El Blog de Otramotro

Solo caben tres opciones

SOLO CABEN TRES OPCIONES

—Como vengo comprobando,
Todo puede ir a mejor,
Todo puede ir a peor,
Dando envidia o pena dando,
O sin variación quedando.
—Mientras que la rueda ruede,
Es verdad que todo puede
Su situación mejorar,
O la misma empeorar,
O que, como quedó, quede.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


¿Qué ha devenido indigesto?

¿QUÉ HA DEVENIDO INDIGESTO?

Un maestro empedernido,
Experto en altanería
Y en mostrar pedantería,
Por ene fue y es tenido
Quien hoy y aquí ha fenecido
Sus días, “el Vano” Ernesto,
¡Qué suceso más funesto!,
Tras una de juerga noche
Y un accidente de coche
Que ha devenido indigesto.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Perra vida la de este hombre

PERRA VIDA LA DE ESTE HOMBRE

SOLO SOLEDAD LE LADRA

Tras la muerte de su amada,
Fuera cual fuera su edad,
Le duele la soledad,
Mas más la desconsolada
Ausencia de la finada.
Aunque Soledad te asombre,
No halló el solo mejor nombre
Para su perra señera,
Leal y fiel compañera
Que soporta aún este hombre.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


¿Que qué se aprende en medio de las plagas?

¿QUE QUÉ SE APRENDE EN MEDIO DE LAS PLAGAS?

Dilecta Pilar:

Ya ves; empecé a estudiar Medicina (a pesar de los pesares, yerros incluidos) por el trato que tuve, que me resultaba gratificante, satisfactorio, con el enfermo postrado en cama al que aseaba (ayudaba más bien a la monja) las mañanas de los sábados, mientras estudiaba COU en Zaragoza con los Camilos. Pronto me di cuenta del mayúsculo error que acarreaba mi decisión. Mis conocimientos en Ciencias eran escasos (y he de reconocer lo obvio, que poco he avanzado en ese ámbito, pues aún lo siguen siendo). Continúo ejerciendo de aprendiz de ruiseñor, sí.

Si has enmendado los fallos, has hecho bien, lo correcto, según Confucio. Ya te di mi opinión sobre el cómo tildado. Así que habrás colegido lo oportuno, que abundamos en el parecer.

Creo que fui buen enfermero otrora (durante las horas sabatinas que pasé en el asilo de la zaragozana calle Cartagena), in illo tempore; me tocó serlo, velis nolis (a pesar de mi buena voluntad, no me faltaron los días de bajón anímico, lo reconozco), con mi señera y señora madre (vivía con ella); y (si le preguntas a mi hermano Jesús María, te dirá, seguramente, que) lo fui recientemente (apenas le hice daño —algún pelo se llevó el esparadrapo —que no es un útil que, una vez usado, sirva para trapo, no, como llegué a pensar cuando era un mocete, “muete”, decimos en Tudela, de corta edad; es guasa— al darle el tirón— el viernes para extraerle —salió sola— la vía).

Sí; tuve noticia este fin de semana del luctuoso hecho, el fallecimiento de Elías Yanes. Desde que leí al poeta metafísico inglés John Donne, pensé lo que suelo pensar en estos casos, cuando me llega la mala nueva de un nuevo óbito, que la muerte de un semejante (más, si es allegado, claro) nos achica, disminuye o empequeñece al resto de los mortales (porque nos avisa de la nuestra). El mismo doblar de campanas que ahora (en los pueblos aún se escucha) oímos cuando acudimos a un funeral sonará cuando nosotros nos hayamos ido. No lo conocí en persona. No tengo opinión (ni buena ni mala) de él. Como acabamos de tener noticia del presunto comportamiento detestable de una persona desalmada con un arcangelito, Gabriel, acaso convenga recordar lo que escribió Albert Camus en “La peste”: “(...) para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. La plaga es una metáfora de la vida; y hasta en el mismo infierno cabe hallar remansos de paz y sensatez, que nos recuerdan el cielo. Quien haya escuchado con atención a Patricia Ramírez, la madre de Gabriel Cruz, hablando de él, de su “pescaíto”, y de la necesidad de que nos quedemos con la parte buena de la tragedia, que orillemos el odio, que arrumbemos la ira, entenderá de qué escribo y qué quiero decir.

