El Blog de Otramotro

La falta de control, clave del caso

LA FALTA DE CONTROL, CLAVE DEL CASO

¿EL DINERO DE TODOS NO ES DE NADIE?

En el ámbito laboral, el máximo responsable de un grupo humano, el que sea, ha de responder ante el dueño, el jefe, la dirección o la junta de accionistas por lo que cada uno de los miembros que lo conforman haga o deje de hacer. Eso es lo que suele ocurrir en cualquier departamento de cualquier empresa privada. A quien haya trabajado en una o varias y haya ostentado algún puesto de responsabilidad esto le consta a ciencia cierta. Lo lógico es que la empresa le haya provisto de los medios adecuados, necesarios, para controlar que sus subordinados cumplen a rajatabla con las directrices o política de la empresa y las labores o tareas asignadas a cada puesto de trabajo. Insisto e itero que esto es lo asiduo y normal en cualquier empresa privada. Y si el jefe del departamento equis, una vez requerido por su superior, siempre que las obligaciones que tenía de regir, conocer, corregir y prever que el funcionamiento del sector de la empresa a su cargo fuera el idóneo hubieran sido pactadas y firmadas, no sabe qué ha pasado, que ha habido varios accidentes, que ha bajado la producción o que la entrega del producto se ha retrasado, por poner solo tres ejemplos, el responsable máximo, dueño o director, pone al irresponsable directamente de patitas en la calle, por incompetente.

Ya digo que esto es lo que acostumbra a suceder en cualquier empresa privada de este país. Ahora bien, en el ámbito de la política no cursa del mismo modo, o sea, eso es harina de otro costal. Hay políticos (uno halla de todo en la viña del señor) que se esfuerzan, un día sí y otro también, en mejorar las condiciones de trabajo y los resultados, en optimizar los recursos y en tener como norte y reto lograr alcanzar a diario la excelencia, pero hay otros políticos (los que yo llamo de tres al cuarto o politicastros) que, una vez consiguen acceder, ora dignamente, por méritos propios, ora “digitalmente”, nombrados a dedo, a un alto cargo, una mamandurria o sinecura, verbigracia, empiezan a delegar responsabilidades y, a partir de esa crucial decisión o instante, se desencadena un tsumani de proporciones fatídicas, porque, al verse en la cumbre, tiende a creerse que está por encima del bien y del mal, todo le empieza a dar igual o le importa un bledo lo que pase por debajo de él, en los escalones inferiores, porque los responsables de los mismos son otros. Una de dos, o no cae en la cuenta o ignora que en los niveles inferiores ocurre tres cuartos de lo mismo u otro tanto, esto es, que cada responsable de turno va delegando en otros responsabilidades hasta que el trabajo no sale o el control (palabra clave) no se ejerce o no lleva diligente e inteligentemente a cabo, porque ese trabajo fue delegado en otro, que lo transfirió, a su vez, a otro, hasta que el mal explotó y a todos les llegó alguna parte, por escasa que esta fuera, de la omnímoda pus.

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El tobogán de la maldad atrae

EL TOBOGÁN DE LA MALDAD ATRAE

(ALLÍ DONDE LO PUDRE TODO EL CESTO)

El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor. Todos los días constatamos dicho axioma en las noticias que leemos en el periódico, escuchamos en la radio o vemos en la televisión. He escrito periódico, radio y televisión en singular, pero él y ellas pueden ser plurales. Como soy un optimista avezado, abundaré en la misma tesis que sostuvo un Premio Nobel y usted, atento y desocupado lector (sea ella o él), si no lo ha hecho ya, puede leer (habrá sido o será otra/o, si persevera) cuando llegue a las páginas finales de “La peste”, de Albert Camus: “En medio de los gritos que redoblaban su fuerza y su duración, que repercutían hasta el pie de la terraza, a medida que los ramilletes multicolores se elevaban en el cielo, el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.

Si el cuchillo de cocina es, en sí mismo, bueno, pero puede devenir malo, si se usa para cometer delitos (de variopinto tipo), lo propio cabe decir de las redes sociales, que no son malas en sí mismas, pero puede que por la mañana, por la tarde o por la noche sean portadoras o porteadoras de una plaga pestífera.

