El Blog de Otramotro

Si no es razón de peso suficiente,...

SI NO ES RAZÓN DE PESO SUFICIENTE,…

Durante mi adolescencia en el colegio religioso (hoy, hotel) que los Padres Camilos regentaban en Navarrete (La Rioja), nunca escuché hablar de mi amada actual, Pilar. Como aquellos tres años fueron mi cielo en la Tierra (así los vengo catalogando desde ni se sabe), porque a los tales les siguieron muchos de puro y duro infierno (con algunos puntuales momentos cruciales de dicha plena, que los hace imperecederos, inolvidables), acaso debería haber oído hablar a la sazón de quien me ha retrotraído varias veces a las sensaciones, emociones, sentimientos y pensamientos que tuve o me nacieron entonces, en el susodicho seminario menor, de una felicidad apabullante, omnímoda, por ser los hodiernos, los de ahora, si no idénticos, parecidos o similares a los que me brotaron in illo tempore, otrora.

Ahora bien, tal vez en un haiku que se sacó de la manga en una discusión poética mi colega Emilio González, “Metomentodo”, que no había tenido en cuenta antes servidor o había pasado por alto hasta ahora, esté la clave, o sea, quepa encontrar la mejor refutación a cuanto acabo de verter en el párrafo precedente: “Halla el pilar / donde erigir tu cielo, / quid de tu hilar”. ¿Cabe o no interpretar dicho haiku así: encuentra a Pilar y en ella edificarás tu cielo; no dejarás de rilar (temblar, pues oír su nombre te seguirá produciendo escalofrío y unas ganas irrefrenables de urdir sobre los muchos resplandores que ella, una estrella, arroja, emite o eroga a sus alrededores)?

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Tres cuartos de lo mismo me acaece

TRES CUARTOS DE LO MISMO ME ACAECE

Dilecta Pilar:

Tres cuartos de lo mismo me acaece con mi difunto hermano. Como sabes, hace cuarenta años que murió José Javier; bueno, pues han sido pocos los días que han transcurrido, desde aquel día de Navidad, fecha fatídica, que, por una razón o por otra, no lo he recordado. Cuando me hablaste (en realidad, me escribiste) de los ángeles de la guarda (en cuya existencia creías), yo pensé, pero no dije ni urdí, que acaso Javi (como hipocorísticamente le llamábamos en casa) fuera o pudiera pasar por uno de ellos.

La familia es un bien que hay que promover y proteger a todo trance. La compañía de la familia es crucial cuando la salud falla.

La salud es el ingrediente fundamental para poder seguir peregrinando con ilusiones y pasión por este valle de lágrimas. Quien no haya aprendido aún esta verdad, la vida se encargará de que, velis nolis, más pronto que tarde, la aprenda.

Bienvenida, bien hallada y bienhadada la empatía, tu empatía.

Esa es una de las muchas contradicciones que uno viene identificando y que, por una extraña razón, suele ir erogando por doquier la vida. Solía decir Iluminada, mi progenitora o madre amantísima (hablaba poco, pero qué poco marraba en cuanto profería) que por donde está más oscuro amanece. Y hay una paremia española que sostiene que no hay mal que por bien no venga. Acaso ese sea el caso de la finada madre de Jesús, cuyo óbito, en lugar de ser causa de la desunión, significó lo opuesto, la argamasa o el pegamento que unió aún más a la familia.

Cierto, certísimo. Cada persona somos un abanico. Dependiendo de las circunstancias o de las varillas que juntemos o por las que optemos del susodicho, podemos ser vistos por los demás como un ángel o como un demonio.

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Fue Pilar un pilar edificante

FUE PILAR UN PILAR EDIFICANTE

Cuando yo haya muerto (he pensado tantas veces que en apenas unas horas iba a ocurrirme el fatal desenlace que, cuando de veras acaezca, acaso no me coja de improviso), quizá alguien se interese algún día por saber más sobre mi persona y/o mis textos. Prescindible la primera, pero no así los segundos (aunque estén basados en hechos que me sucedieron, me consta que son varias las acciones que propiciaron sendas urdiduras —o “urdiblandas”— que, a pesar de las relecturas, aún no se han entendido del todo), acudirán, seguramente (por el boca a boca, o sea, la información que se desplaza de boca en boca) a entrevistar a mi amigo del alma y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, para sonsacarle. Emilio les dirá verdades como puños sin cuento; entre ellas, que, de todas las mujeres que conocí (incluso bíblicamente, sí), Pilar fue la que más amé y me marcó. Por ninguna otra, que no fuera muy allegada, esto es, que no tuviera algún estrecho lazo familiar conmigo, tuve tanta devoción; ni amé de una manera tan apabullante, sin complejos.

