El Blog de Otramotro

Para quererte fue preciso verte

PARA QUERERTE FUE PRECISO VERTE

Amada Pilar:

Los seres humanos somos un batido, cóctel, combinado o mezcla de nuestra historia personal, singular, privada, con nuestra historia social, grupal, pública.

Aquello que nos ha pasado (o que le ha acaecido a un allegado, amigo o deudo próximo, o a algún otro tal de estos últimos) nos influye; ahora bien, si esa influencia es total, completa, absoluta, puede que nos marque (y hasta que nos deje una señal o muesca en la memoria y aun en el alma). De aquello que presenciamos, o sea, que vimos o vemos y/u oímos cerca o por televisión, podemos aducir tres cuartos de lo propio. Las cosas buenas, regulares y malas que nos ocurrieron o que sucedieron ante nuestros ojos dejaron un poso (mayor o menor) en nosotros. Y, para coronar la idea que tengo entre manos, concluyo que he sacado de la manga o de la chistera de mi cacumen lo que podría haber propalado antaño Perogrullo, que cuanto nos pasó otrora en nuestra vida nos ha convertido en las personas que somos ahora.

Para quererte, Pilar, fue preciso que previamente pudiera verte. Para admirarte necesité antes mirarte. Fue necesario y un verdadero placer, que devino, por arte de magia, divino, conversar contigo para comprobar lo obvio, que te amaba aún más; y, aunque llegué a sentir, en momentos puntuales, miedo (que, mientras duraban esos susodichos instantes, mereció el adjetivo calificativo de cerval, que le puse a la vera), logré esperanzarme y apasionarme por ti, egregia y excelsa fémina, cada vez un poco más; y, al mismo tiempo, conseguí lo que pretendía, venerarte, glorificarte y adorarte.

Quienes estamos desparejadas/os y, aunque seamos seres sociables, somos unas/os solitarias/os empedernidas/os, quienes llevamos casi impresionada sobre nuestra cara una diana pidiendo a voz en cuello flechas certeras, quienes estamos en el punto de mira de Cupido, o sea, cuantas/os deseamos y somos deseadas/os, tenemos la obligación moral de desmontar los embelecos (que cabe hallar en derredor) del amor —de cualquier expresión o forma de amor, comenzando por aquel al que somos más adictas/os o proclives— y de confrontar si los hechos, las obras (que no las sobras, aunque suene igual) corroboran o desmienten las palabras que nos musitó al oído quien intentaba camelarnos, seducirnos. Juzgo que, si damos nuestra aquiescencia a que cuanto rodea al amor se sirva de nosotros para divulgar sus patrañas (trolas, bolas o bulos), haremos dejación de una de nuestras principales funciones, de nuestra labor supervisora, y devendremos en sus más que portavoces, “portacoces”, que acaso sea, dentro del lato ámbito de Eros, lo que más detesto ser.

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Vemos a las personas como somos

VEMOS A LAS PERSONAS COMO SOMOS

Amada Pilar:

Somos legión (o formamos un buen montón, pila o piña) quienes nos sabemos de memoria, al menos, la primera frase del párrafo inicial de varias obras literarias (clásicas o no); verbigracia, cómo arranca el “18 Brumario de Luis Bonaparte”, de Karl Marx (“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa“). Como para mí, tú, Pilar, eres un personaje clave y fundamental, la persona que, andando el tiempo, devendrá en la más importante de mi vida, es mi deseo y mi esperanza que seas una excepción a la susodicha regla marxista, no como, me consta, lo fue Ewelina Hanska para Honoré de Balzac. Así que concédeme la licencia que te solicito con especial encarecimiento de que hoy no vea en ti a la citada Ewelina, la joven condesa polaca de la que se enamoró perdidamente Balzac, al leer este las epístolas que le mandaba “La extranjera” (así firmaba Ewelina sus misivas) desde Rusia. Y es que no vivieron como matrimonio más que cinco o tres meses (del 14 de marzo o mayo —las fuentes que he consultado no se ponen de acuerdo en el mes—, fecha de sus nupcias, al 18 de agosto de 1850, jornada en la que finó sus días Honoré en París).

