El Blog de Otramotro

La quintaesencia va en tarro pequeño

LA QUINTAESENCIA VA EN TARRO PEQUEÑO

Dilecta Pilar:

Yo, a bote pronto, reconozco que tengo predilección por mis últimos hijos de papel, los benjamines. Tu comentario (“la vida es pura contradicción”, que también he trenzado con esas mismas o parecidas palabras en varios textos) me ha hecho recordar el epitafio que el poeta checo-austriaco en alemán Rainer Maria (von) Rilke urdió poco antes de morir y puede leer quien acuda a su tumba, pues está escrito sobre su laude o lápida: “Rosa, pura contradicción; voluptuosidad de no ser el sueño de nadie bajo tantos párpados” (y es que, ciertamente, si la rosa no hubiera nacido entre espinas —al parecer, al cortar una, se clavó una púa en un dedo— no tendría el prestigio que tiene entre las/os amantes de las flores). A propósito de tu apostilla (“el tiempo climatológico parece haberse vuelto también loco, como la gente”), te mando, abajo, la urdidura (o “urdiblanda”) que publicaré mañana en mi bitácora, “¡Menudo genio!, sí, Pierre Nodoyuna”.

De nada. Soy yo quien tiene que dártelas a ti por haber sido tú, precisamente, la hacedora de esos versos que tanto me gustaron que me empujaron a sacar lo que has leído, tal vez lo mejor de mí. Sé que tu escolio (agradezco los halagos que contiene y me haces) viene de quien viene, una amiga; no obstante, celebro que te haya petado mi breve comentario de texto o crítica. Por lo que urdes (“cuando escribo no me fijo en nada de eso, me dejo llevar”), parece que somos legión los amanuenses o copistas que usan para sus fines líricos las musas de la poesía, Erato y Polimnia. A mí me ha ocurrido lo que comentas, pero luego, por lo regular, disconforme con el resultado de la primera versión, servidor se ha visto obligado a corregir y mejorar y pulir (hasta que el poema se deja como queda —a veces, tengo la impresión refractaria de que, como se podría mejorar aún más, queda inacabado, sin terminar—).

Ya sabes que la quintaesencia suele ir envasada en tarro pequeño.

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El fin no justifica, Quim, los medios

EL FIN NO JUSTIFICA, QUIM, LOS MEDIOS

—Por raro que te parezca, esto no lo ha escrito un poeta. Lo dijo un psicoanalista que se llamaba Wilhelm Stekel. Esto es lo que... ¿Me sigues?
—Sí, claro que sí.
—Esto es lo que dijo: “Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella”.

Jerome David Salinger incluyó este breve diálogo en su celebérrima novela “El guardián entre el centeno” (1951).

Ignoro si usted, atento y desocupado lector (sea hembra o varón), es catalán, mayor de edad y no independentista (quiero decir, no segregacionista ni soberanista ni supremacista). Si lo es y escuchó, de cabo a rabo, los dos discursos (el del sábado y el del lunes) de investidura de Carles Puigdemont (por boca de Quim Torra), tal vez se sintió arrumbado o excluido por sus palabras y llegó a la misma conclusión o parecido puerto al que arribó este menda: el candidato de Junts per Catalunya a formar (las malas lenguas ya se han encargado de propalar por doquier la mala especie de que ya se lo ha conformado Puigdemont) el próximo Govern de la Generalitat, amén de no haber hecho lo que debía (y sin demora), la autocrítica del independentismo y, como corolario, al no ser consciente de haber cometido la larga retahíla de errores de bulto en los que incurrió, pretende continuar por la misma senda, o sea, seguir hollando las leyes vigentes (y recuperando las suspendidas), a fin de conseguir, antidemocráticamente, con apenas un escaso 48% de los votos populares, de manera ilegal y unilateral, su ansiada causa, la independencia. Me da en la nariz que el artículo 155 de la Constitución Española, que está dando sus boqueadas, no tardará en emular a Cristo, según cuentan los Evangelios canónicos, y resucitar, como él, al tercer día. Esto es lo que a servidor le quedó meridianamente claro.

