El Blog de Otramotro

Cuando la lumbre alumbraba

CUANDO LA LUMBRE ALUMBRABA

Hay quien, se halle donde se halle (no importa dónde), siempre repite la misma cantilena o cantinela, que antes (sin parase a especificar cuándo) los tiempos y las costumbres eran mejores que los/as hodiernos/as. O peores, que de todo hay en la viña del Señor. Ante las/os tales, suelo pensar lo idéntico (y, solo si la confianza lo favorece o propicia, proferir, poco más o menos, esto) que lo que a mí me consta es que eran otros y otras.

Me encuentro entre (o sumo a) quienes entienden que otrora ocurrieron unos hechos que hoy no se entienden bien del todo y que se yerra, de modo morrocotudo, cuando se tiende a valorar comportamientos antiguos con la mentalidad moderna. Lo lógico y normal es juzgar el pasado (y todo lo que a él concierne) con los criterios del pasado y el presente con los del presente, como así, supongo, en el futuro harán quienes opinen sobre el porvenir, que para las generaciones que vienen será presente o pretérito reciente.

Quien haya superado la cincuentena y acudió, siendo un crío (hembra o varón) a la casa de sus abuelos (y, si estos vivían en un pueblo, con más razón), seguramente, recordarán que en la cocina de la susodicha había un hogar (con la preceptiva chimenea), donde se hacía la lumbre. Allí se colocaba, rodeado por las brasas o encima de un trípode de hierro (“las truedes”), el puchero para hacer la comida. Al calor de la lumbre, se tostaban las rebanadas de pan de hogaza, que con un chorretón de aceite del trujal y, de manera optativa, con ajo y sal o azúcar, estaban de rechupete. Al mismo calor, subían los colores a los mofletes de la cara, si una/o se aproximaba más de la cuenta. Por las noches, en torno al hogar, se narraban y escuchaban relatos de todo jaez; unos iban acompañados de risas y aun carcajadas y otros de miedo y hasta pánico.

En muchas casas actuales, el hogar, ese lugar donde antes había fuego, cuyas llamas alumbraban mal la estancia (si era de noche) y, más o menos, la caldeaban, hoy lo ocupa un electrodoméstico, la tele.

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No obvies las menudencias escabrosas

NO OBVIES LAS MENUDENCIAS ESCABROSAS

Dilecta Pilar:

Como (me consta que te has estudiado) te comprendes mejor que nadie, ya sabes qué compromisos y cuántos has de aceptar, qué cantidad de estrés (“escuatro” o “escinco”) eres capaz de controlar y soportar.

Como solo escuchando o leyendo he aprendido un montón, sigo cultivando ese doble arte de escuchar y leer con suma atención.

El sábado por la mañana hablé, por la vía que inventó Bell, con mi amigo Luis Quirico Calvo Iriarte; por la tarde hablé por teléfono con mi amada Pilar y con mi amigo Luis de Pablo, que vino a visitarme (llegó hasta el Centro Cívico “Lourdes”, donde servidor andaba pulsando las teclas de un ordenador —nos tomamos una caña en la cafetería de El Quinto Pino, que está debajo de mi casa, y hablamos de todo un poco— con las yemas de cuatro dedos). Por la noche, como te adelanté, creo, tras tomarnos tres zuritos, Pío y yo acudimos a la calle Portal, sede de la peña “La Teba”, porque (mediada la previa invitación del presidente de la citada, Sergio Iturre) nos habíamos apuntado para la cena del pastor. Fuimos 43 y lo pasamos estupendamente. Cantamos, nos bebimos un gin-tonic y a las dos de la madrugada nos marchamos a casa (cada uno a la suya). El domingo lo dediqué a las sanas y productivas costumbres de leer y escribir.

Cuenta, cuenta (y no des por obvios los detalles más escabrosos; es zumba; no soy persona adicta a los chismes).

Supongo que no serán pocas las dificultades o dudas que te surjan. Rehusar es más difícil que aceptar.

Saber escuchar es, como saber leer, una disposición del ánimo que solo la aprende y llega a ser experta/o en ella quien la ejerce y ejercita a diario.

Fue un fin de semana con más ingredientes de los habituales, ciertamente.