En “Los Ciclos del Alma”, su autora, la puertorriqueña Sharon M. Koenig, sostiene que los seres humanos somos capaces de idear, en apenas 24 horas, 60.000 pensamientos (¿de media?; juraría ante la Biblia que sé de algún semejante que no los ideará en toda su vida —por muchos que sean los años que viva—, pero acaso servidor funja aquí, amén de malévolo, de zumbón); y que el grueso de los tales son perjudiciales y recurrentes, ya que recuerdan y recrean episodios del pretérito que infunden tristeza u horror. Si de verdad nos comen el coco, daremos de lleno en el blanco o centro de la diana, esto es, haremos lo correcto, al decidir denominarlos de esa guisa, comecocos. Para escaparnos y alejarnos de los barrotes de su cárcel y olvidarnos definitivamente de ellos, acertaremos, quiero decir, actuaremos con tino y de modo conveniente, si nos decantamos por hacerles el vacío, por ningunearlos.

Así pues, tras haber dejado arrumbada a la nada en el sótano o en el desván, reparo en que el lugar que ocupará ahora la susodicha acaso lo ocupaba antes el arpa de la Rima VII de Bécquer (“Del salón en el ángulo oscuro, / de su dueña tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo / veíase el arpa...”) o, en su defecto, la lámpara, maravillosamente empolvada, de Aladino, o quizá el inopinado enamoramiento, que uno advierte que escondían o guardaban en su caja fuerte los versos séptimo y octavo de “El Frasco”, poema de Charles Baudelaire: “A veces encontramos un viejo frasco que se recuerda / Del que surge vivísima un alma que resucita”.

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Relación de pareja literaria

RELACIÓN DE PAREJA LITERARIA

Amada Pilar:

¿Qué le empuja a un/a aprendiz de ruiseñor o a cualquier/a otro/a artista a serlo? Te daré a continuación mi parecer, pero ten presente que, si preguntas por eso mismo a otra/o, te dará el suyo, tan válido como el mío (o más, o menos), que puede coincidir o discrepar abiertamente del tal.

Quien echa mano del arte (sea este el que sea), ¡bendita simiente!, para expresar qué siente (aunque en alguna parte de su relato invente o mienta), para explicarse (y, de esta guisa, poder luego comprenderse), trata de entender su mundo; sobre todo, por qué, en medio de ese ámbito donde parece que se tocan, sin llegar a rozarse, la belleza y la inmundicia, en ese extenso campo de mies, de trigo veraz y amapola, tigre voraz, mendaz, ha logrado hallar una espiga de oro puro. Es necesario averiguar, primero, qué pasa en nuestro microcosmos, para, después, inteligir qué ocurre en el orbe y, más tarde, qué acaece en el cosmos. Por eso, una/o se centra en las personas, animales y enseres cercanas/os, las/os que la/o rodean. Posteriormente, decide compartir con las/os oyentes, lectoras/es o espectadoras/es de su obra las preguntas que le hicieron o se hizo otrora y las respuestas que encontró, que le satisficieron, por si les pueden ser útiles ahora a las/os demás.

Aunque hay/a quienes sostienen que el arte, antes que una colección o conjunto de herramientas para instruir, tiene que serlo para emocionar, sigo recordando y dando validez a los versos 343 y 344 de la “Epístola a los Pisones” o “Arte poética” de Horacio: “Omne tulit punctum qui miscuit utile dulci, / lectorem delectando pariterque monendo” (“todo el galardón se lo llevó quien mezcló lo útil con lo dulce, al lector deleitando y, al mismo tiempo, amonestándolo”).

