El Blog de Otramotro

Poesías al momento

POESÍAS AL MOMENTO

En la biblioteca municipal de Tudela (como un sendero poético más de los muchos que ha ido, ora desbrozando, ora tejiendo, de manera mancomunada, el capital humano que presta sus servicios en las bibliotecas públicas de la Ribera, fungiendo, ya de meros exploradores, ya de claras hilanderas), nada más entrar en la sala habilitada para uso exclusivo del público joven y adulto, a mano izquierda, anteayer colocaron un panel, en el que bajo un cartel que exhibía, a modo de reclamo, el rótulo de “Poesías al momento”, pretendía recoger los versos que hubieran podido repentizar minutos antes, durante o después de haber hecho uso correcto de sus plurales herramientas quienes hubieran acudido en esa oportunidad a su sede.

Por la tarde, el abajo firmante, mero aprendiz de ruiseñor, a quien le gusta colaborar con quienes se lo piden y en cuanto puede, estrenó dicho espacio con el propósito de que otras/os poetas siguieran la senda inaugurada por él y escribió esta redondilla, que tituló, precisamente, así, “REDONDILLA”, y firmó con su seudónimo por antonomasia, Otramotro:

“Su mirada te confiesa
Lo que su corazón siente,
Que te ama (no, no te miente),
Aunque te parezca aviesa”.

Ayer, por la mañana, antes de que mis dedos empezaran a saltar, pulsar y/o bailar sobre las letras, números y signos diversos del teclado de uno de sus ordenadores (soy usuario habitual, regularmente de mañana y tarde, del susodicho recinto libresco), nadie se había animado a dejar una escueta muestra siquiera de lo que le había inspirado inesperadamente su musa/o. Así se lo hice saber, tras darle los buenos días, a una de las bibliotecarias, Pilar, que estaba llevando a cabo lo que fuera detrás del mostrador. Y le comenté que tal hecho no me empujaba ni incitaba a seguir urdiendo en dicho panel mis versos, pues me daba cierto reparo (no era mi deseo ni mi intención acaparar dicho espacio) trenzar en el mencionado panel lo que había escrito mentalmente, mientras bajaba a la calle Herrerías, donde tiene su sede la biblioteca; a lo que ella me objetó que, según su parecer, si fueran más las composiciones que obraran allí, hasta las/os más tímidas/os poetas, tal vez, se animaran a dar cuenta y/o dejar una breve prueba, al menos, de las suyas.

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Lo evidente y lo soñado

LO EVIDENTE Y LO ENSOÑADO

Debo la frase que encabeza este texto al vate (poeta y profeta) Luis Cernuda Bidón (quien, por cierto, para rematar su extraordinario e inmarcesible poema “Si el hombre pudiera decir”, escribió los tres versos con los que, en el caso o supuesto de que el abajo firmante, aun moribundo, estuviera consciente, gustaría despedirse de su amada dama, en la hora fatal, cuando Átropos hubiera decidido cortar el hilo de su vida: “Tú justificas mi existencia: / Si no te conozco, no he vivido; / Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido”), que reunió la obra poética que había trenzado hasta entonces bajo el título global de “La realidad y el deseo” (1936). Esos dos susodichos vocablos, realidad y deseo, hacen inconcusa referencia y/o son los ámbitos que resumen, a grandes rasgos, el conflicto existencial en el que vivió durante una buena parte de su vida.

Está claro que las personas diferenciamos lo público y notorio, lo que hay, lo evidente, y que, de modo incontrovertible, es real, de lo que anhelamos, lo ficticio, lo soñado, ora estando dormidas, ora estando despiertas, que, contradiciendo lo que muchas creen a pies juntillas y así lo expresan, a pesar de los pesares, también lo es, real.