Aunque mi piadoso y difunto padre solía esgrimir en sus conversaciones (con gentes diversas) el latiguillo de que la experiencia era la madre de la ciencia, que ese idéntico planteamiento desembocara o tuviera, como consecuencias directas, la ruptura de la sociedad catalana (en la que algunos padres no pueden hablar del asunto en cuestión con sus hijos, ni algunos hermanos entre sí del tema de marras, porque saltan chispas), el cambio de sede (social y fiscal) de casi tres mil novecientas empresas, la aplicación del artículo 155, el ingreso preventivo en prisión o la huida de los irresponsables líderes que provocaron tanto desmán, al parecer, no ha servido de nada. Así que, el abajo firmante ha de dar necesariamente la razón a don Santiago Ramón y Cajal, que hace casi un siglo, en “Charlas de café” (1920) escribió: “Se ha dicho muchas veces que no hay nada más inútil que la experiencia. Tan triste verdad se corrobora cuando somos víctimas de una pasión avasalladora. En la vida del enamorado, los prudentes consejos del viejo suenan como la voz atiplada de un eunuco que disertara sobre las excelencias del celibato”. Si al atento y desocupado lector no le han convencido del todo las sensatas palabras del Premio Nobel de Medicina de 1906 (que compartió con el italiano Camillo Golgi), le propongo que lea las siguientes, de los mismos autor y libro, porque, unidas a las anteriores, quizá acaben por persuadirle: “Nada más inútil —se ha dicho mil veces— que la experiencia. A la mayoría de los hombres nos pasa lo que a las ranas y las moscas decapitadas, que se obstinan en preservar y defender la cabeza después de haberla perdido”.

Como este menda no se deja mangonear por nada ni por nadie, no sé si a usted, atento y desocupado lector (sea ella o él), le ocurre tres cuartos de lo propio que a mí, que no me cabe en la cabeza, que no entiendo (ni a la de tres) cómo alguien puede brindarse a ser un simple muñeco, pelele o títere (al modo de las hormigas Trancas, Barrancas y Petancas, en el programa de entretenimiento —con secciones de entrevistas, divulgación científica, magia y humor— de Antena 3 Televisión, “El hormiguero”) en manos de Puigdemont (que se ofreció a serlo, a su vez, de Artur Mas). Como los seres humanos no somos gatos (solo tenemos una vida), no comprendo ni concibo cómo alguien puede avenirse a tener una existencia vicaria, por mucho que sea el boato del que va a poder disfrutar o el oro que espera (o le han prometido que va a) recibir a cambio, como contrapartida o recompensa.

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Me he quedado otra vez sin el Nobel

ME HE QUEDADO OTRA VEZ SIN EL NOBEL

(EN GRANADA ES POSIBLE CUALQUIER SUEÑO)

Sé que he escrito antes a propósito del hecho, pero dicha pieza o texto, por el motivo que sea, por pudor, seguramente, debe andar por ahí, perdida/o entre el mar de papeles que he trenzado con mi telar y acaso jamás vean la luz, porque, insisto, por pudor o, si es por otra razón, la he olvidado, de veras, decidí que no fuera alumbrado. Ahora bien, puede que ande errado, ya que, como servidor es un coñón de marca mayor, tal vez como texto zumbón (no cabe descartar del todo esta posibilidad) lo haya publicado ya.

Hace muchos años, el que terminé la carrera de Filosofía y Letras (Filología Hispánica), viajé en tren a Granada. En la estación (serían las ocho y media de la mañana) me estaba esperando mi novia, que había viajado en autobús desde la costa, donde había pasado una semana de vacaciones con una amiga (de ella). Bueno, pues, tras dejar mi bolsa de viaje en un bar cuyo dueño conocía desde niña ella (porque no nos íbamos a quedar a dormir en la muy noble, muy leal, nombrada, grande, celebérrima y heroica ciudad, sino que nuestra intención era viajar por la tarde al pueblo jienense donde vivía su abuela materna), antes de entrar a maravillarnos contemplando la impar Alhambra (supongo que ella se había encargado de adquirir con antelación las entradas), recuerdo que se me acercó una gitana con la intención de leerme las líneas de la palma de la mano. Le dije que no quería, que era un escéptico, que no creía en esas supuestas o hipotéticas artes adivinatorias. Ella me contestó que se conformaba con que le diera la voluntad, que no sé, a ciencia cierta, a cuántas pesetas alcanzó, la verdad, pero, de todo lo que dijo, que fue mucho, se me quedaron grabadas a fuego en la mente dos cosas: una, la profirió mirando a quien estaba presente, a mi vera, y era, a la sazón, mi pareja sentimental, que yo no era para ella, que no se iba a casar conmigo, vaya, y aún no he olvidado cómo torció el morro; y dos, dirigiéndose a mí, que iba a ganar el premio Nobel de Literatura. Y, tras oír aquel augurio, me quedé de piedra.

