El Blog de Otramotro

Estos son los principios de la lengua

ESTOS SON LOS PRINCIPIOS DE LA LENGUA

Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere” (“Estos son los principios del derecho: vivir honestamente, no molestar al otro y dar a cada uno lo suyo”).

Domicio Ulpiano

Es evidente que la lengua castellana (adjetivo que prefiero aquí a española, para no molestar —alterum non laedere, recomendaba el célebre jurista romano Ulpiano en su famoso apotegma sobre los tres principios del derecho, que he seleccionado como epígrafe o exergo para que encabezara esta urdidura— a quienes utilizan habitualmente el catalán, el gallego o el euskera para escribir, leer, oír y expresarse verbalmente), que usamos los hablantes españoles, ellas y ellos, para comunicarnos de ordinario, consecuencia o producto de una larga evolución, es sexista (pero unas veces puede ser tachada de machista, las más, y otras de feminista, las menos). Pondré unos cuantos casos feministas: los adjetivos hipócrita e idiota, terminados en -a, son los vocativos de dos vocablos griegos (hypokrités e idiotés) y sirven indistintamente para acompañar a ella y a él. Hay un montón de oficios en los que se usa la terminación -a tanto para el masculino como para el femenino: electricista, escayolista, periodista, anestesista, dentista, contratista, trompetista, pianista, guitarrista, violinista,... (la lista se haría o sería interminable, pero es finita). Como el sustantivo mente es femenino, cuando formamos adverbios terminados en mente, siempre usamos el adjetivo de una sola terminación (amable, hábil, feliz, sutil, falaz,...; por lo tanto, amablemente, hábilmente, felizmente,...) o el adjetivo femenino (amistosamente, energúmenamente, pasmosamente,...).

Ciertamente, todos (hembras y varones) aprendimos en la escuela de pequeños, siendo unos críos, que, para dar cuenta del plural mixto, echábamos mano del masculino: los niños y las niñas que había en la clase eran los niños. Los diversos juegos a los que jugábamos en el patio, a la hora del recreo, eran los juegos. Las cosas, en lo tocante al plural (no así en otros ámbitos, entornos o terrenos, donde los avances han sido inconcusos e incontrovertibles, pero todavía queda una notoria diferencia o trecho que conquistar o ganar), siguen, poco más o menos, igual (o incluso peor). Servidor, verbigracia, ha intentado contribuir a hallar una solución satisfactoria mediante el uso de la barra: as/os. Pero, ahora hay quienes, enarbolando una pretendida bandera que busca lograr a pasos agigantados la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, se han metido en camisa de once varas, en un fregado (espero y deseo que, como hoy abunda por doquier tanta persona quisquillosa, picajosa —basta con acercarse a los diarios digitales y leer lo que unas/os y otras/os, tras pensar, se supone, escriben—, nadie advierta en la expresión que acabo de usar ni doble ni menos aún peyorativo sentido) o en un jardín.

La lengua que usamos está en constante evolución (nos demos cuenta de ello o no; por ejemplo, al adjetivo antípoda, que tenía género masculino, ahora se usa como sustantivo y de manera indistinta: en las/os antípodas, significando “en lugar o posición radicalmente opuesta o contraria”, según el DLE). ¿Por qué apoteosis (deificación de personas o héroes, que pasó a significar también la escena culminante y concluyente de una obra de teatro) y apófisis son femeninos y apocalipsis (libro, masculino, de la revelación, femenino) masculino? Yo lo ignoro, pero tal vez alguien lo sepa y se digne aleccionarnos.

Con la incorporación (bienvenida fue, es y será, sin duda) de la mujer a puestos de trabajo ocupados tradicionalmente por hombres, algunos usos han sido aceptados: capitán/a, concejal/a, juez/a, teniente/a, pero otros no: agente, cabo, furriel, general. Si hacemos caso a ciertas propuestas, sin pies ni cabeza (de las que nadie nos libramos, porque todos hemos hecho alguna vez alguna), ¿acaso se pretende hacernos creer que se llegará antes a la igualdad de facto tomando el adjetivo criminal, que acompaña a sustantivos masculinos y femeninos, y cuando se usa como sustantivo siga siendo criminal para el hombre y pase a ser criminala para la mujer? Y con testigo, ¿qué, tres cuartos de lo mismo? Por favor…