A usted, lector/a, y a mí (ignoro su caso pero yo, por ahora, no me he estrenado en el mundo de las redes sociales; tal vez no lo haga jamás; aun así, seguiré con el planteamiento hipotético) nos puede pasar lo que a las dos docenas de estudiantes voluntarios de la Universidad de Stanford que fueron elegidos (al azar, pues consistió en echar una moneda al aire; y si salía cara, se ejercía de guardián; y si salía cruz, se fungía de preso) por el psicólogo Philip Zimbardo en 1971 para coronar un experimento: qué podía ocurrir a un grupo formado por jóvenes buenos colocados en un lugar malvado, una apócrifa cárcel. El estudio, que iba a durar dos semanas, quedó interrumpido al sexto día, el 20 de agosto, porque una mujer, la doctora Christina Maslach pidió, escandalizada de lo que vio en la falsa prisión (“Es horrible lo que estás haciendo con esos chicos”, le espetó), a Zimbardo que clausurara sin demora aquel erebo. Algunos guardianes se habían convertido en pérfidos y sádicos. Un preso, que colapsó emocionalmente, fue liberado de aquella pesadilla a las 36 horas. Se probó y comprobó que la cesta malévola había tenido efectos tóxicos sobre las manzanas sanas. Todo esto lo cuenta Zimbardo en “El Efecto Lucifer” (2007).

Treinta y tantos años después del experimento, Zimbardo advirtió ciertas concomitancias o paralelismos entre lo que acaeció en el sótano de Stanford y los abusos llevados a cabo en la prisión de Abu Ghraib. En el libro citado, Zimbardo analiza las diversas metamorfosis que pueden experimentar personas buenas que son seducidas por un rosario de circunstancias, que las impelen o empujan a deslizarse por la atrayente pendiente resbaladiza del tobogán de la maldad.

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Progreso y retroceso no se excluyen

PROGRESO Y RETROCESO NO SE EXCLUYEN

En los cuatro primeros versos de la décima que he titulado “¿El progreso es retroceso?” y que publicaré mañana digo: “A veces miro el progreso / Y veo calamidades / Y un montón de soledades / Que hablan más de retroceso”.

Está claro que dirigía y fijaba mi atención en una faceta concreta de ese poliedro que es la realidad. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿Vivimos en el mejor de los mundos posibles, como aseveró el “último genio universal”, Gottfried Wilhelm Leibniz (y luego sostuvo el zumbón François-Marie Arouet, “Voltaire” —mofándose a carcajada tendida del citado filósofo, jurista, lógico, teólogo y... alemán—, por boca del doctor Pangloss, uno de los personajes de su “Cándido”)? ¿O el nuestro sigue siendo un hediondo albañal, una nauseabunda sentina, un mundo inmundo?

Quien conteste sí a la primera pregunta será tachado (y, en mi modesto criterio, con razón) de pesimista. Quien responda sí a la segunda deberá completar o complementar dicha afirmación a continuación, si no quiere ser etiquetado de parcial o motejado de algo aún peor, con la aseveración contraria u opuesta, por ser ambas ciertas. Como mucha gente aduce, huyendo de la visión simplista, maniquea, entre el blanco y el negro, la bondad y la maldad, cabe hallar y no callar lo que hay, una amplia gama de grises (pero estos no son extintos policías españoles, por ser ese el color de los uniformes que vestían otrora, en los años siguientes al postfranquismo, no).

No necesitamos escuchar ni leer los sesudos argumentos (apoyados por un apabullante, incuestionable y variopinto elenco de datos fidedignos) expuestos donde sea, ni aceptar (de buen o peor grado) las convincentes razones de peso aducidas por supuestos intelectuales (ellas o ellos) de derecha o de izquierda para tomar conciencia y constatar, porque tenemos ojos y no estamos ciegos, que vivimos en un mundo manifiestamente mejorable.