Fue Pilar un pilar edificante; el pilar a partir del cual edifiqué buena parte de mi literatura. Desde que, por primera vez, la miré y admiré, no pasó un solo día sin que, a pesar de la distancia (ella en Galicia y yo en la Luna, escribiendo sin parar sobre ella y sus innumerables prendas), dejara de asombrarme (por esto, eso o aquello, sucesos ciertos, reales, protagonizados por ella, de una bondad, integridad y severidad insólitas, o por imaginaciones mías, actos que mi fantasía elaboraba sin cesar en los que ella era la causa o testigo de mil y un prodigios).

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Como ya es habitual en mí y te consta

COMO YA ES HABITUAL EN MÍ Y TE CONSTA

Dilecta Pilar:

¡Muchas gracias! Y ¡enhorabuena!, asimismo, por la parte que te toca.

A mí, últimamente, me cuesta aclimatarme a la hora de menos. Y este año no ha sido una excepción.

Luego te enviaré el texto definitivo de la epístola del próximo viernes (la que te remití ayer), porque, en casa, hice algunas enmiendas (como ya es habitual en mí y te consta).

Ignoro si los beneficios económicos (se habla de unos 300 millones de euros) que lleva aparejado el cambio de hora son fetenes, pero a mí y a mis ritmos circadianos nos vienen mal o peor. Aún ando desorientado y sin descansar lo apetecido (acaso todo sea mental, psicológico, pero ahí está el otro robo de Europa, o de la europea hora, fastidiando).

Te comprendo perfectamente. Y entiendo que hayas decidido tomarte unas jornadas de holganza o laxitud en el cumplimiento de tus horarios autoimpuestos. Además del “finde”, un par de días de relajo, de cuando en vez, o de vez en cuando, no le sientan mal al cuerpo (ni a la mente) si son extraordinarios, no asiduos. Pues, ya intuyes cuál es mi anhelo, que le saques el máximo partido o todo el jugo beneficioso a esos días de desconexión.

Ojalá que te dé tiempo a trenzar la columna y te salga a pedir de boca y de un tirón.

Debemos estar haciéndonos mayores, porque ambos sufrimos sus rigores (los del cambio de la hora) más que otras/os.

Así es; esta mañana he gozado un montón leyendo tu columna hodierna en el Heraldo, “Un pueblo es…”.

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A ver qué tal se porta el invisible

A VER QUÉ TAL SE PORTA EL INVISIBLE

Dilecta Pilar:

Había decidido obsequiarte (quiero decir, que había pensado regalarte con arte) un vagón repleto de ironía para el año que viene, pero acabo de leer tu columna “Mi patinete” en el Heraldo de Aragón; y he comprobado que, dizque, tienes en casa un pozo lleno de la tal del que vas sacando la que te hace falta. Tu reivindicación de que alguien se ponga manos a la obra y ordene el desaguisado de vehículos de transporte que hay para poder transitar sin más obstáculos de los debidos es, más que cabal, justísima. Y puedes estar segura de que tu idea de que alguien fabrique un patinete anfibio electrónico ya la tiene en la cabeza como proyecto que anda en vía de pronto desarrollo una persona con movilidad reducida.

Celebro que, haciendo gala de un estupendo sentido del humor, dejes caer tu crítica como sin querer.

Es normal que te gusten las Navidades, si no te ha acaecido nada que haga que las aborrezcas. Puede que recordar a quien perdiste por aquellas fechas y ya no puedes abrazarlo te entristezca sobremanera. Como te consta, cada quien habla de la feria, el mercado y las ventas según le ha/n ido a él.