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Respeto tu criterio, mas discrepo

RESPETO TU CRITERIO, MAS DISCREPO

Dilecta Pilar:

Respeto tu criterio, pero no lo comparto (entre amigos, supongo, aún se acepta la discrepancia). Seguiré a Saramago. Creo que es en “El evangelio según Jesucristo” donde José de Sousa dice (escribe): “He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro”. En lo tocante a la religión, me parece una recomendación oportuna.

Así es, creo que ese pensamiento es deudor de Pablo Ruiz Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. Esta frase puede completarse (y suele complementarse) con otra que se le adjudica a Albert Einstein: “El genio se compone de un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración” (o sea, sudor, trabajo). Supongo que utilizas un procedimiento similar al resto de los letraheridos que en el mundo son. El “espabilaburros” (el buscador Google) es fundamental para ser lo más fiel posible a la anécdota o la cita.

El “finde”, como siempre, durante los últimos años, lo he dedicado a lo habitual; el tiempo de ocio lo he usado para leer y escribir. El sábado, a las ocho y media de la tarde, bajé al centro a tomar el proverbial póquer de zuritos (cuatro; a veces deviene repóquer, cinco) con mi amigo Pío.

Lamento los percances con las gafas y la silla. Y celebro que vieras “Calígula” (diminutivo de caliga, la sandalia que usaban los legionarios romanos; apodo que estos le pusieron por usar unas pequeñas caligas o botitas cuando acompañaba a su padre, el reputado general Germánico. Leí “El extranjero” (mejor, el extraño; en francés e hice un trabajo para dicha asignatura), “La peste” (he citado su párrafo final un montón de veces: “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente...”), y “El mito de Sísifo” (en este caso, su parágrafo inicial: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio”), pero no la obra de teatro de Camus sobre el endiosado emperador demente (fuera debida su locura a la muerte de su hermana y amante Drusila o a la ingesta involuntaria, según Juvenal, de un veneno).

Yo respeto a todas las personas, porque todas, sin excepción, son dignas de respeto, pero no tolero lo intolerable (y algunas opiniones, ideas y creencias, si van acompañadas de hechos, ciertamente, lo son; y no tienen un pase). Repetimos hasta la hartura el falso mantra, que contiene una necedad tamaña, de que todas las opiniones, ideas y creencias lo son, sin darnos cuenta de la barbaridad que decimos. Las personas son las que nos deben merecer respeto, pero no sus opiniones, ideas o creencias, si estas son ápodas y acéfalas, si no tienen ni pies ni cabeza. ¿Aceptaríamos que alguien llegada/o de África siguiera practicando aquí la costumbre inveterada en su país de origen de la ablación del clítoris? ¿Admitiríamos que alguien dijera, propusiera y tramitara una ley en la que a las personas mayores de noventa años o a las que sufren alzhéimer o alguna otra demencia senil las eliminaran usando la eutanasia?

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Soy más de ver películas de vídeo

SOY MÁS DE VER PELÍCULAS DE VÍDEO

Dilecta Pilar:

Acabo de bajar de comprar en Dia. Hoy he gastado menos: 21, 17.

Hiciste bien (como recientemente te recordé los versos de Safo de Lesbos, no te los iteraré) en ir al cine a ver “Handia” (la historia del gigante vasco, si entendí bien, consiguió un montón de premios —tampoco vi la gala de la entrega de los Goya; estaría, no, estaba, seguro, escribiendo la serie de relatos sobre mis peculiares sueños—). Si consigo ir a verla acompañado, iré. No me gusta ir al cine solo, ni ir solo al cine (que voy muy poco, dicho sea de paso; no recuerdo ni siquiera el título del último filme que vi y escuché; soy más de ver y escuchar —y rever y volver a escuchar— películas de vídeo).

