El Blog de Otramotro

¿Que Sánchez no ha leído a Maquiavelo?

¿QUE SÁNCHEZ NO HA LEÍDO A MAQUIAVELO?

Ignoro si Pedro Sánchez ha leído a Nicolás Maquiavelo (y no me refiero única y exclusivamente a su texto cumbre, “El príncipe”, 1513, sino también al resto de su obra). Ahora bien, si alguien, verbigracia, me preguntara por ello, contestaría, sin ambages ni dudarlo, que sí.

¿Alguien puede poner en tela de juicio que todos los políticos profesionales, todos, sin excepción, actúan como si fueran actores de una obra dramática (ora sea en la tribuna o en los pasillos del Congreso de los Diputados, ora en una conferencia de prensa, ora en una emisora de radio o en un plató de televisión)? El abajo firmante cree, a pies juntillas, que Sánchez le ha sacado punta a este concreto aserto del florentino: “El vulgo se deja seducir siempre por la apariencia y el éxito”. A veces, ambos términos se juntan en un solo sintagma, la “apariencia del éxito”, por ejemplo, tras salir airoso de la primera moción de censura victoriosa de la democracia española, como fue su caso.

¿Alguien puede objetar que Sánchez es un gato político por las diversas vidas que ha gastado o tenido? No me extrañaría nada (de nada) que algún historiador (ella o él) de la posteridad usara la imagen del ave fénix para explicar o simbolizar su actividad como representante político. Y tal vez no sea servidor el único que encuentre la base o clave de sus palingenesias o renacimientos varios en estas palabras precisas de Maquiavelo: “Porque, en verdad, no hay otro medio más seguro de posesión que la ruina”. Si solo un arruinado (hembra o varón) es incapaz de arruinarse, este es el que más posibilidades tiene de enriquecerse. Ergo, mutatis mutandis, tras ponerme el disfraz de sofista, puedo seguir razonando de esta guisa: si un muerto no puede morir más de lo que ya lo está (porque, para que ocurra la muerte, se ha de estar vivo), acaso a quien ha finado sus días le quepa la remota posibilidad de aspirar a vivir, siempre que acaezca un milagro, claro.

Asimismo, por sus comportamientos paradójicos, por sus bandazos dialécticos, por sus notorios cambios de opinión o contradicciones manifiestas, diría que, seguramente, leyó lo que Nicolás le confesaba en una misiva que remitió en mayo de 1521 al historiador florentino Francesco Guicciardini, en concreto, este secreto: “desde hace un tiempo a esta parte, yo no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo y, si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras, que es difícil reconocerla”. Quien esté pendiente, de verdad de la buena, de cuanto suelta por su mui el presidente del Gobierno de España, como procura estarlo servidor, ¿no se ha hecho la pregunta que yo, lo reconozco, me acabo de hacer, de manera imprevista e inesperada? ¿No halla en las palabras del mentado Maquiavelo una más que certera etopeya o atinado retrato moral de Sánchez?

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¿Chaleco gualdo? ¡Cola impar, sin vetos!

¿CHALECO GUALDO? ¡COLA IMPAR, SIN VETOS!

Personas con anhelos incompletos
Y un menguante poder adquisitivo
En el chaleco gualdo, equitativo,
Hallado han pegamento impar, sin vetos.

Un revoltijo forman los sujetos
Que en la prenda amarilla el distintivo
Han visto que hace iguales, el motivo
Que une como la rabia sin secretos.

Entre los tales hay agricultores
Y estudiantes también y camioneros
Que ven cómo enflaquecen los dineros

Con los que compran menos o peores
Carnes, pescados, miel o carburantes
Que apenas tres o cuatro añadas antes.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Buena cabeza, sí, la de Bermejo

BUENA CABEZA, SÍ, LA DE BERMEJO

Dilecta Pilar:

Insisto en darte las gracias por tus muestras de empatía. El desamor también forma parte de la vida. Nunca es bienvenido, pero lo cierto es que aprovecha cualquier grieta o rendija para colarse de rondón y hacerse notar.

