El Blog de Otramotro

La epístola semeja una pistola

LA EPÍSTOLA SEMEJA UNA PISTOLA

(DEL “TEJERAZO” AL “FORCADELLAZO”)

“En un atraco político mal puede dialogarse con quien ya ha sacado el revólver”.

Antonio Elorza, en “El silencio y la mentira”, artículo publicado en la página 14 de El País el sábado pasado, 16 de septiembre de 2017.

Ignoro si usted, atento y desocupado lector (sea ella o él), ha tenido la oportunidad (tal vez servidor hubiera dado de lleno en el blanco o centro de la diana si, en lugar de dicho sustantivo, hubiera escrito estos otros, los redaños, los dídimos o el valor) de leer (y, si lo ha hecho de cabo a rabo, sin indignarse ni montar en cólera) la carta que Carles Puigdemont, Oriol Junqueras, Carme Forcadell y Ada Colau le mandaron (y varios periódicos, en sus ediciones digitales, se hicieron eco de ella y la publicaron o colocaron un enlace que mandaba al usuario adonde aparecía y podía pasar la vista por ella) al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (con copia al rey).

Reconozco que la acabo de releer. La primera vez que la recorrieron mis ojos fue el pasado viernes. Ahora bien, como tenía pendientes en mi mente otras ideas que quería desarrollar y sobre las que deseaba, asimismo, escribir, la pospuse o procrastiné para mejor ocasión, esta. Aunque no me crea, ya escogí entonces el subtítulo provisional que hoy, de manera definitiva, porta.

Al parecer, en la actual piel de toro puesta a secar, algunos politicastros (hembras y varones), políticos de tres (cuatro o más) al cuarto, piensan que la política es una partida de mus o de póquer en la que los jugadores pueden echar órdagos o envites falsos a fin de amedrentar o desorientar a sus oponentes, o sea, ir de farol, sin que nada les pase ni pese.

A ver si usted, atento y desocupado lector (sea ella o él), me puede explicar, en el supuesto de que, de verdad (de la buena), lo haya comprendido, cómo se compadece el inicio de la carta en cuestión (“Los conflictos políticos se resuelven, en los sistemas democráticos, a través de propuestas políticas que son consecuencia de negociaciones y diálogo”), que suscribió la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, con el comportamiento de parte que tuvo la mencionada los pasados días 6 y 7 de septiembre en la Cámara catalana, en la que mostró, de modo público y notorio, sin ambages, y demostró, de manera patente, bien, a las claras, sin embozos, su faceta independentista, su perfil parcial, su papel preponderante en el (intento de) golpe de Estado. ¿Sus actitudes no dejaron entrever o traslucir lo contrario u opuesto a lo que debe esperarse de quien ha sido elegida para ejercer tan alta dignidad de una manera imparcial: limpieza y respeto máximos a las formas y al fondo de la legalidad vigente? Al negarse el secretario general de la Cámara, Xavier Muro, a publicar la ley del referéndum de autodeterminación en el Boletín Oficial del Parlament (BOP), ¿no permitió, al no oponerse (ni intentar impedir tal desmán), que los cuatro diputados de Junts pel Sí en la Mesa la publicaran sin miramientos, a las bravas? Claro, por supuesto. ¿Tuvo la gallardía de dimitir? No. Por cierto, que me llamó mucho la atención el hecho de que recusara a los doce miembros, doce, del Tribunal Constitucional (me acabo de enterar de que ha llevado a cabo lo propio con los magistrados del TSJC), pero la ilusa y desleal Forcadell, perita en hallar con quién/es romper las hostilidades aun sin haber declarado la guerra (cuando dijo/escribió que “el enemigo es España”, ¿era consciente de que una cosa es el deseo y otra la realidad —como advirtió el inmarchitable poeta Luis Cernuda Bidón—, que Cataluña fue, es y, mientras no se cambien los artículos 1 y 2 de la Constitución Española, seguirá siendo España?), no consideró oportuno dejar a un lado su pasado al frente de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), ni logró aplacar sus inquietudes o querencias soberanistas, al alinearse, de modo meridiano, con los intereses y la estrategia de los secesionistas. Toda la oposición (Joan Coscubiela, de Sí Que Es Pot, estuvo el día 7 en la tribuna a la altura de las circunstancias, genial) coincidió en afearle a Carme Forcadell que hollara y vulnerara de facto los derechos de los diputados. Si la opinión de Xavier Muro no la tuvo en cuenta, lo propio hizo con el parecer del letrado mayor, Antoni Bayona, del que hizo caso omiso; y, asimismo, del criterio del Consejo de Garantías Estatutarias (a pesar de sus insistentes advertencias), que también cayó en saco roto.