Está suficientemente demostrado que la buena literatura, me refiero a la profética, a la clásica (y aquí sigo, al pie de la letra, la definición que de dicho término dio Jorge Luis Borges en el opúsculo que tituló “Sobre los clásicos”: “es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”; definición que puede completarse o complementarse, a su vez, con las líneas que el autor había escrito —y el lector, ella o él, ha podido, asimismo, leer— en la misma obra antes, “como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”), tiene la rara habilidad de expresar con una brillantez, una intuición y una profundidad inauditas, insólitas, cuanto las/os antropólogas/os, las/os filósofas/os y las/os sociólogas/os harán también, pero meses, años, lustros o incluso décadas más tarde. Seguramente, por esta razón, por el don novelesco (y aun cinematográfico) que poseen ciertas/os literatas/os selectas/os de extrapolar los difusos fenómenos sociales, que objetivamente ocurren en las calles, los lugares de trabajo o de ocio y los domicilios de ene ciudades del orbe, a las concretas vivencias subjetivas que protagonizan en una localidad, real o ficticia, la que sea, los pocos personajes de una novela o una película.

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Lorca, sin duda, fue un vate estupendo

LORCA, SIN DUDA, FUE UN VATE ESTUPENDO

Dilecta Pilar:

La libertad creativa (que ejerzo, sin duda, a diario, pues raro es el día que no trenzo —“nulla dies sine linea”, ningún día sin línea, recomendaba Plinio el Viejo—; no puede haber un solo escritor, ella o él, que se tenga por tal que no eche mano de ella) no está reñida con la corrección y la propiedad que nos proporciona o suministra gratis et amore el DLE. Los filólogos debemos dar buenos ejemplos todos los días y muestras en todos nuestros textos de nuestro verdadero amor por las palabras. De cuando en vez todos nos equivocamos, claro; hasta el mismo Cervantes, como sabes, marró. Si recordamos el verso 359 de la horaciana “Epístola a los Pisones” (también llamada “Arte poética”): “quandoque bonus dormitat Homerus” (o sea, traducido libremente, “de vez en cuando el bueno de Homero también se duerme en los laureles”).

Abundo contigo en (lo que implícitamente dice o sugiere tu brevísimo escolio) que Lorca, sin duda, fue un vate estupendo (aunque a mí me gusta más como dramaturgo; esta opinión la he vertido en más de un escrito) y en que, cometiera o no una errata (en el “Poema de Mío Cid” uno lee “apriesa cantan los gallos que quieren quebrar albores”), son buenos los dos resultados, ambas soluciones poéticas. Los versos que inician el lorquiano “Romance de la pena negra” (“Las piquetas —el quiquiriquí— de los gallos / cavan —o andan, o cantan— buscando la aurora”) me parecen igualmente excelsos.

Sigo con la urdidura (o “urdiblanda”) que tengo entre manos.

De nada. Eso es lo que intento hacer siempre. Los correos que te mando son las arcillas que luego modelo y dan como resultado las epístolas (vasijas o botijos —la villa de Navarrete era conocida antaño, cuando nosotros frecuentábamos sus calles los domingos por la tarde, con el rótulo de “el pueblo de los botijos”; ignoro si todavía lo mantiene ahora o ya lo ha perdido—) que te dirijo y aparecen publicadas en mi bitácora.

He leído tu columna. Y me ha gustado. Si quieres, puedes completar o complementar tu perspectiva sobre el asunto de marras con el punto de vista que sostuvo servidor en la urdidura que apareció publicada ayer en varios sitios y porta el título de “Acierta Rajoy y Sánchez da en la diana”.

