El Blog de Otramotro

Quien generaliza yerra

QUIEN GENERALIZA YERRA

Y, SI ES MACHISTA, MÁS YERRA

Tengo para mí que todos los seres humanos que fuimos, somos y seremos (por el mero hecho de serlo —“errare humanum est” dijeron y dejaron escrito en letras de molde nuestros antepasados, los romanos—, erramos ayer y hoy y, seguramente, erraremos también mañana), que alcanzamos o alcanzaremos la edad adulta, que gozamos o gozaremos del pleno uso de nuestras facultades intelectuales, hemos sido, somos y/o seremos alguna vez a lo largo de nuestra vida injustos. Así las cosas, tal vez solo nadie pueda agacharse, coger del suelo una piedra y tirarla para lapidar a quien sea, porque únicamente quien no haya generalizado alguna vez, quiero decir, quien no haya juzgado que para él (en el supuesto de que se trate de ella, para ella), según su criterio, es distintivo, pertinente y relevante extrapolar, por simple o sencilla inducción, desde su personal (y puede que intransferible) punto de vista, perspectiva o visión, de lo particular lo general, de lo individual lo universal, queda excluido de la susodicha regla; pensamiento que, si usted, lector, lo mira bien y remira mejor, acaso coincida conmigo en que no deja de ser, por cierto, otra generalización.

En el día de la fecha osaré agregar, asimismo, que incluso algunos de los animales que tomamos por irracionales generalizan. ¿Quién no ha usado alguna vez en alguna conversación para dar cuenta de la mentada generalización esa paremia española que dice que “el gato escaldado del agua fría huye”?

Considero que quizás pueda servir como ejemplo de generalización ese axioma, en sentido estricto, puro sofisma, que aprendí en COU, en la clase de Filosofía que nos impartió Paco Pérez, nuestro profesor, y llamó “navaja de Ockham”, principio metodológico que dice que “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”. Ahora bien, conviene añadir que aquí probabilidad solo significa verosímil o fundada apariencia de verdad, no certeza (y menos aún) absoluta.

Los tres párrafos precedentes vienen a cuento de lo que sigue. Jeroen René Victor Anton Dijsselbloem, actual presidente del Eurogrupo, echó mano de las palabras que van entrecomilladas a continuación en una entrevista que concedió al periódico alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung: “Como socialdemócrata, concedo a la solidaridad una importancia excepcional. Pero el que la solicita tiene también obligaciones. Yo no puedo gastarme todo el dinero en copas y mujeres y pedirte luego que me ayudes”.

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¿Triunfo y fracaso? ¡Impostores!

¿TRIUNFO Y FRACASO? ¡IMPOSTORES!

Acabo de llevarme a los ojos el último artículo, con título en inglés, “Fast Feed” (“Alimentación rápida”) de Risto Mejide, publicado el domingo pasado, 19 de marzo, en El Periódico. En él viene a hacer lo que ha llevado a cabo muchas veces el abajo firmante, su seguro servidor de usted, lector (sea ella o él), la crítica de la crítica. El crítico (tendemos a quedarnos habitualmente con la segunda acepción que da el DRAE del verbo criticar, “hablar mal de alguien o de algo, o señalar un defecto o una tacha suyos”, y pasar por alto la primera, “analizar pormenorizadamente algo y valorarlo según los criterios propios de la materia de que se trate”), para serlo en toda su extensión, ha de decir qué le ha gustado y qué le ha disgustado de lo que sea que critique y dar sus argumentos o razones que apoyen dichos pareceres.

Más de una vez he leído lo que Mejide (lo ha confesado en varios sitios) ha vuelto a iterar aquí, en el artículo mentado (y me veo empujado a elogiar su gesto de sinceridad), que se siente un intruso, un impostor. Borges, autor de innumerables frases memorables (como para muestra basta con un botón, ahí va una de su vasta cosecha: “Todos caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes”), escribió (acaso sería más apropiado urdir que talló la siguiente joya) en “El palabrista”: “El azar (tal es el nombre que nuestra inevitable ignorancia da al tejido infinito e incalculable de causas y efectos) ha sido muy generoso conmigo. El azar dice que soy un gran escritor. Agradezco esa curiosa opinión, pero no la comparto. El día de mañana algunos lúcidos la refutarán fácilmente y me tildarán de impostor o de chapucero o de ambas cosas a la vez”.