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He aquí mi ruego, Expedito

HE AQUÍ MI RUEGO, EXPEDITO

Dilecto Expedito, patrón de las causas justas y urgentes, intercede por mí ante Nuestro Señor Jesucristo para que acuda en mi auxilio en este momento de extremas aflicción y desesperanza (propia y aneja, ajena).

Dilecto san Expedito, tú, que eres protector de las/os militares, las/os jóvenes, las/os cajeras/os, las/os afligidas/os, las/os desesperadas/os,..., ampárame y abastéceme de coraje, fuerza, seguridad y serenidad.

Acoge favorablemente y ejecuta con prontitud el ruego que a continuación te hago: que no se celebre el referéndum ilegal catalán o, en su defecto, en el supuesto de que incluso esto resulte imposible para ti, que no se lleve por delante a nadie, o sea, que no ocasione ningún muerto.

Dilecto Expedito, ayúdame a superar estos días difíciles. Defiéndeme con tu égida de cuantas/os pretenden o molestarme o perjudicarme, y acoge, bajo tu manto, a mis seres más allegados y queridos, amigas/os y familia.

Te ruego, con especial encarecimiento, que no eches en saco roto mi petición y la corones con tu proverbial diligencia.

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Le propongo que sea mi amanuense (II)

LE PROPONGO QUE SEA MI AMANUENSE (II)

“Permítame que insista”, como decía ayer el hoy “todista” Matías Prats en el anuncio de Línea Directa, pero para escribir literatura hogaño conviene ejercer el mismo o parecido oficio que fungía antaño un bululú (que, según la primera acepción que de tal vocablo da el DRAE, significa: “Comediante que representaba obras él solo, mudando la voz según la condición de los personajes que interpretaba —poco más o menos como debía hacer, según una copla del corrector Alonso de Proaza, el primer cuentacuentos de “La celestina”, de Fernando de Rojas: “Si amas y quieres a mucha atención, / leyendo a Calisto mover los oyentes, / cumple que sepas hablar entre dientes: / a veces con gozo, esperanza y pasión; / a veces airado con gran turbación. / Finge leyendo mil artes y modos, / pregunta y responde por boca de todos, / llorando y riendo en tiempo y sazón”—).

Así las cosas, le hago hoy idéntica propuesta a la que le hice la semana pasada, atento y desocupado lector (sea ella y como la miel y se llame, efectivamente, Natalia; o él y como la hiel y su gracia sea, verbigracia, Miguel), que sea o siga siendo mi amanuense, que continúe copiando cuantas palabras profiera mi boca.

Imagine (¡qué contrasentido!, sí) que, por arte de magia blanca, usted ha dejado de ser, ipso facto, Natalia o Miguel, la/el copista de Otramotro, y se ha transformado en bombera/o; y que este menda se ha metamorfoseado, por arte de birlibirloque, en el reciente escritor invidente (ergo, inexperto en cecografía, lego en el alfabeto o sistema ideado por Braille) Homero Borges.

Imagine que en su ciudad natal (que no es en la que actualmente reside, la capital de la provincia) ha habido un terremoto morrocotudo y muchos de sus edificios son ahora escombros, ruinas.