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Entre los dos, me quedo con ninguno

ENTRE LOS DOS, ME QUEDO CON NINGUNO

A veces (no siempre, solo en algunas ocasiones) el vate (y, tras elegir y decidir que dicho vocablo aparezca expresado precisamente aquí, le recomiendo al atento y desocupado lector, sea ella o él, con especial encarecimiento, que no pierda el tiempo, que es oro, intentando hallar en el párrafo inicial de este escrito un ápice o pizca de presunción, porque no lo/a hay; sí podrá encontrar, sin embargo, una oportunidad pintiparada para recordar esto, cosecha de Charles Baudelaire, “sé siempre poeta, incluso en prosa”) se ve obligado, velis nolis, a empuñar la péñola y a echar mano del tintero de la ironía (así define dicha voz el DLE en su acepción tercera: “Expresión que da a entender algo contrario o diferente de lo que se dice, generalmente como burla disimulada”) para que sirva de acicate y/o aliciente, con el propósito probo de despabilar o espolear a quien anda adormecido o despistado para que no le pille el toro de los problemas que debe solucionar y aún sigue sin resolver.

Si hacemos caso a (y no discrepamos de) la tesis que sostiene Javier Cercas (a quien conviene tener siempre ídem, cerca —si no es posible a él, físicamente, convendría que sí lo fuera, al menos, uno de sus inteligentes e interesantes textos—, y no colocar entre ambos una insalvable tal) de que “un buen político es aquel que, al afrontar un problema complejo, lo reduce a sus líneas esenciales y lo resuelve por la vía más rápida posible”, cuya definición me parece cabal y rara, pues abriga la extraña virtud de que no le falta ni le sobra nada, en su artículo “El creador de caos”, publicado en la página 10 del número 2.186 de EL PAÍS SEMANAL, cabe preguntarse si el actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es un buen político. Si tenemos en cuenta o tomamos en consideración qué aduce Cercas en el susodicho unos párrafos después, más abajo, que “un buen político fue Adolfo Suárez, que en menos de un año resolvió contra pronóstico el problema en teoría irresoluble de desmontar una dictadura y montar una democracia, o los fundamentos de una democracia, sin mediar una revolución o una violencia ingobernable”, insisto en preguntar al atento y desocupado lector (sea hembra o varón) de estos renglones torcidos (y en preguntarme a mí mismo): ¿Es Pedro Sánchez un buen político?

Juzgo que hay que ser muy perspicaz y muy sarcástico (tener y usar, de manera sutil, un desarrollado sentido del humor irónico, indica, a todas luces, una inteligencia a raudales) para dar la siguiente definición de política: “Es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar luego los remedios equivocados”. Ciertamente, en apenas un par de líneas, Julius, “Groucho”, Marx, logró hacer el retrato actitudinal o, si se prefiere esta otra opción o variante, la etopeya, de un mal político. Así que no rehúyo la interrogación, que se hace imprescindible, necesaria: ¿Es Pedro Sánchez un mal político?

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Enamorado, de inconcuso modo

ENAMORADO, DE INCONCUSO MODO

Como, desde hace la tira de tiempo, la realidad se venía imponiendo siempre sobre el deseo, o sea, como era un hecho apodíctico que no estaba enamorado de ninguna fémina real, y llevaba más de tres lustros (casi cuatro) constatando lo obvio, que esta certidumbre permanecía inmutable, inalterada e inalterable, este menda había asumido que acaso nunca más volvería a sentirse arrebatado, cautivado o embelesado por una mujer de carne y hueso, de un modo inconcuso, incontrovertible.

Cada noche, tumbado decúbito supino en mi cama, antes de disponerme a conciliar el sueño, me repetía la misma cantilena (o su anagrama, cantinela): “No pierdas jamás la esperanza, Ángel”. E, indistinta e insistentemente, volvía a rememorar la cita que sobre la susodicha subrayé el día que leí, por primera vez, en el capítulo 28 de “Rayuela”, de Julio Cortázar (“antinovela” la llaman muchos críticos literarios; “contranovela” llegó a denominarla su propio autor): “Probablemente de todos nuestros sentimientos el único no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”.