Considero que la igualdad no se va a alcanzar mediante sinrazones, sino con argumentos de peso. No se obtiene sacándose de la manga o de una chistera (si el conejo que se extrae es de chiste) el subterfugio o la añagaza de ir cambiando los vocablos masculinos terminados en -e o en -o por los femeninos (todos sabemos desde niños que caballo es un mamífero que porta el género masculino —su femenino correspondiente es yegua—, pero caballa es un pez, que porta el género femenino, pero sirve para el macho y para la hembra).

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Cuando la verdad no importa, ¿qué importa?

CUANDO LA VERDAD NO IMPORTA, ¿QUÉ IMPORTA?

¿KUNDA PRETENDE QUE SU IDEA CUNDA?

Si, según la navaja de Ockham, “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”, a nadie (de cuantas/os conozco y he debatido con ellas/os del asunto controvertido que actual y últimamente más me inquieta e intriga —y, por eso, lo traigo y tengo entre manos—, si los datos contrastados persuaden más o menos que los mensajes emocionales), le debería extrañar la conclusión a la que llegó la psicóloga social Ziva Kunda, que, poco más o menos, puede formularse así: que lo lógico y normal es que las personas lleguemos a las conclusiones a las que queríamos llegar. Cabe colegir, por tanto, de lo urdido arriba que, como ella no era una excepción a dicha regla, Ziva no logró escaparse de las garras y/o fauces de dicho sino o destino. Así que es razonable preguntarse qué es lo que pretendía de verdad Kunda, y, asimismo, conforme a razón contestarse que, acaso (y hasta sin acaso) que su idea cundiera.

Para todos los seres humanos (hembras y varones) nuestra composición, idea o visión del mundo, nuestra vida, es un relato o rompecabezas en el que tienen que encajar, sin chirriar, sin desentonar, como en cualquier maquinaria, mecanismo o motor bien engrasado, todas las acciones, todos los párrafos, todas las piezas.

Si una verdad recién salida del horno contradice nuestra verdad original, primera, prístina, y, en lugar de hacer lo cabal y correcto, lo decente, como manda el rigor intelectual, seguir al filósofo alemán Karl Popper (para quien la verdad era siempre sospechosa, y gozaba de una condición interina, provisional, de tal manera que, en el supuesto de que una verdad fuera refutada por otra, esta se encargaría de abatir y acabar con la falsa, o de bajarla del pedestal sobre el que hubiera sido colocada, o de echarla y de ocupar en ese mismo instante su trono), la ignoramos, porque no cuadra con nuestro relato o rompecabezas, o la desechamos, porque, como no nos sirve, deja de tener importancia para nosotros, ¿qué podemos hacer para salir incólumes de dicho aprieto?

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¿Que qué es la literatura?

¿QUE QUÉ ES LA LITERATURA?

Es la adecuada herramienta
Para que cualquiera alumbre
Cuanto a la gloria lo encumbre
O al orco lo abaje, mienta
O no mienta en lo que mienta
Y se ha editado. Se sabe,
Porque en ella todo cabe,
Que hay a quien peta qué cuenta
Y hay a quien cómo lo cuenta,
Pues no falta el que esto alabe.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


¿Que la literatura no es profética?

¿QUE LA LITERATURA NO ES PROFÉTICA?

“Quieren que se produzcan movilizaciones tumultuosas y que no sean pacíficas. Lo están buscando y los policías vienen con esa voluntad; es evidente y lo vemos cada día”.

Joaquim Forn, conseller de Interior de la Generalitat.

Las palabras que sirven de epígrafe o exergo a este texto otros diarios las han reducido a lo que de sus declaraciones cabe conjeturar o inferir, que “La Policía y la Guardia Civil vienen a Cataluña a alterar el orden”.