Bien. Pasé la Nochebuena , como en años anteriores, en Cascante con tu tocaya, mi hermana María del Pilar, mi cuñado Jesús, sus amigos (estuvimos tomando con ellos cañas o vinos antes de cenar), mis sobrinos Alba y Adrián, y la familia de la madre de Jesús, Concepción, y su hermana. Lo pasamos muy bien. Llegamos a las 3 de la madrugada a casa. El día de Navidad (tras la misa por mi hermano José Javier y tomarnos un vermú, al que nos invitó Alfredo Sarnago, amigo de nuestro difunto hermano, socio de la peña “La Teba”, comí en casa de Carmen, con la mentada, madre de mi cuñada Alicia, esta, mi hermano Miguel Ángel, mis sobrinas Rocío y Natalia, las hermanas de Alicia, Angelines y Cristina, y José Luis, cuñado de Carmen. Disfrutamos un montón del suculento banquete.

Es muy difícil ser madre/padre, porque los mencionados no vienen con un manual para serlo estupendo. Los malos padres suelen ser también buenos y hasta excelentes. Depende de nuestro punto de vista y la lejanía o cercanía con el hecho que juzguemos, tengamos en consideración o valoremos.

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Así ha sido mi impar fin de semana

ASÍ HA SIDO MI IMPAR FIN DE SEMANA

Dilecta Pilar:

Celebro que fuera así, muy bueno, tu “finde”. El mío no le fue a la zaga. El sábado pasado, 30 de marzo, celebré mi quincuagésimo séptimo cumpleaños de esta guisa. Para tener despejada la mañana, había adelantado la limpieza semanal a la tarde de la víspera, el viernes. Había quedado con mi íntimo amigo Luis de Pablo Jiménez en que, cuando acabara el acto de la entrega de los premios del IV Certamen de Poesía en honor de Santa Ana (que como en años anteriores tuvo lugar en el Palacio Decanal, de Tudela), en el que volví a recoger otro diploma de finalista, le llamaría por teléfono. Así hice, tras entablar breve conversación telefónica con mi prima Justy, que había intentado hasta cuatro veces contactar conmigo durante el mencionado acto poético (pero este menda había hecho lo oportuno o preceptivo al desconectar su móvil).

Nada más levantarme, tras bañarme y desayunar, fui a comprar el pan y el periódico, El País, en los lugares habituales. En la librería/papelería “El Cole” había hecho copias del soneto con el que había participado en el mencionado concurso, “¿Un soneto en honor de la Patrona?”, y de uno de los textos en prosa en el que hablaba de la última vez que me junté con mis íntimos amigos, “Los Luises”, Luis de Pablo, arriba mentado, de Rincón de Soto, y Luis Quirico Calvo Iriarte, de Tafalla, pero sin citarlos, como sí hago aquí y ahora con sus nombres y apellidos, a fin de que los dos tuvieran sendas copias de ambos.

El plan que, grosso modo, vía invento de Bell, habíamos acordado o pactado Luis de Pablo y un servidor era almorzar en el Restaurante “De Miguel” (y allí acudimos, pero, como no había reservado mesa —pensé que, siendo dos los comensales, no habría problema—, nos acercamos a otro local de la competencia, hasta “La Parrilla”, donde comimos estupendamente).

Pasadas las cuatro de la tarde, pagué la cuenta (en la ocasión anterior, le había tocado apoquinar la dolorosa a Luis) y nos desplazamos hasta donde él había aparcado su coche, tomamos asiento, Luis lo puso en marcha y, dándole a la mui, llegamos a nuestro destino, Tafalla. Nuestra intención era hacer una visita y dar una sorpresa a nuestro íntimo amigo común, Luis Quirico, que había sido operado recientemente. Y yo volví a recordar a Demetrio de Falero. Esta vez rememoré la otra de sus dos famosas frases felices sobre la amistad: “En la prosperidad, el verdadero amigo acude a tu casa al ser llamado; y en la adversidad, sin serlo”. Nos tomamos un café y una caña con él (no consintió en que pagara la ronda yo) en el bar con cuyo dueño, Javier, habíamos trabajado De Pablo y yo en el bar “El Andaluz”, de Rincón de Soto, hace más de treinta años, nos despedimos y regresamos. Luis me dejó en Tudela y él tomó la dirección de Rincón.

Pasadas las nueve menos cuarto, hallé a Pío donde habíamos quedado y le invité a unas patatas bravas y unas cañas en el “Nenaf”. Salimos de allí, doblamos la esquina y entramos en el “Burcon”, donde Íñigo, el camarero, ya nos conoce y nos puso lo que solemos tomar. En esta oportunidad, fuimos a pimplar el irónico arranque o último trago al “Isidro”. Coronado dicho trámite, nos marchamos a casa (cada uno a la suya).

