El Blog de Otramotro

El maestro mejor fue fray Ejemplo

EL MAESTRO MEJOR FUE FRAY EJEMPLO

CÓMO URDIÓ ESTE MENDA UN MICRORRELATO

Como el mejor maestro del colegio religioso donde estudié los tres últimos cursos de la Educación General Básica, de Sexto a Octavo, fue fray Ejemplo, y es mi propósito dejar aquí constancia, al menos, de una muestra de cómo urdió este menda un microrrelato, me propongo no procrastinar y pongo a trenzar de inmediato la mentada tarea pendiente (a ver si consigo llevarla a cabo con diligencia e inteligencia).

Considerando que la palabra en boga es “relator”, con el significado de mediador, es mi intención incluirla en él, o sea, que el susodicho trate o verse sobre un/a tal. Así que, sin dilapidar más tiempo, he imaginado una situación y he escrito esto:

EL “COMPLEJO DE ESPERANZA”

(CONVERSACIÓN POR WASAP)

Por si te sirve, Sofía, te reenvío esta conversación que, por wasap, me remitió ayer nuestra amiga común, Laura:

“—Esta mañana me he encontrado en la consulta del médico con Pilar, que me ha hablado de lo que sacó en claro el otro día, cuando acudió con su marido, Luis, por primera vez, a la mediadora de pareja.
“—¿Mediadora? Mira que eres antigua. Parece que aún andas hibernando, como una marmota. Conviene estar al día, maja. ¿Es que no ves la tele, ni oyes la radio, ni lees los diarios digitales y de papel?
“—Está claro que esta mañana te has levantado picajosa. ¿Por qué lo dices?
“—¡No me digas que no has oído aún la palabra, “relator/a”, que anda de boca en boca!
“—¿Cuál es su fuente? ¿El fútbol o la política?
“—La política. Al meollo, que aún no he hecho la comida. La relatora les dijo que el problema que arrastran viene de lejos, de cuando decidieron casarse. Ese día cometieron ambos un error de bulto al aventurar cuáles podían ser sus respectivas expectativas. Pilar metió la pata al barruntar que Luis cambiaría de carácter y comportamiento y Luis se equivocó al creer, a pies juntillas, que Pilar no los mudaría. Lo llamó el “Complejo de Esperanza”. Por Aguirre, supongo, que otrora se quejó de que le hubiera salido tanto consejero de su gobierno madrileño rana. En plata, que, cuando Pilar veía en Luis a su príncipe azul, el batracio ya era rana. Recuerda la última frase que leímos en ‘La Regenta’, de Leopoldo Alas, Clarín: ‘Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo’”.

Ahora bien, a fin de hacerlo más verosímil, me he fijado en las bases de un certamen real que, para dicha modalidad, exigía esta sola condición, que no superara las quince líneas (cuerpo 12). Por tanto, he acomodado mi urdidura a dicho requisito y la he adelgazado hasta cumplirlo. La versión definitiva es el diálogo que sigue. Lo mantienen dos amigas íntimas por teléfono:

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Hay que leer a los autores buenos

HAY QUE LEER A LOS AUTORES BUENOS

Pienso que hay que leer a los autores (hembras o varones) buenos; y a los muy buenos releerlos, porque son proféticos (la literatura excelsa, al menos, lo es). Seguramente, el atento y desocupado lector (ella o él) de estos renglones torcidos y quien los urde, servidor, discreparemos a la hora de incluir a unos creadores y no a otros en el primer grupo, y a otros y no a unos en el segundo; pero no en el fondo de la idea susodicha. Si los buenos se han hecho acreedores de nuestra atención, los excelentes se han hecho merecedores de nuestra doble tal.

Al abajo firmante, como ser racional que es, le gusta mucho hacer uso de su razón, esto es, pensar, pero hoy hay otro menester que prefiere o aún le gusta más, por ser más productivo para su propósito, que es soñar y luego reflexionar sobre lo soñado.