Siguiendo la lección que Confucio impartió, imparte e impartirá a quien invierta unos minutos de su preciado y precioso tiempo y lo lea (“Estudia el pasado y pronosticarás el futuro”), el maestro de periodistas (poco importa que haya o no haya dado clases de esta, esa o aquella asignatura en esta, esa o aquella facultad —sus textos, en forma de libros o artículos, contienen, destilan y exudan enseñanzas sin cuento— de Ciencias de la Información) Gregorio Morán, en la “sabatina intempestiva” (“Los medios del Movimiento Nacional catalán”) que no le publicaron (pero que acaso tuvo más lectores de los habituales, porque circuló sin dificultades por las redes sociales) en La Vanguardia, diario en el que aparecían sus artículos, presagiaba (a ver quién es la/el guapa/o que pone en tela de juicio el pensamiento, que vengo sosteniendo desde hace la tira de años, de que la literatura tiene un evidente carácter profético), en concreto, en su quinto (y ya se sabe lo que predica el dicho, que no hay quinto —se refiera uno con dicho vocablo al frío botellín de cerveza, al mozo que acaba de estrenar su mayoridad o al astado, elegido por el ganadero como el mejor para la lidia, según argumenta Carlos Abella, que acostumbraba a salir de chiqueros u ocupaba dicho lugar en el orden de la corrida— malo) párrafo, se atrevió a trenzar la siguiente verdad (que ha devenido en, ora por inspiración divina, ora por oráculo, una predicción que se ha cumplido):

“Ahora bien, el cese de Albert Batlle como jefe de los Mossos d´Esquadra y su sustitución por el delincuente legal, Joaquim Forn, —podría llamarse así a aquel que rompe la legalidad cuando le peta en función de sus intereses políticos—. Lo hizo en los Juegos Olímpicos del 92; la pitada al Rey; la campaña ‘Freedom for Catalunya’… Es decir, que a partir de ahora, quien controlará los Mossos d´Esquadra” es un tipo dentro de toda sospecha, que no cumplirá la legalidad que no le exijan los ilegales. No quisiera incluir aquí su amplio currículo como talibán de la barretina”.

¿Hay quien, teniendo en cuenta todos los textos publicados en la prensa española y en internet sobre el caso o particular, quien, conociendo los antecedentes del actual conseller de Interior de la Generalitat, haya ejercido de mejor augur, quiero decir, quien haya hecho una etopeya que mejore la de Morán, que había predicho qué actitud o comportamiento era esperable, posible y probable que pronto protagonizara o tuviera el sujeto susodicho? Considero que no. Ahora bien, como leo mucho, pero es meramente imposible leerlo todo, reconozco que puedo estar equivocado.

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Gregorio es entrañable y admirable

GREGORIO ES ENTRAÑABLE Y ADMIRABLE

“Era lo bastante listo para conocerse a sí mismo, lo bastante valiente para ser él mismo y lo bastante insensato para cambiarse a sí mismo y, al mismo tiempo, seguir manteniéndose auténtico”.

Patrick James Rothfuss, en “La música del silencio”.

De los tres Gregorios, tres, sobre los que me dispongo a discurrir brevemente en este opúsculo, atento y desocupado lector (sea ella o él), a quien le tengo más cariño y le estoy más agradecido es a mi tío (lo llamo así, aunque, en sentido estricto, no lo es) Gregorio. El esposo de mi tía Ramona, que, en realidad, era prima segunda de mi padre, y la recién mencionada nos abrieron de par en par hace muchos años la puerta de su casa en Tórtoles, barrio turiasonense, a toda nuestra familia. No estoy seguro de si fue la primera vez que subimos a Tarazona, pero recuerdo, aunque de manera desdibujada, la ocasión en la que mis hermanos varones y servidor vestíamos camisas estampadas con diversos tipos de barcos y pantalones cortos de color azul marino.

Aunque casi todas las semanas llamo y hablo por teléfono con mi tía Ramona (se pone menos veces mi tío, nonagenario), que viven en una residencia especialmente acondicionada o habilitada para cuidar a personas de la tercera edad, creo que no los veo desde que acudieron con Gabriel, su hijo, al tanatorio a darnos el pésame a mis hermanos y a mí con la tristísima y desgarradora nueva del fallecimiento de nuestra progenitora. ¡Cómo lloraba (demostraba así, sin decir palabra, su mucho pesar por la pérdida de nuestra madre) nuestro tío Gregorio!