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No llevará esta epístola romano

NO LLEVARÁ ESTA EPÍSTOLA ROMANO

Dilecto Jesús:

Está bien tomar la péñola para aparentar que uno es dios (en minúscula, claro), o sea, para fingir o fungir de alfarero o crear algo nuevo de la nada (con la sola ayuda de la inteligencia y de la arcilla, las palabras).

Así es, veinte años no son nada (treinta, ídem) en una vida centenaria (los seres humanos llevamos camino de serlo; si es con achaques mil, igual no nos compensa; veremos, siempre que no seamos o lleguemos a dicha edad ciegos).

Ya ves que viene bien, de cine o perillas, ponerse el mundo por montera y torear cuanto bicho salga por el chiquero al albero.

Seguro que escribes mejor de lo que antaño, otrora, lo hacías (a mí, al menos, me parece que es así, pero puedo estar equivocado), si has seguido escribiendo. A escribir solo hay una manera de aprender a hacerlo, escribiendo, y, si es todos los días, mejor; más rápidamente se aprende.

Hace unos días, el servicio de ordenadores del Centro Cívico “Lourdes” se clausuró. Así que sigo echando mano, de manera habitual, de un ordenador de la biblioteca pública de Tudela, donde María Ángeles y Pilar ejercen de mis ángeles custodios; esporádicamente, del único que mantiene vivo, en servicio, Alberto Sánchez, el dueño del cíber-café “Praga”.

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Celebro que ese sea tu criterio

CELEBRO QUE ESE SEA TU CRITERIO

Dilecta Pilar:

Te entiendo. Las digresiones o los vericuetos son verdaderas tentaciones. Y ya sabes qué recomendaba hacer con ellas Oscar Wilde: que la mejor manera de liberarse de ellas o de vencerlas es cayendo en ellas.

Te agradezco y celebro que ese sea tu criterio. Creo que fue en “Españoles de tres mundos” donde Juan Ramón Jiménez sostuvo la tesis de que, si hay inspiración en el acto de la creación, también lo hay en el de la corrección; ahora bien, debo comentarte que, después de tener durante hora y media el libro entre mis manos (se lo pedí a María Ángeles, una de las tres responsables de la biblioteca pública de Tudela), no leí (no me dio tiempo a leerlo entero) la mentada referencia. Esto viene a cuento de que el primer verso del segundo cuarteto (quinto del soneto que publicaré el próximo sábado, “Nacer siempre es llegar del extranjero”) aparecerá escrito en mi bitácora con una leve variante (que la mejora; ese es, al menos, mi parecer) de la versión que te remití, así: “para que a los demás, luego, deslumbres”.

Esta mañana he leído tu artículo en el Heraldo de Aragón, pues había ejemplar en “el Cole”, la librería/papelería que regenta mi amigo “Fangio”. Abundo en tu tesis, de cabo a rabo, desde la mención del alzhéimer, la demencia senil o los accidentes cardiovasculares a que la verdadera historia no es la incompleta o parcial. Ahora bien, como uno viene comprobando (al oír y leer a muchos historiadores histéricos, que son los que viven la historia con histeria o confunden la histeria con la historia) que hay personas que se llaman historiadoras/es, pero fingen o fungen de falsificadoras/es de la historia, acaso convenga, por ser más beneficioso para la salud, no invertir (para no perder) mucho tiempo en leer lo que escriben para no embrollar la cuenta (lo que tenías en cuenta) con el cuento, el soberano cuento que cuentan.

A esta hora tendría que estar en el Hospital “Reina Sofía” (HRS), pero una amable trabajadora del servicio de citas me ha llamado esta mañana por teléfono para decirme que no acudiera a la misma, ya que se había pospuesto para el día 26, a la una del mediodía.

Me consta que tienes muchos compromisos de todo tipo. Ergo, no tienes que disculparte más conmigo. Acepto tus disculpas hoy, si pactamos que esas no caducan y me sirvan para el resto de las próximas veces que te nazcan pedírmelas.

