El Blog de Otramotro

¿Una cafetería? ¡"El Quinto Pino"!

¿UNA CAFETERÍA? ¡“EL QUINTO PINO”!

(¿CASA SU NOMBRE EN MI CASO?)

Belinda, que es mi vecina,
Tuvo ayer la gentileza
De invitarme a una cerveza.
Si como corre cocina,
El triunfo se le avecina.
Como debajo de casa
Su negocio queda, ¿casa
Su nombre en mi caso? Opino
Que hay sarcasmo: “El Quinto Pino”
Lejos con cerca acompasa.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


¿Por qué llevar un tentempié al trabajo?

¿POR QUÉ LLEVAR UN TENTEMPIÉ AL TRABAJO?

Si una/o es periodista, conviene llevar un tentempié al trabajo para que no te pase lo que a Leonor Mayor Ortega. Acabo de leer en la edición digital de La Vanguardia la escueta crónica que lleva el título de “El PDeCAT exhibe un de ‘The Economist’ de 2012 como si fuera del 1-O”, que firma la autora mencionada arriba. No sé a quién achacar o adjudicar la “de” sobrante del citado rótulo (aunque acaso lo que falte sea el vocablo “ejemplar”), si a la redactora de la nueva, que puso dicho título, o a otra/o periodista.

La noticia consta de tan solo dos párrafos, pero, una de dos, o Leonor tenía mucha prisa (y ya se sabe qué aconseja o recomienda con especial encarecimiento la sabiduría popular cuando a una/o le urge hacer algo, echar mano de la paremia oportuna, “vísteme despacio, que tengo prisa”) o, por no haberse llevado al trabajo un tentempié y sentir hambre, empezó a comerse letras (o a dejar de pulsar alguna tecla preceptiva). En el breve artículo, por ejemplo, Leonor escribió y no corrigió: Bronca en el Congreso (mejor: Hoy ha habido una bronca en el Congreso), ministro de Interior (mejor: del Interior), de la bacada popular (de la bancada), Guillames ha presentado (Guillaumes), españa estaba (se le olvidó pulsar la tecla de la mayúscula: España).

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Carta abierta a Isabel, Lesbia o Belisa

CARTA ABIERTA A ISABEL, LESBIA O BELISA

“A veces, la soledad, el ninguneo y el anonimato social en los que vive una persona coherente, congruente con sus principios y valores, son consecuencias directas de este trío de razones: su manifiesta independencia de criterio, su notoria libertad de expresión y su público reconocimiento de que puede estar equivocado en aquello que argumenta y sostiene”.

Emilio González, “Metomentodo”

Dilecta Isabel Coixet, como sabes (permíteme que te tutee), Lesbia y Belisa son dos anagramas de tu gracia de pila. Había pensado llamarte en un principio Lesbia, como así lo hizo con su amada y esquiva Claudia (que se mudó el nombre por Clodia) Catulo, y luego Belisa, como de esa guisa nombraba Lope de Vega en sus versos a su querida esposa Isabel de Alderete y Urbina, pero he preferido optar por concretar y agregar tu apellido, Coixet, para no dar pie a que el atento y desocupado lector (ella o él) de esta epístola pudiera especular sobre quién es la verdadera destinataria de la misma, para no dejar un resquicio por el que pudiera colarse de rondón la duda flaca.

Acabo de leer tu artículo “Tierra de nadie”, publicado anteayer en El País, y lo que más deseo hacer en este preciso instante es darte las gracias, de veras, por haberlo escrito. Por lo obvio, porque, si no lo hubieras tecleado ni enviado al periódico para que se publicara, este menda no hubiera podido pasar la vista por él y, al verse imposibilitado en llevar a cabo tal cosa, no hubiera podido ratificarse en la opinión que de ti tenía, que tu estupenda calidad humana está fuera de toda duda (al menos, para mí; aunque quienes no piensan por sí mismos —ni tienen cráneos “previlegiados”, como has demostrado en infinidad de ocasiones haber hecho y tenido tú— te sigan increpando, cuando saques a pasear al perro —o a que el can te pasee a ti— o a reciclar plásticos en el cubo pertinente, llamándote a voz en cuello, sin conocerte, con el único propósito de zaherirte, de insultarte —sin echar mano de un ápice o pizca de arte que lo hiciera, al menos, soportable, pues para coronar tal hecho hay que inteligir y meditar o reflexionar—, lo que no eres, fascista). Como te consta (no es mi propósito que veas en ello un raudo abecé o prontuario de lo lenitivo: alivio, bálsamo o consuelo), con el mismo baldón le han intentado motejar a Joan Manuel Serrat.