Imagine que usted forma parte del grupo voluntario de su unidad que se ha desplazado a la villa donde impera el caos, donde reina la desolación, para echar una mano (sensu stricto, las dos) y que, tras oír el falto de vigor auxilio salido de una voz débil, ha llegado por una veintena de huecos hasta donde se halla una persona (poco importa su sexo) a la que una columna le ha atrapado las dos piernas y padece unos dolores inaguantables.

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Gregorio es entrañable y admirable

GREGORIO ES ENTRAÑABLE Y ADMIRABLE

“Era lo bastante listo para conocerse a sí mismo, lo bastante valiente para ser él mismo y lo bastante insensato para cambiarse a sí mismo y, al mismo tiempo, seguir manteniéndose auténtico”.

Patrick James Rothfuss, en “La música del silencio”.

De los tres Gregorios, tres, sobre los que me dispongo a discurrir brevemente en este opúsculo, atento y desocupado lector (sea ella o él), a quien le tengo más cariño y le estoy más agradecido es a mi tío (lo llamo así, aunque, en sentido estricto, no lo es) Gregorio. El esposo de mi tía Ramona, que, en realidad, era prima segunda de mi padre, y la recién mencionada nos abrieron de par en par hace muchos años la puerta de su casa en Tórtoles, barrio turiasonense, a toda nuestra familia. No estoy seguro de si fue la primera vez que subimos a Tarazona, pero recuerdo, aunque de manera desdibujada, la ocasión en la que mis hermanos varones y servidor vestíamos camisas estampadas con diversos tipos de barcos y pantalones cortos de color azul marino.

Aunque casi todas las semanas llamo y hablo por teléfono con mi tía Ramona (se pone menos veces mi tío, nonagenario), que viven en una residencia especialmente acondicionada o habilitada para cuidar a personas de la tercera edad, creo que no los veo desde que acudieron con Gabriel, su hijo, al tanatorio a darnos el pésame a mis hermanos y a mí con la tristísima y desgarradora nueva del fallecimiento de nuestra progenitora. ¡Cómo lloraba (demostraba así, sin decir palabra, su mucho pesar por la pérdida de nuestra madre) nuestro tío Gregorio!

Le confieso, sin ambages, atento y desocupado lector (sea hembra o varón), que estoy en deuda con Gregory House, protagonista de la serie televisiva, desgraciadamente, ya clausurada (¡qué pena, pues sus guionistas —con quienes, en puridad, tengo el débito— habían conseguido asimilar la inmarchitable lección de Horacio, o sea, habían logrado extraer todo el jugo o sacado el máximo provecho a los versos 343 y 344 de su “Arte poética”, es decir, a su sabia recomendación de mezclar lo útil con lo dulce!), que se tituló, precisamente, así, como su primer apellido, “House”; porque no solo le debo los buenos ratos que me ha hecho pasar viendo/escuchando sus episodios, sino que me ha abastecido sin querer, involuntariamente, de un número ingente de ideas con las que he procurado enriquecer algunas de mis urdiduras (o “urdiblandas”) en verso o en prosa.

El ficticio doctor House (personaje creado por David Shore), especialista en enfermedades infecciosas y nefrología, casi casi un trasunto de otro personaje ficticio, Sherlock Holmes, el detective salido del magín de Arthur Conan Doyle, eso sí, puesto al día, remozado, modernizado, no obstante sus notorias soberbia intelectual, misantropía (rehúsa, si pude, el contacto con sus pacientes) y egolatría, su manifiesto infantilismo (a veces actúa como si fuera un crío, apostándose con su amigo Wilson, por ejemplo, a ver quién consigue que su gallina —cada uno la suya— pase inadvertida más tiempo a los ojos escrutadores de los agentes de seguridad del hospital, o jugando en dicho recinto con helicópteros teledirigidos), resuelve casos difíciles, salvando, salvo contadas excepciones (la muerte de una paciente, empero, verbigracia, le sigue obsesionando, rondando o gravitando sobre su pesquis, hasta una década después), la vida a numerosos pacientes. Su adicción a la vicodina y al juego (si invierte en bolsa y chantajea a un paciente, rico empresario, es para conseguir que vuelvan a trabajar con él Chase y Taub), el frecuente uso que hace del sarcasmo y su frase proverbial de que “todo el mundo miente” serían ingredientes fundamentales, imprescindibles, de cualesquiera etopeyas que de él, un médico singular, inolvidable, inconfundible, genial, distinto y distante, se hicieran.