Le confieso, sin ambages, atento y desocupado lector (sea hembra o varón), que estoy en deuda con Gregory House, protagonista de la serie televisiva, desgraciadamente, ya clausurada (¡qué pena, pues sus guionistas —con quienes, en puridad, tengo el débito— habían conseguido asimilar la inmarchitable lección de Horacio, o sea, habían logrado extraer todo el jugo o sacado el máximo provecho a los versos 343 y 344 de su “Arte poética”, es decir, a su sabia recomendación de mezclar lo útil con lo dulce!), que se tituló, precisamente, así, como su primer apellido, “House”; porque no solo le debo los buenos ratos que me ha hecho pasar viendo/escuchando sus episodios, sino que me ha abastecido sin querer, involuntariamente, de un número ingente de ideas con las que he procurado enriquecer algunas de mis urdiduras (o “urdiblandas”) en verso o en prosa.

El ficticio doctor House (personaje creado por David Shore), especialista en enfermedades infecciosas y nefrología, casi casi un trasunto de otro personaje ficticio, Sherlock Holmes, el detective salido del magín de Arthur Conan Doyle, eso sí, puesto al día, remozado, modernizado, no obstante sus notorias soberbia intelectual, misantropía (rehúsa, si pude, el contacto con sus pacientes) y egolatría, su manifiesto infantilismo (a veces actúa como si fuera un crío, apostándose con su amigo Wilson, por ejemplo, a ver quién consigue que su gallina —cada uno la suya— pase inadvertida más tiempo a los ojos escrutadores de los agentes de seguridad del hospital, o jugando en dicho recinto con helicópteros teledirigidos), resuelve casos difíciles, salvando, salvo contadas excepciones (la muerte de una paciente, empero, verbigracia, le sigue obsesionando, rondando o gravitando sobre su pesquis, hasta una década después), la vida a numerosos pacientes. Su adicción a la vicodina y al juego (si invierte en bolsa y chantajea a un paciente, rico empresario, es para conseguir que vuelvan a trabajar con él Chase y Taub), el frecuente uso que hace del sarcasmo y su frase proverbial de que “todo el mundo miente” serían ingredientes fundamentales, imprescindibles, de cualesquiera etopeyas que de él, un médico singular, inolvidable, inconfundible, genial, distinto y distante, se hicieran.

A pesar de que en algunos momentos u ocasiones llega a resultar detestable, insoportable e insufrible (incluso para los miembros de su equipo —Foreman, Cameron, Chase, Kutner, “Trece”, Taub, Masters, Adams, Park—, que, antes o después, llegan a la conclusión de que es un médico excepcional, fuera de lo común; para Cuddy, la directora médica del apócrifo Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de Nueva Jersey y, durante algún tiempo, su pareja; para su —¿único?— amigo, el oncólogo Wilson; y acaso también para el espectador, fan o no de la serie), en otros/as todas/os las/os mentadas/os antes, arriba, se lo comerían a besos por ser un hacha o lince en lo suyo, diagnosticar enfermedades y prescribir los medicamentos oportunos para que las/os pacientes sanen, y por tener salidas inopinadas, desopilantes.

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Léame y se leerá

LÉAME Y SE LEERÁ

Escribamos en prosa o en verso, o no escribamos nada de nada, todos los seres humanos, todos, sin excepción, sin importarnos ni importunarnos un solo ápice o pizca cuál sea nuestro sexo, somos (podemos pasar por o aparentar ser) libros, libres libros que nos hacen, precisa y preciosamente, libres.

Así las cosas, como nada de lo humano le (y me) es ajeno, si usted, recientemente, verbigracia, ha perdido por las razones (o sinrazones) que sean a una/o de sus allegadas/os; si ha recibido el enésimo revés sentimental (le han vuelto a dejar por otra/o y a sentirse lo acostumbrado, una mera piltrafa), le recomiendo con especial encarecimiento que siga leyéndome; si lo hace, tal vez deduzca lo que conviene o viene a cuento, que se lee a sí misma/o y logre interpretarse correctamente y, como lógica consecuencia, alcance la extraña bendición (o la rara maldición), que es llegar a la cima, conocerse, entenderse.