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Hay que leer a los autores buenos

HAY QUE LEER A LOS AUTORES BUENOS

Pienso que hay que leer a los autores (hembras o varones) buenos; y a los muy buenos releerlos, porque son proféticos (la literatura excelsa, al menos, lo es). Seguramente, el atento y desocupado lector (ella o él) de estos renglones torcidos y quien los urde, servidor, discreparemos a la hora de incluir a unos creadores y no a otros en el primer grupo, y a otros y no a unos en el segundo; pero no en el fondo de la idea susodicha. Si los buenos se han hecho acreedores de nuestra atención, los excelentes se han hecho merecedores de nuestra doble tal.

Al abajo firmante, como ser racional que es, le gusta mucho hacer uso de su razón, esto es, pensar, pero hoy hay otro menester que prefiere o aún le gusta más, por ser más productivo para su propósito, que es soñar y luego reflexionar sobre lo soñado.

Este menda había previsto escribir su parecer sobre esa tomadura de pelo que ha sido el procés. Y se ha dicho: a ver si Morfeo se porta y, si no todas, me suministra, durante el sueño, algunas claves del mismo. Pero, durante la siesta, no he soñado ni con Mas ni con Puigdemont ni con Torra, sino con el Premio Nobel de Medicina de 1906, Santiago Ramón y Cajal, que me ha hecho leer en voz alta en clase (pues yo era uno de los alumnos en la que él impartía su lección) tres párrafos, escogidos por él, que habían aparecido publicados en su obra “Charlas de café” (1920).

Primero: “Se ha dicho muchas veces que no hay nada más inútil que la experiencia. Tan triste verdad se corrobora cuando somos víctimas de una pasión avasalladora. En la vida del enamorado, los prudentes consejos del viejo suenan como la voz atiplada de un eunuco que disertara sobre las excelencias del celibato”.

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Si aprovecha leer, más a los clásicos

SI APROVECHA LEER, MÁS A LOS CLÁSICOS

La vigente Constitución Española de 1978, en el punto 2 de su artículo 25 dice que “las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados. El condenado a pena de prisión que estuviere cumpliendo la misma gozará de los derechos fundamentales de este Capítulo, a excepción de los que se vean expresamente limitados por el contenido del fallo condenatorio, el sentido de la pena y la ley penitenciaria. En todo caso, tendrá derecho a un trabajo remunerado y a los beneficios correspondientes de la Seguridad Social, así como al acceso a la cultura y al desarrollo integral de su personalidad”.

Me consta que ha habido un gran grupo de personas que han estado entre rejas a las que su estancia en prisión les ha servido (y la han aprovechado) y otro gran grupo a quienes estar entre barrotes, más que beneficiarles, les ha perjudicado sobremanera.

Los dos párrafos precedentes vienen a cuento de lo que sigue. Una fémina donostiarra (poco importa su nombre compuesto y apellidos; no es mi propósito incrementar innecesariamente el daño o dolor) que otrora trabajó como funcionaria de la Delegación del Gobierno en la Comunidad Foral, que demostró ser un hacha para la malversación y el fraude, ideó la manera de cobrar, a través de varias cuentas corrientes, centenares de millones de pesetas y no devolver 186 de esos a dos empresarios navarros. La Audiencia Provincial de Navarra la condenó a 12 años de prisión, pero el Tribunal Supremo rebajó la pena a 9 años. ¿Sacó alguna enseñanza de ello? ¿Aprendió de los errores cometidos?

Todo parece indicar que no. Esta semana la fémina innominada ha vuelto a sentarse en el banquillo de otra Audiencia Provincial, en este caso, la de Logroño, al ser acusada por el Ministerio Fiscal de un delito continuado de estafa. El representante de la Fiscalía solicita para ella una pena de 8 años.

Al parecer, mutatis mutandis, como ocurre con los asesinos en serie, el delincuente económico va especializándose en sus fechorías, en sus procederes delincuenciales. Presuntamente, la acusada pudo llevar a cabo la estafa, tras alcanzar el cargo de decana del Colegio Oficial de Psicólogos de La Rioja. Cabe preguntarse cómo obtuvo la donostiarra de marras el título de Psicóloga. Sin embargo, esa pregunta lleva aparejada o a formularse otra: ¿Dicho título era verdadero o una engañifa?

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¿Quién padece el efecto Dunning-Kruger?