A pesar de que en algunos momentos u ocasiones llega a resultar detestable, insoportable e insufrible (incluso para los miembros de su equipo —Foreman, Cameron, Chase, Kutner, “Trece”, Taub, Masters, Adams, Park—, que, antes o después, llegan a la conclusión de que es un médico excepcional, fuera de lo común; para Cuddy, la directora médica del apócrifo Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de Nueva Jersey y, durante algún tiempo, su pareja; para su —¿único?— amigo, el oncólogo Wilson; y acaso también para el espectador, fan o no de la serie), en otros/as todas/os las/os mentadas/os antes, arriba, se lo comerían a besos por ser un hacha o lince en lo suyo, diagnosticar enfermedades y prescribir los medicamentos oportunos para que las/os pacientes sanen, y por tener salidas inopinadas, desopilantes.

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Le propongo que sea mi amanuense (I)

LE PROPONGO QUE SEA MI AMANUENSE (I)

Escribe literatura la persona a la que en su vida cotidiana le suceden hechos reales o fantasea actos imaginarios que ella luego, como hacía otrora un bululú y hace ahora un cuentacuentos o “recitaversos” (sea hembra o varón) contemporáneo, metamorfosea a su antojo con la inestimable ayuda de las palabras existentes (o que ella inventa), de su acervo lingüístico, para que, una vez ha logrado embellecer, asear o afear dichos hechos, los textos resultantes signifiquen lo que ella desea que las/os muchas/os o pocas/os lectoras/es de los mismos interpreten. A veces, las/os lectoras/es interpretan cosas distintas, distantes de las que buscaban sus autoras/es.

Si no tiene inconveniente ni nada mejor que hacer, atento y desocupado lector (sea ella y se llame, por ejemplo, Natalia; o él y sea habitual que se vuelva y responda cuando escucha su nombre de pila, Miguel, verbigracia), le propongo que sea hoy mi amanuense y copie cuanto le dicte, cuanto salga por mi mui. A ver si lo que resulta merece la pena ser leído o ser condenado, sin remisión posible, al cubo de la basura.

Confieso que dedico las mañanas de los sábados a hacer la limpieza general, semanal. Evidentemente, no limpio como lo hacía mi señera y señora madre, Iluminada, a quien, por cierto, critiqué mil veces por ser tan esclava (y hasta maniática) con el piso (lo siento, mamá, pero lamento confirmarte que ya no se puede comer en la taza del váter, como alguien, más de una/o, cuando vivías, comentó, tras haber entrado en el baño y usarlo). Esa es la razón por la que suelo acudir más tarde de lo habitual a la Librería/Papelería “El Cole” para adquirir El País (que acostumbro a dejar pagado con antelación) y echar un vistazo rápido al resto de la prensa, e intercambiar unas cuantas palabras con el dueño, Miguel Ángel, “Fangio”, si no está atareado, y con las/os que allí han acudido, mientras me hallo dentro: Victoria, Natalia, María Jesús, Beatriz, Alfredo, “Javichu”, Jesús, Joaquín, Santiago, “Miguelo”, Pedro, Victorino y/o demás clientes.