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Si te apetece discurrir sobre ello

SI TE APETECE DISCURRIR SOBRE ELLO

Dilecta Pilar:

Cierto. Todo escrito precisa su tiempo de cocción, pero este no es el mismo para todos ellos. A veces, te pones a trenzar y unos te salen de un tirón y otros requieren volver sobre ellos una y otra vez, hasta que uno de los diversos lectores o críticos literarios que acarreas queda conforme, satisfecho, y, de paso, logra convencer de su cabal adecuación u oportunidad a uno de los varios autores o hacedores que también portas o porteas, y este (que no siempre es el mismo) decide que han quedado arreglados, aseados, o sea, publicables. En muchas ocasiones he manifestado lo que considero que cuadra o encaja perfectamente (al menos, a mí así me lo parece y sirve) con mis textos (acaso pueda acaecerles lo mismo a otros o, tal vez, no le ocurra lo propio a ninguno del resto, los demás), que estos no los termino, sino que los dejo. Ignoro si abundas conmigo o disientes. Ya me dirás (y, por favor, no me vengas con que hace mucho que no te mides; es coña; si te apetece discurrir sobre ello; que no tienes ninguna obligación, por supuesto).

En ese punto no discrepamos, no. A ambos (desde la más tierna infancia) nos ha gustado mucho el teatro (y no necesariamente más el clásico, porque puede que varias obras actuales sean consideradas tales, clásicas, dentro de menos de medio siglo, uno o dos centurias). No sé por qué (bueno, nada más haber escrito lo que antecede, debo desdecirme, sí lo sé; porque es obvio) todas las obras clásicas (aunque sus autores no se soportaran, se envidiaran mutuamente y se agraviaran a base de bien, entre sí, mediante un sinfín de sarcasmos sutiles, en el supuesto de que fueran coetáneos y coincidieran en el mismo espacio, ciudad o país) se toleran estupendamente. Basta con ir a una biblioteca para ver cómo conviven, de manera respetuosa y pacífica, en el mismo anaquel. Mira, por ejemplo, Pilar (o Ana, que es la Patrona tudelana), este estante, ese o aquel.

Ya sabes cuál es el orden de prelación: primero, la obligación (la tarea que debes coronar, culminar, y con más razón si te has comprometido a llevarla en un plazo convenido o fijado a cabo) y, después, la devoción. Debes tomar las respuestas a mis correos como un mero divertimento opcional tuyo, nunca como un deber. Aunque yo jamás (si la memoria no me falla) haya dejado de responder.

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Buonarroti habló esculpiendo/pintando

BUONARROTI HABLÓ ESCULPIENDO/PINTANDO

Recomiendo tener menos
A quien pretende ser más.
Lo aprendí de los demás;
Que los consejos ajenos
Pueden ser sabios y amenos.
Se ha de quitar lo que sobra
Para que se admire la obra.
Cuanto el mármol escondía
Salió a relucir un día.
Por esa labor se cobra.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Cuando la lumbre alumbraba

CUANDO LA LUMBRE ALUMBRABA

Hay quien, se halle donde se halle (no importa dónde), siempre repite la misma cantilena o cantinela, que antes (sin parase a especificar cuándo) los tiempos y las costumbres eran mejores que los/as hodiernos/as. O peores, que de todo hay en la viña del Señor. Ante las/os tales, suelo pensar lo idéntico (y, solo si la confianza lo favorece o propicia, proferir, poco más o menos, esto) que lo que a mí me consta es que eran otros y otras.

Me encuentro entre (o sumo a) quienes entienden que otrora ocurrieron unos hechos que hoy no se entienden bien del todo y que se yerra, de modo morrocotudo, cuando se tiende a valorar comportamientos antiguos con la mentalidad moderna. Lo lógico y normal es juzgar el pasado (y todo lo que a él concierne) con los criterios del pasado y el presente con los del presente, como así, supongo, en el futuro harán quienes opinen sobre el porvenir, que para las generaciones que vienen será presente o pretérito reciente.