Quien lee (lo trenza para usted —y para sí mismo— el lector empedernido que es servidor) suele encontrar en lo que está leyendo en ese concreto momento, tras haber naufragado el bote o buque que, por los motivos que fueran, dejó de mantenerse a flote, una tabla de salvación, que a mí me gusta llamar el abecé de todo fracaso, porque depara, a la vez, el triángulo o la solución amable: alivio, bálsamo y consuelo.

Acaso no sea siempre la panacea, el remedio para cualesquiera males habidos o por haber, pero sí es en numerosos casos el libro que una/o anda leyendo un botiquín de primeros auxilios para el lacerado espíritu.

Horacio acertó de lleno en el centro de la diana cuando escribió en latín los versos 343 y 344 de su celebérrima “Epístola a los Pisones” (obra conocida también por otro título, “Arte poética”): “omne tulit punctum qui miscuit utile dulci, / lectorem delectando pariterque monendo” (“todo el galardón se lo llevó quien mezcló lo útil con lo dulce, al lector deleitando y al mismo tiempo amonestándolo”).

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Dame imaginación y sudor, dame

DAME IMAGINACIÓN Y SUDOR, DAME

(¡CUÁNTO BIEN ME REPORTA PASAR PÁGINA!)

“En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”.

Albert Einstein

La existencia, nuestra vida, no es ni un valle de lágrimas con el que da grima rimar (si el vocablo elegido para hacer la rima es la herramienta que suele portar y usar la muerte, el dalle) ni un jardín de rosas olorosas que procura tanto placer como yacer con quien cada quien pasee y fantasee. La vida tiene momentos en los que parece uno e instantes en los que semeja otro. Depende de nosotros, depende de qué pensemos en esos precisos (despreciables o preciosos) lapsos de tiempo. Si somos optimistas, veremos la parte positiva del asunto o tema que tenemos entre manos. Si somos pesimistas veremos la parte contraria u opuesta a la anterior, que tememos. El ejemplo de la visión del vaso medio lleno o medio vacío puede ser clarificadora, si no para todas/os, para el grueso, la mayor parte.

A lo largo de la vida, una persona añosa (aunque no se haya dedicado a torear morlacos en cosos taurinos) ha tenido que lidiar con miles y miles de astados cinqueños, si damos en llamar metafóricamente toro a una situación de difícil solución por ser compleja, a un casus belli, a un brete (del que una/o no logra escaparse, no, con facilidad ni en un periquete).

Sé de quien, aleccionado por la experiencia, apenas confía en las nuevas personas que conoce. Se ha sentido, un día sí y otro también, sin defecto, tan defraudado con cuantas/os le ha tocado en suerte tratar, que ya no se hace ilusiones, para no verse de nuevo frustrado. Ha dicho (si no lo ha proferido, al menos, lo ha pensado) tantas veces “Tierra, trágame” (al ser humillado por una deslealtad o una infidelidad), que ha devenido en un carámbano o témpano emocional, pues pasa de ser nuevamente hollado.

Tras recibir el último y más reciente varapalo, escribió un relato sobre lo que le acaeció, que tituló “Estrellado en un bar de cuatro estrellas”:

Me sentía moderadamente orgulloso de ser el encargado o responsable de uno de los nuevos locales que se iban a abrir en breve en la zona de ocio y restauración del boyante Centro Comercial “El orbe del Ebro”. Deseaba y, a la par, esperaba que la misma persona que me había escogido a mí para llevar las riendas del negocio hubiera seleccionado también al resto del personal, a las compañeras que me iban a ayudar en las diversas tareas del “Stars bar”, del bar de las estrellas, que, según mi criterio, además de serlo las grandes fotos de los actores y las actrices de cine de los paneles, debían serlo nuestras/os clientes y, mientras estuviéramos trabajando allí, no tendríamos que aspirar a serlo también nosotros (mis compañeras y yo) para nuestras/os clientes (habituales o esporádicas/os), porque, de esta guisa, evitaríamos las posibles fricciones o luchas de egos que pudieran brotar o surgir entre ambos.