A propósito de la incipiente rabia que afirmas haber sentido (e, intuyo, haber dominado y encauzado también tan bien) y del odio que manifiestas haber guipado en los ojos de quienes veían en ti un punto de mira, una diana, me nace apostillarte (¿lo haré con arte?) que es natural sentir antipatía hacia alguien o aversión por algo (tras haber padecido experiencias desagradables o sufrido circunstancias nocivas, claro), pero puede llegar a resultar patológico, malsano, enfermizo, si, uno, es consecuencia de prejuicios, y dos, la única salida que se ve al final de ese callejón oscuro, aterrador, es desearle un daño o mal.

Hay sitio para ti y para otras/os como tú en esa tierra, Cataluña, y en el resto de los límites de España, Europa u orbe. Persuádete a diario de que es así. Convéncete, asimismo, de que no estás sola, aunque esa sea muchas veces la refractaria impresión que tengas (la renuente sensación de soledad es el precio que hay que pagar por ser coherente, consecuente y mostrar y demostrar una y otra y otra y... —hasta mil y una veces, si hiciera falta— la impronta unamuniana que seguimos, la decencia intelectual) o te quede. Sé que, cuando a una/o le espeluzna alguien o algo, tiende a quedarse parada/o, petrificada/o, ante la mera contemplación del espanto, que le produce su presencia o la corazonada o el pálpito que le avisa de la pronta irrupción en escena de la misma. Para superarlo, tiene que hacer el esfuerzo intelectual y anímico de comprenderlo, de tamizarlo, de relativizarlo. Y el tigre, tras la paulatina mengua, ya no parece tan fiero; tiene las trazas de un lince, apenas semeja un gato grande, gordo.

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Que no haya disparate, esto es, disparo

QUE NO HAYA DISPARATE, ESTO ES, DISPARO

Dilecta María Pilar:

Os agradezco sobremanera que me hayáis apuntado. Ahora bien, espero (lo mismo que deseo) que no cometáis un disparate y me disparéis. Acepta de buena gana y de mejor grado la guasa o zumba (está la realidad política tan complicada o difícil, tan chunga, que he juzgado conveniente echar mano del —sentido del— humor, para echar unas risas, para desdramatizar), venga, venga, ríete, por fa(vor).

Si, por la razón que sea, no te ha gustado leer el párrafo anterior, no te ha hecho ni siquiera un ápice o pizca de gracia, te recomiendo con especial encarecimiento que te deshagas en un pispás de él y no lo tomes en cuenta. Así que considera el que sigue a este como primer párrafo de mi respuesta.

Muchas gracias, por la gestión.

Como no me haces ningún comentario al segundo parágrafo del Post Scriptum que agregué a mi anterior respuesta, supongo que no tienes inconveniente en que la epístola aparezca publicada así en mi blog. Insisto en que, si tienes alguna objeción que hacerme, tienes el derecho y el deber de hacérmela. La entenderé (haré el esfuerzo de comprenderla) y, sin hesitación, la atenderé. Luego subiré dicho texto a mi bitácora y, seguramente, aparecerá publicado allí el próximo martes, 26 de los corrientes.