A veces, solo a veces, recuerdo lo que he soñado. Es lo que me ocurrió, verbigracia, la madrugada del domingo pasado, que me desperté habiendo escrito en sueños una décima/espinela. Como la recordaba con fidelidad, para que no se me olvidara, la pasé inmediatamente a mi libreta (este procedimiento es el lógico y normal en quien hace muchos años, servidor, agrupó los siguientes versos bajo el título de “Romance del verbadebelado”: “Literato naufragado, / Cuentacuentos con aletas, / Mideversos con espinas, / Con escamas juntaletras, / Verbarrendido entre peces, / Pecios y otras truculencias / No es el que a pique se ha ido, / Sino el que no halla libreta / Donde verter lo ocurrido, / Ni halla paz, ni puerto encuentra”). Mi confesable anhelo era que en Vistalegre II Errejón le ganara el pulso que le había echado a Pablo Iglesias, por eso mi inconsciente trenzó lo que trenzó, el poema que el atento y desocupado lector (sea ella o él) puede leer abajo, como colofón a este texto, pero a las pocas horas hizo su aparición el tío Paco con la rebaja, desbaratando lo que mi subconsciente había escrito en sueños:

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Otra casualidad... para un relato

OTRA CASUALIDAD... PARA UN RELATO

Winston Churchill, que fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1953 (no faltará quien, considerando la larga lista que se puede hacer con los grandes escritores a quienes no se lo dieron, habiendo hecho acopio de bastantes más méritos que los que concitó el que fuera primer ministro del Reino Unido de la Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, sostenga con razones de peso que se lo regalaron; yo mismo, verbigracia, constatando que no lo recibieron mis queridos Borges, Cortázar, Rulfo y Unamuno, estaría dispuesto a secundar dicha moción), como era un optimista empedernido, arrimó claramente el ascua a su sardina y trenzó en letras de molde lo que sigue, que “un optimista ve una oportunidad en toda calamidad; un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”. Antes, otro Nobel de Literatura británico, este de 1907, Rudyard Kipling, en un poema precioso,“If” (“Si”), vino a decirnos que tanto el éxito como el fracaso son unos meros impostores.

Hago míos los pensamientos de los dos autores mentados con el propósito de sacarles los máximos jugo y provecho a una anécdota de la que fui involuntario protagonista la mañana del sábado pasado en el Centro Cívico “Lourdes”, de Tudela, donde suelo llevar a cabo la primera y provisional versión de mis urdiduras (o “urdiblandas”). A las 13 horas, como manda el horario establecido, cierran el citado centro. Bueno, pues, sin ánimo o intención de endilgarle a nadie la responsabilidad del inoportuno contratiempo sufrido, del muerto (gracias a Dios o al hado, sin cadáver), confesaré, echando mano de cierta figura o recurso literario, en concreto, la hipérbole, una verdad como una seo (que no como un aseo) o catedral de grande: servidor, el abajo firmante, se vio y sintió durante una veintena y pico de minutos como aprendiz de ave canora (canario, jilguero o ruiseñor) enjaulado, y si puedo ser un poco más exagerado, que sí, que puedo, mutatis mutandis, como José Luis López Vázquez en “La cabina”.

Procedí a ir clausurando las páginas de mi ordenador (el que estaba usando) cuando faltaban tres minutos para el cierre, las 13 horas (al parecer, el susodicho y doble guarismo que, de manera extraordinaria, había sido propicio —fue la terminación del Gordo de Navidad el pasado año, jamás agraciada hasta entonces—, había vuelto a las aguas por las que suele discurrir, a su catalogación ordinaria “de mal agüero”). La trabajadora responsable del día, Laura, que por la tarde me pidió perdón (y, evidentemente, se lo concedí ipso facto), según me comentó, había gritado que se cerraba el garito, pero yo no oí dicho alarido y ella siguió el protocolo, los pasos acostumbrados, dejándome a mí encerrado, sin mediar advertencia de lo que inopinadamente me aguardaba cuando fui a abrir la puerta para salir, una soberana cencerrada, la desapacible y ensordecedora audición de la sirena de la alarma, que me obligó, si no deseaba volverme tarumba, a subir al piso superior.

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CCXCIV)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCXCIV)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Has barruntado, conjeturado e inferido lo que convenía o venía a cuento: hoy, martes, quince de marzo de dos mil dieciséis, es el cumpleaños del menor de mis sobrinos, Íñigo. Te doy las gracias en su nombre por tus exclamativas felicidades.

