padece unos dolores inaguantables.

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Gregorio es entrañable y admirable

GREGORIO ES ENTRAÑABLE Y ADMIRABLE

“Era lo bastante listo para conocerse a sí mismo, lo bastante valiente para ser él mismo y lo bastante insensato para cambiarse a sí mismo y, al mismo tiempo, seguir manteniéndose auténtico”.

Patrick James Rothfuss, en “La música del silencio”.

De los tres Gregorios, tres, sobre los que me dispongo a discurrir brevemente en este opúsculo, atento y desocupado lector (sea ella o él), a quien le tengo más cariño y le estoy más agradecido es a mi tío (lo llamo así, aunque, en sentido estricto, no lo es) Gregorio. El esposo de mi tía Ramona, que, en realidad, era prima segunda de mi padre, y la recién mencionada nos abrieron de par en par hace muchos años la puerta de su casa en Tórtoles, barrio turiasonense, a toda nuestra familia. No estoy seguro de si fue la primera vez que subimos a Tarazona, pero recuerdo, aunque de manera desdibujada, la ocasión en la que mis hermanos varones y servidor vestíamos camisas estampadas con diversos tipos de barcos y pantalones cortos de color azul marino.

Aunque casi todas las semanas llamo y hablo por teléfono con mi tía Ramona (se pone menos veces mi tío, nonagenario), que viven en una residencia especialmente acondicionada o habilitada para cuidar a personas de la tercera edad, creo que no los veo desde que acudieron con Gabriel, su hijo, al tanatorio a darnos el pésame a mis hermanos y a mí con la tristísima y desgarradora nueva del fallecimiento de nuestra progenitora. ¡Cómo lloraba (demostraba así, sin decir palabra, su mucho pesar por la pérdida de nuestra madre) nuestro tío Gregorio!

Le confieso, sin ambages, atento y desocupado lector (sea hembra o varón), que estoy en deuda con Gregory House, protagonista de la serie televisiva, desgraciadamente, ya clausurada (¡qué pena, pues sus guionistas —con quienes, en puridad, tengo el débito— habían conseguido asimilar la inmarchitable lección de Horacio, o sea, habían logrado extraer todo el jugo o sacado el máximo provecho a los versos 343 y 344 de su “Arte poética”, es decir, a su sabia recomendación de mezclar lo útil con lo dulce!), que se tituló, precisamente, así, como su primer apellido, “House”; porque no solo le debo los buenos ratos que me ha hecho pasar viendo/escuchando sus episodios, sino que me ha abastecido sin querer, involuntariamente, de un número ingente de ideas con las que he procurado enriquecer algunas de mis urdiduras (o “urdiblandas”) en verso o en prosa.

El ficticio doctor House (personaje creado por David Shore), especialista en enfermedades infecciosas y nefrología, casi casi un trasunto de otro personaje ficticio, Sherlock Holmes, el detective salido del magín de Arthur Conan Doyle, eso sí, puesto al día, remozado, modernizado, no obstante sus notorias soberbia intelectual, misantropía (rehúsa, si pude, el contacto con sus pacientes) y egolatría, su manifiesto infantilismo (a veces actúa como si fuera un crío, apostándose con su amigo Wilson, por ejemplo, a ver quién consigue que su gallina —cada uno la suya— pase inadvertida más tiempo a los ojos escrutadores de los agentes de seguridad del hospital, o jugando en dicho recinto con helicópteros teledirigidos), resuelve casos difíciles, salvando, salvo contadas excepciones (la muerte de una paciente, empero, verbigracia, le sigue obsesionando, rondando o gravitando sobre su pesquis, hasta una década después), la vida a numerosos pacientes. Su adicción a la vicodina y al juego (si invierte en bolsa y chantajea a un paciente, rico empresario, es para conseguir que vuelvan a trabajar con él Chase y Taub), el frecuente uso que hace del sarcasmo y su frase proverbial de que “todo el mundo miente” serían ingredientes fundamentales, imprescindibles, de cualesquiera etopeyas que de él, un médico singular, inolvidable, inconfundible, genial, distinto y distante, se hicieran.

A pesar de que en algunos momentos u ocasiones llega a resultar detestable, insoportable e insufrible (incluso para los miembros de su equipo —Foreman, Cameron, Chase, Kutner, “Trece”, Taub, Masters, Adams, Park—, que, antes o después, llegan a la conclusión de que es un médico excepcional, fuera de lo común; para Cuddy, la directora médica del apócrifo Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de Nueva Jersey y, durante algún tiempo, su pareja; para su —¿único?— amigo, el oncólogo Wilson; y acaso también para el espectador, fan o no de la serie), en otros/as todas/os las/os mentadas/os antes, arriba, se lo comerían a besos por ser un hacha o lince en lo suyo, diagnosticar enfermedades y prescribir los medicamentos oportunos para que las/os pacientes sanen, y por tener salidas inopinadas, desopilantes.