Aún tengo el móvil antiguo (recientemente he cambiado su número de mi firma electrónica, así como el nombre de la calle —en este caso, por cuestiones que tienen que ver con cumplir ciertos preceptos de la ley de Memoria Histórica—), pero es mi propósito dejar de usar dicha línea, por economizar. No le saco ningún provecho o rendimiento. Hago las llamadas (a fijos y móviles) con el teléfono de casa (que me llevo a todas partes, hasta a Canarias). Cuando llama, actúa como si fuera un teléfono móvil. Lo dicho; está en mi firma electrónica.

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Todos somos muy ignorantes

TODOS SOMOS MUY IGNORANTES

En varios de mis textos he echado mano de un pensamiento (para mí, apodíctico, irrefutable) de Albert Einstein (es más, recuerdo haber redactado un artículo extenso recordando una panoplia de ideas del mencionado Premio Nobel), aquel en el que afirma que “todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”. Hoy, verbigracia, he comprobado la vigencia de dicho parecer, que tal vez nunca (mientras el mundo siga siendo mundo —lleve dicho adjetivo el prefijo “in” delante o no—) llegue a perecer. Y, si alguna vez alguien lo da por muerto, pronostico que acaecerá lo obvio, que renacerá, como el ave fénix, de sus propias cenizas.

Esta mañana, después de desayunar, antes de ir a la librería/papelería “El Cole”, a hacer las (habitualmente, diez) copias del último texto escrito en prosa que di por bueno ayer y publicaré hoy en mi bitácora, a hojear la prensa del día, a comentar alguna cosa con su dueño, Miguel Ángel, “Fangio”, siempre que este esté libre y no tenga nada perentorio que coronar (y es que tiene tanta clientela que acostumbra a estar ocupado, llevando a cabo cien —bueno, como soy un fan de la exageración, un hiperbólico redomado, acaso me haya pasado— tareas distintas), a debatir dialécticamente con otro cliente, que ya considero y trato como mi amigo, Santiago, si este ha hecho acto de presencia antes de que servidor haya tomado la decisión de darse el piro y entrar en “Bajocero” para comprar la proverbial media barra de pan; estaba escuchando y viendo (más lo primero que lo segundo) “Espejo Público” (en qué estaría pensando, me pregunto, tras darme cuenta de que había olvidado pulsar la preceptiva e inexcusable ele, en qué), el programa que presenta Susana Griso en Antena 3. En un momento dado, el escritor Juan Manuel de Prada, colaborador del espacio, ha aducido una razón oportuna de Aristocles, pues ese era el verdadero nombre de Platón, “el de anchas espaldas”, que ninguna persona puede estar por encima de la ley. Tras desarrollar de Prada su argumento, ha intervenido Bernat Dedéu, a quien no conocía (he consultado en el “espabilaburros” —de esa guisa llama servidor al buscador Google— y he comprobado que es tertuliano, profesor universitario, filósofo —licenciado en Filosofía— y escritor), que ha venido a contradecirle aduciendo que el maestro de Platón, Sócrates, había contravenido las leyes. Y me he quedado de piedra, patidifuso. Y, a renglón seguido, he concluido lo siguiente: una de tres, o Bernat Dedéu no estudió durante toda la carrera que hizo de Filosofía la vida y la obra de Sócrates o, si lo hizo, se le ha olvidado lo precipuo o importante, que no conviene olvidar, o sus profesores lo que le enseñaron de él se lo enseñaron mal, pero rematadamente mal. Si no ha leído la “Apología de Sócrates” (de Prada, por lo que luego comentó, demostró que sí hizo tal cosa y recuerda lo principal), le recomiendo encarecidamente a Dedéu su lectura. Podrá enterarse, si lee la versión de Platón, uno de sus discípulos o seguidores, que Sócrates prefirió morir en una ejecución injusta a violar las leyes de Atenas, a las que había prometido obediencia.

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¿Que la literatura no es profética?

¿QUE LA LITERATURA NO ES PROFÉTICA?

“Quieren que se produzcan movilizaciones tumultuosas y que no sean pacíficas. Lo están buscando y los policías vienen con esa voluntad; es evidente y lo vemos cada día”.