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¿Te avienes a que sea Ángel, el vate?

¿TE AVIENES A QUE SEA ÁNGEL, EL VATE?

Dilecta Pilar:

Si me permites completar o complementar tu argumento o discrepar (sé, a ciencia cierta, que te avienes a que servidor sea en todo momento tu amigo Ángel, el vate, y, por lo tanto, a que pueda disentir de tu criterio) de él, todas/os vivimos inmersas/os en la ignorancia y acaso solo algunas/os consigamos rozar alguna vez a lo largo de nuestra vida alguna idea o actitud sabia.

Pues puedes (podéis) estar orgullosa (orgullosos) de ello. Iniciativas de ese tipo son las que hacen falta para cambiar a mejor el estado calamitoso de algunas cosas.

Yo, algunos días (acaso los que me levanto de la cama con el ego subido, por haber logrado concentrar alrededor de mi persona a tanto heterónimo y tanto apócrifo), tengo la refractaria impresión de ser la misma reencarnación de Fernando Pessoa y Antonio Machado juntos.

Supongo que ese hecho ocurrió así porque, una de dos, o mis abuelos maternos veían un derroche el doble viaje o no se fiaban de que mis padres viajaran a Ágreda solos.

Seguramente o, como dice el estribillo de la canción popular, a la que da título, que escribió en 1947 el compositor cubano Osvaldo Farrés: Quizá, quizá, quizá. No sé si el género humano ha hecho todo lo que se esperaba de él, le tocaba, correspondía o debía; a veces, considero que hemos sido excesivamente comodones y hasta vagos. Y (para insistir, dentro de mi optimismo proverbial, habitual, en mi esquina o rincón pesimista) que nos hemos conformado con hacer bastante menos de lo que podíamos y estábamos capacitados para llevar a cabo.

Bienvenidos (porque los prefiero) los altibajos, el frío y el calor, a lo tibio. Ya sabes lo que se lee en los versículos 15 y 16 del capítulo 3 del “Apocalipsis”: “Conozco tus obras; no eres frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente, pero como eres tibio, ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca”.

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De que lo hizo mal la harta no difiero

DE QUE LO HIZO MAL LA HARTA NO DIFIERO

“—Por raro que te parezca, esto no lo ha escrito un poeta. Lo dijo un sicoanalista que se llamaba Wilhelm Stekel. Esto es lo que... ¿Me sigues?
“—Sí, claro que sí.
“—Esto es lo que dijo:‘Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella’”.

Jerome David Salinger, en el capítulo 24 de “El guardián entre el centeno” (1951).

“Aprende de los errores de otras/os. Nunca vivirás lo suficiente para cometer todos tú misma/o”.

Frase atribuida a Julius Henry, “Groucho”, Marx

La espada que partió la nupcial tarta
El día que se dieron el “sí, quiero”
Los novios, Marta y Luis Fidel, “el Fiero”,
Más de un envío abrió después o carta.

Cuando harta empezó a estar de oír la sarta
De “prenda, a la paliza yo me adhiero;
Seré, si te resistes, más que fiero”,
Que hecha un carámbano dejaba a Marta,

“Dios quiera que un mal rayo en dos te parta;
Mejor hoy que mañana, sanguinario”
La ahíta le soltó, indignada, a “el Fiero”,

Que de la espada echó mano y con Marta
Acabó en un pispás el victimario.
De que lo hizo mal la harta no difiero.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


El lado positivo de las cosas

EL LADO POSITIVO DE LAS COSAS

Dilecta Pilar:

Como tiendo a ver el lado positivo de todo (soy un optimista militante, empedernido), pero no me tapo los ojos si, por la razón que sea, brota o surge, inopinadamente, ante ellos lo negativo, acaso te sorprenda leer el párrafo que sigue (que lo he escrito antes que este, que lo precede en el espacio, pero no en el tiempo —el arte de la escritura te permite estas licencias, como te consta—).

No me desdigo de lo que te escribí ayer y te agradezco de buen grado que abundes conmigo en ello (porque esos pensamientos y esos sentimientos deberíamos promoverlos y apoyarlos más todos), sin embargo, si tenemos en cuenta todo lo que comemos de más y bebemos de más en estas fechas (seamos más o menos conscientes de ello o inconscientes) acaso convenga que no sea todo el año Navidad, porque sería perjudicial para nuestra salud.