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Léame y se leerá

LÉAME Y SE LEERÁ

Escribamos en prosa o en verso, o no escribamos nada de nada, todos los seres humanos, todos, sin excepción, sin importarnos ni importunarnos un solo ápice o pizca cuál sea nuestro sexo, somos (podemos pasar por o aparentar ser) libros, libres libros que nos hacen, precisa y preciosamente, libres.

Así las cosas, como nada de lo humano le (y me) es ajeno, si usted, recientemente, verbigracia, ha perdido por las razones (o sinrazones) que sean a una/o de sus allegadas/os; si ha recibido el enésimo revés sentimental (le han vuelto a dejar por otra/o y a sentirse lo acostumbrado, una mera piltrafa), le recomiendo con especial encarecimiento que siga leyéndome; si lo hace, tal vez deduzca lo que conviene o viene a cuento, que se lee a sí misma/o y logre interpretarse correctamente y, como lógica consecuencia, alcance la extraña bendición (o la rara maldición), que es llegar a la cima, conocerse, entenderse.

Quien lee (lo trenza para usted —y para sí mismo— el lector empedernido que es servidor) suele encontrar en lo que está leyendo en ese concreto momento, tras haber naufragado el bote o buque que, por los motivos que fueran, dejó de mantenerse a flote, una tabla de salvación, que a mí me gusta llamar el abecé de todo fracaso, porque depara, a la vez, el triángulo o la solución amable: alivio, bálsamo y consuelo.

Acaso no sea siempre la panacea, el remedio para cualesquiera males habidos o por haber, pero sí es en numerosos casos el libro que una/o anda leyendo un botiquín de primeros auxilios para el lacerado espíritu.

Horacio acertó de lleno en el centro de la diana cuando escribió en latín los versos 343 y 344 de su celebérrima “Epístola a los Pisones” (obra conocida también por otro título, “Arte poética”): “omne tulit punctum qui miscuit utile dulci, / lectorem delectando pariterque monendo” (“todo el galardón se lo llevó quien mezcló lo útil con lo dulce, al lector deleitando y al mismo tiempo amonestándolo”).

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¿Santallana? ¡Un bululú!

¿SANTALLANA? ¡UN BULULÚ!

Dilecto amigo y heterónimo/seudónimo, Otramotro:

Como sé que te encantan los cuentos, me dispongo a narrarte (a ver si lo hago con arte y, así, logra agradarte) uno que se lo escuché relatar a un bululú que acaso ignoraba que lo fuera, y, además, excelente.

Como te consta, me encuentro, desde el pasado jueves, 20 de los corrientes mes y año, disfrutando de mis merecidas vacaciones estivales en la mayor de las islas canarias, Tenerife. Ayer, quinto (y, si hacemos caso al dicho, no lo hay malo) de mis afortunados días de asueto, me desperté sin haber puesto la alarma del móvil (ergo, sin que la mentada sonara) a las siete y media de la mañana, hora canaria, como es hábito arraigado en mí, mientras discurren, por lo general, las dos semanas placenteras que, desde hace más de tres lustros, suelen durar mis veraniegas estancias anuales en la isla donde se yergue imponente el Teide.

Recordé, nada más abrir los ojos, fielmente, el último sueño que había tenido (desconozco si, mientras dormía, tuve alguno/s más). Había escuchado, embobado, el relato preciso y precioso que había coronado uno de mis excompañeros de Navarrete, Álvaro Santallana Risueño (que, desgraciadamente, murió hace algún tiempo, tras sufrir un infarto de miocardio): después de haber padecido un compañero suyo (ahora no me cabía la menor hesitación de que se estaba refiriendo a mí) un luctuoso accidente de tráfico, no dudó en buscar y hallar apropiado compañero de viaje en un colega de ambos, Carlos Jesús Rojo Manzano, desplazarse desde Zaragoza a Tudela y acudir al hospital para hacerme un visita y darme ánimos.

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¿"El Terrible" ha renacido?

¿“EL TERRIBLE” HA RENACIDO?

Las memorables y memoriosas palabras (“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”) con las que Karl Marx arranca su obra “18 Brumario de Luis Bonaparte” (1852) componen un axioma apodíctico aún vigente, siempre que interpretemos su última voz, farsa, aquí como tragedia contra lo pequeño, brutal e indigna violencia ejercida contra los pequeños, los más indefensos, los niños (sean varones o hembras).

Como para muestra basta con un botón, ahí va el siguiente ejemplo, una décima (o) espinela (para que lo/a valore, según su personal criterio o razonamiento, el atento y desocupado lector —sea ella o él—), que usa el mismo título que sirve de rótulo para esta urdidura (o “urdiblanda”):

Juzgo en Iván Pardo Pena / Que “el Terrible” ha renacido. / Me hubiera a mí apetecido / Que Iván entrara en la trena / A cumplir otra condena / Que por darle a su sobrina / Matarile. El que asesina / Y con frialdad confiesa / Tamaño crimen aviesa / Fiera es. ¿Quién de él no abomina?

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Martes, 24 de octubre

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