Confieso que el pasado sábado, 26, le comenté a Miguel Ángel que la víspera, viernes, 25, como todos los 25, desde que falleció mi progenitora (salvo que el 25 caiga en sábado, pues la eucaristía en sufragio de las almas de mis difuntos padres y hermano pasa directamente al domingo) fui a misa. Quien me conozca de veras advertirá, sin duda, una clara contradicción entre mi comportamiento, acudir a la iglesia, y lo que he reconocido varias veces en la intimidad, que, a pesar de la educación religiosa que recibí (como jamás de los jamases hablé mal, acaso nunca diré pestes de los Padres Camilos, que fueron quienes me formaron y moldearon como persona —aunque no faltará el lector o lectora que señale y me reproche la clamorosa paradoja—; en muchos aspectos de mi personalidad soy quien soy por ellos y si quiero ser cada día mejor persona de lo que soy, en buena parte, se lo debo a ellos) hoy vuelvo a confesarme un agnóstico empedernido, un ateo incorregible, un escéptico redomado.

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Todas/os somos culpables, todas/os, cara/o

TODAS/OS SOMOS CULPABLES, TODAS/OS, CARA/O

“(…) Y aún te diré más, madre mía: todos somos culpables ante los demás por todos y por todo, y yo más que nadie”.

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski, en “Los hermanos Karamazov”.

Si, según he leído en muchos escritos (ora redactados en prosa, ora en verso), ajenos y propios, él es culpable, tú eres culpable y yo soy culpable, cabe colegir lo obvio, que no hay ni sobre ni bajo la capa de ozono un solo hombre (en genérico, hembra o varón) inocente, quiero decir, que todas/os (unas/os en mayor proporción que otras/os, ciertamente) somos culpables.

Así las cosas, me parece bien, correcta, la propuesta, que anda rondándome últimamente la testa, de que, si lo que queremos de verdad es evolucionar, si deseamos mudar a mejor, hemos de adquirir el compromiso ineludible de aspirar a ser más cabales, decentes, exigentes y puras/os de lo que lo somos actualmente, porque, si seguimos procrastinándolo, demorándolo, no mejoraremos nunca.

Me consta que en la Tierra hay hombres (ellas y ellos) ejemplares, inmaculadas/os, íntegras/os, pero son excepciones a la norma. Quienes erramos (por esto, eso o aquello), quienes fallamos un día sí y otro también, somos la regla.

Está claro que un número indeterminado de políticos (politicastros, más bien) patrios que nos han gobernado o representado en las diversas instituciones democráticas del país han sido venables, vendibles. Quizá la profesión o el oficio que ejercen sea más proclive que otras/os a los chanchullos. Pero sobornos se dieron, dan y darán, mientras el mundo siga siendo (in)mundo, en todas/os las/os que son.

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Léame y se leerá

LÉAME Y SE LEERÁ

Escribamos en prosa o en verso, o no escribamos nada de nada, todos los seres humanos, todos, sin excepción, sin importarnos ni importunarnos un solo ápice o pizca cuál sea nuestro sexo, somos (podemos pasar por o aparentar ser) libros, libres libros que nos hacen, precisa y preciosamente, libres.

Así las cosas, como nada de lo humano le (y me) es ajeno, si usted, recientemente, verbigracia, ha perdido por las razones (o sinrazones) que sean a una/o de sus allegadas/os; si ha recibido el enésimo revés sentimental (le han vuelto a dejar por otra/o y a sentirse lo acostumbrado, una mera piltrafa), le recomiendo con especial encarecimiento que siga leyéndome; si lo hace, tal vez deduzca lo que conviene o viene a cuento, que se lee a sí misma/o y logre interpretarse correctamente y, como lógica consecuencia, alcance la extraña bendición (o la rara maldición), que es llegar a la cima, conocerse, entenderse.

Quien lee (lo trenza para usted —y para sí mismo— el lector empedernido que es servidor) suele encontrar en lo que está leyendo en ese concreto momento, tras haber naufragado el bote o buque que, por los motivos que fueran, dejó de mantenerse a flote, una tabla de salvación, que a mí me gusta llamar el abecé de todo fracaso, porque depara, a la vez, el triángulo o la solución amable: alivio, bálsamo y consuelo.