La supuesta bondad o maldad del mundo sigue dependiendo del color del cristal con que cada quien lo mira (ya sea globalmente, desde una perspectiva coral, íntegra; ya sea parcialmente, fijándonos en una sola faceta de ese enorme poliedro), o sea, de la famosa cuarteta de don Ramón de Campoamor, que fina la primera parte del poema titulado “Las dos linternas”, que dedicó al escritor, periodista y filósofo, amén de amigo, Gumersindo Laverde Ruiz, de la que tantos letraheridos solemos echar mano para dar cuenta de la realidad pura y dura: “Y es que en el mundo traidor / nada es verdad ni mentira: / ‘todo es según el color / del cristal con que se mira’”.

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Estos son los principios de la lengua

ESTOS SON LOS PRINCIPIOS DE LA LENGUA

Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere” (“Estos son los principios del derecho: vivir honestamente, no molestar al otro y dar a cada uno lo suyo”).

Domicio Ulpiano

Es evidente que la lengua castellana (adjetivo que prefiero aquí a española, para no molestar —alterum non laedere, recomendaba el célebre jurista romano Ulpiano en su famoso apotegma sobre los tres principios del derecho, que he seleccionado como epígrafe o exergo para que encabezara esta urdidura— a quienes utilizan habitualmente el catalán, el gallego o el euskera para escribir, leer, oír y expresarse verbalmente), que usamos los hablantes españoles, ellas y ellos, para comunicarnos de ordinario, consecuencia o producto de una larga evolución, es sexista (pero unas veces puede ser tachada de machista, las más, y otras de feminista, las menos). Pondré unos cuantos casos feministas: los adjetivos hipócrita e idiota, terminados en -a, son los vocativos de dos vocablos griegos (hypokrités e idiotés) y sirven indistintamente para acompañar a ella y a él. Hay un montón de oficios en los que se usa la terminación -a tanto para el masculino como para el femenino: electricista, escayolista, periodista, anestesista, dentista, contratista, trompetista, pianista, guitarrista, violinista,... (la lista se haría o sería interminable, pero es finita). Como el sustantivo mente es femenino, cuando formamos adverbios terminados en mente, siempre usamos el adjetivo de una sola terminación (amable, hábil, feliz, sutil, falaz,...; por lo tanto, amablemente, hábilmente, felizmente,...) o el adjetivo femenino (amistosamente, energúmenamente, pasmosamente,...).

Ciertamente, todos (hembras y varones) aprendimos en la escuela de pequeños, siendo unos críos, que, para dar cuenta del plural mixto, echábamos mano del masculino: los niños y las niñas que había en la clase eran los niños. Los diversos juegos a los que jugábamos en el patio, a la hora del recreo, eran los juegos. Las cosas, en lo tocante al plural (no así en otros ámbitos, entornos o terrenos, donde los avances han sido inconcusos e incontrovertibles, pero todavía queda una notoria diferencia o trecho que conquistar o ganar), siguen, poco más o menos, igual (o incluso peor). Servidor, verbigracia, ha intentado contribuir a hallar una solución satisfactoria mediante el uso de la barra: as/os. Pero, ahora hay quienes, enarbolando una pretendida bandera que busca lograr a pasos agigantados la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, se han metido en camisa de once varas, en un fregado (espero y deseo que, como hoy abunda por doquier tanta persona quisquillosa, picajosa —basta con acercarse a los diarios digitales y leer lo que unas/os y otras/os, tras pensar, se supone, escriben—, nadie advierta en la expresión que acabo de usar ni doble ni menos aún peyorativo sentido) o en un jardín.

La lengua que usamos está en constante evolución (nos demos cuenta de ello o no; por ejemplo, al adjetivo antípoda, que tenía género masculino, ahora se usa como sustantivo y de manera indistinta: en las/os antípodas, significando “en lugar o posición radicalmente opuesta o contraria”, según el DLE). ¿Por qué apoteosis (deificación de personas o héroes, que pasó a significar también la escena culminante y concluyente de una obra de teatro) y apófisis son femeninos y apocalipsis (libro, masculino, de la revelación, femenino) masculino? Yo lo ignoro, pero tal vez alguien lo sepa y se digne aleccionarnos.

