El Blog de Otramotro

Mi literaria exégesis de un cuento

MI LITERARIA EXÉGESIS DE UN CUENTO

Dilecta Pilar:

La lectura de tu relato de 90 segundos, titulado “Unas manos sin nombre”, de tu contribución al libro coral, que presentaréis mañana, sábado, 17 de noviembre de 2018, en el zaragozano Centro Cívico Salvador Allende (es mi deseo y mi esperanza que todo os salga a pedir de boca), me ha dado pie a escribir lo que puedes leer a continuación, mi literaria exégesis del mismo. A ver qué te parece.

Me ha gustado mucho tu relato hiperbreve, a pesar de las pocas pinceladas que brindas al lector de la historia (en sentido estricto, de modo ladino, tu pretensión es que sea él, el propio lector, hembra o varón, quien haga el esfuerzo que intenta coronar, asimismo, el protagonista de tu microrrelato, construir la historia —con las pocas teselas que dispone o recuerdos que tiene hará todo lo posible para componer el completo mosaico, debajo del cual, acaso como remate, aparezca el nombre de su esposa; propongo el de Pilar, por ser esa la gracia de pila de mi amada actual, que, por cierto, compartes con ella, y ojalá sea la definitiva—) del nombre de las manos de la mujer que solían hacerle al protagonista (convaleciente de un accidente de tráfico o vascular) el nudo de las corbatas que vistió a lo largo y a lo ancho de su vida.

De las pocas corbatas que tengo en casa (yo me limito a ponerlas, acomodarlas, desacomodarlas y quitarlas; y, como no suelo mancharlas, calculo, a ojo de buen cubero, que tal vez las haya lavado un par de veces por mi cuenta), si no recuerdo mal, los nudos los hizo mi difunto padre, Eusebio, que hace ya más de tres lustros nos dejó. Reconozco que, como parece colegirse de la lectura de tu microrrelato, yo, como el personaje innominado del mismo, tampoco sé hacerlo, el nudo. Sé que hay tutoriales en internet que aleccionan sobre el modo particular o habitual de hacerlo, pero... me pasa como con el carné de conducir, que nunca me lo saqué.

Tu relato habla de las vueltas que da la vida echando mano de las vueltas que hay que dar a los extremos, ancho o estrecho, de una corbata para hacer un nudo, un enlace duradero.

En el primer nudo (que no gordiano) de la corbata (de rayas) del protagonista, que refieres, veo (más justo sería decir que entreveo) claras pinceladas u ostensibles trazos de su unión marital, sus nupcias, con su novia, que devendrá en unas horas, tras la ceremonia jurídica o el rito religioso, en su esposa. “Hay un brillo en los ojos y una promesa” (de fidelidad, de lealtad), vienen a confirmar mis sospechas. Eres tan astuta o cuca que hasta el procedimiento de cómo hacer el nudo de una corbata, “de detrás adelante (yo hubiera colocado aquí una coma) para ir dándole forma”, lo aprovechas para dar cuenta del que vas a seguir en la estructura de tu relato. ¡Chapó! La corbata de óvalos es la que llevó puesta el protagonista cuando acudió a la iglesia a bautizar a su primer retoño. Hay corbatas estampadas para los sucesivos días de fiesta. La corbata violeta anuncia la ausencia de quien hacía tal vez los nudos (el “hastío en los ojos” y el “vacío” hablan del fin del amor, de la vida, o de ambos a la vez).

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¿Por qué te sigo epístolas urdiendo?

¿POR QUÉ TE SIGO EPÍSTOLAS URDIENDO?

Amada Pilar:

Hay quien sostiene (y acaso no vaya desencaminada/o) la siguiente regla de tres: el buen gusto es al arte como los cabales minutos de hervor al arroz al dente. Como sobrepases el minuto idóneo de cocción, como no funjas de zorra culinaria, ese arroz no lo roza (ni huele; y aquí no te miento) el azor más hambriento.