Parece ser que es un buen deportista: hay quien advierte esas facultades en un niño de corta edad. Yo no. Así que lo que has leído, más que una constatación del hecho en sí es un deseo de su tío el que las tenga.

Ayer, por la tarde, después de dar cumplida respuesta el menda al último de los escolios que le hiciste (tú, desde el tuyo) en uno de los ordenadores de la biblioteca pública de Tudela, saqué una copia de la décima que hoy has apostillado (un día más, gracias, de corazón, por implicarte), de camino a mi casa, me detuve en la de mi hermano, “el Chichas”, lo saludé y besé, hice lo propio con mi cuñada Elena y mis sobrinos Jorge e Íñigo, le recité al último el poema (que para él había escrito) y, junto con la citada copia, le di un billete de veinte euros, la propina acostumbrada en mí.

Si por “volar” entiendes “imaginar”, “fantasear”, que es lo que yo he colegido, y lee alguno de los relatos o poemas fingidos que ha escrito su tío, le enseñaré, sin duda, a volar.

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Confieso ser un empedernido votante en blanco

CONFIESO SER UN EMPEDERNIDO VOTANTE EN BLANCO

“La pasión es una obsesión positiva. La obsesión es una pasión negativa”.

Paul Carvel

En “El secreto de sus ojos”, cinta argentina (cuyo guion bebe directamente de ese hontanar que es la novela “La pregunta de sus ojos”, de Eduardo Sacheri) protagonizada en sus principales papeles por Ricardo Darín (Benjamín Espósito, sí, así, con ese), Soledad Villamil (Irene Menéndez-Hastings), Guillermo Francella (Pablo Sandoval), Pablo Rago (Ricardo Morales) y Javier Godino (Isidoro Gómez), y dirigida por Juan José Campanella en 2009, que ganó el premio Oscar a la mejor película de habla no inglesa, consiguen echarle el guante al asesino de Liliana Colotto, Isidoro Gómez, gracias a esta reflexión de Pablo Sandoval:

“—¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión”.

¿Y cuál es esa pasión? Su equipo de fútbol, el Racing Club de Avellaneda.

Quien haya leído “Amor y pedagogía” (1902), de don Miguel de Unamuno y Jugo, y le haya extraído, si no todo, el grueso de su zumo a la citada “nivola” o novela, habrá sacado sus propias conclusiones. Una coincidente, entre varias/os lectoras/es de la breve obra, es que el amor a la libertad y la grima por la muerte (el protagonista se suicida por ahorcamiento —es mi deseo y mi esperanza que el/la lector/a me perdone algún día las dos faltas que estoy cometiendo aquí y ahora, haber sucumbido a la moda de hacer spoiler y haber ejercido de destripacuentos—, pero no antes de haber dejado embarazada a una criada, en cuyo “nasciturus” él seguirá viviendo de alguna manera) triunfan sobre la rígida y acaso también ridícula pedagogía. Asimismo, recordará, a grandes rasgos, el argumento de la obra: Avito Carrascal es un intelectual que pretende seguir los principios de la moderna pedagogía para que su hijo, Luis Apolodoro, tras recibir una esmerada educación por su parte, llegue a ser un genio. Pero no solo lo educa su padre. También lo hace, a escondidas, su madre, Marina, que lo sala con su sal marina. Aparece, en medio de esas dos aguas, un pedagogo o “pedabobo” más, Fulgencio de Entrambosmares, amigo de Avito. Unamuno, tras situarse en la fina frontera que separa el País de las Burlas del País de las Veras, le hace decir a don Fulgencio lo que cabe interpretar como una suma idiotez o una estupenda recomendación, un sabio consejo:

“—Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo, ¡cuánto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro, que con el jopo borra sus huellas; despístales. Sé ilógico a sus ojos hasta que renunciando a clasificarte se digan: es él, Apolodoro Carrascal, especie única. Sé tú, tú mismo, único e insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo. Devuelve cualquier sonido que a ti venga, sea el que fuere, reforzándole y prestándole tu timbre. El timbre será lo tuyo. Que digan: ‘suena a Apolodoro’, como se dice: ‘suena a flauta’ o a caramillo, o a oboe, o a fagot. Y en esto aspira a ser órgano, a tener los registros todos”.