Este menda había previsto escribir su parecer sobre esa tomadura de pelo que ha sido el procés. Y se ha dicho: a ver si Morfeo se porta y, si no todas, me suministra, durante el sueño, algunas claves del mismo. Pero, durante la siesta, no he soñado ni con Mas ni con Puigdemont ni con Torra, sino con el Premio Nobel de Medicina de 1906, Santiago Ramón y Cajal, que me ha hecho leer en voz alta en clase (pues yo era uno de los alumnos en la que él impartía su lección) tres párrafos, escogidos por él, que habían aparecido publicados en su obra “Charlas de café” (1920).

Primero: “Se ha dicho muchas veces que no hay nada más inútil que la experiencia. Tan triste verdad se corrobora cuando somos víctimas de una pasión avasalladora. En la vida del enamorado, los prudentes consejos del viejo suenan como la voz atiplada de un eunuco que disertara sobre las excelencias del celibato”.

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Laputa es la isla volante

LAPUTA ES LA ISLA VOLANTE

DE UNA SÁTIRA HILARANTE,

“LOS VIAJES DE GULLIVER”

“—Cayó piedra de Laputa”.

Evaristo Gómez, “Meteoro”.

Yerra de sendero o ruta
Quien insiste en que este menda
Hablaba ayer en la tienda,
Cuando mencioné Laputa,
De ti; que eres iza o puta
De burdel. Te equivocaste.
Colegiste mal. Marraste.
Refiriéndome no estaba
A la que entonces entraba
En el local. La cagaste.

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Un buen símil con fama/forma de misil

UN BUEN SÍMIL CON FAMA/FORMA DE MISIL

Anteayer publiqué aquí, en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, una chuchería o golosina literaria bajo el rótulo de “Llamo al listón político tontón”. Me limité a constatar una realidad irrefutable, que en todas partes cuecen habas, o sea, que en todas las formaciones políticas patrias (habidas y por haber) algunos de sus representantes (sean ellas o ellos) yerran (por la sencilla razón de que están conformadas por seres humanos y, como escribieron los romanos en latín: Errare humanum est, errar es humano). Podría haber puesto numerosos ejemplos, pero eso me llevaría a nombrar, esto es, señalar, a las personas concretas que fallaron estrepitosa o morrocotudamente, según mi particular parecer. Ahora bien, como estoy completamente convencido, quiero decir, seguro, de que a algunas de ellas les ocurre lo que a mí, que, a pesar de no querer marrar (cosa que detesto), lo hago, de que se equivocan involuntariamente tanto como yo, decidí dejar en el tintero y ahorrarle al atento y desocupado lector, hembra o varón, el nutrido muestrario de esos baldones o circunstancias.

En el penúltimo párrafo de “El arte de injuriar”, un conciso y jugoso epítome de la literatura satírica y el insulto clásico, opúsculo que forma parte de un libro de ensayos titulado “Historia de la eternidad” (1936), su autor, Jorge Luis Borges, recuenta una historia que había sido referida antes por Thomas de Quincey, en concreto, da cuenta de las palabras cabales que usó en una réplica inmortal un tal doctor Henderson: “A un caballero, en una discusión teológica o literaria, le arrojaron en la cara un vaso de vino. El agredido no se inmutó y dijo al ofensor: ‘Esto, señor, es una digresión; espero su argumento’”.

Intentaré razonar por qué actué de ese modo, por qué ese fue mi proceder, por qué no vertí el contenido de mi vaso sobre la ristra de rostros.

Como considero que no hay mal que por bien no venga, o sea, que, a pesar de los pesares, variopintos, muchos políticos hacen una estupenda función social, ya que, con sus interminables meteduras de pata (cuando no son los unos, son los otros los que desbarran; cuando no son los “hotros”, son los “hunos” los que se equivocan, al mear fuera del tiesto o sacar los pies de las alforjas), a la hora de decir o hacer, vienen a ser, ora los muñecos de pimpampum de un puesto de feria, ora el punching ball, el objeto con cara del sujeto al que poder vapulear en el campo o la intimidad del hogar, y, de esta guisa, poder descargar la tensión, la mala uva, la indignación, en definitiva, desestresarse.