Con la incorporación (bienvenida fue, es y será, sin duda) de la mujer a puestos de trabajo ocupados tradicionalmente por hombres, algunos usos han sido aceptados: capitán/a, concejal/a, juez/a, teniente/a, pero otros no: agente, cabo, furriel, general. Si hacemos caso a ciertas propuestas, sin pies ni cabeza (de las que nadie nos libramos, porque todos hemos hecho alguna vez alguna), ¿acaso se pretende hacernos creer que se llegará antes a la igualdad de facto tomando el adjetivo criminal, que acompaña a sustantivos masculinos y femeninos, y cuando se usa como sustantivo siga siendo criminal para el hombre y pase a ser criminala para la mujer? Y con testigo, ¿qué, tres cuartos de lo mismo? Por favor…

Considero que la igualdad no se va a alcanzar mediante sinrazones, sino con argumentos de peso. No se obtiene sacándose de la manga o de una chistera (si el conejo que se extrae es de chiste) el subterfugio o la añagaza de ir cambiando los vocablos masculinos terminados en -e o en -o por los femeninos (todos sabemos desde niños que caballo es un mamífero que porta el género masculino —su femenino correspondiente es yegua—, pero caballa es un pez, que porta el género femenino, pero sirve para el macho y para la hembra).

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Cuando la verdad no importa, ¿qué importa?

CUANDO LA VERDAD NO IMPORTA, ¿QUÉ IMPORTA?

¿KUNDA PRETENDE QUE SU IDEA CUNDA?

Si, según la navaja de Ockham, “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”, a nadie (de cuantas/os conozco y he debatido con ellas/os del asunto controvertido que actual y últimamente más me inquieta e intriga —y, por eso, lo traigo y tengo entre manos—, si los datos contrastados persuaden más o menos que los mensajes emocionales), le debería extrañar la conclusión a la que llegó la psicóloga social Ziva Kunda, que, poco más o menos, puede formularse así: que lo lógico y normal es que las personas lleguemos a las conclusiones a las que queríamos llegar. Cabe colegir, por tanto, de lo urdido arriba que, como ella no era una excepción a dicha regla, Ziva no logró escaparse de las garras y/o fauces de dicho sino o destino. Así que es razonable preguntarse qué es lo que pretendía de verdad Kunda, y, asimismo, conforme a razón contestarse que, acaso (y hasta sin acaso) que su idea cundiera.

Para todos los seres humanos (hembras y varones) nuestra composición, idea o visión del mundo, nuestra vida, es un relato o rompecabezas en el que tienen que encajar, sin chirriar, sin desentonar, como en cualquier maquinaria, mecanismo o motor bien engrasado, todas las acciones, todos los párrafos, todas las piezas.

Si una verdad recién salida del horno contradice nuestra verdad original, primera, prístina, y, en lugar de hacer lo cabal y correcto, lo decente, como manda el rigor intelectual, seguir al filósofo alemán Karl Popper (para quien la verdad era siempre sospechosa, y gozaba de una condición interina, provisional, de tal manera que, en el supuesto de que una verdad fuera refutada por otra, esta se encargaría de abatir y acabar con la falsa, o de bajarla del pedestal sobre el que hubiera sido colocada, o de echarla y de ocupar en ese mismo instante su trono), la ignoramos, porque no cuadra con nuestro relato o rompecabezas, o la desechamos, porque, como no nos sirve, deja de tener importancia para nosotros, ¿qué podemos hacer para salir incólumes de dicho aprieto?

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¿Que qué es la literatura?

¿QUE QUÉ ES LA LITERATURA?

Es la adecuada herramienta
Para que cualquiera alumbre
Cuanto a la gloria lo encumbre
O al orco lo abaje, mienta
O no mienta en lo que mienta
Y se ha editado. Se sabe,
Porque en ella todo cabe,
Que hay a quien peta qué cuenta
Y hay a quien cómo lo cuenta,
Pues no falta el que esto alabe.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


¿Que la literatura no es profética?

¿QUE LA LITERATURA NO ES PROFÉTICA?

