El Blog de Otramotro

Para Pinocho

PARA PINOCHO

(POLITICASTRO)

(MENDAZ ASIDUO)

Desde ayer por la tarde, anda rondándome la “trasta” (de esa guisa solía llamar —sobre todo, cuando uno o varios de sus hijos nos comportábamos como singular, dual o plural trasto—, mi señera y señora madre, Iluminada, lamentablemente finada, a la testa) el estribillo de una canción irónica, popular, que solíamos cantar en grupo, a cappella —el DRAE, por fin, ha seguido la recomendación que le hizo el Diccionario panhispánico de dudas y ya la ha adoptado en su seno y adaptado gráficamente al español con la forma a capela—, cuando estábamos en Navarrete, en el colegio, postulantado o seminario menor que regentaban los Padres Camilos, e íbamos a pasar el fin de semana de acampada (a “El León Dormido” o a la sierra de Codés):

“De mi suegra no hables mal / Porque la defiendo yo; / Y si la quieres quemar / La leña la pongo yo (bis) / Y las cerillas también; / De mi suegra no hables mal, / Porque la defiendo yo”.

Siguiendo la estela que ha dejado en mi ánimo y mi memoria la tónica irónica y festiva del estribillo antedicho, me ha nacido la idea de trenzar una cancioncilla censurando las medias verdades (que para el grueso de la ciudadanía suelen ser las peores de las mentiras) a las que son tan aficionados (y hasta adictos) muchos de los políticos patrios:

Se lo merece, / Se lo merece; / De nada vale / Que rece y rece. // Se lo merece, / Se lo merece; / Conforme miente / Su nariz crece.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Fui el autor de ese fracaso

FUI EL AUTOR DE ESE FRACASO

Como he dejado constancia antes de ello en otros sitios (considerando, imitando, recordando, remedando o teniendo en cuenta y/o muy presente —déjate, por favor, de tanta cháchara y ve, Otramotro, por Dios, aunque solo sea esta vez, al grano—, urdiré el gerundio que más conviene que trence, si pretendo ser sincero, que esa y no otra es mi intención, serlo), plagiando qué opinaba en su famoso poema “If” (“Si...”) sobre el éxito y el fracaso el Premio Nobel de Literatura de 1907 Rudyard Kipling, aquí también sostengo idéntico o semejante parecer al suyo, que el triunfo y la derrota no son más que dos apodícticos impostores. Ciertamente, para apoyar dicha tesis, la vida nos viene abasteciendo o suministrando innúmeros casos y cosas, esto es, demostrando un día sí y otro también que, a veces, en los momentos de máxima euforia, cuando uno tiene la autoestima por las nubes, tras haber destapado, acaso sin querer, la redoma o el tarro donde suele mantener encerrado, recluido, a su diablo, su yo más repugnante, el de odioso e idiota, por engreído, jactancioso o presuntuoso, uno, itero, puede llegar a creerse el rey del Mambo. Luego ya se encargará de hacer acto de presencia el tío Paco con el cepillo para coronar la necesaria y oportuna rebaja.

El miércoles pasado, 19, publiqué a las catorce horas, como es costumbre arraigada en mí, en mi bitácora el texto que titulé “La Alhambra deslumbra al hombre”, que versaba sobre un anuncio de CERVEZAS ALHAMBRA y las consecuentes, lógicas y normales sinestesias que suele propiciar o provocar un consumo responsable de las tales (por cierto, aquí, a renglón seguido, no he tenido que colocar el imprescindible y habitual “de Mileto”, complemento del nombre cuya ciudad griega identifica a uno de los consabidos Siete Sabios de la Hélade). Bueno, pues todas las veces que hice referencia a la mencionada marca cervecera en dicho escrito esta apareció, mutatis mutandis, en toples, sin portar la preceptiva hache. Al menos, dicho en descargo de este menda, fui coherente, congruente. Nadie me advirtió del craso error que había cometido. Cuando, mediada la tarde, reparé en él, seguí la enseñanza que otrora había extraído de una lección que me impartió Confucio (“Quien comete un error y no lo corrige comete otro aún mayor”) y procedí a subsanarlo de inmediato. Ese mismo día, a las siete de la tarde, leí en la edición digital del diario La Razón lo que catalogué como un mero bluf, una neta broma (de pésimo, escaso, mal, ningún, buen, bastante u óptimo —usted, atento y desocupado lector, sea ella o él, se encargará, si no arguye objeción al respecto, de tachar lo que no proceda— gusto), que la presunta agencia espacial European Space Corporation, ESC, según daba a entender en su página web, ya había comenzado la cuenta atrás para el lanzamiento, que no miento (porque, insisto, eso leí), hoy, viernes, 21 de abril, de la primera misión a la luna de un asno vizcaíno, un “euskalburro” de la comarca de las Encartaciones.