Lo nuevo, lo novísimo, al llamar tanto la atención, por descolocar los ojos del espectador (ella o él), desacostumbrado a esa nueva manera de hacer o decir, nace como si dijéramos con vocación de ser condenado al ostracismo o al cadalso, por no agradar lo coronado, el resultado. Y es que, al salirse de las mentes cuadriculadas de los críticos (ellas y ellos) y del canon, lo lógico y normal es que tire para atrás y sea reprobado o rechazado.

Ahora bien, basta con que quien hizo el hallazgo estético de esa nueva forma de ver, trasladar o interpretar la realidad, cree y haga escuela o le siga un puñado selecto de epígonos (re)creativos para que esa nueva manera estética sea, primero, tolerada, luego, valorada y, por último, más tarde, ensalzada con ese adjetivo que acaso le convenga y cuadre, original.

El artista (sea hembra o varón), para encontrar su sitio en el espacio o ámbito donde pretende que sea reconocido su trabajo, para distinguirse del resto de las/os de su oficio, suele ensayar mil y un modos (quizás sean muchos) hasta que logra alcanzar u obtener esa forma de expresarse que lo hace reconocible, único, que es su marchamo, su firma.

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Sí, la autocomplacencia incapacita

SÍ, LA AUTOCOMPLACENCIA INCAPACITA

Son legión las/os que, a la hora de interrogarme, me plantean, entre otras variopintas cuestiones, esta, coincidente, pregunta: “¿Cómo haces para escribir tanto, Otramotro?”. Les suelo responder que, al estar jubilado por enfermedad, dispongo de mucho tiempo de ocio, que ocupo, básicamente, en leer y escribir. No sé cómo funcionan las mentes de las/os demás, qué les acaece a las/os otras/os letraheridas/os (de cuando en vez, para variar, me gusta usar, la voz “verbadebeladas/os”, que aún no ha admitido el DLE, que significa rendidas/os por las palabras), pero a mí el grueso de las ideas que tengo y procuro coronar, culminar o llevar a cabo, me brotan mientras estoy leyendo.

Como el mejor maestro es fray Ejemplo (dice el dicho), pondré uno (pues para muestra basta con presentar, exhibir o enseñar un solo botón, dice otro).

En la entrevista que le hizo Amanda Mars a Bob Woodward a mediados de octubre, y que apareció publicada en las páginas 2 y 3 del número 1.407 de Babelia, el suplemento literario de EL PAÍS, del sábado 10 de noviembre de 2018, a la pregunta que le formuló Amanda de “¿Hay demasiada opinión?”, respondió Bob: “Sí, y demasiadas trampas y petulancia. Katharine Graham, la gran propietaria del Post, nos envió a Carl Bernstein y a mí una carta privada en la que nos dijo: ‘OK, Nixon ha dimitido y vosotros habéis escrito algunas de las historias, no empecéis a pensar demasiado en vosotros mismos. Dejad que os dé un consejo: tened cuidado con el demonio de la pomposidad, de esa autocomplacencia incapacitante’. Nos dijo que había mucha pomposidad en la prensa”.

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Aún me queda un póquer de jornadas

AÚN ME QUEDA UN PÓQUER DE JORNADAS

Dilecta Pilar:

Aún me queda un póquer de jornadas, cuatro días, sí, cuatro, para hacer realidad mi sueño, comenzarlas.

Continuarás (barrunto) coronando lo mismo que andará este culminando, (re)creando ene textos literarios.

Debió ser más que dura la experiencia (eso es lo que sospecho) del gulag.

He leído tu artículo sobre María Antonia (un buen epítome de los tres folios que escribiste para “Palabricas…” y leí con gusto; no te ha faltado la breve referencia a las palabras de su texto de bienvenida con la grata ocasión del encuentro/cena del treinta aniversario de nuestra promoción de Filología en el pasado noviembre). Yo lo publicaré mañana, tal y como lo trencé, en mi blog.

Así es; subiré al Alvia en la estación de Tudela y haré noche en el aeropuerto de Barajas/Adolfo Suárez y por la mañana volaré a Tenerife.