Quien haya superado la cincuentena y acudió, siendo un crío (hembra o varón) a la casa de sus abuelos (y, si estos vivían en un pueblo, con más razón), seguramente, recordarán que en la cocina de la susodicha había un hogar (con la preceptiva chimenea), donde se hacía la lumbre. Allí se colocaba, rodeado por las brasas o encima de un trípode de hierro (“las truedes”), el puchero para hacer la comida. Al calor de la lumbre, se tostaban las rebanadas de pan de hogaza, que con un chorretón de aceite del trujal y, de manera optativa, con ajo y sal o azúcar, estaban de rechupete. Al mismo calor, subían los colores a los mofletes de la cara, si una/o se aproximaba más de la cuenta. Por las noches, en torno al hogar, se narraban y escuchaban relatos de todo jaez; unos iban acompañados de risas y aun carcajadas y otros de miedo y hasta pánico.

En muchas casas actuales, el hogar, ese lugar donde antes había fuego, cuyas llamas alumbraban mal la estancia (si era de noche) y, más o menos, la caldeaban, hoy lo ocupa un electrodoméstico, la tele.

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Fue esto realidad, no una ficción

FUE ESTO REALIDAD, NO UNA FICCIÓN

PERDIÓ UN EURO Y OCHENTA Y OCHO CÉNTIMOS

No negaré que lo que me dispongo a narrar a continuación ocurrió porque, además de la cajera, hubo al menos una clienta que fue testigo presencial, oyente y vidente, del hecho.

Un señor, tras haber pagado la compra que acababa de hacer en cierto supermercado, se dio cuenta de que no le habían hecho el descuento en determinado producto que había adquirido. Así que, raudo, como el rayo, se dirigió a la chica que le había atendido para que subsanara el desaguisado que había cometido ella o la máquina.

La cajera le echó un vistazo al tique y comprobó que el descuento no había sido efectuado por el sencillo motivo de que ella se había equivocado a la hora de pasar por el escáner la compra, ya que, en lugar de marcar dos paquetes de chicles, compra que llevaba aparejada la rebaja en el precio, solo había marcado uno; así que, tras la operación cabal, el señor se vio obligado a satisfacer 1 euro y 44 céntimos más. Coronado dicho proceso, el señor, antes de abandonar el establecimiento, miró y remiró el recibo de compra por si hallaba otro gazapo. No reparó en que la joven que le había atendido, en lugar de marcar lo dicho, marcó dos garrafas de agua de cinco litros, que sí había depositado el señor sobre la plataforma de la caja y, más adelante, otra, que no, pero de dicho desacierto se dio cuenta el señor en casa.

Seguramente, llegado a este punto del relato, el atento y desocupado lector (sea ella o él) se preguntará con razón, cómo sé (pues doy hasta pelos y señales) tanto de lo acaecido. La respuesta es obvia. Porque lo narrado le ocurrió esta misma mañana al abajo firmante de estos renglones torcidos; quien de tan listo que fue, ha quedado a los ojos de la cajera, de quien fue testigo seguro del hecho (pudo haber más) y de sí mismo como un tonto (el viaje de regreso a casa fue, a ratos un potro de tortura, a ratos un infierno, pues no dejó de llamarse durante todo el camino, un vía crucis, bobo o bodoque).

Así que, atento y desocupado lector (sea hembra o varón), hágase y hágame el favor de ser coherente, congruente y escarmiente en cabeza ajena; y antes de formular cualquier queja, cerciórese de que tiene razón en hacerla; no vaya a ser que le pase lo que le aconteció esta mañana a servidor, que tuvo que pagar 1 euro y 44 céntimos por pasarse de listo, más 44 céntimos de la garrafa de cinco litros que no compró.

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Celebro que ese sea tu criterio

CELEBRO QUE ESE SEA TU CRITERIO

Dilecta Pilar:

Te entiendo. Las digresiones o los vericuetos son verdaderas tentaciones. Y ya sabes qué recomendaba hacer con ellas Oscar Wilde: que la mejor manera de liberarse de ellas o de vencerlas es cayendo en ellas.