Mis gustos en torno a la Navidad han variado a lo largo de mi existencia. Antes de que tuviera el fatídico accidente de coche y de que, como terrible consecuencia del mismo, muriera mi hermano José Javier tal día (dentro de unas jornadas se cumplirá el 39 aniversario de tan luctuoso hecho —él acababa de ejercer su derecho al voto, tras estrenar el 4 de marzo su mayoría de edad, yo contaba dieciséis años—), que me dejó deshecho, tenía ilusión por que llegaran las Navidades y duraran y duraran y duraran.... Desde el día señalado, rememorarlo (con más o menos detalles) ha hecho que lo aborreciera. Es, poco más o menos, algo parecido al “amodio” (amor que deviene en odio) del que habla cierto anuncio o spot televisivo. Entiendo que a ti te guste (por las razones que aduces), pero, considerando (si te haces una idea aproximada de) lo que padecí y sufrieron mis padres y mis hermanos, seguramente, entenderás que a mí me disguste. La persona que me daba la paga (el único mecenas que, en sentido estricto, he tenido en mis cincuenta y cinco años de vida) para comprar libros (los mejores regalos que se pueden hacer y uno puede hacerse a sí mismo, pues, si son buenos, los autores, ellas y ellos, de los tales entran a formar parte de tu círculo de amistades y aun del de los más queridos, los allegados) dejó de hacerlo. El vacío que dejó nadie ni nada pudo llenarlo. Escribirle poemas fue lo que me ayudó a atenuar o mitigar su ausencia.

La imagen de la Virgen María pariendo (no he leído la noticia que la acompaña en el diario Público, ni los comentarios que le siguen) me parece insólita, inaudita, pero real como la vida misma, sin los prejuicios (censuras propias o ajenas) que otras representaciones artísticas del Nacimiento vienen a mostrar bien, a las claras.

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Reconozco que soy un fan de Lanza

RECONOZCO QUE SOY UN FAN DE LANZA

“La violencia nunca es buena; nunca trae nada bueno”.

Declaró ayer en una entrevista que le hicieron en Cope María Rosa, esposa de Juan José Salas, el agente de la Guardia Urbana de Barcelona que quedó tetrapléjico en 2006 tras ser alcanzado en la cabeza por una piedra que lanzó Lanza.

Como lo primero y principal debe ir en cabeza, ahí va mi más sentido y sincero pésame a los deudos y amigos de Víctor Laínez (y es que cada vez que tengo noticia de que uno de mis semejantes, hembra o varón, ha dejado de existir, recuerdo indefectiblemente las palabras finales de la Meditación XVII de “Devociones para ocasiones emergentes”, 1623, del poeta metafísico inglés John Donne, venerado como santo cada 31 de marzo por la iglesia anglicana: “La muerte de todo hombre me disminuye porque formo parte de la humanidad. Por eso no preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”), recientemente occiso, o sea, muerto de manera violenta.

De inmediato, debo añadir, para no ser tomado por otro muñeco de pimpampum derribado a pelotazos o vapuleado y abatido en el acto por cualquier otro tipo de arma arrojadiza, que no soy admirador o seguidor, no, de la persona que está encarcelada en la prisión zaragozana de Zuera, de manera provisional, comunicada, sin fianza (así lo decidió ayer la juez Natividad Rapún, titular del Juzgado de Instrucción número 6 de Zaragoza, competente en el caso, después de tomarle declaración), Rodrigo, insisto, no, sino que el Lanza del título de esta urdidura (o “urdiblanda”) es el apellido de Silverio, seudónimo literario de Juan Bautista Amorós y Vázquez de Figueroa.

Confieso que esta mañana, cuando me he sentado ante el ordenador, mi primera intención había sido escribir sobre el joven, que goza de doble nacionalidad, chilena e italiana, que ha sido acusado de ser el presunto asesino de Víctor Laínez, y que, por cierto, ya cumplió pena de cárcel por ser quien, según la sentencia condenatoria, lanzó la piedra que dejó tetrapléjico a Juan José Salas, pero me he decantado por una opción más prudente, dejar que todo el proceso se sustancie, como debe, y esperar a que se celebre el juicio con garantías y haya una sentencia firme. He leído un sinfín de comentarios en las ediciones digitales de los diarios (a favor y en contra de Lanza) que han hecho que me inclinara por hablar de Silverio y no de Rodrigo. No es mi propósito que de mis palabras se deduzca que el último no vaya a ser declarado, tras culminarse un juicio justo, culpable, sino dejar constancia de la sensación refractaria, que me molesta un montón, de que, poco a poco, nos estamos cargando la presunción de inocencia. Al paso que vamos, más pronto que tarde, va a ser metamorfoseada, mudada, por la presunción de culpabilidad.