Ya, ya, dejé dos muestras de vaya en mi respuesta al tuyo. Hace muchos años leí “Archipiélago Gulag”, de Aleksandr Solzhenitsyn (antes se escribía de otro modo, si no marro), sobre los campos de internamiento y castigo soviéticos. Por cierto, en uno de aquellos campos de trabajo forzoso en Siberia pasó el arzobispo Kiril Lakota (personaje ficticio de “Las sandalias del pescador”, libro que escribió Morris West en 1963 y película que dirigió Michael Anderson en 1968) dos décadas, según ambas ficciones (novela y filme).

No eran halagos, sino comentarios cabales, ajustados. Así lo interpreté entonces. Celebro que te gustaran.

Me consta que tú has leído también mucho, muchísimo. Seguramente, si has llegado a esa concreta conclusión, la explicación estribe en que, aunque hemos leído los mismos textos (sobre todo, durante la carrera), asimismo hemos leído ensayos, cuentos, novelas y poemarios distintos.

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¿Pilar? ¡Persona admirable!

¿PILAR? ¡PERSONA ADMIRABLE!

A Pilar miro y escucho
Y a una persona admirable,
Descreída y venerable
Atiende este menda, ducho
En a la tal loar mucho,
Que es la más justa manera
De a una señora señera
De su amor dar testimonio
Y proponer matrimonio
Siempre que ella esté soltera.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Me inspiras a cualquier hora

ME INSPIRAS A CUALQUIER HORA

“No sabrás todo lo que valgo hasta que no pueda ser junto a ti todo lo que soy”.

Gregorio Marañón y Posadillo

—Te amo porque me completas.
—Yo, porque a tu lado siento
Que puedo ser uno y ciento.
—De esperanzas y de metas
Tengo mis ansias repletas.
—Tu perfume me fascina,
Tu presencia me ilumina.
Me inspiras a cualquier hora.
—Quien de ti no se enamora
Cuánto vales no imagina.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Cuando una/o se enamora se enamora

CUANDO UNA/O SE ENAMORA SE ENAMORA

(Aunque como se lee en “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry —sigo la traducción de Bonifacio del Carril—, libro que vio la luz tanto en francés como en inglés en abril de 1943, “la palabra es fuente de malentendidos”, concédeme, “Chelo” —más tarde entenderás por qué no he podido resistirme a la tentación, a las ineludibles, necesarias y urgentes ganas que me han brotado de llamarte con dicho hipocorístico—, la gracia de que pueda seguir arrancando las epístolas que te trence y remita de la misma guisa —ergo, hazte a la idea de que estas palabras que lees no las estás leyendo en sentido estricto— que he hecho con las precedentes —esta sigue el mismo ceremonial o rito; que “¿qué es un rito?”; si has leído la novela arriba citada, te acordarás de la respuesta que le dio el zorro a la misma pregunta que le formuló el principito: “Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora, de las otras horas”—. Por eso las encierro entre los signos ortográficos de apertura y clausura de este paréntesis)

Amada Pilar:

Permíteme que empiece esta misiva citando a Perogrullo: “Cuando una/o se enamora se enamora”. Con el enamoramiento, no te miento, ocurre como con el embarazo, que o se está encinta, preñada, o no se está; una/o no se enamora un poco ni dos pocos ni tres pocos; se enamora o no se enamora; aquí no hay medias tintas posibles; se está enamorado o no se está.

Transcribo a continuación el final del capítulo XXI de “El principito”, donde vierte su autor qué era o qué significaba para él su “rosa”, o sea, su esposa Consuelo (ahora entenderás por qué te he llamado arriba “Chelo”) Suncín:

“—Ve y mira nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.

“El principito se fue a ver nuevamente a las rosas:

“—No sois en absoluto parecidas a mi rosa: no sois nada aún —les dijo—. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

“Y las rosas se sintieron bien molestas.

“—Sois bellas, pero estáis vacías —les dijo todavía—. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa.

“Y volvió hacia el zorro:

“—Adiós —dijo.
“—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
“—Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito, a fin de acordarse.
“—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
“—El tiempo que perdí por mi rosa… —dijo el principito, a fin de acordarse.
“—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…
“—Soy responsable de mi rosa… —repitió el principito, a fin de acordarse”.