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Que no haya novedad

QUE NO HAYA NOVEDAD

Considerando que “el hombre propone, pero Dios dispone”, según la sentencia “homo proponit, sed Deus disponit”, que podemos leer en la “Imitación de Cristo” (1. 19. 9), de Tomás de Kempis, paremia que recuerda el comienzo de Proverbios, 16 (“El hombre dispone su camino, pero a Dios le corresponde dirigir sus pasos”), que solían airear nuestras/os abuelas/os, y que Luis Cernuda Bidón reunió el grueso de los poemas que había compuesto hasta entonces bajo el título de “La realidad y el deseo” (1936), podemos jugar a juntar las ideas que destilan o exudan el adagio y el rótulo del poemario cernudiano, a fundirlas y de la extraordinaria fusión, que no confusión, resultante extraer algún pensamiento, verbigracia, este, que el hombre, ente anhelante ante todo, alumbra deseos sin cuento (que tal vez luego ose cantar o contar) y que Dios, Natura o la realidad apodíctica, impone sus certezas, sus verdades, a todos los hombres (ora hembras, ora varones), sean cuales sean sus edades.

Mi difunto y dilecto tío Jesús, “el Vasco” (además de “el Pato”), a quien más de una tarde y más de media decena o docena escuché, embelesado, narrar peripecias que vivió siendo joven, durante la Guerra Incivil española, habiendo cumplido los sesenta, que fue cuando más lo traté, solía despedirse presencialmente y/o por teléfono de idéntica manera, deseando que no hubiera novedad, pues la susodicha llevaba aparejada, indefectiblemente para él, pesimismo, accidente y aun muerte. Así que, para atenuar, cepillar o mitigar el evidente pesimismo que acarreo en mis genes, suelo elegir, para compensar, el disfraz de optimista, que, según me confiesan unos y otros, tan bien me sienta.

Ergo, fue el mentado optimismo, del que hablo en el párrafo anterior, el que motivó y/o propició que escribiera la décima espinela que titulé “¿La alcachofa? ¡De Tudela!” y subtitulé “¡Qué agradecida es, Adela!”, cuyos diez versos octosílabos decían y dicen así: “Si invitas este año, Adela, / A tus de Pamplona amigas / Para el Ángel, unas migas / Os hará tu abuela Estela / Y alcachofas de Tudela / Para hartaros en las Norias, / Donde ene cuentos o historias / De Amor y humor han brotado / Que aún no se han agotado, / Pues siguen pariendo euforias”.

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La Alhambra deslumbra al hombre

LA ALHAMBRA DESLUMBRA AL HOMBRE

LA CERVEZA QUE ALUMBRA SINESTESIAS

De vez en cuando (o de cuando en vez), alguien me vuelve a hacer la pregunta (¿de dónde extraes, Ángel, tantas ideas sobre las que luego escribes?) que más me agrada contestar. Básicamente, de mis propias experiencias, es decir, de cuanto me acaece (suelo responder, de manera leal y sincera) y de las numerosas lecturas (y posteriores reflexiones que sobre ellas llevo a cabo) que hago.

Aunque usted, atento y desocupado lector, sea ella o él, no me crea, es una verdad como una catedral de grande que saco los motivos sobre los que después extravago hasta de los anuncios, sí, que no paso por alto, no, sino que también paso por el doble cedazo o tamiz de mis ojos, por la sencilla razón de que uno, aunque sea intuitivo, no siempre acierta a oler dónde va a brotar, nacer o surgir el quid sobre el que, de inmediato, va a poder urdir una décima espinela, un soneto o un artículo de opinión, más o menos extenso.