Acaso no sea siempre la panacea, el remedio para cualesquiera males habidos o por haber, pero sí es en numerosos casos el libro que una/o anda leyendo un botiquín de primeros auxilios para el lacerado espíritu.

Horacio acertó de lleno en el centro de la diana cuando escribió en latín los versos 343 y 344 de su celebérrima “Epístola a los Pisones” (obra conocida también por otro título, “Arte poética”): “omne tulit punctum qui miscuit utile dulci, / lectorem delectando pariterque monendo” (“todo el galardón se lo llevó quien mezcló lo útil con lo dulce, al lector deleitando y al mismo tiempo amonestándolo”).

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¿Santallana? ¡Un bululú!

¿SANTALLANA? ¡UN BULULÚ!

Dilecto amigo y heterónimo/seudónimo, Otramotro:

Como sé que te encantan los cuentos, me dispongo a narrarte (a ver si lo hago con arte y, así, logra agradarte) uno que se lo escuché relatar a un bululú que acaso ignoraba que lo fuera, y, además, excelente.

Como te consta, me encuentro, desde el pasado jueves, 20 de los corrientes mes y año, disfrutando de mis merecidas vacaciones estivales en la mayor de las islas canarias, Tenerife. Ayer, quinto (y, si hacemos caso al dicho, no lo hay malo) de mis afortunados días de asueto, me desperté sin haber puesto la alarma del móvil (ergo, sin que la mentada sonara) a las siete y media de la mañana, hora canaria, como es hábito arraigado en mí, mientras discurren, por lo general, las dos semanas placenteras que, desde hace más de tres lustros, suelen durar mis veraniegas estancias anuales en la isla donde se yergue imponente el Teide.

Recordé, nada más abrir los ojos, fielmente, el último sueño que había tenido (desconozco si, mientras dormía, tuve alguno/s más). Había escuchado, embobado, el relato preciso y precioso que había coronado uno de mis excompañeros de Navarrete, Álvaro Santallana Risueño (que, desgraciadamente, murió hace algún tiempo, tras sufrir un infarto de miocardio): después de haber padecido un compañero suyo (ahora no me cabía la menor hesitación de que se estaba refiriendo a mí) un luctuoso accidente de tráfico, no dudó en buscar y hallar apropiado compañero de viaje en un colega de ambos, Carlos Jesús Rojo Manzano, desplazarse desde Zaragoza a Tudela y acudir al hospital para hacerme un visita y darme ánimos.

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Cómo resolverás enigmas, cara/o

CÓMO RESOLVERÁS ENIGMAS, CARA/O

Si, según dicen que dijo Winston Churchill, “Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”, el precio del Fortasec en España es para este menda lo que Rusia para el Premio Nobel de Literatura de 1953.

Quienes me leen con asiduidad saben que he pasado mis vacaciones estivales en la mayor de las islas Canarias, Tenerife, donde se yergue, imponente, majestuoso, el Teide, en concreto, en la patria chica del fabulista Tomás de Iriarte (a él está dedicada, precisamente, su biblioteca pública, cerrada —durante buena parte de mi estancia en la susodicha villa— por cuestiones de inventario —según leí en la nota que aclaraba el hecho y hallé colocada en la puerta de su entrada principal—, razón por la que me vi en la tesitura de tener que buscar y encontrar dónde darle a las teclas de un ordenador —aunque muchas/os no me creen, insisto en airear una vez más lo incontrovertible, que no tengo computadora ni acceso a internet en casa ni en el móvil— en el locutorio “Ciber Espacio”, donde me atendieron diligentemente Wilmer y “Yuri”), el Puerto de la Cruz.

Ignoro, atento y desocupado lector (sea usted hembra o varón), si recuerda cuánto pagó en la farmacia por la última caja de Fortasec (de 20 cápsulas duras de 2 mg de hidrocloruro de loperamida de los laboratorios Esteve) que compró. Servidor, que sí rememora tal hecho, apoquinó 7, 95 euros por dicho envase.