Cierto. He vuelto a releer tu texto y lo urdido por mí. No sé si algún duende se comió o eliminó (me suele ocurrir cuando agrego, corrijo o quito algo de lo escrito) parte de mi comentario. Si no recuerdo mal, decía que todos somos santos alguna vez o varias a lo largo de nuestra existencia. Me cercioraré para que esta vez no me hurte el presunto duende sisador lo agregado. Trabajar con prisas te lleva a cometer estos yerros. Te pido o ruego disculpas por ello.

Celebro que en el otro correo (que te contesto en este) no hayas advertido nada enmendable.

Buena cabeza, sí, la de José Carlos Bermejo, sin duda. Aprendí a su lado y al de Santaolalla y del resto de mis compañeros muchas cosas. Si se aprende de las personas normales, no te digo cuánto puede llegar a asimilar uno de las más inteligentes de cualquier grupo humano (el que sea, cuando y donde sea).

La empatía solo se comprende verdaderamente ejerciéndola. Es muy difícil ponerse en la piel de(l) otro (ella o él); tan complejo resulta que lo hacemos (que conseguimos hacerlo de verdad) pocas veces. Cada quien acarrea a él mismo, su persona y su personalidad, con sus principios, sus valores, sus sentimientos, sus pensamientos y sus experiencias. Como el otro ha tenido y portea los/as suyos/as, unos/as se comprenden y entienden perfectamente y otros/as no (en su integridad). Lo normal es que no empaticemos completa y totalmente; no obstante, lo importante es hacer ese esfuerzo. Ya sabes mi argumento: quien hace todo lo que puede no está obligado a hacer más.

La condición humana implica la atracción (y hasta la pasión o el vértigo) que ejerce sobre ella el error. Errare humanum est.

Celebro que te haya petado la imagen.

Sigo sosteniendo la tesis de que a Cervantes se le desmandó el personaje de don Quijote y eso contribuyó a su doble inmortalidad (la del personaje y la de su autor, que a veces, veo como mero amanuense). Si los personajes no fluyen por sí mismos, estos no evolucionan y quedan planos, insulsos.

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Pretendo pregonar que eres mi musa

PRETENDO PREGONAR QUE ERES MI MUSA

Amada Pilar:

Si alguien me preguntara hoy si valió la pena tener que trabajar de camarero muchos fines de semana (durante los cursos académicos —y aun después de recibir el título, para ir tirando o sobrevivir—) y los veranos para poder estudiar una carrera (Filosofía y Letras) y obtener una licenciatura (en Filología Hispánica), contestaría, sin esconder lo orgulloso que estoy de ello, que sí.

Si ese mismo alguien u otro distinto me preguntara si valió la pena leer las lecturas obligatorias que los profesores (ellas y ellos) de las asignaturas que cursé me impusieron contestaría (no sin haberme comido previamente los varios prejuicios o sapos que, por unas u otras razones, más bien sinrazones, o no me los pude cepillar o de ellos no me pude deshacer, antes de acabarlos de leer), asimismo, que sí. Y, seguramente, volvería a rememorar las palabras (en latín) que Plinio el Joven escribió recordando, a su vez, las que le escuchó proferir a su tío Plinio el Viejo. En la “Epístola a Bebio Macro”, haciendo referencia a su tío, Plinio el Joven escribió: “dicere etiam solebat nullum esse librum tam malum ut non aliqua parte prodesset” (“incluso solía decir que no hay ningún libro tan malo que no aproveche en alguna parte”). Bueno, pues ese mismo pensamiento o regla de Plinio yo lo vengo defendiendo y sosteniendo de todas las personas habidas y por haber, estén, hayan estado o vayan a estar durante algún tiempo entre rejas, que no ha habido, ni hay ni habrá un solo ser humano que no haya protagonizado a lo largo de su larga o corta existencia alguna acción buena.