Como para muestra, según airea el dicho, basta con presentar un solo botón, doy el paso para ofrecérselo con sumo gusto. El pasado Viernes Santo, 14 (aunque en la portada aparece escrito sábado, 15 de abril), en la página 57 del Suplemento de Moda, SMODA, del diario EL PAÍS (número 225, de mayo de 2017 —sí, sí, ya sé que aún estamos en el mes de abril, pero aquí me limito a ser fiel con cuanto leo, haya o no error de bulto en lo que viene expresado—), en el anuncio, en versales, de CERVEZAS ALHAMBRA, como arranque del segundo párrafo, leí, tras el subrayado TIEMPO, que culmina el primero, que “el tiempo hace que las manos escuchen, que los ojos toquen, que los oídos vean más allá”.

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¿Se debe/puede tolerar lo intolerable?

¿SE DEBE/PUEDE TOLERAR LO INTOLERABLE?

¿POR QUÉ HE DE COMULGAR MUELAS/RUEDAS DE ACEÑA?

Varias personas allegadas (el grueso de las mismas lo conforman, atento y desocupado lector —seas hembra o varón—, amigas/os y/o deudos del abajo firmante, tu seguro servidor) me han hecho llegar mediante el oportuno correo electrónico o la pertinente llamada telefónica sus discrepancias con u objeciones a determinados criterios que he vertido en uno o en varios de los últimos escritos que he urdido y han sido publicados aquí o en mi bitácora, el blog de Otramotro. La mayoría entienden que yo defienda a machamartillo lo que considero precipuo, que todo ser humano puede expresar en todo momento y lugar las ideas u opiniones que tiene, sean estas del signo que sean, pero no les cabe ni entra en la cabeza o cuadra que no siempre respete o tolere a ultranza el contenido y/o el continente de las mismas.

Así que hoy y aquí intentaré explicarme y contestar a esta pregunta en concreto: ¿No se degrada, deshonra o prostituye, al menos intelectualmente, quien da su plácet o dice amén a cualesquiera bajezas morales buscando obtener a cambio, como compensación o contrapartida, cierto/s beneficio/s?

Para que mi parecer al respecto quede fijado negro sobre blanco y no se me vuelva a malinterpretar, procedo a dar cuenta del mismo por extenso.

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Una dorada cruz porto en el pecho

UNA DORADA CRUZ PORTO EN EL PECHO

“El Valle de los Caídos alberga la cruz cristiana más grande del mundo, con doscientas mil toneladas de peso y ciento cincuenta metros de altura, el triple de lo que mide la torre de Pisa. Y eso es por que Franco quería que esa cruz se viera de lejos; normal, porque ¿quién va a querer ver esa mierda de cerca?”.

Dani Mateo, en “El Intermedio”, programa televisivo de La Sexta, presentado por José Miguel Monzón, el Gran Wyoming.

“En ningún caso quisimos ofender el sentimiento religioso de nadie, lo que hicimos fue burlarnos de un monumento en concreto, el Valle de los Caídos, o como lo llama Dani Mateo, esa mierda. Sin duda, una expresión bastante desafortunada porque allí está enterrado el generalísimo. Lo correcto sería llamarle la mierdísima”.

El Gran Wyoming

De verdad (de la buena —bueno, bueno, no tan buena—, porque siempre hay quien, aunque escuche el mejor chiste del mundo contado durante el pasado año, que puede que sea considerado por el jurado de prestigio conformado al efecto, a su vez, el mejor de toda la historia, nunca se ríe), no me explico por qué se ha armado una cantera o levantado una polvareda con ocasión de las gracias manifestadas por Dani Mateo y el Gran Wyoming en “El Intermedio”. Le relataré, atento y desocupado lector, sea usted ella o él, qué le he escuchado narrar varias veces (y, según él, un perito bululú o cuentacuentos, le sucedió) a mi querido amigo Emilio González, “Metomentodo”, con quien, hasta muchas/os de las/os que nos conocen a ambos desde la más tierna infancia, me suelen confundir.