A Risto, por lo que leo, parece importarle e interesarle solo el fondo del asunto. A mí como el fondo suele ir acompañado de la forma, y viceversa, me importan e interesan ambos (sobre todo, si hay, o no hallo, coherencia y cohesión entre ellos). No obstante, abundo con él (quiero decir, me cuento entre quienes detestan que a uno lo rapen sin haber decidido él, por propia iniciativa, ir a que le hiciera dicho corte su asiduo peluquero) en que no soporto que nadie nos tome impunemente el pelo, se ría de nosotros (y menos aún, en nuestra misma cara).

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Todos somos muy ignorantes

TODOS SOMOS MUY IGNORANTES

“Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”.

Albert Einstein

Reconozco que no vi el domingo pasado por la noche la última entrega de “Chester in Love” (dediqué el tiempo que duró la emisión de ese espacio televisivo a coronar otro u otros menesteres), programa de entrevistas que conduce Risto Mejide, en el que José Miguel Mulet Salort, doctor en Bioquímica y Biología Molecular, profesor de Biotecnología de la Universidad Politécnica de Valencia, a quien conozco por los artículos científicos que publica y leo en El País Semanal, refutó con razones de peso la apologética y elogiosa opinión que sobre el libro “La enzima prodigiosa”, de Hiromi Shinya, sostenía (desconozco si todavía sostiene) Mercedes Milá.

Tras la exposición razonada del mentado profesor, Mercedes, ante la falta de argumentos con los que objetarle, reaccionó de manera extemporánea y disparatada, es decir, salió por peteneras, pues solo acertó (sensu stricto, hizo lo opuesto) a espetarle esto: “Lo primero que te digo es que adelgaces, porque estás gordo”, una clara salida de pata o pie de banco. Ergo, lo lógico y normal en un ser humano, marró morrocotudamente. Desde que lo adujeron y escribieron los romanos, somos legión las personas que venimos iterando el latinajo que proclama que “errare humanum est” (que, tras la perceptiva coma, suele completarse con “sed perseverare diabolicum”), o sea, que errar es humano, pero perseverar en (claro está, el yerro) diabólico”.

En las redes sociales (que, a veces —aunque no faltará quien refiera las razones que le lleven a pensar que siempre—, parecen peores que mil y una jaurías juntas) a Mercedes Milá, que se equivocó, según mi parecer (no me cabe la menor duda), le han zurrado la badana. Le han dado hasta en el carné de identidad, hasta en el cielo de la boca.

No sé si lo de Mercedes fue una muestra de engreimiento, de presunción, de soberbia, de vanidad. Eso solo lo sabe ella, si es que ha hecho el preceptivo examen de conciencia. Pero, pregunto al atento y desocupado lector (sea ella o él) de estos renglones torcidos, ¿quién no ha cometido alguna vez en su vida un “pecado” de envanecimiento? ¿Quién? El abajo firmante, seguro servidor de usted, confiesa hoy públicamente, sin ambages, que ha incurrido (y más de una vez) en él.

Así que, a cuantas/os hemos lapidado alguna vez a quien fuera, antes de disponernos a hacer otra vez tal cosa con quien sea, he decidido imitar a Jesús de Nazaret y rememorar y decirme y deciros o decirles a las/os pocas/os lectoras/es de este texto lo que él, según narra el “Evangelio de Juan”, 8: 7, arguyó a quienes le llevaron una mujer sorprendida en adulterio y que, tomando en consideración la ley de Moisés, debían apedrear: “—Aquel de ustedes que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CCCX)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCCX)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Pues, aunque huelga el comentario, deseo (en la misma medida que espero) que salgas del embrollo airoso e incólume.