“Quieren que se produzcan movilizaciones tumultuosas y que no sean pacíficas. Lo están buscando y los policías vienen con esa voluntad; es evidente y lo vemos cada día”.

Joaquim Forn, conseller de Interior de la Generalitat.

Las palabras que sirven de epígrafe o exergo a este texto otros diarios las han reducido a lo que de sus declaraciones cabe conjeturar o inferir, que “La Policía y la Guardia Civil vienen a Cataluña a alterar el orden”.

Siguiendo la lección que Confucio impartió, imparte e impartirá a quien invierta unos minutos de su preciado y precioso tiempo y lo lea (“Estudia el pasado y pronosticarás el futuro”), el maestro de periodistas (poco importa que haya o no haya dado clases de esta, esa o aquella asignatura en esta, esa o aquella facultad —sus textos, en forma de libros o artículos, contienen, destilan y exudan enseñanzas sin cuento— de Ciencias de la Información) Gregorio Morán, en la “sabatina intempestiva” (“Los medios del Movimiento Nacional catalán”) que no le publicaron (pero que acaso tuvo más lectores de los habituales, porque circuló sin dificultades por las redes sociales) en La Vanguardia, diario en el que aparecían sus artículos, presagiaba (a ver quién es la/el guapa/o que pone en tela de juicio el pensamiento, que vengo sosteniendo desde hace la tira de años, de que la literatura tiene un evidente carácter profético), en concreto, en su quinto (y ya se sabe lo que predica el dicho, que no hay quinto —se refiera uno con dicho vocablo al frío botellín de cerveza, al mozo que acaba de estrenar su mayoridad o al astado, elegido por el ganadero como el mejor para la lidia, según argumenta Carlos Abella, que acostumbraba a salir de chiqueros u ocupaba dicho lugar en el orden de la corrida— malo) párrafo, se atrevió a trenzar la siguiente verdad (que ha devenido en, ora por inspiración divina, ora por oráculo, una predicción que se ha cumplido):

“Ahora bien, el cese de Albert Batlle como jefe de los Mossos d´Esquadra y su sustitución por el delincuente legal, Joaquim Forn, —podría llamarse así a aquel que rompe la legalidad cuando le peta en función de sus intereses políticos—. Lo hizo en los Juegos Olímpicos del 92; la pitada al Rey; la campaña ‘Freedom for Catalunya’… Es decir, que a partir de ahora, quien controlará los Mossos d´Esquadra” es un tipo dentro de toda sospecha, que no cumplirá la legalidad que no le exijan los ilegales. No quisiera incluir aquí su amplio currículo como talibán de la barretina”.

¿Hay quien, teniendo en cuenta todos los textos publicados en la prensa española y en internet sobre el caso o particular, quien, conociendo los antecedentes del actual conseller de Interior de la Generalitat, haya ejercido de mejor augur, quiero decir, quien haya hecho una etopeya que mejore la de Morán, que había predicho qué actitud o comportamiento era esperable, posible y probable que pronto protagonizara o tuviera el sujeto susodicho? Considero que no. Ahora bien, como leo mucho, pero es meramente imposible leerlo todo, reconozco que puedo estar equivocado.

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Gregorio es entrañable y admirable

GREGORIO ES ENTRAÑABLE Y ADMIRABLE

“Era lo bastante listo para conocerse a sí mismo, lo bastante valiente para ser él mismo y lo bastante insensato para cambiarse a sí mismo y, al mismo tiempo, seguir manteniéndose auténtico”.

Patrick James Rothfuss, en “La música del silencio”.

De los tres Gregorios, tres, sobre los que me dispongo a discurrir brevemente en este opúsculo, atento y desocupado lector (sea ella o él), a quien le tengo más cariño y le estoy más agradecido es a mi tío (lo llamo así, aunque, en sentido estricto, no lo es) Gregorio. El esposo de mi tía Ramona, que, en realidad, era prima segunda de mi padre, y la recién mencionada nos abrieron de par en par hace muchos años la puerta de su casa en Tórtoles, barrio turiasonense, a toda nuestra familia. No estoy seguro de si fue la primera vez que subimos a Tarazona, pero recuerdo, aunque de manera desdibujada, la ocasión en la que mis hermanos varones y servidor vestíamos camisas estampadas con diversos tipos de barcos y pantalones cortos de color azul marino.