Ignoro si he urdido ya, antes, a propósito del tema (porque lo cierto es que servidor ha trenzado mucho, aunque no ha publicado aún ningún libro), pero sí sé, y a ciencia cierta, que he meditado varias veces sobre este particular asunto. Y así, en el supuesto de que algún día volviera a enamorarme, había adquirido el compromiso personal de escribirle a mi amada literaria una décima (a la que intentaría acompañar, siempre que fuera correspondido y posible, de una rosa roja) al día.

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Si en algo servidor puede ayudarte,...

SI EN ALGO SERVIDOR PUEDE AYUDARTE,...

Dilecta Pilar:

Te contesto, como el rayo, a los dos correos en este. Tengo pendientes de escribir las tres décimas que he urdido durante el finde.

Como acabas de comprobar, hoy no ha hecho puente la biblioteca de Tudela. Desde uno de sus ordenadores te trenzo estas líneas.

Gracias a ti, por propiciar que mis epístolas existan. Tú, con tus comentarios o correos, eres la causa de que las componga.

De todo hay en la viña del señor. Hay a quienes les gusta lo que cuento y a quienes les peta aún más cómo lo cuento, poco más o menos, lo que dijo Cervantes por boca de uno de sus canes (Cipión a Berganza: “Y quiérote advertir de una cosa, de la cual verás la experiencia cuando te cuente los sucesos de mi vida; y es que los cuentos encierran y tienen la gracia en ellos mismos, otros en el modo de contarlos”) en su famosa novela ejemplar “El coloquio de los perros”, que viene a completar otra, “El casamiento engañoso”.

Ayer bajó mi cuñado Jesús a por mí a Tudela. Mi sobrino Adrián se confirmaba en Cascante. Luego comimos bien en el tudelano restaurante De Miguel, cuyos caldos y viandas hemos degustado otras veces.

Ya sabes. Todos nos equivocamos. Lo que tenemos que hacer, cuando tal cosa ocurra, es procurar enmendarnos cuanto antes, como viene recomendando, desde ni se sabe cuánto tiempo hace, Confucio.

Si en algo servidor puede ayudarte,...

No me extrañará, pero te extrañaré, te echaré de menos. Es, mutatis mutandis, lo de “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry: “Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, empezaré a ser feliz desde las tres”. A ver si sales airosa (es mi deseo y mi esperanza) de esa contrarreloj.

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Mi anhelo es que también tú lo disfrutes

MI ANHELO ES QUE TAMBIÉN TÚ LO DISFRUTES

Dilecta Pilar:

Hoy he venido al Centro Cívico “Lourdes” un poco más tarde de lo usual. Me ha cortado el pelo y recortado la barba Paula, la nínfula que aprendió el oficio con (o se lo enseñó) Esteban, que está ingresado en el HRS (felizmente, parece que todo va por buen camino).

Ídem, gracias. Mujer, aunque soy un lego o profano en muchos campos del saber, algo de lengua y literatura española sí que sé. Lo que me consta es que a mí (a ti y a nuestras/os compañeras/os o colegas) no me (nos) regalaron la licenciatura, no.

Ya ves, tú y yo, perseverantes literatos, parecemos científicos, pues somos seres que, a lo largo de nuestra vida, vamos alternando (casi casi trenzando) aciertos con errores. Nos pasa, mutatis mutandis, algo parecido a lo que les acaece a ellos con su método experimental de ensayo/error. Sí; coleccionamos más de los segundos que de los primeros (como confiesa quien no es un pretencioso, soberbio o vanidoso, claro). Por ejemplo, yo, que contengo y dispongo de un montón de críticos y correctores a mi servicio, me doy cuenta de las numerosas lecturas (aparejadas de adiciones, enmiendas y supresiones) que debo hacer de algunos de mis textos hasta que, por fin, consigo darlos por buenos. Me temo que quien ha malinterpretado lo escrito por ti he sido yo. Me suele ocurrir cuando leo rápido.