Te recomiendo la lectura del texto que he titulado “Sobre la coherencia y el cambio de opinión”, que te enviaré mañana y publicaré en mi bitácora al día siguiente.

Celebro que tus parroquianos (ellas y ellos), los cornagueses, lo lean y le den el valor que merece y tiene.

Los poemas de Garcilaso, Quevedo y otros excelsos poetas siguen estando donde estaban y deben, en varios volúmenes que uno puede hallar en las bibliotecas de mil pueblos, instituciones o casas. Yo solo lamento que sigan siendo poco leídos o, si lo prefieres, por pocos, muy pocos lectores.

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CCCIX)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCCIX)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

No te falta razón en cuanto aduces.

Este fin de semana me he concedido fiesta; que, de vez en cuando o, en su defecto, de cuando en vez, me viene estupendamente para descansar y desconectar mi mente de tener que seguir escuchando y/o leyendo también durante el “finde” a tanto demente (incluyo entre los varios que agavilla o arracima ese “tanto”, que conste, al que suelo encontrarme por las mañanas enfrente, antes y después de asearme, en el espejo de mi cuarto de baño) como uno halla por doquier, aunque no trabaje de loquero, quiero decir, de psiquiatra.

Espero y deseo que ayer todo fluyera de lo lindo, sin contratiempo, antes, durante y después de que acaeciera la celebración familiar por el feliz hecho que os juntó.

¡Cuánta razón tienes, amigo y deudo, en lo que aduces! Con qué pocas palabras has logrado retratarla, pintar el cuadro al que le cuadra titularse de esa guisa, “Dictadura”. En una dictadura, aunque el dictador sea blando hablando, lo primero que se le esconde al conde, oculta a la persona culta o secuestra a los ciudadanos es la verdad. Por tanto, lo primero que se les impone a los susodichos es la más pura y más dura de las mentiras, que se vea o aparezca publicado solamente aquello que le interesa que se sepa al que manda y comanda.

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CCCVIII)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCCVIII)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Así es. Los errores que cometemos un día sí y otro también nos tienen que servir de lecciones inmarchitables, indelebles, que deberemos considerar y guardar en nuestra memoria para intentar no volver a cometerlos más. Ya sabes a quién suelo recurrir cada vez que incurro en un yerro, a Confucio, que, en la frase/idea que acostumbro a recordar de él, al menos, según mi parecer, no se confundió, no.

El bipartidismo, hijo o nieto (si así lo prefieres) del turnismo de la Restauración (o sistema canovista o Pacto del Pardo), ideado al alimón por el conservador Antonio Cánovas del Castillo y el liberal Práxedes Mateo Sagasta, parece que ha devenido cuatripartito, sí. Si damos tiempo al tiempo, ese juez que quita y da razones, veremos qué sale de él.

Disiento. Yo creo que los españoles (y te incluyo entre los tales a ti), como dice el estribillo de la canción de Ketama, “no estamos locos, que sabemos lo que queremos”. Queremos que nuestros representantes, los que elijamos (ellas y ellos), sepan que el ejercicio de la política exige estar dispuesto a cumplir a rajatabla, mientras dure su nombramiento, que no miento, un requisito necesario, imprescindible, una conditio sine qua non, tener (y que les sobre, no que les falte) vocación de servicio (que quien aspire a cualquier puesto político ha de tener claro que su primera función o principal misión es la de servir a sus conciudadanos —y, por tanto, no la de servirse del cargo que ocupa, provisional, interino—, que son sus jefes), en definitiva, que sean en todo momento honestos y que pongan el bien común o general siempre (y cuando escribo siempre es siempre) por delante del bien particular o personal.

Me parece bien que critiques al rey, si crees que Felipe VI lo ha hecho mal. Pero, si él, que ha obrado según dicta que debe hacerlo la Constitución, ha marrado en sus actos, no sé que opinión te merecerán las acciones (en algún caso, inacciones, sí, sin duda) de algunos de nuestros representantes.