Aunque casi todas las semanas llamo y hablo por teléfono con mi tía Ramona (se pone menos veces mi tío, nonagenario), que viven en una residencia especialmente acondicionada o habilitada para cuidar a personas de la tercera edad, creo que no los veo desde que acudieron con Gabriel, su hijo, al tanatorio a darnos el pésame a mis hermanos y a mí con la tristísima y desgarradora nueva del fallecimiento de nuestra progenitora. ¡Cómo lloraba (demostraba así, sin decir palabra, su mucho pesar por la pérdida de nuestra madre) nuestro tío Gregorio!

Le confieso, sin ambages, atento y desocupado lector (sea hembra o varón), que estoy en deuda con Gregory House, protagonista de la serie televisiva, desgraciadamente, ya clausurada (¡qué pena, pues sus guionistas —con quienes, en puridad, tengo el débito— habían conseguido asimilar la inmarchitable lección de Horacio, o sea, habían logrado extraer todo el jugo o sacado el máximo provecho a los versos 343 y 344 de su “Arte poética”, es decir, a su sabia recomendación de mezclar lo útil con lo dulce!), que se tituló, precisamente, así, como su primer apellido, “House”; porque no solo le debo los buenos ratos que me ha hecho pasar viendo/escuchando sus episodios, sino que me ha abastecido sin querer, involuntariamente, de un número ingente de ideas con las que he procurado enriquecer algunas de mis urdiduras (o “urdiblandas”) en verso o en prosa.

El ficticio doctor House (personaje creado por David Shore), especialista en enfermedades infecciosas y nefrología, casi casi un trasunto de otro personaje ficticio, Sherlock Holmes, el detective salido del magín de Arthur Conan Doyle, eso sí, puesto al día, remozado, modernizado, no obstante sus notorias soberbia intelectual, misantropía (rehúsa, si pude, el contacto con sus pacientes) y egolatría, su manifiesto infantilismo (a veces actúa como si fuera un crío, apostándose con su amigo Wilson, por ejemplo, a ver quién consigue que su gallina —cada uno la suya— pase inadvertida más tiempo a los ojos escrutadores de los agentes de seguridad del hospital, o jugando en dicho recinto con helicópteros teledirigidos), resuelve casos difíciles, salvando, salvo contadas excepciones (la muerte de una paciente, empero, verbigracia, le sigue obsesionando, rondando o gravitando sobre su pesquis, hasta una década después), la vida a numerosos pacientes. Su adicción a la vicodina y al juego (si invierte en bolsa y chantajea a un paciente, rico empresario, es para conseguir que vuelvan a trabajar con él Chase y Taub), el frecuente uso que hace del sarcasmo y su frase proverbial de que “todo el mundo miente” serían ingredientes fundamentales, imprescindibles, de cualesquiera etopeyas que de él, un médico singular, inolvidable, inconfundible, genial, distinto y distante, se hicieran.

A pesar de que en algunos momentos u ocasiones llega a resultar detestable, insoportable e insufrible (incluso para los miembros de su equipo —Foreman, Cameron, Chase, Kutner, “Trece”, Taub, Masters, Adams, Park—, que, antes o después, llegan a la conclusión de que es un médico excepcional, fuera de lo común; para Cuddy, la directora médica del apócrifo Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de Nueva Jersey y, durante algún tiempo, su pareja; para su —¿único?— amigo, el oncólogo Wilson; y acaso también para el espectador, fan o no de la serie), en otros/as todas/os las/os mentadas/os antes, arriba, se lo comerían a besos por ser un hacha o lince en lo suyo, diagnosticar enfermedades y prescribir los medicamentos oportunos para que las/os pacientes sanen, y por tener salidas inopinadas, desopilantes.