Las horas que dedicamos a leer lo que otros (hembras o varones) urdieron nos dejaron un poso que entonces, quizá, no barruntamos el verdadero peso que iban a tener en el futuro, verbigracia, el momento presente, actual, en el que somos nosotros los que nos dedicamos a juntar palabras. ¿Cuántos sospechamos otrora que algunas pocas, pero escogidas, palabras trenzadas por un grupo selecto de autores devendrían con el lento paso del tiempo en fértiles y sugerentes estímulos literarios ahora? Pocos (y rogaría que no me contaran, porque marrarían, entre ellos), muy pocos.

¿Qué convierte a un libro en clásico? No volveré a recordar aquí lo que en el opúsculo “Sobre los clásicos” (ensayo incluido en “Otras inquisiciones”, 1952) escribió Jorge Luis Borges con tanto tino que nadie (y, si alguien lo ha hecho ya, le pido sentidas y sinceras disculpas, porque lo desconocía —por cierto, que ignoro por qué a muchos semejantes míos les molesta que se les llame ignorantes, cuando, se pongan como se pongan, sin ambages, lo son; a mí, al menos, no me duelen prendas reconocer lo obvio, que lo soy—) ha tenido el ingenio suficiente para idear razones de peso con las que refutar las vertidas por él en el breve ensayo citado. Como escribió en “Walden” (1854) su hacedor, Henry David Thoreau, “son los clásicos oráculos que no han envejecido, y en ellos se encuentran respuestas a las preguntas más modernas, que ni Delfos ni Dodona podrían proporcionarnos”.

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¿El mito de Acteón a Borrel cuadra?

¿EL MITO DE ACTEÓN A BORREL CUADRA?

No conozco de nada a Josep Borrell Fontelles, actual ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación en el Gobierno de España que preside Pedro Sánchez, pero siempre me ha caído bien (no obstante, si me retrotraigo en el tiempo y rememoro las palabras que pronunció el 8 de octubre del año pasado en Barcelona, tras la marcha de la manifestación que convocó y organizó en la Ciudad Condal Sociedad Civil Catalana y recorrió algunas calles barcelonesas, como noto que me he quedado corto, agregaré alguna voz más: mejor que bien; lo considero —con sus errores, evidentes, por los que acostumbra a pedir perdón; no le duelen prendas culminar tal menester— un estupendo ministro y, asimismo, propicio candidato o aspirante a amigo —del abajo firmante—, al que, por la razón que sea, a ningún amigo común —de ambos— le ha brotado o surgido la genial, por conveniente y/u oportuna, idea o iniciativa de presentarnos). Hasta en el reciente affaire de la multa que ha de pagar, el quíntuplo (30.000 euros) de lo que, según la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), defraudó (6.000 euros) como consejero de Abengoa (hasta sin escuchárselo —en sentido estricto— proferir, parece que le oigo pedir disculpas sinceras por el error que cometió, y admite de buen grado —“me avengo a pagar por la tentación que tuve, por mi proceder reprensible, reprochable”—), al hacer uso de información privilegiada (de la que él, por cierto, no se benefició; pues había invertido en acciones de la citada compañía la friolera o cantidad dineraria de 380.000 euros, que enflaquecieron tan rápidamente que casi casi llegaron a disiparse, esfumarse o sublimarse, como eso mismo les ocurrió a otros muchos inversores), veo más honestidad que indecencia.

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Te urdo, alcalde, mi crítica de balde

TE URDO, ALCALDE, MI CRÍTICA DE BALDE

Dilecto Eneko Larrarte, alcalde de nuestra ciudad, Tudela:

Acabo de leer el artículo titulado “¿Tudela necesita un centro de salud… hoy?”, que lleva tu firma (si me permites el tuteo y el comentario, yo hubiera colocado en el rótulo, tras la voz “salud”, o sea, antes de los tres puntos suspensivos, por oportuno, el adverbio más), en la sección de Opinión de Plaza Nueva, donde, de vez en cuando, tienen a bien publicarme mis urdiduras (o “urdiblandas”), y debo reconocer que me ha sorprendido gratamente el hecho, porque el grueso de los políticos profesionales (si es que escriben lo que aparece publicado en los mass media, que, acaso sea un prejuicio que no he logrado cepillarme del todo —me flagelo cinco segundos por ello, solo cinco—, vengo poniendo en tela de juicio desde ni se sabe, hace la tira de años), los que cobran, no suelen ser tan espléndidos como lo has sido tú en este caso, que, supongo, tienes el honor y debes sentirte orgulloso de presidir la Corporación tudelana.

La exposición que haces en dicho artículo es clara y clarificadora; diré más, la reputo exhaustiva; argumentas, dando datos y detalles o pormenores; refutas con razones de peso y concluyes lo obvio. Ergo (algo sorprendente en mí, que reconozco ser, por naturaleza, criticón), ¡chapó! (ahora ya se puede escribir el vocablo francés chapeau así, españolizado).

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¿Por qué razón llenó Vox Vistalegre?

¿POR QUÉ RAZÓN LLENÓ VOX VISTALEGRE?

El lunes pasado, quince de octubre, tras escribir con la ayuda de un ordenador una epístola (que publicaré, Deo volente, el día de Todos los Santos) y tres décimas (que verán la luz en mi bitácora este mes o el siguiente) en la biblioteca pública de Tudela, nada más llegar a casa, extraje del buzón, además de dos citaciones médicas (una, absurda, para las 08 horas y 30 minutos del día de la fecha —así que me fue meramente imposible acudir a la misma— y otra, sensata, para dentro de un mes exacto, el quince de noviembre), saqué un sobre blanco cerrado, sin dirección ni remite, en el que alguien (que, sin ninguna duda, me conoce, sabe dónde vivo y me lee, porque, si tomo en consideración el estilo literario que maneja, usa expresiones que he utilizado antes —y diversas veces— en varios de mis textos) había introducido un folio sin firma en el que pude leer lo siguiente:

“El grueso de la actual clase política española, que ni tiene clase ni hace política, está conformado por un grupo de personas perezosas, carentes (al parecer) de estética y ética, que, cuando no se dedican a tomarnos impunemente el pelo, ocupan la mayor parte de su tiempo en intentar y conseguir robar a manos llenas del erario público o en desbrozar el terreno para que ese menester lo ejerzan otros; dineros o pasta gansa que aportamos (casi) todos los ciudadanos a fin de hacer una sociedad más justa, con mayor bienestar (para los susodichos). Está claro que los partidos mayoritarios, los que han llevado o manejado más años las riendas del poder (nacional, autonómico o municipal), más trozo de tarta se han llevado en el reparto. Llama la atención que han sido pocos, muy pocos (se pueden contar con los dedos de las dos manos), los políticos profesionales de los dos grandes partidos que han probado su gallardía, su probidad y sus redaños a la hora de jugarse incluso el puesto al denunciar el chanchullo del que tuvieron conocimiento, una cuenta del largo rosario o sinfín de casos de corrupción que han acaecido en la piel de toro, España. Muchos ciudadanos de a pie se ven hoy con una mano delante y con otra detrás por el pésimo hacer (cuando no un clamoroso dolce far niente, dulce no hacer nada) de los “hunos” y de los “hotros”. Los máximos culpables del estado actual en el que se hallan las cosas y los casos en el Estado son, digámoslo claro, sin ambages, PSOE y PP.