He leído como viaja el rayo (o la centella) tu artículo sobre la posverdad (la mentira que se presenta, postula o propone como candidata para fingir y fungir de verdad) y las imágenes reales, en el que te fijas en varios asuntos de rabiosa actualidad (el problema, arreglado en un pispás, como recomienda Confucio, entre Letizia y Sofía, las reinas consorte y emérita de España, el máster —mejor, no máster cursado— de Cifuentes, el ataque a la población civil siria con bombas químicas, con muchos niños heridos en y por el tal, etc.). Me ha gustado. ¿Te has dado cuenta de que en el arranque de tu artículo, la cabal definición que da el DLE de posverdad (“distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”) tiene cierta cercanía o mucho que ver con lo que busca el autor de ficciones, que sea verosímil el relato que narra su cuento o su novela? Cierto. No andan faltas de razón las objeciones que planteas, pero ¿acaso la posverdad no pretende hacer pasar por verosímil (algo falso con apariencia de verdad) lo que tiene solo un porcentaje (alto, medio o bajo) de real?

Lamento tener que desdecirme, pues lo he publicado hoy. La verdad es que lo había escrito para que viera la luz, en un primer momento, ayer, pero el que urgía ser publicado antes se le adelantó y lo tuve que posponer hasta hoy (no mañana). A veces se me va un poco la olla. Tengo tantos textos comenzados en el telar, pendientes o a falta de lecturas correctoras posteriores que llevar a cabo para darlos como concluidos que, a veces, solo a veces, me armo más de un belén o jaleo.

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Te agradezco un montón la sugerencia

TE AGRADEZCO UN MONTÓN LA SUGERENCIA

Dilecta Pilar:

Pues ya sabes qué debes hacer: tienes que seguir por esa senda (o cauce), dejándote llevar por los aires (o las aguas) de la imaginación.

Te agradezco un montón la sugerencia, pero reconoce que sería como tomar, en lugar de chocolate, un sucedáneo (mutatis mutandis, el aguachirle que le sirvieron, en cierta ocasión, unas hermanas clarisas a Quevedo y él repentizó aquella famosa redondilla: “Monjas claras, claro está; / pero es grande disparate / dar agua por chocolate / y no decir ¡agua va!”.

Pues, antes de ponerme a redactar las notas que he tomado en casa (a ver qué sale), me paso por tu blog para leerlo.

Parece que en “Plaza Santo Domingo”, tu microrrelato (una reflexión sobre el cambio o los cambios, en definitiva, el inexorable y raudo paso del tiempo), optas por el disfraz de fotógrafa y te dedicas a hacer varias instantáneas en momentos distintos. La primera foto se la haces al señor que va en silla de ruedas y tiene por pies palomas (les haya echado él el alpiste para que lo comieran o no). La segunda foto se la tiras a esa patulea mestiza, mixta, de niños del extrarradio o emigrados (sus padres buscaron mejor vida para su familia en otro país, en otra ciudad, Zaragoza). Supongo que es verano y no tienen dinero para ir a bañarse a una piscina. La tercera foto recoge la nueva carnicería (¿por qué has escrito “carnecería”? Ah, bueno, puede que la palabra aparezca escrita así en el letrero) que un emigrante ha abierto para vender a otros, con igual origen que el suyo o no, la carne de las reses sacrificadas por el rito musulmán. La cuarta se centra en un joven de piel oscura, desplazado, recién duchado, que quiere hablar por teléfono en una cabina que no funciona (¿por qué con un denario? ¿Acaso porque suena a dinar y piensa que aún está en su país, sea o no del Magreb?) hace mucho tiempo (el móvil se ha impuesto). La quinta foto (no hay quinta mala) recoge hasta el audio de tu tío: una especie de profecía fatídica (más que propicia): quizá barrunte que pronto no habrá niños jugando alrededor de la fuente, como repararás luego en ello. La sexta se centra en tu tía, incapaz de andar, cercana a la muerte (haciendo el viaje de vuelta a la niñez —algunos ancianos vuelven a ser como niños: se cagan y se mean encima y necesitan pañales, pero más grandes que los de antaño—). La séptima retrata la vida misma: en un visto y no visto, pasa nuestra existencia (hay quien dice que a la hora de la muerte uno ve su vida en un rápido tráiler que dura un santiamén o pispás). La octava foto constata que, como las piernas añosas fallan, cada vez más ancianos necesitan andadores para desplazarse y poder cubrir así pequeñas distancias, de manera autónoma. La no(ve)na vuelve a la fuente donde ya no hay niños (nuestra sociedad va envejeciendo paulatinamente y, o se pone rápido remedio al problema y promueve la natalidad, o el envejecimiento irá a más). La décima y última la haces mientras asciendes al cielo, metamorfoseada en una de las palomas mencionadas en la primera foto, como queriendo cerrar el círculo.