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Léame y se leerá

LÉAME Y SE LEERÁ

Escribamos en prosa o en verso, o no escribamos nada de nada, todos los seres humanos, todos, sin excepción, sin importarnos ni importunarnos un solo ápice o pizca cuál sea nuestro sexo, somos (podemos pasar por o aparentar ser) libros, libres libros que nos hacen, precisa y preciosamente, libres.

Así las cosas, como nada de lo humano le (y me) es ajeno, si usted, recientemente, verbigracia, ha perdido por las razones (o sinrazones) que sean a una/o de sus allegadas/os; si ha recibido el enésimo revés sentimental (le han vuelto a dejar por otra/o y a sentirse lo acostumbrado, una mera piltrafa), le recomiendo con especial encarecimiento que siga leyéndome; si lo hace, tal vez deduzca lo que conviene o viene a cuento, que se lee a sí misma/o y logre interpretarse correctamente y, como lógica consecuencia, alcance la extraña bendición (o la rara maldición), que es llegar a la cima, conocerse, entenderse.

Quien lee (lo trenza para usted —y para sí mismo— el lector empedernido que es servidor) suele encontrar en lo que está leyendo en ese concreto momento, tras haber naufragado el bote o buque que, por los motivos que fueran, dejó de mantenerse a flote, una tabla de salvación, que a mí me gusta llamar el abecé de todo fracaso, porque depara, a la vez, el triángulo o la solución amable: alivio, bálsamo y consuelo.

Acaso no sea siempre la panacea, el remedio para cualesquiera males habidos o por haber, pero sí es en numerosos casos el libro que una/o anda leyendo un botiquín de primeros auxilios para el lacerado espíritu.

Horacio acertó de lleno en el centro de la diana cuando escribió en latín los versos 343 y 344 de su celebérrima “Epístola a los Pisones” (obra conocida también por otro título, “Arte poética”): “omne tulit punctum qui miscuit utile dulci, / lectorem delectando pariterque monendo” (“todo el galardón se lo llevó quien mezcló lo útil con lo dulce, al lector deleitando y al mismo tiempo amonestándolo”).

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Dame imaginación y sudor, dame

DAME IMAGINACIÓN Y SUDOR, DAME

(¡CUÁNTO BIEN ME REPORTA PASAR PÁGINA!)

“En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”.

Albert Einstein

La existencia, nuestra vida, no es ni un valle de lágrimas con el que da grima rimar (si el vocablo elegido para hacer la rima es la herramienta que suele portar y usar la muerte, el dalle) ni un jardín de rosas olorosas que procura tanto placer como yacer con quien cada quien pasee y fantasee. La vida tiene momentos en los que parece uno e instantes en los que semeja otro. Depende de nosotros, depende de qué pensemos en esos precisos (despreciables o preciosos) lapsos de tiempo. Si somos optimistas, veremos la parte positiva del asunto o tema que tenemos entre manos. Si somos pesimistas veremos la parte contraria u opuesta a la anterior, que tememos. El ejemplo de la visión del vaso medio lleno o medio vacío puede ser clarificadora, si no para todas/os, para el grueso, la mayor parte.

A lo largo de la vida, una persona añosa (aunque no se haya dedicado a torear morlacos en cosos taurinos) ha tenido que lidiar con miles y miles de astados cinqueños, si damos en llamar metafóricamente toro a una situación de difícil solución por ser compleja, a un casus belli, a un brete (del que una/o no logra escaparse, no, con facilidad ni en un periquete).

Sé de quien, aleccionado por la experiencia, apenas confía en las nuevas personas que conoce. Se ha sentido, un día sí y otro también, sin defecto, tan defraudado con cuantas/os le ha tocado en suerte tratar, que ya no se hace ilusiones, para no verse de nuevo frustrado. Ha dicho (si no lo ha proferido, al menos, lo ha pensado) tantas veces “Tierra, trágame” (al ser humillado por una deslealtad o una infidelidad), que ha devenido en un carámbano o témpano emocional, pues pasa de ser nuevamente hollado.