Reconozco, asimismo, que, tras leer parte de las declaraciones que hizo ayer María Rosa a Cope, sensatas (mejoraré el adjetivo valorativo que he usado), sensatísimas, en las que venía a dar las gracias a cuantas personas le habían ayudado durante la última década larga, cuando mi cacumen dudaba entre titular mi urdidura (o “urdiblanda”) “¿El perdón? ¡La mejor de las venganzas!” o “No hay venganza mejor que perdonar”, mientras tecleaba lo que el atento y desocupado lector, sea hembra o varón, acaba de leer, advertía que, a modo de mojones de la vía por la que servidor debía transitar, se abrían camino o senda hasta desembocar en dicha vía, con la evidente pretensión de ser expresadas, dos inexcusables referencias, dos, la del artículo 25 de la Constitución Española de 1978, donde, según su punto 2, se dice que “las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social”, y el final de la “Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños” (publicada por vez primera en 1626, en Zaragoza), de Quevedo, donde se lee: “Y fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”.

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Acéptame la guasa y ríete, anda

ACÉPTAME LA GUASA Y RÍETE, ANDA

Dilecta Pilar:

Está bien que aspires a ser perfecta, que aspiremos a ser perfectos, siempre que hayamos aceptado previamente esta conditio sine qua non, que, si hacemos caso a nuestro currículo, a nuestra historia personal, nos quedaremos una vez más a punto de, sí, pero sin llegar a coronar la cima que nos propusimos escalar, sin hollar el reto que nos pusimos, la cumbre que fuera, se llamara Perfección o de otra manera. Itero que está bien que aspiremos (además de benéfico aire oxigenado) a alcanzar la perfección, siempre que hayamos asumido este requisito imprescindible, que, si ni siquiera Dios, como concepto o entidad nacido/a de una mente humana, lo es, jamás de los jamases lo seremos (ni tú ni yo, ni nadie, me temo, en ninguno de los numerosos aspectos que podamos hoy o en el futuro considerar).

La doctora Itxaso me dijo que lo que ella había observado con el ecógrafo estaba bien: vesícula biliar y riñones (en herradura: ya ves, hasta mi anatomía, por su cauce o derrotero, busca, una de dos, o la suerte o ser original). Eso no quiere decir que mi presoma (o sea, vientre, término que no aparece en el DRAE, opuesto a retrosoma —que tampoco lo recoge—, espalda, que aprendí en las clases de Anatomía que impartía, cuando yo estudiaba Medicina, el doctor José Escolar), que ha recibido tanto corte de bisturí, esté mejor (tampoco que esté peor) que el que no ha sufrido incisión alguna. Yo tampoco sabía qué era el síndrome de Gilbert, hasta que en una conversación familiar lo sacó a colación mi hermano Miguel Ángel. Luego, al poco tiempo, me enteré de que mi hermano Eusebio también tenía hiperbilirrubinemia. Es una alteración hereditaria (transmitida de padres a hijos) que, aunque no es dominante, sino recesiva, por lo general, salvo una leve ictericia (color amarillo en la piel), no presenta síntomas.