¿QUIÉN PADECE EL EFECTO DUNNING-KRUGER?

Como por las mañanas ya no acudo al Centro Cívico “Lourdes” (donde solía urdir las primeras versiones de mis textos, fueran estos escritos por el abajo firmante en verso o en prosa), cuyo servicio de ordenadores ha sido clausurado (al menos, temporalmente; dicha sala, estrecha, la han solicitado varias asociaciones, ergo, según me comentó hace algunos días en dicho espacio el propio responsable, se usará para otros menesteres cívicos), aprovecho las primeras horas de las mismas para leer las páginas de los números de los periódicos y revistas sobre las que (por diversos motivos, los que fueran) no pasé ni posé en su día mi vista. Ayer, verbigracia, me di de bruces en una de las mentadas páginas con un sesgo psicológico cuya existencia desconocía (lo habitual; admito —no me cuesta nada asumir lo obvio— y reconozco que soy —y me moriré siendo— un ignorante ancho, largo y alto o profundo en mil y un ámbitos del saber), el Dunning-Kruger (efecto psicológico “según el cual —reproduzco a continuación qué dice al respecto la Wikipedia— los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real”), llamado de esa guisa porque fueron los investigadores David Dunning y Justin Kruger, de la Universidad de Cornell, quienes demostraron la existencia de dicho fenómeno. Sus resultados los publicaron en el número de diciembre de 1999 del Journal of Personality and Social Psychology, por el que recibieron el premio Ig Nobel (organizado por la revista de humor científico Annals of Improbable, que concede, a principios del mes de octubre de cada año, dicho galardón, por sus logros coronados, a diez grupos de científicos que —a la inversa o completando o complementando acaso el parecer que adujo George Burns de que “quien nos hace reír es un cómico. Quien nos hace pensar y luego reír es un humorista”— “primero hacen reír a la gente y luego la hacen pensar”) 2000. En el mentado trabajo concluyeron que “la sobrevaloración del incompetente nace de la mala interpretación de la capacidad de uno mismo. La infravaloración del competente nace de la mala interpretación de la capacidad de los demás”.

Quien padece dicho sesgo cognitivo (ella o él) se tiene por más capaz de lo que en realidad es, se siente más inteligente de lo que cualquier test de inteligencia demuestra o prueba. Suele ser tan soberbio o tener el ego tan subido que es incapaz de dar su brazo a torcer, o sea, reconocer, sin ambages, que es un incontrovertible bodoque.

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Si quieres ser autor de más de una obra

SI QUIERES SER AUTOR DE MÁS DE UNA OBRA

Dilecta Pilar:

El largo fin de semana (con puente) ha ido bien. Muchas de las horas del mismo las he pasado, como es habitual y proverbial (consabido por el grueso de la gente que me sigue, dos docenas de personas, al menos; tal vez no sean más) en mí, leyendo y escribiendo (cuatro sonetos; dos décimas y un microrrelato). Como hoy no había conexión en el Centro Cívico “Lourdes”, he tenido que dar unos cuantos pasos, que callejear, vamos. Eso quiere significar que te urdo estos renglones torcidos en uno de cinco ordenadores que hay a disposición o uno halla para uso público en la biblioteca de Tudela. Acabo de contestar a Jesús Arteaga, una breve apostilla, y de pasar a ordenador el soneto he que titulado “Nacer siempre es llegar del extranjero” (por cierto, me he dado cuenta de que, en la primera redacción, me había comido —y la verdad es que, aunque tarde, porque había acudido al Centro de Salud “Santa Ana”, a visitar, por orden facultativa, a los vampiros, había desayunado bien— el verbo “es”).

El sábado comimos todos los hermanos juntos (con sus respectivas parejas y proles; faltaron tres sobrinas, Raquel, en Francia, en un lectorado; Rocío, en Aldeanueva de Ebro, con el novio, José María; y Alba, en casa, en Cascante, estudiando, porque tiene los próximos días dos exámenes de Medicina, carrera que ha comenzado este año en Pamplona) en el restaurante De Miguel, donde hemos comido bastantes veces, por su excelente relación calidad/precio.