Joaquim Forn, conseller de Interior de la Generalitat.

Las palabras que sirven de epígrafe o exergo a este texto otros diarios las han reducido a lo que de sus declaraciones cabe conjeturar o inferir, que “La Policía y la Guardia Civil vienen a Cataluña a alterar el orden”.

Siguiendo la lección que Confucio impartió, imparte e impartirá a quien invierta unos minutos de su preciado y precioso tiempo y lo lea (“Estudia el pasado y pronosticarás el futuro”), el maestro de periodistas (poco importa que haya o no haya dado clases de esta, esa o aquella asignatura en esta, esa o aquella facultad —sus textos, en forma de libros o artículos, contienen, destilan y exudan enseñanzas sin cuento— de Ciencias de la Información) Gregorio Morán, en la “sabatina intempestiva” (“Los medios del Movimiento Nacional catalán”) que no le publicaron (pero que acaso tuvo más lectores de los habituales, porque circuló sin dificultades por las redes sociales) en La Vanguardia, diario en el que aparecían sus artículos, presagiaba (a ver quién es la/el guapa/o que pone en tela de juicio el pensamiento, que vengo sosteniendo desde hace la tira de años, de que la literatura tiene un evidente carácter profético), en concreto, en su quinto (y ya se sabe lo que predica el dicho, que no hay quinto —se refiera uno con dicho vocablo al frío botellín de cerveza, al mozo que acaba de estrenar su mayoridad o al astado, elegido por el ganadero como el mejor para la lidia, según argumenta Carlos Abella, que acostumbraba a salir de chiqueros u ocupaba dicho lugar en el orden de la corrida— malo) párrafo, se atrevió a trenzar la siguiente verdad (que ha devenido en, ora por inspiración divina, ora por oráculo, una predicción que se ha cumplido):

“Ahora bien, el cese de Albert Batlle como jefe de los Mossos d´Esquadra y su sustitución por el delincuente legal, Joaquim Forn, —podría llamarse así a aquel que rompe la legalidad cuando le peta en función de sus intereses políticos—. Lo hizo en los Juegos Olímpicos del 92; la pitada al Rey; la campaña ‘Freedom for Catalunya’… Es decir, que a partir de ahora, quien controlará los Mossos d´Esquadra” es un tipo dentro de toda sospecha, que no cumplirá la legalidad que no le exijan los ilegales. No quisiera incluir aquí su amplio currículo como talibán de la barretina”.

¿Hay quien, teniendo en cuenta todos los textos publicados en la prensa española y en internet sobre el caso o particular, quien, conociendo los antecedentes del actual conseller de Interior de la Generalitat, haya ejercido de mejor augur, quiero decir, quien haya hecho una etopeya que mejore la de Morán, que había predicho qué actitud o comportamiento era esperable, posible y probable que pronto protagonizara o tuviera el sujeto susodicho? Considero que no. Ahora bien, como leo mucho, pero es meramente imposible leerlo todo, reconozco que puedo estar equivocado.

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¡Cuánto pierde quien no doma!

¡CUÁNTO PIERDE QUIEN NO DOMA!

—Hay quien dice que no toma
Setas por si le hacen daño.
Como allí antaño, aquí hogaño
¡Cuánto pierde quien no doma!
Que sus prejuicios se coma.
—¡Qué infames son los prejuicios!
Hontanares de perjuicios,
Sin ninguna duda, son.
Los hallo sin ton ni son,
Pero respeto otros juicios.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


En torno al ominoso referéndum

EN TORNO AL OMINOSO REFERÉNDUM

En varios de mis textos (ora trenzados en prosa, ora urdidos en verso) he intentado plasmar y recoger mis deducciones, inducciones, intuiciones y reflexiones a propósito de lo que he sacado en claro o concluido en numerosas ocasiones y de manera inconcusa, tras leer (o releer) detenidamente textos firmados por otras/os, que el carácter profético de la literatura (fuera escrita en verso o en prosa) no es una entelequia o quimera, no, sino un incontrovertible hecho concreto.