“Yo, lo confieso (sin tener que acudir a más rodeos que este, en el supuesto de que este sea uno de ellos), no confío en ningún partido político. En ninguno veo que abunden las personas íntegras, con verdadera vocación de servicio público, que aspiren, como yo, a un futuro de máxima ecuanimidad social. En las sedes de los partidos (me consta, porque tengo amigos de todas las ideologías) no preguntan las razones por las que la gente se afilia a la formación, la que sea. Con que se comprometan a pagar la cuota basta. ¿Por qué en Andalucía sigue mandando el PSOE? ¿Alguien se ha hecho alguna vez esta pregunta? ¿Qué hay debajo de lo que se ve, la punta del iceberg, para que los que gobernaron allí, en dicha Comunidad Autónoma, sigan gobernando, después de hacerlo (siendo generoso en la calificación) regular? ¿Es saludable, democráticamente hablando, que no haya habido nunca un cambio político? A mí, si he de decir la fetén, constatar dicha realidad me huele entre mal y muy mal.

“¿Quiénes son también responsables de que en Cataluña haya habido un intento de golpe de Estado blando? ¿Acaso González y Zapatero, Aznar y Rajoy pretenden desentenderse de lo que han contribuido con su dejación de funciones de control a favorecer indirectamente? ¿Alguno de los cuatro reyes de la baraja citados en ese juego (ahora sabemos que sucio) del “do ut des”, de “esto te doy para que me apoyes en el Parlamento”, vio venir el tsunami que ha arribado inopinadamente a puerto?

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Los mayores de edad mayores somos

LOS MAYORES DE EDAD MAYORES SOMOS

España está actualmente como está (la miremos desde el punto de vista político, económico, social, cultural, etc.) por las políticas llevadas a cabo (y acaso, sobre todo, por las pretendidas y previstas, pero no coronadas o culminadas) por los gobiernos liberales (de la derecha) y socialistas (agrupadas bajo el paraguas o tras la égida marxista —lo sean en verdad o no—, o sea, de la izquierda), que han deparado al grueso de los ciudadanos (hembras y varones) depauperación, unos niveles de deuda estatal y familiar imposibles de asumir, inesperados, insospechados, nunca vistos ni oídos, además de desigualdad (no obviemos que las socialistas buscaban lo complementario, contrario u opuesto, la igualdad de oportunidades de todos, independientemente de cuáles fueran sus rentas familiares, en definitiva, el reparto equitativo de la riqueza), falta o resta de dignidad y derechos de las personas, intervencionismo insoportable del Estado en sus vidas,... Los políticos, una vez consiguen acceder al poder, parecen contravenir, un día sí y otro también, los anhelos del pueblo al que dicen que vienen a servir, la gente real, la de a pie. Hoy, por ejemplo, la receta que una legión de ellos pregona a voz en cuello como panacea es subir impuestos. Hasta ahí somos muchos (ellas y ellos) los que estamos de acuerdo. La discrepancia brota cuando no se concreta a quiénes y por qué razones.

Hoy en día, el Ejecutivo de Sánchez, en lugar de proponernos desafíos o retos reales (está claro que a la ilusión, que solo agrada a las/os ilusas/os, prefiero, por buena y aun óptima, la realidad), prosperidad, seguridad y presente, pero, sobre todo, futuro, nos vuelve a machacar con temas (manidos hasta el hartazgo) del pasado, que tienen que ver más con la Guerra (In)Civil y con el dictador Francisco Franco (del que ni los “hunos” ni los “hotros” exhumaron sus restos mortales cuando gozaron de mayorías absolutas y debieron —pactar con las minorías—; lo han decidido ahora, bienvenida sea dicha determinación, aunque el procedimiento legal elegido sea manifiestamente mejorable).

Como el abajo firmante, servidor, es seguidor de los buenos consejos de Confucio, defiende, mantiene y sostiene como acertada su recomendación de que la persona que comete un error y no lo corrige incurre en otro aún mayor. Asimismo, argumenta que, con buena voluntad política, los partidos podrían ponerse de acuerdo en que, a escasos dos meses de conmemorarse los cuarenta años de haber sido ratificada por el pueblo español en referéndum la Constitución Española de 1978, acaso haya llegado el momento oportuno para hacer un balance de la misma. Tal vez se llegue a la conclusión de que le falte y/o le sobre algo. No soy partidario de suprimir las Autonomías, pero uno ha comprobado que abundan los cargos de libre designación a los que cabe calificar de inaceptables sinecuras. Este menda no es partidario de ilegalizar los partidos independentistas, pero aprobaría un duro código penal para que, en el supuesto de que fuera iterado otro golpe de Estado blando, tras el preceptivo juicio justo, se sentenciara a muchos años de cárcel a las/os que les hubieran sido probadas sus actitudes rebeldes y/o sediciosas. Ojalá unos y otros hayan escarmentado en cabeza propia o ajena; ojalá hayan aprendido la lección que contiene ese adagio de Francis Bacon en latín que dice así: “citius emergit veritas ex errore quam ex confusione” (“la verdad emerge más rauda del error que de la confusión”).