Pues sí. Fue muy duro. Pero sobre lo que sucedió y sufrí, una odisea en pequeño (pronto, dentro de mes y medio, el día de Navidad se cumplirá el 39 aniversario del fatal, lamentable y luctuoso accidente), ya te contaré más cosas en otro momento. Yo fui a estudiar a Navarrete en el postulantado o seminario menor regentado por los Padres Camilos los tres últimos cursos de la EGB (y, más tarde, a Zaragoza, donde te conocí), porque durante dos años mi hermano José Javier había estado estudiando allí y, asimismo, porque había salido airoso del brete (después de haber tenido la gran suerte de haber vivido allí la experiencia previa, inolvidable, de haber pisado el edén durante el cursillo —quince días de estancia en el colegio, a modo de propedéutica— estival), porque había superado la prueba (recuerdo que, en la revistilla que se confeccionó a propósito y daba cuenta, a grandes rasgos, de aquellas quince jornadas en el paraíso, el Padre Pedro María Piérola destacaba de mí la fortaleza: estaba hecho un toro, tenía una potencia extraordinaria en las piernas —hacía mucho deporte, sobre todo, campo a través; en octavo, recuerdo, aprendí a lanzar el disco por mi cuenta y hasta participé en Logroño en una prueba clasificatoria para cadetes—). Sé que has visto en varias ocasiones la escultura del Discóbolo, de Mirón de Eléuteras. Pues sí, Artemisa, has acertado de lleno con una sola de tus flechas, que has disparado y su afilada punta ha quedado en el centro de la diana: yo fui su modelo. Acéptame la guasa y ríete, anda, porfa.

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¿Va en los genes ser destral?

¿VA EN LOS GENES SER DESTRAL?

Sobre un mismo hecho o suceso
Existen tantas verdades
Como personalidades
Opinan de él, un receso
Definitivo o deceso.

Por muy objetivo y neutral
Que uno ser quiera y central,
Uno es hijo de su madre
Y, asimismo, de su padre.
Va en los genes ser destral.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com


Le propongo que sea mi amanuense (II)

LE PROPONGO QUE SEA MI AMANUENSE (II)

“Permítame que insista”, como decía ayer el hoy “todista” Matías Prats en el anuncio de Línea Directa, pero para escribir literatura hogaño conviene ejercer el mismo o parecido oficio que fungía antaño un bululú (que, según la primera acepción que de tal vocablo da el DRAE, significa: “Comediante que representaba obras él solo, mudando la voz según la condición de los personajes que interpretaba —poco más o menos como debía hacer, según una copla del corrector Alonso de Proaza, el primer cuentacuentos de “La celestina”, de Fernando de Rojas: “Si amas y quieres a mucha atención, / leyendo a Calisto mover los oyentes, / cumple que sepas hablar entre dientes: / a veces con gozo, esperanza y pasión; / a veces airado con gran turbación. / Finge leyendo mil artes y modos, / pregunta y responde por boca de todos, / llorando y riendo en tiempo y sazón”—).

Así las cosas, le hago hoy idéntica propuesta a la que le hice la semana pasada, atento y desocupado lector (sea ella y como la miel y se llame, efectivamente, Natalia; o él y como la hiel y su gracia sea, verbigracia, Miguel), que sea o siga siendo mi amanuense, que continúe copiando cuantas palabras profiera mi boca.

Imagine (¡qué contrasentido!, sí) que, por arte de magia blanca, usted ha dejado de ser, ipso facto, Natalia o Miguel, la/el copista de Otramotro, y se ha transformado en bombera/o; y que este menda se ha metamorfoseado, por arte de birlibirloque, en el reciente escritor invidente (ergo, inexperto en cecografía, lego en el alfabeto o sistema ideado por Braille) Homero Borges.

Imagine que en su ciudad natal (que no es en la que actualmente reside, la capital de la provincia) ha habido un terremoto morrocotudo y muchos de sus edificios son ahora escombros, ruinas.

Imagine que usted forma parte del grupo voluntario de su unidad que se ha desplazado a la villa donde impera el caos, donde reina la desolación, para echar una mano (sensu stricto, las dos) y que, tras oír el falto de vigor auxilio salido de una voz débil, ha llegado por una veintena de huecos hasta donde se halla una persona (poco importa su sexo) a la que una columna le ha atrapado las dos piernas y padece unos dolores inaguantables.

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Gregorio es entrañable y admirable

GREGORIO ES ENTRAÑABLE Y ADMIRABLE

“Era lo bastante listo para conocerse a sí mismo, lo bastante valiente para ser él mismo y lo bastante insensato para cambiarse a sí mismo y, al mismo tiempo, seguir manteniéndose auténtico”.

Patrick James Rothfuss, en “La música del silencio”.