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No formulo el reparo que refieres

NO FORMULO EL REPARO QUE REFIERES

Dilecta Pilar:

He estado el fin de semana medio griposo. Tengo la sensación o manojo de sensaciones de que esta gripe actual no es tan fuerte como la que padecí durante las pasadas Navidades. No ha cursado con fiebre, pero sí con malestar general, tos y dolor de cabeza. Eso quiere decir (o lleva aparejado de manera implícita) que el sábado no bajé al casco viejo tudelano a “zuritear” (verbo que no aparece en el DLE) con Pío, que he leído menos de lo acostumbrado y he escrito menos de lo habitual. Con todo, estoy contento con lo urdido: dos sonetos: “El tal anda un soneto eternizando” y “A mi amiga Sofía, experta en arte”.

Yo también corrijo mucho (tanto haya sido escrito por servidor en prosa o en verso; no formulo el reparo que refieres —si algo nos asemeja, algo también nos diferencia—). Verbigracia, nada tiene que ver la primera versión (tiene que ver la idea matriz, la de la revelación, y la mitad de lo trenzado, más o menos, un cincuenta por ciento, permanece en pie) con la definitiva de los dos poemas citados arriba. Comentas que te dejas llevar cada vez más. Compáralo con lo que dice, por ejemplo, el primer cuarteto del primer soneto que urdí ayer: “Hay en toda invención un fogonazo / Seguido de un manar o ir avanzando / dejándose llevar, asaz gozando, / Con cada de aristarco espaldarazo”. Yo cultivé el verso libre, suelto o versículo en mis primeros poemas, los que le escribí a mi hermano José Javier. Luego mi lira enmudeció. Desde que retomé la actividad poética, desde que volví a tañerla, salvo lógicas excepciones, me he dedicado a trenzar miles de décimas y cientos de sonetos. Soy un usuario asiduo del Diccionario de la Lengua Española. Siempre que escribo en un ordenador tengo su página abierta, para solventar ipso facto posibles dudas. A mí me ocurre lo propio. Todo verdadero creador no deja de experimentar con las herramientas que dispone o tiene a mano.

Cada quien es cada cual (como sabes, es un verso de “Cada loco con su tema —con el significado de manía de hacer las cosas—”, una de las canciones que más me gusta de Joan Manuel Serrat), ciertamente. Tú, por ejemplo, para dar cuenta de la actividad de juntar letras/palabras, que compartimos, hablas de las diferentes formas de “trenzar el magma literario” (es una manera tan válida como otra de verla, que a mí no se me hubiera ocurrido nunca hasta hoy, que la he leído en tu correo). Yo hubiera echado mano de otros vocablos: arcilla, plastilina o nieve, que puede llegar a quemar las manos, si no llevas guantes especiales, tanto como tu magma. Es broma. No te enfades conmigo.