Como hace ya más de cinco años, un largo lustro sin lustre, que anda en (el) paro y, ahíto de hacer copias y más copias de su curriculum vitae, harto de remitirlas otrora por correo ordinario y ahora por correo electrónico a mil y una empresas (alguna incluso ha sido entregada por él en mano) y, por tanto, de seguir con cara de pocos amigos (no sé qué opina usted al respecto, pero yo no he visto, reflejada, eso sí, en el espejo del recibidor de mi casa, una cara más sonriente que la mía que cuando me coloqué frente a él tras haber logrado poner mi firma en el primer contrato de mi vida laboral —mi primer trabajo fue como vigilante de noche en un hotel—), sin curro, tuvo la genial idea de agregar, en la última versión que hizo de su currículum, su triple inclinación de autodidacto, coñón y escatólogo. Cuando fue a su última interviú de trabajo mi amigo había supuesto que el entrevistador de turno, en el supuesto de que le hubiera echado un ojo previo, rápido, al mentado, no habría tenido en cuenta, quiero decir, que no se habría detenido, vaya, en la triple y breve índole que ahora lo coronaba, pero allí, durante la susodicha interviú comprobó que él, que tiene el hábito de afear y censurar cuantos prejuicios advierte en las/os demás, también acarrea los suyos. Ya que, si el entrevistador lo escogió entre el resto de los candidatos y llamó para entrevistarlo fue, según le confesó luego, por esta intrigante razón, por que advirtió que podían ser ciertas esas tres verosímiles circunstancias suyas. Así que, a la pregunta de por qué había escrito autodidacto y no autodidacta, contestó lo obvio, que si él era adicto al DRAE, consecuente y varón lo lógico era que usara el masculino, al tratarse de un adjetivo de dos terminaciones, aunque la gente utilice normal e indistintamente autodidacta. A la pregunta de por qué se consideraba un coñón, respondió lo que cabía esperar, que le gustaba reírse de todo y con todos (incluido de sí mismo, sí —al día siguiente me confesó que me había plagiado amistosamente cuando le adujo, de memoria, la pregunta con la que suelo desarmar a las/os desavisadas/os: “¿Qué alta inteligencia, si de verdad lo es, será incapaz de esbozar, de buena gana, una ingenua sonrisa y hasta de soltar, de buen grado, una sonora carcajada al contemplar su propia caricatura?”—). A la pregunta de por qué se tenía por escatólogo, demostró que había sido coherente y/o consecuente al haber indicado en su currículum esa triple condición, pues fungió, sin duda de guasón y/o zumbón, pero de los de marca mayor (lo que es una verdad como un templo) cuando le contestó que eso lo comprobaría él, como responsable de recursos humanos de la empresa, por su propia cuenta y riesgo, si lo contrataba, ya que en castellano el vocablo “escatología” tiene dos significados tan alejados o dispares (parecidos o próximos, según se mire) como así lo señala el DRAE: “Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba” y “1. Coprología (o sea, estudio de los excrementos sólidos con diversos fines científicos). 2. Uso de expresiones, imágenes y temas soeces relacionados con los excrementos”.

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No corren, no, buenos tiempos para la libertad de expresión

NO CORREN, NO, BUENOS TIEMPOS PARA LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Como habrá comprobado usted, atento y desocupado lector (sea hembra o varón), por su cuenta y riesgo, no corren, no, buenos tiempos para la libertad de expresión (el abajo firmante, su seguro servidor, abunda con cuantas/os aducen y se cuenta o suma entre quienes sostienen que el humor no es más que un instrumento adecuado o una herramienta apropiada o una forma sutil para expresar nuestro amor por la libertad; y es que servidor ha sido, es y, si sigue viviendo —barrunto, intuyo o sospecho— será autor, corrector —por contener, portar o portear, asimismo, uno o varios críticos literarios— y firmante de más de un texto satírico).