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Hay quien marra por miedo a equivocarse

HAY QUIEN MARRA POR MIEDO A EQUIVOCARSE

Dilecta Pilar:

Te pido perdón (hay quien marra por miedo a equivocarse), perdón, perdón, hasta formar con ellos un rosario de mil disculpas y, al mismo tiempo, doy mil gracias, formando una ristra con todas ellas, por contestarme. Prometo no molestarte durante las vacaciones. Durante las mismas, dispongo de menos tiempo de uso (de ordenador). A partir de la semana que viene, verbigracia, por las tardes, el Centro Cívico “Lourdes” permanecerá cerrado. Todos necesitamos vacación, mejor, estar disfrutando (de) las mismas. Yo también. Sé que tienes muchos quehaceres. Cumple con ellos. Cuida a y de tus padres (de tu pareja, etc.). Yo lo hice con los míos.

Acabo de leer tu columna en La lámpara encendida, tu blog. Esta mañana he terminado de leer las cuarenta páginas que me quedaban de la multipremiada “Laëtitia o el fin de los hombres”, del francés Ivan Jablonka (si puedes, léela; si puedes, cómpratela y reléela; cuenta la terrible historia de Laëtitia Perrais, asesinada y descuartizada por Tony Meilhon, durante la madrugada del 18 al 19 de enero de 2011, entre La Bernerie-en-Retz y Pornic). Te parecerá estar releyendo “A sangre fría”, de Truman Capote, o “El adversario”, de Emmanuel Carrère (sobre el falso médico Jean-Claude Romand; hace poco —ahora bien, como tempus currit ut volet, el tiempo corre que parece que vuela, pudo ser hace meses— vi a deshora en una televisión el filme español, protagonizado por José Coronado, “La vida de nadie”, que, salvo por lo truculento, se le parecía bastante; la vida del protagonista era una pura y dura mentira). Me parece que en ella, en tu columna hodierna, haces lo que debes, reivindicar que, en pleno siglo XXI, no debe haber en ninguna sociedad humana (por ser una antigualla, una actitud desfasada) distingos (reparos) debidos a las clásicas razones de discriminación: sexo, raza, religión, etc. Me parece que las mujeres no sois piedra ni de piedra, sino que os habéis hecho dignas merecedoras de (ergo, os habéis ganado) mil y un monumentos de piedra (o de cualquier otro material). La noticia, estomagante, vomitiva, que he escuchado este mediodía, mientras comía, de que, en Sevilla, un hijo mantenía a su madre y a su hermana encerradas en casa, sucias y hambrientas, habla de cómo llegan a comportarse, de manera denigrante, ultrajante, algunos congéneres o semejantes nuestros. Así que ¡chapó! Te señalaré dos pecatta minuta (si no, quien firma no sería Otramotro): yo hubiera escrito sociocultural (todo junto o, socio-cultural, unidos por un guion) y alzhéimer (con tilde).

Como están cerrados por la tarde, durante el verano, tanto la biblioteca pública como el C. C. “Lourdes”, he venido al cibercafé “Praga”, por si tenía algún correo que contestar. Tenía el tuyo y el de Manolo. Empiezo por el tuyo.

Te agradezco sobremanera que hayas perdonado a este pendón (aquí significa vástago, en concreto, de Iluminada, que, mientras vivió, fue un buen árbol al que arrimarse).

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Para en símbolo mudarte

PARA EN SÍMBOLO MUDARTE

Será un viaje peligroso,
Parecido a una odisea,
Que se odia y que se desea
(Siempre que se salga airoso
De sus bretes y orgulloso),
El que he de canalizar
Y debo realizar
Para en símbolo mudarte;
Otros, quizá con más arte,
Lo tendrán que analizar.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Una certeza es, no un bulo

UNA CERTEZA ES, NO UN BULO

Según he escuchado y leído en varios sitios, el compositor de música country, cantante y actor tejano Kristoffer Kristofferson, nada más subir a un escenario, elegía a una persona del público y le dedicaba todo el concierto.