Te agradezco y celebro que ese sea tu criterio. Creo que fue en “Españoles de tres mundos” donde Juan Ramón Jiménez sostuvo la tesis de que, si hay inspiración en el acto de la creación, también lo hay en el de la corrección; ahora bien, debo comentarte que, después de tener durante hora y media el libro entre mis manos (se lo pedí a María Ángeles, una de las tres responsables de la biblioteca pública de Tudela), no leí (no me dio tiempo a leerlo entero) la mentada referencia. Esto viene a cuento de que el primer verso del segundo cuarteto (quinto del soneto que publicaré el próximo sábado, “Nacer siempre es llegar del extranjero”) aparecerá escrito en mi bitácora con una leve variante (que la mejora; ese es, al menos, mi parecer) de la versión que te remití, así: “para que a los demás, luego, deslumbres”.

Esta mañana he leído tu artículo en el Heraldo de Aragón, pues había ejemplar en “el Cole”, la librería/papelería que regenta mi amigo “Fangio”. Abundo en tu tesis, de cabo a rabo, desde la mención del alzhéimer, la demencia senil o los accidentes cardiovasculares a que la verdadera historia no es la incompleta o parcial. Ahora bien, como uno viene comprobando (al oír y leer a muchos historiadores histéricos, que son los que viven la historia con histeria o confunden la histeria con la historia) que hay personas que se llaman historiadoras/es, pero fingen o fungen de falsificadoras/es de la historia, acaso convenga, por ser más beneficioso para la salud, no invertir (para no perder) mucho tiempo en leer lo que escriben para no embrollar la cuenta (lo que tenías en cuenta) con el cuento, el soberano cuento que cuentan.

A esta hora tendría que estar en el Hospital “Reina Sofía” (HRS), pero una amable trabajadora del servicio de citas me ha llamado esta mañana por teléfono para decirme que no acudiera a la misma, ya que se había pospuesto para el día 26, a la una del mediodía.

Me consta que tienes muchos compromisos de todo tipo. Ergo, no tienes que disculparte más conmigo. Acepto tus disculpas hoy, si pactamos que esas no caducan y me sirvan para el resto de las próximas veces que te nazcan pedírmelas.

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¿Quién padece el efecto Dunning-Kruger?

¿QUIÉN PADECE EL EFECTO DUNNING-KRUGER?

Como por las mañanas ya no acudo al Centro Cívico “Lourdes” (donde solía urdir las primeras versiones de mis textos, fueran estos escritos por el abajo firmante en verso o en prosa), cuyo servicio de ordenadores ha sido clausurado (al menos, temporalmente; dicha sala, estrecha, la han solicitado varias asociaciones, ergo, según me comentó hace algunos días en dicho espacio el propio responsable, se usará para otros menesteres cívicos), aprovecho las primeras horas de las mismas para leer las páginas de los números de los periódicos y revistas sobre las que (por diversos motivos, los que fueran) no pasé ni posé en su día mi vista. Ayer, verbigracia, me di de bruces en una de las mentadas páginas con un sesgo psicológico cuya existencia desconocía (lo habitual; admito —no me cuesta nada asumir lo obvio— y reconozco que soy —y me moriré siendo— un ignorante ancho, largo y alto o profundo en mil y un ámbitos del saber), el Dunning-Kruger (efecto psicológico “según el cual —reproduzco a continuación qué dice al respecto la Wikipedia— los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real”), llamado de esa guisa porque fueron los investigadores David Dunning y Justin Kruger, de la Universidad de Cornell, quienes demostraron la existencia de dicho fenómeno. Sus resultados los publicaron en el número de diciembre de 1999 del Journal of Personality and Social Psychology, por el que recibieron el premio Ig Nobel (organizado por la revista de humor científico Annals of Improbable, que concede, a principios del mes de octubre de cada año, dicho galardón, por sus logros coronados, a diez grupos de científicos que —a la inversa o completando o complementando acaso el parecer que adujo George Burns de que “quien nos hace reír es un cómico. Quien nos hace pensar y luego reír es un humorista”— “primero hacen reír a la gente y luego la hacen pensar”) 2000. En el mentado trabajo concluyeron que “la sobrevaloración del incompetente nace de la mala interpretación de la capacidad de uno mismo. La infravaloración del competente nace de la mala interpretación de la capacidad de los demás”.

Quien padece dicho sesgo cognitivo (ella o él) se tiene por más capaz de lo que en realidad es, se siente más inteligente de lo que cualquier test de inteligencia demuestra o prueba. Suele ser tan soberbio o tener el ego tan subido que es incapaz de dar su brazo a torcer, o sea, reconocer, sin ambages, que es un incontrovertible bodoque.

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Domingo, 21 de abril

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