Hay quienes piensan que, en ese punto crucial, comparten papel con los jefes o empresarios. Esa es la tesis que quería sostener hace muchos años, más de una década, cuando escribí una ficción (como reconocía servidor en la adenda final), que rotulé “Yo, vuestro presidente, soy un necio” (y subtitulé “Mil maneras de cómo equivocarse”) cuyos dos primeros parágrafos decían así:

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La paja había devenido viga

LA PAJA HABÍA DEVENIDO VIGA

(MI CULPA ADMITO Y DIGO AMÉN A TODO)

Esta pasada noche he soñado que le había hecho una entrevista a Dios. Desconozco si Él había juzgado oportuno presentarse en medio de mi mundo onírico con la intención de contradecir y dejar en feo a uno de mis autores predilectos, Friedrich Nietzsche, pero eso es lo que he barruntado, que había querido refutar a quien vino a decir que la única diferencia entre Dios y él era que él existía (recuerdo que durante mi primer curso de Filología en la Universidad de Zaragoza leí en una mesa de madera de la Facultad de Filosofía y Letras dos frases que alguien había escrito allí con la ayuda de un bolígrafo negro: “Dios ha muerto; hemos matado a Dios; Dios ha muerto”, que llevaba la firma de Nietzsche; y debajo “Nietzsche ha muerto”, que portaba la de Dios).

Luego se ha abierto paso, entre mis intuiciones, esta otra. La razón de haber soñado con Dios acaso descansaba o estribara en que hace pocos días decidí empatizar, es decir, calzarme los mocasines y/o ponerme en la piel de uno de mis heterónimos, Emilio González, “Metomentodo”, y firmar un texto como a él le hubiera gustado rubricar, Dios (aunque, al final, me decanté por que viera la luz la opción opuesta, o sea, que fuera publicada la versión contraria).

El citado escrito, antes de darlo por bueno, por concluido, lo rocié con varias lágrimas de humor (y es que uno puede llorar de risa, sobre todo, cuando esta acaece a carcajada tendida o mandíbula batiente); y me cercioré de que fuera respetuoso al máximo con el Ser Supremo.

De la extensa interviú que le he hecho (esa era, al menos, la refractaria impresión que me había quedado al despertarme), solo recuerdo con fidelidad el último de sus reproches:

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¡Mil perdones, Dios mío, y muchas gracias!

¡MIL PERDONES, DIOS MÍO, Y MUCHAS GRACIAS!

Tantas veces nos había ponderado nuestro profesor de Filosofía, Francisco Pérez (cariñosamente conocido entre nosotras/os, sus alumnas/os, como “Paco Pera”) las excelencias de la tertulia que, salvo durante el estío, venía celebrándose a diario, desde ni se sabe, y tenía lugar, indefectiblemente, en la mesa redonda del fondo del casino “La Unión”, de nuestra población, Algaso, pasada la una del mediodía (vulgarmente conocida como el mentidero), que a mi colega Juan y a mí nos dio por acudir allí ayer, a ver si extraíamos material para nuestro trabajo final de Filosofía.

Cuando llegamos, pusimos nuestra grabadora en marcha; y esto es lo que escuchamos y ella recogió. Estaba en el uso de la palabra Emilio González, “Metomentodo”, que siguió aseverando esto:

“—Hace muchos años, leyendo a Karl Raimund Popper, llegué a la conclusión de que la verdad es provisional, pues se mantiene en pie o dura mientras no es contradicha o refutada y, como consecuencia lógica, abatida por otra que, en ese preciso instante, viene a ocupar el pedestal donde se erigía o levantaba la recién derribada por ella. La verdad, en este sentido, vista desde esa perspectiva, puede semejar un muñeco de pimpampum de feria.
“—Dando por buena, por impecable, tu reflexión, “Metomentodo”, ¿crees que lo que acabas de sostener sobre la verdad vale también para el amor? (le preguntó Otramotro)
“—Pues no había considerado o valorado, lo reconozco, antes, Otramotro, la posibilidad que concede el “mutatis mutandis”, pero, en principio (tendría que pensar más concienzudamente al respecto), de manera interina, debería decantarme por contestar que sí. Tengo para mí que, si son dos las personas responsables (o irresponsables) de decir sí a la unión de un dúo, pareja o tándem (una suele dar o poner más que otra), las que contribuyen a conformar dicho vínculo, asimismo o igualmente, son dos las que lo rompen (una pone más de su parte que otra para quebrarlo, seguramente, porque ha aparecido en su vida un nuevo amor).
“—Abundo contigo en el criterio que acabas de argumentar. He constatado que en las sociedades avanzadas, en los países del primer mundo, donde se reconoce el derecho al divorcio, la realidad viene evidenciando, un día sí y otro también, que el amor, por mil y una causas o motivos, se ha esfumado o desaparecido. Para ese resultado neto, claro, la mejor solución que hay se llama divorcio.

Tras las palabras pronunciadas por Otramotro, hubo dos segundos de silencio que fueron clausurados por mi colega Juan, que osó decir:

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Una pareja perfecta

UNA PAREJA PERFECTA

En lo concerniente al asunto de las parejas que tienen previsto casarse próximamente, como en lo tocante a otros muchos temas, suelo advertir lo que hay, abiertas discrepancias; ahora bien, en el caso concreto de la boda entre Pilar y Ángel, gravita una insólita unanimidad, un consenso nunca visto ni oído. ¿Por qué? Intentaré responder aquí a dicha pregunta. A ver si averiguo la razón. Aun entre las personas cuya opinión he pulsado, que no son filólogas, la respuesta mayoritaria, coincidente, es que Pilar es el pilar que mantiene en pie a Ángel y este es el que contribuye a que Pilar sea un pilar aún más firme y más fuerte y a que ella tenga, si cabe, que sí, que cabe, más ángel.

El abajo firmante de estos renglones torcidos ha titulado esta chuchería literaria así, con el rótulo que porta, “UNA PAREJA PERFECTA”, porque, para el grueso, que conformamos las/os demás y yo, dicho tándem lo es: Pilar complementa estupendamente a Ángel y Ángel completa, de manera inmejorable, a Pilar. Los únicos que parecen disentir de ese acuerdo generalizado son, precisamente, los dos miembros de dicho dúo. Ángel tiene serias dudas de que sus agendas (me corrijo al momento, de que sus circunstancias), que un día coincidieron, vuelvan a hacerlo; y Pilar no ambiciona lo que para Ángel es crucial, la repanocha, el mayor de sus retos, matrimoniar con ella.

Está claro que esta golosina podría llevar como subtítulo este, “TEMOR A LA INCERTIDUMBRE”, que tanto Pilar como Ángel han sentido y aún sienten. Se parece a esa corteza o miga de pan que ha caído en la pechera del chaleco y se resiste a ser cepillada con la sola ayuda de las supuestas cerdas que pueda haber en el dorso de la diestra mano del comensal (ella o él).

Es mi deseo y mi esperanza que nadie se rebote, que a nadie le parezca mal que le adelante lo que va a pasar, porque sé que les voy a chafar a todos (hembras y varones) el final: Pilar y Ángel no se casarán, pero vivirán quince felices años juntos, siendo lo que las otras, las demás, intentan y, al no lograrlo, se conforman con aparentar, una pareja perfecta.

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De quien me pone o no a cien

DE QUIEN ME PONE O NO A CIEN

—No puedo culpar a quien
Anda ahíta de prejuicios
Y no ve más que perjuicios
En mí, que deseo el bien
De quien me pone o no a cien.
—Sé que un fácil objetivo
Soy; y ese es el adjetivo
Que mejor me cuadra o encaja
Cuando metes en mi raja
Tu enhiesto pene efectivo.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


¿Qué prefiere el hombre sabio?