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CCCVII)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCCVII)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Don Javier Salcedo Corral, que fue mi maestro de Segundo Curso de EGB, me motejó “¡besugo!” cuando a su pregunta de cómo se llamaba el monte donde fue crucificado Jesús de Nazaret yo, siendo un crío de siete u ocho años apenas, contesté que Calvario. Ignoraba entonces la respuesta correcta: Gólgota (“lugar de la calavera”). Desde entonces, he probado a hacer dicha pregunta a varias personas adultas y hasta a doctores en diversas materias y han caído como yo, como ceporros. Hoy, los hados, para resarcirme tal vez del agravio que sufrí otrora, se han mostrado propicios, porque he comprobado que se usan indistintamente ambos vocablos, Calvario o Gólgota, para referirse al susodicho lugar; ¡chúpate esa!

Así es. Desconozco si has tenido la oportunidad de leer la breve epístola que escribí y le dirigí a Pablo Iglesias y publiqué aquí nada más tener noticia del suceso, un despropósito, sin duda. Ramón Cotarelo vino a hacer, poco más o menos, lo mismo que su exalumno Pablo Iglesias. Pasarse tres pueblos y luego disculparse. En un tuit del 21 de abril escribió: “¿Va estando ya claro que este hombre (aparece en la foto de abajo Pablo Iglesias), además de narcisista y prepotente, es tonto?”. Al día siguiente se disculpó así: “Pido sinceras disculpas a Pablo Iglesias por mi tuit de ayer llamándolo tonto. Es inapropiado, injusto e innecesariamente ofensivo”.

Espero y deseo que la espinela con estrambote (más bien décima tercera) haya quedado convenientemente explicitada (hecha papilla, para que la pueda deglutir cualquier lego o pipiolo).

El domingo pasado, Día de la Madre (y, asimismo, del Trabajo) eché a la mía mucho (me corrijo o enmiendo al instante, muchísimo) de menos. Cada vez recuerdo más palabras suyas, que acarrean o contienen sus correspondientes lecciones.

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Del pimpón al brutal choque de trenes

DEL PIMPÓN AL BRUTAL CHOQUE DE TRENES

(¿CABE HALLAR UN PROFETA EN UN POETA?)

“‘La belleza es verdad y la verdad belleza’... / Esto es cuanto sabes y necesitas saber”.

John Keats (esos dos versos coronan su “Oda a una urna griega”).

Antes de ir a lo precipuo, principal o importante, antes de meterme de lleno en la materia del asunto sobre el que discursaré aquí, voy a hacer dos afirmaciones (sobre dos intuiciones) con las que el atento y desocupado lector (sea ella o él) acaso no abunde, es decir, no esté de acuerdo con el grueso de las mismas; con las que discrepe en parte o abierta y concluyentemente disienta. Una; considero que, como en todo poeta (escriba poesía o narrativa, verso o prosa, usa de manera regular las figuras o recursos literarios) cabe hallar un profeta, toda literatura, en mayor o en menor grado o medida, tiene carácter profético. Y dos; tengo para mí que la literatura que solemos llamar “de ciencia ficción”, además de serlo de evasión, por lo tanto, hecha con la clara finalidad de divertir o entretener, es, como muchos programas de televisión o cintas cinematográficas, literatura, o sea, mentira, pero con claras aspiraciones de prender, con el significado de aprehender, la verdad. Tal vez esta idea no le pertenezca de manera exclusiva a quien acaba de formularla y se la deba en todo o, al menos, en una buena parte a los literatos que ha leído y releído, entre ellos, a un escritor peruano/español, que fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2010, Mario Vargas Llosa, de quien hace mucho tiempo leyó su ensayo “La verdad de las mentiras” (1990).

No voy a perder ni a hacerle perder a usted, lector/a, el tiempo, especulando aquí sobre qué podemos considerar verdades, sin ninguna hesitación, cuántas certezas cabe identificar y juzgar que lo son, de modo irrefutable, en ciertas novelas a las que se les suele colocar el ora aditamento, ora cuño o marbete, “de anticipación”, como “De la Tierra a la Luna”, de Verne; “1984”, de Orwell; o “Las fuentes del paraíso”, de Clarke.