Bueno, pues, como te hacen gracia mis juegos de palabras, seguiré con ellos. ¿Sabes cómo he titulado la epístola? “Tuerto o entuerto es agravio que se hace a alguien” (didáctico es, ¿no te parece?).

Si llevas a cabo lo que me has escrito y he leído, en lo concerniente a Rosendo Tello y su nuevo poemario, harás lo razonable y conveniente.

Esta mañana ya te trencé algunas líneas al respecto de tu “Mujeres de cine”. Espero que no se hayan perdido por el ancho espacio internetero y las leas (cuando sea).

A veces, solo a veces (esté o no esté solo), el lenguaje se brinda a estos juegos de palabras a los que soy tan aficionado y a ti tanto te petan.

A mí también me gusta el cine, pero detesto ir solo, porque luego, cuando termina (como me ha ocurrido, pues he constatado que me embargaba la tristeza, aun habiéndomelo pasado estupendamente, pipa, viendo la cinta), ¿con quién comento la película?

A ver si engaño a alguien y veo, por lo menos, “Handia” y “La librería” (sin hesitación, disfrutaría un montón si la viera con Isabel, su directora, o con sus anagramas, Belisa o Lesbia). Hay que reírse “con” y no “de” (pero, como toda regla tiene su excepción, aseveraré que conviene hacerlo y a menudo de uno mismo, que es una manera amena de hacerlo “con”).

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Tuerto o entuerto es agravio que se hace a alguien

TUERTO O ENTUERTO ES AGRAVIO QUE SE HACE A ALGUIEN

Dilecta Pilar:

Si coincidimos en que lo que es obvio, ciertamente, lo es, no lo manoseemos más, no vaya a ser que devenga, por arte de birlibirloque o sin que haya tenido que intervenir o mediar la magia (blanca, por supuesto), motivo de conflicto.

Una vez hecha la aclaración, celebro que todo haya quedado solucionado; aunque el tuerto o entuerto (¿lo había, de veras, para ti?), “agravio que se hace a alguien”, según la acepción que brinda el DLE, cercano el carnaval, haya venido disfrazado de pirata tuerto.

Tal vez huelgue apuntarlo, pero es mi deseo y mi esperanza que te salga la columna a pedir de boca.

Ojalá puedas asistir a la presentación del poemario de Rosendo Tello. Si vas el próximo 15, y estás con él, te hago el encargo de que lo saludes en mi nombre y en el de todas/os las/os que, por unas u otras causas, no estaremos con él (con vosotras/os) en cuerpo, pero sí en espíritu.

He leído esta mañana (de cabo a rabo; había un único ejemplar en la Papelería/Librería “El Cole” aún sin vender) tu artículo del Heraldo, “Mujeres de cine” (aquí, el sintagma nominal ‘de cine’ tiene, al menos, una doble acepción o valor). Parece que haces una crónica de la entrega o gala de los premios “Goya”. Como no he visto ninguna de las películas (de algunas he guipado unas pocas imágenes en televisión, los llamados tráilers) no puedo opinar (sería una indecencia por mi parte, amén de una falta de rigor intelectual, hacerlo).

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¿Un aura de virtud irreprochable?

¿UN AURA DE VIRTUD IRREPROCHABLE?

Don Santiago Ramón y Cajal escribió en “Charlas de café” (1920) esto: “Hagamos notar que cuando un hombre de ciencia presume de muchos amigos casi siempre se trata de un cuco o de un holgazán. No se conservan varias amistades íntimas sin cultivarlas asiduamente, y este cultivo resulta incompatible con una vida de concentración intensa y de trabajo austero. En suma: o se tienen muchas ideas y pocos amigos, o muchos amigos y pocas ideas”.