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De acuerdo en el desacuerdo

DE ACUERDO EN EL DESACUERDO

Ha pasado Cataluña
Por mucho adicto a la bola
De la cabeza a la cola.
¿Dónde no vale la cuña
Aprovecha mucho la uña?
¿De qué sirven los afanes
Si los afloran patanes,
Que solamente de acuerdo
Están en el desacuerdo
De los tales, catalanes?

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


¿Se debe dialogar con quien no quiere?

¿SE DEBE DIALOGAR CON QUIEN NO QUIERE?

¿Cabe mantener un diálogo de sordos (en el que uno de los interlocutores, sea hembra o varón, va a lo suyo, o sea, a aducir lo que había preparado o tenía previsto decir con antelación sin atender, ni mucho ni poco ni nada de nada, a las razones que argumente y con las que acaso le contradiga —y le abata su invento— el otro; sin echar mano del lenguaje de signos, en el supuesto de que ambos hablantes sean sordomudos)? ¿Cabe avenirse a un coloquio de besugos (donde la coherencia y la lógica brillen por su ausencia)? Si servidor tuviera que contestar (evidentemente, sumo a las dos de este párrafo la del título) a esas tres preguntas, lo haría con tres rotundos noes.

Quim Torra quiere dialogar, pero (siguiendo la estela o los pasos de Carles Puigdemont, de quien se considera su vicario en el Parlament) solo de lo suyo (de lo que le interesa a él y a los de su cuerda o coinciden con su pensamiento, del derecho de libre determinación de los pueblos y de su ansiado referéndum de autodeterminación vinculante para conseguir la independencia y poder proclamar a voz en cuello la República Catalana; lo que opinen el resto de los ciudadanos —más de la mitad de los catalanes—, aunque sea exactamente lo contrario, distinto u opuesto de lo que él defiende, le importa un bledo). Pedro Sánchez (como antes le ocurrió a Mariano Rajoy con Puigdemont) no puede hablar de la independencia de Cataluña sin contravenir la Constitución, el Estatut y el resto de las leyes. Además, el muy democrático, honorable y sabio (de cuando en vez, no está mal usar la ironía; y si esta es cruenta y mordaz, el sarcasmo) Quim Torra parece desconocer lo más obvio de la historia, que no suele haber independencia sin guerra de independencia.

Ante el ultimátum de Quim Torra el Gobierno de Pedro Sánchez solo podía responder como lo ha hecho, rechazándolo de plano, no aceptándolo. ¿Acaso cabía hacer otra cosa decente, legal, oportuna? Hasta el diputado nacional y portavoz adjunto de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, que no es santo de mi devoción, ha estado a la altura de las circunstancias, al mantener que los ultimátums los carga el diablo. Uno había leído y escuchado que eran las armas, pero hasta las palabras pueden hacer, en algunas ocasiones puntuales, las veces de balas. Las balas o cualesquiera otros proyectiles no dañan si no los disparas. La bala no mata por ella misma, la bala mata por la velocidad que adquiere y lleva cuando impacta contra el objetivo. Si el blanco es una diana de papel y, tras este hay una plancha de acero, nada pasa. Si da en alguna parte vital del cuerpo humano, puede ser letal. Hay quien mantiene que las voces no hacen roces, pero yo he podido comprobar que, en algunas oportunidades, pueden levantar o producir hasta ampollas. Y que de nada sirve tolerar al intolerante. Al final, se impone lo cabal, justo y responsable, dejar de mostrarse respetuoso con quien no lo es, con el irrespetuoso (sea ella o él).