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Dos verdades indudables

DOS VERDADES INDUDABLES

“La libertad no es un estado, sino un proceso. Solo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe...; solo la cultura da libertad... No proclaméis la libertad de volar, sino la de dar alas; no la de pensar, sino la de dar pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura; solo la imposición de la cultura lo hará dueño de sí mismo, que es en lo que la democracia estriba”.

Miguel de Unamuno y Jugo, que adujo estas sabias palabras, entre otras, en un discurso memorable que pronunció en el Ateneo de Valencia el 24 de abril de 1902.

Desde que leí el “Discurso del método para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias” (ese es el título completo de la obra), de René Descartes (me prestó un ejemplar, para que lo leyera durante un fin de semana, Francisco Páez, a quien sus alumnos llamábamos cariñosamente “Pacopa”, el profesor que nos impartió Filosofía en COU), no he olvidado su proverbial latinajo “cogito ergo sum” (“pienso, luego existo”), ni el partido que suelo sacarle a la duda siempre que debo llevar a cabo un trabajo intelectual, ni dos de sus pareceres inmarcesibles, indelebles: “No he hallado una mujer cuya belleza pueda compararse a la de la verdad” (pensamiento con el que, si exceptuamos los días en que anduve enamorado hasta las trancas de alguna de las diversas féminas de las que a lo largo de mi vida lo he estado de veras, jamás de los jamases he discrepado) y “No hay nada repartido de modo más equitativo en el mundo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente”. Algunos años después, mientras estudiaba Filología Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, apunté en mi cuaderno de notas esta frase de José Ortega y Gasset, que se la escuché decir un día en clase a uno de mis profesores, José-Carlos Mainer Baqué, doctor en Literatura Española, y venía a completar, complementar y confirmar o ratificar lo dicho y escrito siglos antes por Renatus Cartesius: “Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas”.

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CCCVI)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCCVI)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

La disciplina, como sabes, fue, es y será fundamental para lograr el grueso de los objetivos que uno se propuso, se propone y/o se proponga. Su compañía, para alcanzar o coronar este, ese o aquel menester, siempre fue, es y será bienvenida, de una ayuda tan apreciada que pocos estimaron, reconocen o valorarán como corresponde.

Eso es así, pero con una salvedad, porque no es lo mismo escribir que leer. Leo un libro al mes, como promedio. Y escribo un soneto al mes, al menos.

La pena verdadera, inconcusa y cierta de tantas actividades ante el cuatrocientos aniversario de la muerte de los dos genios es que serán los más (ellas y ellos) los que seguirán viendo la tele (actividad legítima, sin duda, pero menos, infinitamente menos, provechosa que otras mil opciones) y pocos, muy pocos, los que se llevarán alguna de las obras de los dos mentados maestros de las Letras a los ojos, actividad pesada, molesta, gravosa, sin duda, pero que les compensará ora con lo útil a raudales, ora con lo dulce a espuertas.

¿Se marchitarán (les cubrirá el polvo a) muchos de los libros regalados hoy, festividad de san Jorge, en la estantería (o el olvido) como las rosas obsequiadas? Demos tiempo al tiempo y veremos qué pasa. Mi deseo es que la mayor parte de los tales se lean de cabo a rabo (como adujo Plinio el Joven que solía decir su tío Plinio el Viejo, “nullum esse librum tan malum ut non aliqua parte prodesse”, o sea, “ningún libro es tan malo que no aproveche en alguna de sus partes”) y mi esperanza, que se desentrañen y, como lógico corolario, que se entiendan.

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Epístola a Jesús un epígono de Otramotro (CCCV)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCCV)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Los dos párrafos que he usado como cita o exergo para mi décima hodierna pueden concentrarse y resumirse en otra/o célebre del mismo genio, que he visto (con la palabra “imaginación” escrita en rojo —el resto lo está en negro— y boca abajo) en la cristalera del despacho (que yo suelo llamar “pecera”) donde si usted, lector (sea ella o él), acude al Centro Cívico “Lourdes”, de Tudela, podrá hallar a las responsables del mismo: Eva, Maialen, Merce(des), Pilar, Raquel,...: “En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”.