Tras recibir el último y más reciente varapalo, escribió un relato sobre lo que le acaeció, que tituló “Estrellado en un bar de cuatro estrellas”:

Me sentía moderadamente orgulloso de ser el encargado o responsable de uno de los nuevos locales que se iban a abrir en breve en la zona de ocio y restauración del boyante Centro Comercial “El orbe del Ebro”. Deseaba y, a la par, esperaba que la misma persona que me había escogido a mí para llevar las riendas del negocio hubiera seleccionado también al resto del personal, a las compañeras que me iban a ayudar en las diversas tareas del “Stars bar”, del bar de las estrellas, que, según mi criterio, además de serlo las grandes fotos de los actores y las actrices de cine de los paneles, debían serlo nuestras/os clientes y, mientras estuviéramos trabajando allí, no tendríamos que aspirar a serlo también nosotros (mis compañeras y yo) para nuestras/os clientes (habituales o esporádicas/os), porque, de esta guisa, evitaríamos las posibles fricciones o luchas de egos que pudieran brotar o surgir entre ambos.

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Acatando o atacando la moral

ACATANDO O ATACANDO LA MORAL

Acaso le sorprenda este parecer mío, atento y desocupado lector (sea usted adulto o joven, hembra o varón), pero, aunque no seamos plenamente conscientes de ello, todos los comportamientos, todos, sin excepción, que tenemos las personas adultas y muchas jóvenes que estamos en nuestros cabales, quiero decir, las que sabemos distinguir entre lo que está bien hecho de lo que no lo está, los coronamos o llevamos a cabo acatando o atacando la ética, la moral (conjunto de valores que nos sirven de guías para elegir y hacer o dejar de hacer lo que sea, y que, una vez nos hemos habituado a ellos, darán sentido y regirán el curso normal de nuestras vidas), o sea, respetando la costumbre, la ley, lo reglamentado, o contraviniéndola/o. La virtud y el vicio, si firmaron algún día algún armisticio, cosa que hoy, aquí y ahora, pongo en tela de juicio, desde que vine al mundo (al menos, desde que llegué a la mayoría de edad y vengo haciendo buen uso de mi razón), andan a la greña, están en guerra abierta. Y es que, como dijo y dejó escrito en letras de molde Jacinto Benavente, “el único egoísmo aceptable es el de procurar que todos estén bien para estar uno mejor”.

Puede que no rinda dineraria o crematísticamente hablando, pero la bondad es la única inversión que nos deja el corazón henchido, atestado, como la Plaza Nueva, o de los Fueros, de Tudela el día del chupinazo o el Domingo de Resurrección, con ocasión de la Bajada del Ángel, y la sensación de plenitud en nuestro fuero interno. La música que interpreta la caridad, la generosidad, la liberalidad, el altruismo, es la mejor que puede salir de un arpa, aunque esta llevara arrumbada ni se sabe cuánto tiempo, porque tal vez un día fuera olvidada por su dueña/o en el rincón de una habitación lóbrega y oscura (como lo propio u otro tanto le acaeciera antaño a la de la Rima VII de Gustavo Adolfo Bécquer). Una vez desempolvada, reluciente y afinada, vuelve a estremecer los corazones y las razones de todos los ciudadanos que somos en el orbe (y espero y deseo que esto a nadie moleste ni estorbe).

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CCCXII)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCCXII)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Disculpa mi demora en contestar tu apostilla. El sábado hubo actuación en el cíber-café “Praga” y ayer, en la grata compañía de mi hermano Eusebio, estuve viendo el partido de fútbol (tedioso, soporífero; apenas hubo tres o cuatro ocasiones claras de gol) entre el C. D. Tudelano y el C. D. Boiro en el Estadio Municipal “Ciudad de Tudela”.

Lamento, de veras, que la rodilla de tu doña siga en sus trece, dándole molestias; y celebro que tú estés estupendo, hecho una rara avis.

¡Chapó! Solo por comple(men)tar alguno de tus puntos de vista, añadiré lo que sigue.

Como afirma Karl Raimund Popper, la verdad es provisional. Dura mientras no es refutada por otra, que viene a ocupar tras ese concreto instante de contradicción su interino (en principio, también, sí) lugar.

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