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¿Habrá bajo/tras el "cum laude" una gran losa?

¿HABRÁ BAJO/TRAS EL“CUM LAUDE” UNA GRAN LOSA?

Ignoro, atento y desocupado lector (sea ella o él), si usted suele pasar su vista, de manera asidua u ocasional, por los renglones torcidos (en prosa o en verso) que tiene a bien agavillar a diario el abajo firmante, servidor. Si es de los que me leen de forma habitual, seguramente conoce el afecto o la debilidad que siento por mi quinto Javier Cercas, a quien, ciertamente, acostumbro a tener cerca y, como lógico corolario, a releer con suma delectación.

Desconozco, asimismo, si tiene en casa un ejemplar del número 2.187 de EL PAÍS SEMANAL. Si aún anda en su revistero, le recomiendo encarecidamente que vuelva a echarle un ojo (en sentido estricto, los dos, salvo que, por la razón que sea, que lamento, de veras, si es así, haya perdido usted la visión de uno o ambos ojos) al artículo de Cercas, titulado “El triunfo de la mentira”, que aparece publicado en la página 10. Si no puede acceder al susodicho, transcribo a continuación la tesis que sostiene en el mismo que, a modo de epítome, concentra o resume en su párrafo final: “Eso es lo nuevo (y de ahí que el buen periodismo sea hoy más necesario que nunca, siempre que no se conforme con contar la verdad y desmonte asimismo las mentiras); eso es también lo más inquietante. Por una razón tan elemental que a menudo se olvida: que la verdad libera y la mentira esclaviza, que una sociedad que ha perdido el vínculo con la verdad no puede ser más que una sociedad de esclavos, que el triunfo de la mentira sólo puede ser la derrota de la libertad”. Después de leer las líneas que preceden, barrunto que habrá hecho lo que este menda, decir amén a todo.

No obstante, le aconsejo para su bien que no se conforme con esto y haga lo mismo que ha llevado a cabo servidor, releer en un ejemplar del número 2.189 de EL PAÍS SEMANAL, en concreto, en la página 8, su artículo, que lleva este rótulo “Propagandistas del poder”. Así que, por las mismas razones aducidas arriba, haré tres cuartos de lo propio que he coronado antes con su hermano, citar su postrero parágrafo: “Lo repito: quienes intervenimos en los medios tenemos la obligación de desmontar las mentiras del poder —de cualquier poder, empezando por aquel al que más afines somos— y confrontar con los hechos de la realidad su relato de la realidad. De lo contrario, si permitimos que el poder nos use para difundir sus mentiras, dejamos de ser fiscalizadores del poder y nos convertimos en sus propagandistas. Que es lo peor que podemos ser”.

Tras haber llegado a la conclusión de que había asimilado el grueso de las lecciones de Cercas y después de haber leído y escuchado a muchas de las personas que se han ocupado a conciencia del asunto en cuestión, la tesis de Sánchez (no sabría decir cuál es del total el cabal porcentaje), he juzgado oportuno escribir al respecto lo que sigue.

¿Alguien pensaba, de verdad, que de La Moncloa, tras pasar las herramientas antiplagio por la tesis doctoral de Pedro Sánchez, iban a salir cosas distintas de las que salieron y trascendieron a la opinión pública, o sea, que no había habido plagio?

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Sánchez siempre me ha dado mala espina

SÁNCHEZ SIEMPRE ME HA DADO MALA ESPINA

Como adujo Perogrullo (que fue el primero que arguyó la certeza que sigue y al que la leyenda o la tradición le adjudica la necia verdad, por ser una mera simpleza proferirla), si hay una palabra que, desde la noche de los tiempos, desde que el homo sapiens se halla sobre la faz de la Tierra, retrata y radiografía completa y perfectamente al hombre esta es claroscuro, pues nadie osará objetar lo incontrovertible o irrefutable, que este, sea ella o él, es un conjunto de luces y sombras, de aciertos y errores.