Así, verbigracia, aunque admito que puedo estar equivocado (porque reconozco que soy adicto a la exageración, un fan de la hipérbole), en lo tocante al rosario de despropósitos, dislates y disparates que acarrea, porta o portea el ominoso, por ilegal, y omnímodo referéndum catalán, del que unas/os cuantas/os estamos ahítas/os, hartas/os, hasta las mismas narices, tengo para mí que en los dos últimos versos endecasílabos del estrambote bizarro y burlón que don Miguel de Cervantes añadió al soneto satírico que escribió en 1598 y tituló “Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla” cabe hallar materia o sustancia profética bastante para entender determinados comportamientos, bien fanfarronadas, bien desatinos, de ciertas/os politicastras/os actuales, contemporáneas/os: “caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuese y no hubo nada”.

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Le propongo que sea mi amanuense (II)

LE PROPONGO QUE SEA MI AMANUENSE (II)

“Permítame que insista”, como decía ayer el hoy “todista” Matías Prats en el anuncio de Línea Directa, pero para escribir literatura hogaño conviene ejercer el mismo o parecido oficio que fungía antaño un bululú (que, según la primera acepción que de tal vocablo da el DRAE, significa: “Comediante que representaba obras él solo, mudando la voz según la condición de los personajes que interpretaba —poco más o menos como debía hacer, según una copla del corrector Alonso de Proaza, el primer cuentacuentos de “La celestina”, de Fernando de Rojas: “Si amas y quieres a mucha atención, / leyendo a Calisto mover los oyentes, / cumple que sepas hablar entre dientes: / a veces con gozo, esperanza y pasión; / a veces airado con gran turbación. / Finge leyendo mil artes y modos, / pregunta y responde por boca de todos, / llorando y riendo en tiempo y sazón”—).

Así las cosas, le hago hoy idéntica propuesta a la que le hice la semana pasada, atento y desocupado lector (sea ella y como la miel y se llame, efectivamente, Natalia; o él y como la hiel y su gracia sea, verbigracia, Miguel), que sea o siga siendo mi amanuense, que continúe copiando cuantas palabras profiera mi boca.

Imagine (¡qué contrasentido!, sí) que, por arte de magia blanca, usted ha dejado de ser, ipso facto, Natalia o Miguel, la/el copista de Otramotro, y se ha transformado en bombera/o; y que este menda se ha metamorfoseado, por arte de birlibirloque, en el reciente escritor invidente (ergo, inexperto en cecografía, lego en el alfabeto o sistema ideado por Braille) Homero Borges.

Imagine que en su ciudad natal (que no es en la que actualmente reside, la capital de la provincia) ha habido un terremoto morrocotudo y muchos de sus edificios son ahora escombros, ruinas.

Imagine que usted forma parte del grupo voluntario de su unidad que se ha desplazado a la villa donde impera el caos, donde reina la desolación, para echar una mano (sensu stricto, las dos) y que, tras oír el falto de vigor auxilio salido de una voz débil, ha llegado por una veintena de huecos hasta donde se halla una persona (poco importa su sexo) a la que una columna le ha atrapado las dos piernas y padece unos dolores inaguantables.

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Una mosca cojonera

UNA MOSCA COJONERA

“(...) una mosca cojonera que quiere ser una mosca cojonera deja de serlo en el acto (...)”.

Javier Cercas

—Ojalá sea algún día
Una mosca cojonera,
Como lo fue, a su manera,
Unamuno, que cundía
Como cien, mas no se hundía.
—Ojalá yo removiera
Las conciencias como hiciera
Otrora “Fígaro”, Larra,
Que tanto dio la tabarra
Y fue, sin duda, una fiera.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Gregorio es entrañable y admirable

GREGORIO ES ENTRAÑABLE Y ADMIRABLE

“Era lo bastante listo para conocerse a sí mismo, lo bastante valiente para ser él mismo y lo bastante insensato para cambiarse a sí mismo y, al mismo tiempo, seguir manteniéndose auténtico”.