Aunque sé que Ramón y Cajal no me escucha ni puede leerme ni objetarme, le diré y escribiré que disiento de él. Entre amigos, supongo, aún se permite la discrepancia. A mí quienes suelen abastecerme de ideas sin parar son mis amigos, a quienes escucho, leo y releo, ora estén vivos, ora hayan fallecido. Acaso baste con recordar el primer cuarteto del soneto de Quevedo “Retirado en la paz de estos desiertos” (trenzado desde la Torre de Juan Abad) para que se entienda adónde quiero ir a parar, para lograr explicarme: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”.

Tengo para mí que en la cita de arriba mi amigo (aunque jamás tomé un café con él) Santiago acertaba en cuanto aseveraba, pues hablaba con conocimiento de causa. Ahora bien, acaso también se equivocaba, al elevar su caso particular a general, la anécdota a categoría, porque está claro, cristalino, que el susodicho “hombre de ciencia” era él, es decir, disertaba sobre su propio caso concreto.

Probemos a coronar, cambiando lo que deba ser cambiado, algo parecido a lo que culminó, de manera airosa, Ramón y Cajal basándonos en un asunto que ande de boca en boca en la actualidad. Servidor, un ciudadano libre de la República de las Letras, como el padre Feijoo, considera que Ciudadanos, formación a la que muchos insultan por ser un partido de derechas, como si eso fuera un baldón, un desdoro y hasta un delito y ser de izquierdas llevara aparejado un aura de virtud irreprochable, le ha puesto en bandeja al PP, si no la mejor salida que pudiera ofrecerle, una digna. Que Cristina Cifuentes dimita y que sea sustituida por otra/o diputada/o de la Asamblea madrileña adscrita/o a las filas del PP. Recientemente, en la Convención nacional del PP de Sevilla del pasado fin de semana, le escuché decir a Rajoy en una alocución cómo, dirigiéndose, sin mencionar de manera expresa a Ciudadanos, llamaba “inexpertos lenguaraces” a los afiliados de la formación naranja, dejando a sus dirigentes a la altura de la suela de un zapato del alcalde del pueblo más pequeño de la Sierra de Grazalema, por no haber tenido aún ninguna responsabilidad institucional. Si entramos a estudiar a fondo y valorar el ámbito hediondo, omnímodo y trasversal de la corrupción, juzgo que no haber tenido aún experiencia en dicha materia es más una ventaja que un inconveniente o rémora y, para gobernar como lo está haciendo el PP en lo concerniente a algunos temas, acaso mejor ser un pipiolo que un perito, si el ducho o experto, una de dos, o no hace nada (de nada) o hace el don Tancredo. Me parece que Rajoy y algunos mandamases del PP se están equivocando de cabo a rabo y, si no ponen cuanto antes remedio al desmán, barrunto que acabarán haciéndose el harakiri o seppuku; y el problema no estriba ni radica en que muchos no le den la importancia que tiene, sino que hacen como que ignoran que esté ocurriendo el hecho, algo obvio para el grueso de la ciudadanía.

Por si quienes deben sacarle el máximo jugo o provecho al párrafo anterior andan despistados, les recomiendo con encarecimiento que lean el libro arriba mentado, cuyo primer título fue “Chácharas de café”. Si no disponen de tiempo, les propongo que lean y relean, al menos, esta píldora del Premio Nobel de Medicina de 1906 (que compartió con Camillo Golgi): “Te quejas de las censuras de tus maestros, émulos y adversarios, cuando debieras agradecerlas: sus golpes no te hieren, te esculpen”.

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¿Siempre al pie del cañón el coñón se halla?

¿SIEMPRE AL PIE DEL CAÑÓN EL COÑÓN SE HALLA?

Dilecta Pilar:

Vengo (¡menuda venganza!) de gastarme 37, 47 euros en Dia. Tras colocar toda la compra en los lugares acostumbrados, me he dicho: vete, Ángel, al C. C. “Lourdes”, que, seguramente, tienes que contestar el correo de Pilar. Y aquí estoy: el coñón, siempre al pie del cañón.