Si usted es de las/os que piensa que en todas las boticas de España el mismo producto debe costar lo mismo, le abriré los ojos: está equivocada/o. Pues la realidad viene a demostrar bien, a las claras, que no es así.

Puede creerme a pies juntillas, porque guardo (tengo a la vista) las dos facturas simplificadas de sendas compras de Fortasec que hice allí. El día 23 de julio, en la Farmacia Plaza del Charco, a las 11: 09, por una caja pagué 6, 68 euros. Tres días después, el 26, en la Farmacia María García Batista, por idéntico envase apoquiné 7, 64 euros.

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Mi opinión sobre el "Trianflor"

MI OPINIÓN SOBRE EL “TRIANFLOR”

No disertaré aquí sobre la ley Campoamor (llamada de tal guisa porque recuerda la cuarteta que todo quisque sabe de dicho poeta asturiano), pero acaso vendría a cuento hacerlo. Siento que me veo (estoy) obligado a dar mi opinión sobre el hotel “Trianflor”, del Puerto de la Cruz, donde he estado hospedado durante dos escasas (así se me han hecho), dos, semanas (desde el 20 de julio al 3 de agosto).

La primera impresión de la habitación no fue la mejor (el mobiliario era antiguo), pero luego le tomé (el roce ya se sabe lo que hace) cariño. La camarera de la habitación, Pilar, una vez le puse en antecedentes de mi problema, satisfizo de modo diligente y solícito mi petición. Las/os camareras/os de comedor y bares (Carolina, Macarena, Marimar, Juan, Juan Manuel, Aurelio, Sergio, Álvaro, Ángel y Machado) me atendieron amablemente. Pude departir con ellas/os de manera amigable cuando su trabajo lo propiciaba, quiero decir, mientras este escaseaba. Lo propio hice con la socorrista, Amelia, y el polivalente o versátil Andrés. Tres cuartos de lo mismo acaeció con la animadora, Raquel.

Mi criterio al respecto es que la calidad humana de las/os trabajadoras/es del hotel suple con creces alguna carencia (verbigracia, no hay cocina en vivo, pero sí hay variedad de bebidas y viandas) advertida.

Si he de poner nota, daré al hotel un 8. Ahora bien, como no soy un autoritario o intransigente, acepto que otras/os puntúen de otra manera.

Seguramente, el año que viene volveré a pasar mis vacaciones estivales en el “Trianflor”.

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Segunda carta apócrifa a Jesús, un amigo de Otramotro

SEGUNDA CARTA APÓCRIFA A JESÚS, UN AMIGO DE OTRAMOTRO

Dilecto Jesús, amigo de este bululú y/o decimero:

Has hecho más que bien, lo correcto y oportuno, al mandarme tu escrito a mi correo personal y no subirlo como un escolio a la urdidura que he publicado hoy en mi bitácora, porque la tunda (figurada) que me dispongo a darte va a ser de las de aúpa.

Quien es cotilla (de cuando en vez o de vez en cuando), quien suele estar tras la escotilla (figurada), no está libre de recibir algún golpe (figurado, siempre figurado) que le rompa alguna costilla (figurada).

Al parecer, querías hacerme algunas consideraciones o comentar algunas cosas, pero “¿comentarme algunas consideraciones?”. ¡Por favor! Sí, sí, al menos, no has escrito que querías comentarme algunos comentarios, que podrías. Comienza a reírte ahora, porque luego, te lo aviso, lo harás aún más, a mandíbula batiente. El texto que he hilvanado y cosido iba muy en serio, sin duda. Lo que te parezca, te parece (esto sí que es propio de Rajoy, sí, según mi criterio, que puede que no coincida con el tuyo, claro).