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CXCVII)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CXCVII)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Gracias, muchas gracias, por el esfuerzo. Colijo, por los extraños e inusuales espacios en blanco, que has escrito el comentario desde el móvil.

Leer tu breve escolio ha favorecido o propiciado que me retrotrajera en el tiempo hasta el año en el que estudiaba Tercero de Filología Hispánica en Zaragoza. Acudí varias veces, acompañado casi siempre por mi amigo Javier Sanz, a la Cafetería “La Ideal”, donde cerveceábamos mientras escuchábamos y veíamos videoclips de “Queen”.

Ignoro si ha sido ad líbitum o sin querer, pero has homenajeado (prefiero usar este verbo a plagiado) a John Lennon: “La vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes".

Dejémoslo en mera deducción.

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CXXXVII)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CXXXVII)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Si lees a propósito de Hades y/o el hades, te encontrarás con la dificultad que entraña hacer referencia a dicho término. En el Nuevo Testamento el mentado vocablo aparece mencionado once veces. Una definición aproximada de la susodicha voz puede ser: “morada de las almas de los muertos” (ergo, no necesariamente el infierno, como algunas/os creen).

Mejor dejarte helado (aunque tenga como causa un juego de palabras) que tibio. Como sabes, en el “Apocalipsis” de (¿san? —otro problema insoluble, me temo—) Juan (3, 14-16) se lee: “Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice: Yo conozco tus obras, que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.

Lo que pretendía decir con (y en) los diez versos de la espinela que has comentado es lo mismo que Albert Camus Sintes escribió en el prólogo a una edición norteamericana de “El extranjero”: “Mentir no es solo decir lo que no es. También y sobre todo significa decir más de lo que es, y, en lo que respecta al corazón humano, decir más de lo que se siente”.

Tras leer este escolio, espero que ni el hades ni mis palabras aclaratorias sobre el mismo te hayan dejado tibio, ni él de ser lo que es, un lugar inefable, a pesar de mis esfuerzos por explicártelo.

En la grata compañía de nuestra señera y señora madre, Iluminada, y mis hermanos Miguel Ángel (“el Chato”) y Eusebio (“el Sebios”), sentados en el vehículo que conducía el último, el menda acaba de bajar de Cabretón, a donde nos hemos desplazado para asistir a la misa de funeral y “ennichamiento” (que no miento) de nuestro sobrino y primo Carmelo.

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Ante el arte yo claudico

ANTE EL ARTE YO CLAUDICO

“Que tu barco nunca encalle,
Querido amigo, Otramotro”
Me soltó uno ayer, hoy otro.
Quien mi blog sigue en la calle
Me pide que no me calle.
 
Desde que soy pensionista,
A mi faceta de artista
Diversos ratos dedico.
Ante el arte yo claudico.
Me hace dichoso, optimista.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


No hizo el menda lo que Dido

NO HIZO EL MENDA LO QUE DIDO

A mi dilecta prima Manuela (a quien conocemos por su hipocorístico, “Manoli”), por este quid incontrovertible, porque hoy, lunes, 20 de enero de dos mil catorce, cumple años. Por lo tanto, con cariño a raudales, le mando esta décima y mis ¡muchas felicidades!

Me enamoré de Belén;
Mas mi musa de mí no.
Las fichas del dominó
Me llevaron al Edén.
Se evaporó; que le den.

Si no eres correspondido
En el amor, ves perdido,
Sin rumbo, desorientado.
Leyendo lo he constatado.
No hizo el menda lo que Dido.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (LXII)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (LXII)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

No te falta razón en cuanto aduces, pero...

Como sabes, la tradición viene adjudicando a cada uno de los Siete Sabios de la Hélade una frase sabia, prudente, cuerda. A varios de ellos se les atribuye esta: “Conócete a ti mismo”, que, al parecer, obraba en el pórtico o pronaos del templo de Apolo en Delfos.