A mí la mujer real
(Mi madre, hermana, cuñadas
Y sobrinas no soñadas)
Me parece ente ideal
Siempre que sea leal.
Soy veraz; no disimulo;
A Kristofferson emulo.
Las consigo encandilar
Cuando cuanto urdo a Pilar
Una certeza es, no un bulo.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Va para Gemma, viuda inesperada

VA PARA GEMMA, VIUDA INESPERADA

Apenada y querida Gemma, viuda inopinada de mi difunto primo José Félix:

Aunque esta epístola ve la luz hoy, jueves, primer día de noviembre, festividad de Todos los Santos, aquí, en mi bitácora, anhelo que sepas que la urdí el viernes, 12 de octubre, Día de la Hispanidad y de Nuestra Señora del Pilar, nombre de pila que tanto me gusta proferir (y no lo digo, que podría hacerlo, por mi hermana, con quien hablo a diario por teléfono, a quien adoro y llamo, desde que nació, “Nena” —confieso que acostumbro a llamarla también con guasa “Pilón”, pero sin llegar a tirarla al susodicho—, como mis seres más allegados saben, sino por la mejor mujer —que nadie se moleste, porque acepto discrepancias o disidencias— que he conocido en mis cincuenta y seis años de existencia, aunque en este punto acaso me haya ocurrido lo que es habitual que me pase sin que me pese, que me haya extralimitado o pasado siete pueblos por culpa del agua del Ebro, que, como he reconocido otras veces, no bebo, pero me lava y es la que me empuja a exagerar, a echar mano de la hipérbole, a la hora de dar mis opiniones) últimamente.

De los dos breves momentos en los que pude cruzar palabras contigo durante el sábado pasado, 6 de octubre, en el camposanto de Cornago, tras la misa de funeral (nunca vi tan llena la iglesia parroquial de San Pedro, ni siquiera durante la festividad de la patrona de la villa, la Virgen de la Soledad), en el primero te quejaste con razón de que la muerte de José Félix había sido injusta, por prematura. Tu marido no había celebrado ni siquiera los cincuenta y cinco años, que hubiera cumplido, en el caso de haber seguido vivo, el próximo domingo, cuatro de noviembre, cuando hoy son legión las/os que finan sus días tres décadas después, siendo muchas/os nonagenarias/os. Como sabes, fue el poeta metafísico inglés John Donne quien verseó que la muerte de todo hombre nos disminuye porque nadie es una isla en sí mismo. En el semblante de mi finado y piadoso padre pude comprobar que, si es duro velar el cadáver de un esposo o de un hermano, aún lo es más perder (por accidente o enfermedad) a un hijo, porque lo lógico es que el hijo entierre al padre, no el progenitor a su retoño.

Durante ese primer diálogo (duraría menos de un minuto) te dije que tanto tú como vuestros hijos, Borja y Pablo, debíais estar orgullosos de José Félix; a su misa de funeral acudieron muchas personas. E insisto en lo que apunté antes: nunca vi la iglesia parroquial de San Pedro tan abarrotada. En el exterior (me consta porque lo pude ver con mis propios ojos) había mucha gente que o no pudo o no quiso (ignoro las razones) acceder. Este hecho vino a corroborar o ratificar lo que se lee en el Evangelio de Mateo (Mt. 7, 15-20): “Por sus obras los conoceréis”; y en el de Lucas (Lc. 6, 43-44): “Por sus frutos los conoceréis”. El hombre (hembra o varón) no es lo que piensa (bueno, regular o malo), ni es lo que dice (sea esto lo que de verdad ha ideado o una patraña); el hombre es lo que hace (y, si hace reír, como tantas veces me hizo reír a mandíbula batiente José Félix, hasta llorar lágrimas dulces, es normal que con las tristes nueva y constatación de su óbito, servidor y cuantos le debemos días ganados —porque, como dijo Charles Chaplin, “Charlot”, un día sin reír es un día perdido— lloráramos lágrimas amargas. Yo suelo argumentar que nuestras obras son nuestro mejor autorretrato (sea este físico o moral, prosopografía o etopeya), y poner como ejemplo de la tesis precedente el sucinto relato que compuso Jorge Luis Borges y colocó como magnífico colofón para “El hacedor” (1960): “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