Yo, de verdad, lo que echo de menos o en falta es cómo puedes escribir “hecho en falta” y quedarte tan ancho o tan pancho. La apostilla es desopilante, risible hasta no poder más, ¿verdad? Pues lo siento, pero ha ido a parar o caído ahí, sí, al saco roto. Por cierto, ¿te has dado cuenta de que echar en falta y echar en saco roto se escriben sin hache? Espero y deseo que, a partir de hoy, esto no lo olvides jamás de los jamases, no lo pases por alto nunca.

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Primera carta apócrifa a Jesús, un amigo de Otramotro

PRIMERA CARTA APÓCRIFA A JESÚS, UN AMIGO DE OTRAMOTRO

“Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera”.

Albert Einstein

Dilecto Jesús, amigo de este bululú y/o decimero:

Desde hace un lustro, poco más o menos, cada vez que me preguntan quién es mi mejor amigo, interrogación directa que brilla por su ausencia (expresión que, por cierto, tras ser empujado al ruedo y dejarme llevar por el espíritu de contradicción, al que soy tan asiduo, y, asimismo, a fin de favorecer que emerjan y fluyan unas cuantas risas y refutar lo que significa hoy el adjetivo tácito —según el DRAE, callado, silencioso y que no se expresa, pero se sobreentiende, entre otros significados—, expresión que, itero, debemos al historiador romano Tácito), pues nadie me la suele hacer, a no ser que este menda haya sufrido los rigores de un transitorio trastorno mental y, como consecuencia del susodicho o tal, servidor se la haya formulado a sí mismo, cuestión que cabe tomar, claro está, como la excepción a dicha regla, acostumbro a contestarme lo esperado y obvio (al menos, para mí), que mi mejor amigo, dejando a un lado el caso excepcional, por extraordinario, de los Luises (Calvo Iriarte y de Pablo Jiménez), a quienes tomo (y trato) como lo que son, hermanos (algo parecido sostuvo hace la tira de años Demetrio de Falero, cuando adujo que “un hermano puede no ser un amigo, pero un amigo será siempre un hermano”) míos, prolongaciones humanas de mi ser (tres cuartos de lo propio dijo Aristóteles cuando, ignorando la trascendencia que iba a tener una inmarchitable definición que dio de amistad —pues es rememorada por mí hoy, veinticinco siglos después de que fuera expresada por el estagirita— aseveró que esta es “un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita —qué te apuestas a que no falta el corrector, sujeto u objeto, humano o inhumano, que enmienda dicho verbo y lo mejora al mudarlo por palpita— en dos almas”), eres tú, Jesús, te llames en la vida real así, Manuel, o con el nombre doble, compuesto, Jesús Manuel.

Como ahora (en sentido estricto, desde hace unos días) me hallo leyendo la novela más extraña de Mario Vargas Llosa, “El hablador”, te urdiré lo que creo a pie/s juntillas (que es, ciertamente, una de las locuciones adverbiales más raras, por desconcertantes, en español, sí, sin duda), que te pareces un montón a Saúl Zuratas, que eres el vivo retrato físico o prosopografía de Mascarita; así que tienes esa misma mancha (la tuya no es de nacimiento) en uno de los lados de la cara. Si pruebas a mirarte en el primer espejo que encuentres y no la hallas en tu faz, no la eches de menos, porque, a pesar de que eres un sol, si la mancha obrara en tu rostro advertirías en las miradas de cuantas/os te vieran expresiones cristalinas de asco, grima y/o tirria (por separado o a un mismo tiempo, a la vez). Si la hallas, es el cardenal que te salió ayer. Cuando ibas de paseo con tu pareja, viste cómo un chulo desalmado le andaba meneando el zarzo, quiero decir, le estaba zurrando la badana a una de sus izas y, tras juzgar tú en un santiamén que estabas obligado a intervenir, a meterte en medio, para que cesara la tunda de golpes, te llevaste una buena galleta del proxeneta.

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Lunes, 25 de septiembre

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