Le supongo conocedor, si no íntegramente, al menos, sí de una mínima parte de lo que le ha acaecido en el ámbito judicial (o aún mejor, de la roca de Sísifo que le ha caído encima) recientemente a Cassandra Vera, que ha sido condenada a un año de cárcel (y varios de inhabilitación) en la Audiencia Nacional por humillación a las víctimas del terrorismo al haber tuiteado unos chistes (con mucha, poca o ninguna gracia —tache usted lo que no proceda—) sobre el occiso presidente de Gobierno Luis Carrero Blanco. Acato (y, si continúa leyendo lo que sigue, comprobará mínimamente también su anagrama inconcuso, que ataco) la decisión judicial; por cierto, como hago con todas; ahora bien, reconociendo sin rodeos que carezco de los mínimos conocimientos jurídicos (y acaso, por ello, me meta ahora en un fregado) para poner en tela de juicio la mentada, lamentada y lamentable (para una legión de opinadoras/es) sentencia, disiento de la misma por esta sola razón, por que me parece una barbaridad y no una broma pesada, sino una pasada, ya que, si consideramos, hacemos caso o tenemos en cuenta otras resoluciones judiciales recientes (ajustadas igual y seguramente también a derecho), advierto, en un raudo y somero cotejo entre la una y las otras, un claro agravio comparativo, una mala pasada, en la impuesta a la joven citada, universitaria, pues está cursando la carrera de historia.

Ciertamente, las leyes las hacen los hombres a fin de que sirvan para lograr los fines previstos y se cumplan. Me interrogo y te pregunto: ¿Todos y cada uno de los preceptos constitucionales se cumplen a rajatabla? A mí me consta que no; así que habrá que cambiarlos para que nos sean útiles y se cumplan. ¿Las penas que recoge el actual y vigente Código Penal son justas? Si no lo son, habrá que mudarlas para que lo sean y se cumplan.

Como, en cuanto concierne a la libertad de expresión, sigo pensando tres cuartos de lo mismo que pensaba hace una docena de años, transcribiré inmediatamente (salvo alguna adición, muda o supresión) lo que urdí en el artículo que titulé “Libertad de pensamiento y expresión” y fue publicado, además de en mi bitácora, el blog de Otramotro, en el portal Voto en Blanco:

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Las prisas nunca fueron buenas consejeras

LAS PRISAS NUNCA FUERON BUENAS CONSEJERAS

Las prisas nunca fueron, ni son, ni serán (lo he comprobado un montón de veces, lo compruebo un día sí y otro también y, si sigo viviendo, intuyo que lo comprobaré otro acervo de tales, seguramente) buenas asesoras. Que por qué he venido hoy aquí a trenzar semejante perogrullada. Por lo que el lector, sea ella o él, si continúa leyendo, podrá confirmar o ratificar por su propia cuenta, meridianamente.

Acabo de leer en la edición digital de La Vanguardia la noticia, que firma Leonor (si no se molesta usted —no hallo, porque no hay en mis palabras, un ápice, mínimo o pizca de mala intención, de veras—, le diré que he caído en la tentación que me ha hecho mi diablillo y me he puesto el disfraz de “Chiquito de la Calzada ” y, jugando con su nombre de pila, lo he descompuesto, como acaso haría el tal, en Leo-no-r) Mayor Ortega, en torno a la pregunta en verso que el diputado del PSOE Torres Mora le ha hecho al ministro de Hacienda, Montoro, pero que, debido a la ausencia de este, ha tenido que contestar el de Educación, Cultura y Deporte y, asimismo, portavoz del Gobierno, Méndez de Vigo.