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Acatando o atacando la moral

ACATANDO O ATACANDO LA MORAL

Acaso le sorprenda este parecer mío, atento y desocupado lector (sea usted adulto o joven, hembra o varón), pero, aunque no seamos plenamente conscientes de ello, todos los comportamientos, todos, sin excepción, que tenemos las personas adultas y muchas jóvenes que estamos en nuestros cabales, quiero decir, las que sabemos distinguir entre lo que está bien hecho de lo que no lo está, los coronamos o llevamos a cabo acatando o atacando la ética, la moral (conjunto de valores que nos sirven de guías para elegir y hacer o dejar de hacer lo que sea, y que, una vez nos hemos habituado a ellos, darán sentido y regirán el curso normal de nuestras vidas), o sea, respetando la costumbre, la ley, lo reglamentado, o contraviniéndola/o. La virtud y el vicio, si firmaron algún día algún armisticio, cosa que hoy, aquí y ahora, pongo en tela de juicio, desde que vine al mundo (al menos, desde que llegué a la mayoría de edad y vengo haciendo buen uso de mi razón), andan a la greña, están en guerra abierta. Y es que, como dijo y dejó escrito en letras de molde Jacinto Benavente, “el único egoísmo aceptable es el de procurar que todos estén bien para estar uno mejor”.

Puede que no rinda dineraria o crematísticamente hablando, pero la bondad es la única inversión que nos deja el corazón henchido, atestado, como la Plaza Nueva, o de los Fueros, de Tudela el día del chupinazo o el Domingo de Resurrección, con ocasión de la Bajada del Ángel, y la sensación de plenitud en nuestro fuero interno. La música que interpreta la caridad, la generosidad, la liberalidad, el altruismo, es la mejor que puede salir de un arpa, aunque esta llevara arrumbada ni se sabe cuánto tiempo, porque tal vez un día fuera olvidada por su dueña/o en el rincón de una habitación lóbrega y oscura (como lo propio u otro tanto le acaeciera antaño a la de la Rima VII de Gustavo Adolfo Bécquer). Una vez desempolvada, reluciente y afinada, vuelve a estremecer los corazones y las razones de todos los ciudadanos que somos en el orbe (y espero y deseo que esto a nadie moleste ni estorbe).

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Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CCCXII)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCCXII)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Disculpa mi demora en contestar tu apostilla. El sábado hubo actuación en el cíber-café “Praga” y ayer, en la grata compañía de mi hermano Eusebio, estuve viendo el partido de fútbol (tedioso, soporífero; apenas hubo tres o cuatro ocasiones claras de gol) entre el C. D. Tudelano y el C. D. Boiro en el Estadio Municipal “Ciudad de Tudela”.

Lamento, de veras, que la rodilla de tu doña siga en sus trece, dándole molestias; y celebro que tú estés estupendo, hecho una rara avis.

¡Chapó! Solo por comple(men)tar alguno de tus puntos de vista, añadiré lo que sigue.

Como afirma Karl Raimund Popper, la verdad es provisional. Dura mientras no es refutada por otra, que viene a ocupar tras ese concreto instante de contradicción su interino (en principio, también, sí) lugar.

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La juventud es fuente de progreso

LA JUVENTUD ES FUENTE DE PROGRESO

“Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

Párrafo final de “La peste”, de Albert Camus.