Patrick James Rothfuss, en “La música del silencio”.

De los tres Gregorios, tres, sobre los que me dispongo a discurrir brevemente en este opúsculo, atento y desocupado lector (sea ella o él), a quien le tengo más cariño y le estoy más agradecido es a mi tío (lo llamo así, aunque, en sentido estricto, no lo es) Gregorio. El esposo de mi tía Ramona, que, en realidad, era prima segunda de mi padre, y la recién mencionada nos abrieron de par en par hace muchos años la puerta de su casa en Tórtoles, barrio turiasonense, a toda nuestra familia. No estoy seguro de si fue la primera vez que subimos a Tarazona, pero recuerdo, aunque de manera desdibujada, la ocasión en la que mis hermanos varones y servidor vestíamos camisas estampadas con diversos tipos de barcos y pantalones cortos de color azul marino.

Aunque casi todas las semanas llamo y hablo por teléfono con mi tía Ramona (se pone menos veces mi tío, nonagenario), que viven en una residencia especialmente acondicionada o habilitada para cuidar a personas de la tercera edad, creo que no los veo desde que acudieron con Gabriel, su hijo, al tanatorio a darnos el pésame a mis hermanos y a mí con la tristísima y desgarradora nueva del fallecimiento de nuestra progenitora. ¡Cómo lloraba (demostraba así, sin decir palabra, su mucho pesar por la pérdida de nuestra madre) nuestro tío Gregorio!

Le confieso, sin ambages, atento y desocupado lector (sea hembra o varón), que estoy en deuda con Gregory House, protagonista de la serie televisiva, desgraciadamente, ya clausurada (¡qué pena, pues sus guionistas —con quienes, en puridad, tengo el débito— habían conseguido asimilar la inmarchitable lección de Horacio, o sea, habían logrado extraer todo el jugo o sacado el máximo provecho a los versos 343 y 344 de su “Arte poética”, es decir, a su sabia recomendación de mezclar lo útil con lo dulce!), que se tituló, precisamente, así, como su primer apellido, “House”; porque no solo le debo los buenos ratos que me ha hecho pasar viendo/escuchando sus episodios, sino que me ha abastecido sin querer, involuntariamente, de un número ingente de ideas con las que he procurado enriquecer algunas de mis urdiduras (o “urdiblandas”) en verso o en prosa.

El ficticio doctor House (personaje creado por David Shore), especialista en enfermedades infecciosas y nefrología, casi casi un trasunto de otro personaje ficticio, Sherlock Holmes, el detective salido del magín de Arthur Conan Doyle, eso sí, puesto al día, remozado, modernizado, no obstante sus notorias soberbia intelectual, misantropía (rehúsa, si pude, el contacto con sus pacientes) y egolatría, su manifiesto infantilismo (a veces actúa como si fuera un crío, apostándose con su amigo Wilson, por ejemplo, a ver quién consigue que su gallina —cada uno la suya— pase inadvertida más tiempo a los ojos escrutadores de los agentes de seguridad del hospital, o jugando en dicho recinto con helicópteros teledirigidos), resuelve casos difíciles, salvando, salvo contadas excepciones (la muerte de una paciente, empero, verbigracia, le sigue obsesionando, rondando o gravitando sobre su pesquis, hasta una década después), la vida a numerosos pacientes. Su adicción a la vicodina y al juego (si invierte en bolsa y chantajea a un paciente, rico empresario, es para conseguir que vuelvan a trabajar con él Chase y Taub), el frecuente uso que hace del sarcasmo y su frase proverbial de que “todo el mundo miente” serían ingredientes fundamentales, imprescindibles, de cualesquiera etopeyas que de él, un médico singular, inolvidable, inconfundible, genial, distinto y distante, se hicieran.