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En esos dos asuntos coincidimos

EN ESOS DOS ASUNTOS COINCIDIMOS

Dilecta Pilar:

Haces bien en insistir (no te moleste hacerlo; a mí, al menos, no me molesta que lo hagas; a pesar de la opinión negativa que otrora leí —y ahora recuerdo que lo hice— en “La peste”, de Albert Camus, uno de mis autores predilectos: “El sueño de los hombres es más sagrado que la vida para los apestados. No se debe impedir que duerman las buenas gentes. Sería de mal gusto: el buen gusto consiste en no insistir, todo el mundo lo sabe. Pero yo no he vuelto a dormir bien desde entonces. El mal gusto se me ha quedado en la boca y no he dejado de insistir, es decir, de pensar en ello”), si eso es lo que piensas. Ahora bien, da la casualidad o la causalidad que en esos dos asuntos concretos opinamos lo mismo.

Me parece bien que hayas llegado a la conclusión de que debes seguir procediendo de la manera que lo haces por la sencilla razón de que a ti te sirve, como me comentas, si, sin apenas corregir, escribes como trenzas, estupendamente. Acaso el problema (la discrepancia existente entre nuestros pareceres) esté, estribe o radique en que yo no tengo un oído tan fino como el tuyo y, por esa razón, no escucho tan bien a mi musa (como tú a la tuya, si es distinta de la mía, que puede). No pretendo convencerte de nada, que conste en acta, pero Juan Ramón Jiménez en “Españoles de tres mundos”, si no estoy equivocado, que (insisto) puede, sostiene que hay inspiración en el acto de la creación, pero también la hay (o puede haberla) en el momento de la corrección.

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¡Cuánto ayuda aprender de los mejores!

¡CUÁNTO AYUDA APRENDER DE LOS MEJORES!

“Yo creo bastante en la suerte. Y he constatado que, cuanto más duro trabajo, más suerte tengo”.

Thomas Jefferson

Hoy, viernes, 25 de mayo, día en el que se conmemora el nacimiento de San Camilo de Lelis (fundador de la Orden de los Camilianos) en la pequeña localidad italiana de Bucchianico di Chieti en 1550, donde estuve, hace casi cuatro décadas, con el difunto José Luis Álvarez Santaolalla y el ingenioso y sutil José Carlos Bermejo Higuera (en el viaje que hicimos tras acabar COU a Italia), quiero tener un recuerdo especial para quienes fueron profesores míos, durante los tres últimos años de la EGB, que cursé en el seminario menor de Navarrete (La Rioja), los religiosos Camilos Pedro María Piérola García, Daniel Puerto y Salvador Pellicer, tristemente finados, y los vivos (si no marro) Ezequiel Julio Sánchez, “Txema” López y Jesús Arteaga Romero.

Recientemente, el mencionado en último lugar en el párrafo precedente (los últimos serán los primeros), Arteaga, con el que más relación tengo (le remito cuanto trenzo), me envió un pequeño escrito en el que me recordaba que, en el día de la fecha, los religiosos Camilos (que prometen en voto solemne, según la fórmula de su profesión, servir a los enfermos aun con peligro de su propia vida, con el mismo amor que siente una madre por su único hijo enfermo) pretenden hacer un merecido homenaje y rememorar a los más de trescientos miembros de la Orden, que murieron mártires de la caridad, al dar sus respectivas vidas, víctimas de contagio, cuando asistían y cuidaban a personas enfermas en tiempos de epidemia.

Recogía don Jesús, en el mencionado texto, una frase del Evangelio de San Juan 15, 13: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Como él fue uno de los mejores profesores que tuve, a lo largo de mi adolescencia y juventud, pues me enseñó a pensar por mi cuenta, a tener criterio propio, a discrepar o disentir, si lo consideraba oportuno (aunque luego debiera disculparme, al comprobar, de manera fehaciente, que me había equivocado), sin ánimo de polemizar con él, ni con el epígrafe o versículo que escogió de San Juan, me permito apuntar que acaso sí haya un amor aún mayor, “el que da su vida por desconocidos que eran, además (lo supiera o ignorara), sus enemigos”.

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