Las/os jóvenes son progresistas y rebeldes por naturaleza. Solo en los pueblos donde hay jóvenes (o donde el espíritu colectivo de las personas adultas consigue mantener durante algún tiempo, al menos, el de las/os jóvenes —para atenuar, menguar o mitigar tal vez la ausencia de las/os mencionadas/os—) es posible identificar acciones, actitudes o comportamientos con las/os que las/os susodichas/os o sus supuestas/os sustitutas/os pretenden cambiar el estado de las cosas y de los casos para que estas/os mejoren en calidad y cantidad, y no estén abocadas/os a la asidua derrota o al fracaso habitual, signos inequívocos, cuando no de decadencia manifiesta, notoria, de muerte (aunque no sea todavía física). Solo las/os jóvenes son capaces de transformar el mundo (intentando mudar primero, claro está, su microcosmos más cercano o propio, su patio patrio). Lo contrario u opuesto, que otras/os verán como complementario de lo dicho, cabe aseverar de las personas mayores, de los viejos (ellas y ellos), quienes también por naturaleza, habiendo acaso olvidado que un día fueron jóvenes, son conservadores a ultranza, poco dadas/os o favorables a los cambios. Si las/os jóvenes actuales no hacen cosas de jóvenes, si no se comportan como tales ahora, tal vez no lo hagan nunca, por muchos que sean los años que vivan. Si las/os jóvenes no abaten o acaban con el injusto e inmundo mundo moderno, ¿quiénes lo harán? ¿Las/os viejas/os, a quienes hace la tira de años que se les pasó el arroz? Solo las/os jóvenes tienen los arrestos y las ganas para construir o edificar otro universo inverso, más horizontal y ecuánime. Esta es la razón por la que algunas/os gerifaltes de algunos gobiernos de algunas naciones del viejo continente dicen que no confían ni mucho, ni poco, ni nada (de nada) en las/os jóvenes, porque son (las/os tachan de) unas/os ácratas incontrolables. Quizá han olvidado que algunas/os de esas/os jerarcas fueron otrora jóvenes anarquistas que estaban, asimismo, en contra de toda autoridad, a favor de la libertad sin cortapisas.

No solo las/os jóvenes confían en las/os jóvenes. Quienes conocen (porque tratan) a las/os jóvenes también esperan mucho de ellas/os y del más que loable recorrido que pueden tener muchas de sus ilusiones, intuiciones, premoniciones o sueños. Hay jóvenes que son más responsables que muchas/os irresponsables mandamases adultas/os que no saben qué hacer con tanta responsabilidad como tienen entre las manos, pues comprueban, de manera fehaciente, cómo esta, como si fuera agua, se les escapa entre los dedos.

Las/os jóvenes huyen de la mediocridad, de la tibieza. Buscan ser, ora ardientes, ora fríos. Sueñan, debido a su entusiasmo inmarchitable, inacabable, con una sociedad de verdaderas/os ciudadanas/os cumplidoras/es (disciplinadas/os, pero no dogmáticas/os), empáticas/os, idealistas, radicales (partidarias/os de reformas extremas), solidarias/os.

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¿Aquí, sigue vigente el brocardo "dura lex, sed lex"?

¿AQUÍ, SIGUE VIGENTE EL BROCARDO “DURA LEX, SED LEX”?

“Para que triunfe el mal basta con que los hombres de bien no hagan nada”.

Edmund Burke

¿El aforismo jurídico latino “dura lex, sed lex” sigue conminando a toda la ciudadanía española, sin excepción, a su máximo respeto, bajo la amenaza de que sobre la/s persona/s que la contravenga/n caerá todo su peso? ¿El respeto máximo a la ley en vigor sigue siendo garantía de futuro y de progreso para toda la comunidad? Contesto a ambas preguntas con el rótulo del segundo álbum musical del grupo Jarabedepalo: “Depende”. E insisto en dar la misma respuesta mientras echo mano de dos versos, que son el estribillo de la citada canción, que da título a su segundo mencionado trabajo: “Depende ¿de qué depende? / De según cómo se mire, todo depende”. Y es que, dependiendo de si el ámbito o terreno en el que nos movemos, que pisamos, parece poco firme, propio de tierras movedizas, donde el subjetivismo, el relativismo y la arbitrariedad (a)sientan sus reales o campan a sus anchas, en esos lugares suele arraigar lo que se conoce como “la Ley Campoamor”, llamada de esa guisa porque toma los cuatro últimos versos, una cuarteta, del poema titulado “Las dos linternas” del poeta asturiano Ramón de Campoamor para expresar, de manera metafórica o retórica, la misma: “Y es que en el mundo traidor / nada es verdad ni mentira: / ‘todo es según el color / del cristal con que se mira’”.