En este mundo (ignoro si hay otros y, en el supuesto de que los haya, qué acaece en ellos) somos muy pocos originales. A alguien, tras fungir de lo lógico y normal o lo que cabía esperar, de ser un ente racional, o sea, tras reflexionar un momento al respecto, se le ocurrió decir un día que los hombres (hembras y varones) se pueden dividir en dos grandes grupos, los que nacen con estrella y los que nacen estrellados. Bueno, pues, desde entonces, el grueso de mis semejantes se ha limitado a iterar, hasta el hartazgo, el mismo y falso argumento, sin sopesar si se trataba de un axioma o de un sofisma. Porque lo cierto es (al menos, para mí esto está claro y es evidente) que todos los seres humanos, todos, sin excepción, nacemos con estrella, quiero decir, bajo la influencia de una o de un grupo de ellas, de una constelación. Y, asimismo, veo, un día sí y otro también, esto es, compruebo, de modo cristalino, que, mientras unos siguen con la misma estrella, que los alumbra, dándoles luz física e intelectual, otros, antes o después, acaban como los huevos de gallina en una sartén con aceite humeante, estrellados (con o sin puntilla).

Escasas personas, pocas, muy pocas, tal vez no sumaran dos centenas, confiaban en que Pedro Sánchez saliera airoso, laureado, victorioso, de sus primeras primarias en el partido; menos aún que otro tanto acaeciera en su segunda oportunidad; y menos todavía que tuviera la resiliencia (o los redaños) y resistencia de superar el mayúsculo y terrible varapalo de su destitución en aquel Comité Federal, de infausto recuerdo, como secretario general del PSOE. Acaso no llegaban a dos docenas o decenas los que esperaban que pudiera ser el mirlo blanco que devino o resultó, la rara avis que hizo efectivo, por primera vez en España, tras la instauración de la Monarquía parlamentaria, el mecanismo constitucional de la moción de censura, que le llevó al Palacio de La Moncloa sin haber necesitado obtener asiento para el Congreso de los Diputados en las últimas elecciones generales. Todos estos hitos hará bien usted, atento y desocupado lector, sea ella o él, en colocarlos en el platillo del haber de Sánchez si es cabal, que, mientras no dé pie a que se abra el grifo judicial para probar o demostrar lo contrario, lo es. En dicho platillo habría que poner, otrosí, la acogida de los migrantes del Aquarius (ahora bien, en el platillo contrario, la devolución en caliente de los 116 migrantes que saltaron la valla de Ceuta), la exhumación de los restos mortales del dictador (en el platillo contrario, el procedimiento para llevarla a cabo, porque el fin no justifica el medio, el Real Decreto-Ley), la convalidación del Real Decreto-Ley de la universal cobertura sanitaria pública y gratuita, la entrega a Arabia Saudí de las bombas contratadas (en el contrario, hacer tal cosa, tras mediar las protestas de Susana Díaz y los trabajadores de Navantia, que habían visto las orejas al lobo, o sea, cómo el contrato para construir las cinco corbetas pedidas por dicho país había sido puesto en entredicho),...

También cabe decir que pocos de los que siempre confiaron en Sánchez esperaban que, en sus primeros cien días como presidente de Gobierno, se viera forzado por los acontecimientos (en sentido estricto, por el cariz que habían tomado estos) a tener que prescindir de dos ministros (ambos fueron empujados u obligados a dimitir), Màxim Huerta (“el Breve”, en Cultura) y Carmen Montón (recientemente, en Sanidad, Consumo y Bienestar Social), ni a tener que desdecirse o dar marcha atrás (aunque llamen a estas rectificaciones en La Moncloa “maduraciones de decisiones”) en diversos temas.

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Sábado, 19 de enero

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