Durante el segundo diálogo (básicamente, de despedida), te adelanté que te esperaban días complicados y difíciles. Y te exhorté a que te rearmaras de ánimo, moral y paciencia, porque los bajones suelen llegar sin previo aviso. Para esos inoportunos momentos, te hago saber lo que a mí me resulta y/o sirve. Aunque a quien me escucha con atención suelo confesarle que soy un ateo convencido, tantos años entre curas (atesoro un montón o sinfín de recuerdos gratísimos y útiles de mi experiencia con los Padres Camilos) han dejado en mí una estela, huella o muesca acaso indeleble. Porque es apodíctico lo que voy a contarte. En los momentos de angustia, de miedo cerval, de pánico, recordar los nueve primeros versos pentasílabos de una oración o poema que Santa Teresa de Jesús escribió y mandó a su hermano, enfermo, que, por aquellas fechas, estaba en el continente americano (si no marro en lo que narro), si no la/o borran del todo, la/o atenúan o mitigan por ensalmo: “Nada te turbe, / Nada te espante, / Todo se pasa, / Dios no se muda. / La paciencia (con diéresis) / Todo lo alcanza; / Quien a Dios tiene / Nada le falta. / Solo Dios basta...”.

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Que he roto con Pilar, lector, confieso

QUE HE ROTO CON PILAR, LECTOR, CONFIESO

Atento y desocupado lector (seas ella o él):

Como ayer, martes, rompí de manera irrevocable con mi amada Pilar (por explicar brevemente el porqué, según mi perspectiva, ni el cúmulo o conjunto de nuestras circunstancias encajaban —puede ser válida la imagen de mi enchufe con su hembrilla—, ni nuestros sentimientos compartían canal o cauce —mi evidente enamoramiento de ella no era correspondido—), me veo en la obligación de comentarte lo obvio (al menos, para mí) que, no obstante lo dicho arriba, durante los dos próximos meses, noviembre y diciembre, podrás leer en mi bitácora todos los textos que le escribí (décimas, sonetos y epístolas), porque ella fue la única y exclusiva destinataria de ellos.

Como, supongo (ignoro si es mucho o poco suponer), lo propio les acaecerá a las/os demás, no puedo dejar de ser cabal en mi proceder; ergo, sería, amén de bochornoso y estomagante, injusto a todas luces que, por ejemplo, reservara los susodichos y los dejara en barbecho, sin publicar, a fin de aprovecharlos y dedicárselos a otra posible amada, en el supuesto de que el abajo firmante vuelva a enamorarse en el futuro. Ellos son las vasijas que recogen, portan y contienen las emociones y las sensaciones, los pensamientos y los sentimientos que ella me provocó, las y los que me brotaron libres, a raudales, mientras estuve enamorado de Pilar. Por tanto, a ella y solo a ella le atañen o incumben.

Si Aristóteles vino a decir que “la amistad es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita en dos almas”, servidor coligió o dedujo, por una simple regla de tres, que el amor es un alma que comparten dos cuerpos, un corazón que palpita en dos almas. Ahora bien, este andoba ha vuelto a comprobar que de nuevo se ha equivocado. De nada vale el amor platónico cuando ese sentimiento bello y verdadero deviene tóxico, porque solo procura al que ama, aunque ese no sea el propósito de la persona amada, desdichas e incomprensión.

A mí, que tanto me disgusta hablar del sino, del destino, porque no creía en él, ya que, en el supuesto de que exista, el hombre ya no es libre de hacer y deshacer, de acertar y de errar, empiezo a considerar la posibilidad de que el susodicho sea un axioma, una irrefutable realidad: sigo enamorándome de quien no me conviene, porque ella no lo hace de mí; y, viceversa, quien se enamora de mí no es correspondida por servidor.

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Sábado, 17 de noviembre

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