Disfruto escribiendo (sea donde sea; poco importa que dicha actividad la corone en la biblioteca —donde, como el silencio suele imperar, contribuye a mi concentración—, en el Centro Cívico o en casa, en unas cuartillas o en las hojas de una libreta, si lo que cuento considero que merece la pena ser contado y, por lo tanto, como lógico corolario, leído). Hace muchos años escribí un romance largo sobre Cuba, dividido en dos partes, que terminaba con el “Romance del verbadebelado (rendido por las palabras)”, que decía así: “Literato naufragado, / cuentacuentos con aletas, / ‘mideversos’ con espinas, / con escamas ‘juntaletras’, / ‘verbarrendido’ entre peces, / pecios y otras truculencias, / no es el que a pique se ha ido, / sino el que no halla libreta / donde verter lo ocurrido, / ni halla paz, ni puerto encuentra”. En casa (y en cualquier otro lugar), como dice la paremia, mejor solo que mal acompañado. A veces, mientras estoy haciendo la comida o fregando o secando el fregado, me da por cantar (mal, sí, pero a mí me parece que ya no estoy solo).

Como intento contestarte párrafo por párrafo, línea por línea, parece que José Verón Gormaz ha seguido mi recomendación, sí, sí, hecha, por un absurdo arte de birlibirloque, después, a posteriori.

Cierto. La vida es la mejor maestra y doctora (en el ámbito académico, en el actitudinal o comportamental, y en el de la salud). Muchas personas ancianas que han logrado darle esquinazo al alzhéimer son unas verdaderas bibliotecas andantes (y nosotros somos tan tontos como los cernícalos o los molondrones, porque no les hacemos el menor de los casos —un caso que merece no solo un ensayo sino hasta una tesis doctoral—). ¿Cómo podemos estar dispuestos a dilapidar tanto caudal, tanta información de todo tipo, por un idiota manojo de prejuicios?

Que ese tipo de júbilos, en tu caso (y en el de los demás), se retrase el máximo posible, sí, ese mi deseo y mi esperanza.

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Por recordar un verso muy querido

POR RECORDAR UN VERSO MUY QUERIDO

Dilecta Pilar:

Vuelvo a contestarte desde un ordenador de la biblioteca, porque, cuando he llegado al C. C. “Lourdes”, Pilar, una de las responsables, me ha comentado que había un examen de oposición (a alguna de las plazas ofertadas por el Ayuntamiento, propietario y titular de dicho centro, supongo) y estaba ocupada el aula o sala donde se hallan los ordenadores. Y me he ido por donde había venido (o me he venido por donde había ido).

En Tudela, claro, localidad donde vivo.

Distanciarte y acercarte un poco más (no olvides ese otro punto de vista, que también lo tiene el mentado y doble asunto; y me apuesto contigo doble contra sencillo a que no consigues objetarlo: haz memoria; más de un buen rato hemos pasado en nuestra más que mediada existencia fundiendo en apenas unas horas el amor con el humor, el amor en el humor (o viceversa).

Pronto vi que la vida iba en serio (por recordar un verso muy querido de un poeta leído, Jaime Gil de Biedma).

A mí me ayudó a ser escritor fungir de cronista en algunos números de la revistilla de Navarrete y colaborar con Los jóvenes hablan (que era el título de la de los camilos en Zaragoza) y echar de menos a José Javier, mi hermano muerto, mi muso, a quien le escribí tres o cuatro decenas de poemas (por ahí, en alguna caja, debe estar el poemario en el que los agrupé y titulé “Camino del tú”).

Hace veinte años me quejaba de que no disponía de tiempo material para escribir todas las ideas que me brotaban. Desde que me jubilaron, muchas de ellas las culmino (y algunas, tras firmarlas y verlas publicadas en mi bitácora, me dejan un extraordinario, e inigualable, por impar, sabor de boca).

Plurales han sido las veces que me he planteado la tesitura de comprarme un portátil, pero, por ahora, en los diversos listados de pros y contras que he llevado a cabo siempre han salido airosos, ganando, vencedores, los últimos. Me gustan tanto la “tecla”, donde María Ángeles y tu tocaya Pilar me tratan estupendamente, como el C. C. “Lourdes”, porque queda cerca, a menos de ciento cincuenta metros de mi casa, y donde Eva, Merce, Laura, Pilar y Natxo hacen tres cuartos de lo propio.