Leonor (le puedo asegurar que todos los seres humanos tenemos un mal día, todos; le puedo aseverar, otrosí, que el abajo firmante, que no es una excepción a dicha regla, también) escribe al final del primer parágrafo de su texto que la pregunta la ha hecho “en forma de soneto”. Lamento tener que contradecirle, pero la composición del parlamentario, que efectivamente, contiene catorce versos descabalados, pues no son endecasílabos (no miden las preceptivas once sílabas, ni llevan el acento en la sexta —ni son sáficos, que, como usted sabe, los portan en cuarta y octava—), en los que cabe advertir dos falsos —al principio, pensé que podrían ser alejandrinos, pero no, tampoco— cuartetos y dos falsos tercetos (ni siquiera el segundo pseudoterceto respeta la rima consonante o perfecta de “-uestos” con “argumentos”), no es un soneto. En el segundo de sus párrafos afirma que: “Torres Mora se ha dirigido al ministro de Cultura, Méndez de Vigo, con tono gongoriano y se ha interesado por el hecho de que el Gobierno no haya bajado el IVA al cine con dos cuartetos y dos tercetos muy trabajados”. Ese es su parecer. Errado, sin duda. Ya he explicado someramente por qué no son dos cuartetos ni dos tercetos arriba. Mi criterio, que disiente abierta y completamente, del suyo, es otro. Ignoro si Leonor ha leído alguna vez (perdone que use vitriolo o vierta aquí un humor sarcástico, pero me ha venido, velis nolis, impuesto) un soneto de Góngora. Puede. Ahora bien, me apostaría doble contra sencillo (dos cafés contra uno; que yo, al menos, procedo de familia humilde) a que no ha leído a ningún crítico literario (ella o él) que haya coronado alguna exégesis, por breve que haya sido esta, sobre algún soneto del poeta más culterano del Barroco español. ¿En qué me baso? En que es la primera vez que veo escrito el adjetivo “gongoriano”, así, porque siempre había leído y oído el aceptado por el DRAE y correcto, gongorino.

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El escrache es estupendo

EL ESCRACHE ES ESTUPENDO

Anteayer me llamó mucho la atención que los cuatro diarios de papel de la capital, de ámbito y tirada nacional, El País, El Mundo, ABC y La Razón, escribieran sendos editoriales por el asalto y la ocupación que una treintena de miembros de Arran, organización juvenil afín a la CUP, intentaron a la sede barcelonesa del PPC, sin embargo, eso mismo no sucedió con los dos grandes periódicos de la Ciudad Condal. Ignoro los porqués no le dieron la misma importancia al reprobable escrache los directores de La Vanguardia y El Periódico. Me resultó llamativo y sintomático el proceder, por el desmarque al unísono, de los susodichos; esa es la verdad, lo que yo entiendo por mi verdad.

Abundo con lo que dice en el primero de sus párrafos el editorial de El País, que “todas las ideas han de poder expresarse en libertad”. Y con lo que añade a continuación, que “resulta muy preocupante que intenten utilizar la intimidación para hacer valer sus posiciones y asusta imaginar de lo que serían capaces si tuvieran la más mínima posibilidad de tener éxito en sus pretensiones”.

Coincido con el pensamiento que recorre el editorial de El Mundo, pero discrepo abierta y públicamente de la idea que lo encabeza, esta, que “la democracia exige respetar todas las opiniones”. He de decir (escribir, en este caso) que no concuerdo ni mucho, ni poco, ni nada (de nada) con dicho parecer. La democracia lo que sí permite es que esas ideas puedan expresarse, como sostiene el editorial de El País. Lo de respetarlas, eso en concreto, ya es harina de otro costal. Y es que solemos repetir hasta la saciedad la gran necedad de que todas las ideas u opiniones son respetables, sin darnos cuenta, en verdad, de la barbaridad que soltamos. Quizás esto ocurre así porque no tenemos suficientemente claro, cristalino, lo que debería quedar palmario o patente y sentado: que lo que se ha de respetar en todo momento y lugar, o sea, siempre, es el hombre, el ser humano, la persona, y su facultad de pensar y expresar lo pensado. Ahora bien, lo que puede salir del caletre y por la mui o la péñola de alguna/o puede ser lo más idiota (y nadie, ni siquiera usted, atento y desocupado lector —sea ella o él— ni tampoco servidor, por supuesto, estamos libres de ello), lo más imbécil, lo que sería estúpido, a todas luces, que fuera, al menos intelectualmente, respetado. Lo que sí hay que hacer con lo sandio es objetarlo y argumentarlo, quiero decir, hacer ver al otro (u otra) qué nos ha llevado a considerarlo así y contradecirlo con razones de peso para que no vuelva a ser sostenido por otra/o sin escarnio. Pondré un ejemplo. Los miembros de la susodicha Arran, que fuera del local del PPC profirieron gritos a favor de la independencia, el socialismo y el feminismo, sostuvieron la idea de que “sin desobediencia no habrá independencia”, lo que no hallo cuestionable y merece mi respeto, sin ambages. Ahora bien, ¿lo merecen estas otras palabras que también adujeron, que “no pediremos permiso ni tampoco perdón; estamos dispuestos a defender por todos los medios la autodeterminación?”. Pues no. ¿Se habrán dado cuenta ya de la sandez manifiesta que dijeron, de que, en el hipotético caso de que aún sigan sosteniendo contumazmente lo mismo, defienden como axioma apodíctico lo que, en sentido estricto, no es más que un mero sofisma, que el fin justifica los medios? Daremos tiempo al tiempo. Esperaremos. Veremos.