No es mal título. Quien no se pone nunca a llevar a cabo lo que sea, seguramente, no lo terminará jamás de los jamases. Quien algo quiere algo (mucho esfuerzo o poco) le va a costar.

Si quieres tener una obra narrativa o poética, no conozco otra manera para poder verla un día publicada (aunque sea en una simple bitácora y no en formato de libro) que centrarse en el arduo trabajo de componerla. Si sigues la recomendación del “nulla dies sine linea” (“ningún día sin trazo o línea”), de Plinio el Viejo, que él se la adjudicó o atribuyó al mejor de los pintores griegos, Apeles, acaso te sirva para adquirir los rudimentos y el hábito de escribir, o sea, empezar, pero luego han ser muchos (más de uno) los renglones que has de trenzar o urdir a diario, si quieres ser autor de más de una obra.

Es buena noticia juntarse la familia para celebrar fechas señaladas, porque a quienes hemos superado el medio siglo de edad la vida, excelente maestra, nos ha demostrado y enseñado que muchas veces nos reunimos por causa de las malas.

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Laputa es la isla volante

LAPUTA ES LA ISLA VOLANTE

DE UNA SÁTIRA HILARANTE,

“LOS VIAJES DE GULLIVER”

“—Cayó piedra de Laputa”.

Evaristo Gómez, “Meteoro”.

Yerra de sendero o ruta
Quien insiste en que este menda
Hablaba ayer en la tienda,
Cuando mencioné Laputa,
De ti; que eres iza o puta
De burdel. Te equivocaste.
Colegiste mal. Marraste.
Refiriéndome no estaba
A la que entonces entraba
En el local. La cagaste.

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Es tu marchamo o marca de la casa

ES TU MARCHAMO O MARCA DE LA CASA

Dilecta Pilar:

He tenido que volver a escribir otra vez la respuesta, porque se ha borrado entera. Esta vez la escribo antes en un folio, para que no me ocurra lo propio.

Te decía (ahora, de manera resumida) que:

Celebro que te gustara lo que trencé sobre Borrell.

He estado esta mañana en el HRS, donde me han colocado a las 08, 30 horas el holter de Tensión Arterial, que había solicitado Medicina Interna. Es un incordio o lío, y solo me ha tomado media docena de veces la tensión (cada 20 minutos). Mañana tengo que subir y entregarlo antes de las 08 horas.

Leí tu “Cara y cruz” (casi todo asunto las tiene, si se hace el esfuerzo de verlas) y me gustó (suele hacerlo todo lo que urdes). Volviste a estar reivindicativa. Es tu marchamo o marca de la casa.

Cierto. Tú eres en mis epístolas “mi dilecta Pilar” y ella “mi amada Pilar” (para distinguiros). Luego le escribiré un microrrelato. Te lo mandaré para conocer tu opinión.

Ya sabes que me alegra que te alegres por mis buenas nuevas.

Me ha ocurrido varias veces esto: después de llevar escrito más de un folio (se me ha quedado atascado el ordenador y el texto lo he perdido, si no todo, una buena parte). Evidentemente, no lo había escrito previamente a mano. Desde entonces, he aprendido la lección en cabeza propia (tras pillar el correspondiente cabreo): a ir guardando parte de lo escrito, para que, si vuelve a pasar, no perderlo entero.

Los avances tecnológicos son evidentes, pero también las malas personas (los troles) siguen haciendo de las suyas (maldades) y/o los lerdos sus torpezas (que tampoco faltamos).

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Un buen símil con fama/forma de misil

UN BUEN SÍMIL CON FAMA/FORMA DE MISIL

Anteayer publiqué aquí, en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, una chuchería o golosina literaria bajo el rótulo de “Llamo al listón político tontón”. Me limité a constatar una realidad irrefutable, que en todas partes cuecen habas, o sea, que en todas las formaciones políticas patrias (habidas y por haber) algunos de sus representantes (sean ellas o ellos) yerran (por la sencilla razón de que están conformadas por seres humanos y, como escribieron los romanos en latín: Errare humanum est, errar es humano). Podría haber puesto numerosos ejemplos, pero eso me llevaría a nombrar, esto es, señalar, a las personas concretas que fallaron estrepitosa o morrocotudamente, según mi particular parecer. Ahora bien, como estoy completamente convencido, quiero decir, seguro, de que a algunas de ellas les ocurre lo que a mí, que, a pesar de no querer marrar (cosa que detesto), lo hago, de que se equivocan involuntariamente tanto como yo, decidí dejar en el tintero y ahorrarle al atento y desocupado lector, hembra o varón, el nutrido muestrario de esos baldones o circunstancias.