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Si no ves una muestra de altivez/a

SI NO VES UNA MUESTRA DE ALTIVEZ/A

Dilecta Pilar:

Te contesto, como ayer, desde uno de los ordenadores de la biblioteca. Puedes tomarme el pelo, siempre que antes vea cómo le ha ido o quedado el corte al anterior, y, sin dilapidar más tiempo, me ratifique en mi decisión o rectifique. Ya sé que te lo escribí. Por eso te lo preguntaba.

Coincidimos. La verdad es que no he conocido a muchas mujeres. He de reconocer que soy un profano en ellas. De joven, cuando me di cuenta de que no tenía futuro como religioso, o tenía que estudiar o que trabajar (durante los fines de semana y veranos como camarero). Cuando terminé el COU, mi padre me comentó que tendría que ponerme a currar (él, seguramente, no usó este verbo), porque era el hermano mayor; yo le dije que tenía la intención de estudiar Medicina en Zaragoza, que no le pediría un duro y que le daría (que entregaría en casa, pues en verano llegaba a ganar más de un millón de pesetas de las de entonces, ya que mi periplo estival duraba más de tres meses, pues empezaba a trabajar en las fiestas patronales de Castejón de Ebro, a finales de junio, y terminaba en las de Villava, que coincidían con los Pilares) lo que pudiera.

Tenemos buena memoria ambos, pero reconozco que me ganas, que me superas. Si no lo tomas por una muestra de altivez/a, te aduciré que solo una persona con buena memoria sabe identificar al vuelo y valorar que otra lo es.

Si quieres dar conmigo o encontrarme en Tudela, te apuesto doble contra sencillo a que me hallas o en casa, a las horas (a veces, a deshoras) de las comidas, o en (o de camino a —o de regreso de—) el Centro Cívico “Lourdes” o en (ídem) la biblioteca. Seguro que, si sigues las pautas dadas, lo logras.

Menos mal que, además del amor, los seres humanos disponemos de ese otro ingrediente fundamental, herramienta imprescindible o conditio sine qua non, el humor. Gracias a dicho binomio, las personas estamos capacitadas para poder comprender otros puntos de vista ajenos, distintos y aun opuestos a los nuestros, y perdonar (a las/os demás y a nosotros mismos). La ironía es el uso que un guasón inteligente hace del sentido del humor. No me hagas mucho caso. A veces, tengo la sensación de que, cuando escribo, soy un catedrático... sin alumnos, sin lección que impartir, sin cátedra.

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¿Que qué se aprende en medio de las plagas?

¿QUE QUÉ SE APRENDE EN MEDIO DE LAS PLAGAS?

Dilecta Pilar:

Ya ves; empecé a estudiar Medicina (a pesar de los pesares, yerros incluidos) por el trato que tuve, que me resultaba gratificante, satisfactorio, con el enfermo postrado en cama al que aseaba (ayudaba más bien a la monja) las mañanas de los sábados, mientras estudiaba COU en Zaragoza con los Camilos. Pronto me di cuenta del mayúsculo error que acarreaba mi decisión. Mis conocimientos en Ciencias eran escasos (y he de reconocer lo obvio, que poco he avanzado en ese ámbito, pues aún lo siguen siendo). Continúo ejerciendo de aprendiz de ruiseñor, sí.

Si has enmendado los fallos, has hecho bien, lo correcto, según Confucio. Ya te di mi opinión sobre el cómo tildado. Así que habrás colegido lo oportuno, que abundamos en el parecer.

Creo que fui buen enfermero otrora (durante las horas sabatinas que pasé en el asilo de la zaragozana calle Cartagena), in illo tempore; me tocó serlo, velis nolis (a pesar de mi buena voluntad, no me faltaron los días de bajón anímico, lo reconozco), con mi señera y señora madre (vivía con ella); y (si le preguntas a mi hermano Jesús María, te dirá, seguramente, que) lo fui recientemente (apenas le hice daño —algún pelo se llevó el esparadrapo —que no es un útil que, una vez usado, sirva para trapo, no, como llegué a pensar cuando era un mocete, “muete”, decimos en Tudela, de corta edad; es guasa— al darle el tirón— el viernes para extraerle —salió sola— la vía).