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Quien generaliza yerra

QUIEN GENERALIZA YERRA

Y, SI ES MACHISTA, MÁS YERRA

Tengo para mí que todos los seres humanos que fuimos, somos y seremos (por el mero hecho de serlo —“errare humanum est” dijeron y dejaron escrito en letras de molde nuestros antepasados, los romanos—, erramos ayer y hoy y, seguramente, erraremos también mañana), que alcanzamos o alcanzaremos la edad adulta, que gozamos o gozaremos del pleno uso de nuestras facultades intelectuales, hemos sido, somos y/o seremos alguna vez a lo largo de nuestra vida injustos. Así las cosas, tal vez solo nadie pueda agacharse, coger del suelo una piedra y tirarla para lapidar a quien sea, porque únicamente quien no haya generalizado alguna vez, quiero decir, quien no haya juzgado que para él (en el supuesto de que se trate de ella, para ella), según su criterio, es distintivo, pertinente y relevante extrapolar, por simple o sencilla inducción, desde su personal (y puede que intransferible) punto de vista, perspectiva o visión, de lo particular lo general, de lo individual lo universal, queda excluido de la susodicha regla; pensamiento que, si usted, lector, lo mira bien y remira mejor, acaso coincida conmigo en que no deja de ser, por cierto, otra generalización.

En el día de la fecha osaré agregar, asimismo, que incluso algunos de los animales que tomamos por irracionales generalizan. ¿Quién no ha usado alguna vez en alguna conversación para dar cuenta de la mentada generalización esa paremia española que dice que “el gato escaldado del agua fría huye”?

Considero que quizás pueda servir como ejemplo de generalización ese axioma, en sentido estricto, puro sofisma, que aprendí en COU, en la clase de Filosofía que nos impartió Paco Pérez, nuestro profesor, y llamó “navaja de Ockham”, principio metodológico que dice que “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”. Ahora bien, conviene añadir que aquí probabilidad solo significa verosímil o fundada apariencia de verdad, no certeza (y menos aún) absoluta.

Los tres párrafos precedentes vienen a cuento de lo que sigue. Jeroen René Victor Anton Dijsselbloem, actual presidente del Eurogrupo, echó mano de las palabras que van entrecomilladas a continuación en una entrevista que concedió al periódico alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung: “Como socialdemócrata, concedo a la solidaridad una importancia excepcional. Pero el que la solicita tiene también obligaciones. Yo no puedo gastarme todo el dinero en copas y mujeres y pedirte luego que me ayudes”.

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¿Triunfo y fracaso? ¡Impostores!

¿TRIUNFO Y FRACASO? ¡IMPOSTORES!

Acabo de llevarme a los ojos el último artículo, con título en inglés, “Fast Feed” (“Alimentación rápida”) de Risto Mejide, publicado el domingo pasado, 19 de marzo, en El Periódico. En él viene a hacer lo que ha llevado a cabo muchas veces el abajo firmante, su seguro servidor de usted, lector (sea ella o él), la crítica de la crítica. El crítico (tendemos a quedarnos habitualmente con la segunda acepción que da el DRAE del verbo criticar, “hablar mal de alguien o de algo, o señalar un defecto o una tacha suyos”, y pasar por alto la primera, “analizar pormenorizadamente algo y valorarlo según los criterios propios de la materia de que se trate”), para serlo en toda su extensión, ha de decir qué le ha gustado y qué le ha disgustado de lo que sea que critique y dar sus argumentos o razones que apoyen dichos pareceres.