Vivan los muchos Einstein que hay por ahí y que, como son humildes, no saben que lo son, pero lo son.

Celebro que disfrutaras sobremanera, un montón, de lo lindo, haciendo lo que por otros sé que te gusta realizar y aciertas a coronar con gusto, cantar (me consta que estuviste durante el año que pasaste en Navarrete, con los Camilos, en el coro que dirigía el padre Jesús Arteaga y esa condición, por lo que ha ocurrido a otros que vivieron casos similares, colijo que te marcó e imprimió carácter) y extraer notas del pozo de viento de tu guitarra. Mientras posabas las yemas de los dedos de tu mano izquierda sobre las cuerdas y el mástil de tu instrumento (que, por cierto, tan bien tocaba también mi padre, aunque nunca supe, de veras, a ciencia cierta, quién le enseñó a llevar a cabo dicha labor o tarea —acaso su padre, mi abuelo José, que tocaba el violín, según dicen quienes lo vieron y escucharon hacer tal cosa, estupendamente—) y las rasgabas con los dígitos de tu diestra, entonabas canciones en francés. Y me alegro de que, emulando de forma voluntaria o involuntaria a Marcel Proust y su inmarcesible recuerdo del gusto que le dejaron en su boca las magdalenas, no hayas olvidado el sabor, que aún permanece en tu paladar y en tus papilas gustativas, de la dulce y cremosa tarta de queso y fresa con la que premiaron tus buenas maneras e interpretaciones.

Mientras tú hacías las delicias de tu público, yo andaba releyendo por enésima vez el prólogo que escribió Cervantes para la primera parte de su inmortal novela, intentando sacarle, si no todo, opción acaso jactanciosa, presuntuosa, vanidosa, el grueso del jugo irónico que, sin duda, atesora el susodicho.

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CCCIV)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCCIV)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Esta mañana, antes de desayunar, he felicitado a mi prima Justina, Justy. Siempre que he estado ingresado en el Hospital “Virgen del Camino”, de Pamplona, ha venido a hacerme compañía y a traerme el periódico del día. Siempre que he acudido a consulta al “Príncipe de Viana” o a hacerme alguna prueba médica, he quedado con ella y con mi amigo Miguel Salinas y su esposa Prepedigna y les he invitado a tomar en la cafetería lo que les apetecía.

Pues te encargo, con especial encarecimiento, que no miento, que no le falte a tu doña y sol mi más sentida y sincera felicitación.

Así es. Se suele citar que murieron en la misma fecha, 23 de abril, pero de distinto día (por ser diferentes los calendarios que regían en un lugar y el otro). Aunque Shakespeare nació el 26 de abril, se suele hacer coincidir esta fecha con la de su muerte (52 años cabales). Cervantes murió el 22 de abril. Ambos fueron dos genios, sin objeción, de la literatura. El bardo inglés fue, como nuestro Lope de Vega, otro Monstruo de la Naturaleza, estupendo dramaturgo y poeta (los sonetos de ambos son imperecederos; alguno de Cervantes, también). Como prosista, Cervantes, que fue el descubridor o inventor de la novela moderna en numerosos aspectos, dejó a Lope atrás.

Pues yo ayer me lo pasé estupendamente en las gratas compañía y conversación con mis dos Luises dilectos (Luis Quirico Calvo Iriarte, cual mago, por arte de birlibirloque, me hizo desaparecer dos caries y aparecer dos empastes; y Luis de Pablo Jiménez me llevó y trajo de Tafalla en su coche). A ambos les invité a comer en Barásoain (sin tilde en euskera)), donde, en el Bar-Restaurante Ángel, Carlos nos volvió a atender como en la anterior ocasión, de manera afable. A los dos les entregué sendas copias del poema que otrora escribí para ellos y publicaré aquí el día de san Francisco Javier, 3 de diciembre, y del cuento más reciente que he urdido y titulado “Sólidos indicios”.

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Lunes, 27 de marzo

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