Sí; tuve noticia este fin de semana del luctuoso hecho, el fallecimiento de Elías Yanes. Desde que leí al poeta metafísico inglés John Donne, pensé lo que suelo pensar en estos casos, cuando me llega la mala nueva de un nuevo óbito, que la muerte de un semejante (más, si es allegado, claro) nos achica, disminuye o empequeñece al resto de los mortales (porque nos avisa de la nuestra). El mismo doblar de campanas que ahora (en los pueblos aún se escucha) oímos cuando acudimos a un funeral sonará cuando nosotros nos hayamos ido. No lo conocí en persona. No tengo opinión (ni buena ni mala) de él. Como acabamos de tener noticia del presunto comportamiento detestable de una persona desalmada con un arcangelito, Gabriel, acaso convenga recordar lo que escribió Albert Camus en “La peste”: “(...) para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. La plaga es una metáfora de la vida; y hasta en el mismo infierno cabe hallar remansos de paz y sensatez, que nos recuerdan el cielo. Quien haya escuchado con atención a Patricia Ramírez, la madre de Gabriel Cruz, hablando de él, de su “pescaíto”, y de la necesidad de que nos quedemos con la parte buena de la tragedia, que orillemos el odio, que arrumbemos la ira, entenderá de qué escribo y qué quiero decir.

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Progreso y retroceso no se excluyen

PROGRESO Y RETROCESO NO SE EXCLUYEN

En los cuatro primeros versos de la décima que he titulado “¿El progreso es retroceso?” y que publicaré mañana digo: “A veces miro el progreso / Y veo calamidades / Y un montón de soledades / Que hablan más de retroceso”.

Está claro que dirigía y fijaba mi atención en una faceta concreta de ese poliedro que es la realidad. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿Vivimos en el mejor de los mundos posibles, como aseveró el “último genio universal”, Gottfried Wilhelm Leibniz (y luego sostuvo el zumbón François-Marie Arouet, “Voltaire” —mofándose a carcajada tendida del citado filósofo, jurista, lógico, teólogo y... alemán—, por boca del doctor Pangloss, uno de los personajes de su “Cándido”)? ¿O el nuestro sigue siendo un hediondo albañal, una nauseabunda sentina, un mundo inmundo?

Quien conteste sí a la primera pregunta será tachado (y, en mi modesto criterio, con razón) de pesimista. Quien responda sí a la segunda deberá completar o complementar dicha afirmación a continuación, si no quiere ser etiquetado de parcial o motejado de algo aún peor, con la aseveración contraria u opuesta, por ser ambas ciertas. Como mucha gente aduce, huyendo de la visión simplista, maniquea, entre el blanco y el negro, la bondad y la maldad, cabe hallar y no callar lo que hay, una amplia gama de grises (pero estos no son extintos policías españoles, por ser ese el color de los uniformes que vestían otrora, en los años siguientes al postfranquismo, no).

No necesitamos escuchar ni leer los sesudos argumentos (apoyados por un apabullante, incuestionable y variopinto elenco de datos fidedignos) expuestos donde sea, ni aceptar (de buen o peor grado) las convincentes razones de peso aducidas por supuestos intelectuales (ellas o ellos) de derecha o de izquierda para tomar conciencia y constatar, porque tenemos ojos y no estamos ciegos, que vivimos en un mundo manifiestamente mejorable.

La supuesta bondad o maldad del mundo sigue dependiendo del color del cristal con que cada quien lo mira (ya sea globalmente, desde una perspectiva coral, íntegra; ya sea parcialmente, fijándonos en una sola faceta de ese enorme poliedro), o sea, de la famosa cuarteta de don Ramón de Campoamor, que fina la primera parte del poema titulado “Las dos linternas”, que dedicó al escritor, periodista y filósofo, amén de amigo, Gumersindo Laverde Ruiz, de la que tantos letraheridos solemos echar mano para dar cuenta de la realidad pura y dura: “Y es que en el mundo traidor / nada es verdad ni mentira: / ‘todo es según el color / del cristal con que se mira’”.

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Domingo, 20 de mayo

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Mayo 2018
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