A pesar de que en algunos momentos u ocasiones llega a resultar detestable, insoportable e insufrible (incluso para los miembros de su equipo —Foreman, Cameron, Chase, Kutner, “Trece”, Taub, Masters, Adams, Park—, que, antes o después, llegan a la conclusión de que es un médico excepcional, fuera de lo común; para Cuddy, la directora médica del apócrifo Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de Nueva Jersey y, durante algún tiempo, su pareja; para su —¿único?— amigo, el oncólogo Wilson; y acaso también para el espectador, fan o no de la serie), en otros/as todas/os las/os mentadas/os antes, arriba, se lo comerían a besos por ser un hacha o lince en lo suyo, diagnosticar enfermedades y prescribir los medicamentos oportunos para que las/os pacientes sanen, y por tener salidas inopinadas, desopilantes.

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Le propongo que sea mi amanuense (I)

LE PROPONGO QUE SEA MI AMANUENSE (I)

Escribe literatura la persona a la que en su vida cotidiana le suceden hechos reales o fantasea actos imaginarios que ella luego, como hacía otrora un bululú y hace ahora un cuentacuentos o “recitaversos” (sea hembra o varón) contemporáneo, metamorfosea a su antojo con la inestimable ayuda de las palabras existentes (o que ella inventa), de su acervo lingüístico, para que, una vez ha logrado embellecer, asear o afear dichos hechos, los textos resultantes signifiquen lo que ella desea que las/os muchas/os o pocas/os lectoras/es de los mismos interpreten. A veces, las/os lectoras/es interpretan cosas distintas, distantes de las que buscaban sus autoras/es.

Si no tiene inconveniente ni nada mejor que hacer, atento y desocupado lector (sea ella y se llame, por ejemplo, Natalia; o él y sea habitual que se vuelva y responda cuando escucha su nombre de pila, Miguel, verbigracia), le propongo que sea hoy mi amanuense y copie cuanto le dicte, cuanto salga por mi mui. A ver si lo que resulta merece la pena ser leído o ser condenado, sin remisión posible, al cubo de la basura.

Confieso que dedico las mañanas de los sábados a hacer la limpieza general, semanal. Evidentemente, no limpio como lo hacía mi señera y señora madre, Iluminada, a quien, por cierto, critiqué mil veces por ser tan esclava (y hasta maniática) con el piso (lo siento, mamá, pero lamento confirmarte que ya no se puede comer en la taza del váter, como alguien, más de una/o, cuando vivías, comentó, tras haber entrado en el baño y usarlo). Esa es la razón por la que suelo acudir más tarde de lo habitual a la Librería/Papelería “El Cole” para adquirir El País (que acostumbro a dejar pagado con antelación) y echar un vistazo rápido al resto de la prensa, e intercambiar unas cuantas palabras con el dueño, Miguel Ángel, “Fangio”, si no está atareado, y con las/os que allí han acudido, mientras me hallo dentro: Victoria, Natalia, María Jesús, Beatriz, Alfredo, “Javichu”, Jesús, Joaquín, Santiago, “Miguelo”, Pedro, Victorino y/o demás clientes.

Confieso que el pasado sábado, 26, le comenté a Miguel Ángel que la víspera, viernes, 25, como todos los 25, desde que falleció mi progenitora (salvo que el 25 caiga en sábado, pues la eucaristía en sufragio de las almas de mis difuntos padres y hermano pasa directamente al domingo) fui a misa. Quien me conozca de veras advertirá, sin duda, una clara contradicción entre mi comportamiento, acudir a la iglesia, y lo que he reconocido varias veces en la intimidad, que, a pesar de la educación religiosa que recibí (como jamás de los jamases hablé mal, acaso nunca diré pestes de los Padres Camilos, que fueron quienes me formaron y moldearon como persona —aunque no faltará el lector o lectora que señale y me reproche la clamorosa paradoja—; en muchos aspectos de mi personalidad soy quien soy por ellos y si quiero ser cada día mejor persona de lo que soy, en buena parte, se lo debo a ellos) hoy vuelvo a confesarme un agnóstico empedernido, un ateo incorregible, un escéptico redomado.

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Sábado, 21 de octubre

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