En el penúltimo párrafo de “El arte de injuriar”, un conciso y jugoso epítome de la literatura satírica y el insulto clásico, opúsculo que forma parte de un libro de ensayos titulado “Historia de la eternidad” (1936), su autor, Jorge Luis Borges, recuenta una historia que había sido referida antes por Thomas de Quincey, en concreto, da cuenta de las palabras cabales que usó en una réplica inmortal un tal doctor Henderson: “A un caballero, en una discusión teológica o literaria, le arrojaron en la cara un vaso de vino. El agredido no se inmutó y dijo al ofensor: ‘Esto, señor, es una digresión; espero su argumento’”.

Intentaré razonar por qué actué de ese modo, por qué ese fue mi proceder, por qué no vertí el contenido de mi vaso sobre la ristra de rostros.

Como considero que no hay mal que por bien no venga, o sea, que, a pesar de los pesares, variopintos, muchos políticos hacen una estupenda función social, ya que, con sus interminables meteduras de pata (cuando no son los unos, son los otros los que desbarran; cuando no son los “hotros”, son los “hunos” los que se equivocan, al mear fuera del tiesto o sacar los pies de las alforjas), a la hora de decir o hacer, vienen a ser, ora los muñecos de pimpampum de un puesto de feria, ora el punching ball, el objeto con cara del sujeto al que poder vapulear en el campo o la intimidad del hogar, y, de esta guisa, poder descargar la tensión, la mala uva, la indignación, en definitiva, desestresarse.

Hay quienes piensan que, en ese punto crucial, comparten papel con los jefes o empresarios. Esa es la tesis que quería sostener hace muchos años, más de una década, cuando escribí una ficción (como reconocía servidor en la adenda final), que rotulé “Yo, vuestro presidente, soy un necio” (y subtitulé “Mil maneras de cómo equivocarse”) cuyos dos primeros parágrafos decían así:

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La paja había devenido viga

LA PAJA HABÍA DEVENIDO VIGA

(MI CULPA ADMITO Y DIGO AMÉN A TODO)

Esta pasada noche he soñado que le había hecho una entrevista a Dios. Desconozco si Él había juzgado oportuno presentarse en medio de mi mundo onírico con la intención de contradecir y dejar en feo a uno de mis autores predilectos, Friedrich Nietzsche, pero eso es lo que he barruntado, que había querido refutar a quien vino a decir que la única diferencia entre Dios y él era que él existía (recuerdo que durante mi primer curso de Filología en la Universidad de Zaragoza leí en una mesa de madera de la Facultad de Filosofía y Letras dos frases que alguien había escrito allí con la ayuda de un bolígrafo negro: “Dios ha muerto; hemos matado a Dios; Dios ha muerto”, que llevaba la firma de Nietzsche; y debajo “Nietzsche ha muerto”, que portaba la de Dios).

Luego se ha abierto paso, entre mis intuiciones, esta otra. La razón de haber soñado con Dios acaso descansaba o estribara en que hace pocos días decidí empatizar, es decir, calzarme los mocasines y/o ponerme en la piel de uno de mis heterónimos, Emilio González, “Metomentodo”, y firmar un texto como a él le hubiera gustado rubricar, Dios (aunque, al final, me decanté por que viera la luz la opción opuesta, o sea, que fuera publicada la versión contraria).

El citado escrito, antes de darlo por bueno, por concluido, lo rocié con varias lágrimas de humor (y es que uno puede llorar de risa, sobre todo, cuando esta acaece a carcajada tendida o mandíbula batiente); y me cercioré de que fuera respetuoso al máximo con el Ser Supremo.

De la extensa interviú que le he hecho (esa era, al menos, la refractaria impresión que me había quedado al despertarme), solo recuerdo con fidelidad el último de sus reproches:

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Jueves, 21 de marzo

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