De los tres Gregorios, tres, sobre los que me dispongo a discurrir brevemente en este opúsculo, atento y desocupado lector (sea ella o él), a quien le tengo más cariño y le estoy más agradecido es a mi tío (lo llamo así, aunque, en sentido estricto, no lo es) Gregorio. El esposo de mi tía Ramona, que, en realidad, era prima segunda de mi padre, y la recién mencionada nos abrieron de par en par hace muchos años la puerta de su casa en Tórtoles, barrio turiasonense, a toda nuestra familia. No estoy seguro de si fue la primera vez que subimos a Tarazona, pero recuerdo, aunque de manera desdibujada, la ocasión en la que mis hermanos varones y servidor vestíamos camisas estampadas con diversos tipos de barcos y pantalones cortos de color azul marino.

Aunque casi todas las semanas llamo y hablo por teléfono con mi tía Ramona (se pone menos veces mi tío, nonagenario), que viven en una residencia especialmente acondicionada o habilitada para cuidar a personas de la tercera edad, creo que no los veo desde que acudieron con Gabriel, su hijo, al tanatorio a darnos el pésame a mis hermanos y a mí con la tristísima y desgarradora nueva del fallecimiento de nuestra progenitora. ¡Cómo lloraba (demostraba así, sin decir palabra, su mucho pesar por la pérdida de nuestra madre) nuestro tío Gregorio!

Le confieso, sin ambages, atento y desocupado lector (sea hembra o varón), que estoy en deuda con Gregory House, protagonista de la serie televisiva, desgraciadamente, ya clausurada (¡qué pena, pues sus guionistas —con quienes, en puridad, tengo el débito— habían conseguido asimilar la inmarchitable lección de Horacio, o sea, habían logrado extraer todo el jugo o sacado el máximo provecho a los versos 343 y 344 de su “Arte poética”, es decir, a su sabia recomendación de mezclar lo útil con lo dulce!), que se tituló, precisamente, así, como su primer apellido, “House”; porque no solo le debo los buenos ratos que me ha hecho pasar viendo/escuchando sus episodios, sino que me ha abastecido sin querer, involuntariamente, de un número ingente de ideas con las que he procurado enriquecer algunas de mis urdiduras (o “urdiblandas”) en verso o en prosa.

El ficticio doctor House (personaje creado por David Shore), especialista en enfermedades infecciosas y nefrología, casi casi un trasunto de otro personaje ficticio, Sherlock Holmes, el detective salido del magín de Arthur Conan Doyle, eso sí, puesto al día, remozado, modernizado, no obstante sus notorias soberbia intelectual, misantropía (rehúsa, si pude, el contacto con sus pacientes) y egolatría, su manifiesto infantilismo (a veces actúa como si fuera un crío, apostándose con su amigo Wilson, por ejemplo, a ver quién consigue que su gallina —cada uno la suya— pase inadvertida más tiempo a los ojos escrutadores de los agentes de seguridad del hospital, o jugando en dicho recinto con helicópteros teledirigidos), resuelve casos difíciles, salvando, salvo contadas excepciones (la muerte de una paciente, empero, verbigracia, le sigue obsesionando, rondando o gravitando sobre su pesquis, hasta una década después), la vida a numerosos pacientes. Su adicción a la vicodina y al juego (si invierte en bolsa y chantajea a un paciente, rico empresario, es para conseguir que vuelvan a trabajar con él Chase y Taub), el frecuente uso que hace del sarcasmo y su frase proverbial de que “todo el mundo miente” serían ingredientes fundamentales, imprescindibles, de cualesquiera etopeyas que de él, un médico singular, inolvidable, inconfundible, genial, distinto y distante, se hicieran.

A pesar de que en algunos momentos u ocasiones llega a resultar detestable, insoportable e insufrible (incluso para los miembros de su equipo —Foreman, Cameron, Chase, Kutner, “Trece”, Taub, Masters, Adams, Park—, que, antes o después, llegan a la conclusión de que es un médico excepcional, fuera de lo común; para Cuddy, la directora médica del apócrifo Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de Nueva Jersey y, durante algún tiempo, su pareja; para su —¿único?— amigo, el oncólogo Wilson; y acaso también para el espectador, fan o no de la serie), en otros/as todas/os las/os mentadas/os antes, arriba, se lo comerían a besos por ser un hacha o lince en lo suyo, diagnosticar enfermedades y prescribir los medicamentos oportunos para que las/os pacientes sanen, y por tener salidas inopinadas, desopilantes.

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Domingo, 27 de mayo

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