En textos que he escrito y publicado antes que el presente, he señalado el daño intelectual que ha hecho a nuestra acrítica y pasota sociedad ese sofisma, que, una vez salió por la mui de quien lo pronunció en primer lugar, hizo (he de reconocerlo sin ambages) fortuna (pues prendió, se extendió y corrió por doquier como un reguero pólvora) y viene a sostener el argumento falaz, pero con visos de verdadero, de que todas las ideas son respetables. Está claro que todas las que son dignas de respeto son las personas. Pero sus ideas no (uno recuerda cuanto ha leído sobre los campos de concentración y de exterminio nazis —la “solución final” de la cuestión judía, su genocidio— y los campos de trabajo correccionales o gulags soviéticos, o considera ciertas medidas xenófobas de algunos partidos políticos populistas actuales o la práctica africana de la ablación del clítoris y ya tiene medio abanico hecho). Considero notorio y palmario que solo son ideas respetables (me disfrazaré de Perogrullo para acabar la frase) las que lo son. Las ideas que uno juzga que son intolerables (y aduzca las razones por las que una/o ha llegado a la conclusión de que lo son), evidentemente, no se pueden respetar, aunque así lo mande Perico el de los palotes o el mismísimo sursuncorda.

Un día, hace más de cinco lustros (seguramente, cuando encuadré y colgué mi título de Licenciado en Filosofía y Letras en la pared de mi habitación), vi, de modo cristalino, que España era una democracia perfectible, manifiestamente mejorable, pero esa realidad, que no podía negar, no objetaba esta otra, que también era obvia, que la piel de toro puesta a secar, con sus peros, seguía siendo un Estado de derecho, el marco democrático que garantizaba nuestros derechos individuales y libertades públicas. Bueno, pues, hoy, según lo que veo y escucho y leo, referido a Cataluña (donde hace mucho tiempo caló la idea básica, firme e inamovible de que sus ciudadanas/os son catalanas/es, pero nadie, al parecer, ha logrado hacerles ver lo que también es conspicuo, que, lo quieran o no, son, asimismo, españolas/es), dicho marco está tan desdibujado, tan enmarañado, en amplios sectores de su opinión pública, por el independentismo omnímodo, ominoso, que sus tentáculos han venido a hacer diabluras en el mismo.

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¿Por qué somos reacios a los cambios?

¿POR QUÉ SOMOS REACIOS A LOS CAMBIOS?

Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere” (Estos son los principios del derecho: vivir honestamente, no molestar al otro y dar a cada uno lo suyo”).

Dominicio Ulpiano

Estoy de acuerdo con Ulpiano, pero, a veces, resulta casi de todo punto imposible dar a cada uno lo suyo sin molestar al otro, al menos, un poco, lo mínimo.

Anteayer, domingo, 28 de mayo, desde unos minutos antes del mediodía hasta las catorce horas pasadas, asistí en el Centro Cívico “Lourdes”, de Tudela, a un acto informativo en el que intervinieron diversas personas, a saber: el alcalde, Eneko Larrarte, varios representantes de los grupos municipales que conforman el equipo de gobierno de la ciudad: María Joaquina Gómez (Tudela Puede), Martín Zabalza (PSN) y Milagros Rubio (I-E); y, a continuación, dieron su parecer o hicieron uso de la palabra una veintena de ciudadanas/os del barrio.

El Ayuntamiento de Tudela, en cumplimiento de la Ley Foral 33/2013, de 26 de noviembre, de reconocimiento y reparación moral de las ciudadanas y ciudadanos navarros asesinados y víctimas de la represión a raíz del golpe militar de 1936, que, según el apartado e) del punto 1 del artículo 4, que recoge las medidas que la Administración de la Comunidad deberá adoptar o tomar, apartado que habla, en concreto, de que es obligatorio “retirar las menciones o símbolos franquistas que pudieran existir”, ha decidido cambiar los nombres de 49 calles del Barrio de Lourdes, donde vivo.

La asistencia a dicho acto, cuyo objeto, itero, no era otro que informarnos a las/os vecinas/os de las calles afectadas, provocó que trenzara los párrafos que componen la reflexión que, desde entonces, he venido haciendo al respecto.

Grosso modo, reviví una de las muchas asambleas universitarias a las que acudí en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza durante mi último año de carrera, en 1987, que solían moverse en esa horquilla que suele ir del bochorno o vergüenza ajena al orgullo. El debate entre la ciudadanía y los políticos, a pesar de los pesares, fue beneficioso, positivo.

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Lunes, 19 de febrero

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