¿QUÉ PREFIERE EL HOMBRE SABIO?

—El hombre sabio prefiere
Dar muestras de ser sensato
A ejercer de mentecato.
—A lo primo este se adhiere,
Pues lo postrero lo hiere,
Salvo que entre amigas/os se halle
De juerga y un falso dalle
Lleve y con la más cañón
Se porte como un coñón
Y ni en la calle se calle.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Satán devoraba aleves

SATÁN DEVORABA ALEVES

En la “Divina Comedia
Dante Alighieri sentado
Dejó que el peor pecado
Es la traición; ¡qué tragedia!
(Tuvo inicio de comedia).
En el Infierno, Satán,
Bien Saturno, bien batán,
Devoraba a los traidores;
Reservaba a los mayores
Para su alfanje o catán.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


"Metomentodo" es mi émulo entrañable

“METOMENTODO” ES MI ÉMULO ENTRAÑABLE

Como todo el mundo sabe (ruego que se me disculpe la exageración, que es tan connatural conmigo como mi propia sombra, pero como quien es lector —ella o él— habitual de este menda conoce, sigo achacando al río Ebro, cuya agua no bebo, no, pero lava los suelos de mis balcones, cocina y baño, mi ropa sucia, mis útiles de cocina y a mí, el uso —acepto que se hable de abuso— asiduo que hago de la hipérbole) que “Metomentodo” es mi émulo entrañable (en el supuesto de que alguien lo ignorara, si sigue leyendo, dejará de hacerlo), mi amigo del alma, desde los tiempos de la Educación General Básica (EGB), cuyos tres últimos años, de sexto a octavo, cursamos en el inolvidable seminario menor de los Padres Camilos (mi estancia allí fue o supuso mi cielo en la Tierra) en Navarrete, La Rioja, si no siempre, casi siempre que me hacen una entrevista suelen preguntarme por la amistad (sobre todo, por la que mantengo con “Metomentodo”) y sus alrededores.

Por ser original, en cada nueva ocasión, acostumbro a contestar algo distinto a lo ya dicho en las oportunidades previas, anteriores. Así que, procurando no repetirme en mis respuestas, suelo referir la última anécdota que me ha acaecido, en la que he advertido, hallado e/o identificado, clara y ejemplarmente, una indudable e innegable muestra de amistad (ya fuera protagonizada por “Metomentodo” o por otro amigo).

Verbigracia, hace poco más o menos tres meses, un joven me cedió el paso, a la hora de cruzar la puerta principal de entrada a la biblioteca pública de Tudela (por la calle Herrerías), diciéndome: “Usted, primero, por favor”. Aquel usted, educado, cívico, que me sorprendió, grata y formalmente, por ser intachable, sin embargo, anímicamente, me cayó o sentó como un tiro y me ocasionó un bajón de los de aúpa, porque me obligó, velis nolis, a hacerme cargo de la imponente, incontrovertible y real situación o circunstancia, que acaso hubiera sobrepasado con creces el ecuador de mi existencia, o sea, llevara más años vividos de los que me quedaban por vivir. “Metomentodo”, cuando nos volvimos a juntar (no llegó a barruntarlo por teléfono), caló al momento que algo no marchaba correctamente en mi caso, que algo me pasaba y me pesaba, y se lo confesé.

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Vértigo siento, sí, y pena

VÉRTIGO SIENTO, SÍ, Y PENA

Hoy he roto con mi amada.
Esperaba estar soltero
En julio, pero es enero.
Oír la igual cencerrada
Sofocó la llamarada.
Aunque sin mi monumento
Me hallo en la gloria, contento,
Vértigo siento, sí, y pena;
Sin Pilar una condena
Es vivir este momento.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Jueves, 21 de marzo

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