Más de una vez he leído lo que Mejide (lo ha confesado en varios sitios) ha vuelto a iterar aquí, en el artículo mentado (y me veo empujado a elogiar su gesto de sinceridad), que se siente un intruso, un impostor. Borges, autor de innumerables frases memorables (como para muestra basta con un botón, ahí va una de su vasta cosecha: “Todos caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes”), escribió (acaso sería más apropiado urdir que talló la siguiente joya) en “El palabrista”: “El azar (tal es el nombre que nuestra inevitable ignorancia da al tejido infinito e incalculable de causas y efectos) ha sido muy generoso conmigo. El azar dice que soy un gran escritor. Agradezco esa curiosa opinión, pero no la comparto. El día de mañana algunos lúcidos la refutarán fácilmente y me tildarán de impostor o de chapucero o de ambas cosas a la vez”.

A Risto, por lo que leo, parece importarle e interesarle solo el fondo del asunto. A mí como el fondo suele ir acompañado de la forma, y viceversa, me importan e interesan ambos (sobre todo, si hay, o no hallo, coherencia y cohesión entre ellos). No obstante, abundo con él (quiero decir, me cuento entre quienes detestan que a uno lo rapen sin haber decidido él, por propia iniciativa, ir a que le hiciera dicho corte su asiduo peluquero) en que no soporto que nadie nos tome impunemente el pelo, se ría de nosotros (y menos aún, en nuestra misma cara).

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Todos somos muy ignorantes

TODOS SOMOS MUY IGNORANTES

“Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”.

Albert Einstein

Reconozco que no vi el domingo pasado por la noche la última entrega de “Chester in Love” (dediqué el tiempo que duró la emisión de ese espacio televisivo a coronar otro u otros menesteres), programa de entrevistas que conduce Risto Mejide, en el que José Miguel Mulet Salort, doctor en Bioquímica y Biología Molecular, profesor de Biotecnología de la Universidad Politécnica de Valencia, a quien conozco por los artículos científicos que publica y leo en El País Semanal, refutó con razones de peso la apologética y elogiosa opinión que sobre el libro “La enzima prodigiosa”, de Hiromi Shinya, sostenía (desconozco si todavía sostiene) Mercedes Milá.

Tras la exposición razonada del mentado profesor, Mercedes, ante la falta de argumentos con los que objetarle, reaccionó de manera extemporánea y disparatada, es decir, salió por peteneras, pues solo acertó (sensu stricto, hizo lo opuesto) a espetarle esto: “Lo primero que te digo es que adelgaces, porque estás gordo”, una clara salida de pata o pie de banco. Ergo, lo lógico y normal en un ser humano, marró morrocotudamente. Desde que lo adujeron y escribieron los romanos, somos legión las personas que venimos iterando el latinajo que proclama que “errare humanum est” (que, tras la perceptiva coma, suele completarse con “sed perseverare diabolicum”), o sea, que errar es humano, pero perseverar en (claro está, el yerro) diabólico”.

En las redes sociales (que, a veces —aunque no faltará quien refiera las razones que le lleven a pensar que siempre—, parecen peores que mil y una jaurías juntas) a Mercedes Milá, que se equivocó, según mi parecer (no me cabe la menor duda), le han zurrado la badana. Le han dado hasta en el carné de identidad, hasta en el cielo de la boca.

No sé si lo de Mercedes fue una muestra de engreimiento, de presunción, de soberbia, de vanidad. Eso solo lo sabe ella, si es que ha hecho el preceptivo examen de conciencia. Pero, pregunto al atento y desocupado lector (sea ella o él) de estos renglones torcidos, ¿quién no ha cometido alguna vez en su vida un “pecado” de envanecimiento? ¿Quién? El abajo firmante, seguro servidor de usted, confiesa hoy públicamente, sin ambages, que ha incurrido (y más de una vez) en él.

Así que, a cuantas/os hemos lapidado alguna vez a quien fuera, antes de disponernos a hacer otra vez tal cosa con quien sea, he decidido imitar a Jesús de Nazaret y rememorar y decirme y deciros o decirles a las/os pocas/os lectoras/es de este texto lo que él, según narra el “Evangelio de Juan”, 8: 7, arguyó a quienes le llevaron una mujer sorprendida en adulterio y que, tomando en consideración la ley de Moisés, debían apedrear: “—Aquel de ustedes que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

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Lunes, 24 de abril

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