Está claro que una/o se conoce a sí misma/o conociendo a las/os demás, y viceversa. Asimismo, cristalino, que mediante la autocrítica o el “autoexamen”, o sea, el juicio crítico de comportamientos y hechos propios, una/o se va conociendo más y mejor. Unas/os osan llevar a cabo el tal y otras/os no. Ergo, sigue a Horacio, que trenzó lo que sigue, y a tu tocayo (en media parte) Immanuel Kant, que contribuyó a difundirlo: “Dimidium facti, qui coepit, habet: sapere aude / incipe” (“Quien ha comenzado ya ha hecho la mitad: atrévete a saber, empieza”).

En esta décima deseaba y esperaba estar granado (lo habitual, como pretendo en todas las que urdo), pero, en esta, en concreto, en la del caso que nos ocupa, si era posible, que intenté que así fuera, un poco (una pizca o un ápice) más, porque, desconozco la razón, en esos momentos previos a la creación o recreación (al acto creador o recreador) tenía en la mente y/o presente varios paisajes de esa ciudad inolvidable donde, como es proverbial, todo es posible, Granada.

“Un viaje de mil millas comienza con el primer paso” dijo Lao-Tsé. A veces, las ganas son ese primer paso.

Coincido con el parecer de don Arturo Pérez-Reverte (“Aperre”, el Bueno): el poder, aliado con la estupidez, conforman una pésima (por nociva) entente.

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (LXI)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (LXI)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Como (desde los puntos de vista personal y literario) me conoces más que otros (eres lector habitual de servidor desde hace la tira de años), el resto (alguna ventaja tenías que tener y, en verdad, dispones o tienes sobre las/os lectoras/es esporádicas/os de esta bitácora, El blog de Otramotro), estás más capacitado que los demás para escribir sobre lo que trenza o urde el menda, el abajo firmante, a diario. Está claro, cristalino, que dispones de más informaciones y de más claves para abrir mi alma, la “caja fuerte” donde descansan mis emociones, pensamientos y sentimientos, esto es, para entender mis entresijos.

Hace mucho tiempo leí a Erasmo de Róterdam (castellanizado). Hace mucho tiempo fui un radioyente empedernido. Hace mucho tiempo fui asiduo espectador de “Estudio Estadio” (programa que ha vuelto a la parrilla televisiva, pero desconozco, porque ahora no suelo verlo, si también por sus fueros).

Tengo la constancia de que soy un metomentodo, o un metete, o un entrometido, o sea, un entremetido. Lo reconozco sin ambages. Es mi cruz (carga, peso o trabajo diario) y acaso, otrosí, mi sino.

Como sabes que las referencias que hago de los archivos (Humor y Metamorfosis, entre otros, en este caso concreto) donde coloco mis textos no son baladíes, la mención que haces es pertinente. No marras un ápice en tu aseveración, que miento, sí (con humor). Sabes que yo, Ángel Sáez García, Otramotro, soy tanto Eladio Golosinas, “Metaplasmo”, como Emilio González, “Metomentodo”, y, asimismo, otros muchos heterónimos (masculinos y femeninos) con los que se puede conformar el término latino “Egomet” (Yo mismo), tras unir la letra inicial del nombre con las dos iniciales del primer apellido y las tres primeras del alias o apodo. No tengo tantos como Fernando Pessoa, pero,... ya veremos.

Los porqués de buena parte de mis procederes cabe hallarlos en los poetas que tanta huella han dejado en mí como lector de poesía, quiero decir, que tanto me han marcado: el mentado Pessoa, Antonio Machado (y sus apócrifos), Walt Whitman, etc.

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¿Otramotro? ¡Otro metete!

¿OTRAMOTRO? ¡OTRO METETE!

El menda no es como Eladio
Golosinas, “Metaplasmo”,
Lector habitual de Erasmo,
Asiduo oyente de radio,
Seguidor de “Estudio Estadio”.

Me parezco, sobre todo,
A Emilio, “Metomentodo”,
Que en camisas de once varas,
Sean baratas o caras,
Se mete (encaja el apodo).

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Miércoles, 29 de marzo

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